¿Pero qué pasa con las contrarrelojes?

osteopatia ciclismo JoanSeguidor

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Sin una buena contrarreloj, el ciclismo no está equilibrado

Es curioso que en el ciclismo más tecnológico, la modalidad que más prestigia la tecnología, la contrarreloj, no tiene apenas presencia.

No en la medida que sería deseable.

Hace veinticinco años, kilometradas de contrarreloj decidían y condicionaban carreras, las grandes carreras.

Pero el ciclismo de 2019 no las quiere, no las premia, no las pone en el recorrido.

Y se olvida, como siempre en esta desmemoriada sociedad, que sin la contrarreloj no hubiéramos conocido en todo su esplendor a Indurain, Cancellara, Wiggins, Anquetil, Hinault.

La contrarreloj es la base misma de la competición ciclista

En una contrarreloj hay un pulso interno, individual, uno a uno, sin más distorsión que llueva antes o después, que sople el viento.

El descenso de kilómetros en las grandes vueltas, especialmente en el Tour, la carrera que se precia de ser la mejor del mundo, ha desequilibrado la balanza.

Sin una buena contrarreloj no ha incentivos al ataque en la montaña.

Los escaladores pueden correr con menos agobio, sin la necesidad de arriesgar.

El riesgo es una palabra que crea aversión en el ciclismo moderno y sin una buena contrarreloj no hay posibilidad de poner al límite a los escaladores.

Si miramos los tiempos recientes cada vez que ha habido una buena crono ha habido emoción.

Incluso vuelcos finales y dramáticos.

El Giro 2012 que pierde Purito frente a Hesjedal en la misma plaza del Duomo de Milán.

O la caída de Denis Menchov en la recta del Coliseo, año 2009, sin mayor consecuencia más allá del impacto de ver la maglia rosa por los suelos.

Una buena contrarreloj siempre ha puesto negro sobre blanco los mejores duelos.

Recordad la jornada de Guadarrama, Vuelta de 2015, cuando Fabio Aru tuvo que poner a full su Astana para derribar el Dumoulin que le puso contra las cuerdas en la crono de Burgos.

O el ataque lejano de Carlos Sastre en Alpe d´Huez, para desespero de los Schleck, poniendo metros sobre Cadel Evans ante la crono final.

Son ejemplos, pillados al viento, pero muestras tangibles de que los recorridos equilibrados traen espectáculo y meten a todos en el pastes.

Que Tom Duloulin haya privilegiado el Giro sobre el Tour, que otros le pueden seguir la pista, que la mejor carrera del mundo no tenga a los mejores, eso debería hacer reflexionar a sus mentores.

Por muy alta que sea la atalaya desde donde aprecian el paisaje.

Tres motivos para poner una crono larga

Volta a Catalunya contrarreloj JoanSeguidor

El Giro de Italia vuelve a penalizar a los especialistas del crono

En la zona de Trento, por la rivera del Garda, el Giro de Italia pone en solfa el liderato de Simon Yates, quien tras el sapo de una crono, tendrá aún tres llegadas en alto.

Sea como fuere una contrarreloj de sólo 30 kilómetros parece muy poco para toda la montaña que hemos visto, y la que nos queda por ver.

El ciclismo moderno se ha caracterizado, conrtariamente a aquel que se estilaba hace sólo veinte años, por recortar los kilómetros de lucha contra el reloj.

Sin embargo creemos que se equivocan, porque el espectáculo, que en el Giro suele aparece con generosidad, no sólo está en la montaña y en los desniveles imposibles.

También hay vida más allá.

Dumoulin en la crono del Giro - JoanSeguidor

Tres motivos para una crono larga

El primero, una buena contrarreloj agita la carrera, le da la vuelta del revés y la deja tocada. Obliga a los perjudicados a desenvolverse en terreno adverso pero es que además les pone en el límite para luego tener que moverse en la montaña.

El año pasado por ejemplo, cuando Tom Dumoulin les puso el límite a sus rivales estaba claro que estaban obligados a moverse en montaña. No fue una crono muy larga, pero sí algo más que la de este año, lo suficiente para que el neerlandés hiciera daño.

¿Qué pasaría si tuviéramos una crono de 50 kilómetros?

El segundo, porque equilibra la carrera, abre el abanico y pone a todos en la misma situación en la línea de salida. Es, yo creo, de justicia deportiva.

