La chicas ciclistas que se cruzaron en mi camino

En mi vida entre ciclistas he coincidido con no pocas chicas

Sobre chicas y ciclistas, Esta es la pregunta que me hizo nuestra compañera y amiga Ada Xinxó, después de leer hace unos días en este mal anillado cuaderno mi entrada sobre lo que había viajado en bicicleta durante el confinamiento… sin moverme del salón de mi casa:

«Jordi, ¿tantos viajes en bicicleta durante el confinamiento y no has encontrado ninguna cicloaventurera  que te acompañara en tus largas sesiones de rodillo?»

Mi respuesta fue, sin lugar a dudas, que tenía toda la razón, que tendría que haber encontrado una aventurera ciclista… ¡para escaparme con ella!

Bromas aparte, sí que le dije que yo había conocido algunas de ellas en persona.

Y le puse algunos ejemplos y le prometí que hablaría de ellas en próximas entradas.

Y aquí estoy, para cumplir mi palabra y hablaros de aquellas chicas ciclistas que yo conocí en mi sociedad de toda la vida. 

Era un club modélico a todos los niveles.

Podría explicar por qué me tuvo enamorado durante casi 20 años ininterrumpidos, saliendo siempre con ellos todos los sábados de excursión.

Con ellos… y ellas, por supuesto, porque lo importante a destacar de aquel club es que siempre había contado con un grupo muy amplio de chicas de todas las edades y niveles de forma, claro está.

En este sentido, lógicamente, para mí nunca había sido nada raro ver a chicas montando en bici, por supuesto.

Estoy hablando de principios de los años 90, cuando me di de alta en aquel club, pero es que en aquella asociación ya había mujeres que habían comenzado a salir en bici nada menos que en la década de los 80.

Era el caso por ejemplo de Ana, la chica más veterana de todas ellas, que a sus 50 años se enganchó a practicar este deporte.

 

En aquella época, como podéis imaginar, hacerse socia de un club ciclista era algo todavía raro, a no ser que tuvieran algún padre o marido que las hubiera animado a apuntarse y a disfrutar junto a ellos de las deliciosas salidas en bici de fin de semana.

Con Ana mantuve largas conversaciones encima de nuestras bicicletas.

Me gustaba escucharla.

Ella, a su edad, siempre explicaba que parecía la madre de todas las chicas del club.

Sería por veteranía, porque su aspecto físico era el de una persona mucho más joven.

Además ella nunca se desenganchaba del grupo fácilmente y daba bastante guerra a sus queridas compañeras más jóvenes.

Me comentaba que pedalear le había dado muchísimas satisfacciones y me remarcaba la importancia de hacer deporte.

Gracias a su marido se hizo socia de aquella entidad, para seguirlo en su bendita locura, algo que ha hecho hasta estos últimos años.

Ana, por su ímpetu, su manera de ser y su buen hacer, no tardó en ocupar un puesto en la junta directiva, impulsando desde su secretaría no sólo la organización de eventos como marchas cicloturistas y salidas especiales, sino también, claro está, la promoción del cicloturismo femenino, algo en lo que triunfó indiscutiblemente y cuyos frutos se ven hoy en día, siendo uno de los clubes con más chicas en sus diferentes grupos de participación.

Ella, como muchos otros y otras, comenzó a pedalear con el grupo «C», el más tranquilo y el que hacía las salidas más cortas, si es que se pueden llamar cortas a excursiones entre 60 y 70 kilómetros.

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Pero enseguida saltó al grupo «B», más numeroso, más batallador y con recorridos mucho más largos de hasta 100 km o más.

Siempre recordaba con ilusión todos los kilómetros que había hecho con su bici y explicaba con orgullo su mayor logro consistió en recorrer el Camino de Santiago en 11 días.

Pero como os decía, había muchas más chicas ciclistas.

Entre ellas también recuerdo a Merche, una auténtica apasionada de la bici, que ya desde muy joven aprovechaba cualquier oportunidad para salir con ella.

Empezó haciendo cicloturismo de alforjas en unos tiempos en el que era rarísimo ver en nuestro país a este tipo de cicloturistas, ya fueran hombres o mujeres.

A ella esta modalidad la cautivó desde el principio, disfrutando del esfuerzo, del paisaje, de la compañía y viendo cómo su forma física mejoraba.

Siempre recordaba con cariño su primera participación en una marcha como la Tres Naciones:

«¡qué emoción a la salida! ¡Qué lucha por poder seguir la rueda de algún ciclista! ¡Y qué placer llegar a meta, con la faena hecha y esa reconfortante sensación de cansancio y disfrute a la vez!».

Durante muchos años participó en todas las marchas posibles.

Tenía auténtica predilección por la Quebrantahuesos, la Marmote o la Hubert Arbes.

Luego cambió de registro y comenzó con la larga distancia: cuantos más kilómetros, mejor.

No paró hasta conseguir finalizar la París-Brest-París: 1200 kilómetros completados en 83 horas.

Una auténtica pasada, aunque su mayor disfrute era salir con el club, en el que siempre encontraba un grupo de gente que se adaptaba perfectamente a su ritmo, compartiendo su afición con todos ellos.

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De entre todas aquellas chicas ciclistas también tuve la satisfacción de conocer a Ariadna, la más joven, que ya desde bien pequeñita le apasionaba ir en bici haciendo excursiones con su destartalada BH en inolvidables veranos hasta lugares, que en aquel momento a ella le parecían muy lejanos.

