Durante el confinamiento, he viajado pedaleando más que nunca

Un Camino de Santiago, un par de Transpirenaicas, alguna vuelta al Mundo y hasta un Everesting en el Páramo de las Letras durante mi confinamiento 

Todo esto y mucho más, más de mil kilómetros después de bicicleta estática, sudando a chorros, atravesando países y continentes sin moverme del salón de mi casa desde que empezó el confinamiento, pedaleando mínimo una hora al día.

No, no creáis que me he convertido en un delincuente saltándome el aislamiento para salir con mi bicicleta, haciendo caso omiso del estado de alarma decretado.

No, para nada.

Tampoco penséis que he sido un terrorista a pedales escapándome con mi bici a otras regiones y otros lugares, con alevosía y, quizás, nocturnidad.

No, tampoco.

Y sin embargo, he vivido la aventura de viajar en bicicleta de diferente manera, dejándome seducir conociendo otras tierras, otros paisajes y otras gentes.

Todo esto sin saltarme el confinamiento.

¿Cómo?

Pues quedándome en casa y sacándole humo al rodillo durante la hora diaria que he dedicado a practicar mi deporte favorito sin moverme del sitio.

¿De qué manera?

De la única forma en el que este martirio de estar 60 minutos pedaleando sin ir a ninguna parte puede ser algo, por qué no, provechoso, satisfactorio, entretenido y toda una aventura en sí misma.

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El ritual siempre ha sido el mismo: ponerme maillot y culotte, prepararme un bidón lleno de agua, una toalla colgada en el manillar y subirme al potro de tortura, situándome delante de mi televisor.

Desde esta privilegiada posición, sentado en mi bici estática, no he necesitado pasaportes, ni visados, ni permisos especiales, tan solo conexión a YouTube y teclear la palabra mágica “cicloturismo” en su campo de búsqueda.

Y, de repente, miles de aventura a mi alcance para soñar viajando y conociendo mundo, aliviando en parte ese viajero interior que se puso a salvo del coronavirus.

A través de ese canal, he podido pedalear a multitud de sitios que en muchos casos escapaban a mi imaginación.

Lo he hecho desde casa, siguiendo las recomendaciones de las autoridades competentes, pero ahora no me arrepiento, al contrario, he disfrutado y gozado en primera persona de estos viajes virtuales, al igual que sus protagonistas, experiencias muy bien narradas de muchos de estos aventureros que se han subido a una bici para vivir experiencias de todo tipo.

Ciclo viajeros que han pedaleado por otros países, por otros continentes, en bicicleta, que han optado por este estilo de vida considerado por muchos como una forma de nomadismo moderno.

Sin moverme del salón de mi casa, he sentido la libertad de su movimiento, de su autonomía y autogestión, igual que si lo hubiera hecho yo mismo.

Empecé siguiendo al periodista Guilherme Cavallari en un recorrido por la Patagonia chilena-argentina: 5800 kilómetros recorriendo durante seis meses, y sin rumbo fijo, paisajes únicos.

Después, y sin moverme del continente sudamericano, me desplacé hasta Colombia para ponerme a rueda de Sebastian Gil y Miguel Olarte en su doble ascensión al mítico Páramo de Letras en el que hicieron historia al acumular la altura del monte Everest con sus 82 kilómetros de ascensión.

Una proeza extraordinaria.

Después de aquí, crucé el charco y di el salto hasta la Península Ibérica, concretamente hasta Pirineos para seguir al equipo de Imparables en su travesía “coast to coast”.

Fue una aventura preciosa en la que he podido revivir la aventura de la Transpyr Backroads durante más de 1000 kilómetros, casi 20.000 metros de desnivel ascendido y los 44 puertos de montaña que tuvieron que afrontar, acompañándolos desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico.

Durante aquel precioso y exigente recorrido he disfrutado de la compañía de Santi Millán, Ibon Zugasti y Tomi Misser, entre otros muchos conocidos, y otros no tanto, cicloturistas combativos.

Como me gustó mucho esta gran aventura, seguí con la idea de hacer otra nueva Transpirenaica, así que manos a la obra decidido a perseguir las seguras y rápidas ruedas de los chicos de Txema Delos, que pedalearon por el trazado clásico siguiendo la variante por el Pirineo francés, desde Rosas a Hondarribia, pasando por Bagneres de Luchon, Luz-Saint-Sauveur, Argeles Gazost, salvando todo los míticos puertos pirenaicos.

