¿Dónde quedó el ciclismo en las portadas?

Estos días el diario decano de la prensa deportiva ha cumplido 30.000 números. El Mundo Deportivo, hoy rotativo barcelonés volcado a todo lo que sea Fútbol Club Barcelona, cumple esa efeméride que celebra con un especial para la ocasión.

Para quienes no lo sepan los orígenes de este diario estuvieron íntimamente vinculados al ciclismo. Su creador, Narciso Masferrer, fue uno de los impulsores de la Volta a Catalunya hace más de cien años y desde sus páginas se narró ampliamente las andanzas de la carrera más antigua del calendario español y una de las más longevas que actualmente siguen en el calendario internacional.

Como en su día bien nos contó el editor de Cultura Ciclista, Bernat López, la prensa de papel fue el nido de muchas y no pocas experiencias ciclistas. De hecho cada gran vuelta tiene su diario y normalmente entre los nombres que han ejercido la dirección siempre figuran periodistas.

Hubo un tiempo que el ciclismo fue tema de estado. Por ejemplo en el libro que cuenta el mundo y vida de Mariano Cañardo explicamos que la España franquista utilizó este deporte, entre otros resortes, para restablecer la normalidad y el ánimo del país recién salido de la guerra. En los tiempos del astro navarro instalado en Barcelona el seguimiento que se hacía de los ciclistas, sus hazañas e incluso vida personal se podía medir con la misma vara que la de los grandes nombres del fútbol, en esa época Ricardo Zamora y José Samitier, dos nombres que formaban parte de las portadas tanto como el mentado Cañardo.

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Esa tónica de grandes pagos para el ciclista se mantuvo muchos años. Aquí tenemos por ejemplo la portada que El Mundo Deportivo le dedicó a Miquel Poblet tras ser el primer líder español del Tour de Francia.

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Los años de Bahamontes, los de Ocaña, incluso las gestas de Angel Arroyo y Pedro Delgado mantuvieron el tipo de las dos ruedas en letras gordas. Incluso la gesta de Laurent Jalabert en el Tour de Francia de 1995, muy diferente vista por el prisma del tiempo, fue retratada con generosidad, y eso que delante tenía a Miguel Indurain.

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Precisamente con el navarro posiblemente se vivió la última época dorada de portadas dedicadas a ciclistas. Porque hablamos de portadas puras y duras y no las ocasionales cubiertas que hablan de la “falsa hazaña” de Contador en la última Vuelta o el rosa de Purito en el Giro en mitad de carrera cuando ese mismo grupo mediático estaba dando la carrera en su televisión.

Con todo, convendría preguntarse por el ciclismo y su pingüe cuota en los medios, ¿Ha sido culpa de este deporte y sus gestores? ¿Hasta dónde ha pesado el dopaje? ¿Ha sido el gusto de la sociedad que ha virado? ¿Puede haber un cambio de paradigma con el nuevo rol de la bicicleta en la sociedad? El panorama, el futuro inmediato, si querer ser mojigato, parece mejor que el de hace cuatro años.

Imágenes tomadas de la hemeroteca de El Mundo Deportivo

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“El ciclismo es un cuento”

Así reza desde hace unas semanas el lema de la cuenta de twitter de Cultura Ciclista (@culturaciclista). No es que me haya vuelto escéptico de repente en relación con el deporte pedalístico, o por lo menos no más de lo estrictamente necesario. Lo de “cuento” no lo digo en sentido irónico, ni lo enarbolo con ánimos de denuncia de los vicios, la decadencia y la podredumbre de nuestro amado deporte, que para eso ya hay justicieros mucho más veteranos, venerados e incisivos por los procelosos mares de las “redes antisociales”.

Decimos, digo, que es un cuento en el sentido literal de la palabra, y ello por dos razones de peso. La primera es que el ciclismo de élite (al menos el de carretera) es una criatura parida, amamantada y criada por periodistas. La lista de competiciones hoy míticas, muchas de ellas aún en activo, que fueron promovidas y montadas por periódicos es larguísima, empezando por la santísima trinidad del Tour, el Giro y la Vuelta. Es bien sabido entre los aficionados que la Grande Boucle, la reina de todas las competiciones del pedal, fue un invento del diario parisino L’Auto que su director, el célebre Henri Desgrange, alimentó y mimó hasta casi el día de su muerte, en 1940. A partir de 1947 han sido también periodistas (Jacques Goddet y Félix Lévitan, y posteriormente Jean-Marie Leblanc, y Christian Prudhomme hasta la fecha) los que han llevado el timón de ese gran transatlántico deportivo.