Cuando se enganchó definitivamente a la práctica del cicloturismo nos explicó que fue por varios motivos:

«la sensación de deslizarte sobre el asfalto, la dureza de los puertos, la nueva dimensión que adquiere el paisaje a la velocidad del ciclista y, sobre todo, la buena compañía y el buen ambiente que siempre hay en este mundillo».

El club para ella se convirtió en un lugar de encuentro que le permitió hacer muchas amigas formando un buen grupo de chicas ciclistas, con las que salía regularmente, participando juntas en muchas marchas y compartiendo muy buenos momentos sobre la bici.

También fue una gran luchadora para conseguir que las marchas no dieran la imagen habitual de un inmenso pelotón de chicos ciclistas en los que alguna vez se veía una chica solitaria.

Aunque siempre, con una gran sonrisa, explicaba cómo el hecho de ser poquitas participantes en las marchas contribuía a que el público las animase con mucha más fuerza que a los chicos, quienes veían cómo al paso de ellos los gritos menguaban.

Decía que las chicas solían crear una especie de fraternidad femenina entre ellas, saludándose, charlando, y sin preocuparse si una la adelantaba o era ella quien lo hacía.

Era tanta su inquietud por el bajo número de mujeres que practicaban el ciclismo de carretera, que incluso elaboró un trabajo de investigación para el boletín de aquel club, porque sentía curiosidad por conocer con exactitud la participación real de féminas en estas citas ciclistas.

Sabía que eran bajas, pero… ¿cuánto?

No os voy a marear ahora con cifras y números, pero llegó a la conclusión que un 5% de participación femenina en una marcha -en aquella época- se podía considerar todo un éxito.

Este tanto por ciento podía aumentar si la marcha era menos dura, más corta y menos competitiva, o cuando a un recorrido largo se le daba la opción de uno corto.

También dejó evidente que en Francia había mucha más participación femenina ya que existe más cultura ciclista y es por este motivo que las mujeres se lanzan a la carretera para participar mucho más en las marchas.

Este estudio ya tiene unos años y parece que hoy en día todo esto está cambiando.

Muchas mujeres ya empiezan a sentirse mucho más cómodas en el cicloturismo actual, al poder disponer de bicicletas en las que las grandes marcas ya tienen su versión femenina y, sobre todo, porque éstas ya no son tan caras como aquellas bicis pioneras de hace unos años.

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También ayuda la existencia en el mercado de material y ropa exclusiva para ellas.

Esto es básico, claro está.

Para finalizar, recuerdo también como la propia Ariadna nos explicó una jugosa anécdota de cuando en aquellos años se formó de manera casi espontánea un grupo de chicas ciclistas bajo el nombre de «me tendréis que esperar».

No creáis que era un grupo exclusivo de mujeres, pero sí que eran muchas las que se juntaban todos los fines de semana para salir en bici.

Lo anecdótico de este nombre se debe a la manera en cómo surgió, de una forma natural.

Cada nueva integrante que se incorporaba a las salidas era habitual oír de “motu proprio”: ¡me tendréis que esperar!

Como Ariadna nos explicaba, a muchas de las incorporaciones sí era necesario esperarlas, pero en otros casos no sucedía así.

A fin de cuentas, cada una rodaba a su ritmo, pero al final todas se esperaban las unas a las otras.

Un gran gesto del cual tendríamos que aprender todos.

Ana, Merche y Ariadna: tres ejemplos de motivación, de superación, de maneras de entender el cicloturismo, pero sobre todo tres espejos donde las chicas ciclistas puedan mirarse y verse reflejadas para continuar saliendo a la carretera a pedalear.

Foto: Ariadna

Los motivos para hacer el Camino de Santiago en bicicleta

Hay tantos motivos como personas que se lanzan a realizar el Camino de Santiago, en nuestro caso en bicicleta

Donibane Garazi, punto de partida, el camino hacia Santiago en bicicleta.

Siempre nos ha gustado más su nombre en euskera para mencionar la francesa población de St. Jean Pied de Port.

Su sonoridad, la belleza de su pronunciación, no sólo nos evoca a una de las ciudades más bonitas del Camino de Santiago, sino que también nos hace escuchar los ecos de los peregrinos que desde aquí inician su aventura, al otro lado de la frontera, sea a pie o en bicicleta.

Porque a pesar de este límite administrativo, todos estamos de acuerdo en que la muga no ha influenciado en la cultura y en las costumbres de estos valles pirenaicos, que comparten una misma lengua y una historia casi en común lo cual no ha impedido salir de ellos a sus gentes por motivos de fe o por la necesidad de caminar más allá.

Los más expertos dicen que la mejor manera de iniciar la ruta jacobea es desde la Porte d’Espagne de esta antigua ciudad amurallada que formó parte del Reino de Navarra. Pero es también la más osada, porque es la forma más dura de meterse de lleno en el Camino, pero del mismo modo la más bella.

 

No es fácil, ya sea a pie o en bici, ponerse en marcha desde los 165 metros sobre el nivel del mar del inicio para, dirección Roncesvalles, superar el desnivel que representa alcanzar los 1236 metros del Puerto de Arnostegi, por su vertiente de Honto, dura y muy exigente, una de las diferentes y variadas maneras por las que se puede acceder a este tremendo y típico collado de Iparralde.

Una escalada sin tregua que el pasado mes de agosto afrontamos a lomos de nuestras bicis y en la que coincidimos en el Camino con muchos peregrinos que se habían dispuesto a cruzar a pie los Pirineos por este auténtico rompe piernas que los iba a poner a prueba.

