La sangre nunca llegó al río entre Coppi y Bartali

Hace tiempo que albergábamos el deseo de realizar un comentario en torno a la rivalidad tan explotada por los medios de comunicación en referencia a estos dos famosos ciclistas italianos de otros tiempos, que acapararon en su momento los mejores elogios por parte de los miles y miles de aficionados de este siempre duro deporte del pedal. Aparte de esta rivalidad que sirvió de acicate para llenar páginas y más páginas en los periódicos y más de los de cariz más bien sensacionalista. Lo más importante fueron sus hazañas, aquellas heroicas gestas que sugestionaron a miles y miles de aficionados y no aficionados incluso.

Estos protagonistas, es fácil adivinarlo, no fueron otros que el dúo formado por Fausto Coppi y  Gino Bartali, dominadores casi absolutos en el período que duraría algo más de una década. Fueron dos figuras excepcionales que la historia de la bicicleta no suele repetir o rememorar con otros nombres así como así.

Rivalidad sí la hubo; pero no tanto

Recuerdo al respecto cuando en una ocasión le pregunté con cierta curiosidad e interés a Coppi, al que me unía una sincera amistad, y singularizo afirmándolo, qué era lo que había de cierto en lo que hacía referencia a la rivalidad  existente entre él y su compatriota Gino Bartali. Su respuesta fue tajante y sin rodeos. Hubo, me manifestó, cierta rivalidad deportiva, desde luego; pero ni mucho menos el sensacionalismo mostrado por parte de algunos medios informativos de difusión.

Los periodistas, algunos de ellos, sentían la imperiosa necesidad de agitar las aguas y de llamar a la atención con alguna noticia que rompiera con todas las realidades vividas de manera cotidiana. Se buscaba con desmedido afán algo que sirviera como acicate para despertar el interés de los lectores y con el simple objetivo de vender más papel escrito. Tenían la imperiosa necesidad de divulgar novedades, algunas sin base cierta.

Tras comentar aquellos pensamientos de tono casi envolvente, Coppi, bien lo recuerdo, finalizó la conversación diciéndome: “Gerardo: De lo que se ha ido escribiendo o comentando acerca de nuestra rivalidad, vale más la pena  evaluar como mucho la mitad. Ya es suficiente y no cabe retorcerse en habladurías que no llevan a ninguna parte”. Sólo nos resta que valorar el contenido de sus palabras del todo sinceras.

A raíz de aquellos hechos o pugnas que pertenecen al pasado, es mi intención el exponer en estas columnas algún acontecimiento que pude experimentar muy de cerca y que nos transparenta la verdadera realidad de los sucesos que acontecían con diversidad en las carreteras. Aunque sí hubo rivalidad deportiva, repetimos, no por ello las aguas llegaron a desbordar el cauce del río. En dónde se vislumbró más a las claras en buen entendimiento y colaboración mutua fue precisamente en los Tours de Francia, celebrados en los años 1949 y 1952, el máximo exponente con que contaba y cuenta el ciclismo.

Durante varios años perduró con mucha aceptación la presencia de  los equipos representativos nacionales y algunos de nivel puramente regional. Fue una vieja fórmula que en la actualidad ya no se usa, porque sale más a cuenta aquilatar la economía de las arcas en cuanto a lo que hace referencia a las ganancias, un factor poderosamente casi indispensable hoy en día. Resulta más rentable el camino que se sigue en la actualidad en donde el dinero se hace notar cantante y sonante. Al Tour es lo que más le interesa y deja de soñar en romanticismos patrióticos.

El alto significado de representar a una nación 

Hoy en día las casas comerciales, que son las que en verdad pagan, tienen un contundente peso específico en el campo ciclista, un ingrediente que avasalla y atenaza la actual situación. Los tiempos han cambiado y los intereses se deslizan por otros derroteros en donde pesa tanto la aportación económica. El sentido patriótico, cuando hay dinero, pasa a un segundo plano. Por lo general, se piensa más en el hombre, en la individualidad de la persona que ha realizado tal gesta o tal otra. En otros tiempos, léase pasado, tenía un valor sistemático aquella clase de representaciones.

