Cinco nombres para Il Lombardía

Giro de Lombardía JoanSeguidor

Si el saliera por algún sitio en el otoño ciclista italiano, lo haría por Il Lombardía, por las lomas verdes y serpenteos de asfalto que entran y salen por el borde suizo, que van y vienen, por bosques que mudan, pierden hojarasca y ganan belleza. Mechones ocres, despistados en la inmensidad para envolver, poner escenario a una de las carreras más bellas del año, que no daba los mejores espectáculos hasta que llegaron grandes como Nibali, Bardet y Chaves, para sacarnos del tedio.

El año concluye con dos maratones, el día de antes de Tours, Lombardía nos quitará de la bella costumbre de la siesta con 247 kilómetros, 4000 metros de desnivel y un tramo final, setenta kilómetros que encadena símbolos, muros y descensos trepidantes: Ghisallo, Sormano, Civiglio y San Fermo della Battaglia.

Esta vez toca Como, y se sale de Bérgamo. Como donde el tiempo no transcurre, las nubes se posan sobre las coronillas y el lago engrandece el alma. Un sitio para ser grande, para hacerse grande, para recordar Alessandro Volta y la pila, ahora que muchos hablan de motorcillos.

Y ahí van nuestros cinco nombres y tomadnos en serio, porque en los anteriores monumentos acertamos el nombre de ganador, en caso de duda ved a Sagan en el cinco de San Remo, Gilbert en el de Flandes, Van Averamet en Roubaix y Valverde en Lieja:

Vincenzo Nibali: todo pronóstico pasa por él. Mil veces a la puerta, Vincenzo ganó su primer, y único monumento, en Lombardía. Ganó además última vez que se llegó a Como. Se dice que hay muchos ciclistas que bajan bien, y es cierto, pero que rompan bajando, como éste no veo a ninguno. Con cuatro grandes en el zurrón, un buen palmarés y unas limitaciones en las tres semanas que cada vez son más obvias, Nibali tiene en estas clásicas su nuevo terreno.

Rigoberto Uran: es como Nibali, ha estado a punto de caramelo en algún monumento, pero sin haberse estrenado aún, y a veces ese techo de cristal es complicado de romper. Sin embargo, si de algo sabe Rigo, es de romper límites. Está bien, muy bien, como demostró en la Milán-Turín y ojo que hablamos del segundo clasificado en el Tour, poca broma.

Nairo Quintana: podría cerrar un mal año de una forma inmejorable. Sobre el papel no parece el primer espada, pero en Superga se le vio muy bien. Dos hándicaps le vemos: no es rápido si lleva acompañado y no le vemos lo suficientemente valiente para jugarlo desde lejos. Si el estado de forma es el de Turín, tendría que romper ese molde, no sé si auto o impuesto, que le impide ser el ciclista espectacular que un día fue.

Tim Wellens: es más un deseo que quizá otra cosa. Algo es seguro, atacará, y probablemente será el primero de los grandes y de lejos. Dos cosas nos gustan: ese arrojo y que poco a poco crece en motor. Una nos disgusta, no mide o no acaba de medir bien, pero un día esas exhibiciones que hace en semiclásicas o en el Eneco tienen que tener continuidad en un monumento.

Julian Alaphilippe: ciclista que merece un triunfo grande porque acostumbra a ser de los que se esconde. Comparte capitanía con un corredor que sabe lo que es ganar aquí, Dan Martin, pero la forma del galo fue suficiente para poner en jaque el mundial en la última vuelta, imagínanos lo que cuesta eso. Como Wellens a veces le pueden las ganas, pero ganar un monumento exige más que buena voluntad.

Imagen tomada del FB de Il Lombardia

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Chaves en la casilla de salida

La vida a veces te pone en la casilla de salida, son quiebros, requiebros, virajes, giros bruscos. Te zarandea, juega a la piñata mexicana contigo, te pone una venda, te da mil vueltas, te desorienta y al final de todo, te sientas, miras, centras la mente y ves que estás en el principio, estás en la casilla de salida.

