Os presento mi primer libro

En los años 20 y 30 del siglo pasado el ciclismo era un edificio con el esqueleto al aire. Solo el Tour de Francia y algunas clásicas ofrecían cierta perspectiva; el Giro era joven, la Vuelta no existía y el mundial era un recién nacido. En España las cosas resultaban más precarias. Solo la Volta a Catalunya ofrecía pulso y tradición, el resto estaba por hacer.

Estrellas domésticas hubo, pero pocas, muy localizadas y raramente documentadas. Fue en 1925 cuando irrumpió un joven navarro en las carreras catalanas para torcer la historia. Por muchos motivos Mariano Cañardo fue el pionero, el primer campeón del ciclismo español. Registros suyos siguen vigentes. Fue el primer ciclista hispano enteramente profesional, dotado de un método y una sapiencia que no se dieron en su tiempo. Su talento se apreció más allá de los Pirineos.

Todo ocurrió en unos tiempos marcados por la inestabilidad política, social y económica. Siempre estuvo rodeado de circunstancias trágicas. La penuria de la Primera Guerra Mundial lo sacó de su Olite natal; vivió en primera persona los siniestros 20 en una Barcelona que era hervidero de sensibilidades; la Guerra Civil le obligó a permanecer en Francia, y la Segunda Guerra Mundial no le dio opción de proyectar la experiencia que había acumulado. Una vida a mil por hora, polvorienta, sufrida y blaugrana, como solo los héroes de aquella época pudieron protagonizar.

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“El primer campeón. El mundo que vio Mariano Cañardo” es mi primer libro en solitario, algo completamente diferente a lo que había hecho hasta la fecha y a pesar de haber colaborado en otras obras. Ni qué decir que la envergadura del proyecto a nivel personal es enorme.

Lo que os he puesto es el texto de la contraportada. Cultura Ciclista ya lo tiene en su vitrina, si queréis más podéis comprarlo aquí.

La versión de Bjarne Riis

Hace unos días sacamos un extracto íntegro escrito por Bijarne Riis en el que narra su ascensión a Hautacam en el Tour de 1996. El relato es bueno, bien escrito, detallado, con impresiones personales y percepciones sobre los rivales. Aquel día Riis jugó a ser Dios, voló alto y su alas se derritieron por el sol del triunfo. De aquella infausta jornada mucho se ha dicho. La expectación que levantó el post en cuestión y los comentarios generados son testigo.

Antes del Tour, Cultura Ciclista sacó el libro “Nubes y claros” firmado en solitario por Bjarne Riis. Es la historia de quien hoy maneja los destinos del mejor ciclista español de la actualidad, Alberto Contador. Es una historia contada desde el principio y para quienes hayan leído los libros de Guimard y Fignon les resultará familiar. Joven emprendedor, decidido por su carácter y circunstancias a sacarse las castañas de fuego desde bien joven que no duda en coger el macuto e irse a un inmundo apartamento de Luxemburgo desde el que construir su imperio.

Riis narra directamente sus frustraciones, éxitos, fracasos y momentos dulces. El gran sabor del primer sueldo generoso, la escalada al estrellato  mezclada con sus intrigas personales y la llamada que le cambió la vida. Es el retrato desde diferentes puntos de vista de una persona que mal que nos pese tiene mucho que ver con el ciclismo que vemos en la actualidad. No en vano está al mando de una de las mejores estructuras del mundo desde hace unos doce años. Por sus manos han pasado grandes ciclistas e incluso se han dado circunstancias complicadas, como la gestión de los problemas de cadena de Andy Schleck en Balès frente a Alberto Contador cuando sabía a ciencia cierta que el madrileño sustituiría al luxemburgués al frente del equipo.

Es curiosa la reiterada admiración que le dispensa a Laurent Fignon, de quien narra en primera persona su derrota en el Tour de 1989 frente a Greg Lemond, y digo que es curiosa porque el francés no admiró precisamente al danés, de quien siempre dijo que es el vivo ejemplo de cómo el dopaje puede hacer un caballo de carreras de un podenco.

En la obra Riis da su versión, entra en ciertos detalles e incurre en manifiestas contradicciones con otras obras, con las de Tyler Hamilton. Sería bonito un careo entre ambos un día. Pero hasta que ese momento llegue, juguemos a utópicos, nos quedaremos con su versión, la leeremos y la creeremos más o menos. Juzguen ustedes mismos.

