El libro que recoge lo que Miguel Indurain sembró en nuestro corazón

ciclista español Miguel Indurain JoanSeguidor

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Las tardes de agosto pueden ser más llevaderas con un paseo por los buenos tiempos de Miguel Indurain

 

Dice Carlos Tiguero en su obra «La estela de Miguel» que Miguel Indurain proviene de familia agrícola.

Que desde bien pequeño supo muy bien eso tan tamido de que para «recoger hay que sembrar».

El libro que nuestros amigos de Cultura Ciclista sacó sobre Miguel Indurain, los días previos a este Tour, es eso.

 

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El recorrido de un autor, Carlos, por la vida de un ciclista que sembró tanto y bien que hoy sigue perenne en el recuerdo.

Miguel Indurain, por encima de todo

La obra de Cultura Ciclista es también sembrar para recoger.

Así nos consta la intrahistoria del libro y así lo vemos repasando las 101 imágenes que Carlos Tigero seleccionó para contar la historia de Miguel Indurain.

Un cosecha buena de imágenes, de recuerdos, pero también de historias que descubren que ese talento fue como esas vendimias que se hacen racimo a racimo, a mano, con cariño y buena letra.

  

Y así nos pasamos embelesados, recordando un tiempo que es pasado, pero que está muy presente.

Porque Miguel Indurain sembró en nosotros que para ser un campeón no hace falta ser un rodillo con quienes te rodean.

Que el talento está ahí, y que la clave es que alguien sepa reconocerlo, darle cariño y hacerlo crecer.

Las 101 imágenes de Miguel Indurain

La selección es estrictamente deportiva y se nutre de todo tipo de imágenes.

Algunas icónicas de aquella tarde en Val Louron, de la estampa incorruptible, inasequible al paso del tiempo de Luxemburgo, la noche de Duitama, el oro olímpico en Atlanta…

Una historia trenzada de letras y rúbricas que son lo más cercano que alguien ha estado nunca de saber la verdad más verdadera sobre Miguel Indurain.

Porque el navarro sigue ajeno a las miles de peticiones para contar su vida, pero no así su círculo más próximo y rivales.

De esta guisa sabemos que Carlos cogió aviones a Italia y Suiza y se sentó a Tony Rominger, con Claudio Chiapucci y con Gianni Bugno para tener de primera mano lo que los rivales veían en Miguel.

Pero no sólo eso, la plana mayor, desde Echávarri a Unzúe, del Reynolds primero, Banesto después, deja su poso en el libro definitivo de Miguel Indurain en castellano.

Una obra de esas que hace justifica, más de veinte años después, con el corredor que nos dejó un paso de la infancia a la adolescencia preñada de imágenes, recuerdos y sentimientos que forman parte íntima de lo que somos hoy.

Gracias Miguel Indurain por sembrar.

Gracias Bernat y Carlos por recoger.

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En Nacex te explican cómo enviar tu bici donde quieras 

 

El día que Castellania lloró a Fausto Coppi

Hoy el Giro sale de Castellania, la cuna de Fausto Coppi, un pequeño pueblo que un día vio como su población quedó ampliamente rebasadaFragmento extraído de La pasión de Fausto Coppi, de William Fotheringham. Cultura Ciclista, 2015):

Coppi fue enterrado en Castellania el 4 de enero de 1960. El diminuto pueblo quedó colapsado. Las estimaciones sobre el número de asistentes al funeral oscilan entre las 20.000 y las 50.000 personas. Las hileras de coches aparcados a los dos lados de la carretera se prolongaban durante seis kilómetros y medio, hasta el pie de la colina y más allá. El único tráfico permitido a través de los retenes policiales era el continuo ir y venir de las camionetas de las también colapsadas floristerías de la zona. Al llegar depositaban su carga, daban media vuelta y se iban para abajo. Los autobuses alquilados por el club ciclista de la zona solo llegaban hasta el pie de la colina y los fans tenían que ascender a pie, como si estuvieran subiendo puertos de los Alpes o de los Pirineos para ver pasar el Giro o el Tour.

