Lo que daríamos por salir en bicicleta, incluso con lluvia

Recuerdos de bicicleta bajo la lluvia del fin del mundo

He oído caer la lluvia toda la noche y me vi bajo ella, sobre mi bicicleta.

Y no he parado de dar vueltas en la cama.

Entre esto y los nervios, no he pegado ojo, pensando en lo que me esperaba en unas pocas horas.

Estas no son las mejores condiciones para afrontar un gran reto como el de hoy, una fecha que he tenido marcada en rojo en el calendario durante todos estos meses y que me ha supuesto mucho esfuerzo, mucho entreno casi a diario todo el año.

Esto y los casi 400 kilómetros conduciendo que me metí ayer entre pecho y espalda para llegar hasta aquí.

Pero el reloj, inflexible, marca la hora.

No voy a abandonar en este momento.

Mejor es no pensárselo mucho.

Si lo hiciera me quedaría en la habitación del hotel.

O quizás, a lo mejor, seguiría el recorrido en coche.

Pero no me vale.

He venido hasta aquí para cumplir un sueño.

Qué dirían si después de todo no saliera ahí afuera con mi bici, por lo menos a intentarlo, a darlo todo.

Sabía que las previsiones no eran buenas, que las perspectivas meteorológicas daban una jornada pasada por agua, pero siempre pienso que puede que se equivoquen, o que exageren, o que finalmente sean cuatro gotas y no sea para tanto.

No me voy a echar atrás ahora, aunque compruebe, subiendo la persiana, que en efecto está lloviendo, no mucho, pero lo suficiente para dejarme con desasosiego.

Las finas gotas que caen dejan la calzada completamente mojada.

Es de locos tomar la salida, aunque yo ya tengo experiencia suficiente en pasar horas bajo la lluvia, en sufrir mi peor invierno en un día de verano en las montañas, en notar el impacto del granizo en mis brazos y en sentir el fuerte viento que no te deja avanzar, ese que para mí es el enemigo público número 1 del ciclista.

Pero como siempre pienso, si sales y te pilla una borrasca pues mala suerte, apechugas y tiras para adelante, porque el objetivo es llegar, pero si desde la primera pedalada ya lo haces en estas circunstancias cunde el desánimo y son pocas las ganas de montarte en bicicleta para pasar todo el día en remojo.

No es lo mismo.

Ya se oye gente arriba y abajo.

Eso me anima.

No soy el único loco y son muchos los que ya se están preparando.

Oigo como caminan con sus zapatillas puestas, como hablan entre ellos, inquietos.

Muchas dudas.

Muchos interrogantes.

Escucho que quizás alguno haga lo más sensato e inteligente: no salir.

Algunos se preguntan si llegarán con tiempo al primer puerto.

Incluso si lo harán.

Pero la mayoría se visten, que es lo más difícil: ponerse el culote.

Espabilo y voy por faena.

Concentrado, sí, ilusionado, también, pero con el corazón encogido viendo lo que pasa al otro lado de la ventana.

Ansiedad.

Echo un vistazo a la méteo: desencanto.

El pronóstico es terrorífico.

En el puerto más alto, en el techo del recorrido de hoy, anuncian lluvia y una temperatura de 0ºC, con lo que es fácil imaginar que puede que hasta nos nieve.

No sería la primera vez.

Salgo, por fin. 8ºC de temperatura.

Sigue lloviendo.

Día gris, triste.

En el horizonte los claroscuros de las nubes amenazan las montañas.

Son tan desafiantes como bellas.

Están agazapadas, agarradas a los picos más altos.

Hacia ellos me dirijo.

Llueve y deja de hacerlo con diferente intensidad, pero cuando ya me lanzo, en compañía de otros miles como yo, hacia el primer desafío del día, empieza a llover bastante.

Comienzo a subir.

La lluvia no cesa y yo en mi bicicleta.

Por momentos es torrencial, acompañado de rayos y truenos.

Me acuerdo de Santa Bárbara, como dice el refrán, y a ella me encomiendo.

A medida que gano altura la temperatura también va bajando.

Frío intenso.

A todo este recital climatológico se nos añade ahora la niebla mientras asciendo por una carretera estrecha con el pavimento en bastante mal estado y encima no veo a la distancia de dos metros.

La montaña me mira a los ojos retándome a la cara empapada en sudor frío.

Llego al puerto y la temperatura es de 2ºC.

Bajar en estas condiciones será peligroso.

Vamos pasando poco a poco.

Los ciclistas casi ni nos miramos.

Tampoco nos vemos con nuestras caras tapadas por los impermeables.

Hay algunos que desaparecen entre las pendientes.

Otros, mal equipados, con ropa y guantes de verano, ponen pie a tierra.

No para de llover.

El espectáculo es dantesco.

Carretera impracticable por el barro.

