El primer “campionissimo” fue Constante Girardengo

En la historia las leyendas corren de boca en boca, libro a libro, y hay cosas que por arraigadas se piensan que son ciertas o una verdad absoluta. La etiqueta de “campionissimo” convive con Fausto Coppi desde el mismo día que el genio piamontés se puso un maillot y sin embargo, la memoria, traicionera ella, se olvida del primer gran campeón italiano de la historia, el que marcó el camino y pisó sendas por las que nadie había caminado antes.

Fue Constance Girardengo, un ciclista que hace cien años era Dios, el primero según muchos entendidos que lo vieron u oyeron hablar de él en las historietas que corren de abuelos a nietos. El director de la Gazzetta dello Sport, Eugenio Colombo, uno de los padres del Giro de Italia, ya le tachó de “campionissimo” en aquellas ediciones de color rosa y crónicas que eran auténticas delicias para deleite literario.

Colombo quería, amaba, el pequeño ciclista de Nova Liguria, la región al sur de la Lombardía que cada año es atravesada por la Milán-San Remo, una carrera que en sus años ya existía y que abría la primavera cada mes de marzo. Girardengo la ganó seis veces y fue tan grande su legado que quiso hacer algo único, ganarla de forma especial, irrepetible, y lo hizo tras 200 kilómetros de fuga y trece minutos sobre su principal rival. Aquella gran carrera entre la capital lombarda y la Riviera nunca volvería a ver algo igual.

Las virtudes de Girardengo se mantuvieron intactas mucho tiempo, y tras una década larga ejerciendo la tiranía en el pelotón tuvo arrestos para ganar a Alfredo Binda, su gran sucesor, otro de estirpe noble y áurea incorruptible, al sprint en la San Remo de 1928. Su rivalidad con Binda fue legendaria. Un año antes, en 1927, Girardengo iba escapado pero Binda comandó la caza porque no quería que Constance ganara. Neutralizados el uno y el otro, el triunfo fue para Pietro Chiesi, apodado «el africano» porque acababa ennegrecido por la porquería que se tragaba al correr sin guardabarros.

Pudieron ser más ediciones las que cayeron en su saco, recordemos que Eddy Merckx ostenta el récord con siete. En una, la de 1915 le pillaron tomando un atajo, algo tan habitual entonces, como que en el ciclismo las trampas nacieron desde la primera competición. La otra en 1922 cuando un espectador le hizo caer al agitar imprudentemente una bandera muy cerca de los corredores.

Girardengo hizo también fortuna en el Giro de Italia, la carrera que ganó tres veces junto a treinta triunfos de etapa, ahí es nada. También ganó en otras tantas ocasiones Lombardía para conformar un legado de leyenda, digno de un apelativo tan exclusivo, digno del primer y original “campionissimo”.

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Récords inmunes al tiempo

Estos días me topé con esta preciosa foto de un joven Sean Kelly que disfrutaba de los laureles en un podio entre París y Niza. Al mismo tiempo recuperé la de Eddy Merckx, de hace muchos más años, también ataviado de blanco porque de ese color iba el líder de la primera gran carrera de cada temporada antes que entrara el rodillo de ASO a homogeneizarlo todo en amarillo simplón.

Y es que Niza es la meta de una carrera que se llama hacia el sol, porque sale de la grisácea París que se despereza de los fríos invernales para ir rumbo al Mediterráneo. Esa grandísima carrera es pieza angular en la trayectoria de Sean Kelly, un ciclista del que aquí hemos comentado su increíble triunfo en San Remo, hace más de veinte años, y del mundial que le arrebató Greg Lemond en un sprint.

Sin embargo Kelly mucho tiempo después sigue al frente de unos registros insólitos que traemos hoy aquí: ganar siete veces una carrera, una cantidad de éxitos que como ahora os muestro no se ha dado mucho en la historia del ciclismo.