El recuerdo más duradero que le quedó a Bartali de aquel día fue el barro. Los aficionados empezaron a subir hacia Castellania a las seis de la mañana, y lo siguieron haciendo bajo un débil sol invernal y entre los restos de nieve sucia que cubría las cunetas. A medida que aumentaba el flujo de tifosi y estos subían campo a través para ahorrarse unos metros, sus pies se iban hundiendo cada vez más profundamente en el barrizal. “Lo recuerdo como un momento de gran solemnidad: la gente subía a pie, colina arriba hacia el cementerio, a miles”, explica Jean Bobet, quien acudió al funeral en nombre de L’Équipe. “El silencio, el tañer de las pequeñas campanas de la iglesia. A la medida de la imagen de Fausto, un hombre trágico”.

El día anterior se echó gravilla en el camino de 500 metros que conduce hasta la iglesia de San Biagio, situada en las afueras del pueblo, en una loma de la colina. En el cortejo fúnebre encabezado por los excompañeros de equipo, gregarios y rivales circulaba lentamente la ammiraglia, el coche del equipo Bianchi, con su fantástico perfil ondulado y sus grandes faros, coronado por la gran baca de las bicis y las ruedas de recambio. El periodista Bruno Raschi contaba que se había imaginado a Tragella de pie en el vehículo con un altavoz, animando a Coppi en su último viaje.

No se trataba tan solo de dar el último adiós a la mayor estrella deportiva de Italia. “Ni siquiera muerto se pertenecía a sí mismo. La gente se lo había apropiado”, dice Jean Bobet. ¿A quién pertenecía aquel admirado ser recién desaparecido? El tipo de ceremonial italiano de despedida del difunto no podía encajar a todas las partes enconadamente enfrentadas que Coppi había dejado atrás. Tan pronto como el ciclista exhaló su último suspiro se planteó el problema de quién iba a hacer pública la noticia su muerte. En Italia esta cuestión es mucho más relevante que en el mundo anglosajón: hoy en día, igual que entonces, las notificaciones de fallecimiento se cuelgan en los lugares públicos de la ciudad del fallecido. ¿Ese derecho correspondía a la familia que llevaba el apellido Coppi, a Bruna y a Marina, o a la Dama Bianca y a Faustino, que eran los que realmente vivían con Coppi cuando este murió?

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Hablando de grandes mitos, la taza de Marco Pantani el día que el Giro llega a Oropa

Mi cesto está lleno de cultura ciclista

Unió Ciclista Vilanova JoanSeguidor

Creo que entre la cultura que existe en el ciclismo cabría diferenciar, entre la propia de la competición y los profesionales, y la de los cicloturistas, que pueden ser cicloturistas sin saber quiénes fueron Coppi, Merck, Ocaña o Indurain. Sobre todo esto me gustaría profundizar en el tema en este humilde post.

Porque salir a rodar en bicicleta te permite disfrutar de un buen estado de forma, te permite disfrutar de la máquina, del paisaje, pero desde mi punto de vista, tienes que llenar ese buen estado y esa comunión con la flaca, como si fuera un cesto, de cosas que te ayuden a entender este deporte y sus raíces. Evidentemente el ciclista que sólo sale a correr, intentando mantener una buena media y no quedar cortado de la grupeta, merece todo mi respeto, pero permitidme explicarme.

Yo no sería ciclista o cicloturista si no llenara ese cesto de elementos de la historia del ciclismo, igual por eso me gustan tanto las pruebas clásicas, l’Eroica o la Pedals de Clip. Si miro atrás la culpa seguro que la tiene mi padre: yo tenía 5 años y me acuerdo como si fuera ahora, cuando el hombre, con unos compañeros de trabajo, se fue para Barcelona a ver el Tour y le dijo a mi madre que Pérez Francés venía escapado, que lo habían escuchado por la radio, ese fantástico medio sin imágenes, pero que te absorbía como una esponja. Aquel día José ganó la etapa del Tour en Montjuïc, una hazaña, 200 km en solitario, las carreteras llenas de gente, “gallina de piel” al recordarlo.