 Imagen tomada de www.bt.dk

INFO

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“Hautacam”, por Bjarne Riis

Veía a Zülle nervioso, mirando a su alrededor, inquieto, como si estuviera a punto de atacar. Estábamos llegando al pie de los 13,5 kilómetros de subida que conducen a Hautacam, con una pendiente media del 7,8%. Allí se iba a decidir el Tour de Francia: en tan solo 13 kilómetros de escalada, durante los cuales tenía que batir a mis rivales lanzando el ataque decisivo que demostrara que aquella carrera era mía y que yo merecía llevar el maillot amarillo.

El inevitable ataque de Zülle no tuvo otro efecto que estimular a Indurain, quien aumentó el ritmo para intentar deshacerse de los corredores más débiles del grupo. Puse a Bölts y a Ullrich a marcar un ritmo aún más elevado. “A tope hasta que no podáis más”, les dije, “luego llegará mi turno”.

Me descolgué hacia la parte trasera del grupo para observar los rostros de mis rivales. Estudié sus desarrollos, qué piñón estaban moviendo, y me fijé en si cambiaban muy a menudo, un buen indicador de si les estaba costando encontrar su ritmo. ¿Se ponían de pie más a menudo de lo que solían? ¿Les quedaban balas en la recámara? Me di cuenta de que todo el mundo iba casi fuera de punto, al máximo de sus pulsaciones, cosa que genera mucha tensión y te lleva rápidamente al límite. No parecía que pudieran aguantar mucho antes de que el ácido láctico empezara a agarrotarles las piernas. Había llegado el momento de poner en práctica todos los trucos que Fignon me había enseñado a la hora de analizar el estado de mis rivales. Sabía qué síntomas tenía que acechar. Una parte importante de mi trabajo era estudiar la competición. ¿Se sentaban en el sillín de forma rara? ¿Tensaban los músculos del cuello? ¿Apretaban los dientes? ¿Resoplaban? Deduje que lo estaban pasando mal. Rominger sin duda, así como Berzin.

Lancé un ataque, obligándolos a exprimirse todavía más. La joroba de Rominger se hizo más prominente. Olano se sentó todavía más en la punta de su sillín, y Berzin se las veía y se las deseaba para mover un desarrollo demasiado grande. Los hombros de Induráin parecían hundidos. Era un buen síntoma de que estaba a punto de explotar, tal y como yo pretendía. Los cambios de ritmo habían hecho mella en el defensor del título, quien hacía un buen rato que iba al límite. Yo no había lanzado todavía un ataque al cien por cien de mis posibilidades, así que todavía me quedaban balas en la recámara, pero yo era el único que lo sabía. Volví a atacar enseguida, cosa que bastó para soltar a Olano y a Berzin. Ya llevaban demasiado rato fuera de punto. Tras unas cuantas aceleraciones más aflojé hasta casi detenerme y puse el plato pequeño para dar a entender que yo también estaba sufriendo. Pero inmediatamente volví a poner el plato grande y aceleré otra vez, y en aquella ocasión fue Indurain el que se quedó.

Mi desarrollo secreto los había hundido. Podía verlo en sus miradas. Cada vez que había atacado lo había hecho con el plato grande, mientras que ellos sufrían para mover el pequeño. Aquello les hizo creer que yo iba cómodo con el plato grande y que estaba demasiado fuerte. Con mucha gasolina en la reserva y con las riendas de la etapa en mis manos, aceleré por última vez y me marché en solitario. Nadie pudo seguirme. Se había acabado. Habiendo roto a mis rivales con mis ataques previos, me dediqué a darlo todo, seguro de que ninguno iba a poder alcanzarme.

Subí en solitario los últimos siete kilómetros. Tenía el Tour en mis manos. Virenque, Leblanc, Laurent Dufaux y Leonardo Piepoli intentaron organizar un grupo perseguidor, pero era demasiado tarde, y estaban demasiado agotados como para tener alguna posibilidad de echarme el guante. Aunque mis esfuerzos también me estaban pasando factura, y los últimos kilómetros se me hicieron eternos. Lo había dado todo, y mis piernas empezaron a arderme mientras resoplaba agitadamente. Tuve que autodisciplinarme y concentrarme en pensar que cada segundo ganado me acercaría más a la victoria final. Tuve que hacerme amigo del dolor, aceptarlo y no dejar que se impusiera en mi cerebro ni en mi cuerpo. Lo aparté a un lado, me convencí a mí mismo de que podía mantenerlo a raya durante un par de minutos más.

