«Time Trial» by David Millar, la intimidad del ciclista redimido

A David Millar le quedaba un sueño por cumplir: volver al Tour y ganar una etapa

Gracias a la productora DocsBarcelona del Mes, en este mal anillado cuaderno hemos podido disfrutar del pre-estreno en exclusiva de LA película documental sobre el último año en activo de David Millar.

Recordaréis que este ciclista escocés, ganador de 10 etapas en Giro (1), Tour (4) y Vuelta (5), además de campeón del mundo contra el reloj en 2003, se vio envuelto en un caso de dopaje en 2004.

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Él nunca lo negó: había ganado todas aquellas carreras haciendo trampa.

De este modo, su carrera fue interrumpida bruscamente para cumplir los dos años de sanción pertinentes.

El film nos explica la historia sobre su retorno al ciclismo de competición, si bien nos sitúa la acción en 2014, con un David Millar que a sus 37 años se siente ya mayor y piensa ya en la retirada definitiva.

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Sin embargo aún le quedaba un sueño por cumplir: volver al Tour de Francia y ganar una etapa.

Después del visionado, obligado para cualquier aficionado apasionado por este deporte, ésta es nuestra opinión sobre el documental.

De entrada, el título… ¿por qué Time Trial?

David Millar se tomó el final de su carrera como una prueba contra el cronómetro, una lucha contra “su” tiempo que, implacable, le marcaba que la hora estaba cerca.

Aquel último año de competición para él, fue una contrarreloj decisiva para ponerse en forma y culminar su vida como profesional, con una suspirada última toma de contacto con la Grande Boucle, una carrera adictiva que se convirtió en su obsesión.

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En la primera escena del documental, ya vemos a un David Millar reflexivo, con rabia contenida, pero hablándonos con melancolía sobre lo que pudo ser y no fue.

Su imagen, entre luces y sombras, como su propia vida de ciclista, retrata un corazón herido pero redimido, que necesita lavar su pasado convirtiéndose en un activista contra el dopaje.

En la siguiente secuencia, ya disfrutamos de unos maravillosos planos de Millar haciendo lo que mejor sabe hacer: montar en bicicleta contra el reloj y haciéndolo, además, muy rápido.

Estas escenas serán la tónica durante la mayor parte de la película, en la que el director, Finlay Pretsell, sin escatimar medios, nos deleita con una filmación extraordinaria, utilizando técnicas antes nunca vistas, con cámaras objetivas instaladas en los vehículos de apoyo y subjetivas en las propias bicicletas.

Todo esto hace que veamos a los corredores desde todos los ángulos y perspectivas posibles: de lejos, de cerca, desde fuera, desde dentro, transmitiéndonos en todo momento los sentidos y las sensaciones de los propios ciclistas.

Como en el caso de Millar.

A través de sus ojos, vemos lo que él ve.

Una visión que supone un cambio radical y sobre todo diferente del ciclista profesional.

Vemos como la cámara sigue a David Millar, que vuela contra el cronómetro, camino de la gloria.

Las escenas se suceden una tras otra, a ritmo de vértigo, mientras observamos como el escocés corre como el viento.

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Sentimos su respiración.

Vivimos los latidos de su corazón.

Lanzándose sobre su bicicleta, ágil, veloz, moviendo las piernas con habilidad con una tremenda cadencia, disfrutamos viéndolo pedalear, sorteando obstáculos y curvas.

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Igual que cuando siendo adolescente, con 15 años, le compran su primera bici y empieza a correr arriba y abajo de su calle.

Allí, en una curva cerca de su casa, empezó a entrenar para someterla, pero nunca por debajo de los 50 km/h.

Al final lo consiguió, después de más de dos semanas de esquivarla.

Ya nunca más volvería a frenar en aquel reviro.

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El biopic continúa después centrado en sus últimas carreras para preparar su asalto al Tour. Es aquí donde de nuevo la fotografía del documental nos ofrece momentos que nos atrapan.