Yo no iría en bicicleta si no me sumergiera en el territorio, no entiendo este maravilloso deporte si no va ligado al paisaje, a los pueblos, a las masías y a las bodegas de mi estimado Penedès. Podemos rodar en las cuatro estaciones, cada una tiene su color, su olor, su viento, sus pájaros. Me gusta observar, conocer por donde voy, a veces llego a casa y lo primero que hago, antes de ducharme, es mirar un mapa para ver donde iba aquel cruce que dejé. Quizás sea un privilegiado por vivir donde vivo, me gusta exprimir el territorio hasta el final.

Luego miro la bicicleta, me gusta conocerla desde el manillar al cambio trasero, no voy al mecánico, sólo en contadas ocasiones, la desmonto, la engraso, la limpio, repongo lo gastado. Un día me dijo Iturat que la mejor manera de ver si hay una avería, una grieta o un tornillo flojo era limpiando la máquina. Nunca salgo con la bicicleta sucia, es una manía que tengo desde pequeño.

Una bicicleta, sus componentes y complementos, sobre todo los de antes, son auténticas piezas de museo, llenas de historias, de trabajo, de talleres, de artesanos soldadores, de pintores, mecánicos, artesanos del cuero para hacer sillines, para hacer zapatos de piel a mano, chichoneras, bidones de aluminio, maillots y culotes de lana. Aquí se escondía todo un mundo que ahora se llama Taiwán o fabricación en serie sin sentimientos y poca historia.

También está el ciclismo en papel, que es mucho más que las revistas o la hoja del periódico deportivo que hablan de ciclismo que todos hemos comprado. En este país hemos tenido muy pocos libros que hablaran de ciclismo, de ciclistas, de sus gestas, de los puertos, de bicicletas,… aunque poco a poco van apareciendo. En países con gran tradición ciclista, en Francia, Italia, Bélgica, Reino Unido… las librerías están llenas, una buena forma de respirar, embriagarse y entender este mundo.

Pero tampoco seriamos nada sin recordar a esos personajes que iban a correr el Tour, el Giro o la Vuelta en tren, por su cuenta, con maleta de cartón, con pocos recursos económicos, sin médicos ni masajistas, sin servicio mecánico, con un solo plato y muy pocas coronas en el piñón, por pistas de tierra en unas etapas larguísimas. Todo un homenaje a los pioneros.

Saber de ellos también llena el cesto, ese cesto que en mi caso va lleno de lo dicho, porque eso es lo que yo entiendo por Cultura Ciclista.

Por Carles Soler, desde La Pedals de Clip

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Las historias del abuelo ciclista

Jaime Mir JOanSeguidor

Llorenç Cabrol nació en 1888. Ciclista enrolado en la Cruz Roja, fue uno de los impulsores de la asociación de cinco clubes ciclistas de Barcelona que en 1917 dieron vida a la Agrupació Ciclista Montjuïc, entidad que este año cumple cien años de vida.

Conocida también como «la Grupa» el otro día, en la presentación de “Secundario de lujo” en el Campus de Orbea en Barcelona, vino uno de sus representantes a saludarnos y hablarnos del cariño que le están poniendo al centenario, pues Jaime Mir fue director del Tedi, equipo que la agrupación barcelonesa.

Sobre Cabrol y su “Grupa” añadir que fueron pioneros del ciclocross en España, organizando la primera carrera de la que se tiene constancia en 1921 y que organizaron una carrera pionera que luego daría lugar a otra emblemática prueba: la Subida a Montjuïc, la precursora de la escalada que todos conocimos hasta hace diez años.