Ríos de agua surcan la calzada.

El aire frío del descenso es intenso.

Sufro.

Hay gente que se ha refugiado ya en el primer bar camino de la segunda emboscada del día.

Estoy muerto de frío.

Empapado de agua hasta arriba.

Pero ya puestos, decido continuar, prefiero seguir pedaleando hasta donde mis pies me lleven.

No quiero retirarme, aunque la tentación de ver cargados un par de autocares con ciclistas dentro hace que me lo piense seriamente.

Mis piernas, curtidas en mil batallas, empiezan a temblar.

Pero no.

Aquí sigo.

Pensando en qué habré hecho yo para merecer esto.

Con lo bien que estaría en casa, qué hago aquí en medio de una tormenta que no para, entre montañas perdidas, debatiéndome entre continuar y abandonar.

Pero hay algo que me invita a seguir.

Llegar al menos hasta pie de puerto, la última y definitiva escalada, donde tengo aparcado el coche y tomar una decisión.

Porque a pesar de todo, del frío, la lluvia, la niebla… el paisaje es inmortal y el juego de luces y sombras, a partes iguales, el olor a tierra mojada, los colores grises diseminados entre los verdes de estos montes, hacen que prosiga en mi empeño por finalizar, aunque los dioses me hayan abandonado a la buenaventura y hoy tenga que machacar mi bicicleta en el infierno camino del cielo.

Foto: Volta als Ports d’Andorra

Mientras tanto, volemos hacia el sitio de nuestro recreo

Cuando el rodillo no dé más de sí, pensad que estáis en el sitio de tu recreo

¿Cuál es el sitio de tu recreo? Todos tenemos uno.

¿Aburrido de darle a los rodillos? ¿Cansado de interminables sesiones delante del televisor, dejando perdido de sudor el suelo de tu salón?

Para un momento y desconecta.

Descansa y relájate.

Quiero prepararte para, con la imaginación, llevarte a disfrutar de esos lugares que visitamos encima de nuestras bicis, un viaje hacia nuestro yo interno, que alimente nuestra alma.

Soñar con esos deseos de aventura, de dejarlo todo atrás, de escapar, de renunciar no sólo del reloj, sino también, claro está, del teléfono móvil, del ordenador y nuestras redes sociales, tan enganchados como estamos hoy en día a la tecnología y al estar en permanente conexión.

Es cuando gritamos… ¡basta!

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Y nos prometemos a nosotros mismos ese deseado estado de felicidad en el que ni abriremos correos electrónicos ni leeremos whatsapps, aislándonos del mundo, y sólo querremos acercarnos a nuestro lado más íntimo.

Para y lee un momento.

Lee este artículo y, si me lo permites, te recomiendo que te pongas como música de fondo la dulce y suave sintonía de la hermosa canción del recordado Antonio Vega: “El sitio de mi recreo”.

Yo lo estoy haciendo en este momento, mientras escribo estas líneas, escuchando los primeros acordes de su guitarra y su desnuda voz, siempre buscando la inspiración para intentar trasladarnos, todos juntos, a esos lugares secretos que todos escondemos y que solemos visitar muy a menudo.

Como el propio Antonio nos evoca al cantar al sitio de su recreo.

La idea de sumergirme en esta melodía ha sido para escrutar entre nuestros sueños ciclistas, para dejar volar la imaginación a través de esta poética composición porque es un reflejo fiel de lo que muchos deseamos cuando enfilamos los manillares de nuestras bicis a la búsqueda de esos lugares donde nos encontramos a gusto en cuerpo y mente.

Esos sitios a los que siempre nos gusta volver, que nos tienen atrapados, que suelen ser especiales, casi mágicos, porque en ellos podemos disfrutar de la naturaleza en todo su esplendor.

Parajes que son capaces de provocar en nosotros sensaciones y sentimientos, que sólo podemos encontrar en estos lugares como la tranquilidad, la alegría, la esperanza, o bien porque nos dejamos simplemente invadir por la melancolía que nos trae recuerdos imborrables a nuestra memoria.

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Son, en definitiva, esos rincones que nos dan la paz interior, lugares con alma que guardamos y retenemos en nuestra mente, y que casi con los ojos cerrados somos capaces de verlos, mientras podemos notar la ligera brisa que sentimos cuando pedaleamos hacia ellos atraídos como un imán.

Como los infinitos campos que divisa Antonio cuando visita el sitio de su recreo.

Para los que no son tan bucólicos y prefieren ser más prácticos, porque su deseo es entrenar, ponerse en forma, competir… también ellos tienen sus lugares para recrearse y experimentar sensaciones.

Yo los tuve en su momento, porque ahora soy más de ese nutrido grupo que cuando sale en bicicleta sólo intenta buscarse a sí mismo.