Vemos bellas etapas de montaña de la Tirreno-Adriático, entrando en juego otra fantástica novedad de la que podemos disfrutar en la película: la vida de un pelotón ciclista dentro de la carrera.

¿Por qué Suunto?

Tan acostumbrados como hemos estado siempre a vivir las carreras desde fuera, en este celuloide experimentamos todos los estados de los corredores: la euforia, el tedio, el esfuerzo, la épica y la heroica.

Y el cansancio.

Y preguntarse el porqué.

“¿Por qué estoy aquí?” –se pregunta el propio Millar.

“Ni siquiera me gustan las montañas” –afirma.

“El ciclismo es absurdo: entrenas cada vez más y más, para sufrir todavía aún más” –sentencia.

«Hay corredores que son unos gilipollas. No se merecen estar aquí» –escupe y reniega.

Sus pensamientos desafían la lógica y crean, viendo la cinta, un espectáculo fascinante, pero doloroso.

En este sentido, el espectador se ve inmerso en la intimidad del corredor, no sólo la de David Millar, sino la de todo el pelotón.

Doscientos corredores. Todos hablan entre sí. Parecen ser todos amigos.

Todos comparten experiencias, sensaciones. No parecen rivales.

Hasta que el kilómetro 0 pone a todo el mundo en su sitio.

O la carretera.

O los puertos de montaña.

Esos que Millar no quiere ver ni en pintura.

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Oímos conversar a los ciclistas, sus quejas, sus ánimos, sus ilusiones y proyectos.

También a los directores de equipo.

Todo desde dentro.

El director sabe captar en todo momento la sensación de estar ahí dentro del pelotón: un microcosmos en el que los ciclistas se cubren y se mueven, se protegen y se esconden.

Y el que visiona estas escenas pedalea con ellos, con sus problemas, con sus controles, con sus entrenos, todo explicado de una manera muy humana.

Aunque el centro de todo sigue siendo David Millar, al que se le ve delgado y fuerte. Se le ve bien.

Pero hay algo en su cabeza que dice que no.

Y llega la prueba definitiva: la exigente, dura y larga Milán-San Remo.

De aquí saldrá su visto bueno para participar en el Tour.

Físicamente está bien. Puede hacerlo.

Tiene un sueño y quiere cumplirlo.

En ese momento la película nos sumerge en el sufrimiento, el sudor y el dolor de los corredores que van a cola de pelotón, como ascienden y bajan los famosos Capos.

Y las propias dificultades de Millar, que ha de poner pie a tierra para ponerse unos guantes que le aíslen mejor del terrible frío que sufre en sus manos y una chaqueta térmica que nunca acaba de abrocharse bien.

Una escena que crea desasosiego.

No vamos a explicar aquí, por supuesto, si consiguió o no esa ansiada plaza para el Tour, pero sí que la película acaba de nuevo como al principio, con la imagen de David Millar.

Esta vez responde a su entrevistador que se ha acabado, que ya no quiere volver a hablar nunca más de drogas.

En la escena final, vemos a Millar bailando en una discoteca, bajo los psicodélicos focos y la estridente música.

Se le ve feliz. Extasiado.

Se le ve liberado.

¿De qué?

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Éramos tan jóvenes…

Como sabéis, Laurent Fignon, ciclista que en su momento silbaba en las cunetas de Montjuïc, pero que con el tiempo pareció como uno de los mejores competidores que he tenido la suerte de admirar, tiene una excepcional biografía, escrita en primera persona, llamada “Éramos tan jóvenes e inconscientes”. La obra fue traducida a varios idiomas y aquí en España, Cultura Ciclista la puso en el mercado hace más  de tres años.

El título de la obra del “profesor” nos viene perfecto para la historia que estamos leyendo hoy, la de Robert Sassone, ciclista pro con el Cofidis de inicios de los 2000 y campeón mundial de americana que ha muerto este 16 de enero por circunstancias no conocidas, según reza la web de L´ Equipe.

