Florian Sénéchal: El ciclismo no es boxeo

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Florian Sénéchal recuerda que en el Deceuninck a veces la soberbia es moneda de cambio

Acontece cada cierto tiempo, y de lo que no nos enteramos, que hay un ciclista azul, un Deceuninck, en algún tipo de huerto.

Las imágenes de Florian Sénéchal en la llegada el Münsterland Giro golpenado al Sunweb Max Walscheid no es la primera vez que vemos un pupilo de Lefevere en una igual. 

 

Lo que pensamos competitivamente del Deceuninck ya lo hemos trasladado más de una vez. 

Es un equipo que funciona como uno, con un exitoso liderato horizontal, ése que la selección belga no fue capaz de plasmar en Yorkshire, donde es un hoy por mí, mañana por ti.

Una forma de hacer que no sólo les aúpa como el equipo más laureado, que también, si no que el reparto de éxitos se extiende a buena parte de la plantilla.

Porque en ciclismo, el profesional quiere cosas que quiere cualquier humano: ser bien remunerado, pertenecer a una organización de éxito y esas cosas, pero también tocar pelo, ganar cosas, de vez en cuando.

En eso, bien.

Pero lo que sucedió con Sénéchal y Walscheid no es de recibo. 

Primero porque la imagen es lamentable para la carrera y para el equipo, seguro que esas teles que pasan del ciclismo -que presentan lo mejor del Mundial de Yorkshire a través de la caída del juvenil danés en un gran charco- habrán dado cuenta de la situación.

Segundo porque son compañeros, colegas de profesión que defienden colores diferentes, pero pertenecen al mismo gremio.

La forma cómo se descuelga el de Sunweb la vemos muchas veces durante el año, otras veces, el milagro se produce y nadie se cae, pero pensar que se hace de forma intencionada, es una temeridad: hay vidas, vidas humanas en juego, en el filo del todo o nada.

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Florian Sénéchal ejemplifica en primera persona lo que ya hemos visto del Deceuninck otras veces. 

El acto machista de Iljo Keisse a inicios de año, en el Tour de San Luis en la puesta de largo del nuevo patrocinador.

De eso no hace tanto.

Unas buenas ruedas cambian la bicicleta entera… 

Como de los comentarios despectivos de Niki Terpstra, cuando corría para el equipo de Lefevere, sobre la indumentaria de los colombianos del Postobón.

Todo eso sucede, y seguro que otras más cosas que no vemos, y otras de las que tenemos vagos recuerdos, como gestos de despotismo al frente del pelotón, manejando el ritmo a conveniencia.

 

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Está claro que en el ciclismo hay clases, eso salta a la vista, pero ello no da barra libre a quienes tienen la sartén por el mango y cuentan con su servicio de prensa para emitir comunicados de disculpa cada cierto tiempo porque a uno de sus ciclistas se le ha ido literalmente la olla.

Si todos se obsesionan por un ciclismo limpio, por la imagen y sensación que se da, estas cosas entiendo que deberían ser el ABC porque al final cada ciclista habla por el maillot que lleva antes incluso que por su persona, muchas veces anónima a nuestros ojos cuando van ataviados con casco y gafas de sol.

El rodillo es azul y se llama Deceunick

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Sénéchal prosigue la historia que Jungels dejó en suspensivos…

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Qué final más bonito de Le Samyn. 

Es primavera en esencia, carrera con cuatro World Tour, 200 kilómetros, adoquines, muros y en Valonia.

No en Flandes.

Pero poco importó, la primavera, en la ceja que limita Francia con Bélgica, sabe a gloria, su ciclismo es bonito, te quita el sueño y te entretiene como si fuera un monumento lo que está en juego.

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Lo habíamos dejado con Zdenek Stybar ganando la Het Nieuwsblad.

Retomamos la crónica en la Kuurne-Bruselas-Kuurne.

Una crónica que escribe de su puño y letra Bob Jungels, el misil que viste los colores de Lumxemburgo y que rodó como los ángeles en la primera gran exhibición de la primavera, manteniendo el pelotón a distancia durante kilómetros y más kilómetros.

En una clásica de adoquín, triunfó el vigente ganador de Lieja.

Valonia, Flandes, Flandes, Valonia… tanto monta porque en Le Samyn el ganador fue francés.

Y fue un hombrecito de azul, un poderío en la pedalada, y en el control, un eslabón más en el Deceuninck.

Florian Sénéchal no ganó el año pasado pero su nombre asomaba en la segunda línea del wolfpack.

Como los nombres de Cavagna, de Jakobsen.

Es la segunda línea del entonces Quick Step, hoy Deceuninck, que cuando se la reclama sale y juega a ganar.

Porque Le Samyn fue una pizarra que los azules movieron a conveniencia ante una concurrencia nada sencilla.

Entre adoquines descarnados y cotas sin desnivel, Sénéchal se plantó como la carta de Lefevere frente al poderío neerlandés.

Lars Boom y Niki Terpstra se movieron tarde, pero con tiempo que coger la cabeza y hacer trizas lo que quedaba de vanguardia.

En cada movimiento, en cada alarde, Sénéchal, se ponía paralelo, les miraba y desafiaba el poder establecido.

Teníamos expectación por ver a Terpstra fuera de la manada: ya sabe lo que es correr contra tres o cuatro del mismo equipo y no en el tuyo.

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El francés corrió de diez, manteniendo a raya el poder tulipán y guardando las espaldas de Tim Declerq, que nadó y nadó para acabar en la orilla.

Volvió a ganar el Deceuninck, el equipo de las maravillas y aún hay quien dice que no le conviene a Enric Mas.

Pero si es una máquina de ganar y de pertrechar estrategias exitosas, estar aquí es respirar ambición y poner el alma en cada momento.

Y mientras Enric crece y se hace, no puede estar en mejor grupo.

Un grupo que lleva trece victorias, el pleno en las clásicas y amenaza con nuevas conquistas.

Las carreteras blancas escribirán el nuevo párrafo.