A mi edad, aunque aún puedo sentirme como un crío pedaleando, las piernas y el corazón ya no son los mismos, y esto hace que me lo tome con más calma en estos sitios de mi recreo, que me invitan a parar y contemplar montañas y sierras, llanos y campos, ríos y rieras, atravesando carreteras con encanto.

Para el segundo grupo, el más combativo, son esos lugares a los que también vuelven una y otra vez, porque son terrenos que han diseñado a su medida, más o menos duros e intensos, para mejorar la escalada, por ejemplo, y exprimirse a tope.

Sitios para el recreo en los que lo dan todo, marcados por sensaciones, por pasos de tiempo, por estados de forma, que no se cansan de repetir y en los que pueden hayan estado centenares de veces.

Estos lugares nunca son escogidos al azar, ya que cuando viajamos con nuestras bicis la visión de algunos parajes deja grabada en nuestras retinas imágenes que nos han dejado huella por un motivo u otro.

El sitio de nuestro recreo no hace falta que sea lejos, al contrario, los solemos tener muy cerca de casa, son acogedores y no permiten que pasemos de largo por ellos.

Precisamente lo que buscamos es tomarnos el tiempo que nos haga falta, detenerlo y disfrutar para que nuestra alma forme parte indisoluble de ese lugar tan íntimo para nosotros.

Recuerdo que, siempre después de ascender un gran puerto con mi bici, les decía a mis amigos que me dejaran cinco minutos allí arriba, solo.

Sentado al borde del abismo, en actitud contemplativa, elevando mi mirada en la inmensidad de aquellas cumbres, sin nadie que me molestase, sólo las montañas y yo, viéndolo todo, pero sin reparar en nada en concreto: era mi pequeño recreo, donde podía coger fuerzas para seguir adelante.

Era mi minuto de gloria, por haber llegado hasta allí, tan arriba, mi tiempo de meditación y recogimiento ante tanta belleza.

Esta paisajística canción homenajea esos sitios que tanto nos gustan y que en boca de su propio autor, Antonio Vega:

“estos rincones responden a un momento de inspiración en el que encuentras una secuencia que te lleva por un camino y más que un lugar es un estado de consenso contigo mismo, un lugar no conflictivo”.

Y vosotros, ¿cuál es el sitio de vuestro recreo?

Lo importante era salir y no quedarse en casa ¿y ahora qué?

Ahora que hay que quedarse en casa

¿Os arrepentís de no haber salido lo suficiente lo que llevamos de año?

¿De no haber aprovechado cualquier momento para salir ahí afuera a pasear, a entrenar, a disfrutar?

Seguro que muchos de vosotros os estaréis tirando de los pelos por este motivo.

¿Es así o no?

Los cicloturistas nos hemos de quedar en casa, de mal humor, pasillo arriba y abajo, para de vez en cuando asomarnos a la ventana con tristeza, melancolía y resignación, mientras dejamos nuestro vaho en el cristal.

De esta manera nos encontramos, como enjaulados.

Hace unos días, antes que el maldito Covid-19 pasara a formar parte de nuestras vidas de manera irremediable, hablaba con un buen amigo, ciclista como yo, sobre cómo y cuándo entrenar, qué días eran mejores o qué horas las más idóneas para salir en bici.

Después de charlar un largo rato sobre el tema, me dijo -a modo de sentencia final- que lo suyo era hacerlo siempre que pudiéramos, porque lo importante era salir y no quedarse en casa, aunque dispusiéramos de poco tiempo, ni que fuera media hora, o tan sólo  20 minutos, daba igual: lo suyo era coger la bici y pedalear, lo que fuera. 

En efecto, todo contaba, todo sumaba: 20 kilómetros por aquí, 40 por allá, 1 hora bien aprovechada un día, y otro, y así, casi sin darnos cuenta, seguíamos adelante, seguíamos sumando.

El caso era pillar un pequeño circuito cerca de casa -no era preciso ir muy lejos-, dar algunas vueltas, las veces que quisiéramos.

No era necesario hacer series, ni puñetera falta que nos hacía, se trataba sólo de movernos, de poner en marcha nuestro cuerpo, de no perder los beneficios acumulados en los entrenos digamos “convencionales”, esos que efectuamos junto a nuestros colegas los fines de semana, esas kilometradas que nos metíamos entre pecho y espalda, todas esas horas encima del sillín que nos pasamos sentando las bases de nuestra forma y fondo.  

Los días de cada día, con sus pequeños paréntesis, también contaban.

Los teníamos ahí.

Sólo se trataba de colgar la pereza detrás de la puerta de nuestra habitación, despojarnos de las sábanas que pesaban mucho más de lo que parecía y salir.

En nuestro caso, los cicloturistas, lo teníamos fácil: nuestra bicicleta no cerraba nunca, la teníamos ahí disponible las 24 horas del día, los 365 días del año.

