La sangre nunca llegó al río entre Coppi y Bartali

Hace tiempo que albergábamos el deseo de realizar un comentario en torno a la rivalidad tan explotada por los medios de comunicación en referencia a estos dos famosos ciclistas italianos de otros tiempos, que acapararon en su momento los mejores elogios por parte de los miles y miles de aficionados de este siempre duro deporte del pedal. Aparte de esta rivalidad que sirvió de acicate para llenar páginas y más páginas en los periódicos y más de los de cariz más bien sensacionalista. Lo más importante fueron sus hazañas, aquellas heroicas gestas que sugestionaron a miles y miles de aficionados y no aficionados incluso.

Estos protagonistas, es fácil adivinarlo, no fueron otros que el dúo formado por Fausto Coppi y  Gino Bartali, dominadores casi absolutos en el período que duraría algo más de una década. Fueron dos figuras excepcionales que la historia de la bicicleta no suele repetir o rememorar con otros nombres así como así.

Rivalidad sí la hubo; pero no tanto

Recuerdo al respecto cuando en una ocasión le pregunté con cierta curiosidad e interés a Coppi, al que me unía una sincera amistad, y singularizo afirmándolo, qué era lo que había de cierto en lo que hacía referencia a la rivalidad  existente entre él y su compatriota Gino Bartali. Su respuesta fue tajante y sin rodeos. Hubo, me manifestó, cierta rivalidad deportiva, desde luego; pero ni mucho menos el sensacionalismo mostrado por parte de algunos medios informativos de difusión.

Los periodistas, algunos de ellos, sentían la imperiosa necesidad de agitar las aguas y de llamar a la atención con alguna noticia que rompiera con todas las realidades vividas de manera cotidiana. Se buscaba con desmedido afán algo que sirviera como acicate para despertar el interés de los lectores y con el simple objetivo de vender más papel escrito. Tenían la imperiosa necesidad de divulgar novedades, algunas sin base cierta.

Tras comentar aquellos pensamientos de tono casi envolvente, Coppi, bien lo recuerdo, finalizó la conversación diciéndome: “Gerardo: De lo que se ha ido escribiendo o comentando acerca de nuestra rivalidad, vale más la pena  evaluar como mucho la mitad. Ya es suficiente y no cabe retorcerse en habladurías que no llevan a ninguna parte”. Sólo nos resta que valorar el contenido de sus palabras del todo sinceras.

A raíz de aquellos hechos o pugnas que pertenecen al pasado, es mi intención el exponer en estas columnas algún acontecimiento que pude experimentar muy de cerca y que nos transparenta la verdadera realidad de los sucesos que acontecían con diversidad en las carreteras. Aunque sí hubo rivalidad deportiva, repetimos, no por ello las aguas llegaron a desbordar el cauce del río. En dónde se vislumbró más a las claras en buen entendimiento y colaboración mutua fue precisamente en los Tours de Francia, celebrados en los años 1949 y 1952, el máximo exponente con que contaba y cuenta el ciclismo.

Durante varios años perduró con mucha aceptación la presencia de  los equipos representativos nacionales y algunos de nivel puramente regional. Fue una vieja fórmula que en la actualidad ya no se usa, porque sale más a cuenta aquilatar la economía de las arcas en cuanto a lo que hace referencia a las ganancias, un factor poderosamente casi indispensable hoy en día. Resulta más rentable el camino que se sigue en la actualidad en donde el dinero se hace notar cantante y sonante. Al Tour es lo que más le interesa y deja de soñar en romanticismos patrióticos.

El alto significado de representar a una nación 

Hoy en día las casas comerciales, que son las que en verdad pagan, tienen un contundente peso específico en el campo ciclista, un ingrediente que avasalla y atenaza la actual situación. Los tiempos han cambiado y los intereses se deslizan por otros derroteros en donde pesa tanto la aportación económica. El sentido patriótico, cuando hay dinero, pasa a un segundo plano. Por lo general, se piensa más en el hombre, en la individualidad de la persona que ha realizado tal gesta o tal otra. En otros tiempos, léase pasado, tenía un valor sistemático aquella clase de representaciones.

En el Tour del año 1949, los dos campeones que fueron  nombrados, Coppi y Bartali, suscribieron un pacto de ayuda  mutua en aras al buen rendimiento global que se deseaba alcanzar por parte del conjunto italiano. Este pacto de palabra, lo que son las cosas, se reafirmó en el Hotel Martínez, emplazado en la ciudad de Cannes, gracias a la diplomacia desplegada por su director técnico, Alfredo Binda.

Al día siguiente, se llegó a Briançon, en pleno corazón de los Alpes, tras cruzar las cimas de los puertos de Allos, Vars e Izoard. Los dos colosos transalpinos pisaron con dilatado avance la línea de meta. Coppi, siendo sobre el papel el más fuerte, cedió el triunfo a su compañero Bartali como regalo por celebrar éste su cumpleaños. Habían acumulado una ventaja de más de cinco minutos sobre el combativo Jean Robic, el diminuto y todo nervio corredor bretón, corredor que siempre se hizo notar por su temperamento un tanto combativo fuera donde fuera.

Fausto Coppi ganaría el Tour con más de once minutos de ventaja sobre el hombre de la región toscana, su compatriota Bartali. Fueron invencibles los dos, y al mismo tiempo caballeros. En consecuencia, gracias a este  honroso pacto de no agresión, consiguieron una sonada y suntuosa victoria.

