Las razones para leer y entender a Cyrille Guimard

Cuando un servidor empezó a tener conciencia de ciclismo, Cyrille Guimard era Dios. En sus manos estaba el mejor equipo del mundo, una escuadra que iba mucho más allá de la mera marca comercial pues con él estaba nada menos que una empresa emblema como Renault. Guimard gestionaba un grupo humano poderoso en las mejores carreras, tuvo a su cobijo a Bernard Hinault y Laurent Fignon, al mismo tiempo y por separado. Incluso antes pudo ganar el Tour con uno de los ciclistas más grises que han poblado la elite de este deporte, Lucien Van Impe.

Guimard lo fue todo y quizá por ello servidor creció con un cliché de antipatía, pues no dejaba de ser el gran patrón en esos años en los que el ciclismo español aunque incipiente no dejaba de ser tercermundista. Las tornas cambiarían con rotundidad y en cinco seis años, coincidiendo con el Tour de Perico, España estaba en el mapa de las potencias ciclistas.

En su libro “Metido en carrera”, publicado recientemente por Cultura Ciclista, da una visión triangular del ciclismo alargada más allá de los cincuenta años. Narra su vida adolescente como un amor de verano con la bicicleta que le llevó al profesionalismo batiendo records de precocidad en todos los sentidos –muy en la línea de su futuro pupilo Fignon-, pues acabó por dejar la competición mucho antes de lo deseado por una lesión que le impidió chocar de frente y a pelo con el mejor Eddy Merckx, a quien llegó a tener a tiro. Entre otras muchas cosas, resulta curiosa la “mecánica” descripción que hace del astro de Bruselas, el mejor de la historia en datos pero desprovisto de toda humanidad.

Su amanecer ciclista se basó en un personaje, Jacques Anquetil, aunque también influido por su complemento, Raymond Poulidor, sinceramente, las descripciones de ambos son de lo mejor de la obra. Luego entró en los pormenores de la modernidad que llamó a la puerta del ciclismo para irrumpir con él como uno de los principales impulsores. La gestión total que por ejemplo hoy dignifica Team Sky la introdujo él. Acabó con esa pandilla de lobos solitarios que eran los ciclistas hace cuarenta años, los agrupó, les dio cobijo e instauró algo tan obvio como el entrenamiento en equipo. Por romper hasta rompió con los viejos y caciquiles sistemas de managers que regía el mundillo

Esos cambios son la punta del iceberg de un tipo que con cierto aire de arrogancia, pero sabedor de su decisivo papel en todo esto, escribe más de 300 páginas donde, eso sí, no deja tema por tocar. Hasta las escuelas de ciclismo de hoy en día y sus formas de hacer toman su cuota en la obra. Luego estarás de acuerdo o no con él. La descripción que hace del ciclismo de dos velocidades que acurrucó a Francia, de potencia hegemónica a mera comparsa, no se la compro, como tampoco las razones que da en su distanciamiento con Fignon. Pero como todo en la vida es opinable, y Guimard vierte buena opinión en su obra póstuma. Por cierto muy certera la semblanza de Bernard Tapie y sus maneras, tan y tan parecidas a bufones que hoy vociferan por el ciclismo.

Imagen tomada de www.veloveritas.co.uk

 

La “ignorancia cómplice” del ciclismo

        Hay un término en el libro que firma Cyrile Guimard que me encanta: “ignorancia cómplice”. Se trata de una expresión perfecta para definir lo que ocurre en el ciclismo, y no nos engañemos en múltiples facetas de la vida, incluso más allá del deporte profesionalizado. El que fuera laureadísimo técnico francés lo acuña para hablar de esa tendencia a mirar hacia otro lado y hacerse el sorprendido, e incluso el ofendido, cuando saltan escándalos y otros menesteres de la épica del deporte. Es la mejor forma de definir la omertá como acto pasivo de no querer ver la realidad por lo molesta que resulta.

El problema es que el acuñador de esa expresión es también un cómplice escondido en la ignorancia pues en Guimard hayamos leyéndole una candidez inaceptable en una persona que ha pasado por todos los estadios del ciclismo, desde corredor a director llegando a mánger y chófer de equipo en su época con Cofidis. Él mismo así se define.

Y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver y como sucede en la consulta del psiquiatra el primer paso para abordar un problema es aceptarlo y no diferirlo como hizo Cospedal con las indemnizaciones de Bárcenas. La teoría de Guimard de centrar toda la mierda en tiempo y espacio muy concretos se cae por sí sola. Convenir que el dopaje indecoroso en el ciclismo se centra en los noventa, precisa incluso desde 1991, y parte del nuevo milenio y que países corruptos en esencia como España e Italia son su cuna es ciertamente malévolo.

Pensar que ese dopaje de mala fe que atribuye Guimard a los años de su baja actividad entronca con la cascada de confesiones que nuestro deporte sobrevive a diario. Por ejemplo la de Andreas Klier o la anterior de Stuart O´ Grady. Auténticos referentes del cambio de siglo admitiendo haber hecho uso de mandangas varias pero en periodos muy concretos. Es que suena a chiste, a tomadura de pelo, como cuando Ivan Basso fue pillado con una completa tabla de acción y bolsas de sangre y dijo que estaba punto de probarlo. Pero ¿en qué cabeza caben tamañas tonterías? El dopaje no surge espontáneamente, ni mágicamente. Se cosecha, emerge, se larva…

El ejercicio de admitir tu culpa, que es legítimo e irrenunciable, debe ser también sincero e implica poner encima de la mesa todas las cartas. Admitir culpabilidad concreta en el tiempo cuando el sistema sabemos que no era tan sencillo de esquivar sólo comprende una posibilidad y es que se quiera seguir metido en el mundillo, como Klier hace en el Garmin. Todo lo demás es tostar a un personal que aún no entiendo cómo se digna a seguir escuchando, que no tragando mentiras.

Hace un tiempo me preguntaron cuál era mi posición frente al dopaje y debo admitir que en esto coincido con Guimard: castigo de por vida. Lo siento pero las circunstancias excepcionales que nos ha tocado vivir son éstas y sólo con una siega total de las carreras deportivas de quienes jueguen con fuego se puede enderezar esto, aunque no sé hasta qué punto, por que en el momento que el tema decaiga por que la cosa se pone realmente seria y en el pelotón exista una auténtica conciencia de caza, es posible que lo que entendemos por espectáculo varíe mucho. No lo olviden, el precio de ver un etapón hoy, mañana y pasado es alto y parece que no queramos asumirlo a no ser que seamos «cómplices ignorantes».