Y así estaba Esteban Chaves en Bérgamo, en la base de la extraordinaria ciudad alta que conserva alguna de esas atalayas medievales que el renacimiento cercenó porque las consideraba inadecuadas al nuevo ideal. Chaves reportaba, en una nube de micros, lo que dio de sí la jornada por Lombardía recordando que él aterrizó en Europa, en su ciclo del Coldeportes, vía Bérgamo, sí por las calles en las que saboreaba el primer monumento de la historia del ciclismo colombiano.

Curioso. Hace un año todo lo que surgía desde el equipo colombiano que puso a Chaves en la senda europea, el nido del ciclismo, no era precisamente bueno. Aquel equipo, como un día nos comentaron desde el país sudamericano, era de todo menos colombiano. Tenía el patrocinio del país, sí, pero la base y la dirección estaban en Italia. Se habló, en el momento de su desaparición, de condiciones dantescas para los corredores que se aventuraron en el bloque. Condiciones que seguro Chaves vivió, y las vivió en Bérgamo, curiosamente, el lugar donde saboreaba el mejor momento de su ya prolífica carrera.

La casilla de salida. Ahora Chaves pisa Bérgamo como un corredor reconocido, apreciado y bien pagado. Una situación diametralmente diferente a las penurias que imagino habrán pasado él y sus compañeros cuando residían en Bérgamo, en esos días en los que seguramente afinó ese italiano fluido y grácil que muestra cuando le entrevistan cada vez que gana, bien sea en Emilia, en las coronillas de Bolonia, o en el cogollo lombardo.

Desde que Chaves sacara la cabeza por su lesión de hace tres años y fichara por Orica no ha habido carrera que le haya ido peor que la anterior. Cada vez mejor, cada vez adelante. Un camino fraguado de pasión por el ciclismo y por el apoyo incondicional de sus familiares. Un camino que este año ha experimentado un cambio cualitativo, sin duda.

Chaves, siempre en segunda línea, ha dado el pasado adelante y ha pasado al ataque, y cada vez que lo ha hecho el resultado le ha acompañado. Él inició el desgaste y posterior desastre de Kruijswijk en el Giro, él remontó a Contador para el podio de la Vuelta y él formó el grupo ganador de Lombardía.

En unas fechas históricas para Colombia, su ciclismo saca y exporta la mejor imagen del país y eso no es todo, aún le quedan retos a ese ciclismo que un día fue exótico y ahora se instala entre las potencias. Chaves, el ciclista de Bogotá, de ahí sus rasgos menos indígenas, es otro más en una nave plagada de grandísimos ciclistas, pero que a nadie se olvide, para que Chaves esté aqui, lo mismo que Nairo y otros tantos, hubo uno que abrió la veda, Rigoberto Uran, cuyos problemas para ganar son motivos de chanzas para algunos cuando en definitiva el pisó un terreno que marcó la senda a otros muchos.

Imagen tomada del FB de Il Lombardia

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El monumento colombiano

Hay un ciclismo que no caduca. Puede pasar por momentos altos y otros menos lúcidos. Es un ciclismo de pizarra, de ingenio pero sobretodo de valientes y héroes. Es el ciclismo que llaman de monumentos, esas carreras que son singulares, como el patrimonio mundial al arte: exclusivos, prestigiosos y viejos, muy viejos, tanto que estos inventaron el ciclismo y éste nació con ellos.

Lombardía es, cronológicamente, el quinto monumento, lo es cronológicamente y quizá emocionalmente. Monumento en ciclismo es casi siempre primavera, la tierra lombarda, fértil, fabril y activa, se desconecta de sus hermanas, con muchos meses de por medio, emociones quemadas y el ánimo pidiendo descanso.