En el Tour del año 1949, los dos campeones que fueron  nombrados, Coppi y Bartali, suscribieron un pacto de ayuda  mutua en aras al buen rendimiento global que se deseaba alcanzar por parte del conjunto italiano. Este pacto de palabra, lo que son las cosas, se reafirmó en el Hotel Martínez, emplazado en la ciudad de Cannes, gracias a la diplomacia desplegada por su director técnico, Alfredo Binda.

Al día siguiente, se llegó a Briançon, en pleno corazón de los Alpes, tras cruzar las cimas de los puertos de Allos, Vars e Izoard. Los dos colosos transalpinos pisaron con dilatado avance la línea de meta. Coppi, siendo sobre el papel el más fuerte, cedió el triunfo a su compañero Bartali como regalo por celebrar éste su cumpleaños. Habían acumulado una ventaja de más de cinco minutos sobre el combativo Jean Robic, el diminuto y todo nervio corredor bretón, corredor que siempre se hizo notar por su temperamento un tanto combativo fuera donde fuera.

Fausto Coppi ganaría el Tour con más de once minutos de ventaja sobre el hombre de la región toscana, su compatriota Bartali. Fueron invencibles los dos, y al mismo tiempo caballeros. En consecuencia, gracias a este  honroso pacto de no agresión, consiguieron una sonada y suntuosa victoria.

Quisiéramos recalcar a modo de inciso que con anterioridad los dos campeones ya habían dado muestras de su buena disposición de ánimo. Por ejemplo, en la etapa pirenaica, Pau-Luchon, bajo la silueta inconfundible del Aubisque. Allí se pudo contemplar como Coppi le facilitaba una botella de agua a Bartali, bajo la atenta mirada del diminuto Apo Lazarides, un corredor galo muy popular en las tierras de donde era originario. Recordamos que Gino se protegía de los implacables rayos solares con una gorra blanca, cumplimentada con un pañuelo del mismo color de tal manera que su figura se asemejaba a  la de un simple beduino, una raza africana que impone.

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Quién cedió la botella a quién

Introducidos en el otro Tour del año 1952, se produjo un segundo triunfo de Fausto Coppi, que contó también con los servicios de Gino Bartali. Es obligado situarnos en la etapa alpina Bourg d´Oisons-Sestrière, en la cual los ciclistas afrontaron las ascensiones de Croix-de-Fer, Telegraphe, Galibier (2.558 metros de altura) y el Mont Genèvre como puntilla final. Coppi, autor de un solemne recital, llegaría a la meta con más de siete minutos de ventaja con respecto al español Bernardo Ruíz. El belga Ockers fue aquel día tercero. Salvo el puerto del Telegraphe, Coppi coronó los demás puertos de la jornada en solitario.

En esta etapa se vivió una escena que fue captada por un avezado periodista gráfico durante la ascensión al puerto del Galiber, documento que ha dado varias veces la vuelta al mundo por su alto significado deportivo y que hace unos pocos días El Cuaderno de Joan Seguidor ha tenido la deferencia de reproducir con motivo de la edición de un libro titulado “El Tour de Francia”, obra significativa escrita por el experto periodista Mario Fossati, una eminencia ciclista que fue.

En la citada y emotiva fotografía se aprecia la complicidad mantenida  entre estos dos ases, intercambiando una simple botella de agua en un momento más o menos decisivo de la etapa. Más de un observador se había aventurado a manifestar que fue Bartali el que cedió el milagroso líquido al “campionísimo”, aquel ciclista  de Castellanía llamado Coppi. Pero la realidad siempre fue una incógnita que quedó en el aire sin una respuesta más o menos consistente.

