Parece que algunos celebrarían un positivo en el Team Sky

El libro recientemente traducido sobre la génesis del Team Sky explica con nítida fidelidad lo que fueron los primeros momentos, incluso los previos, del equipo en el pelotón. Recelos, desconfianza e incluso envidia describen alguna de las reacciones de destacados actores respecto a la entrada de un equipo que cuanto menos le daría al ciclismo una dosis de innovación que sinceramente no le iba nada mal.

Airadas fueron sobre todo las reacciones vertidas desde Francia y en menor medida Italia. Dos de los países que se creen garantes de lo que es el ciclismo hoy y que no fueron precisamente amistosos en sus declaraciones por mucho que algún ciclista de esas nacionalidades recalara en sus filas. Incluso cuentan una anécdota del Tour de Omán y una parada de Boasson Hagen para ilustrar la temida hostilidad que generó, bajo su óptica, su llegada al ciclismo de carretera.

Tres años y medio después de aquellas confabulaciones e hirientes opiniones, las cosas no han cambiado en exceso. Ahora mismo podríamos valorar la labor de Sky en dos vertientes. Primero la deportiva, hasta la fecha irreprochable. Es el equipo con más posibles y fichan casi a capricho, todo ello genera que veamos las carreras que vemos. En las vueltas por etapas, sobretodo en las de perfil francés, son intratables. Sortean las competiciones con dobletes en el podio y tienen gregarios que humillan los rivales de sus líderes.

Luego está el aspecto declarativo. Desde sus inicios han querido un equipo limpio de polvo y paja. Cometieron, a su juicio, el error de contratar algún miembro, como Bobby Julich, o ciclista, como Michael Barry, con un declarado pasado vinculado al dopaje y se arrepintieron mil veces. Ante la certidumbre de que sólo con una política de tolerancia cero lograrían sacudirse el estigma de “equipo con truco” hicieron firmar a sus miembros, ciclistas incluidos, una carta que les supondría la práctica defenestración si alguno da positivo o se le saca algún trapo sucio del pasado.

Sin embargo a caballo entre la competición y entre lo que se dice, están las sensaciones que transmiten y éstas son de un dominio tal que las conjeturas respecto a lo se cuece en ese lujoso autobús se disparan hasta el extremo del descontrol. Ahora mismo creo que en Team Sky ya no saben qué hacer para demostrar que sus declaraciones de desprecio del dopaje y los dopados van de la mano de sus acciones.

Lo que sin embargo no es justo como colectivo y no habla bien del mismo es que ciertos miembros del pelotón, alguna prensa y una importante masa de aficionados esperan como agua de mayo que un positivo surja del seno del Team Sky. Sinceramente no sé qué se ganaría con todo ello. Si llega un equipo advenedizo al ciclismo de carretera, quiere apostar su prestigio y reputación al mismo y con ello lo mejoran ¿qué existe de malo en ello?.

No queremos, ni podemos, entrar en los rendimientos asimétricos de algunos de sus corredores. De si Michael Rogers con Sky volaba y con Saxo se descuelga antes o después de los mejores, de si Brad Wiggins fue flor de un día por ir más o menos colocado,… no queremos, nos negamos. En las tripas del equipo inglés hay gente con currículo y peso específico para jugar a alquimistas de la forma. No sabemos si respetando los límites o no, pero con el conocimiento y habilidades que al menos sí dan opción a ello.

Es por todo ello, que nos negamos a entrar en la caza de brujas que rodea a Team Sky. Lanzar veladas opiniones es casi tan intrínseco al ciclismo como dar pedales, y b así convertimos todo esto en un antro. Dejemos que pase el Tour, que se desarrolle la temporada, que las cosas vayan a su sitio y si pasado un tiempo prudencial –en ciclismo pueden ser lustros- la máquina no pita, celebrémoslo.

Si Gaumont levantara la cabeza

El mundo del ciclismo contó como cierto el fallecimiento de Philippe Gaumont por las redes una vez la web francesa www.cyclismactu.com confirmó un extremo que horas después se vio obligada a rectificar. Muchos caímos en el retweet  y una imprecisión contada mil veces tomó carácter de oficialidad, como píldora de precipitado que es este mundo que llamamos 2.0.

