La agonía de una crono por equipos

No hice muchas cronos por equipos, no obstante me acuerdo de tres, una en la Vuelta a Burgos y otra en Castilla y León, con Banesto, y otra con el Clas, creo que en una Vuelta a Valencia. No fueron unas experiencias más, las del Banesto me tocaron com Miguel Induráin, que creo ganó ese año Burgos, y la del Clas con Rominger. Correr con ambos fue un honor, pero muy duro. Impresionan, vaya si impresionan, pues solos eran capaces de ir muy rápidos con lo que ir a rueda era una proeza… Detrás de ellos acostumbraban a ir ciclistas contrarrelojistas, porque les tocaban los relevos más duros.

Personalmente sólo estuve bien en una que hice con Banesto, creo ganamos o quedamos cerca de los primeros en una Vuelta a Burgos. Hablamos de una prueba colectiva que no trabajas como una etapa normal, pues el esfuerzo tiene su recompensa en forma de victoria que cuenta para todos en el palmarés.

Me acuerdo que en la del Clas, me dejaron en la primera cuesta nada más salir. Se te viene el mundo encima y te sientes mucho peor que cuando te quedas en una etapa corriente, porque no sólo te quedas tú, también sientes que le fallas al equipo. Es una prueba moral muy dura.

El esfuerzo es agónico, en el llano siempre hay que ir por encima de los 50-55Km/h y eso no es nada fácil, aunque sea por equipos. Pensemos que una persona en una crono individual puede bajar el ritmo o subirlo a su antojo, por equipos no se puede, o estás en los relevos o te quedas. Sencillo, pero brutal.

Es una prueba colectiva y por tanto el resultado del equipo será lo que finalmente decida. No vale con llegar todos y contentos con no haberte quedado, si te han metido 3 minutos. El hecho que los tiempos decidan la general hace que la presión sea doble. Si tiras como gregario un día normal llegas hasta un punto, pero si fallas y se pierde una carrera por la crono por equipos puede ser bastante duro para todos. 

Sobre el reparto de esfuerzos, hay que tener en cuenta que el único equipo que preparaba las cronos por equipos en los años 90 era la ONCE y así les iba. Imaginaros por tanto que de golpe te pones a bloque, a altas velocidades, en una prueba que exige mucha preparación y coordinación, sin haberla entrenado.

Pues casi siempre salía un desastre. Se improvisaba mucho. Ya según el viento se podía cambiar todo, aunque eso es normal, pero también decidíamos si hacerla en fila o en doble fila en la misma crono, lo cual era muy contraproducente.

Tampoco había pinganillos y se gritaba mucho, aunque entre el ruido de las lenticulares, el viento, el público, etc, se hacia difícil coordinar. A veces no decidíamos a priori ni en el orden en que ir y se improvisaba según la marcha. Todos esos detalles significan muchos segundos perdidos.

Ahora se pueden ver a equipos como Movistar o BMC rodar totalmente acoplados unos a otros y se nota que hay un gran trabajo detrás de esos equipos. Nada que ver con hace más de 20 años.

A mí, como dije, me tocó entrar en los equipos de Indurain y Rominger, que al partir como favoritos, nos caía una presión enorme. No os cuento los nervios que se pasaban.

Normalmente se prefería que hicieras un relevo a muerte antes de quedarte que intentar aguantar sin relevar porque entorpecías los relevos, a no ser que estuvieras disputando la general. 

En definitiva la crono por equipos para los que no éramos rodadores era una prueba exigente, que no te permite calentar, te sirve para ver cómo estás, y que puede pasarte como a Perico cuando se quedó de salida. Incluso aunque vayas bien, siempre se sufre porque, si eres de los que vas mejor tienes que dar más que el resto, con lo que al final es agónico para todos. 

Me parece correcto que se integre en la general individual, aunque favorezca a los equipos grandes. El resto pueden perder minutadas, pero es parte del ciclismo y una prueba más que demuestra la grandeza de este deporte.

Por Victor Gonzalo

Imagen tomada de www.arueda.com

INFO

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La nostalgia de los tiempos del Clas

Pocas veces el ciclismo cumplió tan bien con cometido de situar una marca o emblema en la mente del público como hizo con la Central Lechera Asturiana, Clas, en la primera mitad de los años noventa. Como bien sabéis hace unos meses salió un tremendbundo libro firmado por Daniel Cabrero y Sergio Fuente titulado “El Clas, el equipo de Asturias, el sueño de su afición”.

El libro, grande, formato DIN A4, es una invitación a la nostalgia de quienes vivimos aquellos años de sueño astur, para quienes, como el que esto firma, nació cerca del Principado, aunque un poco más al sur. La sucesión de eventos que dejaron al Clas como uno de los mejores equipos del mundo se retrata profusamente en la obra, con raíces en los años previos al salto definitivo a la máxima categoría, los años ochenta principalmente, antes de que explotara en la siguiente década.

Bajo los designios de Juan Fernández, una de las personas más crípticas del ciclismo, el equipo creció hasta atraer el nombre que les dio la cuota que les situó al nivel de los otros dos grandes del pelotón español, Banesto y ONCE. Hablamos de Tony Rominger, el suizo que encontró en Asturias la extensión paisajística y espiritual de su tierra suiza, verde, fecunda…
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Antes de Rominger, el Clas entonces optaba a premios como el de la montaña del excelente ciclista que fue Iñaki Gastón o top ten como los de Echave y Peio Ruiz Cabestany. Con Rominger se abrió rápido el tarro de las esencias, País Vasco y la Vuelta a España que aterrizó en Luz Ardiden, en un día ciego por la niebla, con jornadas para el recuerdo como la del Naranco, aquella en la que Javier Mauleón ganara por la mínima ante Jesús Montoya.

Porque cuando el Clas llegaba a la joya prerrománica con vistas a Oviedo, la afición encloquecía, como en aquella jornada que enterró las opciones de Alex Zulle bajando la Cobertoria. Ese año Rominger sería segundo en el Tour, el tercero de Indurain, y muy perjudicado por una sanción que aún hoy no acertamos a entender. Rominger fue mano a mano con el navarro, no se dejaron en toda la montaña y dio la sensación de haber optado a más de haber competido en igualdad, primero por sus propias condiciones, luego por el equipo que crecía a su alrededor: Olano, Escartín, Leaniz, Arsenio, Mauleón, Unzaga,…

Pero los trenes pasan y nunca más estaría el suizo en disposición de ganar el Tour. El equipo ya no era exclusivamente Clas, porque Mapei desembarcó para con los años copar el nombre del equipo, sin embargo y aunque el poder de aquella escuadra fuera a más, hasta desembocar en el actual Etixx, las raíces asturianas del proyecto siempre flotaron en el ambiente como bien corroboran la mayoría de ciclistas que vistieron aquella camisola.

El Clas era lo más parecido a un equipo de fútbol que podía ser un equipo ciclista. Tenía una cantidad increíble de aficionados que le apoyaban incondicionalmente. Era como jugar en el Real Madrid” dijo Roberto Sierra en un meritorio ejercicio de reunir la práctica totalidad de aquellos protagonistas que firma de su puño y letra los recuerdos que le vienen a la mente cuando hablan de aquel proyecto. Un servidor que sabe lo que implica esa labor, lo valora especialmente.

Por cierto aquí podéis saber más de la obra en cuestión.