El día que Castellania lloró a Fausto Coppi

Hoy el Giro sale de Castellania, la cuna de Fausto Coppi, un pequeño pueblo que un día vio como su población quedó ampliamente rebasadaFragmento extraído de La pasión de Fausto Coppi, de William Fotheringham. Cultura Ciclista, 2015):

Coppi fue enterrado en Castellania el 4 de enero de 1960. El diminuto pueblo quedó colapsado. Las estimaciones sobre el número de asistentes al funeral oscilan entre las 20.000 y las 50.000 personas. Las hileras de coches aparcados a los dos lados de la carretera se prolongaban durante seis kilómetros y medio, hasta el pie de la colina y más allá. El único tráfico permitido a través de los retenes policiales era el continuo ir y venir de las camionetas de las también colapsadas floristerías de la zona. Al llegar depositaban su carga, daban media vuelta y se iban para abajo. Los autobuses alquilados por el club ciclista de la zona solo llegaban hasta el pie de la colina y los fans tenían que ascender a pie, como si estuvieran subiendo puertos de los Alpes o de los Pirineos para ver pasar el Giro o el Tour.

El recuerdo más duradero que le quedó a Bartali de aquel día fue el barro. Los aficionados empezaron a subir hacia Castellania a las seis de la mañana, y lo siguieron haciendo bajo un débil sol invernal y entre los restos de nieve sucia que cubría las cunetas. A medida que aumentaba el flujo de tifosi y estos subían campo a través para ahorrarse unos metros, sus pies se iban hundiendo cada vez más profundamente en el barrizal. “Lo recuerdo como un momento de gran solemnidad: la gente subía a pie, colina arriba hacia el cementerio, a miles”, explica Jean Bobet, quien acudió al funeral en nombre de L’Équipe. “El silencio, el tañer de las pequeñas campanas de la iglesia. A la medida de la imagen de Fausto, un hombre trágico”.

El día anterior se echó gravilla en el camino de 500 metros que conduce hasta la iglesia de San Biagio, situada en las afueras del pueblo, en una loma de la colina. En el cortejo fúnebre encabezado por los excompañeros de equipo, gregarios y rivales circulaba lentamente la ammiraglia, el coche del equipo Bianchi, con su fantástico perfil ondulado y sus grandes faros, coronado por la gran baca de las bicis y las ruedas de recambio. El periodista Bruno Raschi contaba que se había imaginado a Tragella de pie en el vehículo con un altavoz, animando a Coppi en su último viaje.

No se trataba tan solo de dar el último adiós a la mayor estrella deportiva de Italia. “Ni siquiera muerto se pertenecía a sí mismo. La gente se lo había apropiado”, dice Jean Bobet. ¿A quién pertenecía aquel admirado ser recién desaparecido? El tipo de ceremonial italiano de despedida del difunto no podía encajar a todas las partes enconadamente enfrentadas que Coppi había dejado atrás. Tan pronto como el ciclista exhaló su último suspiro se planteó el problema de quién iba a hacer pública la noticia su muerte. En Italia esta cuestión es mucho más relevante que en el mundo anglosajón: hoy en día, igual que entonces, las notificaciones de fallecimiento se cuelgan en los lugares públicos de la ciudad del fallecido. ¿Ese derecho correspondía a la familia que llevaba el apellido Coppi, a Bruna y a Marina, o a la Dama Bianca y a Faustino, que eran los que realmente vivían con Coppi cuando este murió?

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Hablando de grandes mitos, la taza de Marco Pantani el día que el Giro llega a Oropa

Ferdi Kubler, el buen suizo

Suiza, bello país. Orillado por montañas en su medula y por los costados, trufado de parajes que a veces asemejan mares, pero que son lagos de deshielo, lagos de todos los tamaños y profundidades. Lagos que saben de leyendas, del carácter del paisano de un lugar que se hizo fuerte desde tiempos remotos, desde los cuentos de Guillermo Tell, y la numantina defensa ante los Austrias.