Charlamos con ellos y nos dimos cuenta que hay tantos motivos como personas que se lanzan a realizar el Camino de Santiago, en nuestro caso en bicicleta.

Hay peregrinos por «fe», cuyo único objetivo es alcanzar la tumba del Apóstol Santiago y conseguir «La Compostela», exclusiva acreditación que se otorga por motivos religiosos.

Hablando con otros, su reto es simplemente deportivo.

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El deseo de estos «peregrinos», fáciles de distinguir del resto equipados con material atlético de última generación, pulseras GPS y monitores de ritmo cardíaco variados, es poner a prueba su resistencia y condición física.

Igual que nosotros que, no sin menos esfuerzos, nos enfrentamos a las terribles rampas cercanas al 20% de este coloso, pero que bien valían la pena porque los paisajes pirenaicos que nos ofrece son impresionantes.

Fuertes repechos. Y mucha calma, siguiendo la Ruta de Napoleón, alternando la contemplación de caseríos (baserris) con grandes y verdes prados, mientras águilas y halcones sobrevuelan por encima de nuestras cabezas.

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Es momento de pensar, reflexionar y fijarnos que, en la inmensidad de estos parajes, muchos entiendan este Camino como una iniciación a su mundo espiritual.

Aquí, rodeado de estas montañas y este cielo, dónde si no, caminando en soledad, a pie o en bici, es donde uno se encuentra así mismo, en actitud contemplativa y en contacto con la naturaleza y en el que todo nuestro cotidiano mundo, el que hemos dejado atrás, es banal y que lo que verdaderamente importa es llegar al refugio para comer y descansar.

Porque es aquí cuando uno se siente vulnerable y si necesita desahogarse y echarse a llorar, pues lo hace, sin vergüenza alguna.

BIKEPACKING: lo que no cabe no se necesista  

«Todo peregrino llora al menos una vez durante el Camino».

Como lo podemos hacer cualquiera de nosotros, salvando las fuertes y salvajes pendientes a través de duras revueltas, mientras vamos contemplando en lo alto, y a lo lejos, las figuras inequívocas de las siluetas de los peregrinos recortadas en la niebla del horizonte.

Extraños personajes de diferente pelaje. Todos ellos. De férreas voluntades y donde también se reencuentran con la solidaridad hacia los demás, en la que todos se ayudan y no existen clases sociales. Todos somos iguales ante la inmensidad de estas montañas.

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Llegamos al refugio de Orisson. Hemos alcanzado los 800 metros de altitud. Muy cerca, la Virgen de Biakorri, en medio de la montaña y llena de ofrendas, bendice a todos los que por allí pasan. A partir de aquí, seguimos ascendiendo por el Camino, aunque de manera más suave, mientras seguimos descubriendo praderas y tupidos bosques de hayas. Una ruta espectacular mientras ahora, coronando Arnostegi, contemplamos las ruinas de la Torre-trofeo situada en la cima del monte Urkulu.

Porque aquí, en Arnostegi, el buen Camino también es Historia y Cultura, porque a ritmo sosegado, sin prisas, se pueden disfrutar de todos estos tesoros al aire libre. Y de la amistad, que muchos también vienen buscando, lobos solitarios que aquí encuentran apego y compañía, y por qué no, su alma gemela.

Cada uno de aquellos peregrinos nos transmitieron muy bien sus sensaciones y sus maneras de sentir el Camino, pero hubo alguien que nos dijo, parafraseando un anónimo refrán, que «no era la fuerza de la bravura navarra la que le empujaba ni atraía, que él no sabía explicar… ¡qué sólo el de Arriba lo sabía!».

Foto: https://labicikleta.com/

Un junio sin Quebrantahuesos no es junio

El vacío de este 2020 nos ha quitado la Quebrantahuesos del mes de junio

Mediados de junio, seguro, a estas alturas, estarías pensando en tu inminente participación en la Quebrantahuesos.

Pero este extraño mes de junio sin Quebranta no es un mes de junio cualquiera.

Sin Quebrantahuesos y otras marchas cicloturistas.

Sin sol ni calor.

A los ciclistas nos han robado la primavera.

Sin salidas de club.

Y, sin embargo, ya estamos en junio.

Un mes atípico para un «año que no existió».

 

¿Cómo habría sido en condiciones normales tu mes de junio?

El sábado tendrías la primera salida “importante” del mes para preparar la Quebranta.

Tocaría “etapa reina” con los colegas de tu club, la salida más larga de la temporada, con cerca de 200 km, y sin duda la más exigente, con la ascensión al puerto más duro de la zona, un fuera categoría con todas las de la ley.

Una «excursión» que habría marcado la hora de tu puesta a punto y dejado preparado, fino, para afrontar con garantías la reina de las ciclodeportivas.

Para eso, seguro, habrías alcanzado más de cinco mil kilómetros de entreno desde enero, para disfrutar de ese momento.

Sabes que junio es el mes de las grandes marchas marcadas en rojo en el calendario, es… “tu” mes.

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Pero este año no va a poder ser.

¿Cómo habría sido ese día?

Te habrías bajado tres puntos la cremallera del maillot, y es que, a pesar de salir tan temprano, se notaría ya bastante calor en el ambiente.

El paso por el termómetro de la farmacia de tu calle te lo habría dejado bien claro: 20 ºC.

Desde luego hubiera sido un día caluroso, de los que te gustan, sin pasarse, claro, y se habrían rebasado los 30 grados con facilidad.