Sassone, nacido en Nueva Caledonia, es el tercer ciclista del Cofidis de hace tres años que fallece. Los otros dos nombres los conocéis, Frank Vandenbrocuke y Philippe Gaumont, nombres que L´ Equipe no cita, por cierto. Una desgracia, seguro, triste, sin duda, pero difícilmente podemos pensar que es casualidad. Si de Sassone no sabemos la causa de su muerte, de VDB fueron extrañas circunstancias y de Gaumont, un paro cardíaco.

Sassone ha dejado de vivir con 37 años y su currículo incluye una confesión de dopaje en toda regla, igual que la de sus compañeros anteriormente citados, dopaje con sustancias feas, muy feas, que hablan del nivel de inconsciencia que manejaron, exhibiéndola además entre fanfarronadas y chulerías, porque además se las dieron de saberlo todo, como cuenta David Millar en su libro. Por cierto, el arrepentidísmo Millar fue parte de esa colla y acabó en el cuartelillo de Biarritz.

Yo no soy forense, ni tengo elementos para saber las causas, pero como digo tres vidas rotas, tres vidas muy similares en esencia, cargadas de ambición mezclada con ignorancia, una pena la verdad, una situación que invita a pensar aquello de ¿merece la pena?. Yo lo tengo claro y me gustaría que estuviéramos ante el último episodio de una lacra que llegó para quedarse y que muy a nuestro pesar está más latente de lo que nos imaginamos.

9.2014 El pelotón de los ausentes

Se llama Dieter Senft. Se le abrevia “Didi”. Le conocemos por ser el diablo que espolea a los ciclistas. Solía ubicarse cerca del triángulo rojo de último kilómetro. Se acompañaba de una bicicleta enorme, uno de sus ingenios, auténticos iconos del ciclismo contemporáneo. Chillaba, enloquecía con la caravana, del primero al último. Le patrocinaba, entre otros, la firma de accesorios automovilísticos de Luk. Precisamente fue la falta de apoyo económico, unido a una salud no tan boyante, el principal motivo para dejar al lado el ciclismo. Muchos le echarán de menos, no son pocos los que se le buscaron en las cunetas para retratarlo o retratarse con él. Sin ir más lejos, el amigo Antonio Alix lo lleva en su perfil de twitter.

Pero el ciclismo pasa página, sigue, con el diablo o sin él, 21 años después de que aterrizara para sembrar de excentricidad cada final de etapa con un dominio del tiro de cámara que ni Jaume Mir, el famoso bigotes que siempre aparecía como el primer utilero de los ciclistas desde los tiempos de Luis Ocaña hasta hace bien poco. El ciclismo sigue sin este personaje y sin un puñado de buenos ciclistas porque si hace un año el recuento de bajas definitivas en el pelotón era de impresión (desde Dennis Menchov a Andreas Kloden) el de este año amasa un palmarés complicado de igualar.

Si echáramos la vista a 2011, sólo tres años atrás, estaríamos pasando revista a un año que estuvo dominado, en lo que al Tour se refiere, por Cadel Evans y Andy Schleck. Entonces ambos eran el faro, hoy reportamos su retirada. En el caso del luxemburgués la retirada está consumada. La hizo efectiva no hace poco dando por finalizada una de las trayectorias deportivas que quedarán para los tiempos como incompletas. En Andy concluyeron muchas circunstancias, pero dos pudieron torcerle del camino: una obvia omisión de los sacrificios que algunos de sus rivales nunca esquivaron, sumada a los problemas físicos que nunca pudo superar desde aquella caída en la Dauphiné.

