No salen todos en la foto del bidón entre Bartali y Coppi

Tour de Francia - Bartali y Coppi JoanSeguidor

En la foto de Bartali, Coppi y el bidón resulta que tiene truco

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Se trata de una estampa inolvidable, impresa en la memoria de cualquier aficionado ciclista al margen de su edad. Fausto Coppi y Gino Bartali en las rampas del Galibier, tostados bajo un sol de justicia.

Una vida entera les separa.

Una rivalidad de tintes mitológicos, preñada de lecturas socio-culturales, metafísicas y literatas

Nada les une.

Nada excepto un bidón de agua.

Sus manos se entrelazan fugazmente durante el Tour de Francia de 1952, ya en el ocaso de Bartali, en el último año de verdadera gloria de Coppi, cuando la ronda francesa se corría por nacionalidades y Bartali, envejecido y ufano, afrontó con pesar su rol de gregario para Coppi, quien una vez fue su teórico ayudante.

Tan poderosa imagen fue publicada por primera vez en el número 28 de la revista Calcio e Ciclismo Illustrato.

La imagen mostraba a ambos ciclistas en solitario.

La sombra incierta de un rival a rueda de Bartali es irrelevante.

La fotografía representa la disputa entrena entre las dos Italias, la agraria y urbana, la septentrional y meridional, la racional y religiosa

Desde un primer momento, se convirtió en objeto de disputa…

¿Quién entregaba el bidón a quién?

¿Qué Italia acudía al rescate de la otra?

¿Qué clave sostenía aquella bóveda caótica e incomprensible de nación?

Bartali negó en todo momento recibir nada de Coppi.

«Se lo di yo», explicaría, el ego de los dos impedía asumir cualquier vulnerabilidad.

Creció el mito y la cuestión aún hoy irresuelta en torno al bidón.

Y nos olvidamos de todos los demás. Resulta que la fotografía original incluía a otro ciclista, menos agraciado y recordado que el dúo italiano: Stan Ockers, un belga competente que terminaría aquel Tour segundo.

Estaba allí. Junto a Coppi y Bartali. Al lado.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Pero fue borrado de la imagen.

Lo sabemos hoy gracias a que un apasionado italiano, Carlo Delfino, la ha encontrado en el inmenso archivo de Marino Vigna, leyenda de la pista y ex-olímpico.

El negativo original mostraba a Ockers y a la sombras de otros ciclistas.

Bartali siempre explicó que había más rivales junto a ellos, probablemente Bernardo Ruiz, Antonio Gelabert y Raphaël Géminiani.

Todos nos habíamos olvidado de ellos.

Como cuenta Il Corriere, la «soledad» de Coppi y Bartali se había convertido en una leyenda indisociable de su rivalidad, del relato que Italia construyó en torno a aquella imagen.

Ockers representaba un incordio.

Y se moldeó la realidad para apuntalar una leyenda que pervivirá por siempre.

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Aquella fotografía no muestra nada de lo que siempre imaginamos, pero sí es un imborrable testimonio del carácter totémico del ciclismo.

Un deporte empeñado en construir leyendas, en inventar su propia tradición, en trascender mediante la lírica a los hechos sobre la carretera, tan mundanos.

Y por todo ello tan emocionante.

Por Andrés P. Mohorte@CdelVentoux 

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Fausto Coppi inventó La Primavera

Fausto Coppi Primavera JoanSeguidor

Nos vamos a la primavera que iluminó Fausto Coppi

Cuando Coppi salía del negro túnel del Turchino, Italia entera resoplaba tras años de humillación: estaba floreciendo la primavera.

El francés Tesseire, segundo, circulaba a un cuarto de hora, los otros más lejos. Cuando la Milán-San Remo ni siquiera había dejado la Lombardía, el vencedor ya iba solo.

Era Fausto Coppi.

Era la primera gran carrera de Italia tras la Segunda Guerra Mundial.

Era la Milán-San Remo de 1946, la primavera de Fausto Coppi e Italia.

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Coppi culminó su magna obra con 147 kilómetros de escapada en solitario.

Cuando la carrera cruzaba las pedanías milanesas, Fausto ya estaba al comando.

Turchino ese punto celebre de la Milán-San Remo es un paso de no más de 50 metros, oscuro y perentorio.