Quisiéramos recalcar a modo de inciso que con anterioridad los dos campeones ya habían dado muestras de su buena disposición de ánimo. Por ejemplo, en la etapa pirenaica, Pau-Luchon, bajo la silueta inconfundible del Aubisque. Allí se pudo contemplar como Coppi le facilitaba una botella de agua a Bartali, bajo la atenta mirada del diminuto Apo Lazarides, un corredor galo muy popular en las tierras de donde era originario. Recordamos que Gino se protegía de los implacables rayos solares con una gorra blanca, cumplimentada con un pañuelo del mismo color de tal manera que su figura se asemejaba a  la de un simple beduino, una raza africana que impone.

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Quién cedió la botella a quién

Introducidos en el otro Tour del año 1952, se produjo un segundo triunfo de Fausto Coppi, que contó también con los servicios de Gino Bartali. Es obligado situarnos en la etapa alpina Bourg d´Oisons-Sestrière, en la cual los ciclistas afrontaron las ascensiones de Croix-de-Fer, Telegraphe, Galibier (2.558 metros de altura) y el Mont Genèvre como puntilla final. Coppi, autor de un solemne recital, llegaría a la meta con más de siete minutos de ventaja con respecto al español Bernardo Ruíz. El belga Ockers fue aquel día tercero. Salvo el puerto del Telegraphe, Coppi coronó los demás puertos de la jornada en solitario.

En esta etapa se vivió una escena que fue captada por un avezado periodista gráfico durante la ascensión al puerto del Galiber, documento que ha dado varias veces la vuelta al mundo por su alto significado deportivo y que hace unos pocos días El Cuaderno de Joan Seguidor ha tenido la deferencia de reproducir con motivo de la edición de un libro titulado “El Tour de Francia”, obra significativa escrita por el experto periodista Mario Fossati, una eminencia ciclista que fue.

En la citada y emotiva fotografía se aprecia la complicidad mantenida  entre estos dos ases, intercambiando una simple botella de agua en un momento más o menos decisivo de la etapa. Más de un observador se había aventurado a manifestar que fue Bartali el que cedió el milagroso líquido al “campionísimo”, aquel ciclista  de Castellanía llamado Coppi. Pero la realidad siempre fue una incógnita que quedó en el aire sin una respuesta más o menos consistente.

Lo más importante y por encima de todo estaba en la acción protagonizada por estos honorables atletas de las dos ruedas  y plasmada de forma tan elocuente en un instante de la etapa de referencia. Nosotros nos identificamos plenamente ante aquella escena que no necesitaba adicionar elocuentes palabras. Bastaba contemplar lo que en realidad se mostraba en el documento gráfico obtenido. Los dos estaban plenamente unidos en el esfuerzo defendiendo los honores del país que les vio nacer: Italia.

Y ya que comento este hecho tan emotivo de intercambio entre estos dos campeones de una botella que pasó de una mano a otra, un principio a todas luces solidario, quisiera exponer la teoría que se expone al respecto. Hay que contemplar la citada fotografía para percatarse de lo sucedió en aquel impresionante Galibier. Uno de mis hijos, hay que delatarlo abiertamente, dio en el clavo. Acertó dándome el veredicto de lo acontecido.

Veamos, pues, la cuestión que se nos plantea. La persona que recibe una botella o cualquier objeto en su mano de manera instintiva dirige su mirada hacia lo que recibe. No cunde, por ejemplo, el observar a la persona que protagoniza la entrega. Ante este aserto no hay vuelta de hoja: Fue Bartali el que recibió el botellín y sus ojos acusan sin dilaciones su recepción: una botella llena de agua para apagar la sed.

En el primer plano, en cambio, se observa a Coppi pedaleando en pleno esfuerzo y con su mente centrada en el desarrollo de una etapa casi decisiva. Sus ojos escudriñaban la silueta inconfundible y recortada de las majestuosas montañas alpinas, envueltas en una tonalidad más bien grisácea. El comandaba y dominaba la situación planteada y siempre en vanguardia. Esta fue la aclaración, repito, tutelada por mi buen hijo Ignacio, al que agradecí su muy acertada respuesta.

Por  Gerardo  Fuster

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Sprays que «marcan» al ciclista ante la mirada de los conductores…

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El Tour como lo vio Coppi

Mario Fossati fue uno de los grandes periodistas italianos, que tuvo a bien trabajar en los tres grandes medios de la bota -Gazzetta dello Sport, Giorno u La Repubblica, y dejarnos un legado caso único con el libro titulado “El Tour de Francia”, una obra que narra la victoria de Fausto Coppi, la segunda, en la edición de 1952 y que La Biciteca os ofrece.

Y lo hace desde dentro, desde los despachos, coche, habitaciones, comedores y carretera, hay mucha carretera. El periodista tenía “full access” al mítico combinado italiano que dirigía con maestría ese excorredor que fue pagado para que no concurriera en competición pues su sola presencia dejaba la misma sin emoción.

En efecto, el mítico Alfredo Binda llevaba las riendas de un equipo irrepetible. La narración no empieza con el Tour, que ese año partió desde la inhóspita Bretaña, para atravesar el ancho del hexágono hasta Bélga, bajar paralelos a la frontera oriental y volver a París por el Mediterráneo y los Pirineos. La narración, como digo, arranca en los días previos a la carrera, días en los que se vivieron amargas reuniones para poder casar los intereses de los tres grandes en un mismo equipo.