Pero estas tierras, en el zaguán del otoño presentan el atractivo del primer frío, del cambio de estación. Son tierras, lomas que mudan. Paredes vedes mechadas de incipiente marrón que anuncia las “hojas muertas”, las que cada año ponen la alfombra al que gana una de las grandes por derecho propio, una de las citas con nombre y apellidos en este ciclismo de pies de barro que experimenta aquí y allí, pero que siempre encuentra el arraigo allí donde estuvo desde un principio.

No eran tiempos fáciles para Lombardía. Hubo alguna edición que se resolvió en el tedio. Un monumento que se precie implica dureza, extremos y un peloton que no es pelotón, si no un reguero de ciclistas separados, de dos en dos, de tres en tres, rotos por el quebranto de una tierra que deja sentir el escalofrío de las primeras noches de olor invernal.

Lombardía recuperó el año pasado el aliento de su grandeza, vestida por el mejor Nibali en mucho tiempo, y en esta ocasión volvió a dar la talla porque en el camino dispuso el recorrido a la inversa, de Como a Bergamo, y los corredores necesarios para que esto fuera CICLISMO con mayúsculas.

Cuando a unos treinta kilómetros de meta el ciclista ganador que es Esteban Chaves abrió la caja de los petardos, pocos tuvimos duda de que aquello no iba a parar. Primero porque en el umbral de los 200 kilómetros, las piernas caen por su propio peso y segundo porque hay veces que la carrera pone delante los nombres que se merecen la gloria y en esta ocasión un trío auspiciado por Chaves y completado por Romain Bardet y Rigoberto Uran sólo podía llegar a meta solos.

Diego Rosa, el incansable “trotón” que yo creo que Sky ató el día que sobrevoló Arrate, se sumó al festival y ahí sólo hubo ciclismo sin disimulos. La especulación quedó en otro lado, la grandeza hizo apuración y la calidad se empezó a imponer. Ganó Chaves que le da, con más de un siglo de historia de este deporte, el primer monumento a Colombia. Como digo ganó Chaves, como podrían haberlo hecho sus compañeros, pero qué queréis que os diga este “Chavito” tiene “don” y cuando todos se declaran rotos por el esfuerzo, él saca algo que le da lo que busca: la etapa de Corvara en el Giro, el podio en la Vuelta,…

Menos mal que nos queda Lombardía, menos mal que tuvimos Emilia, Milán-Turin, incluso Gran Piamonte, en este fin de fiesta en un país donde organizar ciclismo parece gratis. Menos mal, incluso que tuvimos Juegos y carreras en Canadá, porque mucho me temo que este año, los Mundiales nos los robaron los petrodólares que todo lo pueden.

Imagen tomada del FB de Il Lombardia

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Como la UCI maltrata la historia del ciclismo

No la primera vez que pasa. La UCI con su afán de extender el ciclismo no siempre ha sabido respetar la más que centenaria historia que avala este deporte. El ejemplo lo tenemos este mismo fin de semana, con Lombardía casi a puertas del final del verano, sin hojas muertas y esta vez avanzada más si cabe, para que Qatar acoja el mundial. La carrera lombarda se une a la París-Tours a la lista de grandes competiciones marginadas por el gran ente, porque interesaba encajar otras cosas, algunas infumables y ya pretéritas como Pekín.

Ayer al mediodía Agustin Ruiz, responsable de la mejor carrera femenina de España, la Emakumeen Bira, escribía esto en su muro de Facebook: “Seguimos siendo un cero a la izquierda para la UCI. Ahora nos proponen mediados de febrero para la edición 2017. No se lo creen ni ellos”. Es decir, más de lo mismo. Sin miramientos ni previo aviso, han puesto al borde la mejor carrera femenina de España.

Esto nos explica Agustín:

Hablamos de una carrera con una antigüedad 30 años, en caso que se celebre el año que viene. De estas tres décadas, la carrera es internacional desde 1992. En su palmarés están las más grandes: Longo, Van Moorsel, Joane Somarriba, Luperini, Melchers, Arndt, Vos, Ferrand-Prévot y Niewiadoma. Estas tres últimas fueron corredoras revelación en su primera participación en nuestra carrera. A partir de ahí comenzó su imparable ascensión. No es sólo la carrera más importante, es que es la única prueba UCI por etapas que hay en España.