Ese día vio la luz, la primavera que vino con Fausto Coppi, cargada a sus espaldas. Una multitud lo aclamaba. “Habemus Campeonnissimo”.

Una vez cruzada la meta de San Remo, Bartali se mostraba abatido, se sabía en retirada ante el nuevo fenómeno surgido de las cenizas de la conflagración mundial. Emergía sin embargo una legendaria rivalidad que fue llevada a todos los campos.

Coppi era el hombre moderno, libre pensador, estiloso, adscrito a los avances de la dietética y del entrenamiento científico.

Gino fue “el piadoso”, el campeón monacal.

Un ser humano excepcional que jugó a ser héroe, anónimo durante mucho tiempo, en la guerra. Coppi era díscolo.

Dejaba a Bruna y su domicilio conyugal para irse con la conocida como “Dama Blanca”.

Bartali, el feligrés, icono de la Italia puritana y férrea, incluso rechazó besar a la miss Josephine Baker, en la salida del Tour de 1938 en París por estar comprometido.

Pero las exhibiciones de Coppi tenía “truco”.

Trabajaba con un masajista ciego que le seguía por doquier.

Con él Coppi revolucionó el concepto de optimización en el ciclismo. Sacó partido y punta a todo aquello que los grandes anteriores habían omitido. Su esfuerzo y sacrificios serían pasto de técnicas inusitadas hasta entonces.

Coppi resultó la Primavera del ciclismo.

El punto de inflexión.

Nada fue igual tras él.

Pero Coppi no se entiende sin Bartali.

Entre ambos ganaron ocho Giros y cuatro Tours.

Su pique les llevó a autoeliminarse ante la incredulidad de los rivales en el Mundial de 1949.

Incluso Bartali llegó a pensar que las pócimas de Coppi le daban un poder sobrenatural.

Dijo: “Miraré todo lo que me parezca sospechoso. Todos los frascos, todas las pomadas, todas las botellas. Se los daré a un amigo farmacéutico”. Hay que cosas que desde entonces no han cambiado.

Foto tomada de http://cobblesandhills.com

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El bidón de Fran Ventoso a Vincenzo Nibali

Un gesto de lo más habitual entre ciclistas, pasarse un bidón, se ha convertido en viral 

Y sí, da lo mismo que sean compañeros de equipo o no, porque entre rivales o adversarios -pero nunca enemigos- es algo muy común que, al menos en el mundo del ciclismo, no se debería vender como algo emocionante o extraordinario.

Porque no lo es.

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Este detalle, que es de lo más normal entre deportistas, lo han publicado los medios de comunicación para convertirlo en algo parecido al momento más bello del Giro o incluso a ser candidata a la foto ciclista del año. 

Como si esta historia no hubiera sido jamás vista o contada.

En ocasiones, también estamos acostumbrados a ver coches de equipo que dan agua a otros corredores que no son los suyos.

Cierto, ¿no?

Esto se suele ver a menudo sobre todo en las escapadas.

¿Estamos de acuerdo? 

Esos sí, quede clara, aunque sea un gesto frecuente en una carrera ciclista, la deportividad mostrada por Ventoso con un exquisito “fair play”.

Una actitud para aplaudir, porque sigue dando ejemplo y demostrando con fuerza que el ciclismo es un deporte de caballeros.

Un gesto hermoso.

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Lo que ocurre es que cuando lo captan las cámaras, y no pasa desapercibido, se realza aún más esta icónica imagen.

Es un bonito gesto en este sufrido deporte, que es lo normal cuando en otras competiciones se trata de algo extraordinario.

Así es.

Sin embargo, a pesar del entusiasmo, el alborozo y el frenesí que ha despertado entre los aficionados esta anécdota, Fran Ventoso tampoco se ha librado de las críticas.

Eurosport recriminándole la acción porque antes estuvo en Movistar.

Según Alberto Contador, tendría que haber esperado a sus ex compañeros de equipo para compartir el bidón con ellos y no con Nibali “con el que nunca ha compartido equipo”.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Desde El Cuaderno de JoanSeguidor hablamos con el CCC sobre el gesto.

Poco que comentar…

NIbali Ventoso bidon JoanSeguidor

Pero mejor, vayamos a la secuencia.