Lo más importante y por encima de todo estaba en la acción protagonizada por estos honorables atletas de las dos ruedas  y plasmada de forma tan elocuente en un instante de la etapa de referencia. Nosotros nos identificamos plenamente ante aquella escena que no necesitaba adicionar elocuentes palabras. Bastaba contemplar lo que en realidad se mostraba en el documento gráfico obtenido. Los dos estaban plenamente unidos en el esfuerzo defendiendo los honores del país que les vio nacer: Italia.

Y ya que comento este hecho tan emotivo de intercambio entre estos dos campeones de una botella que pasó de una mano a otra, un principio a todas luces solidario, quisiera exponer la teoría que se expone al respecto. Hay que contemplar la citada fotografía para percatarse de lo sucedió en aquel impresionante Galibier. Uno de mis hijos, hay que delatarlo abiertamente, dio en el clavo. Acertó dándome el veredicto de lo acontecido.

Veamos, pues, la cuestión que se nos plantea. La persona que recibe una botella o cualquier objeto en su mano de manera instintiva dirige su mirada hacia lo que recibe. No cunde, por ejemplo, el observar a la persona que protagoniza la entrega. Ante este aserto no hay vuelta de hoja: Fue Bartali el que recibió el botellín y sus ojos acusan sin dilaciones su recepción: una botella llena de agua para apagar la sed.

En el primer plano, en cambio, se observa a Coppi pedaleando en pleno esfuerzo y con su mente centrada en el desarrollo de una etapa casi decisiva. Sus ojos escudriñaban la silueta inconfundible y recortada de las majestuosas montañas alpinas, envueltas en una tonalidad más bien grisácea. El comandaba y dominaba la situación planteada y siempre en vanguardia. Esta fue la aclaración, repito, tutelada por mi buen hijo Ignacio, al que agradecí su muy acertada respuesta.

Por  Gerardo  Fuster

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La explosión de Gino Bartali

En el debate de la historia del ciclismo, pocos dudan en situar a Gino Bartali entre los más grandes de siempre. No tendrá el mejor palmarés, numéricamente hablando, pero sus triunfos, que no fueron pocos, y en entorno de su trayectoria, la Segunda Guerra Mundial, le hacen acreedor de un pedestal en el ADN de este deporte.

#DiaD 22 de julio de 1938

La etapa alpina entre Digne y Briançon es la jornada que todos esperan. Ya en el kilómetro 85, en el increíble Allos, Bartali toma el comando, le siguen unos cuantos -desde Vissers a Cosson pasando por Martano, Gianello y el amarillo Vercaecke-. Bartali no tiene suficiente y acelera el ritmo en Vars donde se va solo y acaricia el liderto.

Pero queda el Izoard, el más salvaje de los puertos del día. Bartali lo corona solo y realiza un descenso memorable hacia Briançon. Es el nuevo líder del Tour de Francia, algo que los italianos celebran hasta el amanecer. Hacía años que el país transalpino no brillaba en el Tour y ese día se vieron con cinco entre los seis mejores de la general.
Bartali no cedió el maillot. El piadoso ganaría otro Tour, diez años después, por medio logró éxitos que no figuran en el palmarés, que ni siquiera se supieron en mucho tiempo, salvó la vida de muchos judíos durante la ocupación de Italia por los nazis.

El ciclismo se aleja de la gente

Hoy, en virtud del progreso que experimenta la sociedad en todos los campos, tenemos la facilidad de seguir los acontecimientos con unos recursos a distancia que antes no disponíamos. Desde casa, a través de la pantalla televisiva o la misma radio, nos es muy cómodo vivir de cerca las evoluciones de cualquier competición deportiva. Casi mejor  y con más comodidad que verlo en directo en la misma carretera. Existe algo así como una cuarta dimensión que nos hace ver muy de cerca algunas gestas o hazañas que en otros tiempos nos pasaban desapercibidas.

Tenemos ahora, diríamos, el ciclismo en casa. Por otra parte es admirable el de que hoy los aficionados, e incluso por parte de quiénes no lo son, hace que conozcan mucho más a fondo una faceta que les era desconocida a lo que se llegaba al retroceder a los viejos tiempos. La difusión  informativa bajo esa perspectiva actual tiene un peso específico que antes no teníamos.