Una día pude estar en la casa de Pau Cabrol, el hijo de Llorenç. Desde su salón comedor, con vistas de primera línea sobre la Sagrada Familia, me habló de su padre, de los orígenes de la Grupa, de los primeros tiempos. Ellos regentaron también Ciclos Cabrol y presidieron la entidad centenaria. Me habló como su padre reunió todo el archivo del Montjuïc los días que las tropas franquistas entraron en Barcelona, para mantenerlo íntegro y saborearlo estos días. Qué historias.

Son las historias del abuelo, que en ciclismo son más añejas su cabe. Porque volviendo sobre Mir y la presentación, pudimos hablar de muchas cosas de este personaje, llamadlo como queráis, porque alguno se ofende absurdamente si le etiquetamos de auxiliar. Entre esas cosas, hicimos un pequeño índice sobre lo que contiene el libro y que está explicado de viva voz, como quizá en unos años no podamos oírle porque la vida pasa para todos.

Cuando hablas con Mir lo haces con una persona que vio ese saco de huesos que era Bahamontes ganando el Tour del 59, que comprobó las eses de Tom Simpson en el Ventoux, minutos antes de morir, que apreció la intimidad de Luis Ocaña, que cena y convive con el arisco Pérez Francés, que fue testigo como Santiago Revuelta convenció a Teka para que invirtiera en ciclismo y que lidió con la excitada gendarmería que escudriñaba las podridas entrañas del Festina en ese infausto Tour del 98.

Cuando hablas con él, lo haces con un testigo primero de la historia, la suya, que es única y real, que se ha cruzado con la de nombres y acontecimientos que trascienden, hasta con el general De Gaulle. Esa suerte que es tan poco apreciada, la tuvimos durante los meses que nos dedicamos a entrevistarle y a hablar con Jaime y oír sus historias con esos giros que gustaron entre la audiencia que nos acompañó la semana pasada en la presentación del libro.

Porque apreciar lo que nos cuentan nuestros mayores, además de entretenernos y deleitarnos, nos sirve de mochila ante la vida y lo que ha de venir, y a veces cuando llegar a puerto te das cuenta de que lo que todo lo que llevabas en las alforjas te fue necesario. Por eso os recomiendo que cuando se os acerque alguien contando esa batallitas del abuelo, no minusvaloréis lo que os dice, porque seguro sacaréis algo en claro. Yo lo he hecho, con Mir, pero también con Casadevall, con Gadea, con Cabrol, con Esmatges y otros muchos que me han dado el gusto y cariño que tengo por este deporte.

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El gran día de Luis Pedro Santamarina fue un día negro

El lunes falleció Pedro Luis Santamaría, un histórico ciclista de los setenta, uno de esos corredores que desde su anonimato se hicieron imprescindibles a los grandes líderes. Santamarina fue uno de esos ciclistas que acompañó a Luis Ocaña aquel día que llegó hecho un nazareno en la meta del Tour. Santamaría no ganó muchas carreras y una de ellas fue ese fatídico mes de julio del 67.

Julio de 1967. Ciclismo de quilates a un lado y a otro de los Pirineos, ciclismo de luto, ciclismo negro. En quince escasos días Jaime Mir contempló cómo dos corredores perdían la vida en la carretera compitiendo y practicando el deporte de sus amores, ejerciendo su profesión. El día soplaba caluroso, extenuantemente seco en las lomas del Mont Ventoux, el monte que describió Petrarca y que desde antiguo los romanos dejaron pelado, como un gran pedrusco, solo, en medio de la Provenza. Mir llevaba el 600, el único de toda la caravana del Tour, que Joan Plans dispuso para seguir la prueba para El Mundo Deportivo.