De hecho, durante los últimos cinco kilómetros continué aumentando mi ventaja porque pude mantener la velocidad, hacer caso omiso del dolor y obligarme a seguir hacia arriba. Al llegar a la pancarta de los últimos 500 metros me invadió un sentimiento de euforia, y el subidón de adrenalina mitigó el dolor de mis piernas. “Llevas más de un minuto de ventaja”, me gritó Godefroot desde el coche del equipo. Dejé que me invadiera la alegría y el orgullo y me permití hacer una verdadera celebración, besando mis índices y señalando con ellos al cielo. “Ahora sí que puedo considerarme el mejor”, me dije. Había conservado el maillot amarillo e incrementado mi ventaja sobre el segundo clasificado, Olano, hasta los dos minutos y 42 segundos.

Miguel Indurain había sido hasta entonces el jefe indiscutible del pelotón, gracias a sus cinco victorias consecutivas en el Tour, entre 1991 y 1995. Para mí siempre será un gran campeón. Su derrota de 1996 la asumió con dignidad. Otros corredores con menos clase en una situación similar habrían dado rienda suelta a su ego y a su orgullo, y habrían abandonado la carrera en vez de prolongar su sufrimiento, pero Indurain no era de esa calaña y prometió continuar luchando. Al día siguiente llegábamos a su ciudad, Pamplona, y yo quería reconocer en público la categoría de aquel hombre. Indurain hablaba un poco de italiano y de francés, así que no teníamos muchas posibilidades de comunicarnos, pero siempre me pareció una persona excelente.

Extracto del libro “Nubes y claros”, la autobiografía de Bjarne Riis (Cultura Ciclista)

Imagen tomada de http://www.temquesuar.com.br/

INFO

Hablando de Hautacam, os presentamos Cucu Barcelona…  

maillot-hautacam… una marca que reúne moda, elegancia y pasión por el ciclismo en todas sus prendas. Una bocanada de aire fresco con la cultura ciclista como centro de gravedad y la idea de permitir a los amantes de este deporte lucir su pasión tanto encima de la bicicleta como en su día a día.

Cucu Barcelona no cree en ese maillot únicamente funcional y usado como pancarta publicitaria, quiere ir un paso más allá. Para nosotros los diseños cuidados y sobrios son la mejor manera de transmitir la belleza del ciclismo, y el toque retro de nuestros maillots homenajea los primeros años de este deporte, donde la épica era una constante.

Alpe d’Huez, Hautacam, Galibier, Tourmalet, Mont Ventoux, Angliru… los puertos más míticos de la historia del ciclismo colman los diseños de nuestros maillots y la línea de ropa urbana. De este modo, el sello distintivo de Cucu Barcelona resulta ser la cultura ciclista sumada a la elegancia de la moda convencional. Una apuesta diferente, una apuesta por la pureza del ciclismo.

Toda la información: www.cucubarcelona.com

El ciclismo de entretelas

 Cuentos del Tour 2

Dijeron Sergi López, autor, y Bernat López, editor, que se trata de “un libro pequeño pero peleón”. Lo dijeron en la presentación de “Cuentos del Tour”, el libro que nos trae hoy aquí, y lo dijeron con Carlos de Andrés, nada menos, como testigo y un auditorio que no daba más de sí.

En efecto es un libro pequeño y peleón. Efectivo diría yo. Una obra ligera, ideal para maridar con una etapa del Tour en estas pesadas y largas tardes de verano, un vistazo al ciclismo de rebotica, de entretelas, y ahí quizá resida la originalidad de la obra, que abre la puerta a nuevas entregas e historias porque en definitiva las vivencias que se suceden en tres semanas por Francia dan a veces mucho más que la propia carrera y lo que la gente ve en la televisión.

Varios son los elementos que definen la obra y que en cierto modo satisfacen en parte la siempre incompleta curiosidad del aficionado que bebe los vientos por saber lo que pasa detrás, lo que se cuece en los coches de equipo, en los hoteles, entre los periodistas,… esas cosillas que yo al menos no recuerdo, válgame Dios, haberlas leído en ningún sitio.