El paso fugaz de los ciclistas   

Nos vienen a la memoria estos pensamientos al recordar a aquel ciclismo de antaño que nos tocó vivir muy de cerca y que contaba con escasos medios económicos y publicitarios. Tuvimos la inmensa suerte y la oportunidad de seguir varias competiciones ciclistas a partir de la década de los cincuenta, como consecuencia de nuestra labor periodística. Las gentes apostadas al borde de las carreteras aplaudían frenéticamente el paso de los atletas sufrientes que empujaban con fuerza dándole a los  pedales. Se contemplaba, eso sí, su paso de una manera un tanto fugaz, centelleante, vertiginosa, que contrastaba con una larga y paciente espera por ver a los ciclistas. Era todo aquello un espectáculo rutilante lleno de colorido que transparentaban sendas camisetas enfundadas por los ciclistas.

Los llamados “esforzados de la ruta”

Ahora las tornas han cambiado en bien del deporte ciclista, dado de que hoy lo podemos vislumbrar a través de la pantalla de la  televisión, en donde nos ilustran a lo vivo los esfuerzos, victorias y adversidades  de estos protagonistas a los que se les llama tradicionalmente  los “esforzados de la ruta”. Así fueron bautizados en el año 1924 por el conocido y polifacético escritor francés Albert Londres.

En cierta manera hoy se contempla todo bajo un prisma diferente. Por lo menos si nos centramos exclusivamente en lo que se refiere al deporte de la bicicleta, que pudimos vivir, repetimos, a partir de los años cincuenta. Quizá sienta ahora una escondida nostalgia que me acerca o une a aquel pasado, aquel pasado que juzgamos tan alentador y tan atractivo, tutelado por los grandes héroes del pedal de otros tiempos. Hemos de reconocer y dar paso a la evolución experimentada en esta disciplina de las dos ruedas, gracias al apoyo sustancial recibido por parte de las firmas comerciales y organismos oficiales de toda índole, que han encontrado en estos hombres del pedal un medio propagandístico de gran difusión para la promoción de ciertos productos de la más variada gama y que nos arrastran a su consumo sin contemplaciones. Los ases y su popularidad ejercen un extraño influjo sobre las masas, en este mundo abigarrado y lleno de contrastes, en donde por encima de todo se mueve mucho dinero. Uno tiene la sensación, fieles al afirmarlo, de que se está perdiendo un bastante la cabeza. Se entra en algo así como un laberinto complicado  en  el cuál entran en juego  intereses económicos fabulosos y hasta inauditos.

El ayer de aquellos campeones inolvidables   

Retrocediendo al compás del paso de los tiempos, no dudamos en afirmar que aquel otro ciclismo era indudablemente más espontáneo que el que compartimos hoy. No se hacían valer ni los métodos, ni los cálculos milimétricos, ni otras técnicas más o menos sofisticadas impuestas por los respectivos directores técnicos de los respectivos equipos.

En nuestra aquella época, en nuestros tiempos, pudimos  entablar abierta amistad con campeones inolvidables, tales como Fausto Coppi, Gino Bartali, Louison Bobet, Ferdinand Kubler, Jacques Anquetil, Bernard Hinault, Eddy Merckx y Miguel Induráin, entre varios otros, que se permitían el lujo de dominar la actividad rutera durante casi toda la temporada o parte de ella. Su lema y su voluntad eran de mantenerse en la línea de vanguardia del principio al fin del año en curso. Eran en una palabra más brillantes frente a la consecución de los hechos y con capacidad física más que suficiente para desenvolverse en todos los terrenos sin contar ni mucho menos con los medios de apoyo de los que cuentan hoy en día los ciclistas.

Por  Gerardo  Fuster

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La desconocida historia catalana de Gino Bartali

Para los que hemos tenido la oportunidad de seguir de cerca los golpes de pedal de los ciclistas de otros tiempos que forjaron hazañas de indudable grandeza, no podemos por menos que mencionar entre otros al popular corredor italiano Gino Bartali, oriundo de la región de la Toscana, presidida por la  histórica ciudad de Florencia. Falleció, a principios del año 2.000, a los 86 años, como consecuencia de un inesperado paro cardíaco.

