Volta & Tour, un noviazgo de más de cien años

La Volta y el Tour se casan. Esta es la noticia ciclística la semana pasada, con permiso del “abuelo veloz” Alejando Valverde y de su discípulo aventajado, Marc Soler. Si Narciso Masferrer levantara la cabeza, el hombre se volvería a morir de un ataque de felicidad. Sí, Narciso Masferrer. Apunten ese nombre. Falleció en 1941, y os preguntaréis: ¿qué tiene que ver? ¿a quién le importa? Pues debería importarnos a todos los aficionados españoles al ciclismo, y al deporte en general. Porque Masferrer es el Padre Abraham, el patriarca, el gran inseminador del deporte en nuestro país, empezando por el velocipedismo, como lo llamaban en su época.

Masferrer fue cuatro veces presidente de la Federación Española de Ciclismo cuando todavía se llamaba Unión Velocipédica Española; parió la Federación Española de Fútbol y la de Gimnasia; apadrinó las federaciones de Atletismo y Motociclismo; fue el ideólogo de las candidaturas olímpicas de Barcelona y el padre del Estadio de Montjuïc; fundó El Mundo Deportivo en 1906 y lo dirigió hasta 1919… Para explicar su currículum entero necesitaría todo este post y me quedaría corto.

Pero Masferrer sale aquí a colación por algo muy concreto, al hilo de la boda ciclista citada al inicio. La mayoría de los medios españoles se han hecho eco estos días del enlace Volta-Tour. Las redes sociales van llenas de la buena nueva. Muy pocos saben, en cambio, que en esta alianza hay mucho de retorno a los orígenes, unos orígenes en los que Masferrer tuvo un papel central.

El 6 de enero de 1911, día de Reyes, 44 corredores tomaban la salida de la primera Volta de la historia en el viaducto de Elisenda de Montcada de Barcelona. Como organizadores de la prueba han pasado a la posteridad el extinto Club Deportivo en lo colectivo, y Miquel Arteman Cerdà en lo individual. O al menos así rezan todos los relatos actuales sobre el acontecimiento. La verdad, como de costumbre, es más compleja.

El joven Arteman era el redactor de ciclismo de El Mundo Deportivo, feudo de Masferrer. En las páginas del entonces semanario se puede leer entre líneas la instrahistoria de aquel hito histórico para el ciclismo: Masferrer estaba preparando su candidatura para un tercer mandato como presidente de la UVE (que conquistó efectivamente en diciembre de aquel año), tras un periodo de gran conflictividad en el seno de la federación, y para marcar perfil necesitaba un golpe de efecto como el que suponía organizar la primera gran carrera por etapas de España. Arteman y el Club Deportivo fueron los que lo ejecutaron; el ideólogo, el inductor indiscutible fue Masferrer.

Aparte de los réditos de imagen que este pudiera sacar de la carrera en vista a su futura candidatura presidencial, nuestro hombre actuaba con otro móvil, quizá más noble: imitar, aunque a pequeña escala, el Tour de Francia, la gran realización de su amigo Henri Desgrange. Efectivamente, el afrancesado Masferrer (había estudiado el bachillerato en Pau) era desde 1902 el corresponsal en España del diario de Desgrange, L’Auto. O sea, era el hombre de Desgrange en España. En esta calidad, Masferrer sería, años más tarde, el seleccionador de los equipos españoles que disputaron la prueba francesa en los años 30, con gran éxito, por cierto (recuérdense las gestas de los Trueba, Ezquerra, Cañardo, Berrendero, etc.).

El propio Masferrer explicó en varias ocasiones que había creado El Mundo Deportivo a imagen y semejanza de su admirado L’Auto, imitando incluso el color del papel (amarillento) en que se imprimía. La Volta, otra de las criaturas de Masferrer, también surgió de su deseo de emular “hasta los más mínimos detalles”, como confesaba el semanario, a la gran prueba francesa. Así pues, las nupcias Volta-Tour de la semana pasada se pueden interpretar, echándole un poco de fantasía y de romanticismo, como la culminación de un noviazgo que empezó hace nada menos que 106 años.

