Endura: psicodelia para el asalto del Tourmalet

Endura en Tourmalet JoanSeguidor

En el Tourmalet probamos la serie limitada de alto rendimiento Maze by Endura

El Tourmalet es uno de esos nombres que te acompañan desde el primer segundo que pones el pie en el universo ciclista.

Un nombre, un lugar que no es otro cualquiera, es la cima que sueñas hoyar un día a lomos de una flaca, vestido guapo para la ocasión, disfrutando cada centímetro de ese castigado asfalto que conduce hasta uno de los hitos del ciclismo mundial.

Endura Tourmalet JoanSeguidor

Una semana antes que el Tour pusiera la pica en la cima más que centenaria, vimos la oportunidad de abordar el coloso aderezados con ropas de gala, las piezas de la edición limitada de Endura de Psychotropical Graphics, en este caso en su versión «Maze», piezas en negro salpicadas de gráficos con un toque psicodélico inspirado en los pósters de «Raves» de los noventa, aquellos que distorsionaban el dibujo entre letras 3D y diseños ópticos .

Una provocación, un distanciamiento de lo normal a través de una estética extravagante.

Una forma, como otra cualquiera de asaltar el Tourmalet…

Pero provocar no era lo que precisamente queríamos hacer con el coloso de los Pirineos.

Dispuestas las prendas sobre la mesa, antes de la salida, con el cosquilleo por el cuerpo, abrirlas ya es una experiencia.

Maillot Maze Endura JoanSeguidor

Endura maillot en caja joanSeguidor

Perfectamente presentadas, en esta edición limitada, Endura preparó 5000 conjuntos entre versiones femenina y masculina, el primer tacto es suave y agradable.

Se percibe ligereza en el maillot.

La pieza de Endura es negra con los mentados dibujos, angulados, en colores llamativos sobre negro que garantizan visibilidad en la ruta y ese efecto psicodélico que decimos.

Son tejidos italianos de secado rápido

Endura calcetines JoanSeguidor

Le acompaña todo el set.

Una gorra a juego, elegante y sobria, de tres paneles ligeros y visera flexible, generosa, es decir grande, que en tramos de sol se agradece.

El culotte es negro con las retenciones marcadas por los dibujos que toman el maillot.

Es una pieza de lycra italiana que se ajusta cual guante, desde los tirantes en los hombros, a los cuádriceps.

Las ediciones limitadas de Endura… 

Scatter LTD edition

Wave LTD edition 

Maze LTD edition

Su acabado antibacteriano, la badana dan comodidad en el primer momento de fijarlo, en la bicicleta esa sensación se alarga.

Completa la serie los calcetines y guantes, junto a una pieza que más adelante entrará en escena, un chubasquero que cabe perfectamente doblado en un saquito negro que ni ocupa ni pesa.

Tourmalet, Empieza la marcha…

La primera sensación del conjunto Endura es de ajuste total, la jornada es calurosa, seca, pero el tejido transpira, es agradecido, la sensación de ahogo y calor está lejana.

En esos momentos, cuando te miras en el espejo, ves los milagros del patronaje en primera persona.

Con ese chute de ego, afrontamos nuestro primer tramo hacia el Tourmalet.

Endura maillot trasero negro JoanSeguidor

La marcha es lenta pero gratificante.

Según ganamos metros al Tourmalet emergen las características de las prendas de Endura.

Por un lado, a nivel estético, nos sentimos diferentes, su dibujo rompe con lo establecido.

Las diferencias no quedan ahí.

Endura maillot trasero JoanSeguidor

El puerto se va poniendo exigente: «Ahí arriba hay una paella de coches aparcados, una curva cerrada de 180 grados, ahí empieza la fiesta, esto ha sido un entremés» nos advierte un compañero de la ruta.

El Pic de Midi nos mira impasible, con altivez y la seguridad que nunca lo alcanzaremos, la carretera empieza a perder arboleda, la prueba empieza ahora, y por partida doble.

Por un lado la física y mental nuestra, por el otro las virtudes de la prenda.

El maillot se fija en nuestros brazos con el ajuste de silicona, sabedores de que al final de la jornada tendremos una línea bien marcada en la parte interior de nuestros bíceps.

La retención funciona perfectamente, el brazo va seco a pesar del calor y un sol que golpea.

maillot endura lateral JoanSeguidor

El maillot de Endura viene con tres bolsillos traseros que nos permiten llevar esas cosas que a los globeros más globeros nos gusta para estas ocasiones: el móvil.

Son tres bolsillos de acabado contundente, que admiten cierto peso y disponer de varias cosas para la subida: geles, alguna pieza de fruta, frutos secos….