El sonido de las golondrinas, que tanto te gusta también, cantando alegres y revoloteando entre los callejones, hubieran evidenciado con claridad que el verano ya habría llegado y que te encontrarías en tu mejor estado de forma, en la cresta de la ola.

Habría empezado a hacer tanto calor que, bajando una de las callejuelas saliendo de tu barrio, hubieras agradecido ese primer fresquito de la mañana, que refresca y despeja la cara, pensando que realmente el día sería de órdago.

Subirías por la calle que da acceso, una rampa bastante larga y mantenida, al punto de encuentro con los compañeros, la plaza que es fiel testigo de todas las salidas de tu club.

Lo habrías hecho con facilidad, con tres piñones menos de los que usas normalmente, pensando: “¡caramba! ¡Me encuentro fuerte!”,  alucinando lo “fácil” que irías.

Te habrías mirado las piernas, encontrándolas poderosas, morenas y robustas, dos mazas que te hubieran hecho sentir como nunca.

Habrías llegado arriba comprobando el tremendo ambiente en la salida, con mucho colorido.

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Tus amigos te estarían ahí esperando, esos que te habrían llevado con el gancho todo ese invierno-primavera.

En tu fuero interno sólo tendrías en mente una cosa: “¡que se preparen!”.

En fin, como dijo un buen amigo mío: » en septiembre aún estaremos fuertes»

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Durante el confinamiento, he viajado pedaleando más que nunca

Un Camino de Santiago, un par de Transpirenaicas, alguna vuelta al Mundo y hasta un Everesting en el Páramo de las Letras durante mi confinamiento 

Todo esto y mucho más, más de mil kilómetros después de bicicleta estática, sudando a chorros, atravesando países y continentes sin moverme del salón de mi casa desde que empezó el confinamiento, pedaleando mínimo una hora al día.

No, no creáis que me he convertido en un delincuente saltándome el aislamiento para salir con mi bicicleta, haciendo caso omiso del estado de alarma decretado.

No, para nada.

Tampoco penséis que he sido un terrorista a pedales escapándome con mi bici a otras regiones y otros lugares, con alevosía y, quizás, nocturnidad.

No, tampoco.

Y sin embargo, he vivido la aventura de viajar en bicicleta de diferente manera, dejándome seducir conociendo otras tierras, otros paisajes y otras gentes.

Todo esto sin saltarme el confinamiento.

¿Cómo?

Pues quedándome en casa y sacándole humo al rodillo durante la hora diaria que he dedicado a practicar mi deporte favorito sin moverme del sitio.

¿De qué manera?

De la única forma en el que este martirio de estar 60 minutos pedaleando sin ir a ninguna parte puede ser algo, por qué no, provechoso, satisfactorio, entretenido y toda una aventura en sí misma.

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El ritual siempre ha sido el mismo: ponerme maillot y culotte, prepararme un bidón lleno de agua, una toalla colgada en el manillar y subirme al potro de tortura, situándome delante de mi televisor.

Desde esta privilegiada posición, sentado en mi bici estática, no he necesitado pasaportes, ni visados, ni permisos especiales, tan solo conexión a YouTube y teclear la palabra mágica “cicloturismo” en su campo de búsqueda.

Y, de repente, miles de aventura a mi alcance para soñar viajando y conociendo mundo, aliviando en parte ese viajero interior que se puso a salvo del coronavirus.

A través de ese canal, he podido pedalear a multitud de sitios que en muchos casos escapaban a mi imaginación.

Lo he hecho desde casa, siguiendo las recomendaciones de las autoridades competentes, pero ahora no me arrepiento, al contrario, he disfrutado y gozado en primera persona de estos viajes virtuales, al igual que sus protagonistas, experiencias muy bien narradas de muchos de estos aventureros que se han subido a una bici para vivir experiencias de todo tipo.

Ciclo viajeros que han pedaleado por otros países, por otros continentes, en bicicleta, que han optado por este estilo de vida considerado por muchos como una forma de nomadismo moderno.

Sin moverme del salón de mi casa, he sentido la libertad de su movimiento, de su autonomía y autogestión, igual que si lo hubiera hecho yo mismo.

Empecé siguiendo al periodista Guilherme Cavallari en un recorrido por la Patagonia chilena-argentina: 5800 kilómetros recorriendo durante seis meses, y sin rumbo fijo, paisajes únicos.

Después, y sin moverme del continente sudamericano, me desplacé hasta Colombia para ponerme a rueda de Sebastian Gil y Miguel Olarte en su doble ascensión al mítico Páramo de Letras en el que hicieron historia al acumular la altura del monte Everest con sus 82 kilómetros de ascensión.

Una proeza extraordinaria.

Después de aquí, crucé el charco y di el salto hasta la Península Ibérica, concretamente hasta Pirineos para seguir al equipo de Imparables en su travesía “coast to coast”.

Fue una aventura preciosa en la que he podido revivir la aventura de la Transpyr Backroads durante más de 1000 kilómetros, casi 20.000 metros de desnivel ascendido y los 44 puertos de montaña que tuvieron que afrontar, acompañándolos desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico.

Durante aquel precioso y exigente recorrido he disfrutado de la compañía de Santi Millán, Ibon Zugasti y Tomi Misser, entre otros muchos conocidos, y otros no tanto, cicloturistas combativos.

Como me gustó mucho esta gran aventura, seguí con la idea de hacer otra nueva Transpirenaica, así que manos a la obra decidido a perseguir las seguras y rápidas ruedas de los chicos de Txema Delos, que pedalearon por el trazado clásico siguiendo la variante por el Pirineo francés, desde Rosas a Hondarribia, pasando por Bagneres de Luchon, Luz-Saint-Sauveur, Argeles Gazost, salvando todo los míticos puertos pirenaicos.

