No conocen a Oscar Freire y se la pela

Dejadme que os cuente una anécdota. El pasado sábado asistí, con retraso, a la presentación de la biografía de Oscar Freire acompañado de un buen amigo y su sobrino de trece años. Ambos no eran del compadreo ciclista, pero sí que demuestran cariño y atención por este deporte, por todo lo que tenga que ver con el deporte en definitiva. Mi amigo adquirió el ejemplar de Juanma Muraday y se situó en la cola para que Oscar Freire se lo dedicara.

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Entretanto le pregunté a su sobrino cuándo había nacido. “En junio de 1999” me respondió. Le dije mirando la portada, “mira cuando se produjo esta imagen –Freire ganando el Mundial de Verona de 1999- tú eras un cagoncete de cuatro meses de vida”. Proseguí preguntándole “¿cuántos compañeros de clase saben de la existencia de Oscar Freire?”. “Nadie” me espetó. “Son unos incultos” concluyó.

Ciertamente lo son, y no por que sepan quién es o no un deportista que ha sido tres veces, tres, campeón del mundo, que manda huevos, sino por que ven la vida parcialmente, crecen sumidos en clichés y se postulan a alimentar la mucha incultura que existe en este país respecto al deporte.

Hoy es día de Sant Jordi en Catalunya. En otros lugares es el día del libro, me consta que festivo en Castilla y León, no sé si en otras partes también. La oferta de libros ciclistas es sencillamente abrumadora respecto a la que teníamos hace sólo un año. parece que la crisis haya hecho surgir las propuestas de entre las entretelas de castigado sector editorial.

En este renacer han tenido que ver mucho dos libros de excelente acogida como “Plomo en los bolsillos” de Ander Izaguirre y la biografía interesada de David Millar, “Pedaleando en la oscuridad”. Es tremendo como ésta última ha servido de pretexto para muchas columnas de opinión. Luego llegó Cultura Ciclista con varios títulos en cartelera y ahora la obra sobre Oscar Freire.

El autor de ésta última firma en Sant Jordi rodeado de personajes variopintos como Jorge Javier Vázquez. Me gustaría saber qué tal le fue al bueno de Juanma la firma de libros y cuántos calcula habrá firmado. Un día como el de hoy premia más el ruido y el estruendo que otra cosa. Por ejemplo el autor de Victus, Albert Sánchez Piñol, no quiere firmar por que recuerda que hubo un Sant Jordi donde una eminencia literaria casi no firmaba mientras un actor porno de prominente miembro sexual no daba abasto con una cola que doblaba la esquina.

Pero volviendo al principio, la cultura deportiva de un país se mide con ejemplos como el de Oscar Freire, una persona que siempre luchó contra molinos cuando intentó despertar cierta admiración en su país. Si cualquier chaval valora a Freire, como a Messi, Cristiano o cualquier otro admirable ser que se vista de corto para competir, entenderá cuál es la esencia de deporte en su extensión. Todo lo demás son visiones parciales e interesadas, una forma más de cincelar conciencias y mantener junto el rebaño.

Este antidopaje no es una ruina, es una desgracia

Cuando entró en la presidencia de la Real Federación Española de Ciclismo, José Luis López Cerrón advirtió que la cosa no iba a ser fácil. Conocido mundialmente por ser el proveedor cárnico de Alberto Contador en aquella infausta segunda jornada de descanso del Tour de Francia, el corredor luego director de equipo y finalmente organizador, acabó cerrando el círculo de su trayectoria vinculada al ciclismo en el peor momento de la historia del ente que rige la suerte de nuestro deporte.

En este cuaderno de anillado informe, varios han sido los testimonios que hablan de la parquedad en las arcas de la española al tiempo que admiten que ahora el trabajo va a ser si cabe cien veces más penoso, pues la indisposición de medios será la tónica. En este artículo publicado hace unos días en El País, López Cerrón se desfoga con Carlos Arribas.