El ajustado denota el patronaje atlético antiflameo que se acopla a nuestro cuerpo lo justo sin ahogo, pero bien pertrechado.

El muro de La Mongie

La montaña se desnuda, la arboleda recula y entramos en los valles verdes que llevan a la cima.

La Mongie exige ponernos de pie un par de ocasiones para no perder ritmo.

Conjunto Maze Endura JoanSeguidor

El culotte va fijo, acoplado, sin novedad.

La badana no se mueve, está como al principio a pesar de la variedad de movimientos que exige la subida.

La parte superior está hecha en un tejido de malla que transpira a la perfección.

El sol chafa, pero los efectos no se dejan notar.

CHAQUETA endura JoanSeguidor

Dicen que el tramo de La Mongie a la cima del Tourmalet te exprime, te exige lo mejor, podemos dar fe.

Pero la satisfacción de conquistar una cima que Octave, el gran ciclista plateado, abrió para el mundo hace más de cien años, deja en el olvido todo el sufrimiento.

2100 metros en las piernas y la sensación de haber acariciar el cielo con las manos.

En la cima el espacio es relativamente pequeño, pensando cómo demonios encajan una meta del Tour de Francia en tal espacio.

Hace frio, sacamos el saquito y de él la chaqueta FS260-Pro Adrenaline by Endura.

Es sencillamente una gozada, ligera, elegante, se acopla al cuerpo, quita el frío del primer momento, te aísla del viento que siempre sopla a estas alturas.

cahqueta endura JoanSeguidor

Se trata de un género que huyendo de los tecnicismos es ligero, ajustable, transpirable y muy ligero.

Tiene una peculiaridad, es casi transparente, es decir, que podría verse un dorsal en caso de llevarlo debajo.

Su protección resulta imprescindible en el descenso, hace frío, aunque el sol caliente, y el viento se deja notar, un frío y viendo que no borra una cosa, la sonrisa de nuestra cara, satisfacción plena, porque hemos hollado la cima de las cimas, guapos y elegantes.

El Tourmalet ha sido nuestro, Endura ha vestido el momento

Nos vemos en la cima del Tourmalet

Tourmalet cima JoanSeguidor

«¿Nunca subirás el Tourmalet…?» espera a vernos en su cima

Hoy nos hemos visto un rato Ibán y yo.

Sí, el “dire” de este mal anillado Cuaderno.

Este fin de semana se va al Tourmalet.

A subirlo en bici, claro.

Será su primer Tourmalet.

SQR – Cerdanya Cycle

 

Envidia sana.

Charlando con él, he recordado mi primera ascensión al mítico puerto pirenaico, el siempre reconocido como “no es el más largo, no es el más duro, no es el más bello”.

Pero sigue siendo el Rey.

Por muchos motivos.

En aquellos años de principios de los 90 había mucha gente -cicloturistas como yo- que andaban más picados con un anuncio de televisión que con su propio cuñado.

Sí, con un anuncio, con un reclamo publicitario.

Los que ya tenéis una edad seguro que sabréis a qué spot me refiero.

Sí, hombre, los cuarentañeros, cincuantañeros, sesentañeros o más.

Más jóvenes no creo que lo recordéis, a no ser que alguien os lo haya explicado.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Pues como os digo, el personal andaba mosqueadísimo con este anuncio de Aquarius en el que decía: «Nunca subirás el Tourmalet…»

En bici, claro.

Sí, como lo leéis.

Aún hoy, me gustaría haber conocido al iluminado creativo que se le ocurrió semejante idea, que pensó en lanzar este reto que creía imposible para la mayoría de mortales de este sufrido país.

«Nunca subirás el Tourmalet…»

Repetía una y otra vez el anuncio, hurgando en nuestro orgullo y machacando nuestro ego como un martillo a un yunque.

Pero éstos… ¿qué se habían creído?

Daba bastante rabia, la verdad.

No tenían ni idea de que en España se estaba fraguando una auténtica legión de locos aficionados a aquellos locos cacharros a pedales que eran muy capaces de superar ése y otros retos aún mayores.

Como no podía ser de otra manera, por supuesto.

Muchos se sintieron -nos sentimos-, soliviantados y, espoleados por aquel poco acertado anuncio, muchos componentes de clubes ciclistas de todo el país tomaron la decisión, aunque solo fuera por llevar la contraria a aquella advertencia, de ir a la conquista del Tourmalet.

No hace falta decir que muy pronto el anuncio quedó en evidencia.

No tenía sentido alguno.

 

Incluso algunos optaban por celebrar su conquista dejando constancia que lo habían conseguido sin beber ni una sola gota de Aquarius.

¿Y cómo es el Tourmalet? –me ha preguntado Ibán.