Sea como fuere, la expectación sobre el exciclista es enorme, dadas las revelaciones que le llevaron a escribir un libro de título “Prisionero del dopaje” y las secuelas que todos le atribuyen a su mala vida y los abusos de unas técnicas que como ciclista tachó de generales. A pesar de ser vilipendiado, en el discurso de Gaumont, siempre apreciamos un quiero y no puedo respecto a los límites del dopaje, su posología e incluso inducción. Un ejercicio interesado, sí, pero a la postre saludable para este deporte al querer ir un poco más allá.

Para Gaumont las cosas no cambiarán nunca, el dopaje siempre irá un punto por delante de la prevención y esa batalla está totalmente perdida, a menos que se quiera poner coto. Gaumont comentó en su día que “tenemos un nudo gordiano con todos aquellos que siguen en este mundo, dirigiendo equipos, habiendo competido dopados”. Es decir, el ciclismo no evolucionará hasta que no se desprenda de aquellos personajes que crecieron en el entorno de la trampa.

Paralelamente a estos días de frenesí por el Giro, el ciclista alemán Andreas Klier, un buen rodador y clasicómano, de perfil muy similar al mentado Gaumont, anunció su retirada para entrar en el cuadro de directores del Garmin.

Andreas Klier nació en Múnich hace más de 37 años y accedió a profesionales en 1996 con el Team Nüremberg. Eran los tiempos de aquel “rodillo trucado” del T Mobile en cuyo seno acabó nuestro protagonista durante los años de plomo que rompieron en la desintegración del patrocinio en 2007, cuando el equipo pasó a llamarse Team Columbia. Luego pasó por el Cervélo Test Team desde donde acabó en el Garmin.

Sin juzgar la limpieza con la que compitió este corredor, el mundo del ciclismo sigue siendo circular y endogámico. Todo queda en casa. Klier convivió en esos tiempos de los que todos, incluidos los ideólogos del Garmin, malmeten. Al final ya lo ven hasta míster Vaughters, que tan limpio dice competir aunque conjeture sobre las dolencias estomacales de Wiggins, echa mano de retales de ese “ciclismo viejo” que dicen querer erradicar.

Repensar la lucha contra el dopaje como quien da la vuelta a un calcetín

Escribo esta entrada ‘a petición’ del compañero Iván y, francamente, me da un poco de miedo. Pese a mi trabajo, no soy un experto en psicología deportiva ni medicina del deporte. Ni me considero un gran deportista. Simplemente un practicante del bello deporte del ciclismo. Con mucha motivación, que no rendimiento, y  muchas horas de sofá viendo carreras por televisión.

He disfrutado de niño con Perico, Fignon y Lemond, de adolescente con Induráin, Rominger, Bugno, Chiapucci, de más joven con Escartín, Montoya, Beloki, Zulle o Armstrong  (pese a que siempre me ha costado digerir el personaje) y actualmente disfruto de los Valverde, Contador, Cancellara, Froome, etc.

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Todo este tiempo siempre con el ciclismo empapado de escándalos alrededor del dopaje. Con una impresión ‘rara’. Si bien uno está un poco metido en el mundo cuesta tener una visión más o menos definida como aficionado, e incluso como ciudadano. Esta semana Gaumont, famoso por, aparte de su carrera como ciclista, relatos que describían perfectamente ciertas prácticas de dopaje en sus años de profesional, ha entrado en coma. Y tras los malogrados casos del Chava, Vanderbroucke o Pantani uno teme lo peor por su salud.

Recordemos algunos de los últimos episodios que han resultado vergonzosos para el ciclismo. Por citar algunos: el numerito de Ricco jurando por la vida de su madre que nunca se había dopado, el grande de Vinokourov apelando a una caída su extraño cambio de sangre, Landis asumiendo su defensa a través de donaciones de seguidores que creían limpio, o Rasmussen diciendo que había pensado suicidarse tras ver que la gente no creía en su inocencia.  Y ¿qué decir del extraño caso del bistec de Contador?.

El caso Armstrong es el enésimo ejemplo de un deportista confesando haberse dopado aparentemente arrepentido. Hasta aquí nada nuevo. Tampoco se debe ser ingenuo pensando que este perdón respira verdad. El encorsetamiento de sus palabras sigue una estrategia de defensa de su patrimonio y futuro antes que un reconocimiento de culpa verdadero. Algo tipo “lo reconozco ahora antes de que lo pierda todo; o esto vaya a peor”. Eso sí, todo disfrazado de cierta emoción. Un recurso que puede funcionar bastante para que Estados Unidos redima a un personaje que, aparte de deportista, se ha convertido en un referente por su lucha personal y fundacional contra del cáncer. Y que también ha profesado aspiraciones políticas.