La carrera iba disparada. Julio Jiménez, ya en el Bic, iba doblegando rivales, hasta que Raymond Poulidor fue el último en ceder. El coche de Mir y Plans iba unos minutos por delante del pelotón y estos seguían los sucesos por la radio no sin disgusto, porque en las ondas parecía que solo corría Poupou, cuando el relojero de Avila volaba cuesta arriba y otros como Janssen, Gimondi y Balmamion estaban también en la brega. Estos franceses…

Jiménez en cabeza iba fuerte, coronaría con más de un minuto, pero a juicio del locutor su estilo era tosco, poco elegante, muy alejado del volar tibio y suave de su Poupou. Cuando Pingeon flaqueó por detrás fue por un contubernio de los italianos, con Gimondi al frente. Plans estaba irritado. Las palabras de aquel locutor francés no retrataban la grandeza de una etapa que con los años pasaría a la leyenda más pesada de la mejor carrera.

Sin embargo, las frivolidades quedaron al margen cuando Mir y Plans pegaron la oreja al aparato. Se informaba del desplome en plena subida de un ciclista, el inglés, largo y espigado Tom Simpson. La noticia llamó la atención desde el primer momento y cobró todo el protagonismo cuando se informó que se había caído nuevamente de la bicicleta, en plena subida, tras un zigzagueo que hacía presagiar lo peor.

Pasada ya la cima, por la que transitó el primero Julito Jiménez, la radio seguía escupiendo malas noticias. El doctor Pierre Dumas, el mítico galeno de la carrera, había tomado las riendas de la situación. Tras sufrir un desvanecimiento a tres kilómetros de la cima, Tom Simpson entró en estado de coma. Sobre la misma carretera, a la altura del monolito que con el tiempo le levantaría en su memoria, el corredor fue atendido, experimentando una leve mejoría, pero fue eso, leve, y también breve. Fue trasladado en helicóptero a Aviñón, en cuyo hospital falleció.

Mir y Plans, desbordados por las informaciones, desconocían los motivos de aquel desvanecimiento y posterior muerte. De hecho el periodista narró al día siguiente, en crónica enviada por servicio telex y no cantada por Mir vía teléfono como años antes en el Tour de Bahamontes, que el corredor había “muerto en acto de servicio” luchando por no perder sus opciones y resbalando de la máquina en uno de los arrebatos que le dieron para acortar distancia con los primeros. Las primeras lecturas de aquello hubieron de ser rectificadas. Los médicos, por si acaso, se negaron a inhumar el cuerpo hasta practicarle la autopsia, cuyos resultados pasaron a la crónica negra del deporte.

El propio doctor Dumas tenía alguna declaración sobre los riesgos que algunos deportistas asumían con la consigna de ganar, ganar y ganar. El dinero que el atleta tocaba, añadido a la juventud de muchos de ellos, era el lastre de muchos competidores que cayeron en la tentación de ser unos “campeones artificiales”. En la conducta de Simpson había mucho de eso, y Pierre Dumas, con un generoso y escurridizo bigote, estaba con la mosca detrás de la oreja. El ciclismo había perdido a uno de sus deportistas más conocidos.

Agolpados en la sala de prensa, Plans y Mir escudriñaron la historia para saber quiénes habían perdido la vida en la carretera y salió el nombre de Francisco Cepeda, quien en los años del buen amigo de Jaime, Mariano Cañardo, se dejó la vida en un terrible accidente bajando el col del Galibier hacia Bourg d’Oisans.

Simpson estaba a dos años de colgar la bicicleta, de dedicarse a vivir la vida en Australia bajo el sol que no tuvo ni en sus islas británicas ni en Gante, donde aprendió el oficio. La muerte truncó sus planes. El Tour prosiguió y acabó en manos de Jan Janssen con la campana sonando.

