Ferdi Kubler, el buen suizo

Suiza, bello país. Orillado por montañas en su medula y por los costados, trufado de parajes que a veces asemejan mares, pero que son lagos de deshielo, lagos de todos los tamaños y profundidades. Lagos que saben de leyendas, del carácter del paisano de un lugar que se hizo fuerte desde tiempos remotos, desde los cuentos de Guillermo Tell, y la numantina defensa ante los Austrias.

Porque los suizos son muy de nadar y guardar la ropa, gente de bien, de posibles, que han sobrevivido a dos guerras mundiales, en medio del cogollo europeo, con grandes estados en el filo, con imperios precipitándose y ellos en medio, neutros, tranquilos, en una calma relativa, eso sí. Ajenos al mundanal ruido.

Esta entradilla, tan aleatoria como cualquier otra, sirve para calzar la primera impresión, el rasgo inicial sobre el nada pretencioso retrato que queremos hacer sobre Ferdi Kubler, el ganador del Tour más viejo en vida, que ahora deja ese testigo a Roger Walkoviak, el campeón que no quiso serlo, y Federico Martín Bahamontes, el toledano del que se sirivió un país como espejo de lo que el talento es capaz de ofrecer cuando se tiene a raudales.

Kubler, Ferdi de nombre, lo dicho, suizo, pero suizo suizo, muy querido entre los suyos. De él hay leyendas, cuentos difusos que hablan que bramaba, incluso relinchaba cuando agarraba la parte baja de su manillar como el cowboy que empuñaba sus pistolas. Le dibujan visceral, le tomaban por medio loco, como aquella vez que no quiso esperar a que el Ventoux empezara para atacar. “Que no ha empezado la subida” le decía Geminiani. Y qué, él era Kubler.

Nada más lejos de la realidad. Las crónicas buenas, le definen como la mano que mece la cuna. El corredor que tocaba las personas adecuadas en el instante más afortunado. No era Maquiavelo, no leía de sus principios del príncipe moderno, pero sabía a qué jugar o a quién insistir y a qué puertas tocar. Dominaba las divisas, francos, liras, pesetas, marcos,… como un buen banco suizo. Astuto, movió esos hilos, tramó de esa manera y se le tomaba por loco. Eso yo lo llamo ser una especie de genio, pululento y maloliente, por las circunstancias de la época, pero un genio. Con todas las palabras.

El palmarés de Kubler no es el mejor que encontramos, pero sí que es suculento. Ganó el primer Tour de la icónica década de los cincuenta, ese Tour en el que Bartali fue increpado en el Aspin y los italianos tomaron rumbo a casa, ese Tour en el que, vestido de amarillo, se mostró lo cerebral que nadie hubiera imaginado para ganar en Lyon la crono final y cubrirse de gloria.

Convivió con los gigantes de siempre, con Bobet, con Coppi, con Magni, con Bartali,… con Koblet, el otro gran suizo, el que se peinaba antes de cruzar la meta para sembrar el terror entre las nenas. Convivió con esos, e hizo un palmarés atemporal, con dos dobletes en las Árdenas, seguidos además. “Lieja y Flecha in a row”, con vueltas en casa, Romandía y Suiza y con el corazón de los suyos, el mismo que un día le dieron y nunca le han reclamado de vuelta, hasta el día de su muerte, a escasos segundos de llegar al que habría sido 98º año de vida.

Imagen tomada de Los Tiempos