Han sido 7 días a rueda de estos chicos que iban como auténticas motos en sus ligeras bicicletas de carretera y, aprovechando la cercanía, decidí viajar hasta Bayona para acompañar virtualmente a Víctor Molina en su aventura de recorrer el Camino de Santiago a través del Camino del Norte.

Diez días hasta Santiago de Compostela para un total de 900 kilómetros.

Una bonita aventura a pedales.

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Como aún me quedaban días -muchos- me conecté al canal de Albert Sans para seguirlo en su “Vidaje”: una vida, un viaje en bicicleta, una vuelta al Mundo en la que cumplió el viejo sueño de vivir mil situaciones, tal y como él mismo nos relata: miedos, soluciones, regalos y lecciones, gentes, paisajes, instantáneas capturadas, músicas creadas, vídeos guardados y recuerdos tatuados en 74 minutos que susurran 7 años de rodaje.

Me quedó tan buen recuerdo de este viaje que no dudé en embarcarme en otro proyecto bastante parecido: “Pedal The World” del alemán Félix Starck, otra aventura alrededor del Mundo en bicicleta.

Félix se preguntaba: “¿Cuál es el significado de la vida?”

Algo que se cuestionaba todos los días hasta que decidió llegar al fondo de su inquietud: quería explorar el mundo por su cuenta, en bicicleta.

Sin entrenamiento, partió en junio de 2013 con más de 55 kg de equipaje y una cámara de vídeo para pedalear más de 18 mil kilómetros por 22 países con un solo objetivo: el sueño de la libertad absoluta y el descubrimiento de otras tierras y otras gentes.

He disfrutado mucho con él de su gran aventura: un documental basado en la vida y no en un guión.

Después de este tremendo reto, aún me quedé con más ganas de cicloturismo y alforjas, más nuevos países, más nuevas aventuras a lomos de mi bici estática virtual.

De esta manera he descubierto al que hasta ahora me ha parecido el más genial, didáctico y simpático nómada en bicicleta: el mallorquín Miquel Sorell, a través de su canal “ Ser Nómada”.

He de decir que es quien mejor me está haciendo pasar estas largas horas encima del rodillo y aún me quedan capítulos para rato, ya que el buenazo de Miquel, además de hacerlo muy entretenido, está dando la vuelta al Mundo en bicicleta, dejando atrás Mallorca, su tierra natal.

Desembarcó en Barcelona y empezó a pedalear hacia Girona para viajar en bici hacia el Este, cruzando Europa y Asia.

Desde allí trasladarse hasta América para finalizar en África.

Yo lo voy siguiendo.

Viaja sin ruta y sin planes, abierto a todas las realidades que se encuentre en su camino para inspirarse y seguir siendo nómada.

Cómo podéis comprobar, a lomos de mi bicicleta fija, he huido de competiciones virtuales y he apostado, sin moverme de casa, por el cicloturismo de alforjas, y no me arrepiento, es más, creo que cuando todo esto finalice, quizás pueda algún día acompañar en alguna etapa, a mi amigo virtual Miquel, quien ya es como si fuese de la familia y lo conociera de toda la vida.

Seguro que se alegraría, aunque a él lo que realmente le gusta es viajar solo, como buen nómada.

Y vosotros, ¿hasta dónde habéis viajado sin moveros de casa?

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El ciclista en el arte de la desescalada

La desescalada ciclista es más difícil que el confinamiento

Ya estamos en el momento soñado por el ciclista medio: la desescalada.

El descenso de un puerto es mucho más difícil que su ascenso.

Y esto lo sabemos muy bien los que amamos la montaña, la alta montaña: alpinistas, escaladores, ciclistas, esquiadores…

Para lanzarse hacia la otra vertiente, descender, bajar o como se ha puesto de moda ahora la palabra desescalar, el deportista debe llegar a la cima muy lúcido, sin acusar una fatiga que le haría perder en gran parte sus opciones de éxito en la declinación del pico.

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El descenso vertiginoso y con temeridad es peligroso.

Se necesitan reflejos rápidos y se ha de calcular muy bien y con precisión cuándo frenar, escrutando la bajada y sus peligros: una curva con poca visibilidad, un reguero de agua, una calzada deslizante, gravilla, etc.

El buen descendedor muestra calma y habilidad.

Porque una desescalada es también agotadora y nos pone a prueba ya que es continua y exigente.

La tensión ha de ser permanente para no perder el control.

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Después de una dura ascensión, de muchos esfuerzos realizados en la subida, la recomendación es no dejarse caer y relajarse de tal manera que nos haga pensar que todo ya está hecho.