Han sido 7 días a rueda de estos chicos que iban como auténticas motos en sus ligeras bicicletas de carretera y, aprovechando la cercanía, decidí viajar hasta Bayona para acompañar virtualmente a Víctor Molina en su aventura de recorrer el Camino de Santiago a través del Camino del Norte.

Diez días hasta Santiago de Compostela para un total de 900 kilómetros.

Una bonita aventura a pedales.

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Como aún me quedaban días -muchos- me conecté al canal de Albert Sans para seguirlo en su “Vidaje”: una vida, un viaje en bicicleta, una vuelta al Mundo en la que cumplió el viejo sueño de vivir mil situaciones, tal y como él mismo nos relata: miedos, soluciones, regalos y lecciones, gentes, paisajes, instantáneas capturadas, músicas creadas, vídeos guardados y recuerdos tatuados en 74 minutos que susurran 7 años de rodaje.

Me quedó tan buen recuerdo de este viaje que no dudé en embarcarme en otro proyecto bastante parecido: “Pedal The World” del alemán Félix Starck, otra aventura alrededor del Mundo en bicicleta.

Félix se preguntaba: “¿Cuál es el significado de la vida?”

Algo que se cuestionaba todos los días hasta que decidió llegar al fondo de su inquietud: quería explorar el mundo por su cuenta, en bicicleta.

Sin entrenamiento, partió en junio de 2013 con más de 55 kg de equipaje y una cámara de vídeo para pedalear más de 18 mil kilómetros por 22 países con un solo objetivo: el sueño de la libertad absoluta y el descubrimiento de otras tierras y otras gentes.

He disfrutado mucho con él de su gran aventura: un documental basado en la vida y no en un guión.

Después de este tremendo reto, aún me quedé con más ganas de cicloturismo y alforjas, más nuevos países, más nuevas aventuras a lomos de mi bici estática virtual.

De esta manera he descubierto al que hasta ahora me ha parecido el más genial, didáctico y simpático nómada en bicicleta: el mallorquín Miquel Sorell, a través de su canal “ Ser Nómada”.

He de decir que es quien mejor me está haciendo pasar estas largas horas encima del rodillo y aún me quedan capítulos para rato, ya que el buenazo de Miquel, además de hacerlo muy entretenido, está dando la vuelta al Mundo en bicicleta, dejando atrás Mallorca, su tierra natal.

Desembarcó en Barcelona y empezó a pedalear hacia Girona para viajar en bici hacia el Este, cruzando Europa y Asia.

Desde allí trasladarse hasta América para finalizar en África.

Yo lo voy siguiendo.

Viaja sin ruta y sin planes, abierto a todas las realidades que se encuentre en su camino para inspirarse y seguir siendo nómada.

Cómo podéis comprobar, a lomos de mi bicicleta fija, he huido de competiciones virtuales y he apostado, sin moverme de casa, por el cicloturismo de alforjas, y no me arrepiento, es más, creo que cuando todo esto finalice, quizás pueda algún día acompañar en alguna etapa, a mi amigo virtual Miquel, quien ya es como si fuese de la familia y lo conociera de toda la vida.

Seguro que se alegraría, aunque a él lo que realmente le gusta es viajar solo, como buen nómada.

Y vosotros, ¿hasta dónde habéis viajado sin moveros de casa?

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El ciclista en el arte de la desescalada

La desescalada ciclista es más difícil que el confinamiento

Ya estamos en el momento soñado por el ciclista medio: la desescalada.

El descenso de un puerto es mucho más difícil que su ascenso.

Y esto lo sabemos muy bien los que amamos la montaña, la alta montaña: alpinistas, escaladores, ciclistas, esquiadores…

Para lanzarse hacia la otra vertiente, descender, bajar o como se ha puesto de moda ahora la palabra desescalar, el deportista debe llegar a la cima muy lúcido, sin acusar una fatiga que le haría perder en gran parte sus opciones de éxito en la declinación del pico.

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El descenso vertiginoso y con temeridad es peligroso.

Se necesitan reflejos rápidos y se ha de calcular muy bien y con precisión cuándo frenar, escrutando la bajada y sus peligros: una curva con poca visibilidad, un reguero de agua, una calzada deslizante, gravilla, etc.

El buen descendedor muestra calma y habilidad.

Porque una desescalada es también agotadora y nos pone a prueba ya que es continua y exigente.

La tensión ha de ser permanente para no perder el control.

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Después de una dura ascensión, de muchos esfuerzos realizados en la subida, la recomendación es no dejarse caer y relajarse de tal manera que nos haga pensar que todo ya está hecho.

Por tanto, como con nuestras bicicletas, desescalemos también moviendo las piernas, como en la escalada a ese puerto, que nos permita estar atentos a todos esos peligros ocultos que parece que hayan desaparecido después de coronar el alto.

Y no es así porque siguen ahí.

Que tengáis tod@s una buena desescalada, amig@s.

Foto: Pau Catllà

La montaña que el ciclismo hizo mítica

Un recorrido por esa montaña que el ciclismo puso en el mapa

Desde aquel momento, hemos ido creando mitos a partir de las montañas, ya sea por un motivo u otro, bien por caprichos del destino, porque han saltado a la fama y se han dado a conocer entre los aficionados al ciclismo, tan ávidos como siempre hemos estado de descubrir nuevos retos en forma de puertos de paso o altos inéditos, los cuales han pasado del anonimato a la popularidad al conseguir dichas cimas ser finales de etapa en alguna vuelta ciclista.

