La trilogía del cicloturista: El Sufrimiento (parte II)

Cicloturista: si no hay sufrimiento, no existe placer

La vegetación de este precioso parque te hace más llevadero este inicio de puerto.

Ves que la gente se van mirando entre sí, calibrando sus posibilidades, examinando al «rival» y piensas «joder, menos mal que todos somos amigos…».

Y es que la «victoria» en este impresionante col sabes que da mucho prestigio, mucha reputación, entre los miembros de tu peña y en general entre todos los cicloturistas de tu país.

Pero tú ni lo sueñas, estás contento con haber llegado entre los «primeros».

Y así ves que en cabeza ya se empiezan a pegar «palos» y el ritmo de subida ya es asfixiante para ti: te descuelgas, subes unos cuantos piñones y a «disfrutar» lo que puedas.

Los de delante se empiezan a alejar cada vez más y más, y piensas que qué comerán estos tíos para estar tan fuertes.

La verdad es que tú ya no das más de sí, el entreno que llevas es el que es y por mucho que hagas, ni vas a rendir más, ni vas a tirar más, las horas son las que son y no puedes robar más tiempo ni a tu familia, ni a tu trabajo: no puedes «sacrificarte» más.

En este momento te encuentras solo, en tierra de nadie, ni te van a coger los de detrás ni tú vas a coger a nadie.

Lo ideal sería pararte y esperar un tren más asequible, pero ese puntito de orgullo que todos tenemos te hace tirar para adelante solos, la montaña y tú, durante los próximos 20 kilómetros, bajo un sol de justicia y empezando a estar tocado por la dureza de la salida.

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Y así vas haciendo, pedaleando, sufriendo pero disfrutando a la vez, sorteando rampas imposibles y levantando la vista de vez en cuando para disfrutar del paisaje, del entorno, de la alta montaña, que es realmente lo que a ti te gusta.

Después de 2 horas de penosa escalada llegas arriba, después de haber pasado el último tramo, realmente duro, donde tú ciclocomputador nunca ha sobrepasado los dos dígitos.

Los últimos 200 metros llanos y casi con tendencia a bajar, metes plato (¡qué chulo!) y ya ves a tus colegas, esperando.

Alguno te soltará: «veinte minutos, te hemos metido veinte minutos.» Y piensas que qué bestias.

Después de esperar un rato a que vengan las «unidades perdidas» del A, bajáis al pueblo a almorzar con el grupo B, que ya deben ir por los cafés.

A la salida del almuerzo alguno del A tiene la «brillante» idea de proponer una vuelta alternativa, por supuesto más dura y más larga, aunque mucho más bella.

Alguno te pregunta qué vas a hacer y claro, no te vas a negar y te vas a dejar en evidencia, así que te lías la manta a la cabeza y te vas con ellos con aquella sensación que deben tener las terneras cuando las envían al matadero.

En principio de bajada y llaneando bien, aunque sigues sin dar un relevo y te encuentras algo mejor, sin duda gracias al cafetito que te has tomado, y seguís tirando, tirando…

De repente, alguien gira a la derecha y te encuentras con un paredón en mitad de la carretera: ¿qué es eso? -te preguntas.

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Nunca habías venido por aquí, coto privado del A, y te pilla por sorpresa esta «nueva pista rural asfaltada», que hace que tengas que poner todo lo que hay para vencerla, bajo un calor ya infernal.

Los de delante hace rato que ya se han ido y te vuelves a quedar solo, muy solo, y piensas que qué habrás hecho para merecer esto.

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Lo estás pasando realmente mal y suerte que tus «compañeros» te están esperando arriba y podrás volver con ellos.

Bueno, eso crees tú.


Cuando llegas hay alguna mirada de complicidad y otras de compasión, hasta que la carretera nos vuelva a poner a cada uno en su sitio.