Por tanto, como con nuestras bicicletas, desescalemos también moviendo las piernas, como en la escalada a ese puerto, que nos permita estar atentos a todos esos peligros ocultos que parece que hayan desaparecido después de coronar el alto.

Y no es así porque siguen ahí.

Que tengáis tod@s una buena desescalada, amig@s.

Foto: Pau Catllà

Tras el coronavirus: Cinco motivos por los que la bicicleta saldrá victoriosa

El caldo de cultivo para que la bicicleta crezca tras el coronavirus ya se está dando

Siempre que veo a un adulto encima de una bicicleta recupero la esperanza en el futuro de la raza humana”

Seguro que más de una vez, cualquier amante de la bici que se precie de serlo, habrá escuchado o leído esta célebre frase pronunciada hace casi 100 años por el británico Herbert George Wells.

Y sin embargo, la cita, sigue tan vigente como el primer día, sobre todo teniendo en cuenta que pertenece a uno de los padres de la ciencia ficción, quien además de escritor y novelista prolífico era un reconocido crítico social con gran visión de futuro, casi profética.

Porque, en efecto, cuando todo esto pase y podamos salir de casa, no sólo para ir a trabajar, también para desplazarnos, movernos ahí afuera con libertad y seguridad, la bicicleta triunfará, por encima de todo.

Nuestra reina se convertirá en una aliada fundamental para el transporte cuando debamos afrontar la nueva realidad que viviremos, huyendo de medios masivos e invasivos, siempre con la recomendación (por no decir obligación) de mantener ese distanciamiento social, de manera que nada volverá a ser igual.

En este sentido, la bici ejemplificará (de hecho ya lo está haciendo) una adaptación inmejorable a las exigencias sanitarias del nuevo estatus social.

Esta capacidad, añadida a otros factores indiscutibles, y que no vamos a descubrir ahora, como son el hecho de ser un transporte ideal, energéticamente eficiente, no contaminante y barato, hacen de la bicicleta el más grande ingenio moderno, la máquina más eficiente del planeta, el invento más noble creado por la raza humana.

Como también dijo el polifacético austríaco Iván Illich (escritor, filósofo, historiador, antropólogo, entre otras muchas facetas) “hace 100 años, apareció la bicicleta y elevó el poder propio de la movilidad del hombre a un nuevo orden, más allá del cual no puede encontrarse un progreso superior. En terreno llano el hombre puede viajar tres o cuatro veces más deprisa que a pie, y equipado con su bicicleta supera no sólo a cualquier máquina sinó también a cualquier animal”.

Así es, porque es el motor humano quien hace que sea eficiente y además elegante.

Compleja en diseño, pero simple por naturaleza, la bici no es nada más que círculos andando en círculos, tras 200 años de prueba y error hasta llegar a lo que es hoy en día.

Doscientos años de innovación e invención, de no rendirse nunca ante nada ni nadie.

Ni siquiera ante una pandemia, nada detendrá a la bicicleta y en los próximos años alcanzará la perfección, siendo el medio de transporte que más se utilizará en el mundo en la próxima década, sin lugar a dudas.

Si antes de la pandemia los viajes diarios se habían multiplicado de manera exponencial, la previsión es que cuando todo esto finalice el número aumente hasta más del doble.

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Cinco motivos por los que la bicicleta saldrá victoriosa cuando derrotemos al coronavirus 

Son muchos los motivos por los cuales la bici demuestra sus grandes ventajas colectivas e individuales, pero nosotros hemos querido destacar de entre todos ellos cinco oportunidades únicas que nos dará su uso, sobre todo a nivel urbano.

-La bicicleta será un vehículo esencial para reducir el riesgo de contagio en la población que normalmente se concentra en el transporte público, eso sí, teniendo en cuenta que para circular con ella habrán de establecerse algunos límites de seguridad, entendiendo que no será una actividad colectiva.

En este sentido, algunos expertos hablan lógicamente de salidas individuales, manteniendo la distancia de unos 4 metros entre ciclistas.

Conservaremos la calidad del aire que hemos ganado con el confinamiento, libre de contaminación.

Porque… ¿quién quiere volver a la situación anterior de tráfico, retenciones, humos, de colapso circulatorio en las calles de nuestras ciudades?

Queremos continuar viendo cielos azules, montañas lejanas que antes no alcanzábamos a visualizar, observar cómo la flora y fauna urbanas han avanzado en este periodo de cuarentena, seguir respirando aire puro y escuchar el canto de nuestros pájaros.

-La bicicleta, además, puede ser un gran recurso para el abastecimiento de mercancías de primera necesidad, alimentos y medicamentos, algo que ya se está valorando y llevando a cabo a través de la eficiencia de personas que trabajan en bici y hacen entrega de estos productos con cero emisiones y sin contaminación auditiva.