En esta escena todo ayuda. 

Ayuda el escenario: en plena ascensión al mítico Mortirolo, en la etapa reina del Giro. 

Aporta que sea en el instante de un ataque decisivo por parte de un gran Nibali, que en ese momento iba sin agua.

Y sin duda, el hecho de que esa circunstancia nos hiciera retroceder en el tiempo y nos recordara la inolvidable estampa de otro gran gesto de juego limpio que forma parte de la historia del ciclismo.

 

 

Tour de Francia de 1952, cuando los eternos rivales Fausto Coppi y Gino Bartali se pasan un bidón de agua entre ellos.

Es la famosa foto del paso del botellín (“passaggio della borraccia”) que se convirtió en una de las imágenes más legendarias del ciclismo.

 

Una foto inolvidable para el ciclismo italiano, que se convirtió en símbolo del deporte.

El intercambio de botellas de agua entre Coppi y Bartali es uno de los iconos deportivos del siglo XX.

Una foto que hizo correr ríos de tinta en Italia y de la que cuentan que, los más viejos tifosi, aún discuten apasionadamente sobre quién da el bidón a quién.

La foto es ascendiendo el Galibier.

 

¿Es Coppi el que le da el botellín a Bartali o es al revés?

El intercambio es inmortalizado por Carlo Martini, fotógrado de Omega Fotocronache, y publicado en Ilustrated Sport con estos comentarios del periodista Guido Giardini:

Dónde están las diatribas de Milán, dónde están las controversias antes (y después) de Recanati? He aquí a Coppi y Bartali, los dos grandes atletas del equipo italiano, intercambiando botellas de agua. Estamos en la carretera que conduce al Galibier. Pronto Coppi lanzará su ataque».

Sesenta y siete años más tarde, y aún son muchos los que se preguntan por el “intercambio de borraccias”.

Los portabicicletas de Cruz pueden ser de techo o bola de remolque

Ni Fausto, ni Gino -siempre entre risas y verdades a medias-, ni Martini, nunca quisieron aclarar este hermoso misterio.

Dicen que una vez se le escapó a Tarcisio Vergani, en ese momento el masajista de Bartali, que el bidón era de Gino, pero en la foto se puede comprobar que «el piadoso»aún tiene sus dos botellas en sus “jaulas” del cuadro y el manillar.

Incluso la RAI intentó revelar la verdad -a través de un supuesto vídeo- en el que se vería a Bartali pasarle el bidón a Coppi, y como éste bebe, lo tira y lo arroja a la carretera.

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¿Se había resuelto el caso?

No, porque en la foto Coppi tiene las dos “jaulas” vacías y en la película llevaba una botella en la del cuadro.

¡Menudo lío!

Unas declaraciones de Vito Liverani, fotógrafo deportivo y luego propietario de Omega Fotocronache y, por tanto, también de los derechos de la inmortal foto, no ayudaron para nada en deshacer el entuerto al afirmar que:

hay poco misterio en por qué se creó esa imagen: Martini estuvo de acuerdo con los dos corredores y con el director de la carrera en efectuarla; le dio una botella a un amigo suyo y le dijo que se la diera cuando pasaran. En aquellos días, los fotógrafos estábamos muy interesados en tener imágenes que fueran diferentes de todas las demás. Es una foto creativa, hermosa, una imagen que desearía haber tomado. Hoy tal foto sería imposible».

Por tanto, parece que estemos hablando de una foto con truco -lo que hoy llamaríamos un fake-, una escena que ya había sucedido mucho antes, en el Tour del 49 pero ascendiendo el Aubisque, cuando Coppi le facilita una botella de agua a Bartali.

Esto dicen que lo llegaron a ver, pero que nadie había retratado porque entonces, claro está, no había mil cámaras o vídeos como ahora.

Así fue como, parece ser, la foto del siglo fue un montaje en el cual Gino y Fausto se pusieron de acuerdo para repetir aquel teatrillo.

Y en realidad tampoco era un bidón lo que se pasaban, sino que se trataba de una botella de agua, seguramente de la marca Perrier.