Lo contrario es coartar a una parte del pelotón en pos de un espectáculo que no reside en una, otra y otra llegada en alto.

Hay que dar, en definitiva, oportunidades a todos.

El tercero, y último, la crono es un espectáculo sublime, de juego de tiempos, cruce de velocidades y sobre todo el placer de ver rodar a un tío como Dumoulin,

Lo mismo decir del material, el ciclismo de vanguardia y moderno, vinculado a la tecnología, al progreso.

En la lima de segundos reside todo eso: técnica, estilo y tecnología.

Son tres motivos, encontraríamos muchos más, sólo una pregunta

¿qué sería de Dumoulin con 100 kilómetros contra el reloj como en los noventa?

Imagen tomada del FB de Giro d´ Italia

INFO

Conoce la Émonda by Trek, una pluma sobre la carretera 

 

¿Dónde quedó el gusto por las contrarrelojes?

Veo la Crono de Naciones, Castroviejo cierra la campaña con una segunda plaza, a escasos segundos de Kiryienka. La Crono de las Naciones, desconozco su antigüedad, pero viene a ser algo así como el heredero del otrora grandísimo Gran Premio de las Naciones, durante generaciones el mundial contra el reloj oficioso, lugar de registros imperecederos como las ocho victorias de Jacques Anquetil. Recuerdo alguna edición en Cannes, con Rominger, Mottet y Fignon, luciendo aquellos manillares de triatleta que Lemond tuvo narices para usar en el epílogo de un Tour.

Hablamos del lugar del esfuerzo individual, de la lucha contra uno mismo para medirse con los demás. Un esfuerzo que tuvo maestros, dicen que el primero fue Jacques, el mentado Anquetil, el ciclista de la pose perfecta, quien sentó el precedente de la postura sobre la bicicleta. El espejo de la Francia cosmopolita que quería dejar atras la penurias de la Segunda Guerra Mundial. Anquetil fue el primero de una saga que sin embargo tiene antecesores, porque de la lucha individual, contra sí mismo y los elementos, Fausto Coppi hizo un arte de escapismo.

Luego vinieron otros buenos nomrbes, Eddy Merckx y Bernard Hinault, campeones completos que en cronos kilométricas, de más de 70 y 80 kilómetros, abrían la brecha que nadie tenía bemoles a cerrar en la montaña. Francesco Moser, otro que tal, un corredor que dominaba el arte de la crono como otros terrenos, dígase el pavés. Si hasta ganó un Giro, el Giro de las malas artes. En esas también anduvo Sean Kelly, master en cronos y adoquines. En los setenta habían rodado como los ángeles Luis Ocaña y Felice Gimondi.

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Los tiempos más recientes trajeron los grandes especialistas en el prólogo. Thierry Marie, maestro de maestros, con sus manillares revolucionarios. Chris Boardman el impulsor del ciclismo en las islas, con Miguel Indurain, “Anquetil en vida”, como maestro de ceremonias. El paso se marcó al estilo de Jan Ullrich y Abraham Olano, aunque croner de grandes ocasiones fue el omitido Lance Armstrong.

En los últimos años la corona se dirimió en nombres muy concretos. El duelo a tres Wiggins-Cancellara-Martin. Cada uno con su estilo y cadencia, nombres grandes. El presente es Tom Dumolin, la perfección, la figura redonda, la evolución de la especie.

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Ahí los tenemos, son los croners, los especialistas en abrir brecha en contrarrelojes, ciclistas que ahora viven medio desplazados en las mejores plazas. Tienen el mundial, alguna pieza suelta y poco más. Si el Tour en su historia hubiera sido como en ediciones recientes, muchos de estos ciclistas no existirían o no en la envergadura que tienen en nuestro subconsciente. No sé qué pasa contra las cronos en el ciclismo moderno, pero es injusto a todas luces que ediciones del Tour no lleguen ni a cuarenta kilómetros de lucha individual porque creo que se hace un flaco favor a la equidad que se dice premiar en este deporte.

Sé que la crono ofrece problemas, primero de logística, luego de retransmisión, no es tan gráfica como una jornada en línea, pero es arte, el ciclista contra todo y todos, él solo, sin referencias, sin ruedas a las que agarrarse. ¿Hay mejor medida del esfuerzo?

Imagen tomada de http://www.gqitalia.it, FB de Team Giant-Alepcin y Wikipedia