Aquí no he podido evitar echar mano de la nostalgia para hablarle de mi experiencia de aquel día cuando, pasando por Saint-Marie de Campan, y respetando la tradición, rellené bidones en la fuente de más prestigio del mundo del ciclismo.

Cómo, partiendo desde aquella población, enfilé mi manillar, sin pulsómetros, ni GPS ni cualquier otro tipo de medición, dirección al Col del Tourmalet, a pecho descubierto, solos el Gigante y yo.

Justo al llegar a Gripp es cuando empezó la fiesta.

Recuerdo que a la salida del pueblo un lugareño, muy amablemente, me deseó “bon courage”, mirándome con algo de compasión.

Pues sí, algo más que suerte iba a necesitar para llegar, pero a ritmo muy tranquilo, regulando mucho, y con todo el mínimo desarrollo metido, despacio, empecé a afrontar las primeras rampas.

Aquellos primeros kilómetros ya no iban a bajar del 9 y el 10 % de desnivel, muy mantenido y muy duro.

Los kilómetros, marcados todos con su porcentaje de desnivel y la distancia que quedaba al puerto, me iban comiendo la moral, pero yo continuaba pedaleando, casi artesanalmente, pero de momento, no me descabalgaba.

 

Toda la gente con la que me iba cruzando, ya fuera en bici o andando, me seguían dando muchos ánimos (“allez, allez,…”).

De repente, a lo lejos y muy altos, contemplé los primeros edificios de La Mongie: “¡madre mía! ¡pero eso qué es! ¿hasta allí arriba tengo que llegar?”

Pasé los túneles y aún se podían observar en el suelo las pintadas hechas al paso de la caravana del  último Tour.

La travesía por La Mongie se me hizo bastante penosa, hundido en la tremenda carretera que cruza el pueblo, y es que esta calle, pues no deja de ser una calle más de La Mongie, se me apareció como una rampa increíble, continua, sin descanso, como todo el puerto.

Cuando empecé a salir de este infierno, ya empecé a vislumbrar el paraíso, después de pasar el último purgatorio, y me veía insignificante ante la grandeza y la belleza de estas montañas: el paisaje era espectacular, el esfuerzo también.

Lo único que no me gustó fue el edificio piramidal que rompe con la naturaleza del entorno, pero enseguida lo dejé atrás y ya oteaba el final del Tourmalet: 3 kilómetros para el col.

Pero vaya últimos kilómetros.

Y vaya paellas.

Estaba ya cerca pero aún muy lejos.

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Había gente que se me acercaba y me preguntaban en francés si venía desde abajo: “oui, oui”, les contestaba con cara de pocos amigos.

¡Menuda pregunta!

Entré en el último kilómetro y aquello seguía sin ceder, más bien al contrario, y tuve que acometer otro tramo entero al 9,5%.

En aquel momento me encontraba cansadísimo, pero respiré, miré para atrás, y me recreé con todo lo que había dejado a mis espaldas, porque desde aquel punto se veía toda la subida completa desde La Mongie.

Los últimos metros fueron tremendos.

Me animé algo al ver ya el aparcamiento destinado para coches, señal inequívoca de que estaba a punto de coronar y certificar que, efectivamente, hay llamas andinas en sus laderas.

 

 

Giré a la izquierda y allí estaba el CICLISTA plateado, así con mayúsculas.

Había mucha gente -era el mes de agosto- que me observaban con cara de admiración y es que había algunos que aún me seguían preguntando si venía desde abajo (“oui, oui,…”).

Me recreé en el Col, en aquella historia viva, visitando el bar, la tienda de recuerdos y observando la otra vertiente, bellísima.

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El Tourmalet, seguirá ahí siempre, inalterable, para que el avezado cicloturista que se acerque hasta aquí escriba su propia historia, su primera vez al encuentro con la épica y la leyenda.

Así pues, acercaros sin temor hasta su cumbre y, de paso, dejaréis en evidencia a aquel absurdo anuncio de Aquarius dedicándole un buen corte de mangas junto al Gigante “Octave”.

¿Dónde si no?

Que ustedes lo sufran con mucho goce.

La fuente ciclista más famosa está al pie del Tourmalet

Todo buen cicloturista para en la fuente de la base del Tourmalet

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Eugène Christophe se quitó la gorra y muy lentamente aparcó su destrozada montura metálica.

Con voz profunda, se dirigió al comisario que le vigilaba: “Ahí está, viendo pasar el tiempo, la fuente de Sainte Marie de Campan”.