El relato del actual presidente es ya de ciencia ficción. Si hace un año, sólo uno, nos dicen que los chavales del mundial de ciclocross se lo tendrían que pagar ellos y que parte del combinado del mundial de pista, ídem, habríamos flipado en todos los colores. Hubo un tiempo en que España vio cosas así, y volvemos a ello, aunque quizá con más dolor, pues venimos de épocas de abundancia.

José Antonio Escuredo nos explicó hace poco cómo funcionó la llegada de David Muntaner a un Mundial donde no estaba entre los siete convocados. Siete era la cifra que la RFEC podía permitirse pagar. El seleccionador escribe los nombres, prioriza y quién no pueda ser sostenido por el erario federativo que se busque la vida.

Lo realmente triste es que este proceder, que estoy seguro no es ajeno ni siquiera en países que consideramos mil veces más evolucionados que el nuestro, es que tenga que venir como consecuencia de la factura que el ciclismo se gasta en los controles antidopaje. Existe un libro, “Un diablo llamado dopaje“, editado por Cultura Ciclista, que habla de los desmanes y de la jugosísima industria que se mueve en torno a este concepto. Digamos que es como si a alguien, o algunos, interesase mantener vivo el halo de displicencia del dopaje para que sus controles, pasaportes y otras cuestiones sigan su curso.

No hace mucho el técnico del Movistar Mikel Zabala puso en este mismo cuaderno  algo así como que el ciclismo está mejor que nunca, en cuanto a limpieza, pero que su imagen es la más deteriorada de la historia. Al margen de que son muchos los factores que en ello influyen es realmente triste que en momentos donde un porcentaje muy alto del dinero se va en combatir el dopaje, estemos en este punto.

Al ciclismo le conviene luchar contra esta mal llamada lacra, pero quizá no de esta manera. Los equipos destinan una pasta al antidopaje. Se alimenta pues un círculo letal de deudas y castigo de imagen que puede acabar por dejar seca la maquinaria. La RFEC es ejemplo de ello.

Foto tomada de www.arueda.com

Con Rasmussen, cae un profesional de la mentira

La trampa y la mentira, argucias varias, y variadas, cincelan profesionales de las mismas. Personas que las tejen con cuidado y tesón, poniendo su mejor mimo y aporte personal. Una vez construida la falacia giran sobre ella, la retuercen y exprimen. Se proponen mantenerse a flote hasta que el cerco es insostenible. Cuando la evidencia les abruma sonríen, dijeron estar confundidos y muestran cierto alivio. “Ya no tendré que mentir más”, acaban manejando.

Bueno. Bien. Esta historia nos la conocemos. Asistimos a diario a una hilaridad tal que el torniquete de la realidad lo emerge todo. Empreñarse es cierta utopía. La posibilidad de cambio y enmienda no cabe. Miren por ejemplo el calvo danés con pinta de chorizo llamado Michael Rasmussen. Ciertamente patético. Un servidor creyó en la terrible injusticia que le estaban infringiendo y al final él resultó la cuña de la misma. Tuvo a bien cargar con una injusticia que se ganó por mentiroso compulsivo.

Saben que la obra más gruesa que Cultura Ciclista ubicó en su primer catálogo de publicaciones fue una tesis sobre el caso Rasmussen y todo lo que rodeó su expulsión del Tour de 2007. La obra es densa. Sus conclusiones indignan, en parte. El autor hace suyo el caso Rasmussen y sinceramente no queda muy bien parado por el propio protagonista de la obra. Digamos que el acusado desacredita a su abogado. Cómo de bien le vendería la moto Rasmussen al señor Moller, autor de la obra.

Sin embargo quedarnos en la corteza del hecho es injusto. Michael Rasmussen fue crucificado de forma vil y perversa por un rodillo llamado sistema que destripa a capricho. Al final de la historia, viendo algunas de las documentaciones que aporta el autor se despacha que Rasmussen pagó los platos rotos de no sabemos quién y sin adivinar porqué. Pues que Rasmussen no era trigo limpio estaba claro, pero acaso pensábamos que los que le rodeaban en el equipo y rivales estaban ajenos al sistema. Obviamente no. ¿Por qué entonces se cargó contra él y se omitió otra purrela?