Fausto Coppi, Gino Bartali y Fiorenzo Magni eran la punta de lanza de un bloque que consiguió ser uno, no sin pocos problemas y cambios en la dirección. Las maniobras de Binda para tenerles en la salida son el perfecto entremés de una narración a dos velocidades, como la estrategia italiana. Primero tranquilidad, agazapados, pero a partir de Roubaix, a la trinchera, con saña y poder. Coppi alcanzó primero que nadie, ese año, la cima de Alpe d´ Huez, en un duelo mítico con Jean Robic, el ciclista en cuya persona confluía toda la frustración de los franceses, a años luz del poder transalpino.

Aquel Tour fue también histórico para el ciclismo español que vio a Bernando Ruiz, el protagonista de un delicioso Conexión Vintage de Paco Grande no hace mucho, en el podio. Fue la primera vez que un español subió tan alto y como nos contará Gerardo Fuster próximamente Ruiz fue un ciclista de cuyos registros no se ha hablado lo suficiente.

De entre el bosquejo de frases y expresiones que el libro nos ofrece, permitidme apuntar dos extractos, cortos, pero ilustrativos de la excelente narrativa que viste la obra:

El Tour es tremendo, me habia dicho Milano, porque a la víspera de una etapa aguarda… otra etapa. Los peligros son evidentes…

¿Y detrás? El único cazador de magno era Sabbadini, flotando entre el campeón de Italia y el pelotón. Sin embargo, era un cazador que no conseguía atrapar a su presa. Fiorenzo no oía, ni siquiera remotamente, el eco de sus escopetazos…

Imagen tomada de Parlamento Ciclista

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Santa Fixie te enseña los nuevos cuadros de Cinelli 

¿Cómo será el Giro de Italia?

Ante la puesta en marcha de la 98ª edición del Giro de Italia, que como novedad se inicia en las cercanías de la veraniega y cosmopolita población de San Remo, existe una evidente expectativa en torno a saber cuál va a ser el máximo agraciado en conquistar esta competición que finalizará en apoteosis en la capital lombarda de Milán, un lugar ya tradicional en esas lides.

Analizando una tras otra las circunstancias que reúnen las etapas que completan el Giro, se advierte una tendencia progresiva en cuanto a su dureza; es decir, hay que hacer lectura de los puertos de alta montaña que se alzan en el transcurso de su periplo. Los últimos días, sin duda, nos darán los hechos más trascendentes que configurarán el resultado final de la prueba.

La montaña marcará la ley del más fuerte

La ronda italiana constará de veintiuna etapas distribuidas a lo largo de 3.493 kilómetros. Los organizadores, bajo el apoyo de su director Mauro Vegni y del rotativo La Gazzetta dello Sport, han persistido en la idea de atraer como sea a los miles y miles de aficionados con los que cuenta el deporte de las dos ruedas. La caravana multicolor deberá afrontar siete etapas con llegadas en alto, lo cual constituye un factor de indudable influencia en el desarrollo del Giro. Vale la pena hacer mención de los puertos colocados en los epílogos. Consignamos los altos de Abetone (5ª etapa), Campitello Matese (8ª), Monte Berico (12ª), Madonna di Campliglio (15ª), Aprica (16ª), Cervinia (19ª) y Sestriere (20ª).

Se incluirán, además, dos sectores de contrarreloj: una inicial corrida bajo la modalidad por equipos, en San Remo (1ª etapa) y una individual de acusada distancia de 59 kilómetros, que finalizará en Valdobbiadene (14ª), constituyendo un eslabón de claro peso específico con denodada influencia en la clasificación general.

¿Y quién podrá ganar este Giro?

Un punto vital a considerar será la participación de varios corredores destacados entre los cuales no encontramos en su relación un favorito patente, contundente. De renombre la lógica nos muestra a primera vista, en un primer escalón, al australiano Richie Porte, al colombiano Rigoberto Urán, al italiano Fabio Aru y, naturalmente, al español Alberto Contador. En un segundo plano anotamos a los colombianos Carlos Betancur y Sebastián Henao, al canadiense Ryder Hesjedal y al italiano Diego Ulissi. Los colombianos, llamados comúnmente los escarabajos de oro, con tanta montaña anunciada a los cuatro vientos, tienen la posibilidad de hacerse notar con fuerza.

Fausto Coppi-Giro 1952

Anécdotas en la historia del Giro

El Giro en si tiene un pasado recargado de hechos más o menos llamativos. Su instauración se remonta al año 1909. Se puso en marcha en la Plaza Loreto de Milán, con fecha del 13 de mayo, con un primer vencedor llamado Luigi Ganna, que cubrió los 2.448 kilómetros bajo un promedio alentador de 27,260 kilómetros a la hora. Partieron 115 concurrentes, ilusionados todos ellos ante una gesta de esta índole, da altos vuelos. Tras mil vicisitudes retornaron a Milán tan sólo 47 supervivientes, apropiada la palabra, cubriendo un recorrido fraccionado en ocho jornadas. Las etapas, cada una, solía oscilar alrededor de los 300 kilómetros, un dato que en aquella época encerraba casi una leyenda.