Porque los suizos son muy de nadar y guardar la ropa, gente de bien, de posibles, que han sobrevivido a dos guerras mundiales, en medio del cogollo europeo, con grandes estados en el filo, con imperios precipitándose y ellos en medio, neutros, tranquilos, en una calma relativa, eso sí. Ajenos al mundanal ruido.

Esta entradilla, tan aleatoria como cualquier otra, sirve para calzar la primera impresión, el rasgo inicial sobre el nada pretencioso retrato que queremos hacer sobre Ferdi Kubler, el ganador del Tour más viejo en vida, que ahora deja ese testigo a Roger Walkoviak, el campeón que no quiso serlo, y Federico Martín Bahamontes, el toledano del que se sirivió un país como espejo de lo que el talento es capaz de ofrecer cuando se tiene a raudales.

Kubler, Ferdi de nombre, lo dicho, suizo, pero suizo suizo, muy querido entre los suyos. De él hay leyendas, cuentos difusos que hablan que bramaba, incluso relinchaba cuando agarraba la parte baja de su manillar como el cowboy que empuñaba sus pistolas. Le dibujan visceral, le tomaban por medio loco, como aquella vez que no quiso esperar a que el Ventoux empezara para atacar. “Que no ha empezado la subida” le decía Geminiani. Y qué, él era Kubler.

Nada más lejos de la realidad. Las crónicas buenas, le definen como la mano que mece la cuna. El corredor que tocaba las personas adecuadas en el instante más afortunado. No era Maquiavelo, no leía de sus principios del príncipe moderno, pero sabía a qué jugar o a quién insistir y a qué puertas tocar. Dominaba las divisas, francos, liras, pesetas, marcos,… como un buen banco suizo. Astuto, movió esos hilos, tramó de esa manera y se le tomaba por loco. Eso yo lo llamo ser una especie de genio, pululento y maloliente, por las circunstancias de la época, pero un genio. Con todas las palabras.

El palmarés de Kubler no es el mejor que encontramos, pero sí que es suculento. Ganó el primer Tour de la icónica década de los cincuenta, ese Tour en el que Bartali fue increpado en el Aspin y los italianos tomaron rumbo a casa, ese Tour en el que, vestido de amarillo, se mostró lo cerebral que nadie hubiera imaginado para ganar en Lyon la crono final y cubrirse de gloria.

Convivió con los gigantes de siempre, con Bobet, con Coppi, con Magni, con Bartali,… con Koblet, el otro gran suizo, el que se peinaba antes de cruzar la meta para sembrar el terror entre las nenas. Convivió con esos, e hizo un palmarés atemporal, con dos dobletes en las Árdenas, seguidos además. “Lieja y Flecha in a row”, con vueltas en casa, Romandía y Suiza y con el corazón de los suyos, el mismo que un día le dieron y nunca le han reclamado de vuelta, hasta el día de su muerte, a escasos segundos de llegar al que habría sido 98º año de vida.

Imagen tomada de Los Tiempos

La “edad dorada» empezó y acabó en Lombardia

Alfredo Binda está considerado por consenso el primer gran ciclista de la historia. Tres condicionantes jugaron en su contra para no figurar con la asiduidad de otros astros: su leyenda es lejanísima en el tiempo, nunca brilló especialmente en el Tour de Francia y los rivales que le tocaron en suerte parecieron poca cosa ante el brillo de este ciclista ganador y coleccionista de trofeos, que cuidaba su estilo sobre la bicicleta con el idéntico mimo que su peinado. Otros grandes como Constance Girardengo u Ottavio Bottecchia vivían su declive mientras que Learco Guerra, a pesar de lo sugerente de su apellido en la Italia fascista, no estaba a su nivel. Bartali llegó más tarde.

Binda abrió la monarquía ciclista italiana y esta perduró al menos tres décadas. Una heredad de sangre azul que instaló el expreso de Cittiglio, pequeña localidad que vio el paso de Lombardia durante años, y que no se traspasaba por derecho sino por mérito. Binda fue el primero, en su ocaso tomó el relevo Gino Bartali y al final entró Fausto Coppi, el triunvirato, la santísima trinidad itálica. Entre ellos ganaron doce ediciones del Giro de Lombardía: cinco Coppi, cuatro Binda, tres Bartali.