Nuestro año de trabajo arranca en mayo, con la inscripción y presentación del dossier en la UCI, durante los meses siguientes estamos inmersos en tareas administrativas. A partir de septiembre, realizamos los contactos con instituciones y ayuntamientos para ir conformando etapas y recorridos y empezamos con búsqueda de patrocinadores.

A partir de noviembre pasamos los días reunión tras reunión, sobre todo con ayuntamientos. En diciembre y enero preparamos una guía técnica completa con los recorridos de las etapas, perfiles, horarios y todos los detalles del recorrido. También empezamos a contactar con los equipos. Ya en marzo, nos metemos a ultimar preparativos, reuniones de organización, reunión con Tráfico y la reserva de los hoteles de los equipos.

Esto que parece tan rodado tiene sus complicaciones, algunas ocasiones y tristes, como lo del cartel de la pasada edición, otras casi crónicas, como la dificultad de encontrar patrocinios privados. Existe apoyo institucional pero no es suficiente. Pues bien ahora se añade la UCI, con su poca consideración hacia una carrera que desde 1992 es internacional. Nos quieren pasar a febrero, pasándose todo el proceso por alto.

La UCI no da motivos. Es obvio que si entran Amstel y Lieja femeninas en el WWT, ellos están dando prioridad a esas carreras, aunque sea la primera vez que se organicen en 2017. Por lo tanto, nuestra carrera en abril molesta y les parece inadecuada para ese mes.

A nosotros el cambio no va a implicarnos nada, porque no vamos a aceptarlo de ninguna de las maneras. Ya hemos dejado claro que el País Vasco no es Andalucía ni Murcia y que nuestra carrera no puede organizarse en febrero. Y creemos no solamente esto, sino que no debe organizarse en febrero habiendo pruebas más recientes. Si no les caben todas en el calendario actual que sitúen en febrero las más nuevas. Creemos estar en nuestro derecho de exigir que se nos respete, porque probablemente no haya ninguna carrera femenina en el mundo que tenga 30 ediciones. Y digo bien: en el mundo.

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Nibali es el hombre de los finales felices

Aunque en apariencia no lo apreciemos, quizá sí en esencia, la temporada 2015 de Vincenzo Nibali ha guardado muchas similitudes con la anterior. No ha ganado el Tour, diréis muchos, pero al siciliano se le ha dado la campaña de forma muy similar a la anterior, tras un deambular gris, plagado de dudas y no pocas críticas, al final ha conseguido enmendar el camino y sacar algo en claro. El año pasado ganó el Tour, éste su primer monumento, que no es moco de pavo.

Estaba, se ve, cuentan, hablador Vincenzo Nibali en la rueda de prensa de Il Lombardia, el nombre que le han puesto, desafortunado a todas luces, a la gran clásica de otoño, en vez de Giro de Lombardía, que un día se corría en sábado y no en domingo, porque el último día de la semana, los corredores venían a despedir la temporada a nuestra querida Escalada a Montjuïc.

Estaba también dicharachero Nibali, como digo, en la rueda posterior a la carrera. No era para menos, su palmarés no será el más extenso de cuantos podamos sondear, pero incorpora tantas y tan buenas perlas que es para sentirse satisfecho. Tal era su estado de euforia que no dudó en decir que su vergonzante expulsion de la Vuelta fue una buena noticia, pues le espoleó hacia este final de campaña en el que ha logrado varios triunfos.

Aunque en lo personal esa salida de la carrera hispana le fuera bien, sinceramente la misma fue un flaquísimo favor al deporte que le emplea, pues de su acción se deducen muchas cosas de lo que pasa en las tripas del ciclismo y no todas buenas.