Quizá el aficionado medio no esté tan enterado de que el Giro de Italia lo puso en marcha en 1908 el diario milanés La Gazzetta dello Sport, el cual ha regido sus destinos hasta el presente. Todos los directores de la Corsa Rosa han sido periodistas antes que frailes. Y la Vuelta la creó en 1935 el tándem formado por el cántabro Clemente López-Dóriga y el murciano Juan Pujol, director este último del diario madrileño Informaciones. Desde entonces, aparte de este rotativo, la carrera española ha pasado por las manos del madrileño Ya, y sobre todo del bilbaíno El Correo, hasta 1978.

Pero la lista no se acaba aquí. La Volta a Catalunya, si no directamente parida por un periódico, si fue inspirada y promovida por El Mundo Deportivo y su director de entonces, Narciso Masferrer, en 1911. La Vuelta a Bélgica se organizó por primera vez en 1908 de la mano del diario La Dernière Heure. La primera Vuelta a Portugal (1927) fue obra del periodista del diario Os Sports Raul Oliveira. La Vuelta al País Vasco se la inventó el diario bilbaíno Excelsior allá por 1924. Y la lista de pruebas de un día y de vueltas cortas promovidas por periódicos es interminable. Entre las más destacadas, tanto de las supervivientes como de las que ya han desaparecido, cabe citar la primera carrera de larga distancia de la historia, la París-Rouen (1869); la mítica París-Brest-París de 1891; Burdeos-París, París-Roubaix, Milán-San Remo, Giro de Lombardía, Vuelta a Flandes, Flecha Valona, Critérium Internacional, París-Niza, Dauphiné, Midi Libre… Y suma y sigue.

La segunda razón que justifica lo de “el ciclismo es un cuento” está estrechamente emparentada con la primera. El ciclismo de carretera es seguramente el único deporte de masas que necesita que alguien lo narre para poder existir. Mientras que el resto de deportes populares, como el fútbol, el baloncesto, el béisbol, el atletismo, la pelota, e incluso la natación, se disputan en recintos cerrados a los que acude el público para presenciar sus competiciones, el ciclismo se desarrolla “a campo abierto”, de manera itinerante y cambiando constantemente de escenario.

Además, la acción no tiene lugar toda junta en un espacio físico abarcable con la mirada, como un estadio o una cancha sino que se despliega de forma desperdigada, a lo largo de varios kilómetros de carretera. Pasan muchas cosas simultáneamente, pero es imposible verlas todas al mismo tiempo, ni siquiera con la moderna tecnología audiovisual. Por ello el ciclismo para existir necesita ser “cantado y contado”, que diría aquel. Si el periodista es una pieza fundamental del engranaje del deporte de masas, en el caso del ciclismo su papel es central, fundacional o constitutivo, de hecho. Hoy en día se dice y se repite que lo que no se comunica no existe; pues bien, este tópico alcanza su máxima validez en el caso del deporte pedalístico.

Estas reflexiones, por otra parte bastante obvias, no han salido de mi magín por inspiración divina. Se pueden leer en uno de esos libros que me encantaría añadir al catálogo de Cultura Ciclista, pero que no publicaré porque no vendería ni 100 ejemplares en este país nuestro del “millón de cicloturistas”: Vélodrame, del (cómo no) veterano periodista francés Jacques Marchand. El cual apunta, como hipótesis extremadamente sugerente, que la actual crisis de credibilidad del ciclismo no tiene sus raíces en el dopaje, que ha existido siempre. Según Marchand, se debe a… un ataque de cuernos de la prensa escrita, patrona indiscutible del ciclismo hasta que llegaron las cámaras de la televisión para “robarle” la criatura.

Por Bernat López, editor de Cultura Ciclista