A los ciclistas, según hemos podido leer en las extensas crónicas que nos dejaron los hombres de la pluma, se les consideraba unos personajes más bien raros, montados sobre un cuadro de hierro y dos simples ruedas. Se les tachaba de ser unos simples aventureros o hasta visionarios, con ¡eso sí! una poderosa capacidad física para soportar carreteras en muy mal estado, condiciones climatológicas dantescas y mil otras contrariedades más. Las clasificaciones y resultados de las primeras cinco ediciones se establecieron por medio de puntuaciones. El último ganador bajo este sistema numérico fue Carlo Oriani, que tuvo la virtud de ganar la primera etapa y conservar su liderato inamovible hasta el final (1913). Al año siguiente la tabla de la clasificación se fraguó a base de tiempos, es decir, reloj en mano.

Al periódico La Gazzetta dello Sport se le debe la puesta en marcha del Giro desde sus primeros tiempos. Las páginas de edición eran de color rosado. Por esta circunstancia sus organizadores decidieron que el líder de la prueba se le debía bien distinguir en el curso de las etapas, vistiendo una camiseta de color rosado, distinción que ha perdurado hasta nuestros días.

Campeones del pasado

El Giro de Italia posee en su historial tres figuras que merecen la máxima consideración y enaltecimiento. Los tres distinguidos en este elenco no son otros que los italianos Alfredo Binda (1925-1927-1928-1929-1933) y Fausto Coppi (1940-1947-1949-1952-1953), y el belga Eddy Merckx (1968-1970-1972-1973-1974). Acumularon en su palmarés cinco triunfos absolutos, cosa que nadie ha podido igualar hasta la fecha. La victoria de Coppi en el año 1940, fue conseguida a la edad de 20 años. Nadie le ha podido superar en cuanto a juventud.

Por naciones, se lleva la palma de manera rotunda Italia, con 68 victorias. Muy alejadas restan Bélgica, con 7, y Francia, con 6. Por otra parte, España ha saboreado las mieles del triunfo gracias al navarro Miguel Induráin (1992-1993) y al madrileño Alberto Contador (2008), dos protagonistas que perduran en nuestra mente por su éxito.

El velocista italiano Mario Cipollini posee el máximo record en lo que concierne a las victorias de etapa. Posee en su haber un total de 42. Le siguen en esta prestación su compatriota Alfredo Binda, con 41, Learco Guerra, con 31, y Costante Girardengo, con 30. Nuestro inolvidable y malogrado representante español, Miguel Poblet, fallecido en el mes de abril de 2013, acumuló 20, un número que engrandece su prestigio internacional y vale nuestra loable admiración.

Por Gerardo Fuster

Imagen www.deportesrcn.com

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1Del 9 al 31 de mayo Eurosport emitirá en DIRECTO el Giro de Italia, primera de las tres Grandes Vueltas ciclistas de la temporada. La edición 2015 de la ronda italiana será aún si cabe más atractiva que en años anteriores tras la confirmación de Alberto Contador de acudir con la intención de luchar por la victoria. Pero el Giro no es la única Gran Vuelta que se ha marcado como objetivo para 2015 el ciclista madrileño, quien tratará de emular a Miguel Induráin o Marco Pantani ganando el mismo año Giro y Tour.

En cuanto a los españoles, no faltarán a la cita corredores como Beñat Intxausti e Igor Antón (Movistar Team) o Luis León Sánchez (Astana), quien disputará el Giro por primera vez. Junto a los españoles, habrá que prestar especial atención a ciclistas como Richie Porte (Sky), principal rival de Contador; el colombiano Rigoberto Urán (Etixx-Quick Step), la gran promesa italiana Fabio Aru (Astana), Tom Boonen (Etixx-Quick Step), Michael Matthews (Orica GreenEDGE) o Sylvain Chavanel (IAM Cycling).

Antonio Alix y el ex ciclista Eduardo Chozas estarán al frente de los comentarios.

JUAN ANTONIO FLECHA, EXPERTO DE EUROSPORT DURANTE EL GIRO

Además de la emisión en DIRECTO de las 21 etapas, Eurosport ofrecerá el programa especial “Giro Extra”. De esta manera, la carrera italiana contará con el mismo despliegue que se lleva a cabo durante el Tour de Francia. Flecha fue uno de los corredores españoles más destacados de la última década y ahora analizará el Giro en este magazine que tendrá un formato similar a “LeMond on Tour” y que será emitido en DIRECTO antes y después de cada etapa. Juan Antonio Flecha y los periodistas de Eurosport desplazados a la ronda italiana ofrecerán en DIRECTO previas y repasos de cada jornada presentando la etapa del día justo antes de su comienzo y analizando las claves de las etapas al término de éstas.

En palabras del español: “Todo apunta a que durante  el Giro de Italia veremos un gran espectáculo en cada etapa. Por mi parte será todo un honor participar con el equipo de Eurosport en el programa “Giro Extra” que se emitirá en directo y en el que contaremos con diferentes  invitados. Se realizaran varias entrevistas cada día, confirmando una vez más que somos La Casa del Ciclismo”.

ENTREVISTA EXCLUSIVA A ALBERTO CONTADOR

Eurosport emitirá el día 9 de mayo a las 14:30 una entrevista exclusiva de Greg LeMond a Alberto Contador en la que charlarán sobre su gran reto para este año: luchar por el Tour de Francia y el Giro de Italia.