Con especial predilección en torno a José Miguel Echávarri, Eusebio Unzué y toda su camarilla, se entrelazan historias al azar, cuentos que leídos ahora explican muchas cosas y que se disponen de forma más o menos cronológica si bien se acompañan de largos preámbulos en la mayoría de los casos. Preámbulos e historias que hablan de Vicente Belda, de Alex Zulle, de Manolo Saiz, de Marco Pantani, de Lance Armstrong,… y hasta de Eufemiano Fuentes con un estropajo, lo más peligroso desde aquello de un mono con una cuchilla.

Con este libro, y el del controvertido –por ser benévolo- Bjarne Rijs, crece y crece el fondo de armario de Cultura Ciclista, esa locura de editar libros de ciclismo que hace un par de años, en una tostada tarde de agosto, me presentó Bernat y ahora llega a los doce títulos, una cifra muy honorable en los tiempos que corren y muy responsable de la vorágine de libros y títulos relacionados con el ciclismo, un carro al que muchos ahora se suben para sorpresa y regocijo de unos cuantos.

Y si me permitís, deciros que el libro 13 de Cultura Ciclista se está acabando de fraguar para ver la luz en septiembre, será una biografía increíblemente omitida en el tiempo, la de Mariano Cañardo, el primer gran ciclista de la historia de España, que además nos abrirá la puerta a una época convulsa y compleja como pocas le tocó vivir a un deportista. Un servidor la firma. Seguiremos informando.

El hambre de Luis Ocaña

Mariano José de Larra nació rápido, creció rápido, criticó rápido, vivió rápido y murió joven.

Madrileño de 1809, no pasaron más que 28 años para que desapareciera de la faz de la tierra. Inadaptado, enojado, incongruente con lo que le rodeaba, acabó frustrado. Su figura romántica fue inspiración de su generación  y las venideras.

El áurea de inadaptado le cinceló, el paso del tiempo le tuvo por uno de los mejores retratistas de la España que le tocó vivir, de la España que le tocó vivir a Luis Ocaña, de la España que nos toca vivir a nosotros. La del “vuelva Usted mañana”.

Carlos Arribas ha hecho una bomba, una bomba de figuras estilísticas, de aromáticas descripciones de los campos y valles que vieron crecer a Luis Ocaña, de los viñedos franceses que le dieron el terruño que tanto ansió.

Carlos Arribas, el plumilla ciclista de El País,

no escatima medios para describir el hombre que el más famoso de la estirpe Ocaña, un ciclista, una persona, que como Larra, no vivió nunca conforme, que nunca acató, ni nunca asintió. Carlos Arribas ha puesto tanto empeño en cincelar a Ocaña que no escatima, ni recursos, ni descripciones, ni temerarias conversaciones que inventa y pone en boca de los protagonistas con una seguridad y contundencia que suena a poesía. Conversaciones donde el protagonista repite machaconamente el nombre de su interlocutor.

Siempre me intrigó la figura de Luis Ocaña.

Le recuerdo vagamente, en los albores de mi amor por este deporte. En el Tour del 91, hablando desde las faldas del Joux Plane, disertando de los peligros de Miguel Indurain, en forma, fino, bajo el aguacero que amenazó su último día peligroso en el Tour que ganó.

Luis Ocaña, Arribas lo clava, un servidor lo tuvo siempre presente, fue el más grande ciclista de la historia de este deporte en España. Obviamente estadísticamente no, pero en temperamento, en calidad, en arrojo sí, sin duda, incluso por encima de los bemoles del Tarangu, ese olvidadizo asturiano cuyo nombre fue José Manuel Fuente, un “Quijote” también retratado en la obra cumbre de nuestros amigos de Cultura Ciclista.

El ciclismo para Ocaña fue una profesión, pero no una profesión entendida desde el carácter funcionarial y rutinario del término.

Para Ocaña el ciclismo era el medio de ganar dinero,

estaba en él por y exclusivamente por dinero. Todo lo demás son milongas. Porque el ciclismo salía de Ocaña desde la entraña, desde el hambre, eso que muchos se llevan a la cama  de pequeños y marca a fuego y sangre toda tu vida. Como si esa vaina sólo se doblara a golpes de genio y mala hostia.

El libro que firma Arribas, dantescas conversaciones a parte, describe el ciclismo de bilis. Un ciclismo de héroes que no arrimaban su culo al coche ni por toda la sangre que su rostro pudiera estar vertiendo.