Por cierto que, en estos tiempos de polarización de opiniones en torno al “procés”, a muchos gustará, y a muchos otros decepcionará, saber que en el nacimiento de la Volta no hay ni el más mínimo asomo de catalanismo. Todo lo contrario. Masferrer, madrileño de nacimiento, hijo de catalanes, era un nacionalista español hasta la médula, como la inmensa mayoría de los catalanes de clase media y alta de la época, incluyendo a Arteman y a la plana mayor del Club Deportivo. La Volta no pretendía celebrar ni reivindicar ningún “hecho diferencial”: sus creadores dejaron muy claro que no era sino un experimento, el primer paso, la primera piedra de una futura Vuelta Ciclista a España. Pero esta es otra historia…

Por Bernat López, profesor de Comunicación de la URV y editor de Cultura Ciclista

INFO

Conoce la casa del ciclista

Henri Desgrange, la primera personalidad de la historia del ciclismo

De tanto en cuando nos tomamos la costumbre de ir introduciendo en estas páginas de El Cuaderno de Joan Seguidor algún evento de carácter histórico de los miles, casi infinidad, que han emanado y emanan de esta sugestiva prueba de alta repercusión deportiva y mundial como es el Tour de Francia, una competición ciclista en la que siempre hemos estado vinculados por razones periodísticas.

Preámbulo

No podemos por menos que glosar a este hombre que fue todo carácter llamado Henri Desgrange (1865-1940), el verdadero precursor, artífice y fundador del Tour, cuando desempeñaba el cargo de redactor en jefe y director del periódico deportivo asociado “L´Auto-Vélo” tutelado a su vez también en aquellos tiempos por Víctor Goddet, otro impulsor y colaborador de la obra, padre de Jacques, que precisamente desempeñaría años más tarde el cargo de patrón de la prueba, concretamente en el periodo comprendido entre los años 1929 y 1988, marcando, dicho sea de paso, una trayectoria a todas luces magistral.

Se dio la circunstancia de que la unión de aquellos dos rotativos se realizó con el objetivo de evitar una competencia mutua que debilitaría a ambas entidades en su poder individual. Un contraste que distinguía a estas dos publicaciones era que “L´Auto” ilustraba sus páginas bajo una tonalidad más bien amarillenta, mientras que el rotativo “Velo” sus hojas se identificaban por su color verde pálido.

Monsieur Henri Desgrange, el fundador del Tour

Henri Desgrange, licenciado aventajado en la carrera de derecho, tuvo la idea de crear e instaurar el Tour de Francia a principios del siglo pasado, culminando en el año 1903, cuando su publicación se independizó pasando a denominarse “L´Auto”. Influyó en el proyecto otro colega, un tal Géo Lefèvre, encargado de la sección de ciclismo del mismo rotativo y no menos entusiasta del deporte de las dos ruedas. No pasa de ser curiosidad el de que expongamos que los responsables de todo aquello, casi un sueño imposible, acostumbraban a reunirse para almorzar en un restaurante apodado “Madrid” ¡qué coincidencia! situado en un barrio parisino no lejos de la redacción del aludido periódico.

El objetivo radicaba en renovarse con nuevas ideas que pudieran entusiasmar en más a los lectores. Por un lado, estaba el periódico en sí, y, por el otro, la prueba por etapas en perspectiva. De esta amalgama se intentaría sacar un beneficio común. Primero sería el acontecimiento ciclista propiamente dicho con sus noticias de etapa a diario, y otra, una segunda razón, sería renovar de arriba a abajo la publicación, introduciendo los anuncios de rigor y demás, lo cual en consecuencia permitiría una promoción más eficaz del rotativo en cuestión y unas ganancias económicas que se necesitaban a toda costa.

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En aquel mes de julio de 1903

Aun enfrentándose con muchos inconvenientes, la verdad cierta es que el Tour, esperado Tour, se puso en marcha el primero de julio del año 1903, concluyendo el día 19 del mismo mes tras circular la caravana multicolor ciclista por gran parte de las tierras de Francia, cosa que se hizo tomando como base un itinerario desglosado en seis etapas. Se recorrió, cuesta decirlo, la friolera de un total de 2.428 kilómetros, lo cual representaba una media diaria de unos 400 kilómetros, una verdadera y contrastada temeridad.