Binda, joven, integrado en una familia numerosa, era el décimo de catorce hermanos, debe partir para Niza, que cincuenta años antes era parte de los Saboya, porque en casa no dan abasto con los gastos. La música copaba sus gustos, pero la bicicleta ganó la partida el ciclismo al otro lado de la frontera. Le llamaron “le niçois de Cittiglio”. Allí, en Francia, gana una importante carrera amateur pero es descalificado. Su primer triunfo queda en nada, al menos de momento, el ciclista toma confianza, se hace un nombre, su áurea llega a oídos de Constance Girardengo.

Y ahí está, el joven prodigio. Es Alfredo Binda. Acude al Giro de Lombardía de 1923 con la certeza de que está entre los favoritos porque lo lee en la Gazzetta, pero él corre por las 500 liras que ponen en juego en la cima de Ghisallo para quien pase primero. En el segundo kilómetro de subida, las piernas de Binda funcionan a la perfección, cae, uno, el otro, el siguiente. Cae Girardengo, la leyenda, el hombre. Poco después Binda supera al fugado y corona solo. Presa del esfuerzo es neutralizado y superado, Binda habría de ser cuarto.

Sin embargo cuenta con legión. En el equipo de referencia, el Legnano, adquieren sus servicios a razón de 20.000 liras anuales más 5000 por clásica ganada. La máquina empezó a funcionar. En 1925 René Vietto, el héroe francés que se hizo célebre por arruinar sus opciones por darle una rueda a Antoni Magne, declara admirado: “Es increíble cómo va encima de la bicicleta. Puedes ponerle un vaso de leche acoplado a la espalda que seguramente no derrame una gota”. Con ese estilo Binda derrumba el mito de Girardendo, es el rey de Lombardia.

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Cartel de Sencillo Bikes dedicado a la «Clásica de las hojas muertas»

Prolongará su dominio dos años más. En 1926 gana con casi una hora sobre Antonio Negrini. “Es lo más grande que jamás he visto” exclama Girardeno, lesionado siguiendo la carrera en un coche y abrumado por lo visto. Al año siguiente vuelve a ganar, perfecto, rectilíneo, con un peinado que no hace justicia a las penurias de la ruta. Es un genio, un as, el primer grande, tanto que en el Giro de 1930 la organización le da 25.000 liras con tal de que no tome la salida y no monopolice la carrera. Su figura languidece a mediados de los treinta y se apaga en un accidente durante la Milán-San Remo de 1936. Para entonces el “monje volador” Gino Bartali ya rueda a satisfacción.

El toscano gana tres veces en Lombardía que pasa del Sempione milanés al Vigorelli, el velódromo de los récords, entre otros el de Fausto Coppi en plena Segunda Guerra Mundial, cuando pocos podía estar ahí para atestiguarlo. Retirado Bartali, es el periodo de Coppi, “la piedra preciosa del ciclismo” como dijo Jacques Goddet, tantos años patrón del Tour. Coppi ganó su quinta clásica de las hojas muertas en 1954, su último gran monumento.

Parte de este relato está inspirado, y documentado, en la excelente obra “The Monuments” en la que Peter Cossins guarda y narra parte de las mejores historias de esas grandísimas carreras. Si queréis más detalle de la misma podéis acceder aquí.

Foto tomada de www.foroche.com

#BonjourTour etapa 16

La semana arranca con una etapa que entrará hasta el zaguán de la casa de Fabian Cancellara con un recorrido rodeado de montañas aunque sin pisar ninguna de las subidas. En Berna posiblemente veamos otro sprint y quizá el asalto definitivo de Mak Cavendish al récord de Eddy Merckx. No obstante, el cansancio reinante puede provocar que los equipos de los velocistas prescindan de un desgaste que ahora mismo pocos tienen capacidad de desarrollar.

El lugar

La etapa previa a la segunda jornada de descanso del Tour se introduce en terreno suizo por los alrededores del lago de Neuchatel, uno de los lagos más grandes del hermoso país helvético cuya capital Berna es pequeña, sencilla pero preciosa, instalada en un meandro ofrece uno de los conjuntos más homogéneos del viejo continente. Berna es por eso patrimonio de la humanidad con su colección de fuentes y pasadizos.