Andy nos ofreció en el Tour de 2011 la que podemos considerar la última etapa genuinamente legendaria con una cabalgada desde el Izoard al Galibier, que engrandeció esos colosos últimamente tan vilipendiados por la conservadora actitud que embriaga ciertos pelotones. Aquella jornada en el otro lado del cuadrilátero estuvo Cadel Evans, un corredor que colgará la bicicleta en escasas semanas, justo cuando finalice el Tour Down Under que abre la campaña del World Tour. Evans ha sido campeón del mundo, ganador del Tour, podio en las tres grandes, un excelente competidor y sobretodo honrado campeón. No lució como otros, porque quizá nunca quiso jugar con fuego. Eso obviamente se paga, y caro, pues su condición de oportunista le ha valido grandes críticas, sin embargo ha volado alto, muy alto y ha sido un ejemplo de trabajo y constancia.

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Asegúrate que tu móvil se pueda cargar everywhere, por muy lejos que salgas con tu bicicleta

En otro orden se ubicó Thor Hushovd, también un excepcional ciclista con una trayectoria que ofrece dudas, y no pocas, pues su forma de hacer, muchas veces agazapado, le ha podido dejar sin más éxitos de los logrados. No obstante es un grande de su tiempo, como querría haberlo sigo el ciclista por tomos David Millar, al fin retirado y sin terceras partes por escribir. Con una sanción y una historia ciertamente recomendable para leer, el cazador cazado ha sido una figura clave para entender la doble moral e injusto rasero que ha marcado este deporte en sus últimos años. Como su director, Jonathan Vaughters, desprende un tufo de arrepentimiento interesado, si bien celebraríamos que su ejemplo sirviera a alguien como sí ha servido el de Jens Voigt, un ciclista con un palmarés curioso pero con honras de leyenda en su retirada.

En España, dos ciclistas de gran recorrido dicen adiós. Por un lado José Iván Gutiérrez, un contrarrelojista de los que no tiene este bendito país que un día amamantara “Olanos”, “Indurains” y “Mauris”. De ellos bebió el cántabro que pisó un podio mundialista, plata en la crono de Madrid 2005, y ha sido fijo en los esquemas de Unzué con Tours en los que más que andar voló, recuerdo aquel de 2007 y su trabajo para Alejandro Valverde. También lo deja Juanma Garate, un corredor que a su retiro se lleva secretos que pagaríamos por saber. Con él cuelgan la máquina un buen ciclista como Juanjo Oroz y un velocista muy querido por estos lares, por lo raro de ser velocista y español, hablamos de Koldo. Están en el alero Samuel Sánchez y el inclasificable Juanjo Cobo. Están pero no están, las semanas darán su futuro.

Y con esta breve descripción de algunas de las figuras que abandonan el pesebre, os dejamos, la próxima vez que entre un post en este blog será 2015, un año que espero os resulte estupendo.

Imagen tomada de avaxnews.net

Ser un tramposo es un jugoso negocio

Hoopika es un pequeño y simbólico enclave de Hawái. Su importancia reside en la cantidad de amantes del windsurf que acude cada año a sus playas. En invierno, dice la Wikipedia, sus olas son grandes y acogen importantes concursos entre los aficionados. Su nombre significa “hospitalidad” en el idioma local. Estos días por estos idílicos paisajes deambula Juan Antonio Flecha en su anunciado periplo hawaiano una vez concretó su retirada del ciclismo.

Mientras en el resto del mundo poblado, el libro de Michael Rasmussen ya se recoge en librerías. Entiendo que el libro como pieza de morbo que es tendrá acogida entre los lectores. Tendrá muy buena acogida. Entre los pasajes que más se han replicado en prensa surge el dopaje sistemático en Rabobank el año 2007, ese que estuvo a punto de ver al danés ganar la mejor carrera. Las dos veces que Dinamarca ha optado al Tour se ha liado bien gorda. Y eso que dicen que es un país serio.