Se decidió insertar entre etapa y etapa un par de días de descanso para reponer fuerzas y facilitar al mismo tiempo la recuperación física de los corredores. Se supo que salieron de París sesenta intrépidos y valientes ciclistas. Pero lo cierto fue que en su colofón final terminaron tan sólo la contienda veintiún supervivientes, si es que se les pudiera llamar así. Aquel desafío deportivo no perdonó a los animosos y sacrificados concurrentes.

Henri Desgrange, un hombre ambicioso bajo todos los conceptos, antes de poner en marcha tan colosal aventura, se preocupó a conciencia de examinar el itinerario colocando en partes estratégicas los controles de rigor para aquilatar el seguimiento de los mencionados atletas del pedal.

Para solventar toda aquella complicada situación se valió de un animoso ciclista italiano, Rodolfo Muller, a pesar de su apellido que parecía más alemán que otra cosa, el cual se puso a su entera disposición y a sus órdenes, pedaleando durante más de un mes montado sobre una vetusta y pesada bicicleta, provista de un endeble sillín y sostenida por las dos ruedas clásicas. Cubrió un montón de kilómetros; casi otro Tour. Inspeccionó pacientemente el trazado, realizando ciertos cambios que facilitarían luego el mejor desarrollo de la prueba en cuestión.

El francés Garin: De deshollinador a vencedor del Tour

El primer Tour de Francia se inició, tal como hemos consignado con anterioridad, el primero de julio de 1903, con un conglomerado de sesenta participantes. Partieron todos ellos del Café Au Réveil-Martin en el barrio de Montgeron, situado en las afueras de la capital francesa, concretamente en la zona sur. Algunos ciclistas tomaron la decisión de correr desapercibidos a las gentes bajo un simple seudónimo, pues se consideraba aquel deporte no dejaba de ser un oficio de escasa monta o de bajo calado. El primer ganador, todos los sabemos, fue Maurice Garin, que inauguró la larga historia del Tour.

Nunca está de más al concluir este escrito mencionando que Henri Desgrange, era un ser sumamente activo e inquieto. Dirigió con fehaciente autoridad la gestión requerida por los velódromos de Burdeos y de París. Este último se denominaría en un próximo futuro Parque de los Príncipes, emplazado en la zona conocida del barrio Boulogne-sur-Seine, famoso por haber sido sede durante varios años como final del Tour de Francia.

Desgrange destacó en su juventud por sus gestas ciclistas

No podemos pasar por alto lo que representó Henri Desgrange en su juventud, en la cual sobresalió como ciclista, especialmente en la modalidad de pista. Su nombre alcanzó una dilatada popularidad al establecer el primer récord del mundo de la hora en pista cubierta, recorriendo la distancia de treinta y cinco kilómetros 325 metros en el velódromo de Búfalo, emplazado en el barrio apelado Neuilly, situado en la región parisina de los alrededores. Fue una gesta, una marca histórica, si se tiene en cuenta tal como corrían los ciclistas en aquellos tiempos; sin apenas preparación y con bicicletas acusadamente pesadas. Aquella hazaña tuvo lugar el 11 de mayo de 1893, en París, en la capital que le vio nacer, tal como hemos apuntado.

Mis antecedentes

Hacemos un inciso final para ensalzar la figura del mencionado más arriba Jacques Goddet, una persona de gran calidad humana que poseía una capacidad desenvuelta para desarrollar adecuadamente la problemática que suponía el ejercer un alto cargo de responsabilidad. Fue un digno sucesor de Henri Desgrange. Tuve la feliz oportunidad de conocerle personalmente, y lo singularizo en este apartado, asimilando de cerca sus inquietudes y valorando sus juicios que consideré siempre ponderados. Fue, además, un desenvuelto maestro de la pluma.

Al redactar estas líneas, no puedo por menos que plasmar un fiel recuerdo de homenaje hacia él, que me orientó en muchas cosas relacionadas con el ciclismo. De cuando, no pocas veces, tuve la oportunidad de compartir las incidencias del Tour de Francia como seguidor de la ronda gala. No había yo cumplido siquiera los veinte años de edad. Goddet poseía una personalidad, por lo general, más bien introvertida frente a sus compañeros de tareas organizativas. En verdad, he de afirmar, que nunca tuve razones suficientes para catalogarlo así. Las personas diversifican sus actitudes según el prisma real que refleja el amplio abanico que encierra la amistad.