En total, Eurosport y Eurosport 2 emitirán durante 2015 1.800 horas del mejor ciclismo, incluyendo 450 horas en directo, lo que sin duda pone de manifiesto que un año más Eurosport será “La Casa del Ciclismo”. En la oferta destacan 23 carreras pertenecientes al UCI World Tour y los eventos más destacados, incluyendo el Giro de Italia, el Tour de Francia, la Vuelta a España y las Grandes Clásicas.

El ciclismo se aleja de la gente

Hoy, en virtud del progreso que experimenta la sociedad en todos los campos, tenemos la facilidad de seguir los acontecimientos con unos recursos a distancia que antes no disponíamos. Desde casa, a través de la pantalla televisiva o la misma radio, nos es muy cómodo vivir de cerca las evoluciones de cualquier competición deportiva. Casi mejor  y con más comodidad que verlo en directo en la misma carretera. Existe algo así como una cuarta dimensión que nos hace ver muy de cerca algunas gestas o hazañas que en otros tiempos nos pasaban desapercibidas.

Tenemos ahora, diríamos, el ciclismo en casa. Por otra parte es admirable el de que hoy los aficionados, e incluso por parte de quiénes no lo son, hace que conozcan mucho más a fondo una faceta que les era desconocida a lo que se llegaba al retroceder a los viejos tiempos. La difusión  informativa bajo esa perspectiva actual tiene un peso específico que antes no teníamos.

El paso fugaz de los ciclistas   

Nos vienen a la memoria estos pensamientos al recordar a aquel ciclismo de antaño que nos tocó vivir muy de cerca y que contaba con escasos medios económicos y publicitarios. Tuvimos la inmensa suerte y la oportunidad de seguir varias competiciones ciclistas a partir de la década de los cincuenta, como consecuencia de nuestra labor periodística. Las gentes apostadas al borde de las carreteras aplaudían frenéticamente el paso de los atletas sufrientes que empujaban con fuerza dándole a los  pedales. Se contemplaba, eso sí, su paso de una manera un tanto fugaz, centelleante, vertiginosa, que contrastaba con una larga y paciente espera por ver a los ciclistas. Era todo aquello un espectáculo rutilante lleno de colorido que transparentaban sendas camisetas enfundadas por los ciclistas.

Los llamados “esforzados de la ruta”

Ahora las tornas han cambiado en bien del deporte ciclista, dado de que hoy lo podemos vislumbrar a través de la pantalla de la  televisión, en donde nos ilustran a lo vivo los esfuerzos, victorias y adversidades  de estos protagonistas a los que se les llama tradicionalmente  los “esforzados de la ruta”. Así fueron bautizados en el año 1924 por el conocido y polifacético escritor francés Albert Londres.

En cierta manera hoy se contempla todo bajo un prisma diferente. Por lo menos si nos centramos exclusivamente en lo que se refiere al deporte de la bicicleta, que pudimos vivir, repetimos, a partir de los años cincuenta. Quizá sienta ahora una escondida nostalgia que me acerca o une a aquel pasado, aquel pasado que juzgamos tan alentador y tan atractivo, tutelado por los grandes héroes del pedal de otros tiempos. Hemos de reconocer y dar paso a la evolución experimentada en esta disciplina de las dos ruedas, gracias al apoyo sustancial recibido por parte de las firmas comerciales y organismos oficiales de toda índole, que han encontrado en estos hombres del pedal un medio propagandístico de gran difusión para la promoción de ciertos productos de la más variada gama y que nos arrastran a su consumo sin contemplaciones. Los ases y su popularidad ejercen un extraño influjo sobre las masas, en este mundo abigarrado y lleno de contrastes, en donde por encima de todo se mueve mucho dinero. Uno tiene la sensación, fieles al afirmarlo, de que se está perdiendo un bastante la cabeza. Se entra en algo así como un laberinto complicado  en  el cuál entran en juego  intereses económicos fabulosos y hasta inauditos.

El ayer de aquellos campeones inolvidables   

Retrocediendo al compás del paso de los tiempos, no dudamos en afirmar que aquel otro ciclismo era indudablemente más espontáneo que el que compartimos hoy. No se hacían valer ni los métodos, ni los cálculos milimétricos, ni otras técnicas más o menos sofisticadas impuestas por los respectivos directores técnicos de los respectivos equipos.

En nuestra aquella época, en nuestros tiempos, pudimos  entablar abierta amistad con campeones inolvidables, tales como Fausto Coppi, Gino Bartali, Louison Bobet, Ferdinand Kubler, Jacques Anquetil, Bernard Hinault, Eddy Merckx y Miguel Induráin, entre varios otros, que se permitían el lujo de dominar la actividad rutera durante casi toda la temporada o parte de ella. Su lema y su voluntad eran de mantenerse en la línea de vanguardia del principio al fin del año en curso. Eran en una palabra más brillantes frente a la consecución de los hechos y con capacidad física más que suficiente para desenvolverse en todos los terrenos sin contar ni mucho menos con los medios de apoyo de los que cuentan hoy en día los ciclistas.