Iniciamos el camino ya definitivo de vuelta a casa y esta gente en vez de bajar el pistón aún aceleran más y más…

Pasados unos kilómetros no puedes más, tienes incluso algún amago de calambre, y levantas el pie y te descuelgas, y el tren se aleja rápido, muy rápido.

Ni se han dado cuenta que te has quedado: «es igual» -piensas- «voy a descansar», aunque sabes que los 40 kilómetros que quedan de vuelta se te van a hacer una eternidad.

Así es, después de dos horas a ritmo cansino, de haber secado todas las fuentes que te has encontrado por el camino, llegas a tu casa pasadas las 4 de la tarde, destrozado y con principio de pájara.

Te vas directo a la cama, hasta que recuperas un poco, te duchas y comes algo.

Todos tus proyectos de salir esa tarde tendrán que esperar porque tienes un gran cansancio acumulado, no te sientes las piernas y decides pasártela en la horizontal, en un estado lamentable, bajo la atenta mirada de tu sacrificada y cabreada familia.

Hasta la próxima…

Foto: www.rosdemora.com

La trilogía del cicloturista: El Sufrimiento (parte I)

Todos los cicloturistas disfrutamos sufriendo

Primero fue «el iniciado», después «el ritual» y ahora, completando la trilogía, «el sacrificio», que para eso nuestro deporte preferido está considerado como el más duro y sus practicantes somos «esforzados de la ruta», ¿no os parece?

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Dejamos a nuestro protagonista, si lo recordáis, de vuelta a la cama, recuperando el sueño perdido, después de haber estado sentado en el portal de su casa, y en vano, a que parase de llover.

Sé que a muchos de vosotros este final os entristeció un poco o incluso pudisteis pensar que muchos también de vosotros habríais salido igualmente, pero bueno, la trama es la trama.

Hoy vamos a darle la oportunidad a nuestro personaje -que no es otro que tú mismo- de resarcirse de aquella ocasión y le vamos a brindar una jornada memorable y épica, de ilusión y sacrificio, y de esfuerzo gratificante.

Sales de tu casa en bicicleta.

El día es radiante y el sol empieza ya a picar algo: se espera una jornada calurosa, no en vano estamos en junio, mes cicloturista por excelencia, mes de grandes marchas marcadas en rojo en el calendario.

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Es el mes en el cual estás en tu pico de forma, en la cresta de la ola.

Los 20 grados, a las 7 de la mañana, que marca el termómetro de una farmacia ya te indica bien a las claras que hoy el día va a ser duro, así que tendrás que estar atento a la hidratación: beber, beber…

Pasas a buscar a tu cuñado que, aunque sabes que tú tiras mucho más que él y pronto lo dejarás de rueda, no tienes más remedio que por gentileza ir a buscarlo, no sea que se enfade.

Casi te caes del susto cuando lo ves aparecer abriendo la puerta de su casa, con la bicicleta rampante y un plátano en la boca y piensas «vaya pinta…».

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Hacéis los primeros kilómetros juntos hasta que llegáis al punto habitual de salida de la peña.

No has sabido qué decirle, pues sabes que es un poco bicho raro y no acepta de muy buen grado que tú estés más fuerte, pero qué le vas a hacer.

Él siempre se escuda diciendo que sale a disfrutar, no a hacer carreras, lo cuál te parece perfecto, si no fuera porque realmente es eso, una excusa, porque sabes que si alguna vez ha podido dejarte lo habrá intentado con todas sus fuerzas. Familia…

 

Buscas tu subgrupo dentro del grupo, que normalmente es el que está más fuerte,  el que tira más, el que va más lejos y más deprisa, el que sube los puertos más duros de tu zona: eres un integrante del «A».

En seguida te pones a rueda de tus compañeros: unos fieras vamos…

Aún y así, no  podrás evitar la «cháchara» con ellos o con otros integrantes del grupo B, y es que es un placer poder hablar con los amigos de vuestros entrenos, vuestros sueños, del día que os espera.