En ese Rabobank corrían Juan Antonio Flecha, ahora buscando la ola de su vida, y Oscar Freire. Obviamente cuando Rasmussen habló del equipo naranja todos escrutaron sus alineaciones y la presencia de los dos ciclistas españoles llamó la atención. En un mundo en el que casi ningún profesional de la bicicleta está exento de sospechas, Oscar Freire era de los pocos que siempre sorteó el mal fario.

Sin embargo Rasumussen se desdijo casi a las pocas horas. A Freire no le vio hacer nada, de Flecha no sabe nada. La reacción del primero fue interesante, amenazó con llevar al danés a los tribunales. Qué poco vemos algo así, que un ciclista desautorice las sospechas de otro con la contundencia de Freire. Aún recuerdo esa querella que Luisle Sánchez le iba a meter a Telecinco por citarle en una operación antidopaje y nunca más se supo.

Oscar Freire y Michael Rasmussen tienen ya sendos libros en circulación. Freire lo estrenó hace unos meses de la mano de un buen amigo de este sitio, Juanma Muraday, quien hizo una ingente labor de búsqueda de material relacionado con el tres veces campeón del mundo. Más que una biografía es un bodegón de un realismo tal que no deja cabo suelto en la fecunda carrera del ciclista cántabro.

De forma aleatoria supe que ese libro cuenta con una tirada inicial de unos 2000 ejemplares, una tirada obviamente modesta como en definitiva modesto es todo lo que rodea al ciclismo. No quiero saber la tirada de Rasmussen, que será de unos cuantos miles más. Ayuda todo a que se dé esta paradoja, pero sobretodo el morbo y la triste necesidad de saber qué se coció en la trastienda de su carrera. Ponderen la trayectoria y valores de Freire y Rasmussen y díganme quién merece vender más.

Porque con Ramussen vuelve a cobrar forma aquello que un día sacamos aquí sobre Nicole Cooke, la excelente ciclista británica que dejó la vida profesional hastiada de tanta porquería y gentuza que se ganaba mejor la vida dopándose y contándolo luego, que compitiendo siempre limpia. Mientras Cooke hacía estas declaraciones tomaba forma el escándalo de Lance Armstrong –de quien se rueda una película de ingente facturación- y salía el libro de Tyler Hamilton, también traducido al castellano. Poco antes había la biblia de David Millar arrepintiéndose sólo un poquito.

Hablamos en todos los casos, y seguro que nos dejamos alguno más, de “best sellers”, de piezas cuyo valor documental es dudoso, pues los interesados son los primeros en no querer contarlo todo. Esa es la realidad chicos, esa es la lección que extrae cualquier jovenzuelo que se adentre en este deporte –también en otros-. Sale más a cuenta ser un tramposo que legal. El mundo premia a los primeros, omite a los otros. 

Foto tomada de www.hln.be

Gracias, Michael Rasmussen

No pocas cosas hemos dicho aquí sobre Michael Rasmussen. Casi ninguna buena. Nos ha parecido un interesado, un mentiroso, un oportunista y obviamente un tramposo. Por contra creemos que la forma en la que fue tratado en el Tour del que fue expulsado fue muy injusta, pues se le puso una alfombra roja de salida a una persona que con la ley en la mano no había hecho nada diferente al resto. Luego ha hecho esfuerzos para volver por diferentes vías pero el peso de su estigma salió siempre a flote como esas boyas en alta mar.

Quizá en el hecho que no haya podido volver resida ahora parte de su utilidad. Igual que la saña y verborrea que gastaba en las carreras que disputaba, Rasmussen es peligroso para muchos. Sí ahora mismo, en estos momentos. El ciclismo amanece con otro libro de traca, el del danés, que sabedor que las puertas del teatro se le han cerrado para siempre parece dispuesto a obrar en consecuencia. «Fiebre amarilla» se titula. A alguno ya le habrá dado fiebre, sin duda.