En ningún momento se debe dudar de sus cualidades deportivas. Al contrario, Armstrong seguirá estando entre los mejores ciclistas de la historia. La ayuda ilegal y frecuente no ha hecho que haya ganado Tours con facilidad aunque lo sitúa en una posición desigual hacia quien está cumpliendo las normas, en la lógica de la propia competición. Pero cuestiona el personaje público que se ha pasado años vendiendo discursos de inocencia y dando lecciones de ética y superación, a menudo ocultando otros rasgos curiosos de su propio ego.

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La Operación Puerto también ha destapado que no estábamos hablando ni de casos aislados ni de estrategias pequeñas. No todo ciclista se dopa, obviamente, pero han aparecido verdaderos montajes entre equipos.

Existen ciertas similitudes entre el debate sobre la legitimidad del uso de sustancias, sea con finalidades recreativas, medicinales o para la mejora del rendimiento. Si bien su consumo dista por lo que a finalidades se refiere, debe distinguirse entre quien usa sustancias para mejorar el rendimiento, a quien las usa para conseguir ciertos estados placenteros o no. El momento actual debe servirnos para plantearnos si la política sobre su consumo está dando los resultados esperados. Y si cumple un planteamiento lógico: hagamos una lectura críticamente de los hechos y revisemos la inutilidad de algunas propuestas. Destaquemos al menos un par de cuestiones para no caer en discursos vacíos.

De entrada, cuidado con hablar de ciertas éticas en la cuestión del deporte profesional. No olvidemos que se mueven millones de euros en contratos por ganar pruebas de 3.500 kilómetros pedaleando con apenas pocos minutos menos que el segundo clasificado. Como tampoco justifiquemos demagógicamente que el dopaje es una influencia negativa para niños y jóvenes, o que transmite valores de dudosa moralidad. El tema del dopaje debe afrontarse como una cuestión de salud y no de moral. El reto no es prohibir su uso, sino dar respuestas sensatas a una compleja cuestión que ya hace tiempo que está subordinada a exigencias comerciales, deportivas y económicas que deberían regularse.

Por otro lado, el deporte profesional obliga a repensar las lógicas de esfuerzo y resistencia. Tampoco vendamos cierta idea de salud y bienestar si de lo que se trata es de deportes de fondo y competición. Y es evidente que ciertas prácticas de ayuda externa  pueden ayudar a mejorarlas, si se cumplen unos márgenes de seguridad (y eso lo dicen Eufemiano y muchos otros médicos). Aceptando esta realidad evitaríamos, probablemente, evitar un uso excesivo de sustancias dopantes, y de mayor riesgo, y apelar a la moderación y mejor control.

Destaco un artículo del Doctor Fernando Caudevilla, experto en el uso de drogas, que nos habla de la realidad del uso de sustancias dopantes en el deporte amateur. Y acierta cuando dice que

 

muchas de las sustancias empleadas en suplementación deportiva cuentan con suficientes ensayos clínicos como para poder proporcionar al usuario interesado en utilizarlas consejos sobre cómo hacerlo de forma razonablemente segura, aunque son pocos los profesionales sanitarios interesados en este aspecto y el uso de anabolizantes con fines estéticos sigue siendo un tabú’

 

Todos los ejemplos y prácticas explicadas por Armstrong, Manzano, Gaumont y Millar nos enseñan que un imprescindible control sanitario y de seguridad hacia las personas brilla por su ausencia. A la vez, el mercadeo y oscurantismo de la estrategia nos obliga a perder mucho margen de seguridad. Estos ejemplos deberían servir para regular un tema, el uso de sustancias en el deporte profesional, en el que la manoseada política de la “tolerancia cero” parece no dar respuesta a una práctica bastante instaurada y tolerada durante años. Si el planteamiento de ‘Lissawetsky’ ya iba por esta dirección, parece que todo lo que le sigue también.

Ha quedado sobradamente demostrado que las políticas de control de la oferta, persecución del individuo y prohibición generan más problemas que no soluciones, y son contraproducentes, pues aumentan el consumo a pesar del pretendido control de la oferta. El reto es abrir el debate de la regulación legal. Eso sí, utilicemos un discurso maduro y coherente. Es decir, reconducir la inversión a perseguir la oferta a favorecer una demanda controlada: mayor dedicación en investigación, prevención e información.

