¿Se puede dar positivo a los noventa años?

Ciclista Carl Grove JoanSeguidor

Un ciclista nonagenario que da positivo suena a broma pesada

El ciclismo, la vida en general, te regala muchas veces historias que parecen sacadas de cine o ciencia ficción.

Pero lejos de ser material de celuloide, la realidad escribe guiones que muchos quisieran para sí en una sala de butacas.

Leemos en Cyclingnews que un ciclista norteamericano de noventa años de edad ha dado positivo en los campeonatos estadounidenses de pista.

Toma ya.

Carl Glove ha hecho pitar las máquinas el pasado mes de julio.

Se colgó el oro en la persecución, compitiendo solo y siendo poseedor el récord del mundo de su edad.

La máquina saltó por una sustancia que trata los problemas de fertilidad.

Toma ya.

Y no contento con eso, la explicación a ese positivo nos retrotrae a historias no muy lejanas: Carl Glove lo achaca a una carne contaminada, cenada la noche de antes.

Toma ya.

Así las cosas, y pintado el cuadro, lo cierto es que resulta increíble todo: el personaje, la historia, el motivo…

Pero lo que también llama la atención es la ristra de comentarios indulgentes del tipo «competir con noventa años es un logro en sí mismo».

Es decir, que por el mero de hecho de seguir competitivo a tan avanzada edad, tienes venia.

Eso es lo que desprendemos de algunos comentarios de ese público, de perfil anglosajón, que se escandaliza con otras historias que no parecen sacada de un tabloide.

Que un ciclista de noventa años haga saltar los controles antidopaje es para hacérselo mirar

Por parte de los controles por si lo que dice, a la luz de lo aportado por el propio ciclista, es cierto y no es culpable.

Por parte del ciclista porque si de verdad ha dado positivo que se lo lleven por delante, tenga la edad que tenga.

Si la trampa trepa hasta estas categorías sería aberrante, primero por los valores que se le suponen a una persona que compite a este nivel con noventa años, y segundo porque juega, literalmente, con su salud.

Sea como fuere, la noticia ha prendido, corre como la pólvora por sitios que en la vida han hablado de bicicletas, salvo para demonizarlas, y al final pierde quien siempre pierde, y se salpica quien siempre acaba salpicado, eso es el ciclismo.

 

La delgadez es la nueva obsesión del ciclista

Chris Froome JoanSeguidor

Mov_Gore

No por tener mayor delgadez vas a volar sobre la bicicleta

A vueltas con la delgadez del ciclista, a veces lees y ves cosas que asustan.

Por ejemplo tras la expresión tan ciclista de «qué fino está» se empieza a ver un concepto hasta ahora poco vinculado al ciclismo como es la anorexia.

Suena fuerte, pero es así.

Y es que no es la primera noticia que me llega en el círculo amateur de que se están encontrando bastantes casos de trastornos alimenticios en el mundo de la bici.S

Era más normal encontrar en otros deportes de élite donde el peso era un tema crucial para poder participar y se llevaba al extremo.

Pero, ¿en ciclismo?

Cierto es que si me paro a pensar y cojo los mejores ciclistas del mundo, está claro que su cuerpo está a límite de lo imaginable, pero manteniendo un punto de salud mínimo porque siempre están controlados por los médicos de los equipos.

Pero en la calle la cosa cambia. 

La delgadez en las redes sociales

Sólo tengo que abrir Instragram y empezar a ver fotos de ciclismo donde una gran parte de ellas empiezan por enseñar cuerpos muy definidos, piernas ultra venosas.

Perfiles que parecen para un certamen de miss España, a ver quién está más seco, quién come menos y quién entrena más.

Es un sin fin de absurdeces que esconden detrás una cruda realidad: gente enferma que «no es tan guay» como parece.

Y es que medir 1.80 y pesar 65 kg no es apto para todos.

Blogueros de moda » de los de pico cerrado» que van promulgando dietas no precisamente sanas. 

Dietas que puede que les funcionen a ellos, pero en absoluto al resto de la gente, un grupo amplio que los sigue a través de sus redes que decide que si ellos lo hacen y están así de estupendos, hay que probarlo.

Eso es un gran error.