Era así de agradecida.

Siempre preparada.

Salir y pedalear.

Cualquier momento era bueno, por el simple amor a la bici y apta para todos los públicos. 

¿Y ahora qué?

Conozco gente que me comentaba que ellos no salían si no disponen al menos de más de hora y media.

Craso error.

Teníamos que saber ser ciclista en cada instante, que fuera nuestro modo de vida, porque la bici nos hacía sentir bien y nos hacía sonreír, por eso habíamos de aprovechar cualquier ocasión para repetir la experiencia y la aventura de montar en bicicleta una y otra vez. 

Desde estas líneas seguiremos -intentando- trasladaros nuestra visión del ciclismo no sólo como deporte, sino también como un estilo de vida, y si, en cuanto podamos, hemos de pedalear bajo la lluvia, cogeremos nuestros impermeables y saldremos ahí afuera mientras nos dejamos empapar nuestros sentidos, pedaleando firmes atravesando charcos y alzando los pies al aire como niños, bajo la atenta mirada de muchos, bajo sus paraguas, que nos observarán perplejos pero a la vez con envidia de vernos más vivos que nunca.  

Mientras tanto, seguiremos hablando de ir en bici… los 365 días al año, en cuanto acabe esta pesadilla.

Foto: www.rosdemora.com

¿Por qué algunos ciclistas hacen trampas?

Polar Gran Fondo La Mussara JoanSeguidor

Para algunos ciclistas hacer trampas es parte de la rutina

Ni dinero, ni un trofeo, es el ego lo que sustenta las trampas entre los ciclistas.
Dejando de lado las influencias externas para que un atleta haga trampa o se dope, creemos que en el interior de cada uno hay una fuerza que empuja al atleta a ello.
Puede sonar controvertido, pero es así.
Mientras algunos señalan el dinero, otros lo hacen en el entorno, compañeros incluso en rivales, creemos que hay fuerzas internas que empujar al atleta a situaciones fuera de su control.
Un entrenador puede influir, claro que sí, también los compañeros con cantinelas como “nosotros lo hacemos así y no entendemos que no lo hagas” -la omertá, esa historia que tiene tantos capítulos aunque ahora no nos ocupe- pero al final de todo el paso lo da la persona.
Las trampas las hace el ciclista. 
¿Cómo conciliar esas fuerzas externas e internas a las que se somete el atleta?
La respuesta es sencilla y la encontramos en el ego de cada uno.
En el ego cada atleta encuentra el motivo para hacer trampas, la forma de plasmar eso de “el fin justifica los medios”.
“Si lo hago ayudaré a mi equipo, podré subir al podio, incluso vestir un maillot de líder”.
Los premios externos, el dinero, juegan su papel, pero al final la dopamina que significa ser felicitado tras una competición por un buen resultado compensa por todo.
Saber que has sido útil en tu equipo, que has sido el mejor.
Eso mueve las trampas entre los ciclistas, por encima de cualquier cosa.
Por eso, cuando hablamos de trampas entre ciclistas, la diferencia entre ser amateur o profesional es muy pequeña.
En profesionales la trampa ayuda a mantenerse arriba y ser competitivo.
En amateurs, el objetivo es tan sencillo como un sitio en el podio, estar delante del grupo durante un momento o incluso ganar en tu grupo de edad.
No podemos olvidar que para obtener ese resultado hay un trabajo duro de inicio, y luego la trampa, si fuera necesaria.
La diferencia entre un atleta tramposo de uno honesto reside en ser el mejor de todos, o sencillamente ser lo mejor que uno pueda ser.
Desde la Gran Fondo New York sabemos cómo piensa el atleta que decide hacer trampas, incluso con controles fuera de competición que puede disuadir de engañar.
Aunque ningún sistema antidopaje es 100% efectivo, al menos nos cabe el consuelo de marcar el terreno a los tramposos cuyo ego no les permite ser honestos con ellos y el resto.
Como en cualquier otra trampa, aquellos que la hacen seguirán buscando vías para salirse con la suya y satisfacer sus egos, y por ellos trabajamos para que un día vean que no merece la pena hacer trampas.
Por Uli Fluhme, cofundador de la Gran Fondo New York

La resaca de «morir» sobre la bicicleta

Qué levanten la mano los que nunca se hayan sentido así el día después de una «exigente» salida en bicicleta junto a su grupeta

 

¡Buf, qué mal me he despertado hoy!

Me tomo el pulso y aún lo tengo algo acelerado.

Menos mal que es domingo, porque la “marcha” de ayer me ha sentado fatal.

Tengo un terrible dolor de cabeza, producido sin duda por el tremendo esfuerzo que me supuso ayer estar a un nivel muy alto para acabar con un buen tiempo la prueba, pero sobre todo para salir a todos los palos que me dieron mis colegas.