En aquel momento, parecía claro que fue Bartali quién se la pasó a Coppi, pero ante las insistentes preguntas de los periodistas, Liverani quiso mantener vivo el secreto sentenciando:

Claro que sé quién pasó la botella, pero no tengo ninguna intención de decirlo”.

Foto: video.corriere.it

 

 

La conciencia de Gino Bartali

Ya estamos en la semana final de este Giro de Italia. El del centenario. El que ha homenajeado a algunos de los mejores ciclistas de todos los tiempos que han vestido la mítica “maglia rosa”. Como Coppi, como Bartali.

Porque aunque no lo creáis, hubo un día donde el fútbol no se comía todo el espacio mediático existente. Hubo un día donde, por ejemplo en países como Italia y España, los deportes más seguidos eran el ciclismo y el boxeo. Y en el país transalpino, tan dado a eso de discutir y formar bandos, había Coppistas y Bartalistas.

La décimo primera etapa del Giro de este 2017, la del pasado miércoles 17 de mayo, salió de Ponte a Ema, una Localidad muy cercana a Florencia, hogar de Ginetaccio, de Gino Bartali.

Tengo la sensación de que, los más jóvenes seguidores de la ronda italiana, quizá ese día oyeron por primera el nombre de Gino Bartali porque creo que la historia no le ha tratado demasiado bien… ¡corrijo! Hasta los inicios de la década de los 2000, la historia no le había tratado demasiado bien.

Pese a retirarse con tres Giros y dos Tours, entre otras muchas carreras, pero sobre todo un palmarés envidiable en lo que a grandes vueltas se refiere, perdió la batalla del imaginario popular y colectivo, donde Fausto Coppi, sin duda, supo agrandar su leyenda.

Sin embargo la realidad es muy distinta, por ejemplo, en Estados Unidos, país muy dado al arte de las estadísticas y el recuento, adorarían Gino, quien a día de hoy, sigue ostentando un récord: el de ser el ciclista que ha ganado dos Tours de Francia con más años de diferencia. Ni más ni menos que diez, los que van de 1938 a 1948.

¿Y qué paso entremedio? Pues que se llegaron a parar las competiciones por culpa de la Segunda Guerra Mundial y que él participó en una trama secreta, que consiguió salvar la vida de casi 800 judíos, niños en su mayoría. ¿Cómo? Sacándolos del país gracias a documentación falsa que Bartali había transportado por la Toscana, escondida dentro de los tubos de su bicicleta.

Una historia que el ciclista se llevó a la tumba y que se descubrió casualmente a principios de la década de los 2000. Momento a partir del cual, Ginetaccio dejó de ser tan sólo “el rival de Fausto Coppi” para dejar una huella imborrable en el olimpo de los héroes ciclistas.

Incluso más allá de su propio deporte. Un ejemplo de tenacidad que no dejó de creer en sus posibilidades. Que volvió y ganó de nuevo. Que no era fascista. Que no le hizo el juego al régimen de Mussolini. ¡Al contrario! Aprovechó sus posibilidades para ayudar a otras personas sin llamar la atención. Con ojos y cabeza de siglo XXI esto nos cuesta especialmente. Bartali se entregó en cuerpo y alma huyendo de los focos.

Su buena conciencia le bastaba.

Por Franc Lluis, autor del libro «Gino Bartali, el hombre de hierro»

Imagen tomada de www.Ellocoquecorre.com

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El día que Castellania lloró a Fausto Coppi

Hoy el Giro sale de Castellania, la cuna de Fausto Coppi, un pequeño pueblo que un día vio como su población quedó ampliamente rebasadaFragmento extraído de La pasión de Fausto Coppi, de William Fotheringham. Cultura Ciclista, 2015):

Coppi fue enterrado en Castellania el 4 de enero de 1960. El diminuto pueblo quedó colapsado. Las estimaciones sobre el número de asistentes al funeral oscilan entre las 20.000 y las 50.000 personas. Las hileras de coches aparcados a los dos lados de la carretera se prolongaban durante seis kilómetros y medio, hasta el pie de la colina y más allá. El único tráfico permitido a través de los retenes policiales era el continuo ir y venir de las camionetas de las también colapsadas floristerías de la zona. Al llegar depositaban su carga, daban media vuelta y se iban para abajo. Los autobuses alquilados por el club ciclista de la zona solo llegaban hasta el pie de la colina y los fans tenían que ascender a pie, como si estuvieran subiendo puertos de los Alpes o de los Pirineos para ver pasar el Giro o el Tour.