18 de julio de 1949

La décimo sexta etapa del Tour entra en terreno alpino, era la segunda del serial. Bartali y Coppi están separados por dos minutos en la general con Robic, Kubler y en primer lugar, el inesperado líder Jacques Marinelli, como principales amenazas. En el Coll d´ Allos el suizo Kubler es el primero en atacar, movimiento audaz que dos pinchazos arruinan en el Vars.

A esas alturas la carrera ya era un surco entre los dos campeonissimi que abren hueco bajo la lluvia del Izoard donde llegado un momento, Coppi se siente tan fuerte que quiere volar solo ante el desespero de Bartali, que no pide, implora que su compañero le espere. Discutiendo con el director de equipo, la leyenda Alfredo Binda, Coppi se asegura que su compañero le sigue de cerca y pone el tren suficiente para llegar juntos a meta, después de protagonizar esa famosa imagen del bidón, y quién se lo dio a quién, Gino a Fausto o al revés. En la meta ganó el viejo Bartali, pero la suerte estaba echada, al día siguiente Coppi sentenciaría el Tour, su primer Tour.

INFO

Indurain, Ocaña, Bahamontes,… viste las leyendas del ciclismo español

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En el Pordoi está el perfume de los Dolomitas

Hubo por estos pagos una etapa mítica hace más de veinte años. Corrían en aquel peloton nombres que suenan a gloria en tiempos en los que los héroes corren escondidos. Fue una jornada de esas que deja la memoria marcada a una generacion, porque la generosidad en la carretera se cobra el recuerdo, el cariño de quien ama este deporte, lo que significa e implica. Y la historia la escribieron con mayúsculas dos gigantes como Claudio Chiapucci y Miguel Indurain, bajo la pertinaz lluvia de los Dolomitas, en el enjambre de puertos del lugar, de subidas inhumanas, aquellos días ocultas y escondidas en la niebla que agarraba con obsesión la piedra del paisaje.

Pero ese día Miguel Induriain, generoso habitualmente, hizo un gesto que dejó huella, quiso pasar primero por el Pordoi, esa edición la “cima Coppi” de la carrera. Quizá supiera el navarro de la vinculación de esa subida con el gran Fausto, quizá supiera de las estelas que adornan la subida en recuerdo del irrepetible ciclista que marcó los tiempos tan hondamente que todos en su país o en cualquier rincón del universo ciclístico le recuerdan como el grandísimo que fue.
En la cima del Pordoi, Jordi Escrihuela nos dijo que hay una bicicleta de Gilberto Simoni, que también hay un monumento a Fausto Coppi, el corredor que un día voló sobre las 33 curvas del puerto, que puso el Pordoi en el mapa.

Pordoi by Bkool
Pordoi by Bkool

Fíjense en Fausto Coppi ¿escala? No, no escala. Corre, sencillamente, como si la mesa fuese llana como una mesa de billar. Desde lejos se diría que ha salido a dar un alegre paseo. Desde lejos, porque desde cerca se ve como se le enflaquece el rostro y se le contrae el labio superior, lo que le confiere una singular expresión de ratón apresado en una trampa

Dino Buzzati, el cronista del “Corriere della Sera”, estaba ahí, en el Giro de 1949, viendo a Coppi volar, distanciar al resto, perpetuar el Pordoi. El narrador de la escena deportiva en la Italia que recuperaba el resuello tras la Segunda Guerra Mundial, plasmó ese Giro que marcó la línea entre Bartali y Coppi.

Dicen que hay cimas más duras, más altas, si se nos permite, hasta más fuertes, en los alrededores, pero el Pordoi es la esencia de los Dolomitas. Cercado por el Sella, la Marmolada, aquí se tienen las mejores vistas, incluso de los puertos suizos cuando el verano cae sobre las cumbres que rebosan nieves perennes. El sitio vivió otras batallas, como en el Grappa, osarios recuerdan soldados que se dejaron el aliento en las guerras mundiales.