Ya les vale.

 

Claro que la culpa es mía, a mí quién me manda meterme en esos fregaos. 

Y es que siempre me digo lo mismo, que la próxima vez pasaré de ellos y que me lo tomaré con más calma, rodando con otros amigos digamos más tranquilos.

Pero es que, cuando luego me veo en faena, no lo puedo remediar y al final me veo respondiendo a todos los hachazos.

Qué le voy a hacer.

No me tendría que picar tanto. 

La Girona Gravel Ride ofrece «slow cycling»

Por eso estoy hoy así, por mi mala cabeza.

Aún tengo un cierto regusto, con sabor a sangre, en la boca.

Y no paro de beber agua.

¡Vaya tralla que dimos ayer!

Y me duele todo.

 

Estoy cansadísimo, sobre todo las piernas. Cómo duelen cuando bajo las escaleras… 

 Me parece que me voy a pasar el día en la horizontal.

Además tampoco he pasado buena noche.

De lo cansado que estaba me costó mucho coger el sueño y no he dormido bien.

No sabía qué postura coger. 

Creo que sólo me levantaré a comer, aunque tampoco tengo mucha hambre.

Si ingiero algo será para poder tomarme algún antiinflamatorio, a ver si recupero algo, que mañana hay que ir a trabajar. 

 

 Y es que… ¡vaya desastre!

No es el primer domingo que me arrastro por casa.

Esto no puede ser.

Ni debe ser sano, para nada.

Aún me siguen dando pinchazos en la cabeza.

Encima ayer pasamos un calor de la leche y me parece que estoy algo deshidratado.

He orinado y es un poco oscura.

SQR – GORE

 

Hay que beber más. 

 Me miro en el espejo y me veo negro, con ojeras y negro.

Me dio fuerte el sol ayer.

Tengo marcas por todos lados, en los brazos, en las piernas, hasta la cinta del casco se me ha quedado marcada en el cuello.

Parezco un cromo. 

 Me vuelvo a la cama.

Me gustaría seguir la carrera que dan hoy por la tele, aunque me parece que como vea más bicis me voy a encontrar peor.

Es como esa sensación que te produce, después de un empacho, ver una pastelería.

Enciendo la televisión de todas formas.

La etapa es llana.

Creo que me voy a dormir.

 

Si al menos hoy hubiera montaña… 

Miro el reloj… ¡he dormido 2 horas de siesta!

¿Sabéis que os digo?

Pues que como aún hay bastante luz me voy a dar una vueltecita con la bici.

¡Hala! Para combatir la resaca, lo mejor un paseíto para estirar piernas y eliminar toxinas… ¡qué bien me sienta la bici! 

Foto: www.merkabici.es

La ¿deriva? de la Desafío Lagos de Covadonga

Desafío Lagos de Covadonga JOanSeguidor

¿Por qué la Desafío Lagos de Covadonga es mejorable?

 

Escribo estás líneas para dar mi opinión sobre la deriva que hoy en día sufren las mal llamadas marchas cicloturistas y me centro  en la Desafío de Lagos de Covadonga por ser la que me toca más de cerca y la que creo que, desde mi humilde opinión, conozco mejor.

Como bien sabemos hoy en día, las marchas multitudinarias se han convertido en una importante fuente de ingresos para los organizadores,

No en vano la Desafío de Lagos está organizada por Unipublic, que es la empresa que monta entre otras citas la Vuelta a España.

 

Ya es conocido que el objetivo de una empresa de esta envergadura es ganar dinero, pero me pregunto si ya de paso no se podrían hacer las cosas un poco mejor.

No voy a entrar a valorar el precio de la marcha, pues creo que la organización está en su derecho de poner el precio que quiera y el consumidor de decidir si merece la pena pagarlo.

Pero sí quiero poner el objetivo en determinados puntos en los que creo que la organización no está a la altura.

Para empezar en esas carreteras no tienen cabida 5.500 cicloturistas.

 

Me baso en esa cifra por que es el número de dorsales que vendieron el año pasado.

Después dividir la marcha en dos modalidades Gran Fondo y Medio Fondo es poco menos que un auténtico despropósito.

Ambas marchas comparten el mismo recorrido, horarios, etc… con la salvedad que los de la Medio Fondo no pueden subir Lagos.

Este año nos encontramos con que la organización oferta un pack premium en el que el principal aliciente es obtener un cajón de salida en primera linea y poder rodar los primeros kilómetros en el grupo de cabeza.

Yo soy partidario de que en estas marchas ciclodeportivas tienen cabida todos y que quién quiera ir a correr está en su perfecto derecho de hacerlo, pero con unos mínimos de seguridad.