Por Gerardo Fuster

La leyenda de los «forzados de la ruta»

«Los forzados de la ruta», o traducido simplemente en francés : «Les forçats de la route», es una frase que se hizo famosa en su época y que se puede llanamente mantener con el paso de los tiempos; ser actualidad. Para encontrar el origen de esta frase, hay que remontarse al Tour de Francia del año 1924, que fue el que precisamente se adjudicó y consagró de manera definitiva a aquel pionero italiano llamado Ottavio Bottecchia.

La frase se debió a la pluma del célebre periodista Albert Londres, que había despuntado con anterioridad como escritor de sendas novelas muy populares en su época, que tenían un cariz más bien perteneciente al género aventurero. Fue, además, colaborador asiduo del rotativo “Le Petit Parisien”, lo que le permitió introducirse por vía indirecta en la especialidad incluso deportiva, un filón por el cual en un principio no se sintió muy motivado.

Fue con el tiempo que sus escritos se inclinaron paulatinamente ante las incidencias que fue presenciando, día tras día, en la ronda francesa en la época veraniega. Su periódico decidió sumergirle en esos menesteres, cosa que en sus inicios se sintió un tanto desplazado. Su función, bien es verdad, fue el cumplir con una obligación dictada por los dirigentes que llevaban la responsabilidad de la gaceta en cuestión, que conocían bien de sobras sus ya doctas habilidades periodísticas.

Era un hombre liso que atraía por sus escritos plenos de candente originalidad al transparentar en su crónica diaria las incidencias que iba experimentando en el periplo francés. Observaba y veía con agudeza el torbellino viviente del Tour con sus protagonistas inconfundibles: los sufridos ciclistas, cosa que plasmaba con doble y atractiva intención.

Lo esencial fue que con el paso del tiempo Londres se afianzó en sus narraciones con una fuerza interior sin igual en el transcurso de las varias ediciones del Tour en las cuales cual concurrió con no poco y sí crecido entusiasmo. Demostró a los lectores su particular valía y el significado profundo con que con su mágica pluma describía los movimientos en ruta espoleados por los hombres del pedal.
La chispa del repórter Londres sonó con más difusión, si cabía, a los cuatro vientos a raíz de la retirada de los hermanos Henri y Francis Pélissier, dos muy populares ciclistas franceses, en compañía de Maurice Ville, que ocupaba entonces el segundo puesto en la clasificación general. El abandono, un abandono muy sonado, se produjo en la población de Coutances, en el transcurso de la tercera etapa Cherburgo-Brest del Tour del año 1924, al discrepar furiosamente contra un comisario por una penalización que se le había impuesto en la vigilia de la etapa al casi intocable y famoso campeón en su tiempo, Henri Pélissier, el hermano mayor de la saga de los Pélissier, toda una institución.

Se le consideraba que había vulnerado el reglamento de la ronda francesa al prescindir en plena carrera de una segunda camiseta que llevaba puesta para protegerse de los fríos. Asediado por el calor impuesto por el astro rey, el sol, Henri se sacó la citada elástica y la echó por los suelos al borde de la calzada. Un comisario que vio la acción no le perdonó este desliz que contravenía el reglamento vigente de la carrera. Fue una medida drástica que Henri no aceptó.

Aunque desavenencias, dicho sea de paso, siempre las tuvo con los organizadores de cualquier competición ciclista. Tenía aptitudes para la práctica de las dos ruedas, pero su mal carácter y su germánica personalidad muchas veces le desbordaron. Su persona, aquel genio y figura, producto de su continuada disconformidad ya le venía de lejos. Los mismos aficionados, los que le admiraban, bien lo sabían.

En un café provinciano de la localidad que hemos mencionado más arriba, coincidieron en la misma estancia los tres ciclistas retirados con precisamente el aludido escritor Albert Londres, una presencia que imponía cierto respeto. Henri, con su temperamento habitual, arremetió contra los dirigentes del Tour y de manera particular contra Henri Desgrange, otro protagonista con carácter, que posee el mérito de haber fundado e impulsado la gran ronda gala, allí poco antes del año 1903, un hito realmente inolvidable para la historia. No tuvo inconveniente en acusar abiertamente a los directivos que llevaban en aquel entonces las riendas del ciclismo.