Por  Gerardo  Fuster

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El ciclismo narrado como nunca lo habíamos leído

Dino Buzzati fue un “cronista de excepción” en la Italia arrasada por la Segunda Guerra Mundial. En 1949 le embarcaron como enviado especial del “Corriere della Sera” al Giro de Italia, un carrera, un microcosmos, una leyenda sobre ruedas. Fue una edición especial, la de la más enconada rivalidad de dos ciclistas que atrapó el corazón de miles de transalpinos: Gino Bartali, en declive, y Fausto Coppi, deslumbrante.

La colección de relatos, tantos como 25, que el libro “El Giro de Italia” recoge, es un requiebro del ingenio de un periodista excepcional que llegado a un punto se definió como un auténtico ignorante en la materia de ciclismo:

Debido al cúmulo de circunstancias probablemente ligadas a los caprichos del destino y que ahora sería inútil lamentar, quien esto escribe, el enviado al Giro de Italia, no ha visto nunca una carrera de ciclismo en ruta.

Son varias las cosas, tampoco muchas, que quien escribe ha visto correr, de un modo u otro, sobre la superficie del mar o de la tierra, pero nunca a grandes ciclistas compitiendo bajo el sol, con el número colgado a la espalda, el tubular sobre los hombros y la cara rebozada de polvo

Quizá el atractivo de los relatos de Bruzzati resida ahí, en su reconocido desconocimiento de la materia. Bruzzati no descuida los trazos importantes de la batalla que agolpa millones de italianos a la puerta de los bares para escuchar la radio, aunque sin consumir, porque sencillamente son pobres de solemnidad. Sin embargo, al tiempo, hace un retrato, pinta un cuadro costumbrista del ambiente, las salidas, los pueblos, los paisajes y las metas tan real que es un testimonio perfecto de esa Italia que acaba de vivir momentos muy tensos y dolorosos como el asesinato de un líder comunista, que no degeneró en más porque ese día Bartali ganaba en el Tour, o el accidente aéreo del equipo de fútbol del Torino estrellado en las laderas de Superga, la montaña que vigila la capital piamontesa.

Las pinceladas de Bruzzati alcanzan al vividor que acusando el ruido de una salida del Giro no puede alargar su sueño más allá de las diez de la mañana. Dibuja la reconstrucción de Cassino, la ciudad arrasada años antes por los combates entre nazis y los aliados desembarcados en Sicilia. El pueblo metido en su renacimiento no puede asistir al paso de la caravana. Toma las ciudades, los campos, las ruinas, la «grande Italia» y lamenta que los corredores, presa de esa indecente velocidad, ni siquiera reparen las bellezas que dejan a su paso.

Al tiempo asimila difíciles tácticas ciclistas. No entiende cómo los favoritos queman y queman etapas sin moverse, sin asomar, mientras los pequeños toman el papel que les correspondería en exclusiva. Sólo cuando llegan a los Dolomitas, esos soldados mudos e impertérritos que te derriban con su grandeza, entiende que Coppi, Bartali y compañía hicieran acopio de fuerzas y ganas.

Un libro muy recomendable, que habla de ese ciclismo que nos susurraron nuestros abuelos, un ciclismo que representaba concepciones de vida, estilo y país. En la Biciteca lo tienen dispuesto, merece la pena ahora que el año ciclista empezará a languidecer.

Imagen tomada de www.succedeoggi.it

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Para poder trasportar correctamente tu bicicleta con el embalaje NACEX BICIBOX, debemos tener en cuenta lo siguiente

1nacex

– Se debe girar y desmontar el manillar

– Se deben desmontar los pedales y ruedas (una o las dos dependiendo del tamaño)

– Se deben proteger los elementos sensibles (cuadro, tijas) y aquellos que queden desmontados con papel burbuja o similar

– Introducir en la caja cuidadosamente evitando golpes y arañazos

– Transportar siempre en posición vertical

La edad de los campeones

Naturalmente no existe ninguna ley que nos obligue a afirmar taxativamente cuál es la mejor edad para que un ciclista tenga más opciones para vencer en el Tour de Francia. No hay ningún esquema que nos delate la edad ideal para este cometido, y sí, en cambio, excepciones de toda índole que se escapan de la tendencia general que exige la ronda gala, la competición máxima que encierra el calendario internacional.

Dando paso a la juventud          

Hemos tratado de revisar el historial del Tour y nos llama la atención el saber que el francés Henri Cornet, un tanto de carambola, consiguió adjudicarse la segunda edición (año 1904), al ser descalificados los cuatro primeros de la general, incluido su ganador absoluto,  Maurice Garin. Todos ellos fueron acusados de haber cometido irregularidades en la carrera. Aquella decisión se tomó cuatro meses más tarde tras la finalización del Tour.

Aquel incidente trajo como consecuencia el de que Henri Cornet, el beneficiado de última hora, consiguiera conquistar la victoria a la temprana edad de casi 20 años. Le faltaban apenas dos semanas para cumplir el consabido aniversario. Fue en una palabra un hecho excepcional. Había nacido en la pequeña localidad de Desvres, al norte de Francia. No tuvo muchas simpatías entre las gentes y pronto desapareció de la escena ciclista. El vencer de aquella manera no le favoreció en cuanto a popularidad.

El belga Romain Maes, toda una sorpresa, ganó el Tour en 1935, a los 21 años. Era un ciclista de envergadura, nacido en la población de Zerkegem, al oeste de la región flamenca. En aquella efeméride cabe destacar dos acontecimientos dignos de mención. El primero fue que el Tour, por vez primera, alcanzó una velocidad media superior a los 30 kilómetros a la hora tras cubrir la distancia total de 4.334 kilómetros. El segundo hecho fue que los micrófonos de la radio francesa osaron transmitir en directo la información de las incidencias vividas en cada etapa de la prueba.

