VDB, el valón mágico

Hubo un ciclista valón, insolente, talentoso, desde bien pronto pretendido por grandes equipos. Primero le recuerdo en el Lotto, el mismo año pasó al gigante del momento, el Mapei GB, el de Ballerini, Taffi, Museeuw, Peeters,… un equipazo en toda regla, de esos que marcan sello y dejan huella. Ese equipo en el que Oscar Freire aterrizó años después con su modesto Corsa en medio de las máquinas de alto rendimiento y diseño de Bartoli y cia.

De Frank Vandenbroucke se supo rápido. No era uno más. Su perfilada perilla, el pelo perfectamente alineado, rubio de pote. Le llamaban “l´ enfant terrible”, lo era dentro y fuera. De él escribe David Millar en su obra-denuncia que creía saberlo todo, como Philippe Gaumont, otro corredor de largo ego que no acabó bien.

Vandenbroucke vivió a 200 kilómetros por hora y los radares no saltaron, no al menos como para evitar su prematuro final. Fallecido joven en Senegal. Sin embargo cada primavera nos obsequia con imágenes, recuerdos, retazos de un ciclista que era inimitable. Con 25 años recaló en Cofidis, un equipo que en 1999 era ampliamente sospechoso de todo. Llegaba con un CV enorme. Había ganado a sus mayores en la Het Volk, en Niza, en los Tres días de La Panne.

Ese año son dos las escenas de VDB, pues así se le “abreviaba”. En La Redoute, carrera lanzada hacia Lieja, toda vez se dejó Bastogne a las espaldas. Las Árdenas hierven. Subida recta, arbolada, exigente, el viaducto al fondo. Estampa familiar. Salta un coco, Michele Bartoli, dorsal uno cosido a la espalda. Es el ganador saliente de dos ediciones memorables. las dos anteriores. A Bartoli se le consideraba favorito cinco estrellas.

Manos en la parte baja del manillar. morro asomando por delante del mismo. Vista baja, horizonte plano. Arranca una vez y nadie le sigue. ¿Nadie?. Un obús surge, es VDB, le toma la rueda, se le pone en paralelo y empieza un pulso de vida o muerte, aunque quede una eternidad para meta. Mano a mano, ninguno cede, quién la tiene más larga. VDB sale vivo y entero, Bartoli, tocado, roto. Poco después el belga saldría volando solo. Poco antes había sido podio en Flandes.

Pedro Delgado, sobre Desafío Guadarrama: “Ideal para introducirte en este tipo de eventos”

Ciclista de momentos, meses después deja a su mujer embazada y suenan vínculos con el doctor Mabuse. Vida desordenada, dentro y fuera de la carretera. En una Vuelta marcada por el plomo de Jan Ullrich, protagoniza un destrozo en Navalmoral que pasa a los anales como unas de la exhibiciones del ciclismo moderno. Ciclismo de monstruos, de actuaciones imposibles. Mikel Zarrabeitia aún trata de adivinar por dónde le adelantó que ciclista rubio e imposible en el empedrado de la muralla de Ávila.

Podio también en Flandes -ganado por leyendas como Van Petegem y Museeuw- VDB volvería, a fogonazos, como Claude Criquielion, el otro valón de cabecera hasta que llegó Philippe Gilbert. En números su palmarés no es de los mejores, en arraigo y sentimientos pocos calaron como él. Su nombre emana del recuerdo que viene de los mejores días que nos dio la Primavera.

Imagen tomada de www.wielerteamgirodelmondo.be

 

Éramos tan jóvenes…

Como sabéis, Laurent Fignon, ciclista que en su momento silbaba en las cunetas de Montjuïc, pero que con el tiempo pareció como uno de los mejores competidores que he tenido la suerte de admirar, tiene una excepcional biografía, escrita en primera persona, llamada “Éramos tan jóvenes e inconscientes”. La obra fue traducida a varios idiomas y aquí en España, Cultura Ciclista la puso en el mercado hace más  de tres años.

El título de la obra del “profesor” nos viene perfecto para la historia que estamos leyendo hoy, la de Robert Sassone, ciclista pro con el Cofidis de inicios de los 2000 y campeón mundial de americana que ha muerto este 16 de enero por circunstancias no conocidas, según reza la web de L´ Equipe.

Sassone, nacido en Nueva Caledonia, es el tercer ciclista del Cofidis de hace tres años que fallece. Los otros dos nombres los conocéis, Frank Vandenbrocuke y Philippe Gaumont, nombres que L´ Equipe no cita, por cierto. Una desgracia, seguro, triste, sin duda, pero difícilmente podemos pensar que es casualidad. Si de Sassone no sabemos la causa de su muerte, de VDB fueron extrañas circunstancias y de Gaumont, un paro cardíaco.