Perdonad el parecido con la famosa canción, pero estamos convencidos de que fue así, cuando en el Tour de Francia de 1913, Eugène, descendiendo el Tourmalet, rompió la horquilla delantera al ser embestido por un vehículo y tuvo que llevar su bicicleta, andando los 14 km de descenso, hasta la fragua del pueblo para repararla él mismo.

Eso o abandonar.

Lo consiguió y acabó la etapa, a casi 4 horas del vencedor (Thys) en Luchon, pero forjándose en leyenda.

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Hoy en día una placa conmemorativa, cerca de este manantial, recuerda este hecho.

Pero de lo que estamos seguros es que el gran Eugène tuvo que beber agua de esta fuente, convirtiéndose quizás en el… ¿único profesional que ha parado en ella?.

Estaréis de acuerdo con nosotros que esta fuente es un monumento cicloturista cien por cien, que es harto difícil que ciclistas pros, sobre todo si están compitiendo, paren a coger agua aquí.

¿Quién de vosotros ha ascendido el Tourmalet y no ha parado a rellenar bidones en ella, respetando la tradición?

O bien, ¿quién ha descendido del gigante pirenaico y no ha calmado su sed en uno de sus dos caños, como manda el ritual?

Preguntad, preguntad… ¿cuál es la fuente más famosa del cicloturismo mundial?

Sin lugar a dudas que os responderán al unísono y sin vacilar: “la de Sainte Marie de Campan”.

Situada justo en un cruce de caminos donde poder escoger entre dos míticos cols: a la derecha, dirección La Séoube, os dirigiréis hacia el Aspin, a la izquierda, dirección La Mongie, ya sabéis, la épica os espera a 2114 metros de altitud.

Adosada a la iglesia Notre-Dame-de-l’Assomption de este pequeño pueblo del Valle de Campan, rodeada de casas con techos puntiagudos, el año 1856 grabado en su piedra nos delata su antigüedad: nada menos que más de 150 años refrescando viajeros, desde los que simplemente se paran de su agradable paseo por Sainte Marie, pasando por todos los cicloturistas que se dan cita en ella, como testigo perenne de las muchas charlas comentando lo dura que se va a hacer, o que ha sido, la subida.

Da la casualidad también que el año de inauguración de la fuente coincide justo cuando la bicicleta daba sus primeras pedaladas, como dando a entender que allí estaría para satisfacer a los esforzados de la ruta.

Así funciona el Suunto 9

Durante los meses de verano, si vuestra visita coincide con las fiestas del pueblo, podréis observar sentados junto a la fuente los famosos “mounaques” los muñecos de trapo de tamaño natural que son toda una tradición local, pero no os dejéis intimidar por estos “hombres de paja” y no os olvidéis de seguir las tradiciones y rellenad vuestros bidones en la célebre fuente, seguro que a “ellos” no les importa.

Col du Tourmalet: ¿Qué vertiente es más dura?

Manolo Lama- TOurmalet JoanSeguidor

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El Tourmalet, dos mil metros y dos vertientes casi idénticas

¿Quiénes de vosotros, amigos cicloturistas de digno currículum, no tiene todavía una foto en su cima posando junto al Ciclista plateado?

Y cómo presumís de ella, ¿verdad?

De aquella memorable ascensión al coloso que cambió por completo la historia del Tour, del ciclismo y la montaña.

¿Tantos años hace ya?

Pronunciar el nombre de este paso en pleno Pirineo francés, o escribir la palabra Tourmalet, delante de los amantes al ciclismo, sean practicantes o no, ya causa por sí sola pasiones desatadas, sobre todo entre bisoños aficionados que aún puedan pensar que es lo más duro que se puede ascender en bicicleta.

Hablar de este monumento del ciclismo nos hace invocar a la épica y al mito, a la tradición y a la epopeya, que es ciertamente decir mucho, porque la leyenda pesa toneladas, una cima memorable, exaltada desde 1910, año que el Tour, de la mano de Desgrange y una mentirijilla de Steinés, lo descubriera para goce de este deporte, ocupando un lugar honorable, quizás el que más, en la historia del ciclismo. Como curiosidad pocas veces ha sido estación término, siendo la mayoría de ocasiones puerto de paso para alcanzar otras grandes cumbres de fábula.

Tourmalet desde un lado u otro

Bien si lo habéis grimpado por su vertiente de Luz-St.Sauveur o bien por la de Saint-Marie de Campan, habrán sido muchos kilómetros de exigente Hors Catégorie, sin poder determinar aún, a estas alturas, cuál de ellas es más dura: el debate eterno.

Durante estos más de 30 años subido a una bici, y más de 15 de mi primera ascensión a este puerto legendario, como imaginaréis, he conocido muchísimos cicloturistas que han alcanzado el dulce sabor de la gloria allí arriba, a 2115 metros de altitud, subiéndolo por ambos lados, sufriéndolo y disfrutándolo a partes iguales.