Por ello en mi opinión, la organización debería habilitar cajones de salida según tiempos acreditados en anteriores ediciones y no en función de que se pague un pack premium.

 

Por no hablar de la peligrosidad de tener metidos en cabeza de la marcha a cicloturistas que no reúnen unos mínimos en cuanto a habilidades de rodar en pelotón y menos a esas velocidades y que se ven metidos ahí por osadía y por no ser consecuentes con sus posibilidades reales.

Por ello considero que estás marchas deberían tomar una decisión y ser claras y concisas.

Elegir ser una marcha cicloturista con todas las consecuencias y con lo que cualquier aficionado identifica como tal o por contra sí deciden (como es el caso de Lagos) ser una marcha ciclodeportiva, hacerlo bien y organizar cajones, poner cortes de tiempo razonables (no dejando a gente sin avituallamientos como hicieron el año pasado), y metiendo un número de participantes acorde a lo que se pueden permitir esas carreteras, con unos mínimos de seguridad no como hacen ahora, que si se descuidan cada día están más cerca de alcanzar el numero de participantes de la QH.

Por cierto no nos olvidemos que Lagos se sube y baja por la misma vertiente y cualquier persona que haya estado allí sabe que 4000 tíos subiendo y bajando a la vez como sucede es no solo ya muy peligroso si no también agobiante.

Mención a parte quisiera hacer de la cantidad de envoltorios y basura que deja la marcha a su paso, y que parece que es un tema que no interesa tocar o directamente se pasa por el de una manera muy tangencial.

Lo mismo a no mucho tardar, las autoridades deciden que no se celebren más eventos de este tipo por la propia preservación del entorno.

Pero aquí no es el sitio ni el lugar para abordar ese tema.

Por Fernando García

L´ Étape du Tour llega a España

4 de julio L´ Étape du Tour en Madrid y dos recorridos preparados

L’Étape Spain by Tour de France celebrará su primera edición el próximo 4 de julio, con salida y llegada en Villanueva del Pardillo (Madrid) y dos distancias: una más exigente con aproximadamente 170 km y 3.000 M d+ / y una más corta, de unos 120 KM y menos de 1.500 M d+.

La ruta, que llevará a los ciclistas a afrontar puertos míticos alrededor de la capital, estará diseñada por expertos del Tour de France y permitirá a los ciclistas sentir el ambiente de la ronda gala. Todo ello con los más altos niveles de seguridad y ofreciendo un sistema de tiempo y orden de llegada, así como la disputa del KOM y la QOM.

L’Étape, la magia del Tour de France para amateurs

El sello L’Étape nace a raíz de la celebración del Tour de France. En el marco de la carrera ciclista más grande del mundo, miles de aficionados participan en L’Étape du Tour de France, el buque insignia de estas series donde ciclistas amateurs disfrutan de una de las etapas que los profesionales afrontarán en el Tour de France de ese mismo año.

Para que la magia del Tour también esté presente en otros continentes, L’Étape se ha extendido internacionalmente, llegando a países como China, Tailandia, México, Brasil, Australia y ahora también en España.

Etape Tour JoanSeguidor

Alberto Contador, un embajador de lujo

Uno de los grandes protagonistas de L’Étape Spain by Tour de France será el exciclista profesional Alberto Contador, que será embajador de la prueba.

El vencedor de 2 ediciones de la Grande Boucle, así como 2 Giros de Italia y 3 Vueltas a España, es uno de los 7 ciclistas en la historia que han conseguido la Triple Corona: ganar las tres grandes vueltas a lo largo de su carrera profesional.

Una prueba abierta a todos

La primera edición de L’Étape Spain by Tour de France, que organiza RPM-MKTG junto a la compañía francesa A.S.O. (organizadora del Tour de France) está dirigida a todo tipo de aficionado al ciclismo de carretera.

Los interesados pueden hacer un preregistro en la web letapespain.com y así optarán a un precio especial cuando se abran las inscripciones a principios del mes de marzo.

Villanueva del Pardillo, ciudad sede

Villanueva del Pardillo es un municipio de la provincia y Comunidad de Madrid, distante a 27 kilómetros de la capital y enclavado en el entorno natural de la Cuenca del Guadarrama.

Con una superficie de 25 KM2 y situado a 650 M sobre el nivel del mar, Villanueva del Pardillo acogerá la salida y llegada de esta primera edición de L’Étape Spain by Tour de France.

Accede a la web oficial de L’Étape Spain by Tour de France

Santuario de Bellmunt: una historia de ciclismo medieval

Bellmunt es una cima que parece suspendida del aire

 

Hoy subimos a Bellmunt…

-«Me pondré herraduras del 29» ­–le dijo Alltac, el noble y valeroso caballero, a su fiel escudero Idroj.

Curtido en mil batallas, el señor de Taguc se disponía a afrontar la última contienda para hacerse con todo el condado de Barcelona y sus preciadas montañas.