Sabes que no te puedes entretener mucho, porque cualquier descuido te hará perder el tren del A y tendrás que remontar y tirar y tirar, tú solo, callejeando, hasta pillarlos, antes de que salgan de la ciudad, porque si no… adiós, ya no los volverás a ver.

Empezar con un sofocón y tirando de plato pues que no te apetece mucho, la verdad.

Así que hoy vas por faena y te sitúas bien en el pequeño pelotón de élite de tu club: «para eso llevo cuatro mil km de entreno desde enero, para poder disfrutar (?) de esto», piensas, y te vas para adelante, que te vean, que hoy estás dispuesto a dar guerra y te atreves incluso, una vez que habéis pasado ya a carretera abierta, a colocarte en cabeza y darles un fuerte relevo.

Hoy te encuentras como nunca y te permites el lujo de llevar al «A» a rueda durante  un par de kilómetros a más de 40 por hora.

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Después de semejante exhibición que muchos te dirán que se tratan de «fuegos artificiales», pones intermitente y te vas a cola de pelotón y piensas «a lo peor, los he cabreado…».

Ves como el ritmo que habías impuesto no es nada comparado con el que ahora mismo están poniendo los figuras: estáis rodando y rozando casi los 45 km por hora.

Aguantas porque a rebufo del grupo «te llevan» y aún vas bien, pero las pulsaciones se empiezan a desbocar: 170-172-175-177-180 (!)

Buf!… aguantas, aguantas,… sabes que si aguantas este primer tirón selectivo luego será más «fácil»: es la selección natural, sólo quedarán los más fuertes.

 

Muchos se habrán quedado en el intento de seguir a la élite, y el grupo va a seguir perdiendo unidades, como un collar de perlas roto, hasta pie de puerto.

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Sigues con el gancho, has estado a punto de descolgarte varias veces: «ni sueñen en que les vaya a dar un relevo» -te dices a ti mismo, y sigues aguantando, aguantando…

Después de prácticamente dos horas de sacar la lengua, de tener a punto de salir el corazón de tú pecho, con una media de más de 30 km/h, estratosférica para ti, llegáis al pueblo donde se inicia la gran dificultad de la jornada: el puerto más duro de tu comunidad, un fuera categoría desconocido para la alta competición, pero muy apreciado y querido por los cicloturistas: 25 km, 1500 metros de desnivel, 8 por ciento de media con puntas del 14.

 

Una bestia muy bella.

A todo esto, el calor aprieta con fuerza: 30 grados y paráis a rellenar bidones en la fuente del pueblo, que falta va a hacer.

Los primeros kilómetros, suaves, los hacéis a buen ritmo, aunque sabes que en cuanto aprieten un poco te quedarás.

La verdad es que ya te das por satisfecho el haber llegado hasta aquí con ellos, porque los de delante ya los conoces: grandes escaladores, de finas piernas y caras afiladas marcadas por el sol.

Continuará…

Foto: www.rosdemora.com

 

 

La trilogía del cicloturista: El Ritual

Cicloturista- JoanSeguidor

El buen cicloturista tiene sus rutinas

Es viernes tarde.

Has confirmado con tus colegas de la peña la excursión de mañana: hora de salida, lugar donde se almuerza y kilometraje.

Te preocupas por el estado de forma de tus amigos, “rivales” de mañana: “¿habéis entrenado mucho esta semana?”

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El teléfono no para y sabes que cuando hablas con tus colegas, la conversación se puede prolongar horas, porque cómo “cascan” estos amigos ciclistas tuyos: saben de todo.

Vuelves a repasar el perfil: “um, al almuerzo se llega en final en alto”.

Y ves que al inicio del puerto hay una rampa dura al 10 %: “aquí atacaré”, te dices a ti mismo.

Hay que reconocer que nos encantan los piques, sobre todo cuando la carretera mira hacia el cielo, y es que a la mayoría de nosotros se nos cae la baba en cuanto vemos una cuesta, ni que sea la del parking.