También tenemos casos de puertos de montaña que han sido encumbrados y, debido al paso del tiempo, han caído de nuevo en el olvido o en el ostracismo, por la razón que sea, siendo los mismos organizadores de las pruebas ciclistas quienes los han dado a conocer y lanzado al estrellato, y quienes, del mismo modo, han dejado de ascender sus duras rampas, abandonándolos entre sus brumas.

Desde que Alphonse Steinès inventara la montaña para el ciclismo con la incorporación del Ballon de Alsacia en el Tour de 1905, han sido innumerables los puertos de paso que han saltado a la fama, como ya es bien sabido.

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Podemos hablar de cómo la televisión, aún en blanco y negro en el año 1952, nos mostró las 21 curvas imperturbables del Alpe d’Huez, siendo la primera ascensión mediática por este motivo.

De la misma manera, en primavera del año 1983, también la tele, aunque ya en color, fue testimonio del nacimiento de una estrella con la subida a los míticos Lagos de Covadonga.

Y donde no llegaba la televisión lo hacían los aficionados, anónimos en su mayoría, que daban a conocer nuevos puertos asfaltados a los organizadores de las grandes vueltas, como fue el caso, por ejemplo, de la carta que escribió Miguel Prieto, director nacional de informática de la ONCE, a la dirección de La Vuelta: tuvo que ser una persona casi ciega la que descubriera el puerto recién asfaltado del Angliru, para competir en dureza extrema con otros colosos como Mortirolo o Zoncolan.

Podemos recordar también el espontáneo correo electrónico enviado a Unipublic en el año 2001 por Juani Zafra, una joven profesora de Educación Física de Valdepeñas de Jaén, para avisarles de una ascensión inédita, dura y bella, conocida con el nombre de la Pandera, que nada tenía que envidiar al gigante astur.

Como vemos, gracias a la tele, a una carta o un correo electrónico, muchos puertos desconocidos se han ido incorporando al imaginario colectivo ciclista, pero también hay que agradecer que en muchas de estas cimas vírgenes para la competición se hayan instalado valiosas infraestructuras para la ciencia, como pueden ser los observatorios astronómicos, o bien para los deportes de invierno, como las pistas de esquí, que han hecho posible el asfaltado de empinados caminos forestales para nuestro dulce sufrimiento.

Es cierto que detrás de esas novedades se suelen esconder intereses económicos, que han podido perjudicar otras zonas montañosas incluso más interesantes, y a pesar de ello nunca han tenido un merecido protagonismo por falta de recursos.

Tenemos abundantes ejemplos por toda nuestra geografía.

El salto a la fama de muchos puertos de montaña ha conseguido que municipios incomunicados ahora se encuentren interconectados entre sí y, con ocasión de la presencia de algunos de esos altos como finales de etapa, en alguna de las grandes vueltas, se ha aprovechado la circunstancia para construir nuevas infraestructuras viarias.

Estas recientes comunicaciones que se han despejado entre pueblos, regiones y valles, han potenciado el turismo a ambos lados de las montañas y han fortalecido la resiliencia de sus habitantes, garantizando un desarrollo sostenible de su entorno.

De esta forma la montaña desconocida se descubre, mejorando la calidad de vida y la salud de sus lugareños y, aunque siempre preservando su identidad y patrimonio, se convierte en un nuevo espacio visitado y consumido por miles de cicloturistas ávidos de naturaleza, deporte y aventura, que disfrutan de la belleza de sus paisajes que pueden llegar a ser sobrecogedores.

Es el precio de la fama de estas ascensiones, que dejan de ser lugares remotos, lejanos o inhóspitos para convertirse en sitios codiciados, de ocio, de anhelo y de deseo por conquistarlos, sobre todo, en nuestro caso, para cualquier avezado ciclista caza-puertos, que se precie de serlo.

Puede tratarse de un puerto desconocido entre los aficionados, inédito en carreras profesionales, hasta el momento que es transitado por alguna competición ciclista que  aborda alguna de sus dos vertientes, quedando su opuesta al margen de la carrera, esperando su momento.

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Puertos que luego se han convertido en míticos, donde se han librado descomunales batallas ciclistas, pero hay que tener en cuenta que aún siguen existiendo muchos colosos en potencia, ocultos en la geografía y por descubrir, que nunca han visto ciclistas afrontar sus cuestas.

Quizás deberíamos hacer una breve memoria de esos gigantes olvidados, muchos de ellos posiblemente más duros que los más reconocidos, pero privados de la fama y el reconocimiento merecidos.

Los aficionados al ciclismo, los organizadores o la propia prensa, seguirán inventando nuevas subidas o descubriendo nuevos puertos, pero mientras no se planteen una vuelta a los recorridos de toda la vida, planificando etapas con combinaciones de varias dificultades montañosas, que posibiliten la batalla desde lejos de meta, a la vieja usanza, muchos de ellos irán cayendo de nuevo en el olvido.

Esto pasará, y de hecho está ya ocurriendo, porque cada vez más algunas pequeñas o grandes vueltas prescindirán de ellos al no considerarlos importantes para el espectáculo, y apostarán por finales en cuestas de cabras, tal y como se está haciendo, renunciando a un encadenado de puertos en el que, contrariamente a lo que ellos piensan, sí se disfrutaría de un ciclismo más selectivo, competitivo o combativo.