Sea como fuere a Nibali se le ha vuelto a arreglar la campaña en el momento de sonar la campana. Si miráis cómo le fue el año pasado llegó casi desahuciado al Tour, lejos de las apuestas por Froome-Contador y aunque la bajas influyeron su triunfo fue incontestable. Esta vez la redención la ha encontrado en Lombardía, al otro lado de su Sicilia natal.

La victoria de Nibali, su forma de correr, de buscar el triunfo es una enorme noticia, porque recuperamos el corredor que no especulaba de antes de ganar el Tour. Me refiero al Nibali de 2013 y años anteriores, que no iba a los monumentos a ver si sonaba la flauta si no que ponía toda la carne en el asador, y probaba hasta la saciedad. El año que viene no quiere estar en el Tour, porque hay vida más allá de Francia, y no en vano antes de ganar Lombardía ya coqueteó con San Remo y Lieja…

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Pendientes del “Vaticano ciclista”

Este invierno hemos visto el cierre del Museo del Ghisallo con la esperanza de que vuelva a abrir a finales de febrero, cuando la subida al hermoso santuario resulte menos complicada por la meteorología. Entonces podremos ver si el cierre es temporal o si por el contrario se alarga más, algo que muchos nos tememos.

Fiorenzo Magni ya no está con nosotros. El museo tiene mucho que ver con él, y otros grandes campeones. Se valora abrirlo de forma permanentemente pero los problemas de liquidez en la administración son patentes. ¿Cómo hacerlo sin el apoyo de la región de la Lombardía o de los ayuntamientos de la zona?

El dinero es la clave, diríamos que la única clave. De hecho sus gestores sólo quieren abrirlo si tienen la seguridad de que la apertura va para largo. Ahora, y no cuando se abrió, se toma conciencia de la sostenibilidad o no del equipamiento. Lo que está claro es que estos momentos y según ha estado gestionado, no puede ser sostenible de ninguna de las maneras. Se abrió este museo con una visión corta y llegando a un público muy concreto. De esa manera es muy complicada su supervivencia.

El Museo del Ghisallo debe abrirse al mundo con una gestión moderna y no local. Se necesita una visión global. El Santuario es una iglesia, pero el Museo debe ser un lugar donde reencontrar la historia y situarnos en el presente. Explicar lo que vemos y nos emociona a través del pasado. Ese sentimiento es mundial.

La marca Castelli produce una gama llamada Ghisallo y sus ventas implican un retorno al museo. Quizá convendría pedirle mayor ayuda por utilizar un nombre tan importante. En Estados Unidos los museos de éxito tienen una importante cuota de dinero privado gestionado con transparencia. Como decimos con una gestión transparente y global.

Vemos el museo como un patrimonio del ciclismo pero necesita de un plan viable, hecho con criterio y no sólo con ilusión. Un sitio así debe ser una meta para muchos amantes del ciclismo y no sólo a nivel continental, los verdaderos forofos del ciclismo vienen de muy lejos, desde todas partes del mundo. Arriba en la cima de Ghisallo, se puede beber del mito de “Il Lombardía”, una de las clásicas más importantes. Por eso esperamos que ese plan llegue y la gestión sea eso, sostenible.

Por Alberto Celani

 

INFO La Biciteca prepara una nueva versión de “Mi querida bicicleta” de Miguel Delibes. Esta reedición pretende ser un homenaje al trabajo realizado por la desaparecida Editorial Miñón en 1988. Aquella genial propuesta, la de unir a dos grandes talentos, de las letras uno y de la ilustración el otro, no hizo sino revelar que ya tenían un nexo en común: La bicicleta. El resultado es una perfecta simbiosis entre imágenes y palabras, palabras e imágenes, que nos trasladan a otras épocas, a otras edades, a otras aventuras… aventuras que han sido también las nuestras en un momento u otro de nuestras vidas.