Fue un atleta de grandes facultades que dio mucha gloria al ciclismo, junto a su gran rival y antagonista Fausto Coppi, otro campeón inolvidable. Se puede decir y sin temor a equivocarnos que con estos dos portentos ases del pedal, Italia alcanzó su máxima cota deportiva de todos los tiempos.

Los aficionados italianos buscan afanosamente a alguien que les hiciera olvidar a aquellos dos campeones que cosecharon tantas victorias y tanta popularidad. Las esperanzas, con el pasar de los años, se han ido esfumando,  porque el sustituto que nos haga olvidar aquel brillante pasado no ha llegado todavía. Ni los Gimondi, Nencini, Moser, Bugno, Pambianco, Baldini, Saronni y el mismísimo Pantani,  han hecho palidecer el fulgor desplegado por aquella pareja formada por Coppi y Bartali.

Se ha dicho en repetidas ocasiones que Bartali al ganar la segunda Vuelta a Francia del año 1948, fue el mejor embajador de su país en territorio extranjero. Recordemos que el corredor florentino ya se había adjudicado el Tour de 1938. El espacio de una década marca un hito de por sí extraordinario y sin precedentes. La Segunda Guerra Mundial  dejó un periodo en blanco, sin actividad y sin ruedas.

Bartali, entre otros triunfos, consiguió ganar en tres ediciones de la Vuelta a Italia (años 1936-37-46); en cuatro de la Milán-San Remo (1939-40-47-50); en tres de la Vuelta a Lombardía (1936-39-40), y en dos de la Vuelta a Suiza (1946-47). Además, se permitió el lujo de conseguir cuatro títulos en el Campeonato de Italia de carretera (1935-37-40-52); e inscribir su nombre en la Vuelta a Romandía (1949). Ganó cinco veces la Vuelta a Toscana y tres la Vuelta a Piamonte. Y así quedaron otras tantas victorias.

Antes de concluir esta semblanza un tanto escueta en torno a Bartali, quisiera poner sobre el tapete una anécdota raramente conocida en la esfera del pedal. Hemos de retroceder al año 1935, es decir, cuando contaba con tan sólo 21 años. Vino a España con tan buena fortuna que ganó con autoridad manifiesta la Vuelta al País Vasco. Era su primera salida al extranjero.

Días más tarde, un tanto casualmente, se alineó en una carrera denominada Gran Premio de Reus, que ocupaba un buen rango en el calendario español. Constaba de tres etapas. Contra todo pronóstico, venció en la etapa inicial, llegando a la meta con un acentuado avance sobre el horario previsto por los árbitros en su hoja de ruta. Lo cierto fue cruzó la cinta de meta como vencedor con tanta  antelación  que ni siquiera los jueces estaban allí para dar testimonio de su victoria. Todos ellos se habían ido a desayunar en bar emplazado en los alrededores de la llegada con la idea de que los ciclistas llegarían puntualmente bajo el dictado  establecido por los organizadores. Ante la ausencia de árbitros para fallar su veredicto tras varias cábalas y a la vista de lo ocurrido, decidieron asignarle una ventaja estimada de siete minutos sobre sus más inmediatos perseguidores. El cómputo fue aceptado. Fue una página del todo inédita en la esfera ciclística.

Luego, bien es verdad, afianzó su superioridad ganando la tercera y última etapa, con llegada a la misma cumbre de la montaña de Montserrat. Vicente Trueba y Federico Ezquerra, sus contrincantes más directos en la contienda, nada pudieron hacer para oscurecer la estrella de Bartali. A partir de aquella jornada un tanto memorable, ya se comenzó a intuir la valía de aquel corredor ciclista llamado Bartali, que llegaría con los años a ser famoso. Es curioso recalcar que fue precisamente en Cataluña en donde precisamente empezó a despuntar. Consideramos que hacemos justicia poniendo a la luz este hecho anecdótico perteneciente al pasado y que pocos, muy pocos, estamos seguros, conocen.