Puede ser más sensato afrontar esta realidad, y discutirla, que seguir presenciando brindis al sol ante un nuevos positivo: extrañas justificaciones sobre bistecs contaminados, cremas para la piel, o sobre como medio pelotón está afectado por asma. Y más cuando todo esto se descubre años después y los implicados o no están o no quieren estarlo.

Los que temen a este proceso apelan a que los beneficios de regular el dopaje  en el deporte profesional causarían el posible aumento difícilmente demostrable del consumo y los problemas de salud. Pero obvian aspectos positivos que podríamos controlar:

 

(1) se tendría una práctica más controlada (conocimiento de las sustancias y su administración);

(2) situaría los deportistas en espacios más “seguros”, por tanto, controlados;

(3) dispondríamos de más control de la accesibilidad. Y un sinfín de etcéteras.

 

Aunque abrir el debate sobre la regulación del uso de sustancias -que no dopaje- en el deporte profesional -no sólo en el ciclismo- resulte aún, en el siglo XXI, políticamente incorrecto.

 

Por Jordi Bernabeu, psicólogo, educador y no muy buen ciclista

Sólo Eufemiano Fuentes puede dibujar los límites de la “Operación Puerto”

Se gustaba ayer Eufemiano Fuentes en la entrada de la vista para la Operación Puerto. Se veía guapo, teñido, castaño. Carlos Arribas así lo atestigua hoy en su crónica de juzgados insertada en las páginas de deportes. Sí, juzgados en deporte. Dos cuestiones íntimamente ligadas. Cosidas casi. El ginecólogo canario lamentaba que la sanidad pública le pagara un sueldo mientras él estaba en Madrid quemando etapas de esta desgracia llamada Operación Puerto.

Dicen quienes le conocen dicen que Eufemiano es un encantador varón. Un “vende motos” de primera categoría y calaña de médico poco escrupuloso. Le gusta ser puntual en el cobro de sus emolumentos. La crónica tuiteada de la jornada desde el juzgado por el jefe de polideportivo del Diario As, Juan Gutiérrez, nos dio la pista. Se tomaba tantas molestias para que sus pacientes no cayeran anémicos. Probrecicos. Se les sacaba sangre y se les reinsertaba para evitar tan común dolencia. Pero si hasta el propio Eufemiano tenía más hematocrito que sus clientes.

El juicio de la Operación Puerto arranca seis años y medio después de explotar el caso. Aquella tarde de mayo cuando sorprendidos, la crisis no asomaba aún, Manolo Saiz ocupaba todos los titulares de las ediciones de la jornada. Mientras Ivan Basso lograba su primer Giro de Italia a miles de kilómetros le estaban cincelando un traje de madera para una trayectoria deportiva que se animaba interesante una vez Lance Armstrong colgó la bicicleta.

Desde entonces, la Operación Puerto ha sido el ataúd de la credibilidad de España como “milagro deportivo” y cada muesca que surgió a su amparo un clavo en su tapa. Lamentamos tan lúgubre vocabulario pero la razón de este terrible suceso alumbra más sombras y vaguedades que certezas. La OP es una desgracia.

Y mientras, estos años, de vilipendio generalizado, Eufemiano Fuentes cayó lo que en su día dijo que podía decir, y no es otra cosa que esta patraña de un secretario de estado que optó a dirigir Madrid era la podredumbre entera del deporte español y no sólo del ciclismo. De la OP sacamos en limpio un puñado de corredores apestados, sin sanción aparente, varias estrellas escaldadas, el más obvio Jan Ullrich que colgó su máquina, y un ciclista español que tuvo que hacer un paréntesis en su trayectoria deportiva porque desde fuera nos la tienen jurada.

Eufemiano dijo, incluso en este juicio lo ha repetido, que atletas, tenistas y futbolistas pueblan su agenda de pacientes. Pero ¿por qué no lo dice? Es más, cualquier persona con dos dedos de frente, y eso entre los responsables del tinglado es mucho pedir, sabría a ciencia cierta que cualquier otro deporte sería más lucrativo que el ciclismo. Muchos dicen saber de Eufemiano desde los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Yo sinceramente lo he oído demasiadas veces. Al final las vergüenzas son tales que taparlas significará un milagro.