Sassone ha dejado de vivir con 37 años y su currículo incluye una confesión de dopaje en toda regla, igual que la de sus compañeros anteriormente citados, dopaje con sustancias feas, muy feas, que hablan del nivel de inconsciencia que manejaron, exhibiéndola además entre fanfarronadas y chulerías, porque además se las dieron de saberlo todo, como cuenta David Millar en su libro. Por cierto, el arrepentidísmo Millar fue parte de esa colla y acabó en el cuartelillo de Biarritz.

Yo no soy forense, ni tengo elementos para saber las causas, pero como digo tres vidas rotas, tres vidas muy similares en esencia, cargadas de ambición mezclada con ignorancia, una pena la verdad, una situación que invita a pensar aquello de ¿merece la pena?. Yo lo tengo claro y me gustaría que estuviéramos ante el último episodio de una lacra que llegó para quedarse y que muy a nuestro pesar está más latente de lo que nos imaginamos.

Repensar la lucha contra el dopaje como quien da la vuelta a un calcetín

Escribo esta entrada ‘a petición’ del compañero Iván y, francamente, me da un poco de miedo. Pese a mi trabajo, no soy un experto en psicología deportiva ni medicina del deporte. Ni me considero un gran deportista. Simplemente un practicante del bello deporte del ciclismo. Con mucha motivación, que no rendimiento, y  muchas horas de sofá viendo carreras por televisión.

He disfrutado de niño con Perico, Fignon y Lemond, de adolescente con Induráin, Rominger, Bugno, Chiapucci, de más joven con Escartín, Montoya, Beloki, Zulle o Armstrong  (pese a que siempre me ha costado digerir el personaje) y actualmente disfruto de los Valverde, Contador, Cancellara, Froome, etc.

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Todo este tiempo siempre con el ciclismo empapado de escándalos alrededor del dopaje. Con una impresión ‘rara’. Si bien uno está un poco metido en el mundo cuesta tener una visión más o menos definida como aficionado, e incluso como ciudadano. Esta semana Gaumont, famoso por, aparte de su carrera como ciclista, relatos que describían perfectamente ciertas prácticas de dopaje en sus años de profesional, ha entrado en coma. Y tras los malogrados casos del Chava, Vanderbroucke o Pantani uno teme lo peor por su salud.

Recordemos algunos de los últimos episodios que han resultado vergonzosos para el ciclismo. Por citar algunos: el numerito de Ricco jurando por la vida de su madre que nunca se había dopado, el grande de Vinokourov apelando a una caída su extraño cambio de sangre, Landis asumiendo su defensa a través de donaciones de seguidores que creían limpio, o Rasmussen diciendo que había pensado suicidarse tras ver que la gente no creía en su inocencia.  Y ¿qué decir del extraño caso del bistec de Contador?.

El caso Armstrong es el enésimo ejemplo de un deportista confesando haberse dopado aparentemente arrepentido. Hasta aquí nada nuevo. Tampoco se debe ser ingenuo pensando que este perdón respira verdad. El encorsetamiento de sus palabras sigue una estrategia de defensa de su patrimonio y futuro antes que un reconocimiento de culpa verdadero. Algo tipo “lo reconozco ahora antes de que lo pierda todo; o esto vaya a peor”. Eso sí, todo disfrazado de cierta emoción. Un recurso que puede funcionar bastante para que Estados Unidos redima a un personaje que, aparte de deportista, se ha convertido en un referente por su lucha personal y fundacional contra del cáncer. Y que también ha profesado aspiraciones políticas.

En ningún momento se debe dudar de sus cualidades deportivas. Al contrario, Armstrong seguirá estando entre los mejores ciclistas de la historia. La ayuda ilegal y frecuente no ha hecho que haya ganado Tours con facilidad aunque lo sitúa en una posición desigual hacia quien está cumpliendo las normas, en la lógica de la propia competición. Pero cuestiona el personaje público que se ha pasado años vendiendo discursos de inocencia y dando lecciones de ética y superación, a menudo ocultando otros rasgos curiosos de su propio ego.

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La Operación Puerto también ha destapado que no estábamos hablando ni de casos aislados ni de estrategias pequeñas. No todo ciclista se dopa, obviamente, pero han aparecido verdaderos montajes entre equipos.

