#Moment2020 El Stelvio los puso en su sitio

No hay humo cuando el Stelvio llega a la ruta

Saborear el Stelvio apetece en cualquier época, hacerlo en octubre, con la mitad de la montaña enharinada, con el deshielo de las primeras nevadas cayendo por la ruta, quizá más.

El extraño veinte veinte puso la cima allá arriba, por donde los imperios trazaron la ruta, y unieron la bota itálica con el ombligo austrohúngaro, una cima que no decepciona, por que, haciendo nuestra la frase de Desgrange en el Galibier, creo que fue, «allí arriba te sientes un vulgar animalillo«.

En la resaca de la temporada express, resuenan las palabras de Wilco Kelderman sobre lo que pasó en el Stelvio, como si lo que suceda aquí estuviera a mano de cualquiera de nosotros, simples mortales, pululando montaña arriba por esas herraduras fruto de la ingeniería más pionera.

El neerlandés dice que duerme soñando con el Stelvio, la grandeza del lugar, la aplastante soledad que le tocó lidiar, todo junto en una coctelera en la que sólo acierta a culpar al equipo, el mejor equipo del año, de su desdicha.

Cuando Rohan Dennis empezó a decantar el Giro hacia Tao Geoghedan, Jay Hindley se pegó a la rueda ganadora de los Ineos, por que quien debería liderar el Sunweb, el mentado Kelderman, no daba garantías.

Y Kelderman no perdió el Giro en el Stelvio, en todo caso empezó a darlo en bandeja en Piancavallo, cuando su compañero le puso la cosa al pie y no tuvo con qué rematar.

Sencillamente, Kelderman puede vender el humo que quiera, que hubo un par mejor que él

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Y el Stelvio lo marcó a fuego para el desenlace de la carrera.

Al ritmo de Rohan Dennis, justificando su fichaje en un sólo día, Hindley comprobó que sus piernas de Pinacavallo quizá deberían haber trabajado para sí mismo.

Todo lo demás es confusión, cosa que en el Stelvio, se vio, no funciona.

Cayeron las caretas de Majka, de Konrad y de Nibali, Almeida resistió como pudo y Pello Bilbao forjó su remontada, aquella que nos hizo pensar que tenía el podio en la mano.

En fin, un teatro de sueños y pesadillas.

Cuando le preguntas a Albert Torres por el Stelvio, su respuesta es una carcajada, sobran las palabras. 

Imagen: FB de Giro d´Italia

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El estatus de campeón es un premio vitalicio en Italia

Al fichar por Gatorade me traje conmigo a Alain Gallopin: era uno de los requisitos para un acuerdo con los italianos. Y para mí era una de las condiciones esenciales de una eventual tranquilidad mental propiciadora de buenos resultados. Y desde el momento en que llegué a Italia, mientras que mi vida privada no mejoraba, pude comprobar hasta qué punto se respeta al campionissimo en aquellas tierras. Aquello fue para mí una gran novedad. Para los italianos, un campeón continúa siendo un campeón, y siempre hay un enorme respeto por el que un día ganó grandes carreras. El deportista que un día fue considerado un grande, siempre continuará siendo considerado un grande. Sobre él hay siempre una mirada admirativa: como en sus mejores días.

El párrafo que hemos transcrito fielmente de la biografía de Laurent Fignon se refiere al momento en que el ciclista francés, hastiado de las putadas de Cyrile Guimard y la no sencilla convivencia con los dueños de Castorama, el último sponsor que director y ciclista compartieron, fichó por el Gatorade en el empeño de los italianos por situar a Gianni Bugno como alternativa a Miguel Indurain.

Conocedor del ciclismo transalpino de forma muy tangencial, Fignon se adentra en las tripas del que entonces podría ser considerado como mejor equipo de ese país entregado a la bicicleta, incluso un punto por encima del Carrera, que en esos momentos vivía bajo en hechizo de Claudio Chiapucci. Lo primero que anota Fignon es el respeto que le muestran por su condición de doble ganador del Tour. Aquel estatus que en Francia ya había perdido hace tiempo, sigue vigente en la bota itálica, intacto y brillante, nada menos que ocho años después de ganar su segundo y último Tour.

Los comentarios que Fignon hace a este respecto son ilustrativos y estos días los hemos comprobar alrededor del Giro de Italia y los diferentes movimientos que la organización realiza para que el foco mediático no se apague en todo el año. El vídeo que acompaña la entrada es muestra de ello. Venden la maglia rosa como una suerte de sábana santa turinesa que despierta las más variopintas peregrinaciones de los mejores ciclistas del mundo en su conquista. Sencillamente genial.

Pero también reclama nuestra atención el trato que le dispensan a cada uno de los ciclistas que anuncia su participación en la carrera. Y en ese plano nos ha gustado mucho el estatus que le incrustan a Samuel Sánchez, un auténtico desconocido en la grande italiana y que en esta ocasión quiere disputar. Para los italianos Samu es un grande y siempre será campeón olímpico, aunque esto aconteciera más allá de cuatro años. El respeto para con el ciclista y su trayectoria es mayúsculo. El asturiano es agasajado antes de aterrizar.

Convendrá por eso ver si ocurre lo mismo con Juanjo Cobo, ganador de la Vuelta de 2011 que también ha dicho tener el Giro 2013 en sus planes. Cobo, ausente y desconocido desde su gran triunfo, quizá espere un póster como el que le dedicaron a Samuel. No sé si en el plan de la organización está hacérselo al cántabro de Movistar de quien hace tiempo no hablamos, pues de él está todo dicho.

De cualquiera de las maneras no sería desdeñable esta posibilidad. Cobo engrandece a priori el plantel. En España, incluso el año de la defensa de su título, una acción así sólo se haría por cuestiones de forma con el último ganador, pero Italia, Italia es otra historia…

 

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