Eufemiano sigue ahí. Sabedor de que su pena de cárcel no tiene visos de cumplirse gozando de las bondades del país más garantista del universo y consciente de que el sistema no le va a apretar para que cuente todo lo que sabe por un sencillo motivo: no interesa que lo  cuente. Eufemiano no va tirar de la manta por que no se le insta y el caso que nació como el mayor escándalo de dopaje de la Europa moderna va camino de ser cerrado como una cuestión de salud pública. Luego quieren los Juegos Olímpicos en Madrid.

Foto tomada de http://feeddoo.com

La historias para no dormir de Tyler Hamilton

Hace unos días en la presentación de la nueva “mini editorial” Cultura Ciclista, pude ojear un libro que hablaba de los días en que la trastienda del vilipendiado US Postal sacaba humo. “Inside the US Postal bus” se titulaba. Días de actividad y frenesí escondidos en una densa cortina de mentiras cuyo fragor huyó al estampido de un golpe de viento con la misma causalidad que se derrumba un castillo de naipes.

El libro en cuestión se complementó con un artículo que Cycle Sport dedica a la obra de Tyler Hamilton, otro de los ciclistas que se arrepintió de ser malo y decidió contarlo todo. La descripción de los hechos que realiza de sus años en el seno del equipo que capitaneó Lance Armstrong sitúa en el disparadero a muchos. Demasiadas personas, y demasiado importantes como para que las cosas se diga que están como estaban por mucho que sospecháramos que esto era cierto. Eso, o que la prescripción que la revista anglosajona hace del libro debe ser material de denuncia por parte los damnificados en la obra.

Obviamente el staff médico venido de España, en Luis García del Moral, el brazo ejecutor de los planes de MIchele Ferrari, y Pedro Celaya, su propinador del primer “huevo rojo” de testosterona, suponen clave de bóveda en la  arquitectura de la historia. Pero algunos más quedan muy mal parados. El Tour y la UCI por ejemplo, en esa época de Leblanc y Verbrughen, quienes por ejemplo miraron para el otro lado cuando se ve que la máquina pitó cuando sobre Armstrong en el Tour 99. “No se podía permitir otro escándalo tras el affaire Festina” vinieron a decir

De cotidianidad se definirían otras historias que nos cuentan como la latita que George Hincapie guardaba con sus aperos para el suministro de EPO en el fondo de su nevera. El EPO, ese acrónimo del cual un servidor empezó a oír cuando el PDM salió en estampida en el Tour de 1991, que los americanos llamaban Poe, para disimularlo con el nombre de Edgar Allan Poe. Y ese motorista llamado Philippe que rulaba con termos por toda Francia en un Tour paralelo para ser recompensado en París con un Rolex. Generoso presente.

Aquí como ven todos han hablando menos el actor situado en la zona cero de esta comedieta. Lance Armstrong sigue en silencio. Sabemos de su carisma, raza y carácter. Si emprende la revancha no sabemos hasta qué punto su derrota podrá resultarle dulce. A algunos no les debe llegar la corbata al cuello. Hamilton al menos ha purgado y pasado página. Eso ya lo lleva.

¿Puede Miguel Indurain dormir tranquilo?

Crecimos con él. Nos iniciamos en el cariño por el ciclismo con él. Nos asombramos y deleitamos con él. Miguel Indurain es el cicerone de muchos integrantes de mi generación en el ciclismo. Lo logró en esa década que muchos ahora tachan de maldita y sucia. Este uno de los post que con más dolor un servidor escribe, pero la cuestión es clara. A la luz de todo lo que acontece ¿puede Miguel Indurain dormir tranquilo?

“En mi época ya pasé cuentas con quién debía hacerlo y los responsables me dieron el OK. Yo competía para ganarme la vida, para disfrutar y para hacer disfrutar a la gente” afirmó en Barcelona el lunes mismo. Lo hizo en el alargado marco del caso Armstrong, quien por cierto en twitter se regodeó de que los siete maillots amarillos del Tour siguen siendo suyos, al menos físicamente. Que le dieran el OK en su momento, como comenta, no es garantía de nada, como bien se empeñó en subrayar la UCI y su presidente hace dos semanas.