-Porque como dijo el sociólogo y urbanista ecologista vasco Mario Gaviria “la sensualidad de la bici está en el pedaleo, y el erotismo, en el tiempo de libertad que obtienes al no tener que trabajar para comprarte un coche o pagar los transportes colectivos”.

-Viajar con nuestras bicis por espacios naturales bien conservados, disfrutando de esos lugares, nos hará conocer los problemas ecológicos que les afectan solidarizándonos con su conservación, incrementando nuestra responsabilidad, despertando nuestro interés por la naturaleza y sensibilizando nuestra conciencia ante los atentados a que está sometida.

Con nuestras bicis, nos olvidaremos de todo excepto del “aquí y ahora”, balanceándolas bien, sin dejar de pedalear, y no habrá lugar que no podamos alcanzar, porque cuando el hombre se sube a la bici está creando y no destruyendo.

Eso es Vida.

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No importa lo lejos que hayan llegado las bicicletas, porque el empuje nunca se detendrá y no hallaremos nuestro límite, siempre y cuando las ciudades se adapten a nuevas ciclovías y espacios seguros para circular y también poder aparcarlas.

Las autoridades deberán impulsar un nuevo espacio para la bici fomentando su uso cotidiano entre la gente, y de esta manera conseguir que en las grandes urbes sigamos protegidos después de la pandemia, con la esperanza de un futuro mejor para nuestra salud, economía y movilidad.

Esperemos que así sea, porque no será fácil.

¿Cuál será vuestra primera salida en bicicleta después del confinamiento?

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La bicicleta después del confinamiento por el coronavirus

Contando los días para salir en bicicleta una vez pase esta pesadilla y el confinamiento

¿Qué es lo primero que haréis? ¿Una escapada en solitario? ¿Una salida cercana a vuestra casa? ¿Quizás una larga cabalgada con vuestros amigos a la búsqueda de las montañas, que tanto os están esperando?

No os voy a cansar con una lista de todo lo que podemos hacer cuando enfilemos de nuevo los manillares dirección hasta donde nuestras pedaladas nos lleven, pero sí quería resumiros con unas cuantas frases esas pequeñas y grandes cosas que hacen que el cicloturismo valga la pena, compartiendo con vuestros compañeros de grupeta una estada en algún lugar idílico, un destino a elegir entre Pirineos, Alpes o Dolomitas, o las montañas más cercanas a vuestra casa.

Esperamos que con el siguiente proyecto, vuestro confinamiento se haga más liviano recordando que ahí afuera os esperan paisajes de verdes praderas, duras montañas y también de puertos amables, donde compartir risas, amigos y familia.

También parajes con la presencia de vacas, ovejas y caballos… Sitios de rampas, cuestas y tremendos descensos, donde se aúnan belleza y dureza, cicloturismo, ocio y cultura.

En ese lugar de ensueño, abriréis la ventana y respiraréis, sintiendo el aire fresco en la cara mientras a lo lejos veréis las montañas que os esperan.

Desayunaréis con vuestros compañeros y amigos, compartiendo ese café recién hecho mientras planificáis la jornada, entre risas y buen humor.

Pedalearéis los primeros kilómetros con tranquilidad, charlando, compartiendo las primeras sensaciones del día, mientras avancéis por boscosos valles rodeados de montañas.

Almorzaréis juntos. Más risas, más chistes.

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Después de la salida, un paseo para estirar piernas. Unas cervezas en el bar del pueblo junto a los amigos, antes de retiraros a velar armas. Silencio. Descanso. Unos minutos de relax recopilando lo que ha dado de sí el día, rescatando sensaciones, hasta caer rendidos por el sueño.

Al día siguiente, una nueva jornada os esperará. Disfrutaréis de preciosas pista rurales asfaltadas, para coronar bellos paisajes.

Os extasiaréis con la presencia de caballos sueltos, galopando en libertad, o de hermosas vacas pastando, mientras paréis en una curva, en la cuneta, a contemplar el valle que se abrirá ante vosotros, adonde descenderéis y volveréis a subir por una dura carretera. Un exigente puerto os pondrá a prueba.

Una montaña increíble, tan dura como bella, jalonada de rampas imposibles. Echaréis la vista atrás y disfrutaréis del entorno, de lo que habréis dejado atrás, de una belleza infinita. Lo daréis todo en sus rampas más duras. Tiraréis fuerte de riñones. Llegaréis a la cima y os reuniréis con los demás, comentando lo duro que ha sido.