Las propias marcas buscan perfiles de puro competidor afilado para sus catálogos, sólo para tallas S y es que esto antes sólo pasaba en las pasarelas.

Ahora como la moda es la bici, nos toca ir a desfilar nuestra delgadez por los sitios.

Las miradas entre ciclistas

No sé si os habéis fijado pero un típico gesto entre ciclistas, que me sorprende cada día más, es que antes de mirarte a la cara, cuando te cruzas con ellos, muchos te miran a las piernas.

Es surrealilsta, pero parar a pensarlo por un momento, fijaros y os sorprenderéis.

Así monta Joseba Beloki en su rodillo Oreka

A veces más es menos y en este caso, si llevamos una mala alimentación, por muy finos que lleguemos a estar, esto no va a suponer en muchos casos un mejor rendimiento, al contrario hay un factor genético que por mucho que nos queramos saltar es el que nos toca.

Tal vez no nos veamos tantas venas como nos gustaría pero estemos en una forma espectacular, aunque no tengamos unas piernas descomunales y sin embargo vamos como un tiro.

Porque salir en bici mola, pero dejar de comer no!

Imagen tomada de FB de Giro d´Italia

El ciclista «incabiónico»

Israel Hilario se define como el ciclista “incabiónico”: inca, nacido en Huanco (Perú, 1974) y biónico, por su pierna ortopédica con articulaciones hidráulicas, que tanto le ha ayudado a seguir practicando su pasión: el ciclismo.

No tuvo una infancia feliz. La muerte de su mamá en accidente de tráfico, cuando tenía sólo 9 años, le dejó sumido en una profunda tristeza que pudo superar con la ayuda del deporte y sus estudios de diseño.

Le daba al fútbol, pero lo que más le gustaba era salir con su bici, sentirse en libertad y disfrutar de la naturaleza. Con 17 años, otro accidente cambia definitivamente su vida. Un 7 de febrero y volviendo de un entreno, un camión le arrolla, destrozándole su pierna izquierda. Trasladado de urgencia a un hospital de Lima, los médicos deciden amputársela: la infección se había extendido por toda la pierna. “El accidente me rompió la vida, pero no me quitó mi sueño de ser deportista”.

Tras una dura rehabilitación y con la pierna ortopédica que le proporcionan, comienza de nuevo a pedalear, a pocos meses de su terrible atropello. Ante las atónitas miradas de organizadores y participantes, Israel se presenta a varias “competencias”, “pasándolo terriblemente mal y quedando el último”.

Esto no le arredra, al contrario. Palabras como inválido o minusválido no entran en su diccionario. Y sigue entrenando. Conoce a su primer preparador, el francés Alain Voltaire, que ve en él su extraordinario potencial, y le anima a probar con el mountain bike, recorriendo las pronunciadas pendientes de su tierra.

Pero ya no queda de los últimos, no desentona y se le ve siempre delante. Cuando Alain marcha a su país, Israel conoce a otra persona importante en su vida, el entrenador Aníbal Seminario, que lo reconduce a la carretera. Pero… ¿cómo iba a disputar con ciclistas “con dos piernas” competencias de 200 km?

Pues sí, con voluntad y esfuerzo. Su afán de superación le lleva a lograr retos “imposibles” como recorrer los 2.772 km de costa peruana, pedalear durante 25 días por Perú, Ecuador y Colombia o superar en dos etapas los 145 km desde la playa de Costa Verde hasta el nevado Ticlio, a 4818 m.

La proeza le vale para conseguir una nueva pierna especial para montar en bici, financiada por una empresa y para ser nominado al premio Príncipe de Asturias de 2005.

Con todas estas hazañas se da cuenta que en Perú había tocado techo y se viene a España, y en 2006, de la mano de Txema Alonso (Fundación Saiatu), disputa la Bira Paralímpica de Bizkaia, consiguiendo un espectacular tercer lugar entre 60 participantes. Establece su residencia en Bilbao, y en 2007 participa en su 1ª Quebrantahuesos “parando la hora” en 9 h 37.

Su mensaje a todo el mundo es el de “Discapacidad no es Incapacidad”.

¿Qué es para ti el cicloturismo?