El libro es interesante para saber e intuir la frustración y el carácter indómito que marcaron los rivales de Eddy Merckx. El belga, omnipresente, es tratado como en la pieza de Guimard, como una máquina inmisericorde de ganar, correr, ganar y correr.

A cualquier desliz, a cualquier paréntesis, Merckx responde corriendo, marcando y ganando, tanto y tanto que provoca ira, que enciente los bajos instintos de Ocaña, como un hambriento que solo sabe del duelo directo, del mano a mano, del desafío a muerte.

Ocaña, ganador, adinerado y luego arruinado, siempre tuvo hambre.

Lo demuestra en cada pasaje, en cada entrecomillado inventado. Rebaña los callos de la madre de su amigo Juan Hortelano como si fueran los últimos en ingerir antes de meterse un tiro.

Pero a Ocaña no sólo le movió el hambre, le vapulearon la incomprensión, era francés en España y español en Francia, los equipos desparecidos que le cargaron en su debe, el Fagor, el Bic, el Super Ser,…, los rivales mediocres, los discípulos mediocres.

Como un día me dijo José Manuel Olivan, compañero de desventuras en varias carreras, nunca estuvo conforme con nada, nunca atendió a convencionalismos. Nada le satisfizo, y en esa perenne desazón montó su vida y la llevo al galope, a golpe de relámpago, rápida, de menos de cincuenta años. Un pasaje corto, escueto y camicace. Casi tan rápido e intenso como esta obra que nos proponen Arribas y Cultura Ciclista.

Foto tomada de www.elperiodicodecanarias.com

La primera andanada de Luis Ocaña

Y así, el primer día, casi en el primer kilómetro de su primera carrera con el maillot del Fagor, la Vuelta a Andalucía, el sábado 10 de febrero de 1968, Luis Ocaña dijo quién era con un ataque que nadie se esperaba camino de Nerja. Primero fue Rinus Wagtmans, el holandés del mechón blanco, el acróbata rey de los descensos según consenso universal del pelotón, el que se exhibió. Fue bajando el puerto de Fuente de la Reina camino de Colmenar, en los toboganes de Riogordo y Alfarnate, donde huele a aceite y a tomillo y a humo de leña de las chimeneas de las casas diseminadas, y donde la luz de la Axarquía no es tan diferente a la luz de las sierras de Cuenca que iluminaron al niño Ocaña. Por allí, cuesta abajo, por su territorio de expresión habitual se lanzó Wagtmans y por allí, por donde nadie le conocía, apareció repentino e inspirado Ocaña. Se habían corrido 50 kilómetros, la mitad justamente, de una etapa corta y sin pausa. Ocaña sacó la chepa, pasó veloz por los toboganes tan aromáticos, adelantó ligero a Wagtmans, quien intentó seguirle pero cejó impotente en la subida a Periana, y siguió solo Ocaña, como solía siempre en las carreras de su juventud en Francia, sin mirar atrás. Por detrás fue el caos, un totum revolutum de nervios, juramentos, frenazos y amenazas. En el frenesí de la persecución Carmelo Morales despeñó un coche de La Casera y tuvo que ser el jefe del equipo, Bahamontes en persona, el que tomara el mando de las operaciones. Chillando a los suyos “¡Echadle huevos!, ¡los campeones se demuestran en la carretera!, el Águila, un director del pasado aún joven, lanzó a Sahagún, Sanchidrián y Martínez por la vieja carretera de Almería tras Ocaña, que ya llegaba a Nerja. Y tal fue el ímpetu de los muchachos de Bahamontes que rompieron el pelotón junto a tres más, pero nunca alcanzaron a Ocaña. El Francés, como le decían, pese a pinchar dos veces, llegó solo a Nerja, con 53 segundos de ventaja.