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Miras tu bicicleta,  una máquina preciosa y, aunque limpia, decides darle un nuevo repaso: no te gustan esas salpicaduras de barro de tu última salida y pasas un paño con esmero por todo el cuadro, llantas y piñones: sobre todo éstos  te gusta llevarlos relucientes.

Inflas las ruedas y ultimas los detalles de tu equipación de mañana: limpias tus zapatillas,  gafas, preparas tu casco, tu ropa, sacando tu maillot y culotte doblados del interior del cajón, y tus calcetines favoritos.

Lo dejas todo encima de la silla de la habitación, porque por la mañana temprano no es hora de andar abriendo y cerrando cajones.

Ya lo tienes todo preparado, … ¿y tú?

Te miras tus musculosas piernas, de las cuales te sientes tan orgulloso: “hoy toca afeitarlas”, pues parecen un par de cactus.

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Te metes en la ducha y con tu espuma de afeitar empiezas la ceremonia del rasurado.

Primero una pierna, luego la otra, suavemente, que la cuchilla es un peligro y aún así no podrás evitar algún corte que otro, haciendo que corra un poco de sangre por la bañera.

Acabas con una buena ducha.

Te secas y masajeas tus piernas, como avisándolas para lo que se les avecina.

Con todo, ya son las diez de la noche y te dispones a cenar ese buen plato de macarrones que te han preparado para que estés fuerte y rellenes tus depósitos de hidratos de carbono.

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Antes de irte a la cama, acompañas un rato a la familia viendo la tele, pero no te quieres enganchar viéndola porque se haría tarde y hay que madrugar, así que decides leer los últimos reportajes de tu revista preferida de cicloturismo: ZIKLO.

Y así, disfrutando de la lectura, piensas que es hora de apagar la luz y descansar.

Te cuesta un poco coger el sueño pensando en la kilometrada que te vas a meter entre pecho y espalda… y te quedas profundamente dormido.

Suena el despertador y le pegas un rápido manotazo. Son las 6  y piensas “¡vaya sueño, toda la semana madrugando y hoy aún me levanto más temprano!.

Pero sabes que es diferente: hoy vas a disfrutar.

Y te levantas animado, coges la ropa y cierras la puerta del cuarto con cuidado.

 

Te aseas y te vas a desayunar.

Preparas el café  y esos croisanes tan buenos que han comprado y piensas que “total, hoy va a haber mucho desgaste”.

Levantas la persiana y ves el cielo muy tapado: “ya despejará, aún es pronto”, piensas.

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Mientras desayunas, te pones al día con las noticias, con la tele en voz baja.

Después vuelves al aseo porque “funcionas como un reloj”, y sabes que es tomar el café de la mañana… y en fin, ya sabes.

Así sales más ligero, sin peso “extra”.

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Vuelves a mirar por la ventana y te entra desasosiego: llueve.

Pero piensas que son cuatro gotas y que ya parará.

No te vas a fastidiar la salida por algo de lluvia ¿no?

¿Por qué Suunto?

Mientras esperas que pare de llover, te vas vistiendo: culotte, pulsómetro (“¡que frío está!”), camiseta, maillot, con ese olor a limpio inconfundible, calcetines…

Te das un buen masaje en las piernas de abajo a arriba dirección al corazón.

Echas en tus bolsillos de atrás manguitos, perneras, chubasquero y cartera, móvil, llaves de casa y piensas “con tanto peso ya veremos cómo subo”.

También unas barritas energéticas, por si las moscas.

 

Llenas bidones y te vas a por tu bici.

Te colocas zapatillas, gafas, casco, guantes (“¡última prenda colocada!”) y bajas a la calle, y se te cae el mundo a los pies: está lloviendo a cántaros.

Te sientas esperando a que cese de llover, y te tiras tus buenos 20 minutos, con cara de circunstancias, pensando que tampoco saldrá nadie con este tiempo, y finalmente desistes y vuelves para arriba.