El recuerdo más duradero que le quedó a Bartali de aquel día fue el barro. Los aficionados empezaron a subir hacia Castellania a las seis de la mañana, y lo siguieron haciendo bajo un débil sol invernal y entre los restos de nieve sucia que cubría las cunetas. A medida que aumentaba el flujo de tifosi y estos subían campo a través para ahorrarse unos metros, sus pies se iban hundiendo cada vez más profundamente en el barrizal. “Lo recuerdo como un momento de gran solemnidad: la gente subía a pie, colina arriba hacia el cementerio, a miles”, explica Jean Bobet, quien acudió al funeral en nombre de L’Équipe. “El silencio, el tañer de las pequeñas campanas de la iglesia. A la medida de la imagen de Fausto, un hombre trágico”.

El día anterior se echó gravilla en el camino de 500 metros que conduce hasta la iglesia de San Biagio, situada en las afueras del pueblo, en una loma de la colina. En el cortejo fúnebre encabezado por los excompañeros de equipo, gregarios y rivales circulaba lentamente la ammiraglia, el coche del equipo Bianchi, con su fantástico perfil ondulado y sus grandes faros, coronado por la gran baca de las bicis y las ruedas de recambio. El periodista Bruno Raschi contaba que se había imaginado a Tragella de pie en el vehículo con un altavoz, animando a Coppi en su último viaje.

No se trataba tan solo de dar el último adiós a la mayor estrella deportiva de Italia. “Ni siquiera muerto se pertenecía a sí mismo. La gente se lo había apropiado”, dice Jean Bobet. ¿A quién pertenecía aquel admirado ser recién desaparecido? El tipo de ceremonial italiano de despedida del difunto no podía encajar a todas las partes enconadamente enfrentadas que Coppi había dejado atrás. Tan pronto como el ciclista exhaló su último suspiro se planteó el problema de quién iba a hacer pública la noticia su muerte. En Italia esta cuestión es mucho más relevante que en el mundo anglosajón: hoy en día, igual que entonces, las notificaciones de fallecimiento se cuelgan en los lugares públicos de la ciudad del fallecido. ¿Ese derecho correspondía a la familia que llevaba el apellido Coppi, a Bruna y a Marina, o a la Dama Bianca y a Faustino, que eran los que realmente vivían con Coppi cuando este murió?

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Hablando de grandes mitos, la taza de Marco Pantani el día que el Giro llega a Oropa

Ferdi Kubler, el buen suizo

Suiza, bello país. Orillado por montañas en su medula y por los costados, trufado de parajes que a veces asemejan mares, pero que son lagos de deshielo, lagos de todos los tamaños y profundidades. Lagos que saben de leyendas, del carácter del paisano de un lugar que se hizo fuerte desde tiempos remotos, desde los cuentos de Guillermo Tell, y la numantina defensa ante los Austrias.

Porque los suizos son muy de nadar y guardar la ropa, gente de bien, de posibles, que han sobrevivido a dos guerras mundiales, en medio del cogollo europeo, con grandes estados en el filo, con imperios precipitándose y ellos en medio, neutros, tranquilos, en una calma relativa, eso sí. Ajenos al mundanal ruido.

Esta entradilla, tan aleatoria como cualquier otra, sirve para calzar la primera impresión, el rasgo inicial sobre el nada pretencioso retrato que queremos hacer sobre Ferdi Kubler, el ganador del Tour más viejo en vida, que ahora deja ese testigo a Roger Walkoviak, el campeón que no quiso serlo, y Federico Martín Bahamontes, el toledano del que se sirivió un país como espejo de lo que el talento es capaz de ofrecer cuando se tiene a raudales.

Kubler, Ferdi de nombre, lo dicho, suizo, pero suizo suizo, muy querido entre los suyos. De él hay leyendas, cuentos difusos que hablan que bramaba, incluso relinchaba cuando agarraba la parte baja de su manillar como el cowboy que empuñaba sus pistolas. Le dibujan visceral, le tomaban por medio loco, como aquella vez que no quiso esperar a que el Ventoux empezara para atacar. “Que no ha empezado la subida” le decía Geminiani. Y qué, él era Kubler.