Ese era él. Y ese volvió a ser él al día siguiente, para desesperación de Matxain, quien aceleradamente empezaba a conocerle. Como a Ocaña, líder hermoso, le atacaban desde todos los lados, alfileretazos agudos dirigidos por Bahamontes y Morales, que compartían coche, qué remedio, azuzando a sus Caseras, Ocaña decidió irse del pelotón y atacó subiendo al elevado Vélez de Benaudalla, en la carretera que de Motril asciende a Granada. Demasiado para los nervios fáciles de Matxain, que aceleró juramentando y haciendo rechinar las ruedas, adelantó al pelotón y cruzó el coche delante de su ciclista para obligarle a desistir de su lejano ataque. Contra todo pronóstico, Ocaña pareció aceptar la consigna, puso las manos en la parte superior del manillar y se dejó atrapar. Pero en la segunda ocasión en la que atacó, subiendo el puerto del Suspiro, ya no hubo quien le parara. Ni siquiera quien lo intentara. Ocaña volvió a ganar la etapa, y aumentó su ventaja en la general en 43 segundos más sobre el belga Tony Houbrechts, del Flandria, su principal rival. Y fue justamente la noche que siguió a esa etapa, en el hotel intranquilo de Granada, cuando Mendiburu le dijo aquello de “eres un elemento con carácter, con mucho carácter”, una frase que no logró interpretar hasta el día siguiente.
El día siguiente era la tercera etapa, la Sevilla-Jerez de la Frontera, solo 100 kilómetros por las llanas campiñas del Guadalquivir, las tierras ricas y los campos de remolacha. Debería haber sido el día más tranquilo, pero para Ocaña fue el día del desastre, y, por ello, el día en el que se le abrieron los ojos, en el que comprendió aquello del “elemento característico”… Fue el día en el que el Flandria, el equipo belga dirigido por Brieck Schotte, pelirrojo y duro como un ladrillo, dominador del Tour de Flandes durante décadas, escogió para hacer una demostración de su arte. Aprovechando un ligero viento de costado, los belgas, que llevaban arropadito a su líder Houbrechts, empezaron suavemente a meter cuneta y como quien no quiere la cosa enseguida organizaron un abanico que cobró impulso según el viento crecía en fuerza. Ocaña intentó aguantar, pero al final cedió, 200, 300 metros, kilómetros… Por detrás de él se habían quedado muchos compañeros del Fagor que podrían haberse organizado en la derrota para minimizar sus efectos pues eran grandes rodadores, salvo Mariano Díaz. Allí estaban, además, Ginés García, Otaño y Vélez. Y Ocaña tuvo la impresión de que ninguno le echaba una mano de verdad, y llegó a Jerez  a 9 minutos de los Flandria y los cuatro fuertes que les habían resistido a los belgas.

Extracto del libro “Ocaña” recientemente escrito por Carlos Arribas y publicado por Cultura Ciclista

Foto tomada de www.ciclo21.com

 

En el ciclismo de masas, ganaba un negro

Deliciosa pieza de culto con la que nos obsequió hace un tiempo Cultura Ciclista. Las memorias de Major Taylor son necesarias para entender el carácter universal e infinito del ciclismo. Se trata en esencia de la historia de un ciclista negro que hizo las delicias de los expectadores y las amarguras de los rivales en el cambio de siglo, allá por 1900, cuando el ciclismo era la NBA y llenaba velódromos y pistas de medio mundo. Cuando Estados Unidos era la cuna del odio racial.

Curiosamente siempre que hablamos de ciclismo anglosajón lo hacemos en términos de novedad, sin embargo, las pistas de Chicago, New York y Dallas ya vivían tremendas veladas de ciclismo donde la audiencia dejaba sin espacio las gradas en un baño de fervor y éxtasis por los jinetes del peralte.

Cuando Major Taylor decidió ser ciclista todo le acompañaba: un espíritu indomable, un físico perfecto y una cabeza perfectamente amueblada. Todo aderezado con ese punto de soberbia de quien es el mejor en lo suyo. Pero su entrada no resultó sencilla, el fervor que despertó en el respetable fue proporcional a la indignación que creció en el corazón de unos rivales que no concebían un negrito mojándoles la oreja. Taylor les pasó a rodillo uno a uno, con la satisfacción doble o triple de ganarles, demostrarles que la diferencia entre colores de piel no era más que un prejuicio y llevándose unas bolsas de dinero que desde luego le proporcionaron una vida profesional y muy digna como nadie o casi nadie puede decir hoy en día del ciclismo en pista.

El libro es un relato cronológico de las andanzas de este corredor en los años que vieron la bicicleta crecer en la sociedad como elemento de transporte y entretenimiento. Los quemaderos de apostantes japoneses en kerin tienen un antecedente en estas competiciones de velocistas desbocados que se compinchaban por temas raciales para joder al negrito que les acostumbraba a ganar.