Quizá en esencia ahí debamos encontrar la utilidad de la enconada defensa de Moller y sus elucubraciones a su alrededor. Ahora bien, toda esta coartada urdida bajo los pies del exciclista carece de sentido alguno cuando éste admite haberse metido en el cuerpo poco menos que la “marmita” donde cayó Obélix. No hubo vena de Rasmussen que no sondearan los algodones del dopaje y él lo negó, lo negó y lo negó. Ahora su rostro es la cara de un nuevo escándalo en el ciclismo.

Y es ahí donde volvemos al principio. Michael Rasmussen ha sido un mentiroso profesional, pues ha hecho del hurto el eje de su vida. Ello quiere decir que vivió una mentira tan instalada que la defendió como si de una verdad se tratara. Exactamente igual que Lance Armstrong, que nuestros políticos, que los muchos estafadores que pululan por este bendito mundo.

Cuando el acoso y la evidencia son abrumadores entonces sollozan y dicen querer cambiar. Buah. Pobres chavales los que en años venideros caigan en manos de este pro del mamoneo. Pobres por que sabrán que en el fondo nada cambia, que como Iñaki Pardo vino a decir hace unos días en este cuaderno: rodeamos, movemos y aireamos para que en definitiva nada cambie.

 

El humeante puzle humano de Laurent Fignon

Laurent Fignon lo repite varias veces en su biografía “Éramos jóvenes e inconscientes”. “Soy una persona complicada, difícil”. A la luz estaba. Pero su repulsivo carácter, en España era especialmente vilipendiado, algo recíproco, le añadía un plus de encanto que en las palabras que se autodedica que en la última obra traducida por Cultura Ciclista hayamos con total nitidez.

Tensas relaciones

Sin embargo y pesar de lo complejo de su estructura mental, el fenomenal ciclista parisino esboza ciertos comportamientos también en función de las personas que le rodearon. Sí, él que fue un ser humano enorgullecido de su emancipación y fácil éxito, perfila su ego merced a otras personas con nombre y apellidos que se cruzaron en su camino. Hemos querido tomar nota de algunas, que resultaron clave y desde luego moldearon ese tremendo ciclista que fue Laurent Fignon.

Por ejemplo Bernard Hinault, su ídolo y gran figura en sus tiernos amaneceres en pros pero rápidamente superado al año y poco de estar en el equipo. Dado que en 1983 Hinault expuso más de lo necesario para ganar la Vuelta, aquella decidida con la gesta de Ávila, el tejón causó baja en el Tour que acabó ganando de forma imprevista Fignon. Aquella ruptura de guiones, trastocó la naturaleza exaltada y primaria de Hinault. Fignon le soliviantó como nadie supo hacerlo.

De Greg Lemond cabe una lectura rápida y muy gráfica: “Fue un oportunista e instaló en el pelotón el vicio de jugarlo todo al Tour”. A pesar de ser compañeros y coincidir muchas veces en competición, el aprecio por el americano fue escaso. Su convivencia fue fría y distante. Obviamente le dedica gruesas palabras al Tour del 89 y al manillar que Lemond utilizó. Al filo de la norma, el californiano jugó con la misma y los matices que permitía. Aquello le valió un Tour.

Y es que el Tour fue quien le condujo al estatus de bicampeón para arrastrarle a las marismas del horror años después y fastidiarle en su faceta de negocios cuando quiso reflotar la París-Niza una vez colgó la bicicleta. Sale malparado ese mediocre personaje que fue Daniel Baal en contraposición con la mano izquierda que Jean Marie Leblanc siempre supo manejar.

Cómo no, la espina dorsal de la obra la protagoniza un personaje de relieve abrupto: Cyrile Guimard, a quien poco menos describe como el emperador Palpatine de Star Wars. Cuando Hinault ya no le valía le faltó tiempo para sustituirlo por Fignon y tres cuartos de lo mismo cuando éste decayó por Luc Leblanc. A pesar del manifiesto egoísmo que describe del mismo, entre los dos dieron forma a estructuras que hoy alumbraron conceptos como Garmin o HTC. Eso sí, se despacha con contundencia con “la llorona”, ése es Luc Leblanc.