Y en esa nueva sinceridad dos personajes aparecen marcados en rojo. El primero de ellos ya caído y sólo el beneplácito e hipocresía de su equipo le mantienen en la palestra. Hablamos de Ryder Hesjedal, el hombre que ganó el Giro de 2012 proclamando a los cuatro vientos su total limpieza. Resulta que, empujado por la obra de Rasmussen, ha tenido que admitir que hace diez años el dopaje formaba parte de su vida.

 

He visto lo mejor y lo peor de este deporte y creo que ahora está en el mejor lugar que ha estado nunca. Miro a los jóvenes ciclistas de nuestro equipo y de todo el pelotón, y sé que el futuro de este deporte ha llegado

 

Sí, Hesjedal habla de jóvenes, de futuro, de esperanza, pero oculta su pasado pobre y negro con la misma retórica que le mantiene en nómina del Garmin, ese equipo que amamanta un buen grupo de exdopados y los mezcla con grandes talentos. Con tal caldo de cultivo qué hemos de pensar. ¿Crecen sanos los chavales en medio de una nómina de demagogos como Jonathan Vaughters, David Millar, Christian Vandevelve o Tom Danielson? Es que hablamos de la guardia pretoriana del equipo, tanto en lo deportivo como en lo moral.

Porque el proceder de Hesjedal es curioso. Canta ahora que el libro de Rasmussen empieza a estar disponible, sin embargo en Garmin dicen que Hesjedal hace un año que ya colabora con la verdad. Hablamos pues de manejos velados, cuestiones privadas,… en fin. No sé qué habría de decir Purito Rodríguez sobre el corredor que le sopló un Giro a la sombra misma del duomo milanés.

Pero parece que con Hesjedal el tema no va a acabar. En el horizonte otro de los personajes más negros de este deporte: Bjarne Rijs. El domingo mismo, La Gazzetta apuntó la posibilidad de que el técnico haya vendido sus responsabilidades en Saxo Bank a Oleg Tinkov porque el libro de Rasmussen es concluyente sobre su “savoir faire” en tiempos del CSC. Igual Tinkov no deberá esperar un año para tener su juguetito ciclista, lo puede tener ya y no crean que para Alberto Contador debiera ser malo, pues el magnate puede serle un acicate al tiempo que una extraordinaria excusa para esconder un rendimiento que hasta la fecha no ha sido el de antaño.

Aunque las partes nieguen el posible, el rio agua lleva y si es para empequeñecer un tipo que ha medrado hasta lo insospechado como Bjarne Rijs, a pesar de su tremendo pelotazo de hace 18 años, nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a Michael Ramussen.

Foto tomada de www.zimbio.com

El envidiable sentido de equipo del Garmin

Hace una semana hacíamos valoraciones muy positivas respecto a la actitud colectiva que mueve el Orica. Incluso creo recordar, así, sin mirarlo, que citamos la acción colectiva que Garmin sabe desplegar en sus mejores días para hablar de los australianos. Pues bien, dicho esto, y sosteniendo lo que muchas veces comentamos meses atrás, podemos asegurar que a Garmin le podemos criticar por mil cosas, por su ambigua política frente al dopaje, por estar regido por quien está regido, por tener a ciclistas que en otros lugares –como por ejemplo España- ya no estarían ejerciendo,… no estamos en disposición de que el equipo azul es de los pocos que trabaja con esa vocación de grupo que muy pocos están en disposición de ofrecer.

Miremos por ejemplo a Daniel Martin ¿qué vemos? Un corredor que en apariencia parece un cacho de pan –digo esto pues no le conozco en persona- con raíces eminentemente ciclistas, es sobrino de Stephen y primo de Nicolas Roche, pero con muy poca gracia para el pedaleo y desprovisto de toda clase sobre una bicicleta.

Sin embargo Dan Marin acumula este año cuatro triunfos, a saber cuáles: etapa y general en la Volta a Catalunya, Lieja-Bastogne-Lieja y etapa en el Tour de Francia. En todos esos exitos, impensables para este corredor hace tan sólo cuatro meses, el equipo, su equipo, sí ese grupito que entrena por Girona, ha tenido muchísimo que ver. No olvidemos la ofensiva casi total camino de Port Ainé ni la impagable labor de desgaste de Ryder Hesjedal cerca de Lieja.