Por Gerardo  Fuster

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PINARELLO ESPAÑA comercializará el nuevo modelo de casco INFINITY en el mes de junio de 2014. 

El fabricante italiano de cascos KASK, en colaboración con el Team Sky, ha desarrollado un innovador y revolucionario casco de carretera, el modelo INFINITY, un casco de alto rendimiento que garantiza una ventilación y aerodinámica totalmente perfectas.

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El casco INFINITY, es el pionero de una nueva categoría casco. Combina las ventajas aerodinámicas de los cascos totalmente cerrados que el Team Sky utiliza en los sprints o en las cronos, y es además un casco totalmente ventilado que garantiza una refrigeración óptima a altas temperaturas, durante ascensos de montaña, o en las etapas en ruta.

El INFINITY es el primer casco de bicicleta que permite al ciclista cerrar las rejillas de ventilación para obtener el máximo rendimiento aerodinámico, o abrirlas completamente para una óptima ventilación y refrigeración, y todo de forma fácil y rápida desde la posición del sillín sin tener que ponerse en peligro al hacerlo.

El INFINITY nace desde el mismo concepto que el BAMBINO, con un perfil totalmente redondeado sin bordes afilados ni ángulos que aseguran un flujo de aire limpio alrededor del casco.

Incluso cuando las rejillas de aireación del casco están totalmente cerradas, un alto grado de ventilación está garantizado gracias a un par de orificios frontales que hacen que el aire entre en el casco desde la parte frontal y siga a través de los canales internos de refrigeración hasta las salidas de escape traseras. Las salidas de escape traseras están siempre abiertas, por lo que el aire caliente sale libremente en todo momento con independencia de la situación del aireador.

En la parte superior también se refuerza la seguridad, con una subestructura interna que incrementa la protección para mantener la integridad del casco en el caso de un impacto.

Con este sistema, aerodinámica y ventilación están optimizados. Incluso el rendimiento aerodinámico mejora gracias a un rebaje lateral con el que cuenta el casco y al que se ha llegado después de extensas investigaciones y pruebas, que rompe el flujo de aire, de tal forma que el aire que pasa se pega a la superficie del casco en lugar de crear turbulencias descendiendo por la espalda.

 

Disponible en dos tamaños, M: 48-58 cm y L: 59-62 cm.

Dos colores, Blanco y Negro-Rojo.

Peso: 270 gr (Talla M)

Rivalidades que dividieron países: Coppi vs Bartali

La Italia de postguerra fue terreno de pillaje: un amasijo de ruinas que cabía reconstruir con algo más que intentar joder al de al lado para mantenerte a flote. Esa gente presa del hambre y las ganas de algo mejor tenía  necesidad de referencias y el ciclismo se las dio. Uno de esos iconos ya estaba vigente bastante antes de la segunda contienda mundial. Era Gino Bartali, un frondoso toscano, duro y fuerte, rudo, contundente pero piadoso, muy piadoso. Su religiosidad fue transversal, alcanzó desde las clases bajas a las acomodadas. En una sociedad que creció con un profundo sentimiento cristiano, este moreno toscano fue hilo conductor y vaso comunicante entre gente de muy diferente pelaje.

En junio de 1938, recién finalizado el Giro de Italia, Benito Mussolini, obsesionado con hacer de sus éxitos fruto del fascismo, empujó a que Bartali representara a Italia en el inminente Tour de Francia. “Si no va él, ¿quién mejor?”. Bartali fue y ganó y lo volvió a ganar diez años después, en una rara efeméride que sólo él protagonizó y por medio, con la Segunda Guerra Mundial de telón de fondo, salvó judíos cuyos nombres transportaba ocultos en el cuadro de su bicicleta.