Descenderéis, llanearéis, pedalearéis pasando de nuevo por preciosos pueblos, afrontando a bloque, subiendo a buen ritmo quizás un puerto largo y tendido, muy agradecido. Bosques frondosos donde sentiréis el abrazo de sus árboles. Disfrutaréis de la grupeta, coronaréis la larga recta final, pararéis y reagruparéis en el alto.

Estudiaréis la salida del día siguiente. Puertos, rampas y porcentajes. Preocupación. Ilusión. Pensamientos positivos. “Los superaremos”. Una relajante lectura antes del merecido descanso.

Despertaréis con nuevos bríos. Optimismo y energía ilimitada. Vestiréis con vuestro maillot y culotte preferidos para afrontar la etapa reina de la estada. Unos buenos días para acompañar unas tostadas con mermelada. Un chiste fácil. Alguna cara de preocupación. Una sonrisa cómplice.

Ascenderéis el primer puerto del día: suave y muy bonito. De nuevo entre caballos, ovejas y vacas. Prados verdes. Pistas estrechas. Montones de leña apiladas esperando ser quemadas este próximo invierno. Algunos ciclistas que se pierden en la lejanía entre la niebla.

Descenso. Bajada. Gravilla, baches. Brazos fuertes, manos firmes en los frenos. Intenso pero bello descenso.

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Pedalearéis entre valles. Todos agrupados. Charlando. Ambiente distendido ante lo que se avecina. Buenos relevos.

Rampa dura, pista estrecha para encarar otra ascensión. Duros desniveles. Esto se empina. Rampas con descansos. Escalones de mucho peldaño. Disfrutar sufriendo. Los piñones echarán chispas. Cada uno subirá como pueda. Sufrir disfrutando. Muros increíbles. Fascinante belleza. Un pequeño descenso y de nuevo para arriba. Contemplaréis las vistas desde la cima. Aquí está despejado.

Ascenderéis entre la niebla. Coronaréis entre las nubes. Satisfacción contenida. Mística y épica. Un paseo en la ladera de la montaña.

De vuelta a casa. Últimas rampas, todos juntos. Llegada. Se acabó. Alegría y tristeza. Pena y gloria.

Cena especial de despedida. Brindis. Risas contagiosas, más buen humor. Anécdotas, chistes. También proyectos de futuro. Despedidas. Abrazos. Algunos correos electrónicos apuntados en servilletas.

Cosas que hacen que la vida valga la pena… ¡y más en bicicleta!

Foto: Pau Catllà

Lo que daríamos por salir en bicicleta, incluso con lluvia

Recuerdos de bicicleta bajo la lluvia del fin del mundo

He oído caer la lluvia toda la noche y me vi bajo ella, sobre mi bicicleta.

Y no he parado de dar vueltas en la cama.

Entre esto y los nervios, no he pegado ojo, pensando en lo que me esperaba en unas pocas horas.

Estas no son las mejores condiciones para afrontar un gran reto como el de hoy, una fecha que he tenido marcada en rojo en el calendario durante todos estos meses y que me ha supuesto mucho esfuerzo, mucho entreno casi a diario todo el año.

Esto y los casi 400 kilómetros conduciendo que me metí ayer entre pecho y espalda para llegar hasta aquí.

Pero el reloj, inflexible, marca la hora.

No voy a abandonar en este momento.

Mejor es no pensárselo mucho.

Si lo hiciera me quedaría en la habitación del hotel.

O quizás, a lo mejor, seguiría el recorrido en coche.

Pero no me vale.

He venido hasta aquí para cumplir un sueño.

Qué dirían si después de todo no saliera ahí afuera con mi bici, por lo menos a intentarlo, a darlo todo.

Sabía que las previsiones no eran buenas, que las perspectivas meteorológicas daban una jornada pasada por agua, pero siempre pienso que puede que se equivoquen, o que exageren, o que finalmente sean cuatro gotas y no sea para tanto.

No me voy a echar atrás ahora, aunque compruebe, subiendo la persiana, que en efecto está lloviendo, no mucho, pero lo suficiente para dejarme con desasosiego.

Las finas gotas que caen dejan la calzada completamente mojada.

Es de locos tomar la salida, aunque yo ya tengo experiencia suficiente en pasar horas bajo la lluvia, en sufrir mi peor invierno en un día de verano en las montañas, en notar el impacto del granizo en mis brazos y en sentir el fuerte viento que no te deja avanzar, ese que para mí es el enemigo público número 1 del ciclista.