El domingo, mientras el pelotón cruzaba cimas y abordaba posteriores bajadas, pocas veces vimos que la cabeza de carrera no tuviera un Garmin. La suya fue una labor menos lúcida que la de Movistar pero cien veces más recompensada, pues al final se llevaron su etapa, y en los Pirineos, nada menos.

A todo ello se añade, la humildad sobrevenida en parte de sus mejores hombres. Habiendo estado entre los mejores en 2008 a Christian Vanvedelde no se le cayeron los anillos para ayudar a Bradley Wiggins en su conquista del cuarto puesto al año siguiente. La pasada temporada, impagable fue la labor de Vandevelde en el Giro a favor de Hesjedal, como impagable ha sido el desgaste de éste por Martin en sus mejores éxitos de la presente campaña.

Sabemos del doble rasero de Jonathan Vaughters y de las gilipolleces que suelta David Millar, algunas plasmadas en un libro que rompe ventas quizá por contar una verdad a medias, pero no podemos omitir que los norteamericanos son maestros de la pizarra y como los del Orica, expertos en sacar el mejor rendimiento a equipos en apariencia menores a otros, como por ejemplo el BMC o Radio Shack, cuadros que si ganan lo hacen por inercia, calidad de talonario y empuje individual.

El método Garmin

Muchas veces ocurre que nos olvidamos que el deporte es cosa de varios. Sí. Recordemos la semana de la París-Niza simultaneada con la Tirreno. Aquello fue un baño de pesimismo frente a lo que se presumía un paseo militar de meses para el Team Sky. Richie Porte se anotaba con solidez la carrera del sol mientras Chris Froome atenazaba la prueba delos dos mares. A lo rocoso de sus líderes se unían las hechuras del equipo. Sin embargo hubo una sima, una pequeña brecha en la penúltima etapa de la Tirreno, la encontró Nibali y la explotó hasta la extenuación de los hombres de negro.

En la Volta a Catalunya que acaba de concluir tenemos otro botón. Mientras Froome y Porte se repartían las mieles del Criterium Internacional, en tierras catalanas a Sky se le ha adivinado otra tara. En la  jornada reina los Garmin buscaron el todo por el todo y, oh sorpresa, encontraron el premio. Terrible. Sencillamente demoledor. Los compañeros de Brad Wiggins no pudieron contener un ataque tan de lejos, tan a saco. Dos formas de entender un ciclismo. Se impuso la menos lógica, la menos analítica. No cabe duda de que torres más altas cayeron.

El Garmin-Sharp es un equipo de la clase media-alta del pelotón que convive entre la culpa pasada y el pregón de un presente limpio y un futuro cristalino. Claro, arrepentidos los quiere Dios. Eso sin embargo, en los matices de la lucha contra el dopaje, no cabe en la concepción del Sky. Mientras que para los ingleses todo aquel que presente una tacha de dopaje es un proscrito, Garmin quiere abrir las puertas de la reinserción a aquellos que presenten “sincero” arrepentimiento.

Son formas de verlo. Jonathan Vaughters, siempre en el fino alambre del equilibrista sin red, defiende las tesis del perdón por que él se vio inmerso en la podredumbre que corroe las estructuras. Sin embargo, ¿sería tan ligero en sus juicios si no hubiera sucumbido? De cualquiera de las maneras, no hay mejor que hacer caja con una historia de tan jugosa sustancia.

Si no que se lo pregunten a David Millar en su media confesión plasmada en un libro que va por su cuarta edición y llena estúpidas editoriales y columnas de opinión. Al público anglosajón, a pesar de la intolerancia integrista del Sky, le encanta el arrepentimiento. Millar adoptó ese perfil. Le está valiendo una segunda oportunidad, la misma que le niegan a otros muchos que no hablan su “chic” inglés, y al tiempo una opción de ingresos “no ordinarios” en forma de autoría editorial. Perfecto. Negocio redondo. Bien visto David.