Disfrutar del deporte, del ciclismo y la naturaleza

La ruta que más te gusta es:

Los Pirineos españoles y franceses

¿Dónde te sientes más reconocido aquí o en tu país?

En mi tierra, Perú

La prueba que más te gustaría participar es:

En el Iroman

¿Qué ha sido lo más duro qué has hecho o donde lo has pasado peor?

Dejar todo en mi país y empezar de nuevo aquí

Tu puerto preferido:

Portalet

¿Crees que habrías tenido la misma motivación para afrontar todos estos retos si no hubieras tenido el accidente?

Desde pequeño ya quería comerme el mundo, y ahora con más ganas

¿Necesitas demostrar algo a alguien?

A nadie, sólo quiero aportar algo en esta sociedad, y nadie está libre de accidentes o enfermedad

Un escenario mítico:

Todos los escenarios son míticos para mí y tengo la motivación a afrontarlos

¿Te miran mucho cuando sales a pedalear?

Sí, de reojo

¿Y te molesta?

No, al contrario, le doy más caña

No volverías a…

Nacer sin una bici bajo el brazo

Qué les dirías a personas en tu misma situación?

Ponerse mano a la obra en lo que nos gusta hacer

¿Crees que ha quedado claro que discapacidad no es incapacidad?

En mi sí, espero que la sociedad lo comprenda y, ya lo dije, que nadie está libre, todos tenemos algún tipo de discapacidad

Una fecha inolvidable

Al recibir mi patita biónica, para seguir en el ciclismo

Por Jordi Escrihuela

INFO

Hablando de bicis, ¿vosotros soy más de carbono?

De profesión, ciclista

Llueve otra vez. Nuestro hombre se asoma a la ventana de su habitación del hotel donde permanece concentrado desde hace una semana. Es lo que lleva peor: tantos días fuera de casa. Esto y que otro día más toca rodillo. Aburrimiento. Pero esto no puede seguir así, si mañana sigue haciendo mal tiempo tendrá que abrigarse y salir a entrenar. Con cara de circunstancias respira profundo y se tumba un momento de nuevo en la cama. Se toma el pulso, está tranquilo: 45 pulsaciones por minuto.

Nuestro deportista lo es de los pies a la cabeza, pasando por las piernas y su corazón. Se cuida. Es un ciclista completo. Es un líder. Sube, baja, llanea y va como un tiro contra el crono. A pesar de la inactividad se encuentra bien. Se toca las piernas y se da un ligero masaje. En sus venas están marcados miles de kilómetros realizados y en sus sufridos músculos quedan escritas las historias de cientos de carreras.

Después del entreno irá a charlar con su masajista, su amigo y a la vez confidente. Mientras le preparará las piernas seguramente echará una cabezadita, soñando con la victoria. Pero hoy llueve de nuevo y nuestro campeón se mueve inquieto de un lado para otro. Menea la cabeza, reniega. El agua no es buena aliada para él pero peor es no entrenar. Alguien dijo que la vida del ciclista es correr, comer y descansar. Nada más. Si falla algo de estas tres básicas actividades el deportista se tambalea.

La pasta, el arroz, los cereales o la fruta, y poca cosa más, no se queman si no se rueda. Si no se pedalea tampoco sienta bien el descanso. Si no hay cansancio la vida de nuestro héroe se reduce a comer poco y descansar menos. Está hecho así. Igual que sus compañeros, es de otra pasta, necesita caer rendido, comer bien y recuperar. Y al día siguiente vuelta de nuevo. Así un día tras otro. Pone la televisión un rato a ver si mientras deja de llover. Se sienta en el sillón y levanta un poco las piernas. Intenta estar tranquilo, pero este muchacho es duro consigo mismo.

Necesita sufrir. Él tiene esa capacidad. Y es constante. Es un fuera de serie. Y lo sabe. Es fuerte. Puede pasar de 45 pulsaciones en reposo a 195 de pleno esfuerzo. Dicen de él que es tan potente que genera energía para hacer funcionar un par de electrodomésticos a la vez. Él se ha hecho así mismo, con mucho trabajo. Ahora mira la tele pero no ve nada: está concentrado.