Tan solo dos semanas después, retornado de Francia, Mir se acercó a Sabadell porque allí se celebraba el Campeonato de España de ruta, que entonces se dirimía en lucha contra el crono por un recorrido aterrador de poco menos de 100 kilómetros. Dos pasos señalaban los registros intermedios; en ambos Carlos Echevarría marcaría el mejor tiempo. En el primer punto, Sant Llorenç Savall, Vélez se dejaba casi un minuto. Valentín Uriona era cuarto y Luis Santamarina, noveno, a más de dos minutos. El siguiente punto volvió a poner a Echevarría primero, pero con Santamarina en franca recuperación, quinto, y Uriona en medio, cuarto.

En línea de meta Luis Santamarina completó la hazaña saltando hasta el triunfo final tras dos horas y cuarto de esfuerzo individual, dejando a Echevarría a menos de medio minuto. Tercero fue el compañero del ganador en el Fagor, Ginés García, que se dejó poco más de un minuto.

Sin embargo, para cuando la totalidad de los participantes había completado el recorrido, las miradas, el corazón de los allí presentes estaba unos kilómetros antes de atravesar el arco de Sabadell, estaban con Valetín Uriona, cuyo maillot de Fagor era un harapo ante las curas que los médicos de la carrera le habían aplicado. Uriona se había estrellado en plena ruta. La jornada festiva, el palco lleno de autoridades, Mir ejerciendo de maestro de ceremonias en la meta, y de repente una ambulancia con la sirena causando estruendo cruzaba el lugar camino de una clínica en la que poco se pudo hacer ante el estropicio de la caída. Uriona fallecía y empañaba un día caluroso de julio, el último del mes.

Valentín Uriona fue un ciclista vizcaíno que ganó carreras interesantes como la Milán-Turín o el Dauphiné. Murió con solo 27 años. Mir lo atendió mucho en la época en la que ambos coincidieron en el Kas, a inicios de la década de los 60. Curiosamente Uriona había abandonado el Tour el día en que Simpson perdió la vida en el Ventoux. El siguiente en la fatal lista sería él, cientos de kilómetros al sur. Era un tipo alto, fuerte y tosco. Su simpatía estaba en proporción a sus tremendos gemelos. Una pérdida irreparable, la segunda en escasos 15 días. Quiso el destino que Mir presenciara ambas.

Para mí fue un salto de cadena, salió despedido y se quedó ahí. Nosotros salimos un par de corredores detrás de él, lo adelantamos y cuando llegamos a meta nos enteramos de la tragedia. Cuando pasamos por su lado no estaba muerto aún, pero al poco se informó de su fallecimiento. Cuando corrió la noticia aquello se enfrío. El podio parecía una procesión de curas”.

Extracto de «Secundario de lujo» de Cultura Ciclista

Este cuento me gusta más

Hace un año por estas fechas, con el objetivo de ambientar la espera del Tour, o los momentos posteriores a la carrera, en las soporíferas tarde de julio, Sergi López Egea sacaba con Cultura Ciclista el libro “Cuentos del Tour”, una de esas casualidades de twitter y de lo que escribes por la red social desde los pasillos cuyas paredes escondían los secretos de la Operación Puerto.

Como cada vez que un libro de ciclismo cae en nuestras manos, la opinión que intentamos transmitir es la más cercana a nuestro criterio, entonces tildamos el libro de “obra ligera” y llevadera, para leer rápido y aprender un poco de las entretelas de este deporte que quien no lo conoce por dentro no sabe qué se pierde.

Ahora nos llega Sergi con “Cuentos del pelotón”, una obra que sinceramente nos ha gustado mucho más porque abre el foco y demuestra una cosa que aquí siempre hemos defendido, el ciclismo es mucho más que el Tour y que incluso, si nos dieran a elegir, una buena Roubaix, una ventosa Wevelgem, nos atrae incluso más que la gran carrera del ciclismo.