 

De toda la obra me quedo con dos pasajes perfectamente extrapolables al presente:

 

De camino hacia mi vestuario me di cuenta con más claridad que nunca de que el público siempre está con el ganador, independientemente del color de su piel

 

La modestia debería ser siempre una característica de cualquier campeón. Siempre me ha parecido que un campeón de verdad tiene que afrontar las carreras con autoconfianza pero nunca con presunción. En cambio he conocido corredores mediocres que transpiraban presunción antes de tomar la salida en las carreras

 

 

En unos tiempos convulsos como los actuales volver a las raíces es siempre interesante. Taylor vivió el tiempo en que el ciclismo estaba inventándose, casi de forma contemporánea a otro entrañable héroe, Charles Terront y su primera París-Brest-París, y por ello muchas de las cosas que dice tienen sentido pleno un siglo después. Ambos vieron el paso de la rueda maciza al neumático y ambos vivieron años muy complicados, Terront corriendo en medio de nada, Taylor impregnado del desprecio por ser negro. Quizá por eso en ambos tengamos un excelente baremo de cuán afortunados seguimos siendo.

Las razones para leer y entender a Cyrille Guimard

Cuando un servidor empezó a tener conciencia de ciclismo, Cyrille Guimard era Dios. En sus manos estaba el mejor equipo del mundo, una escuadra que iba mucho más allá de la mera marca comercial pues con él estaba nada menos que una empresa emblema como Renault. Guimard gestionaba un grupo humano poderoso en las mejores carreras, tuvo a su cobijo a Bernard Hinault y Laurent Fignon, al mismo tiempo y por separado. Incluso antes pudo ganar el Tour con uno de los ciclistas más grises que han poblado la elite de este deporte, Lucien Van Impe.

Guimard lo fue todo y quizá por ello servidor creció con un cliché de antipatía, pues no dejaba de ser el gran patrón en esos años en los que el ciclismo español aunque incipiente no dejaba de ser tercermundista. Las tornas cambiarían con rotundidad y en cinco seis años, coincidiendo con el Tour de Perico, España estaba en el mapa de las potencias ciclistas.

En su libro “Metido en carrera”, publicado recientemente por Cultura Ciclista, da una visión triangular del ciclismo alargada más allá de los cincuenta años. Narra su vida adolescente como un amor de verano con la bicicleta que le llevó al profesionalismo batiendo records de precocidad en todos los sentidos –muy en la línea de su futuro pupilo Fignon-, pues acabó por dejar la competición mucho antes de lo deseado por una lesión que le impidió chocar de frente y a pelo con el mejor Eddy Merckx, a quien llegó a tener a tiro. Entre otras muchas cosas, resulta curiosa la “mecánica” descripción que hace del astro de Bruselas, el mejor de la historia en datos pero desprovisto de toda humanidad.

Su amanecer ciclista se basó en un personaje, Jacques Anquetil, aunque también influido por su complemento, Raymond Poulidor, sinceramente, las descripciones de ambos son de lo mejor de la obra. Luego entró en los pormenores de la modernidad que llamó a la puerta del ciclismo para irrumpir con él como uno de los principales impulsores. La gestión total que por ejemplo hoy dignifica Team Sky la introdujo él. Acabó con esa pandilla de lobos solitarios que eran los ciclistas hace cuarenta años, los agrupó, les dio cobijo e instauró algo tan obvio como el entrenamiento en equipo. Por romper hasta rompió con los viejos y caciquiles sistemas de managers que regía el mundillo

Esos cambios son la punta del iceberg de un tipo que con cierto aire de arrogancia, pero sabedor de su decisivo papel en todo esto, escribe más de 300 páginas donde, eso sí, no deja tema por tocar. Hasta las escuelas de ciclismo de hoy en día y sus formas de hacer toman su cuota en la obra. Luego estarás de acuerdo o no con él. La descripción que hace del ciclismo de dos velocidades que acurrucó a Francia, de potencia hegemónica a mera comparsa, no se la compro, como tampoco las razones que da en su distanciamiento con Fignon. Pero como todo en la vida es opinable, y Guimard vierte buena opinión en su obra póstuma. Por cierto muy certera la semblanza de Bernard Tapie y sus maneras, tan y tan parecidas a bufones que hoy vociferan por el ciclismo.

Imagen tomada de www.veloveritas.co.uk