Está analizando la carrera del sábado. Se siente seguro, no se pone nervioso, pero necesita entrenar… sin darle a los rodillos. Está muy arriba en el ranking mundial pero él puede, y quiere, seguir sufriendo. Ama este deporte. Por un momento piensa en su bici: luego irá a hablar con su mecánico a ver si la tiene lista, limpia y engrasada. Hace unos estiramientos. Se coloca las zapatillas con mimo. Son casi nuevas y necesita usarlas. No es supersticioso, ni utiliza amuletos, pero de su cuello cuelga una medalla. Digo yo que será de oro.

Baja al aparcamiento del hotel y saluda a sus compañeros que están sudando dándole a los rodillos. Él se coloca el chubasquero, se monta en su bici y sale disparado bajo el aguacero. Llueve otra vez. Vida de ciclista.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de Reasonwhy

INFO

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¿Un minuto de gloria?

Cada salida en bici, esto lo sabéis muy bien, es toda una aventura en la que te puedes encontrar con situaciones de lo más diversas y variopintas. Sin embargo, lo que me pasó en una de mis salidas, estando ya de vacaciones, no me había pasado nunca. Fue algo muy curioso y que pensé en seguida en explicároslo.

Era una mañana de agosto, como otra cualquiera, calurosa y ventosa -la zona donde suelo veranear, el Alt Empordà, es propensa a padecer este tipo de vientos, la famosa Tramuntana-. Una comarca donde lógicamente en verano se llena de turistas, la mayoría franceses y muchos, pero que muchos, holandeses y belgas, atraídos sin duda por la belleza de estas playas de la Costa Brava.

Pues iba yo con mi bici, padeciendo estos rigores climatológicos, a punto de iniciar el Coll de Perafita, una tachuela de unos 4 km situada entre Roses, Cadaqués y Port de la Selva, no muy dura, con alguna rampa de consideración pero que se puede hacer muy dura si la afrontamos con viento en contra, como era en este caso. En un momento dado me adelantó un coche con matrícula belga. El adelantamiento, impecable, separándose de mí al menos 2 metros. Ya me fijé que al llegar a mi altura, el conductor y los acompañantes, me miraron con curiosidad, sobre todo un niño rubito, con unos tremendos coloretes rojos en la cara, que me observaba y me sacaba la lengua. En aquel momento no me percaté del “aspecto” del conductor, el que parecía el “padre de familia”. Lo chocante fue volvérmelos a encontrar unos 500 metros más arriba, aparcado en una cuneta a la derecha.

El propietario del vehículo, ataviado con maillot y culotte, había bajado raudo del coche y estaba sacando su bici del maletero y se disponía, también rápidamente, a ponerse en marcha, dejando a su señora, una “robusta” mujer rubia entrada en carnes y años, al volante. Sin duda el “marido” parecía mucho más joven que ella. Y el niño, graciosillo, que seguía haciendo muecas en la parte posterior del automóvil.

Aceleré el ritmo sin pensármelo dos veces y tiré para adelante. En una de las curvas me giré y ya vi que venía con decisión a por mí. Aquí ya me fijé en su aspecto: un belga blanquito, muy fino, vestido con maillot arco iris y gorra Molteni colocada a lo Merckx. No hacía falta decir nada más. Tendría unos 50 años pero aparentaba bastantes menos. Se me pegó a rueda como una lapa, sobre todo cuando el viento daba fuerte en las rectas enfiladas hacia el norte. Cuando cambiábamos de ladera, y no soplaba tanto, lograba soltarlo un poco de rueda, nada, unos metros que en seguida recuperaba cuando la tramontana se volvía a hacer notar.

Así estuvimos pedaleando juntos los 3 km, más o menos, que quedaban de collada, sin darme un puñetero relevo. Ya me veía la jugada. Efectivamente, a unos 200 metros de coronar, ya divisé el coche aparcado arriba, con la mujer y el hijo esperándolo fuera. En ese momento demarró en seco, esprintando para pasar primero por el simbólico premio de la montaña, ante los aplausos de la señora y el regocijo del niño. El caso es que me pasó y ni siquiera me saludó. Allí paró y seguramente volvió a meterse en el coche porque ya no lo volví a ver ni el descenso. En fin… minuto de gloria.

Por Jordi Escrihuela (Revista Pedalier)