Los cuentos de pelotón de esta vez nos hablan de más de veinte años mamando ciclismo desde los coches, moteles, hoteles y demás rincones de media Europa, y parte de América. Se habla de la grandeza de Alejandro Valverde, de los despistes de Oscar Freire, de los novios que bendijo Cipollini, de…

Sin embargo hay una historia que nos gusta especialmente porque la consideramos políticamente incorrecta y es la que habla de los ángulos de la relación de Miguel Indurain con sus mentores Echávarri y Unzué. Esa historia es la esencia misma del ciclismo y de la vida: cuando vales, cuando sirves, cuando ganas, todo es perfecto, palmadas y demás parabienes; Cuando las cosas se tuercen surgen los problemas. Es nítido y cristalino.

A Indurain le tocó bailar con la más fea cuando dejó de ganar Tours, de hecho hubo momentos en ese 1996 como si nunca hubiera ganado cinco ediciones del tirón y seguidas. Imagínense cuán tocada quedó la relación entre el campeón navarro y sus directores que en la fiesta de los 35 años de Abarca (desde Reynolds a Movistar) el gran ausente fue el de Villaba, cuando él fue el artífice de esa historia. En fin, cosas que pasan y que ocurren. Contarlo me parece un acierto, eso también es ciclismo.

Imagen tomada de www.arueda.com

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La gorra de Lucky Bästerds para este duro verano 

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Escribir sobre los antiguos es gratificante

El pasado jueves la nueva tienda de Orbea en el centro de BCN, el Campus Orbea Barcelona, fue el entorno de la tercera presentación que hemos hecho de El primer campeón”, la historia, mundo y vida que le tocó en suerte a un ciclista de los de antes, de Mariano Cañardo. No me digáis qué motivo existe o si siempre esto fue así, de lo que no cabe duda es que los que escribimos un libro tenemos que movernos como creo que hace dos décadas no era menester. Entonces posiblemente se presentara un vez el libro, tu editorial te lo movía y a otra cosa. Ahora somos un poco como las folclóricas, debemos ir a ver a nuestro público, a testarlo, a saber de él.

Y aunque esto se añada a las obligaciones de tu día a día, no deja de ser bonito hablar de tu libro y de lo que cuenta con gente que lo ha leído o quiere hacerlo. Diría más, es una gozada. Como digo esta semana fue la tercera vez que lo hicimos, sin la liturgia ni ceremonial del Campo del Barça en enero y con un buen grupo de amigos rodeándonos en tan señalada fecha, pero con la complicidad de la genial presentación que Pedro Bravo organizó en Madrid.

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Como sabéis Juan Antonio Flecha estuvo en la tertulia que siguió a la presentación más formal. El acto arrancó con  unas palabras del siempre locuaz, este jueves especialmente crecido con el micro en mano, el editor de Cultura Ciclista, Bernat, y de un servidor hablando de cómo Cañardo culminó un enorme proceso de reorientación industrial que aconteció en Eibar tras la primera Guerra Mundial.

En la ronda de comentarios que emanaron del público se dijeron cosas muy interesantes, hasta se nos invitó a hacer una porra para el Tour. Flecha lo tuvo claro: “Los rivales del Giro de Contador, nunca han ganado una grande, en el Tour se va a encontrar con tres que sí lo han hecho”. Sea como fuere, si corriera Juanjo Cobo serían cuatro y no creo que el tema variara en exceso.

Sin embargo hubo una pregunta que me gustó mucho: “¿Habría un ciclista de la actualidad que tuviera una biografía tan atractiva como la de Mariano Cañardo?”. Mi respuesta fue que «no, ni por asomo«. Y es que el ciclismo de hoy lo tenemos tan por la mano, tan al alcance en tantos aspectos y facetas que mira tú por donde se nos va la fuerza y el atractivo en la propia inercia de los tiempos. Recordó Flecha lo que un anciano de Fiuggi le dijo al ver la parafernalia del Giro: “estábamos mejor cuando estábamos peor”, y quizá esa misma expresión se pudiera aplicar al tiempo que vivió Cañardo, muy complicado, durísimo, sin duda, pero desprovisto de las tonterías que tenemos hoy en día.