Con ellos pude  debatir y opinar sobre qué vertiente les pareció más exigente, si la Este o la Oeste.

Los comentarios, de lo más variopintos, fueron argumentados por muchos y variados motivos.

Y es que ya sabemos que para gustos, los colores, y para dulce sufrimiento, los puertos, y más si se tratan de colosos como Monsieur Tourmalet.

Pero la duda sigue estando ahí.

A algunos, les pareció más dura la vertiente Oeste, la de Luz-St. Sauveur, porque sus pendientes son más exigentes y más irregulares, a diferencia de la Este, la de Saint-Marie de Campan, que a pesar de tener unos kilómetros duros parece que son muchos los que piensan que así se «regulan» mejor.

Otros, sin embargo, apuestan sin duda por la dureza de la vertiente Este, donde la encuentran más concentrada, casi sin descansos, porque por la Oeste se les ha hecho más asequible porque sólo su final es verdaderamente exigente.

Además algunos argumentan con razón, que si atacas su lado Este, es que normalmente vienes de ascender otros puertos, como puede ser el Aspin, por ejemplo.

Hay quien comenta, y se quedan  tan panchos, que el costado Este es más duro por su tramo final, pero que el Oeste es más exigente a lo largo de todo el recorrido, con lo que nos quedamos igual y no nos aclara para nada su experiencia vivida.

Pero echemos mano de los números, a ver qué nos dicen.

Si consideramos los 10 kilómetros más difíciles de cada lado y los comparamos por ejemplo con otro gigante pirenaico como es el terrorífico Larrau, nos daremos cuenta que sólo Tourmalet Este está a su altura en cuanto a dureza: una media entre el 9 y el 9,5%, mientras que su lado Oeste «sólo» alcanza el 8%, media inferior a cols como Pailhères, Aubisque, Pla d’Adet, Soulor, Menté o Spandelles en los que sus vertientes con mayor desnivel estarían entre el 8 y el 9%.

Es verdad que estos datos no significan nada a la hora de afrontar ambas vertientes, porque todo depende, todo es relativo, y muchos preferirán ascender los 18 km del Oeste, antes que escalar los 23 km largos del Tourmalet Este, si bien, sus primeros 11 km, suaves, no tienen nada que ver respecto a los 12 duros restantes.

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En cualquier caso, analizando los 18 últimos km, veremos que ambas vertientes tienen una media similar del 7,5%.

Con estas cifras, lo que podemos decir sin temor a equivocarnos es que ambas vertientes son notablemente diferentes estudiadas por tramos, pero para nada si lo hacemos globalmente.

Puede que aquí descubramos uno de los motivos por los cuales el col del Tourmalet mantiene su mágica aureola al presentarnos dos caras tan similares en cuanto a dureza pero distintas para el que explica sus sensaciones superando las rampas de cualquiera de las dos vertientes.

Curioso, ¿verdad?

Tourmalet: dos vertientes casi gemelas

Además esta rareza sólo se da en el Tourmalet, ya que en ningún otro mítico puerto pirenaico existe duda alguna de qué vertiente es la más severa, ya sea por presentar una sola cara como Gavarnie, Pont d’Espagne, Hautacam o Pla d’Adet, o bien porque la diferencia entre ambos lados es evidente y, en este caso por ejemplo, podemos hablar de Marie Blanque, Somport, Aubisque, Soulor o Aspin, en los que sus desniveles son más inclementes en una pendiente que en la otra.

¿Y vosotros qué pensáis?

¿Dónde lo pasasteis peor?

Foto: @Meteo_Pyrenees

#BonjourTour etapa 8

Día de grandes, jornada grande, de esas, insertados en la canícula de julio, que sólo el Tour de Francia nos puede ofrecer. No hace tanto, un cuarto de siglo atrás Miguel Indurain surcó estos parajes en aquella inimitable cabalgada con Claudio Chiapucci para coger un amarillo que no sólo en cinco años. Antes, Bernard Hinault se inmoló en las cuestas de los Pirineos en posesión del maillot jaune y con el Tour a su merced. Fueron jornadas de esas que nos engancharon al ciclismo como el deporte más bello del mundo, de aquellas que, como las del Giro, nos recuerdan que este deporte, aunque se compita sentado, es inigualblemente duro. La pregunta es, como la que se hizo hace un año Jordi Escrihuela ¿habrán tejones, diablos y cía?