El hecho de que una etapa sea “unipuerto”, ya sabemos que bloquea la carrera prácticamente hasta sus últimos kilómetros, lo que viene a ser, como ya hemos comentado más de una vez, ciclismo de youtube, donde la diversión para el aficionado se reduce a unos pocos minutos de la exhibición que quieran demostrar en ese momento los pros.

Hay que añadir que muchas de estas cimas también pueden caer en el ostracismo a base de repetirlas una y otra vez, abusando de ellas en estos recorridos hasta la saciedad, provocando que el gran público se aburra de ellos.

¿Y vosotros qué puerto creéis que debería saltar ya a la fama, pero aún permanece escondido a la espera de que alguien lo recupere de la memoria del olvido?

Foto: Pau Catllà

La trilogía del cicloturista: El Sufrimiento (parte II)

Cicloturista: si no hay sufrimiento, no existe placer

La vegetación de este precioso parque te hace más llevadero este inicio de puerto.

Ves que la gente se van mirando entre sí, calibrando sus posibilidades, examinando al «rival» y piensas «joder, menos mal que todos somos amigos…».

Y es que la «victoria» en este impresionante col sabes que da mucho prestigio, mucha reputación, entre los miembros de tu peña y en general entre todos los cicloturistas de tu país.

Pero tú ni lo sueñas, estás contento con haber llegado entre los «primeros».

Y así ves que en cabeza ya se empiezan a pegar «palos» y el ritmo de subida ya es asfixiante para ti: te descuelgas, subes unos cuantos piñones y a «disfrutar» lo que puedas.

Los de delante se empiezan a alejar cada vez más y más, y piensas que qué comerán estos tíos para estar tan fuertes.

La verdad es que tú ya no das más de sí, el entreno que llevas es el que es y por mucho que hagas, ni vas a rendir más, ni vas a tirar más, las horas son las que son y no puedes robar más tiempo ni a tu familia, ni a tu trabajo: no puedes «sacrificarte» más.

En este momento te encuentras solo, en tierra de nadie, ni te van a coger los de detrás ni tú vas a coger a nadie.

Lo ideal sería pararte y esperar un tren más asequible, pero ese puntito de orgullo que todos tenemos te hace tirar para adelante solos, la montaña y tú, durante los próximos 20 kilómetros, bajo un sol de justicia y empezando a estar tocado por la dureza de la salida.

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Y así vas haciendo, pedaleando, sufriendo pero disfrutando a la vez, sorteando rampas imposibles y levantando la vista de vez en cuando para disfrutar del paisaje, del entorno, de la alta montaña, que es realmente lo que a ti te gusta.

Después de 2 horas de penosa escalada llegas arriba, después de haber pasado el último tramo, realmente duro, donde tú ciclocomputador nunca ha sobrepasado los dos dígitos.

Los últimos 200 metros llanos y casi con tendencia a bajar, metes plato (¡qué chulo!) y ya ves a tus colegas, esperando.

Alguno te soltará: «veinte minutos, te hemos metido veinte minutos.» Y piensas que qué bestias.

Después de esperar un rato a que vengan las «unidades perdidas» del A, bajáis al pueblo a almorzar con el grupo B, que ya deben ir por los cafés.

A la salida del almuerzo alguno del A tiene la «brillante» idea de proponer una vuelta alternativa, por supuesto más dura y más larga, aunque mucho más bella.

Alguno te pregunta qué vas a hacer y claro, no te vas a negar y te vas a dejar en evidencia, así que te lías la manta a la cabeza y te vas con ellos con aquella sensación que deben tener las terneras cuando las envían al matadero.

En principio de bajada y llaneando bien, aunque sigues sin dar un relevo y te encuentras algo mejor, sin duda gracias al cafetito que te has tomado, y seguís tirando, tirando…

De repente, alguien gira a la derecha y te encuentras con un paredón en mitad de la carretera: ¿qué es eso? -te preguntas.

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Nunca habías venido por aquí, coto privado del A, y te pilla por sorpresa esta «nueva pista rural asfaltada», que hace que tengas que poner todo lo que hay para vencerla, bajo un calor ya infernal.

Los de delante hace rato que ya se han ido y te vuelves a quedar solo, muy solo, y piensas que qué habrás hecho para merecer esto.

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Lo estás pasando realmente mal y suerte que tus «compañeros» te están esperando arriba y podrás volver con ellos.

Bueno, eso crees tú.


Cuando llegas hay alguna mirada de complicidad y otras de compasión, hasta que la carretera nos vuelva a poner a cada uno en su sitio.

Iniciamos el camino ya definitivo de vuelta a casa y esta gente en vez de bajar el pistón aún aceleran más y más…

Pasados unos kilómetros no puedes más, tienes incluso algún amago de calambre, y levantas el pie y te descuelgas, y el tren se aleja rápido, muy rápido.

Ni se han dado cuenta que te has quedado: «es igual» -piensas- «voy a descansar», aunque sabes que los 40 kilómetros que quedan de vuelta se te van a hacer una eternidad.

Así es, después de dos horas a ritmo cansino, de haber secado todas las fuentes que te has encontrado por el camino, llegas a tu casa pasadas las 4 de la tarde, destrozado y con principio de pájara.

Te vas directo a la cama, hasta que recuperas un poco, te duchas y comes algo.

Todos tus proyectos de salir esa tarde tendrán que esperar porque tienes un gran cansancio acumulado, no te sientes las piernas y decides pasártela en la horizontal, en un estado lamentable, bajo la atenta mirada de tu sacrificada y cabreada familia.