Existen ciertas similitudes entre el debate sobre la legitimidad del uso de sustancias, sea con finalidades recreativas, medicinales o para la mejora del rendimiento. Si bien su consumo dista por lo que a finalidades se refiere, debe distinguirse entre quien usa sustancias para mejorar el rendimiento, a quien las usa para conseguir ciertos estados placenteros o no. El momento actual debe servirnos para plantearnos si la política sobre su consumo está dando los resultados esperados. Y si cumple un planteamiento lógico: hagamos una lectura críticamente de los hechos y revisemos la inutilidad de algunas propuestas. Destaquemos al menos un par de cuestiones para no caer en discursos vacíos.

De entrada, cuidado con hablar de ciertas éticas en la cuestión del deporte profesional. No olvidemos que se mueven millones de euros en contratos por ganar pruebas de 3.500 kilómetros pedaleando con apenas pocos minutos menos que el segundo clasificado. Como tampoco justifiquemos demagógicamente que el dopaje es una influencia negativa para niños y jóvenes, o que transmite valores de dudosa moralidad. El tema del dopaje debe afrontarse como una cuestión de salud y no de moral. El reto no es prohibir su uso, sino dar respuestas sensatas a una compleja cuestión que ya hace tiempo que está subordinada a exigencias comerciales, deportivas y económicas que deberían regularse.

Por otro lado, el deporte profesional obliga a repensar las lógicas de esfuerzo y resistencia. Tampoco vendamos cierta idea de salud y bienestar si de lo que se trata es de deportes de fondo y competición. Y es evidente que ciertas prácticas de ayuda externa  pueden ayudar a mejorarlas, si se cumplen unos márgenes de seguridad (y eso lo dicen Eufemiano y muchos otros médicos). Aceptando esta realidad evitaríamos, probablemente, evitar un uso excesivo de sustancias dopantes, y de mayor riesgo, y apelar a la moderación y mejor control.

Destaco un artículo del Doctor Fernando Caudevilla, experto en el uso de drogas, que nos habla de la realidad del uso de sustancias dopantes en el deporte amateur. Y acierta cuando dice que

 

muchas de las sustancias empleadas en suplementación deportiva cuentan con suficientes ensayos clínicos como para poder proporcionar al usuario interesado en utilizarlas consejos sobre cómo hacerlo de forma razonablemente segura, aunque son pocos los profesionales sanitarios interesados en este aspecto y el uso de anabolizantes con fines estéticos sigue siendo un tabú’

 

Todos los ejemplos y prácticas explicadas por Armstrong, Manzano, Gaumont y Millar nos enseñan que un imprescindible control sanitario y de seguridad hacia las personas brilla por su ausencia. A la vez, el mercadeo y oscurantismo de la estrategia nos obliga a perder mucho margen de seguridad. Estos ejemplos deberían servir para regular un tema, el uso de sustancias en el deporte profesional, en el que la manoseada política de la “tolerancia cero” parece no dar respuesta a una práctica bastante instaurada y tolerada durante años. Si el planteamiento de ‘Lissawetsky’ ya iba por esta dirección, parece que todo lo que le sigue también.

Ha quedado sobradamente demostrado que las políticas de control de la oferta, persecución del individuo y prohibición generan más problemas que no soluciones, y son contraproducentes, pues aumentan el consumo a pesar del pretendido control de la oferta. El reto es abrir el debate de la regulación legal. Eso sí, utilicemos un discurso maduro y coherente. Es decir, reconducir la inversión a perseguir la oferta a favorecer una demanda controlada: mayor dedicación en investigación, prevención e información.

Puede ser más sensato afrontar esta realidad, y discutirla, que seguir presenciando brindis al sol ante un nuevos positivo: extrañas justificaciones sobre bistecs contaminados, cremas para la piel, o sobre como medio pelotón está afectado por asma. Y más cuando todo esto se descubre años después y los implicados o no están o no quieren estarlo.

Los que temen a este proceso apelan a que los beneficios de regular el dopaje  en el deporte profesional causarían el posible aumento difícilmente demostrable del consumo y los problemas de salud. Pero obvian aspectos positivos que podríamos controlar:

 

(1) se tendría una práctica más controlada (conocimiento de las sustancias y su administración);

(2) situaría los deportistas en espacios más “seguros”, por tanto, controlados;

(3) dispondríamos de más control de la accesibilidad. Y un sinfín de etcéteras.

 

Aunque abrir el debate sobre la regulación del uso de sustancias -que no dopaje- en el deporte profesional -no sólo en el ciclismo- resulte aún, en el siglo XXI, políticamente incorrecto.

 

Por Jordi Bernabeu, psicólogo, educador y no muy buen ciclista