Porque si lo que se nos ofrece es un trenecito azul o negro, en homogénea composición cromática y rítmica estampa por las herraduras del lugar, nos estarán pasando gato por liebre. La jornada es 100% Tour, es 100% Pirineos, encadenado dureza por casi 120 kilometros, desde la base del Tourmalet, con cuatro puertos, el mentado «monsieur Tourmalet«, Hourquette d´ Ancizan, Val Louron y Peyresourde, el círculo de la muerte. Lanzar corredores por delante, mover segundos espadas, épica, anticipar golpes,… estrategia en definitiva. Todo eso se debe imponer hoy a la cicatería que a veces prende nuestro ciclismo.

El lugar


Desde Pau no quedan lejos las tierras del Armagnac, la cepa que quitó el sueño de Luis Ocaña y todos sus ahorros. Pau es sin duda una de las ciudades con más historia en el Tour, posiblemente sólo superada por Burdeos y París.

9 de julio de 1905

La segunda edición del Tour, en 1904, había quedado empañada por las irregularidades e intromisiones externas en la carrera. Para evitar tales inferencias la organización toma especiales medias de control que se vienen abajo en la misma salida de París, cuando de repente los corredores se percatan que están corriendo sobre una alfombra de clavos.
Reventones, ruido, incredulidad. El grupo que en un minuto era compacto quedó roto por el azar de los reventones. Algunos no habían ni cubierto cien metros, los auxiliares no daban abasto. Retomada la competición, veinte kilómetros más allá nuevamente clavos en el suelo, en Vitry-le-François. Asqueado Henry Desgrange quiere suspender la carrera en Nancy pero sucumbe a las presiones para que el Tour prosiga su camino.

INFO

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La escultura del Tourmalet

Sin lugar a dudas, para muchos de vosotros, el monumento de monumentos ciclistas, el número 1, por muchos motivos, por lo que representa, por su belleza, por lo que cuesta llegar hasta él y poder tocarlo y decir «yo estuve allí» y sobre todo inmortalizar el momento fotografiándose junto a él:  el «Gigante del Tourmalet«, el ciclista plateado. ¿Qué cicloturista de honroso palmarés no tiene una foto junto a «Octave», para enseñarla orgulloso a sus amigos y a su familia?

La escultura, obra del francés Jean-Bernard Métais (nacido en 1954), conocida como «Octave el Géant», es el último ciclista de la monumental «La grande Boucle», del mismo autor, una composición de 8 ciclistas que está instalada en la Autopista A64 a su paso por los Pirineos, en homenaje al Tour de France. El Gigante se erige en la memoria de Octave Lapize, el primer ciclista en coronar el Tourmalet el 21 de julio de 1910, en la etapa Luchon-Bayona de 326 km que ganó invirtiendo un tiempo de 14 horas y 10 minutos, entrando el Tour aquel día en otra dimensión: la alta montaña.

El 21 de julio de 1999, «Octave» fue instalado en los 2115 m de altura de la mítica cima, habiendo sobrevolado antes el cielo de los Pirineos y preparado para saludar a todos los esforzados de la ruta que se acerquen hasta él para conocerlo: un gigante montado en su bici de acero, en posición de «bailón» y actitud escaladora, pedaleando de pie sobre los pedales, con la mirada fija en la montaña, mostrando en su rostro el esfuerzo, transmitiendo sufrimiento y, agravado por su desnudez, autentificando la puesta en escena. Su austeridad absoluta magnifica el entorno y da belleza y valor a la gesta deportiva.

La bella obra mide 3 m de altura por 2,40 m de largo y pesa unos 350 kg. En su inauguración, aquel martes 21 de julio a las 10 h 30 de la mañana, asistieron Bernard Hinault, Jean Marie Leblanc, Jean-François Pécheux, entre otras ilustres personalidades de la «Sociéte du Tour de France»,  pero sobre todo  cientos de ciclistas escoltaron al Gigante durante toda la ascensión.

La monumental escultura tiene una peculiaridad que puede que sea exclusiva en el mundo: ¡es la única que conocemos que cambia de ubicación según las estaciones! En efecto, la estatua debería estar permanentemente en la cima del Tourmalet, pero sufría demasiado las duras condiciones invernales del Pirineo, por tanto se decidió que durante esos meses se resguardara al Gigante en el Centro Laurent Fignon en Gerde, cerca de Bagnères-de-Bigorre, descendiéndolo normalmente durante el mes de octubre para de nuevo en verano llevarlo hasta el Col.

Así, todos los primeros sábados del mes de junio se efectúa esta ceremonia de ascensión del Gigante que sirve de pretexto para celebrar una gran fiesta del cicloturismo. Este evento es conocido como la «Montée du Géant» y se trata de acompañar la estatua del Gigante los 30 km de distancia que lo separan de su domicilio invernal hasta sus cuarteles de verano en el Col du Tourmalet. La marcha sirve además para inaugurar la nueva temporada cicloturista con la apertura del puerto, un día para disfrutar de la bici con la familia, los amigos, cada uno a su ritmo, en un gran ambiente festivo entre avituallamientos a base de productos gastronómicos locales y animación al ritmo de bandas de música.