Si desagradables son las palabras que sostiene sobre Lemond, no menos simpáticas mantiene sus apreciaciones ante España, “un país recién salido de la dictadura franquista que en 1983 aún nadaba en las mezquindades del tercer mundo”. No obstante fue un español, Miguel Indurain, quien doblándole en Luxemburgo, tras salir seis minutos después, le demostró cuán lejos estaba de los mejores. A Carlos Sastre lo tacha de ciclista normalito y ejemplo de cuán mediocre es el ciclismo actual y su figuras.

Cuando Fignon fue superado por Indurain en aquella célebre crono, vestía los colores del Gatorade, equipo italiano capitaneado por el frágil Gianni Bugno que le descubrió los sabores del dopaje organizado. Sí, un conocimiento total de esa sigla EPO, sus bondades y facultades. Una substancia que a su entender sacaba caballos de auténticos burros. Una línea marcada entre el ciclismo de los ochenta, donde se abusaba de las anfetas y los noventa, el despipote.

 

Sólo deciros que a mi entender ésta es la mejor obra de la fecunda labor que Cultura Ciclista ha desplegado desde mediados de año.

Los días que el ciclismo fue una utopía

Cuando Bernat López, ideólogo de Cultura Ciclista, me presentó sus cuatro obras de inicio me dijo: ésta está bien, pero es rápida, ligera y quizá muy descriptiva. El tono, aunque no peyorativo, pues estos cuatro libros son sus “nenes”, caló en un servidor. Sin embargo he decir que me pareció delicioso, esclarecedor y enriquecedor saber de Charles Terront, su mundo, su París, sus biciclos, sus primeras bicicletas.

“Inventando el ciclismo” es el libro menos denso del cuarteto de obras de nueva microeditorial. Su lectura es amena, ágil, veloz. Narra las aventuras y desventuras del primer gran campeón de la historia, o diríamos paleolítico, del ciclismo. Situados en la Francia de entre 1870 y 1895, aproximadamente, Terront convive con efemérides como a Guerra Franco Prusiana.

Su vida transcurre a ritmo de vértigo. Es espabilado desde que nació. Corre de un lado para otro, acumula trabajos, raspa de aquí para allá. El biciclo de tracción delantera y rueda alta se convierte en su mejor medo de transporte. Vacila a carros, atraviesa hacia toda velocidad hacia Versalles. Se granjea también el cariño y amistad de muchos personajes de enjundia, poderosos señores que le rejonean, le llevan en volandas cuando le es menester.

Todo eso está bien hasta que prueba a correr. Mil caídas después, dos mil volteretas encajadas, quiso competir. Se abre aquí una intensa carrera y relato de desventuras y profundas heridas físicas, y emocionales, que le llevan a la primera gran carrera de la París-Brest, París, una travesía imposible entre la capital de Francia y el extremo más indómito de la Bretaña, ahí donde crecen leyendas de brujas y afloran mitos. El trayecto de ida y vuelta de París  Brest es narrado con detalle tal que nos sirve en bandeja sentimientos y penurias. Tal es su minuciosidad que nuestra mente recorre con servida puntualidad la bella geografía bretona.

La narración de la carrera, los desmanes, las sospechas sobre los rivales, los presumidos boicots,… forman un todo, un clímax nocturno de sangre, barro y mierda que nos indican cómo fueron esos primeros años de ciclismo en la vieja Europa.

En un relato escrupulosamente cronológico, Terront nos adivina la fecha que la bicicleta, la de transmisión en cadena, entró en su vida, y por ende en la escena pública, desplazando el biciclo imposible de domar. Ese momento creo nació el ciclismo tal y como lo entendemos. En ese momento nuestros antepasados inventaron el ciclismo.

En mi opinión, buen libro para desengrasar. Arqueología de la bicicleta. Génesis de la máquina. Saber que de dónde venimos, es a donde vamos.