Montados en sus corceles metálicos y cansados después de duros combates con los oscuros habitantes de los montes de Bracons y Collfred, se dirigían hacia Sant Pere de Torelló a la conquista de Bellmunt y el Santuario de su cima, que ya divisaban desde muy lejos, y es que la ermita, como siglos después diría Jacinto Verdaguer, “está suspendida en el cielo”, a 1246 metros de altitud.

-«¿Hasta allí arriba tenemos que llegar, mi señor?»

 

Alltac miró con compasión a Idroj, asintiendo con la cabeza, sabía que su compañero de batallas andaba tocado y que no le iba ayudar mucho el hecho de que su montura sólo dispusiera de herraduras del 27, pero confiaba plenamente en él y sabía que le iba a acompañar en este último reto hasta el final, hasta el último suspiro, y que se dejaría la última gota de sudor y sangre que le quedara.

Cundía entre ellos un cierto miedo escénico, al ver en todo lo alto el destino final de la conquista.

No sabían qué se iban a encontrar, ni entre qué duros caminos tendrían que abrirse paso.

Ni siquiera conocían qué tipo de guerreros defendían estas tierras.

Habían oído decir muchas cosas como que entre sus bosques se escondían hábiles combatientes con la espada, de hojas afiladas ¡hasta un 23%!

«Los moradores de esta montaña cuentan además con la ayuda divina de la Virgen de Bellmunt» –explicaba Alltac dirigiéndose a su escudero.

«Dicen que la imagen de la Virgen viajaba en un barco proveniente de Alejandría, hace muchos siglos, –proseguía Alltac-, y que era tan brillante que incluso la noche era clara como el día y podía navegar sin peligro, pero al pasar por estas costas su resplandor se apagó y el barco se detuvo, no podía seguir avanzando.

A lo lejos, en esta montaña, vieron una luz más brillante que el sol y entonces entendieron que la Virgen quería quedarse aquí, en la cumbre de Bellmunt, donde se la venera».

Cuando llegaron a Sant Pere a la hora nona y después de un breve y merecido descanso junto a una de las fuentes del pueblo, emprendieron la marcha prácticamente sin oposición, dirección a la ermita.

Un indicador en un desvío marcaba el camino a seguir. No había pérdida.

-«Sólo hay una legua y media de distancia, mi señor».

 

Sí, sólo iban a ser unos 7 km, pero no los iban a olvidar en su vida y tendrían que salvar un desnivel de casi 700 metros, llenos de peligros amenazantes, como el primero que se encontraron, en el mismo pueblo y en la rampa que daba inicio la ascensión, en forma de espada al 11%, que no tardaron en derrotarla.

Saliendo de la población y dejando el cementerio a su derecha, cogieron el desvío definitivo, quedando gratamente sorprendidos por el buen estado del pavimento de la ruta, estrecha pero muy transitable.

Parece ser que los señores del condado decidieron arreglar la senda para poder facilitar las romerías de veneración a la Virgen, sin darse cuenta que con esto estaban facilitando la labor a tropas invasoras que hasta ahora no se atrevían a conquistarla dado el mal estado del camino para sus corceles metálicos.

Pero ahora no existía ningún tipo de excusa.

Los portabicicletas de Cruz 

Cuenta la leyenda que en este camino que se enfila hacia la montaña murió asesinado a manos de su propio pueblo el señor del Castillo de Besora, de conducta déspota y cruel con sus subordinados que, cansados de sus humillaciones, se reunieron secretamente para deshacerse de su amo definitivamente, organizando una cacería de jabalís.

Aquí, al pie del Santuario, en lugar de atacar a las fieras, dieron muerte al amo y señor. El Tribunal que juzgó los hechos preguntó: «¿Quién lo ha matado?», y la gente respondió: «El pueblo».

Ambos siguieron ascendiendo y, protegidos por su coraza metálica y sus perneras, fueron sorteando uno tras otro todos los enemigos que les fueron saliendo al paso en forma de lanzas al 15%, hachas al 13% y espadas al 18%.

Todo un peligro mantenido en la defensa que hacían de la montaña los invisibles habitantes del bosque.

La crueldad de los combates no dejaba disfrutar del hermoso paisaje que iban dejando atrás.

Cuando podían, levantaban la mirada y observaban con incredulidad como la tierra media iba quedando ya muy abajo.

Las herraduras de los corceles metálicos echaban chispas en las continuas revueltas que les hacían ascender rápidamente, dejando al descubierto toda la belleza de la subida, donde el espectáculo no se escondía, ideal para grandes torneos medievales.