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Es este un “librito” muy entretenido, entrañable, que se disfruta con los cinco sentidos; o los seis, como se suele decir, pues hay mucho sentido del humor en sus páginas. Y esa acostumbrada sencillez y cercanía de Delibes, marca de la casa, a la hora de contar historias que nos hace sentir que se encuentra juesto a nuestro lado, sonriendo igual que nosotros.

La prosa de Delibes se refleja en los dibujos de trazos sencillos de Luis de Horna, formando un todo natural, alcanzando una armonía casi perfecta.

Con esta obra arranca la colección Re-Ciclados, dedicada a rescatar del olvido títulos de presencia obligada en la estantería de todo aficionado al ciclismo, amante de la bicicleta o “bicioso” confeso.

Los colaterales de la mundialización del ciclismo

Hay dos formas de hacer grande un deporte. La más obvia habla de respetar lo que tienes de bueno, que seguro algo hay, y darle la dimensión de modernidad que le permita salir adelante. La otra, es romper con lo establecido, negar la herencia y querer partir de sino de cero, si desde un punto que niegue lo bueno y grande que seguro tiene tu deporte.

Hace poco comentaba con una persona que sabe mucho de esto lo jugoso que era presidir la Unión Ciclista Internacional. A pesar de todos los pesares, el ciclismo tiene buena salud, desde un punto de vista muy genérico. La carretera es fuente de buenas estructuras y marcas de bicicletas apuestan por este negocio, hay dos grandes organizaciones que emplean gente y el calendario es rico y multinacional. Hay sitios donde suspiran por tener un pelotón por sus carreteras. Luego la risa va por barrios y el estado de las cosas no es el mismo en todos los sitios.

Para un presidente de la UCI hay importantes negocios que cerrar, contratos por donde expandirse, puestos mayores a los que aspirar. Pat Mc Quaid por ejemplo centró parte de su acción en hacer del ciclismo un deporte algo más planetario. La temporada se abre en Australia y aterriza en China. El objetivo es loable, perfecto, pero los modos de conseguirlo dejan que desear.

La jornada reina del Tour de Pekín que instaló Beñat Intxausti en la primera plaza de la carrera es un plausible ejemplo de la mundialización por la mundialización. Un buen ramillete de corredores se dio palos hasta la cima sin nadie, absolutamente nadie, en las cunetas. La etapa se desarrollaba un día de diario, lunes, a media tarde, en una zona de China, próxima a la capital sin más interés que el captaran las cámaras para un público eminentemente europeo.

Mi pregunta es ¿habría pasado algo si no esa carrera no se hubiera disputado? La respuesta es obvia, no, pero lo jugoso de llevar ciclismo al maná chino es más poderoso que buscar alternativas que realmente vendan ciclismo y atraigan personas a la cuneta. Un lunes al mediodía no parece el mejor momento. Entiendo que en la UCI, principal responsable de la carrera en el gran país asiático, hay gente capaz de logar que China vibre con el ciclismo y que no lo albergue por rutina e inercia.

Y lo más doloroso es que en Europa, auténtica cuna del ciclismo, estos desmanes de la UCI hacen daño. Miremos por ejemplo las dos grandes clásicas del otoño, Lombardía y Tours, citas centenarias, una llevada casi a periodo estival y la otra, sobreviviente por su enorme palmarés y el cobijo de ASO.

Tour de Pekín sí, pero bien, con la fórmula y periodo idóneos para que su desarrollo no parezca un frío negocio. Tour de Pekín no, cuando vemos que es un grupo de buenos corredores corriendo en la más absoluta clandestinidad por entre recintos amurallados donde guardias y vigilancia son la única expectación y mucho menos cuando su celebración implica vilipendiar dos grandes carreras que acompañan el ciclismo desde tiempos inmemoriales.

Porque además qué habrían de pensar los chinos que poniendo su dinero viendo la etapa que ganó Intxausti. ¿Realmente les reporta algo? Yo diría que más bien poco, más allá de lo anecdótico. No creo que un anfitrión quiera tener un deporte que no llena, que no engancha, que no atraer. Algo falla y el mero hecho de facturar no debiera ser lo único que mueve a algunos.