Pero hubo un día, en la antesala de la gran conflagración, en junio de 1939, que, en el Giro del Piemonte, se cruzó un escuálido ciclista nacido en la Liguria, esa tierra que vive el ocaso de la San Remo. Su nombre era el de Fausto Coppi. Su tez afilada, pelo como engominado y mirada profunda que enamora. Rasgos míticos. Coppi, de origen también campesino, como Bartali, ganó el Giro de 1940 con una serie de maniobras que se entendieron desde el lado del “Piadoso” como poco claras. El furor que acompañó la entrada de Coppi en la Arena de Milán, mientras Alemania invadía Francia, acabó de convencer a Bartali de que aquí, en este ciclista que el propio Constance Girardendo avalaba, tenía algo más que un rival.

Pasaron los años y la guerra concluyó dejando un país al borde del colapso. La rivalidad Coppi vs Bartali dio material hasta para novelas y filmes. En la Milán-San Remo de 1946 Fausto Coppi firmaba una jornada antológica. Ganaba una carrera tras 147 kilómetros escapado. A Bartali esta exhibición le sentó como una patada en el estómago.

Se encontraban frente al espejo las dos Italias. Por un lado Bartali, religioso, creyente, modesto, sacrificado, ancestral. En el otro, opuesto, Coppi, moderno, avispado, carente de supersticiones, amante del método y de la ciencia, compitió por inspiración pero sabedor de que sus piernas estaban perfiladas y amasadas para ganar, para machacar. Uno anclaba a Italia al pasado, a la superstición y el esfuerzo supremo, el otro miraba al futuro, innovaba.

Los métodos de Coppi fueron revolucionarios, hasta donde la historia nos permite saber. Lo fueron tanto que ese masajista ciego llamado Cabanna, el alma de Coppi, siempre fue mirado con recelo y puesto en cuestión por Bartali. “Miraré cada uno de sus frascos, saber qué llevan y qué contienen” afirmaba el piadoso en secreto. Bartali no quiso recibir besos de azafatas, Coppi mantuvo relaciones adulteras con la llamada Dama blanca. Dos mundos, distintos, ufanos, sideralmente separados que sin embargo dieron a Italia un periodo de prosperidad ciclista jamás igualado. Ganaron ocho Giros, cuatro Tours y sesenta grandes premios de la montaña. Enormes e irrepetibles, su aureola, ahora que gusta tanto recordar batallitas, sigue intacta.

Si quieres ver otra rivalidad que marcó época, Bahamontes vs Loroño, puedes clicar aquí.

Imagen tomada de poptale.blogspot.com

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La Fruit Power será la barrita del Giro de Italia

Tenemos el placer de presentar la barrita oficial de la carrera: la nueva Fruit Power, una barrita técnica compuesta por hasta un 65% de trocitos de fruta fresca + crispies de arroz que deshacen en la boca y se asimilan a la perfección. Una garantía para el ciclista y para cualquier deportista que quiera energía natural y de larga duración que se suma al lanzamiento la semana pasada de Nature’s Power, la nueva barrita de cereales de Multipower.

Las hojas muertas en la mano de Gino Bartali

Qué grande es Italia. Rara vez me he disimulado tal apreciación. Antes del Mundial el amigo milanés Alberto Celani escribió esta pieza sobre Purito Rodríguez y las admiraciones que despierta en el público transalpino. Hablaba Alberto del carácter casi santoral que rodea al italiano en lo que respecta al ciclismo. Mencionaba santuarios, cultura, mitos, leyenda…

Y en estas que en Il Lombardía el pelotón vuelve a pasar por enfrente de su patrona, la Madonna di Ghisallo, cuya ermita repica campanas cuando el pelotón la frecuenta. Ghisallo es a Lombardia lo que Arenberg a Roubaix o el Poggio a San Remo. Son emblemas, cuñas, auténticas franquicias con cuyo nombre algunos comercian. Y por qué, pues por que la carrera que marca la hibernación del pelotón y su otoño competitivo la frecuenta hasta el punto de encumbrarla a meca de todo aquel que sobre dos ruedas quiera ser algo. Con Pio XII se hizo una especie de peregrinación olímpica desde Roma hasta el lugar próximo al lago de Como en el que sus dos últimos relevistas fueron Gino Bartali y Fausto Coppi.