Nada más lejos de la realidad. Las crónicas buenas, le definen como la mano que mece la cuna. El corredor que tocaba las personas adecuadas en el instante más afortunado. No era Maquiavelo, no leía de sus principios del príncipe moderno, pero sabía a qué jugar o a quién insistir y a qué puertas tocar. Dominaba las divisas, francos, liras, pesetas, marcos,… como un buen banco suizo. Astuto, movió esos hilos, tramó de esa manera y se le tomaba por loco. Eso yo lo llamo ser una especie de genio, pululento y maloliente, por las circunstancias de la época, pero un genio. Con todas las palabras.

El palmarés de Kubler no es el mejor que encontramos, pero sí que es suculento. Ganó el primer Tour de la icónica década de los cincuenta, ese Tour en el que Bartali fue increpado en el Aspin y los italianos tomaron rumbo a casa, ese Tour en el que, vestido de amarillo, se mostró lo cerebral que nadie hubiera imaginado para ganar en Lyon la crono final y cubrirse de gloria.

Convivió con los gigantes de siempre, con Bobet, con Coppi, con Magni, con Bartali,… con Koblet, el otro gran suizo, el que se peinaba antes de cruzar la meta para sembrar el terror entre las nenas. Convivió con esos, e hizo un palmarés atemporal, con dos dobletes en las Árdenas, seguidos además. “Lieja y Flecha in a row”, con vueltas en casa, Romandía y Suiza y con el corazón de los suyos, el mismo que un día le dieron y nunca le han reclamado de vuelta, hasta el día de su muerte, a escasos segundos de llegar al que habría sido 98º año de vida.

Imagen tomada de Los Tiempos

La “edad dorada» empezó y acabó en Lombardia

Alfredo Binda está considerado por consenso el primer gran ciclista de la historia. Tres condicionantes jugaron en su contra para no figurar con la asiduidad de otros astros: su leyenda es lejanísima en el tiempo, nunca brilló especialmente en el Tour de Francia y los rivales que le tocaron en suerte parecieron poca cosa ante el brillo de este ciclista ganador y coleccionista de trofeos, que cuidaba su estilo sobre la bicicleta con el idéntico mimo que su peinado. Otros grandes como Constance Girardengo u Ottavio Bottecchia vivían su declive mientras que Learco Guerra, a pesar de lo sugerente de su apellido en la Italia fascista, no estaba a su nivel. Bartali llegó más tarde.

Binda abrió la monarquía ciclista italiana y esta perduró al menos tres décadas. Una heredad de sangre azul que instaló el expreso de Cittiglio, pequeña localidad que vio el paso de Lombardia durante años, y que no se traspasaba por derecho sino por mérito. Binda fue el primero, en su ocaso tomó el relevo Gino Bartali y al final entró Fausto Coppi, el triunvirato, la santísima trinidad itálica. Entre ellos ganaron doce ediciones del Giro de Lombardía: cinco Coppi, cuatro Binda, tres Bartali.

Binda, joven, integrado en una familia numerosa, era el décimo de catorce hermanos, debe partir para Niza, que cincuenta años antes era parte de los Saboya, porque en casa no dan abasto con los gastos. La música copaba sus gustos, pero la bicicleta ganó la partida el ciclismo al otro lado de la frontera. Le llamaron “le niçois de Cittiglio”. Allí, en Francia, gana una importante carrera amateur pero es descalificado. Su primer triunfo queda en nada, al menos de momento, el ciclista toma confianza, se hace un nombre, su áurea llega a oídos de Constance Girardengo.

Y ahí está, el joven prodigio. Es Alfredo Binda. Acude al Giro de Lombardía de 1923 con la certeza de que está entre los favoritos porque lo lee en la Gazzetta, pero él corre por las 500 liras que ponen en juego en la cima de Ghisallo para quien pase primero. En el segundo kilómetro de subida, las piernas de Binda funcionan a la perfección, cae, uno, el otro, el siguiente. Cae Girardengo, la leyenda, el hombre. Poco después Binda supera al fugado y corona solo. Presa del esfuerzo es neutralizado y superado, Binda habría de ser cuarto.