En el escalón inmediato superior, con 22 años, se localizan el luxemburgués François Faber (1909), el francés Octave Lapize (1910), el italiano Felice Gimondi (1965) y el francés Laurent Fignon (1983). Mientras que a continuación, a la edad de 23 años, hemos de señalar el francés Jacques Anquetil, que conquistó el liderato y vistió la camiseta amarilla, en 1957; con su otro compatriota Bernard Hinault, en 1978, y con el alemán Jan Ullrich, que lo hizo en 1997. Señalemos que Alberto Contador (2007), que se impuso en el Tour, al hacerlo tenía 24 años cumplidos. Con estos datos se confirma que se puede vencer aun siendo joven. Con todo consideramos este parámetro de difícil alcance tomando en consideración tal como ha ido evolucionando el ciclismo de la bicicleta.

Dentro de unos límites algo más normales como simple eco a saber, debemos nombrar a  Miguel Induráin (1991), que se adjudicó el Tour de Francia, en París, a los 27 años. Su compatriota Federico Martín Bahamontes (1959), por ejemplo, contaba ya con la edad de 31 años.

La veteranía es una moneda que se paga

Hacemos un giro opuesto hacia el capítulo en dónde debemos hacer hincapié de elogio a favor de los ciclistas catalogados como veteranos, otra moneda a considerar. El belga Firmin Lambot, oriundo de la villa de Florennes, poco sociable y con acusado mal carácter, se permitió el lujo de no solamente vencer en el Tour del año 1919, sino que después, tres años más tarde, lo hacía a los 36 años, una gesta de mérito.

A la edad de 34 años, colocamos al francés Henri Pélissier (1923),  al italiano Gino Bartali (1948), al que le  cupo la capacidad de ganar esta prueba por segunda vez consecutiva tras haber cubierto una decena de años en blanco como consecuencia de la coincidencia habida con la dolorosa Primera Guerra Mundial, y al australiano Cadel Evans (2011). Con un cómputo de  33 años, es decir, un año de menos, entresacamos a los belgas Léon Scieur (1921) y Lucien Buysse (1926), al holandés Joop Zoetelmelk (1980) y al español Carlos Sastre (2008).

Aunque el verdadero éxito del aludido ciclista, nos referimos a Zoetelmelk, oriundo del país de los tulipanes radica en haberse alineado en la línea de salida del Tour en nada menos dieciséis ocasiones, una participación tan continuada que nadie hasta la fecha ha podido igualar. Con quince le sigue el belga Lucien Van Impe, al que le cabe el honor de adjudicarse por seis veces el título del Gran Premio de la Montaña, al igual que lo logró nuestro representante Federico Martín Bahamontes, otros seis. Estos dos corredores, con todo, fueron superados a su vez por el galo Richard Virenque, con siete coronas, es el que ostenta actualmente este récord.

¿Existe una edad ideal? 

Singularizo mi persona al afirmar aquí que de tiempo tuve la satisfacción de mantener una buena y sincera amistad, iniciada por mi labor periodística, con el malogrado campeón de otros tiempos, Fausto Coppi, inolvidable ciclista y excelente persona, gran maestro de la bicicleta. Tuvimos oportunidad de poder compartir muchas horas y también el comentar variadas facetas acerca del deporte del pedal. A mis demandas  siempre fue muy solícito y desprendido. Sí recuerdo aquella pregunta que en cierta ocasión le formulé acerca de cuál consideraba él la mejor edad para adjudicarse una competición por etapas como pudiera ser el Tour de Francia. Categóricamente me delató que el tiempo ideal, salvo excepciones, no podía ser inferior a los 28 años. Respuesta adecuada y muy a tener en cuenta. Y más sabiendo de quién venía la respuesta, toda una autoridad en el mundo de las dos ruedas.

Ahora, al concluir este artículo con ribetes estadísticos, quisiera resaltar que el reciente vencedor del Tour, el italiano Vincenzo Nibali, culminó su holgado triunfo a la edad de 29 años. Es algo que nos acerca a la respuesta que un día nos dio Fausto Coppi, aquel incomparable campeón de las dos ruedas.

Por  Gerardo  Fuster

El ciclismo, un deporte genuinamente televisivo

La televisión fue sin lugar a dudas el trampolín mágico con que contó la comunicación visual, un hecho sumamente eficaz, sorprendente y hasta instructivo a favor de los aficionados al deporte de las dos ruedas e incluso de los que no lo eran. La ventana de la televisión es un medio que se cuela en todos los hogares de nuestro globo con una facilidad asombrosa, imparable. La televisión fue y es un medio asequible y a la vez atractivo para poder contemplar muy de cerca y en directo las emociones que nos  brinda el deporte de la bicicleta. Quién más y quién menos se inclina pasmosamente ante este artilugio cúbico que se ha introducido en todos los ambientes de la sociedad. El deporte se ha valido mucho de este medio informativo de amplia divulgación. No podemos decir otra cosa.