Sin embargo el lugar está prendado de Coppi y su figura, quizá por eso Franco Chioccioli, el corredor que más se le asemejó sentenció un Giro, el de hace 25 años, ante el desespero de Marino Lejarrera. No es el más, duro, como dijimos pero su sucesión de curvas, rítmicas, casi sinfónicas le confieren carácter musical, primero entre pinos, luego con la singular flor de edelweis como testigo. Arriba está cima, esta vez la «cima Coppi».

Asaltad el Pordoi desde la salita de estar, Bkool lo tiene en su sistema…

Icono Coppi

Faustino Coppi, más conocido como Fausto, falleció el 2 de enero en un hospital de Tortona (norte de Italia), víctima de un ataque de malaria fulminante. Tenía 40 años recién cumplidos, una deslumbrante y colosal trayectoria deportiva a sus espaldas y una vida dorada por delante de mito viviente millonario, adulado e idolatrado por todo el arco social italiano y de parte del extranjero. Desde aquel día su figura, lejos de deslizarse discretamente hacia el olvido, como la de tantos y tantos ídolos de masas tragados por el cráter sin fondo que va dejando paso del tiempo, no ha cesado de agigantarse y universalizarse. Por lo menos en el microcosmos, cada vez menos “micro” y más “cosmos”, del ciclismo, un deporte hijo de la modernidad maquinista de finales del XIX que está viviendo una segunda juventud dorada en el siglo XXI de los megabytes, la ultraconectividad y los móviles más inteligentes que algunos de sus amos.

Como cualquier buen aficionado con ínfulas de connoisseur, he sentido atracción por Fausto Coppi casi desde que tengo uso de razón pedalística. Más allá de su palmarés, que siendo monumental palidece al lado de un Merckx, o mejor dicho, además de su palmarés rutilante, lo que hipnotiza de Coppi es su imagen. Ese rostro de pómulos afilados, mejilla chupada y perfil aquilino (o sea, de águila); ese pelazo azabache embadurnado de brillantina y milimétricamente repeinado con su raya al lado como hachazo certero; esas gafas de sol tan cool en aquella época de vulgaridad y miseria; esas piernas largas, torneadas, de muslos descomunales y gemelo escuchimizado, como de pata de rana, rematadas por esas zapatillas de cuero negro agujereado, lustrosas de betún en las salidas, pringadas de barro y polvo en las meta; esa bicicleta Bianchi de tubería de acero delgada, un solo plato y cuatro piñones; esas gafas de aviador de la Primera Guerra Mundial con elástico para ceñírselas, que le daban un inquietante aire de mosquito gigante; esa media sonrisa perenne y hierática de superestrella acostumbrada a lidiar con las estampidas de los tifosi, algo ratonil con sus prominentes y blanquísimos incisivos asomando bajo el fino labio tensado…

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Coppi era, en vida, uno de los ejemplos más acabados de lo que en la cultura de masas se llama un icono, cualidad o estatus que su muerte no hizo más que amplificar en sucesivas ondas expansivas. Un estatus redondeado por una vida personal novelesca en el sentido más amplio de la palabra: protagonista prototípico de lo que los ingleses llaman una historia “from rags to riches” (de los harapos a la riqueza), il Faustino, como lo llamaban en casa, ganó el Giro con escasos 20 años; batió el récord de la hora con 23; fue enviado al frente tunecino durante la Segunda Guerra Mundial, donde fue hecho prisionero en un campo inglés; padeció numerosas caídas graves durante su trayectoria ciclista, alternadas con momentos mágicos de estado de gracia atlético; vio cómo se mataba su hermano Serse en un estúpido accidente en bicicleta con las vías del tranvía de Milán; se separó de su primera esposa y vivió en pecado con una hermosa e intrigante mujer divorciada, con la que tuvo un hijo… Por no hablar de su prematura, asombrosa e inexplicable muerte, más propia de una estrella del rock que de un deportista recién retirado en la plenitud de la edad.