Sin embargo cuenta con legión. En el equipo de referencia, el Legnano, adquieren sus servicios a razón de 20.000 liras anuales más 5000 por clásica ganada. La máquina empezó a funcionar. En 1925 René Vietto, el héroe francés que se hizo célebre por arruinar sus opciones por darle una rueda a Antoni Magne, declara admirado: “Es increíble cómo va encima de la bicicleta. Puedes ponerle un vaso de leche acoplado a la espalda que seguramente no derrame una gota”. Con ese estilo Binda derrumba el mito de Girardendo, es el rey de Lombardia.

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Cartel de Sencillo Bikes dedicado a la «Clásica de las hojas muertas»

Prolongará su dominio dos años más. En 1926 gana con casi una hora sobre Antonio Negrini. “Es lo más grande que jamás he visto” exclama Girardeno, lesionado siguiendo la carrera en un coche y abrumado por lo visto. Al año siguiente vuelve a ganar, perfecto, rectilíneo, con un peinado que no hace justicia a las penurias de la ruta. Es un genio, un as, el primer grande, tanto que en el Giro de 1930 la organización le da 25.000 liras con tal de que no tome la salida y no monopolice la carrera. Su figura languidece a mediados de los treinta y se apaga en un accidente durante la Milán-San Remo de 1936. Para entonces el “monje volador” Gino Bartali ya rueda a satisfacción.

El toscano gana tres veces en Lombardía que pasa del Sempione milanés al Vigorelli, el velódromo de los récords, entre otros el de Fausto Coppi en plena Segunda Guerra Mundial, cuando pocos podía estar ahí para atestiguarlo. Retirado Bartali, es el periodo de Coppi, “la piedra preciosa del ciclismo” como dijo Jacques Goddet, tantos años patrón del Tour. Coppi ganó su quinta clásica de las hojas muertas en 1954, su último gran monumento.

Parte de este relato está inspirado, y documentado, en la excelente obra “The Monuments” en la que Peter Cossins guarda y narra parte de las mejores historias de esas grandísimas carreras. Si queréis más detalle de la misma podéis acceder aquí.

Foto tomada de www.foroche.com

#BonjourTour etapa 16

La semana arranca con una etapa que entrará hasta el zaguán de la casa de Fabian Cancellara con un recorrido rodeado de montañas aunque sin pisar ninguna de las subidas. En Berna posiblemente veamos otro sprint y quizá el asalto definitivo de Mak Cavendish al récord de Eddy Merckx. No obstante, el cansancio reinante puede provocar que los equipos de los velocistas prescindan de un desgaste que ahora mismo pocos tienen capacidad de desarrollar.

El lugar

La etapa previa a la segunda jornada de descanso del Tour se introduce en terreno suizo por los alrededores del lago de Neuchatel, uno de los lagos más grandes del hermoso país helvético cuya capital Berna es pequeña, sencilla pero preciosa, instalada en un meandro ofrece uno de los conjuntos más homogéneos del viejo continente. Berna es por eso patrimonio de la humanidad con su colección de fuentes y pasadizos.

18 de julio de 1949

La décimo sexta etapa del Tour entra en terreno alpino, era la segunda del serial. Bartali y Coppi están separados por dos minutos en la general con Robic, Kubler y en primer lugar, el inesperado líder Jacques Marinelli, como principales amenazas. En el Coll d´ Allos el suizo Kubler es el primero en atacar, movimiento audaz que dos pinchazos arruinan en el Vars.

A esas alturas la carrera ya era un surco entre los dos campeonissimi que abren hueco bajo la lluvia del Izoard donde llegado un momento, Coppi se siente tan fuerte que quiere volar solo ante el desespero de Bartali, que no pide, implora que su compañero le espere. Discutiendo con el director de equipo, la leyenda Alfredo Binda, Coppi se asegura que su compañero le sigue de cerca y pone el tren suficiente para llegar juntos a meta, después de protagonizar esa famosa imagen del bidón, y quién se lo dio a quién, Gino a Fausto o al revés. En la meta ganó el viejo Bartali, pero la suerte estaba echada, al día siguiente Coppi sentenciaría el Tour, su primer Tour.

INFO

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