La televisión en el ciclismo

Las primeras retrasmisiones fueron difundidas en diferido, dado que no se poseían medios suficientes para darlas en directo. Las primeras imágenes difundidas se remontan a aquella ascensión a la montaña mítica del Alpe d´Huez, en el Tour del año 1952, cuyo protagonista del espectáculo no fue otro que el italiano Fausto Coppi, el portentoso campeón de otros tiempos que venció de manera admirable al que fue su contrincante más directo, el francés Jean Robic.  

También se realizaron otros reportajes similares, por ejemplo, al día siguiente, en Sestrière. Más tarde se transmitieron las imágenes en la ascensión al temible Puy de Dôme. Al cabo de tres años, ya se emitieron sendos reportajes en directo cara al gran público, que poco a poco fue cautivándose de aquel ciclismo tan lleno de emociones y de vivacidad. Aquellos acontecimientos transmitidos a distancia fueron un eslabón que colmó las ilusiones de muchos que ya no consideraron indispensable el tener que desplazarse a un punto de la carretera,  o en la misma meta para presenciar la acción deportiva sobre las dos ruedas de los corredores participantes. En nuestro caso nos centramos en el Tour de Francia, la prueba de más prestigio del calendario internacional.

A través de aquella atractiva caja mágica, se aprovechó el tema ciclista para difundir a través de sus antenas algunos sugestivos paisajes y monumentos históricos por donde transitaba la caravana multicolor de ciclistas. Se introdujo en el campo puramente turístico, un hecho que valía la pena motivar y difundir en el corazón de las gentes.

Personalmente recuerdo haber contemplado con anterioridad algunas pioneras imágenes, en blanco y negro, en transmisión algo difusa, la conocida prueba ciclista corrida tras motocicleta titulada Roma-Nápoles-Roma, por etapas. Viendo el espectáculo, lo conservamos muy presente en nuestras mentes. Nos fascinó en gran manera. Hoy como es natural no nos llaman tan poderosamente sus imágenes y sus bellos paisajes. Estamos acostumbrados a la pantalla como la cosa más natural del mundo.

En aquellos tiempos los avances técnicos y la tecnología introdujeron como novedad en el Tour: la “foto-finish”, es decir, ya no habrían más dudas por parte de los árbitros para establecer el orden de llegada de un apiñado pelotón de corredores en la línea de meta, amparados por el vértigo de la velocidad. La fidelidad de la película no daba opción ni a discrepancias, ni a dudas. Los jueces quedaron desde entonces en un plano más bien secundario, en una labor más bien burócrata. Una conquista más en aras al ciclismo y a otros múltiples deportes.

Como punto final podemos afirmar que cualquier aficionado podía hablar o dialogar con sus amigos con más énfasis y más criterio acerca de  lo que había  contemplado a través de la caja televisiva, sentado cómodamente en el sillón de su casa, sin tener que desplazarse a tal punto o a tal otro de la carretera.

Por Gerardo  Fuster

El futuro de los pequeños organizadores

Adriano Amici corrió el Giro de Italia de 1970. Hoy preside el Gruppo Sportivo Emilia, una pequeña organización italiana, como alguna queda en España, que sobrevive en los tiempos en que el ciclismo es redondo y no entiende de lo local y pequeño. Adriano narra desafiante sus peripecias en uno de los últimos ProCycling pintando un retrato que no nos es ajeno, porque aunque aquí en España sigamos viendo Italia como un oasis de organizaciones ciclistas, de excelentes redes que sostienen el sistema y una pasión desbordada, lo vemos en el Giro, por ejemplo, la realidad marca que los organizadores humildes las pasan canutas para sacar adelante sus carreras, en muchos casos monumentos, pequeños homenajes al ciclismo de siempre, ciclismo de trabajo, historia y leyenda, forjado en esfuerzo en su cogollo natural, la vieja Europa.

Adriano es el responsable del Giro de Emilia, una carrera con 105 años de historia que cuenta con grandes nombres en su cesto de ganadores. Tomen nota sino de Fausto Coppi, Eddy Meckx, Francesco Moser y Jan Ullrich para saber de atemporalidad de la carrera. Ajena al World Tour Emilia, que finaliza en la mítica iglesia boloñesa de San Luca, ha encontrado su rol en los últimos años: encontrar grandes talentos y marcarlos para lo que ha de venir.

De esta guisa en Emiila han ganado estos últimos años Diego Ulissi, Nairo Quintana y Carlos Betancur. Podríamos decir que ambos colombianos e italiano han tenido uno de sus bautismos de fuego aquí. Poco a poco el Gruppo Sportivo Emilia incorpora carreras a su porfolio, la última fue el Trofeo Laigueglia, sumando ya entre todas, diez días de competición.

Sea como fuere la entidad subsiste en una doble crisis, la económica, que está dejando Italia tan tocada como España, y la propia del ciclismo con esa exclusiva elite que pone las cosas muy complicadas a los pequeñitos.

El ente boloñés sin embargo marca el camino de la pequeña organización ciclista: especialización en carreras que sirven para destapar talentos y creciente cartera de eventos. Quizá en España pueda surgir algo similar, no sé un Unipublic en pequeña escala, una máquina de organizar que por ejemplo tomara las vueltas a Asturias y Castilla y León y le sumara un par de clásicas –aprovechando el recorrido que quede del Mundial berciano- y la recuperada Volta a Galicia. Lo sé es elucubrar, pero si no se toma este camino el futuro ofrece más preguntas que respuestas…

Foto tomada de noticias.lainformacion.com