Anquetil, los récords del reloj 

El record absoluto en grandes eventos lo ostenta, y parece que va para largo, el maestro del crono Jacques Anquetil, quien hizo del otrora prestigiado Gran Premio de las Naciones un coto privado mediante nueve, sí, nueve triunfos.

El 23 de septiembre de 1953, el luego quíntuple campeón del Tour abrió una leyenda alimentada en la carrera de referencia para los grandes en la lucha en solitario. Tras tres horas y media de esfuerzo y los hoy impensables 140 kilómetros contra el crono, el normando ganaba con más de seis minutos y medio sobre su compatriota Creton.

Con algún que otro paréntesis, siguió fiel a su cita con el cronómetro, hasta los últimos días de su carrera. Trece años después “Monsieur Chrono” daba su última clase ante alumnos adelantados como Gimondi y Merckx, ninguno de los dos se aproximó a su registro.

Aunque de ámbito doméstico, también es reseñable la hazaña de Constante Girardengo con nueve títulos nacionales de Italia, todos consecutivos, y eso que tuvo una Guerra Mundial, la primera, por medio. Dios sabe lo que habría pasado sin tamaño conflicto. Ni Guerra, ni Binda pudieron emularle, y eso que lo intentaron en los años que siguieron a este fenómeno del pleistoceno ciclista.

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Merckx & Kelly, dueños de la primavera 

La  París- Niza tiene su faro en un irlandés que deshojaba tréboles de cuatro hojas. Entre 1982 y 1988, Sean Kelly encadenó una de las rachas más increíbles de la historia con siete victorias en la ciudad  de la Costa Azul. Eran tiempos dorados y de glamour con la primera gran carrera de la temporada cerrando su concurso en la famosa cronoescalada del Col d´ Eze.

En el camino quedaron entre otros un compatriota, el otro irlandés, y ganador del Tour del 87, Stephen Roche, quien pese a intentarlo sólo pudo consolarse con un par de plazas de plata, él que en 1981 había sido coronado en Niza. La racha de “King Kelly” fue cortada por un emergente Miguel Indurain en 1989.

El mejor de los tiempos no podía pasar discretamente por este “paseo de la fama”. Eddy Merckx, quien durante siete años fue el mejor corredor del mundo según el Super Prestige, no sumó siete Milán- San Remo de forma consecutiva, pero a la postre sus siete victorias lucen con luz propia en su enorme palmarés, cosa que no es fácil.

Este prodigio de la ambición metido a ciclista abrió su cuenta en 1966, siendo el más rápido de los quince mejores de esa edición. Le acompañaron en el podio Durante y Van Springel. Al año siguiente repetiría. Sin prisa pero sin pausa, con algún año alejado del podio, siguió amasando para conformar el mejor registro de la historia “classicissima”. Su último triunfo fue en 1976 y llegó solo, con menos de medio minuto sobre Panizza.

Un escalón por debajo, con seis triunfos, se sitúa una colección de campeones que no desmerece lo citado hasta el momento con, como no, Eddy Merckx en la Escalada a Montjuich, Heiri Suter en el Campeonato de Zurich, Roger De Vlaeminck en la Tirreno- Adriático y Gianbattista Baronchelli en el Giro de los Apeninos.

Cañardo, el rocoso navarro 

Párrafo a parte merece nuestro héroe nacional en este ambiente de irrepetibles gestas. Duro e inexpugnable como la hermosa fortaleza de su Olite, Mariano Cañardo ganó siete veces la Volta a Catalunya, en esos años donde el tubular se confundía con un chaleco, y no precisamente por gusto a la moda.

El que quizá fuera el primer gran corredor de la historia de España sigue siendo mentado cada año en la prueba catalana como el mejor exponente de su longeva historia. El legado del de Olite en esta carrera es tan grande que comprende, además de ocho generales, veinticuatro victorias de etapa. Cañardo hizo de la Volta su Tour, porque además suma hasta cuatro podios.

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