Y es que la figura de Gino Bartali nos va de perlas para unir lo que era el ciclismo hace unos días, celebrado y llorado en Florencia, y lo que este fin de semana, un deambular por las colinas lombardas. Bartali, el monje, fue un hombre de carácter religioso que se llevaban los diablos cuando competía. Bartali era toscano. Creció en medio de esa maravilla mundial que es el callejero florentino. Aquí conoció el gusto por la vida, el arte. En los esbirros del Ponte Vecchio, que milagrosamente se salvó de la ocupación nazi, se enamoró y subiendo a Moccoli con su hermano Giuli0 se prendó de la bicicleta.

Hace pocos días Gino Bartali fue galardonado por su labor frente a la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Con su pedalear, todo un ganador del Tour salvó de la muerte segura a 100 judíos llevando documentos desde la Toscana a la Umbría. Incluso 49 ingleses no perecieron por heroicidades sobre la bicicleta.

Aquellos precedentes fueron silenciados durante años. No quiso Bartali ser entrar en el santoral de la época. Quizá porque entonces su figura ya emanaba la santidad que los años le concedieron. Fue aclamado para la historia recién salidas las tropas alemanas de Florencia desde las escaleras del Palazzo Vecchio, ahí en extremo de la Signoria, a la sobra de un David de Miguel Angel, en el mismo lugar donde la UCI dio un espectáculo dantesco hace diez días. Bartali siempre fue un grande.

En el acceso a la iglesia de Guishallo emerge un busto de Fausto Coppi, también sendos de Bartali y Binda, el primero en el serial y director de ambos. Dicen que él es el faro de los seis kilómetros de subida hasta tan reverente lugar. Bartali ganó tres veces Lombardía por las cinco de Coppi.  Sin embargo el lugar tiene dos patrimonios inmateriales: el recuerdo de Fabio Casartelli, fallecido trágicamente en el Tour de 1995, y el espíritu de Gino Bartali, quien si el ciclismo fuera una creencia él sería su profeta y Gishallo su Vaticano.

Foto tomada de www.enciclika.com

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El Cruz Stema es un portabicicletas de bola de remolque para 2 bicicletas abatible.
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Serie mitos: Fiorenzo Magni, “el hombre de las cremitas”

Las cosas no eran sencillas en la Italia de la segunda mitad de la década de los 40. Desbaratada por su segunda guerra mundial en treinta años, la tierra con forma de bota era una colección de fauna ávida por ver grandes referentes que les sacara de la tristeza que la cotidianidad les imponía a base de miseria, ruinas y polvo.

Los dos a los que agarrarse en tiempos de extremos fueron Gino Bartali y Fausto Coppi. Pero entre ambos, rodó Fiorenzo Magni, el último grande que nos dejó. Hace exactamente tres días. Magni fue el primer grande del Tour de Flandes, que ganó tres veces, las mismas que se hizo con el Giro de Italia.

Suya es una de las historias más desconocidas del ciclismo. Fue en el Tour de 1950. Era Magni líder, circulaba con cierto aliento versus los rivales. Con el paso de las jornadas un desafortunado hecho, una agresión en el Aspin sobre Gino Bartali llevó a todos los italianos a renunciar a la carrera, incluso el equipo de Magni fue ”invitado” a dejar la carrera. Menuda gracia. Esto hoy impensable, le fastidió todo un Tour a uno de los mejores ciclistas italianos de siempre.

Despoblado de testa, tostado, velludo y marcado por una delgadez extrema, Magni fue un percusor del que poco se sabe. La famosa marca de cremas Nivea le escogió como centro de su campaña de publicidad ya entrados en los 50. Luego incluso se patrocinaría un equipo entero. Magni, además del flamenco de la Toscana, siempre será el primer ciclista que anunció un producto ajeno a este deporte.

Foto tomada de http://qn.quotidiano.net