Te desnudas con tristeza y te metes en la cama y piensas: “bueno, al menos dormiré. A ver si el domingo puedo salir un ratito”.

 

Y seguidamente, horror: “¿y los croisanes?”.

Pues querido amigo, están de fiesta mayor junto a los macarrones en tus michelines.

Moraleja: hay que seguir más las previsiones meteorológicas.

Nota: cualquier parecido con la realidad NO es pura coincidencia.

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La trilogía del cicloturista: El Iniciado

Cicloturista JoanSeguidor

Todo cicloturista ha tenido un inicio

Se puede decir que soy de aquellos cicloturistas que nacimos a partir de ver los hachazos de Perico en la montaña, en el Tour y por la tele, y maduramos con el ciclón Induráin, en unos tiempos en que salir en bicicleta era visto aún como una cosa extraña.

Salía con mi hierro, con todos los accesorios posibles: portaequipajes, luces,… y cuenta-kilómetros, eso sí, que yo quería saber cuánto recorría para después alucinar con mis primeros 10 kilómetros, luego 20, 30,… ¡hasta llegar a los 40!

Madre mía, había hecho cuarenta kilómetros en bicicleta, increíble.

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Iba sin casco, sin guantes, pero con culote y maillot, por supuesto, aunque con las piernas peludas (¿depilarme? ¡Ni loco!), con mis calapiés, mis bambas (sí, con bambas…) y siempre solo.

A ver, que levante la mano el que no ha salido nunca así…

Ya desde un principio me tiraba la montaña, donde encontraba la verdadera sensación de este deporte: primero escalar Montjuïc, luego Tibidabo, no sin antes haberme bajado, más de una vez, de la bicicleta agotado.

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Cuando estos “retos” los superé, el siguiente fue uno que me tenía verdaderamente obsesionado: subir a Montserrat.

Iluso de mí, salí una tarde de primavera sobre las cuatro, desde mi casa, entonces en Esplugues, junto a Barcelona, y llegué, vaya si llegué, subí hasta el Monasterio arrastrándome pero lo logré.

El problema fue a la vuelta, cuando se me hizo de noche, con el peligro que me supuso.

 

Un buen día (sí, como en los cuentos), vi un cartel que anunciaba una marcha cicloturista que organizaba el club ciclista del barrio donde yo trabajo, en Gràcia.

Lo primero que me llamó la atención fue el pedazo trofeo que obsequiaban a todo aquél que acabara la marcha: una figura de un ciclista en un pedestal, muy maja.

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Después observé la fecha y el recorrido: 9 de mayo a las 7 de la mañana y… ¡120 km con muchas subidas!.

Además establecían un tiempo mínimo de… ¡20 km/h!

18 de mayo, Guadarrama te espera

Yo pensaba que sería incapaz, que no podía ser, muchos kilómetros, mucha exigencia… ¡y una velocidad de vértigo!

Pero tenía que probar.

Unos días antes salía a entrenar con vistas a participar y me animé, pues ya empezaba a recorrer distancias entre 75 y 80 km dignamente.

Recuerdo entonces que lo primero que hice fue sacarle todo el peso posible a mi pobre flaca: si quería que fuera un poco competitiva tenía que quitarle tanto lastre, así que fuera portaequipajes, luces, guardabarros, etc.

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El primer cicloturista lleva pelos en las piernas

¿Y yo?

Tenía que mejorar mi imagen, porque me había fijado en otros ilustres cicloturistas por la carretera y me admiré con sus impecables equipaciones, sus piernas depiladas, brillantes y con los músculos bien definidos.

Me fijé que no llevaban calapiés, tenían las zapatillas como enganchadas a los pedales y todos llevaban casco.

Finalmente me compré un casco también y todo el mundo me decía: ¡qué feo estás con ese gorro!

Me pude hacer, del mismo modo, con unos pedales automáticos.