Pero como siempre pienso, si sales y te pilla una borrasca pues mala suerte, apechugas y tiras para adelante, porque el objetivo es llegar, pero si desde la primera pedalada ya lo haces en estas circunstancias cunde el desánimo y son pocas las ganas de montarte en bicicleta para pasar todo el día en remojo.

No es lo mismo.

Ya se oye gente arriba y abajo.

Eso me anima.

No soy el único loco y son muchos los que ya se están preparando.

Oigo como caminan con sus zapatillas puestas, como hablan entre ellos, inquietos.

Muchas dudas.

Muchos interrogantes.

Escucho que quizás alguno haga lo más sensato e inteligente: no salir.

Algunos se preguntan si llegarán con tiempo al primer puerto.

Incluso si lo harán.

Pero la mayoría se visten, que es lo más difícil: ponerse el culote.

Espabilo y voy por faena.

Concentrado, sí, ilusionado, también, pero con el corazón encogido viendo lo que pasa al otro lado de la ventana.

Ansiedad.

Echo un vistazo a la méteo: desencanto.

El pronóstico es terrorífico.

En el puerto más alto, en el techo del recorrido de hoy, anuncian lluvia y una temperatura de 0ºC, con lo que es fácil imaginar que puede que hasta nos nieve.

No sería la primera vez.

Salgo, por fin. 8ºC de temperatura.

Sigue lloviendo.

Día gris, triste.

En el horizonte los claroscuros de las nubes amenazan las montañas.

Son tan desafiantes como bellas.

Están agazapadas, agarradas a los picos más altos.

Hacia ellos me dirijo.

Llueve y deja de hacerlo con diferente intensidad, pero cuando ya me lanzo, en compañía de otros miles como yo, hacia el primer desafío del día, empieza a llover bastante.

Comienzo a subir.

La lluvia no cesa y yo en mi bicicleta.

Por momentos es torrencial, acompañado de rayos y truenos.

Me acuerdo de Santa Bárbara, como dice el refrán, y a ella me encomiendo.

A medida que gano altura la temperatura también va bajando.

Frío intenso.

A todo este recital climatológico se nos añade ahora la niebla mientras asciendo por una carretera estrecha con el pavimento en bastante mal estado y encima no veo a la distancia de dos metros.

La montaña me mira a los ojos retándome a la cara empapada en sudor frío.

Llego al puerto y la temperatura es de 2ºC.

Bajar en estas condiciones será peligroso.

Vamos pasando poco a poco.

Los ciclistas casi ni nos miramos.

Tampoco nos vemos con nuestras caras tapadas por los impermeables.

Hay algunos que desaparecen entre las pendientes.

Otros, mal equipados, con ropa y guantes de verano, ponen pie a tierra.

No para de llover.

El espectáculo es dantesco.

Carretera impracticable por el barro.

Ríos de agua surcan la calzada.

El aire frío del descenso es intenso.

Sufro.

Hay gente que se ha refugiado ya en el primer bar camino de la segunda emboscada del día.

Estoy muerto de frío.

Empapado de agua hasta arriba.

Pero ya puestos, decido continuar, prefiero seguir pedaleando hasta donde mis pies me lleven.

No quiero retirarme, aunque la tentación de ver cargados un par de autocares con ciclistas dentro hace que me lo piense seriamente.

Mis piernas, curtidas en mil batallas, empiezan a temblar.

Pero no.

Aquí sigo.

Pensando en qué habré hecho yo para merecer esto.

Con lo bien que estaría en casa, qué hago aquí en medio de una tormenta que no para, entre montañas perdidas, debatiéndome entre continuar y abandonar.

Pero hay algo que me invita a seguir.

Llegar al menos hasta pie de puerto, la última y definitiva escalada, donde tengo aparcado el coche y tomar una decisión.

Porque a pesar de todo, del frío, la lluvia, la niebla… el paisaje es inmortal y el juego de luces y sombras, a partes iguales, el olor a tierra mojada, los colores grises diseminados entre los verdes de estos montes, hacen que prosiga en mi empeño por finalizar, aunque los dioses me hayan abandonado a la buenaventura y hoy tenga que machacar mi bicicleta en el infierno camino del cielo.

Foto: Volta als Ports d’Andorra

Mientras tanto, volemos hacia el sitio de nuestro recreo

Cuando el rodillo no dé más de sí, pensad que estáis en el sitio de tu recreo

¿Cuál es el sitio de tu recreo? Todos tenemos uno.

¿Aburrido de darle a los rodillos? ¿Cansado de interminables sesiones delante del televisor, dejando perdido de sudor el suelo de tu salón?