Porque la historia que cuenta el libro de Cañardo está documentada todo lo que puede estarlo y sometida al escrutinio de gente que conoció la época, pero no podemos negarle el aire de lo desconocido y el espacio que éste deja a la literatura pura y dura, como aquellas páginas enormes, escritas por los periodistas de entonces que sólo sabían del cinco por ciento de lo que ocurrió en realidad sin que ello les significara brindarnos crónicas que traspasaron el tiempo. Esa esencia también la quiere homenajear este libro.

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Aprovechamos para invitaros a conocer el Campus Orbea BCN

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Los nuevos nidos de la cultura ciclista

La cultura ciclista existente en España, si la comparamos con la de otros países del resto de Europa es bastante pobre. Hasta hace pocos años, la mayoría  de los libros que hablaban de este bello deporte y sus grandes gestas llegaban de fuera. Curiosamente, esta realidad parece que está cambiando.

Aquí siempre han habido cosas que contar, muy buenas e interesantes pero hasta hace bien poco era difícil que se trasladara con interés y esmero al público. Ahora las tornas son más favorables, crece el interés por parte de los aficionados y las propuestas se multiplican encima de la mesa. Al margen de las propuestas editoriales –que algún día trataremos- surgen sitios, lugares y puntos de encuentro para divulgar el enorme acervo cultural que supone el ciclismo. Parece que esta nueva etapa del ciclismo viene cargada de nuevas inquietudes.

¿En qué podemos notar estos cambios?

¿Qué nos hace ver la realidad tan diferente?

Bajo mi punto de vista volvemos a toparnos con esa nueva ola de ciclistas aficionados que buscan otra cosa. No se busca lo de siempre, se quiere algo nuevo, en ese sentido no es casualidad que aparezcan nuevos formatos de revistas, como tampoco lo es que cambie la imagen de ciertos equipos Pro Tour o que las tiendas ofrezcan otro aspecto, mucho más cercano, más artesanal, como un sitio que no lo ves de trabajo sino como un entorno agradable donde compartir lo que te gusta. ¿Qué decir de las cafeterías y negocios de restauración y ocio con la bicicleta como eje?

Hay que darse cuenta que el actual aficionado al ciclismo hace de este deporte un estilo de vida 24 horas por 365 días. Como dijimos hace una semana, la bicicleta no es una forma de ocio, es parte de la vida, del día a día de las personas. La bici lo es todo al mismo tiempo: su medio de transporte, su pasión, su tema de conversación  e incluso su filosofía.

Hay ciertas tiendas que están recuperando una historia que no estaba plasmada en los libros. Son sitios donde se puede saber de los orígenes de nuestros grandes ídolos pero de la evolución de la mecánica de la bicicleta en los últimos 30 años: cómo empezó el BTT en este país, las marcas icónicas hace treinta años y todas esas cosas que siempre nos atrajeron.

Se habla con nostalgia del pasado, pensado que entonces la bicicleta estaba mucho mejor, pero la realidad es la que describimos. Incluso se lucha por recuperar aquella bici de la adolescencia para hacer una reunión o tomar parte en alguna de las carreras clásicas que cada día son más populares.

Es en estas conversaciones de taller donde se cuece o se madura toda esta información. En ciudades como Barcelona se crean eventos para poder divulgar una parte de esta cultura urbana sobre la bicicleta, es el caso de @cyclo, donde se reúnen periodistas, corredores, diseñadores, artesanos, viajeros, entrenadores, artistas, músicos y todo tipo de personajes que tienen como punto de unión la bicicleta.

Aunque sean muchos los mundos que describimos y parezcan inconexos, lo cierto es que se está creando un todo que hace crecer la bola y la convierte en imparable. La bicicleta crece y no sólo tiene porque hacerlo por los carriles bici.

Desde Barceloneta Bikes

Imagen tomada de Kapelmuur Madrid