Una manifestación gratuita que suele ir acompañada por otros grandes campeones ciclistas como Bernard Hinault o el año pasado con la presencia de nuestro Miguel Indurain, que además sirvió de homenaje a Laurent Fignon «el profesor», doble vencedor del Tour (1983-84) fallecido el 31 de agosto de 2010. En su memoria, esta celebración fue rebautizada como «Souvenir Laurent Fignon», que además siempre fue un gran embajador de Hautes-Pyrénées. También en su nombre y con la presencia de su hijo Jérémy y su esposa Valérie,  fue inaugurada una nueva ruta para ascender el Tourmalet (por la vertiente de Barèges) exclusiva para cicloturistas: 2,4 km  y 200 metros de desnivel que llevaría el nombre de «Via Laurent Fignon».

Por Jordi Escrihuela

La biografía del Tourmalet (y II)

Steinès, nuestro héroe de hoy en estas páginas, una vez cumplida su misión encomendada, envió un escueto telegrama a Henri Desgrange, el impulsor del Tour, anunciándole: “He cruzado el Col del Tourmalet, a pie, de noche y sin nieve. Era un piadoso mensaje que no delataba toda la verdad, especialmente en referencia a la nieve que cubría aquellos contornos carentes de vegetación, sin árboles y dominadas por unas  rocas de material granítico. A Desgrange, todo genio y figura, no le tembló el pulso al tomar la decisión de involucrar e introducir el Tourmalet en la configuración del Tour con evidente presteza. Lo hizo al año siguiente: en 1910. Se cumplía aquel designio tan perseguido y hasta codiciado. Fue un acontecimiento renovador que marcó una época y un futuro.

El puerto de montaña que el Tour de Francia por más veces ha hollado, el que se lleva la palma, ha sido precisamente el Tourmalet, coronado en 81 ocasiones. Dentro de la cadena  pirenaica, cabe  destacar  otros puertos cercanos de alta consideración y rango, tales como el Aubisque, cruzado 69 veces, el Aspin, con 66, y finalmente el Peyresourde, con 62. Estos dos últimos puertos que citamos son calificados de categoría inferior. Lo más chocante se da  cuando la etapa en cuestión se desarrolla pisando paulatinamente  los cuatro puertos de una sola tacada, en una misma jornada. Entonces el protagonismo de las ascensiones cobra una mayor relevancia. Hoy en día, por lo general, ya no acostumbra ser así. Se ha aligerado la cuestión para paliar en algo su acentuada dureza.

La baza de los ciclistas españoles

Centrando nuestra consideración en torno a los corredores españoles que suelen distinguirse cuando la carretera se enfila cuesta arriba, no podemos por menos que destacar sus actuaciones en el Col del Tourmalet que  ahora recordamos. Hemos podido contabilizar, por ejemplo,  que en nada menos 18 ocasiones tuvieron la oportunidad de transitar en primera posición por su cima, lo cual constituye un buen logro si tenemos en cuenta que este puerto del Tourmalet ha contabilizado hasta la fecha, repetimos, el paso de los ciclistas en nada menos 81 ocasiones. Así se hace constar en los libros históricos dedicados al deporte del pedal.

No podemos inhibirnos tampoco al mencionar las cuatro veces que el toledano Federico Martín Bahamontes, cruzó destacado en esta cima que lleva acumulado tanto prestigio. Lo hizo en los años 1954, 1962, 1963 y 1964 (meta), gesta que fue coronada con tres, por el corredor abulense Julio Jiménez, en 1964, 1965 y 1967. Se debe advertir que en el año 1964 el Tourmalet fue afrontado en una misma jornada por dos veces: un paso intermedio y una llegada como final de etapa.

Ampliando esta proeza, es bueno mencionar que hubo otros dos ciclistas que también pisaron por tres veces este collado en posición de vanguardia.  Debemos anotar en este cometido al corredor francés Jean Robic, al que se apodaba “El cabeza de cuero” por cubrirse la testa con un casco de material de piel.  Igualó esta misma marca el belga Lucien Van Impe, que cruzó también en cabeza este coloso de los Pirineos: el Col del Tourmalet, un pico que es casi leyenda.