Para él era una terrible injusticia la manera que los pobres ciclistas eran constantemente maltratados por los mismos dirigentes de la organización. A todos aquellos esforzados ciclistas que debían soportar mil sacrificios y mil ingratitudes pedaleando por aquellas tortuosas y hasta delirantes carreteras, que les atormentaban día tras día. Acusó a los responsables jefes representativos de no haber tenido más consideración a favor de los atletas del pedal, siempre despreciados, marginados, y no valorados en justa medida y en consonancia con los esfuerzos que venían realizando cotidianamente. Por lo demás, tampoco eran compensados en buena lid, económicamente hablando. Eso se sabía al dedillo en los ambientes y coros del pedal ¡valgan las palabras!

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Albert Londres, observador atento del entorno ciclista y de sus trifulcas, siguió muy de cerca la conversación planteada por los hermanos Pélissier. Digamos que hubo un tercer hermano que completaba la dinastía, un tal Charles, que también destacó con soltura en este deporte, y quizá más adecuadamente en las carreras clásicas de un solo día. No le faltó tiempo a Londres para publicar un extenso artículo puntualizando y defendiendo con ahínco a los pobres y hasta esclavizados ciclistas.

El juicioso escrito, bien es verdad, causó gran revuelo y a la vez tuvo mucho éxito entre los lectores apegados a los medios informativos. El autor puso sobre el tapete aquella frase escueta y contundente en referencia a los corredores ciclistas a los que denominó más comúnmente como “Les forçats de la route”. La palabra “forçats”, indicaba en su lengua de origen, simplemente las labores de los presidiarios condenados a trabajos obligados o forzados. Aquella frase tan alegórica dio la vuelta al mundo. Fueron unas palabras muy contundentes que tocaron la dura realidad con la que se encontraban los ciclistas, que defendían su pan y su prestigio en unas polvorientas y casi intransitables carreteras, en un escenario más bien dantesco y hasta desconocido por los medios de divulgación. Era, en fin, una cruda y triste realidad. Fue, sin embargo, todo un vivo elogio, repetimos, dedicado a aquellos héroes del pedal encerrados casi en un mundo desconocido por las gentes.

Hay que descubrirse vislumbrando las pequeñas y grandes historias que sucedían sin cesar bajo los escenarios de aquel pasado tumultuoso. Como exponente secundario, si queremos nombrar a uno de los novelistas, especializado como profesor en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, llamado Marc Augé, oriundo de la Bretaña francesa, al que tuvimos la feliz oportunidad de conocerle y tratarle personalmente, que inmortalizó a toda costa este duro deporte de las dos ruedas a través de un libro que tituló: “Elogio de la bicicleta”, una publicación de pequeñas dimensiones que siempre consideramos de alto contenido divulgativo y de expansión tal como se desprende de redacción tan acertada y a la vez tan bellamente descrita.

Él, nos referimos al autor Marc Augé, escribía, por ejemplo, que nadie puede hacer elogio de la bicicleta y sus practicantes sin hablar de su propia experiencia. La “bici”, escribía, forma parte de la historia de cada uno de nosotros. Su aprendizaje, su mundo, nos remite a momentos muy emotivos y muy particulares, estelares, cercanos a nuestra infancia y a nuestra misma adolescencia.

Por Gerardo Fuster

Sobre las fotos

El primer documento fotográfico que se acompaña pertenece al periódico “L´Equipe”, agenciada por “Presse Sports”. De izquierda a derecha, figuran el conocido periodista Albert Londres, cubierto con su sombrero, y los ciclistas Henri y Francis Pélissier, y Maurice Ville, en el día de su sonada retirada en el Tour de 1924 .

El segundo documento: Figuraba expuesto en el Musée du Sport. El protagonista es el belga Lucien Buysse, cruzando a pie el alto del Tourmalet, en la edición del Tour de 1926, una imagen delatadora del ciclista vencido por el sufrimiento.