En esta vida mis padres me enseñaron desde muy pequeñito que “más vale caer en gracia que ser gracioso”. Miguel cayó en gracia y en ello sigue. Pues al terrible ametrallamiento que la prensa le está dedicado a la aberrante década de los noventa, él sobrevive con pulcra inmunidad. Nadie le cuestiona y sí lo hacen de rivales que él mismo batió: Bjarne Rijs y los Gewiss en bloque, Piotr Ugrumov en persona, Marco Pantani, Richard Virenque,… incluso la retirada en masa de los PDM en el Tour de 1991 alimentó muchas teorías, que si EPO y demás. Como he leído de científicos varios: es materialmente imposible que un ciclista limpio sea capaz de calzarse un dopado. Ejem…

Miguel Indurain forma parte de la Fundación Laureus, algo así como la academia del cine pero en deporte. Que su época, su tiempo, sus rivales,… sean cuestionados no le impide ser recibido con los fastos de un grande. También estado por Can Barça e incluso opinando de Leo Messi. Su humildad y cercanía son sus mejores aliados, pero en un contexto que todo lo cuestiona, y no precisamente nosotros, resulta chocante tal tibieza. Pero como ocurre habitualmente, una cosa es la oficialidad y la prensa, y otra la vida aquí en la tierra. Si se entra en Google y escribes «Indurain», se te propone a continuación, en segunda opción, el display «Indurain dopaje».

Nosotros entretanto, como le dijimos a nuestro quiosquero ya jubilado, lo vemos como eso que se hace llamar magia: nos ilumina la sonrisa, nos emociona, nos alimenta la fantasía, pero tiene truco.

Foto tomada de http://es.eurosport.yahoo.com

Se va Johan Bruyneel pero quedan otros tantos

Con un escueto comunicado Leopard SA despacha a Johan Bruyneel. Tres párrafos de copia y pega para el ideólogo de la primera matriz del equipo, la que nació con Radio Shack con la escisión del grupo de Astana. Nos parece escasa aportación y fría despedida, a no ser que, todo este teatrillo sea más simbólico que otra cosa y lo que más deseaban los mentores de la escuadra era quitarse de encima un cadáver llamado Johan Bruyneel. Hasta Fabian Cancellara dijo poco antes que le daba cosa trabajar con tal personaje.

Johan Bruyneel fue un buen ciclista durante una época de donde sólo sale mierda. Ganó, si no me equivoco, una de las etapas más rápidas de la historia del Tour de Francia. Luego se cruzó en el camino de Lance Armstrong, o éste en el del belga, para montar lo que la USADA denomina la creación del “más sofisticado sistema de dopaje”. Dicho así suena a ciencia ficción. A mí que un deporte de andar por casa en muchas cosas monte el sistema más sofisticado de algo me parece ridículo.

Pero aquello de ciencia ficción tuvo poco. Al parecer todo tenía un aire tétrico, así como de cuarto oscuro y lámpara enfocándote el semblante para que fueras los suficientemente “agresivo” a la hora de chutarte. Admito que conozco poco a Bruyneel, pude entrevistarle alguna vez. Respondía con desgana, como obligado, no recuerdo haber llevado una pistola en la mano. Se creía algo así como intocable.

Pero torres más altas han caído. La temporada presente es el “annus horribilis” del técnico belga. Una culminación a una trayectoria que muchos consideraban inigualable con nueve victorias en el Tour de Francia. Siete con Armstrong y dos mediante Contador. Siempre he pensado si a éste último le habría pitado la máquina de clembuterol de haber seguido con el técnico belga.

Bruyneel fue, como dije ciclista, en los que ahora dan por llamar “años de plomo”. Pero no se engañen, él habrá hecho lo suyo, pero otros que le han bailado siguen vigentes, ahí postrados. El otro día charlando con un buen conocedor de todo esto, nos impresionábamos con la cantidad de exciclistas que pululan por el pelotón. Algunos sin oficio ni beneficio.

De la camarilla de Bruyneel ahí está Jonathan Vaughters, profeta de limpieza que ha tardado una eternidad en cantar. Ahora Viatcheslav Ekimov se mete a dirigir el Katusha, un premio muy soviético a todo lo que seguro sabe. Paolo Savoldelli es comentarista en la televisión italiana, Jose Azevedo rueda al volante del equipo Radio Shack,… y Yaroslav Popovich, aún en activo. ¿Sobre estos, y otros muchos, nadie repara?