Y mientras sigue el camino de Ryder Hesjedal hacia la defensa de su título en el Giro de Italia. En la jornada reina de esa carrera llamada Volta le vimos por fin en las lides de campeón, como no le apreciábamos desde junio pasado. Hesjedal es un corredor que no es una persona, es una bandera, un lema, una proclama por un ciclismo limpio. Paradójico. Ganó una gran vuelta casi al mismo tiempo que su compañero Millar dijo que era imposible ganarla siendo trigo limpio. El método Garmin. Ya ven, también presenta grietas.

Lo que la verdad de David Millar esconde

Lo que la verdad de David Millar escond David Millar sitúa la Vuelta a España de 2001 como el eje de su vida. Aquella fue la primera carrera que corrió dopado con EPO, tras una plácida estancia en los idílicos parajes toscanos. Su aventura con el dopaje duró según vemos en su libro y cuenta en el reportaje que Michael Robinson le dedica en su “Informe” dos años. “No encuentras una mejora sustancial. Todo es un poco mejor: corres un poco más y durante más tiempo, recuperas mejor” viene a describir sobre los efectos del dopaje.

Tres meses después de leer su libro, completado con la visualización del reportaje de Canal + y las palabras que pudimos tomarle en el vídeo que aquí mismo tenéis, sigo pensando que David Millar se ha caído de un guindo para lo que quiere. Que sigue siendo el iluso jovenzuelo que de boca de Tony Rominger oyó las “bondades” del ciclismo profesional y que se cree con razones de convencernos que su historia tiene final feliz.

Porque la exposición del corredor ofrece lagunas. Acabé su libro, recuerdo, durante el Tour de Francia, y sinceramente enfrascado en la carrera, no quisimos hurgar, quizá también por que su impacto mediático no necesitaba de nuestro modesto empuje, llegué a pensar. Sin embargo con la postulación de Robinson algunas conclusiones me han reafirmado en que no es todo limpio lo que nos vende. Una de ellas es ese trazo grueso entre el dopaje en amateur y profesionales. Establece una línea que para un servidor es difusa pero que en sus palabras supone un pequeño Tourmalet. Un detalle, tonto si quieren, pero revelador de que no pone toda la carne en el asador.

A su alrededor emiten juicios Jonathan Vaughters y Christian Vandevelde. El primero fue compañero en los primeros años de Armstrong, el segundo ha sido involucrado en una trama de dopaje que le incrimina como consumidor. Las opiniones de ambos siguen el parámetro de Millar. Incluso se atreven a afirmar que el ciclismo actual es más limpio. Es un discurso que he oído tanto que hasta quiero creérmelo, pero no es tan sencillo, sobretodo por que los dos personajes mentados son parte del enraizamiento que esta lacra clava en el deporte.

El dóping es un cáncer. Una enfermedad muy poderosa, y su tratamiento, como cáncer que es, no se aborda en pequeñas dosis, la aplicación de quimioterapia es el mal menor, y eso supone atajar de raíz, arrancar el mal de cuajo. Pero no resulta sencillo pues en la cura del enfermo te lo puedes llevar por delante. David Millar piensa que en pequeñas dosis, donde creo que esconde más que lo que dice, está la solución. Pienso que no. No obstante su labor por sacar el Garmin y esas diatribas frente al dopaje merecen aplauso.

Otra cuestión será esa omertá donde toma por norma enseñar y no esconder. Sabe que si destapa, su ciclismo, su vida, su mundo se vendrán abajo, por segunda vez, y eso es tan valioso que en un legítimo acto de egoísmo no se atreve a romper. Esas barreras sí que las tiene bien marcadas.