¡Qué sensación más extraña! Parecía que de un momento a otro la caída iba a ser inminente y yo no podría desengancharme de la bicicleta.

No sin pocos esfuerzos, pude acostumbrarme más rápido de lo que pensaba a mis nuevos pedales.

Ya sólo quedaba un último asunto para completar el ritual: depilarme.

Pude acabar el “trabajo” sin sufrir graves contratiempos: algún corte por aquí, algún tajo por allá, ya se sabe.

Y qué sensación más extraña, la primera vez que te pones un pantalón o duermes bajo las sábanas.

Por fin llegó el día de la marcha cicloturista

Lo primero que me viene a la memoria es la sensación reconfortante, y fresca, de sentir mis piernas al aire libre, por primera vez sin pelos.

Era entre ligereza y comodidad, me sentía flotar en el ambiente y me daba más sensación de fortaleza.

Una vez en la línea de salida y formalizar la inscripción, sólo observaba, miraba, descubriendo detalles entre los ciclistas, la organización…

Vi ambulancias, policía, coches de asistencia, parecía que estaba en el Tour, y en el ambiente, un cierto olor a carrera, producido, seguramente, por los ungüentos y linimentos de las piernas de aquellos galácticos.

 

Arrancamos y sólo se oían los click-clack de las zapatillas colocándose en sus puestos.

Me fui situando modestamente en el seno de un pelotón de más de 300 ciclistas, y poco a poco, me animé al ver que podía seguir bastante bien el ritmo impuesto.

Ingenuo de mí, ignoraba que nos llevaban neutralizados hasta la salida de la ciudad de Barcelona, por la Avenida Diagonal, que presentaba un aspecto inmejorable: la gente animando como si se tratara del paso de la caravana del Tour.

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Una vez fuera de la gran ciudad, el ritmo se avivó y me desengañé, ya que en las subidas me iba quedando junto con otros compañeros, pero estaba contento porque detrás de mí aún había mucha gente, y no era precisamente de los últimos.

Así marchamos hasta llegar al primer avituallamiento: parada obligada, firma de control, y a desayunar: donuts, coca-colas,… no estaba mal, y todo el pelotón parado, reagrupado, igual, igual, que se hace ahora, vamos…

Seguimos y otra vez la carretera puso a todo el mundo en su sitio y, con bastante esfuerzo, llegué con un grupo muy majo a la plaza mayor de Vilafranca del Penedès, donde se almorzaba y se daba la vuelta.

 

Allí empecé a charlar con otros cicloturistas de sensaciones, entrenos, alimentación, de temas que yo nunca había dado importancia y que a partir de ahora tendría muy en cuenta..

De regreso, no sé por qué, me encontré mucho mejor, supongo que por el almuerzo, porque íbamos más juntos que a la ida o porque el terreno era más propicio, el caso es que se me pasaron los kilómetros volando, y enseguida llegamos a la entrada a Barcelona, donde nos esperaba la Guardia Urbana para cruzar la ciudad.

 

Muy contento por haber finalizado mi primera marcha, ¡dentro del horario establecido!, por haber conocido a mucha gente, por el trofeo y recuerdos que nos dieron, marché a casa muy satisfecho y con sólo un pensamiento en la cabeza.

Al día siguiente, lunes, un muchacho de Esplugues entraba en la sede del Club Ciclista Gràcia, y salía de ella con una sonrisa de oreja a oreja con su carné de socio, su licencia cicloturista y con aquel maillot tan raro.

Ese cicloturista advenedizo tenía retos inéditos…

Se le abría ante sí un nuevo horizonte: excursiones y marchas épicas, grandes compañeros y amigos, un nuevo y diferente estilo de vida.

Miles y miles de kilómetros más tarde, recuerdo aquel día aún con emoción y muy orgulloso de pertenecer a este nuestro pequeño y gran mundo cicloturista.

Imagen: La Cicloturista

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