Lo de Gilbert no tiene que ver con la maldición del arco iris

Hay ciclistas que por más que no queramos a veces nos dan grima. No por su personalidad, ni su forma de hacer en carrera. Es su rendimiento. Son ciclistas de trayectoria asimétrica que uno no sabe cómo interpretar. Desde que Philippe Gilbert viste el maillot del BMC está ahí, en ese estadio de la duda.

Quiero, antes de entrar en materia, recortaros íntegramente una reflexión que realicé sobre el valón justo después de finalizar su increíble temporada 2011:

 

A Gilbert hay que referenciarlo con Laurent Jalabert y Sean Kelly, como exponentes más contemporáneos y con otros del calibre de Rick Van Looy, Freddy Maertens y Roger De Vlaeminck si nos vamos más allá. A Gilbert sólo le ha faltado ganar el Mundial y Lombardía para afirmar que cubrió el 100% de los objetivos en una amplísima gama de retos repartidos entre los diez meses que dura la temporada ciclista regular. Tamaña locura que suscita dudas sólo plantearse repetirla.

 

Las comparaciones entonces establecidas, al margen de igualar registros y méritos de Gilbert frente a los mentados, escondía una segunda lectura: saber si un corredor con su aparente margen podría estar optando a algo más que grandes clásicas y etapas sueltas. Lo comenté entonces por que en ese momento, quizá embriagado por la euforia, Gilbert insinuó poder disputar la París-Roubaix un día.

Philippe Gilbert fichó a finales de ese año por BMC en el marco de un proyecto faraónico del equipo de bicicletas que sinceramente no ha funcionado. El Gilbert que entró en BMC había ganado casi todo lo que se propuso en un año y lo había sumado a lo que ya traía en la mochila, entre otras cosas dos clásicas del relumbrón de Lombardía y Tours, más otra ristra de triunfos. Estábamos ante un destello sostenido de ciclista que ganaba en febrero, memorables sus victorias cuando la Het Volk se llamaba Het Volk, y cerraba la campaña en las hojas muertas y lombardas. Fueron esos años de la FDJ, esas temporadas que el belga se ganó el aprecio del público.

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Sin embargo, no sabemos el motivo, pero el BMC le ha sentado fatal, al punto que acabemos conjeturando con tan desiguales rendimiento y resultado. Miremos el año pasado zanjado con un oro en el Campeonato del Mundo con la forma que tomó de la Vuelta a España, donde se hizo con dos etapas espectaculares. Cuando un ciclista de su categoría se propone ganar lo hace, de ahí quizá más raro y penoso ese largo via crucis que hizo del maillot de campeón belga desde los primeros compases de la temporada pasada.

En la presente el bagaje es coherente. Su ausencia de los grandes podios nos es familiar. Le quedó el consuelo de poner en verdaderos aprietos a Peter Sagan en la Flecha Brabanzona y poquito más. Lo peor fue verle a contrapié en las Ardenas. Su equipo trabajó con denuedo pero sin fortuna. Se espabilaron tarde en la Amstel, donde a su pesar fue el más fuerte en el Cauberg cuando la fortuna había dictado sentencia a favor de Kreuziger. Luego en la Flecha Valona Dani Moreno le ganó con todas las de la ley mientras que en Lieja un mazazo de Alejandro Valverde en San Nicolás le sentenció.

Philippe Gilbert podría decir pues que el maillot arco iris da mal fario, pero en sus circunstancias casi con efecto retroactivo, pues la multicolor prenda le amargó toda la temporada 2012 como le está cegando en la presente. Queda año, queda por ejemplo la cita mundialista y algo más, pues está claro que en las grandes vueltas no opta a otra cosa que no sean triunfos parciales. El sabor de boca ahora mismo es malo. Igual que le sucede a Alberto Contador, qué lejos le queda ese 2011 a Philippe Gilbert.