Coppi il mito, un hombre cuya aureola ha saltado mucho más allá de las fronteras del deporte del pedal y de las de su época de grandes catástrofes, grandes miserias y grandes esperanzas, merecía un buen libro en castellano. La edición de Cultura Ciclista del clásico de William Fotheringham, La pasión de Fausto Coppi, lo es, y mucho. Ya me perdonarán la inmodestia de editor satisfecho.

Por Bernat López, editor de Cultura Ciclista

Imagen tomada de espn.go.com

#CuadernodeCuestas El misticismo del Passo della Bocchetta

Tarde o temprano se encendería.  Cuando Coppi decidió atacar enseguida ganó 10 metros, luego 50 y después de una curva ya no lo vieron más. El grupo saltó por los aires y sólo Nino Defilippis pudo seguir su rueda salivando sangre.

Aquel domingo 18 de septiembre del 55 amaneció radiante en los Apeninos. El cielo, el aire, los colores, eran un placer para los ojos y los pulmones. Los corredores, con ganas de batalla, salieron disparados como si la carrera acabara a la vuelta de la esquina y no después de 232 kilómetros. Todos lo sabían, pero nada pudieron hacer ante el vuelo de Il Campionissimo: el Passo della Bocchetta era su casa y conocía cada curva como la palma de su mano. El único que pudo resistirle fue el joven Nino de 23 años, contra los 36 del viejo Coppi.

El propio Defilippis explicó que Fausto le dijo “si nos vamos juntos me echas una mano”. Él le contestó con un “vale, vale”, pero iba demasiado fuerte y no pudo aguantar su rueda. Apretó los dientes y escupía sangre mientras movía su 46 x 25, pero a un kilómetro de la cumbre, entre lágrimas, tuvo que dejarlo con su galope triunfal alado que le daba la multitud con sus ánimos. Aquel Giro de los Apeninos de hace casi 60 años fue la última gran victoria en línea de la legendaria carrera de Coppi. Su ángel de la guarda, Sandrino Carrea,  dijo que aquella mañana Fausto sólo le repetía una y otra vez que iba a ganar aquella prueba con cinco grandes premios de la montaña: Giovi, Castagnola, Scoffera, Bocchetta y de nuevo Giovi. Lo consiguió, pero fue su último gran vuelo.

Hoy en día el Giro de los Apeninos recuerda este hecho en el alto del Passo della Bocchetta, una montaña que pertenece a los Apeninos ligures situada a 772 msnm, muy cerca de Génova y Pontedecimo, localidad habitual de salida y llegada de la carrera. Un paso histórico, pues por él transitaba la romana Via Postumia, construida en el año 148 a.C.

En su cima encontramos las estelas con las efigies de Fausto Coppi y Luigi Ghiglione, patrón del Giro de los Apeninos, un emprendedor ex atleta que vio cumplir su sueño de organizar una gran carrera cuando en 1934 se disputó su primera edición sin interrupción hasta hoy, con la sola exclusión del período de la Segunda Guerra Mundial (1940-45).

 

Critérium para escaladores, el Giro discurre por la Liguria y el Piamonte y ha sufrido múltiples cambios de ubicación en el calendario hasta la edición de este año celebrada en pleno Tour, el pasado 14 de julio, lo cual no deja de ser una rareza. Adquirió notoriedad en los años 50, pero fue en aquel 1955 cuando se consagró como una de las grandes competiciones italianas, con el último paseo de Coppi, rematando 70 kilómetros de escapada en solitario y dando celebridad a este Passo della Bocchetta con su memorable escalada.

El puerto, de 8’2 km de longitud, a una media del 7,7% para salvar los 130 m de altura de Campomorone hasta sus 772 m y con pendientes de hasta el 19%, sigue siendo la referencia del Giro de los Apeninos y sus rampas siempre han sido decisivas para seleccionar el grupo de favoritos. El récord de la ascensión está en posesión de Gilberto Simoni, con un tiempo de 21’54’’, establecido durante la edición del 2003, que batió por sólo dos segundos el de Marco Pantani (21’56’’) registro que se mantuvo durante ocho años inalterable. La marca que más tiempo duró imbatida fue la de Gianbattista Baronchelli que en la edición de 1977 paró el reloj en 22’46’’ que se mantuvo nada menos que durante 17 años hasta la llegada del ruso Evgeni Berzin (22’31’’).