Hasta la próxima…

Foto: www.rosdemora.com

Randonneur: el ciclismo donde no se pone el sol

Hace unos días nos interesamos por un ciclismo poco conocido, que se corre en soledad, de noche muchas veces y entre pequeños ratos de sueño. Hablamos de esas pruebas que responden al nombre de Randonneur y se distinguen por la larguísima y extenuante distancia. Un concepto que lleva el ciclismo hasta sus últimas consecuencias, un concepto que nos explica Francesc Porta, Presidente  de Randonneur Catalunya (Club de Referencia) y representante del Audax Club Parisien en España, excepto el País Vasco.

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¿Dónde situarías el origen del concepto Randonneur y en qué momento y evento?

“Hemos de retroceder al mes de mayo del año 1921, se celebra la Polymultipliée  de Chanteloup en su 9ª edición, hasta entonces esta prueba había estado patrocinada por el periódico deportivo l’Auto que dirigía Henry Desgrange, pero en 1921 fue el periódico L’Echo des Sports (contrincante de L’Auto) quien patrocinaba esta prueba. Diversos clubes de Paris aportaban su ayuda en la realización, uno de ellos era el Audax Club Parisien, colaborando desde la primera edición.

Se dio la circunstancia de que el Audax Club Parisien tenía desde 1905 los derechos de organización de los Brevets Audax, una creación italiana introducida en Francia por parte del mismo Henry Desgrange.  Estas dos circunstancias eran incompatibles y Henry Desgrange retiró la autorización al Audax Club Parisien para la Organización de los Brevets Audax.

En el seno del Audax Club Parisien hubo una escisión que condujo una parte a continuar con la organización de los Brevets Audax  formando el Club Union Cyclistes de Paris, patrocinado por L’Auto, y que más tarde vinieron en llamarse Unión de los Audax Franceses, y otro grupo  que se las ideó para crear los Brevets  de Randonneur Franceses, que son la cara y la cruz si los comparamos con los Audax. En el mes de septiembre de 1921 se organizó el primer Brevet Randonneur de la historia con el recorrido Paris, Dreux, Chartres, Paris”

Nota 1- Los Brevets Audax también se llaman de velocidad fija establecida en 22,4 km/h, por lo tanto los participantes van en pelotón, no pueden desfallecer físicamente, no tienen que estudiarse el itinerario pues hay el jefe de grupo, mientras que los Brevets de Randonneur que también se llaman de velocidad libre, cada participante va a su aire, solo tiene que mantener una capacidad mental en todo el recorrido y si desfallece físicamente puede parar a descansar.  

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¿Que mueve a un ciclista a pasarse a la fórmula Randonneur?

Yo diría que la participación en pruebas Randonneur es una culminación de toda una trayectoria en la vida de un cicloturista. Empiezas con excursiones locales, regionales a través de un club con salidas dominicales, después te atreves en las marchas cicloturistas, cuando te vas haciendo mayor empiezas a sentirte mal porque no llegas dentro la hora establecida y es entonces que descubres la formula Randonneur, la edad media de los participantes está situada en 55 años, esto quiere decir que un 10% tendrá entre 60 y 70 años y otro 10% tendrá entre 18 y 30 años, hay participantes que con 85 años realizan un Brevet de Randonneur

¿Qué le aporta la fórmula Randonneur a un ciclista?

La aportación del deporte al practicante no difiere demasiado entre distintas especialidades, pero la participación Randonneur permite alargar muchos años la práctica del deporte. Es en esta edad que se ve las marchas cicloturistas como una auténtica locura, y  en el Movimiento Randonneur, como la posibilidad de permanecer activo en grandes pruebas

¿Que complicidades surgen en la práctica de pruebas Randonneur?

Las principales complicidades son con uno mismo. Se habla de hacer un 200 y se ve como una utopía, lo realizas y te das cuenta que el próximo reto son los 300, después 400 , te das cuenta que el cuerpo es el mismo, la forma física siempre es la misma, no se requiere una forma física súper extraordinaria, sí que percibes  que al aumentar la distancia se requiere más mente clara y te decides para afrontar los 600, los  1000, los 1200 km como si nada y te conviertes en un experto psicólogo de tu propio cuerpo

¿Qué desarrollo hay en España del mundo Randonneur respecto a otros Países?

El Audax Club Parisien como creador de la Fórmula Randonneur, tiene la misma estructura en cada país donde se establece la práctica de las pruebas Randonneur, es decir se nombra un representante del Audax Club Parisien en este país, este representante actúa a través de un Club, que se llama Club de Referencia. El representante a través de este Club determina  los Clubes Organizadores locales  que son los que organizan las pruebas Randonneur en cada Región. Los representantes de todo el mundo están asociados a través de Les Randonneurs Mondiaux que en la actualidad agrupa a 51 países de los 5 continentes”

Nota 2- Se da la circunstancia de que en 1983 cuando se creó Les Randonneurs Mondiaux en España había dos personas que organizaban Brevets de Randonneur, y como excepción España continua teniendo dos representantes del Audax Club Parisien, pero esta anomalía es temporal tendiendo a la normalización en cuanto ocurran cambios.

Nota 3- La palabra francesa randonneur significa excursionista, después de los años y en el argot cicloturista, esta palabra significa todo lo referente a esta modalidad de cicloturismo, otra acepción seria que si decimos que uno tiene aptitud Randonneur, significa que recurre a todas las soluciones posibles sin desistir, para solventar los contratiempos que se van sucediendo a lo largo de uno de los periplos emprendidos, también se aplica entre nosotros en temas de la vida misma.