Llegando al km 3 de la ascensión es cuando sufrirán el ataque más sostenido, largo y demoledor con una espada entera mantenida al 11,6% y desde donde una catapulta, allá arriba, al final de la durísima rampa, les irá lanzando piedras de gran volumen al 13, 14 y 18%, que les hará retorcer de dolor para sortearlas.

Repelido el ataque y esquivado el trance, pararán en el mirador de la Virgen de Montserrat, a mitad de camino de su preciado objetivo, para dar las gracias, arrodillándose extasiados por la contemplación de maravillosas vistas de los macizos del Montseny y Montserrat y de la Plana de Vic.

Después de rezarle a La Moreneta para que los ayudara de aquí en adelante, continuarán por el camino, esta vez encajonado en la montaña, siguiendo el sinuoso trazado de curvas y donde Alltac se avanzará unos metros por delante, dejando a su escudero cubriéndole las espaldas que, a estas alturas, lleva un paso mucho más cansino.

Sin duda, la armadura mucho más ligera del audaz caballero le hizo adelantarse en la vanguardia, zafándose de nuevos ataques en forma de espadas al 13, 15 y 16%, y es que este cuarto mojón seguía estando por encima del 10% de “espada media”.

Por detrás Idroj, iba rematando la faena de su señor.

 

En este punto, a unos mil metros de altitud, aparece ya muy cerca la figura del Santuario y piensan que está ahí mismo.

Se preguntarán cómo es posible que la pista suba hasta allí en tan poco espacio y creerán que la contienda está a punto de finalizar, pero nada más lejos de la realidad, y aún sufrirán varias emboscadas al 15 y 16%.

Entre ellas, tendrán que eludir el ataque de una nube de hormigas voladoras.

Enormes enjambres de alados que, como cada año por estas fechas, se dirigen a la ermita, inundando su templo y muriendo en él, rodeando la imagen de la Virgen, nunca posándose en ella ni en su altar.

Un misterio de la naturaleza sin explicación alguna.

-«Por eso desde siempre la conocen como la Virgen de las Aladas» –apostilló Alltac a su fiel y ya recuperado compañero de batalla.

Pero aún les quedará el combate final, el más duro y sangriento, pasado el sitio donde los lugareños dejan sus carruajes, ya que es imposible para ellos el subir por la pista de cemento de acceso al Santuario.

Alltac e Idroj, a lomos de sus cabalgaduras metálicas afrontarán este último tramo de 400 metros, tremendo, derrotando una tras otra las mejores y más fuertes espadas del enemigo: un guerrero escondido en la primera rampa al 22%, otro en una curva al 23%, donde a Idroj a punto estuvo de costarle la vida, cayendo allí, víctima de su afilada espada.

La dureza del terreno obligaba a tirar fuerte de riñones para agarrar bien la montura metálica.

Suerte que Alltac pudo subir a Idroj nuevamente a su palafrén para que le acompañara definitivamente a la gloria venciendo las últimas resistencias al 18 y 20%, al paso entre dos enormes rocas.

SQR – GORE

 

Y allí estaban, a las puertas de la ermita, tomando posesión de esta tierra, atalaya de los cuatro puntos cardinales: al Sureste, el Montseny, al Oeste, Sant Llorenç del Munt y Montserrat, y al Norte, espectaculares vistas al Pirineo, el Pedraforca, el Puigmal y el Canigó.

Abajo, un mar de nubes, impresionante.

Iniciado el descenso, un cierto temor se apoderó de los corceles metálicos.

Había que ir frenándolos pues la fuerte pendiente los intentaba descabalgar una y otra vez.

Por fin llegaron a Sant Pere donde ambos se pudieron restañar de sus heridas y celebrar por todo lo alto el nuevo hito conseguido.

Con esta conquista se había abierto un nuevo frente y durante los años siguientes muchos fueron los exploradores que atraídos por el reto y por su extraordinaria belleza, se aproximaban hasta Sant Pere de Torelló.

De lo que Bellmunt se ha dicho queda recogido en los manuscritos de la época por los propios caballeros que lo han sufrido en sus carnes: “escalofriante”, “recomendado a aventureros”, “bonita la subida, y dura, dura…”, “muy exigente”, “preciosa y dura ascensión”, “pata negra, nuevo referente catalán”, “atractivo paisaje”, “hacen falta muchas fuerzas para conquistarlo”, “el último tramo de subida, el más duro, épico”, “CIMA con mayúsculas”, “trazado espectacular”, “hay que verlo en vivo, alucinante”, “he experimentado el miedo y el vértigo”, “de una extrema y dura continuidad”, “pendientes endiabladas”…

Pero sin duda la más acertada es “cómo duele Bellmunt”.

En tu mano está el seguir escribiendo la historia en la conquista de esta fascinante y apoteósica ascensión: coge tu mejor armadura y tu corcel metálico y ven, Bellmunt te espera.

Que Dios te bendiga.

Foto: Pau Catllà