Aquel 18 de septiembre Coppi tardó 25’ en escalarlo, pero hay que considerar que en aquella época la Bocchetta tenía curvas hormigonadas por encima del 20%, haciendo más difícil su ascensión hasta que posteriormente arreglaron la carretera “suavizándola” algo.

Los tiffosi estuvieron buscando durante bastante tiempo al sucesor de Coppi y parecieron encontrarlo en la figura de Zilioli, nacido en 1941, un gran corredor, de los mejores de su generación, cuando ocho años más tarde y en el mismo lugar donde atacó el campeón de campeones ganó el Giro de los Apeninos, cerrando un espacio en el tiempo, aparentemente vacío. Su tiempo en el Passo della Bochetta fue de 26’19’’, pero dicen los que lo vieron escalar aquel día que su estilo ingrávido y su elegancia recordaban al de Coppi.

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo, sueños ciclistas

La leyenda de Bahomontes sigue intacta

Mira, qué bueno, han escrito este libro sobre mí” me dijo señalando la estantería. Parece que estoy de moda” añade en medio de una muda carcajada. En Bélgica hay una revista con su nombre. Federico Martín Bahamontes es leyenda viva, de esa que se nos va de entre los dedos por el deterioro simple y llano del tiempo, de esa que estrujarías para que te contara cómo fue su recibimiento en Toledo, en el yugo de la España franquista, cuando el alto de su coche no cabía por el arco de la Puerta de Nueva de Bisagra, esa que cincela la doble cabeza de águila del imperio de Carlos V.

En 1959, Bahamontes ganó el Tour, el primer Tour español. Me cuentan los que le vieron que iba sin cadena, era el mejor con diferencia y que la propia madurez de su físico frágil pero asesino en carrera le llevaron a ganar la carrera. Eso sí, tuvo también mucho que Fausto Coppi quien serigrafiaba su apellido en el pecho del toledano con el patrocinio de tricofilina, una especie de aspirina de la época.

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Coppi no sólo ponía la pasta, movía los hilos, tejía alianzas, iba mucho más allá de Dalmacio Langarica, el director del equipo español, un exciclista, victorioso en una Vuelta, cuyas miras nunca situaron, a priori, a Bahamontes en el primer escalón del podio. Dicen que Dalmacio tenía una niña de sus ojos, se llamó Jesús Loroño.

La cronoescalada al Puy de Dome aupó al castellano manchego, le puso arriba, en doce kilómetros y medio dejó a Charly Gaul a minuto y medio. Maître Anquetil perdió casi cuatro minutos. Bahamontes los había matado jugando, traqueteando con su máquina cargada de seis coronas, del 14 al 23 con un 51 y 44 adelante. Multiplicaciones para gloria: “¡Vamos, Fede, vamos!” espoleaba Langarica. Bahamontes dijo volar como un águila. Tenía la promesa de un extasiado Coppi: “Si ganas, te espero en París”. Ambos se verían en la ciudad de la luz, ramo en ristre y amarillo por sayo.

Nunca pensé en sacar tanto tiempo en tan corto espacio” dijo Fede en la ronda televisiva de la noche. Fede nunca hablaba se mencionar un nombre, un mito, el de Fermina, su mujer. Había desayunado una tostada con mantequilla y mermelada acompañada de un té. Al mediodía, tras yacer en la cama hasta las doce, comió verdura y carne picada. El menú le había sentado de maravilla: etapa, liderato y match ball para ganar el Tour.

Al final de tres semanas largas de periplo por el hexágono el águila se llevó a su Toledo natal 3,6 millones de francos en premios oficiales, más las cien mil pesetas que la Federación Española le dio y el serial de criteriums, en esa época una auténtica máquina de hacer dinero, aunque fuera a costa de dormir en coches de ciudad en ciudad, en mala postura, crujido por el  traqueteo, pero alimentando una leyenda que 56 años después goza de excelente salud.

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