La biografía del Tourmalet (I)

Cuando cualquier aficionado se identifica con la historia del Tour de Francia no puede por menos que recordar este puerto pirenaico de alta tradición histórica llamado comúnmente el Tourmalet, que alcanza una altura de 2.115 metros. Cabe mencionar que esta montaña tan respetada entró en la escena ciclista en el año 1910 bajo la tutela de su director general y organizador, Henri Desgrange, y el empuje que puso en este cometido su hombre de confianza: el diminuto y obstinado Alphonse Steinès, destacado joven periodista del popular rotativo “Le Velo”.

El descubrimiento de Steinès 

Alphonse Steinès, al que hacemos constante alusión, se dice que en su juventud fue un ciclista más bien mediocre; uno de tantos. Procedía de una familia acomodada afincada en el Gran Ducado de Luxemburgo. Su verdadera y gran pasión era el deambular con su automóvil por recónditas carreteras y lugares desconocidos. De ahí que con su espíritu dinámico descubriera varios puntos ignorados en el territorio geográfico francés. Su primera intención era incluirlos en la historia del Tour, la importante y popular prueba por etapas de máxima identidad deportiva. Quiso descubrir y lo logró la grandeza que encerraba la cordillera pirenaica. No cesó en su empeño de dar a conocer nuevos horizontes a través de los atletas del pedal que participaban en la ronda gala.

En el mes de noviembre de 1909, debidamente asesorado por entendidos en la materia, quiso conocer de cerca las estribaciones y alrededores del Tourmalet, una mole imponente de la cuál había oído comentarios para todos los gustos. Se hablaba con cierta reserva acerca de aquel escenario casi desconocido y hasta por descubrir. Los Pirineos encerraban para los profanos un extraño misterio. Steinès adoraba y deseaba que aquella imponente montaña pudiera ser vencida pronto por los sufridos ciclistas. El objetivo primordial era que los esforzados hombres del pedal pudieran transitar por una carretera en apariencia casi inaccesible. Cabe recordar las palabras contundentes formuladas por el patrón del Tour, Henri Desgrange, al manifestarle: “Si tú, amigo Steinès, logras cruzar esta montaña y salvar la  cumbre del  Tourmalet, el Tour con sus ciclistas lo hará de inmediato después”.

Se ha escrito mucho en torno a las difíciles peripecias vividas por Steinès en aquellas alturas tan inhóspitas y hasta salvajes que con tesón bien encontró. Steinès, con decisión voluntaria y un tanto desmedida, enfiló hacia arriba por un camino forestal lleno de curvas y sin asfaltar. Su suelo estaba apisonado a base de tierra compactada y con la intromisión de piedras desprendidas de los flancos de la carretera. Pudo llegar con su coche hasta cuatro kilómetros de la cumbre. Se vio obligado a desistir en su intento de llegar hasta la cima conduciendo su coche un tanto renqueante. Tomó la firme decisión de apearse del vehículo y proseguir su camino ascendente con la ayuda, eso sí, de su físico y de sus mismos pies para culminar su pretensión tal como él pretendía.

Pronto, tal como se esperaba, se vio bloqueado por la nieve acumulada en su camino, y, además, con el temor de que le invadiera encima una temida noche. Suerte tuvo cuando localizó, así un tanto casualmente, a dos  gendarmes encargados de vigilar los pasos fronterizos ante la ola existente de contrabandistas. Fue un golpe fortuito a favor de Steinès, cuando estaba prácticamente perdido. Apenas equipado adecuadamente deambulando sin rumbo y sí con intuición por aquellos parajes de la alta montaña.  Iba caminando protegido por unas simples y delicadas gafas, un buen bastón y una frondosa barba que cubría casi todo su rostro y que le resguardaba de los fríos.

Por  Gerardo  Fuster- Imagen tomada de Google Maps

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Conocéis el culote Salopette l1 de Q36.5???

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Hete aquí un comentario de un usuario 

En conclusión: me ha gustado mucho el Salopette… ajusta una barbaridad sin que esto vaya en detrimento de la comodidad. Es más, es comodísimo. No se notan las costuras y según van pasando los kilómetros, la sensación es la de que no pasa nada, que puedes continuar pedaleando sin que tengas sensación de incomodidad. Lo peor del Salopette es que una vez probado no vas a querer ponerte otros

El Tour nació en Madrid

El cambio de siglo fue un hervidero. El año 1902 no le fue a la zaga. Nos situamos en ese periodo, grandes cambios en la humanidad, un sumidero de contradicciones. La tecnología entraba en las sociedades. Inventos, cambios,… incluso también dogmas era n cuestionados. Todo estaba por inventar. Todo parecía estar por inventar. La prensa como tal se conformaba como el cuarto poder. Poder de hecho, poder fáctico. Su papel debería ir más allá de mero hilo conductor de la información. En la lucha por captar público no se escatimaron ni inventiva ni propuestas.