Para un momento y desconecta.

Descansa y relájate.

Quiero prepararte para, con la imaginación, llevarte a disfrutar de esos lugares que visitamos encima de nuestras bicis, un viaje hacia nuestro yo interno, que alimente nuestra alma.

Soñar con esos deseos de aventura, de dejarlo todo atrás, de escapar, de renunciar no sólo del reloj, sino también, claro está, del teléfono móvil, del ordenador y nuestras redes sociales, tan enganchados como estamos hoy en día a la tecnología y al estar en permanente conexión.

Es cuando gritamos… ¡basta!

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Y nos prometemos a nosotros mismos ese deseado estado de felicidad en el que ni abriremos correos electrónicos ni leeremos whatsapps, aislándonos del mundo, y sólo querremos acercarnos a nuestro lado más íntimo.

Para y lee un momento.

Lee este artículo y, si me lo permites, te recomiendo que te pongas como música de fondo la dulce y suave sintonía de la hermosa canción del recordado Antonio Vega: “El sitio de mi recreo”.

Yo lo estoy haciendo en este momento, mientras escribo estas líneas, escuchando los primeros acordes de su guitarra y su desnuda voz, siempre buscando la inspiración para intentar trasladarnos, todos juntos, a esos lugares secretos que todos escondemos y que solemos visitar muy a menudo.

Como el propio Antonio nos evoca al cantar al sitio de su recreo.

La idea de sumergirme en esta melodía ha sido para escrutar entre nuestros sueños ciclistas, para dejar volar la imaginación a través de esta poética composición porque es un reflejo fiel de lo que muchos deseamos cuando enfilamos los manillares de nuestras bicis a la búsqueda de esos lugares donde nos encontramos a gusto en cuerpo y mente.

Esos sitios a los que siempre nos gusta volver, que nos tienen atrapados, que suelen ser especiales, casi mágicos, porque en ellos podemos disfrutar de la naturaleza en todo su esplendor.

Parajes que son capaces de provocar en nosotros sensaciones y sentimientos, que sólo podemos encontrar en estos lugares como la tranquilidad, la alegría, la esperanza, o bien porque nos dejamos simplemente invadir por la melancolía que nos trae recuerdos imborrables a nuestra memoria.

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Son, en definitiva, esos rincones que nos dan la paz interior, lugares con alma que guardamos y retenemos en nuestra mente, y que casi con los ojos cerrados somos capaces de verlos, mientras podemos notar la ligera brisa que sentimos cuando pedaleamos hacia ellos atraídos como un imán.

Como los infinitos campos que divisa Antonio cuando visita el sitio de su recreo.

Para los que no son tan bucólicos y prefieren ser más prácticos, porque su deseo es entrenar, ponerse en forma, competir… también ellos tienen sus lugares para recrearse y experimentar sensaciones.

Yo los tuve en su momento, porque ahora soy más de ese nutrido grupo que cuando sale en bicicleta sólo intenta buscarse a sí mismo.

A mi edad, aunque aún puedo sentirme como un crío pedaleando, las piernas y el corazón ya no son los mismos, y esto hace que me lo tome con más calma en estos sitios de mi recreo, que me invitan a parar y contemplar montañas y sierras, llanos y campos, ríos y rieras, atravesando carreteras con encanto.

Para el segundo grupo, el más combativo, son esos lugares a los que también vuelven una y otra vez, porque son terrenos que han diseñado a su medida, más o menos duros e intensos, para mejorar la escalada, por ejemplo, y exprimirse a tope.

Sitios para el recreo en los que lo dan todo, marcados por sensaciones, por pasos de tiempo, por estados de forma, que no se cansan de repetir y en los que pueden hayan estado centenares de veces.

Estos lugares nunca son escogidos al azar, ya que cuando viajamos con nuestras bicis la visión de algunos parajes deja grabada en nuestras retinas imágenes que nos han dejado huella por un motivo u otro.

El sitio de nuestro recreo no hace falta que sea lejos, al contrario, los solemos tener muy cerca de casa, son acogedores y no permiten que pasemos de largo por ellos.

Precisamente lo que buscamos es tomarnos el tiempo que nos haga falta, detenerlo y disfrutar para que nuestra alma forme parte indisoluble de ese lugar tan íntimo para nosotros.

Recuerdo que, siempre después de ascender un gran puerto con mi bici, les decía a mis amigos que me dejaran cinco minutos allí arriba, solo.