Así de pasada es digno recalcar que Robic fue el primer ciclista en protegerse como consecuencia de un grave accidente sufrido con fractura de cráneo en una competición, concretamente en la clásica París-Roubaix del año 1944. Quisiéramos hacer hincapié en señalar que en los anillos de los velódromos sí que se pedaleaba protegiendo la cabeza. En la actualidad, todos lo sabemos, los ciclistas se valen de sendos cascos tanto en las actividades de pista como en las competiciones de carretera.

Si queréis leer la primera parte

Por  Gerardo  Fuster

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La biografía del Tourmalet (I)

Cuando cualquier aficionado se identifica con la historia del Tour de Francia no puede por menos que recordar este puerto pirenaico de alta tradición histórica llamado comúnmente el Tourmalet, que alcanza una altura de 2.115 metros. Cabe mencionar que esta montaña tan respetada entró en la escena ciclista en el año 1910 bajo la tutela de su director general y organizador, Henri Desgrange, y el empuje que puso en este cometido su hombre de confianza: el diminuto y obstinado Alphonse Steinès, destacado joven periodista del popular rotativo “Le Velo”.

El descubrimiento de Steinès 

Alphonse Steinès, al que hacemos constante alusión, se dice que en su juventud fue un ciclista más bien mediocre; uno de tantos. Procedía de una familia acomodada afincada en el Gran Ducado de Luxemburgo. Su verdadera y gran pasión era el deambular con su automóvil por recónditas carreteras y lugares desconocidos. De ahí que con su espíritu dinámico descubriera varios puntos ignorados en el territorio geográfico francés. Su primera intención era incluirlos en la historia del Tour, la importante y popular prueba por etapas de máxima identidad deportiva. Quiso descubrir y lo logró la grandeza que encerraba la cordillera pirenaica. No cesó en su empeño de dar a conocer nuevos horizontes a través de los atletas del pedal que participaban en la ronda gala.

En el mes de noviembre de 1909, debidamente asesorado por entendidos en la materia, quiso conocer de cerca las estribaciones y alrededores del Tourmalet, una mole imponente de la cuál había oído comentarios para todos los gustos. Se hablaba con cierta reserva acerca de aquel escenario casi desconocido y hasta por descubrir. Los Pirineos encerraban para los profanos un extraño misterio. Steinès adoraba y deseaba que aquella imponente montaña pudiera ser vencida pronto por los sufridos ciclistas. El objetivo primordial era que los esforzados hombres del pedal pudieran transitar por una carretera en apariencia casi inaccesible. Cabe recordar las palabras contundentes formuladas por el patrón del Tour, Henri Desgrange, al manifestarle: “Si tú, amigo Steinès, logras cruzar esta montaña y salvar la  cumbre del  Tourmalet, el Tour con sus ciclistas lo hará de inmediato después”.

Se ha escrito mucho en torno a las difíciles peripecias vividas por Steinès en aquellas alturas tan inhóspitas y hasta salvajes que con tesón bien encontró. Steinès, con decisión voluntaria y un tanto desmedida, enfiló hacia arriba por un camino forestal lleno de curvas y sin asfaltar. Su suelo estaba apisonado a base de tierra compactada y con la intromisión de piedras desprendidas de los flancos de la carretera. Pudo llegar con su coche hasta cuatro kilómetros de la cumbre. Se vio obligado a desistir en su intento de llegar hasta la cima conduciendo su coche un tanto renqueante. Tomó la firme decisión de apearse del vehículo y proseguir su camino ascendente con la ayuda, eso sí, de su físico y de sus mismos pies para culminar su pretensión tal como él pretendía.

Pronto, tal como se esperaba, se vio bloqueado por la nieve acumulada en su camino, y, además, con el temor de que le invadiera encima una temida noche. Suerte tuvo cuando localizó, así un tanto casualmente, a dos  gendarmes encargados de vigilar los pasos fronterizos ante la ola existente de contrabandistas. Fue un golpe fortuito a favor de Steinès, cuando estaba prácticamente perdido. Apenas equipado adecuadamente deambulando sin rumbo y sí con intuición por aquellos parajes de la alta montaña.  Iba caminando protegido por unas simples y delicadas gafas, un buen bastón y una frondosa barba que cubría casi todo su rostro y que le resguardaba de los fríos.

Por  Gerardo  Fuster- Imagen tomada de Google Maps

INFO 

Conocéis el culote Salopette l1 de Q36.5???

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Hete aquí un comentario de un usuario 

En conclusión: me ha gustado mucho el Salopette… ajusta una barbaridad sin que esto vaya en detrimento de la comodidad. Es más, es comodísimo. No se notan las costuras y según van pasando los kilómetros, la sensación es la de que no pasa nada, que puedes continuar pedaleando sin que tengas sensación de incomodidad. Lo peor del Salopette es que una vez probado no vas a querer ponerte otros