El deporte era el trampolín ideal. En una mesa, en 1902, en el barrio de Montmartre dos hombres maquinan como sacar adelante su diario. Dos hombres metidos en su mundo, imbuidos por la inquietud de verse superados por su competencia. Comida festiva pero ligera, lo suficiente que deje pensar. Mientras los parisinos se aprestan a preparar la Navidad, Henri Desgrange y Géo Lefèvre dibujan la forma de sacar adelante su paupérrimo L´ Auto, claramente superado por su contrincante en los quioscos. 30.000 ejemplares versus 80.000, excesiva diferencia.

El restaurante de Montmartre se llamaba “Brasserie de Madrid” y en tan castizo lugar, en el bohemio corazón del norte parisino, dos hombres cincelaban la competición que habría de sacarles del ostracismo mediático. “El ciclismo funciona muy bien” asintió Desgrange. Lefèvre seguía en las suyas, “lo que saquemos, lo que sea, debe ser original, atrayente pero sobretodo único. Pionero”. Afilaron los sentidos, siguieron por la senda de ese deporte que encumbraba sus primeros grandes nombres, entre los cuales estaba el propio Desgrange, autor del primer récord de la hora en un abarrotado velódromo de Buffalo antes de que el siglo anterior muriera.

Barruntaron formas, delimitaron contornos. “Nadie ha hecho una competición que dé la vuelta a Francia” lanzó Desgrange. Lefèvre cogió el guante, lo miró y le dio forma. “Seis es la clave, tendrían que ser seis días, en honor a las populares pruebas de pista” asemejó. Pero Lefèvre iba por velódromos y circos ambulantes. “Sumamos los tiempos de los contendientes y hacemos una general” concretó. Aquel tingladillo debería ir de feria en feria, por los velódromos de París, Toulouse Lyon, Marsella, Nantes y Burdeos.

Desgrange admitió el número, el seis, pero a corazón abierto, por fuera, entre la gente, por los pueblos, una feria ambulante, un circo. Algo que irremisiblemente entroncara con lo la Francia profunda, la medieval, aquella que partió de los andares de miles y miles de mercaderes que la hicieron de y cuyos pasos se surcaron los primeros caminos. Quería un Tour de Francia, el primero, que nacería meses después y que sacaría de pobres a los gestores de L´ Auto. Y así fue, al medio año desde París partió el primer Tour, hace 111 años y Maurice Garin hizo los honores.

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Este capítulo, narrado de forma sui géneris, forma parte de la obra que resume los primeros 100 Tours de la historia de Feargal McKay con Aurum. Ambos  han sacado un hermoso libro sobre las 100 primeras ediciones que no podemos menos que recomendar. Una compilación de datos e historias, excelentemente narradas, con rebotica e muchos casos interesantes de saber desde una óptica anglosajona, lo que por estos lares no nos deja indiferentes. habrá ocasión de comprobarlo.

Imagen tomada de elcontragolpe.net

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La empresa SIKER, distribuidora oficial de la firma número 1 mundial en compresión COMPRESSPORT, anuncia que la marca suiza es el proveedor oficial de los equipos TINKOFF-SAXO, TREK FACTORY RACING y IAM CYCLING, que compiten en el TOUR DE FRANCIA 2014 y en los que militan ciclistas de talla mundial como Alberto Contador, Michael Rogers, Nicolas Roche, Fabian Cancellara, Frank Schleck, Jens Voight, Sylvain Chavanel o Jérôme Pineau, por ejemplo, utilizan varias de las prendas de la marca helvética nacida en el 2008 y manufacturada en Europa.

En concreto, los corredores de los tres equipos usan los Full Legs, Full Socks y Arm Sleeve, para agilizar la recuperación después de las etapas y durante los traslados entre ellas.