Sentado al borde del abismo, en actitud contemplativa, elevando mi mirada en la inmensidad de aquellas cumbres, sin nadie que me molestase, sólo las montañas y yo, viéndolo todo, pero sin reparar en nada en concreto: era mi pequeño recreo, donde podía coger fuerzas para seguir adelante.

Era mi minuto de gloria, por haber llegado hasta allí, tan arriba, mi tiempo de meditación y recogimiento ante tanta belleza.

Esta paisajística canción homenajea esos sitios que tanto nos gustan y que en boca de su propio autor, Antonio Vega:

“estos rincones responden a un momento de inspiración en el que encuentras una secuencia que te lleva por un camino y más que un lugar es un estado de consenso contigo mismo, un lugar no conflictivo”.

Y vosotros, ¿cuál es el sitio de vuestro recreo?

Lo importante era salir y no quedarse en casa ¿y ahora qué?

Ahora que hay que quedarse en casa

¿Os arrepentís de no haber salido lo suficiente lo que llevamos de año?

¿De no haber aprovechado cualquier momento para salir ahí afuera a pasear, a entrenar, a disfrutar?

Seguro que muchos de vosotros os estaréis tirando de los pelos por este motivo.

¿Es así o no?

Los cicloturistas nos hemos de quedar en casa, de mal humor, pasillo arriba y abajo, para de vez en cuando asomarnos a la ventana con tristeza, melancolía y resignación, mientras dejamos nuestro vaho en el cristal.

De esta manera nos encontramos, como enjaulados.

Hace unos días, antes que el maldito Covid-19 pasara a formar parte de nuestras vidas de manera irremediable, hablaba con un buen amigo, ciclista como yo, sobre cómo y cuándo entrenar, qué días eran mejores o qué horas las más idóneas para salir en bici.

Después de charlar un largo rato sobre el tema, me dijo -a modo de sentencia final- que lo suyo era hacerlo siempre que pudiéramos, porque lo importante era salir y no quedarse en casa, aunque dispusiéramos de poco tiempo, ni que fuera media hora, o tan sólo  20 minutos, daba igual: lo suyo era coger la bici y pedalear, lo que fuera. 

En efecto, todo contaba, todo sumaba: 20 kilómetros por aquí, 40 por allá, 1 hora bien aprovechada un día, y otro, y así, casi sin darnos cuenta, seguíamos adelante, seguíamos sumando.

El caso era pillar un pequeño circuito cerca de casa -no era preciso ir muy lejos-, dar algunas vueltas, las veces que quisiéramos.

No era necesario hacer series, ni puñetera falta que nos hacía, se trataba sólo de movernos, de poner en marcha nuestro cuerpo, de no perder los beneficios acumulados en los entrenos digamos “convencionales”, esos que efectuamos junto a nuestros colegas los fines de semana, esas kilometradas que nos metíamos entre pecho y espalda, todas esas horas encima del sillín que nos pasamos sentando las bases de nuestra forma y fondo.  

Los días de cada día, con sus pequeños paréntesis, también contaban.

Los teníamos ahí.

Sólo se trataba de colgar la pereza detrás de la puerta de nuestra habitación, despojarnos de las sábanas que pesaban mucho más de lo que parecía y salir.

En nuestro caso, los cicloturistas, lo teníamos fácil: nuestra bicicleta no cerraba nunca, la teníamos ahí disponible las 24 horas del día, los 365 días del año.

Era así de agradecida.

Siempre preparada.

Salir y pedalear.

Cualquier momento era bueno, por el simple amor a la bici y apta para todos los públicos. 

¿Y ahora qué?

Conozco gente que me comentaba que ellos no salían si no disponen al menos de más de hora y media.

Craso error.

Teníamos que saber ser ciclista en cada instante, que fuera nuestro modo de vida, porque la bici nos hacía sentir bien y nos hacía sonreír, por eso habíamos de aprovechar cualquier ocasión para repetir la experiencia y la aventura de montar en bicicleta una y otra vez. 

Desde estas líneas seguiremos -intentando- trasladaros nuestra visión del ciclismo no sólo como deporte, sino también como un estilo de vida, y si, en cuanto podamos, hemos de pedalear bajo la lluvia, cogeremos nuestros impermeables y saldremos ahí afuera mientras nos dejamos empapar nuestros sentidos, pedaleando firmes atravesando charcos y alzando los pies al aire como niños, bajo la atenta mirada de muchos, bajo sus paraguas, que nos observarán perplejos pero a la vez con envidia de vernos más vivos que nunca.  

Mientras tanto, seguiremos hablando de ir en bici… los 365 días al año, en cuanto acabe esta pesadilla.

Foto: www.rosdemora.com