Jaime Mir vivió tres o cuatro vidas de las nuestras

Jaime Mir Secundario de lujo JoanSeguidor

Jaime Mir fue ese secundario de lujo que brillaba más que muchas estrellas

Admito que el día que me sugirieron escribir la historia de Jaime Mir me asaltaron ciertas dudas.

Conocí a Jaime Mir como todo buen buen aficionado, pululando por la meta, saliendo en todos los tiros de cámara, siendo omnipresente, asistiendo ciclistas, los suyos y los otros.

Poniendo la marca donde ésta quería, en la imagen más preciada, el momento mejor pagado: el ganador recién atravesada la meta.

Gravel Ride SQR – 300×250

 

Luego, cuando empecé a frecuentar carreras, vi aquel tipo del bigote en directo.

Aquello era fuego, pasión, pólvora prendida, una «mascletá» correteando por meta, del podio, a la línea de meta, a la permanente, a la prensa, al set de televisión.

Era un personaje encendido, chillaba, gesticulaba.

«Como un Cristo, como un Cristo» les decía a los corredores, obsesionado por la marca, el «paganini», el mecenas que ponía sus dineros para que la rueda no parase.

Era tal su obsesión por tener contenta la mano que daba de comer, que muchas noches, me confesó, repasaba en vídeo la jugada para corregir errores e incrementar la presencia.

Aquel personaje, en los ojos de un adolescente, tímido y descolocado en un teatrillo de enanos corriendo, no caía bien de primeras, te desplazaba con la mano, solicitaba atención.

Para Jaime Mir, nada era suficiente…

SQR – Cerdanya Cycle

 

Y llegó la hora de nuestra entrevista, el primer minuto de cientos que habríamos de consumir para sacarle jugo ese pedazo de vida.

En el umbral de su casa en Barcelona me abrió una persona calmada, sencilla, humilde y sobre todo tremendamente agradecida.

Una persona extrañada ante el honor de protagonizar un libro.

Fueron horas y horas de charla, en ocasiones vibrante, otras cargada de melancolía, una nostalgia que a cierta edad hace bueno eso de cualquier tiempo pasado fue mejor.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Y nos habló de sus inicios, del veneno que ciclos Palomera, muy cerca de la Sagrada Familia, le inoculó.

Un veneno que fue la bicicleta y que llevó en la sangre hasta el último de sus días.

En la pequeña galería contigua a su comedor repleto de cintas en las que intervino, desde los western al cine S, creo recordar que era así, y mira que puso hincapié en definirlo con exactitud, dio cuenta de su vida y milagros.

Una historia que arranca desde los mismos bombardeos italianos sobre Barcelona por la Guerra Civil, de la estancia en Valencia, por donde veía pasar a rojos y nacionales en días alternativos por la disputa de las fronteras, la miseria de juventud, las historias de la Monumental de Barcelona…

 

Y así creció el amigo Mir hasta dar con el taxi, El Mundo Deportivo y el ciclismo, no el que había conocido hasta la fecha, no, el ciclismo con mayúsculas, llevar a corredores a sitios, cubrir un Tour, el de Bahamontes, ver a Simpson morir en directo, saber de Riviere cuando se partió la espalda y cayó en desgracia…

La «belle époque» y lo que no fue la «belle époque», el ciclismo que quedó tras el caso Festina, cuyo escándalo le pilló en medio.

Hoy Jaime Mir fue TT en Twitter

 

No quiso hurgar en lo incómodo de la historia que le tocó vivir, se le respetó y el resultado fue un cuento de esos que sólo hay uno entre un millón.

Porque Jaime, amigo, tuviste una vida que valió por tres o cuatro de las nuestras.

Nos lo pasamos bien en Vilanova hablando de nuestro "Secundario de lujo" y conociendo la próxima La Pedals de Clip….

Publicada por Iban Vega Garcia en Domingo, 9 de abril de 2017

Protagonizaste una historia que ni el mejor de los directores que te tuvo podría haber firmado, hiciste una carrera de esas que hoy sería una utopía.

SQR – GORE

 

Cambrils Square Agosto

 

El bigotes de la Vuelta fue más conocido incluso que muchos de los ciclistas que acicalaba cuando cruzaban la meta.

Su rostro de «mejicano malhumorado» es el hilo de una generación de cine y grandes estrellas le apreciaron cuando era relaciones públicas en Barcelona.

Su vida se cruzó en el camino de muchos, de grandes y pequeños, de todos las condiciones y procedencias.

Eso sólo pudo ver él, vivir él y contar él.

Se va un tipo grande, una persona que era muchas personas en una, un torero, como suena, que estrujó sus noventa años de vida hasta la última gota, hasta la alegría impagable de ver nacer su nieto.

Fue un placer y, a pesar de todas las vueltas que dimos, creo que mereció la pena, Jaime.

Imagen: Orbea Campus BCN

 

Col de Menté: «Chute d´ Ocaña»

Luis Ocaña en el suelo del Col de Mente

Luis Ocaña había firmado una jornada histórica en Occieres, nueve minutos a Eddy Merckx…

Portada de Marca el día que Ocaña se puso líder en el Tour

A los dos días, en la etapa Revel-Luchon, el universo ciclista se paró:

Desgraciadamente ahora ya es todo agua pasada y Ocaña no ganará el Tour 1971 como estaba más que previsto y merecía con todos los honores. La emisora del Tour a través de la voz entrecortada por la emoción de Félix Lévitan nos lo dijo con la brevedad de un disparo, pero nos dejó a todos paralizados por la emoción. No se podía decir más con menos palabras. Hoy estamos a poco más de 300 kilómetros de Barcelona y el corazón nos invita a regresar, porque si nuestro barco se hunde, resulta casi lógico que nos hundamos con él.

Eso, un disparo, Joan Plans no escribía aquella crónica del 14 de julio de 1971 para El Mundo Deportivo, no, Plans, el amigo del primer Tour de Jaime, sollozaba sobre las hojas del diario amargamente, recordando el momento en que Lévitan decía: “Chute d’Ocaña!” (¡caída de Ocaña!) por la radio de carrera.

Para seguir leyendo…

Imagen tomada de Free365

Las historias del abuelo ciclista

Jaime Mir JOanSeguidor

Llorenç Cabrol nació en 1888. Ciclista enrolado en la Cruz Roja, fue uno de los impulsores de la asociación de cinco clubes ciclistas de Barcelona que en 1917 dieron vida a la Agrupació Ciclista Montjuïc, entidad que este año cumple cien años de vida.

Conocida también como «la Grupa» el otro día, en la presentación de “Secundario de lujo” en el Campus de Orbea en Barcelona, vino uno de sus representantes a saludarnos y hablarnos del cariño que le están poniendo al centenario, pues Jaime Mir fue director del Tedi, equipo que la agrupación barcelonesa.

Sobre Cabrol y su “Grupa” añadir que fueron pioneros del ciclocross en España, organizando la primera carrera de la que se tiene constancia en 1921 y que organizaron una carrera pionera que luego daría lugar a otra emblemática prueba: la Subida a Montjuïc, la precursora de la escalada que todos conocimos hasta hace diez años.

Una día pude estar en la casa de Pau Cabrol, el hijo de Llorenç. Desde su salón comedor, con vistas de primera línea sobre la Sagrada Familia, me habló de su padre, de los orígenes de la Grupa, de los primeros tiempos. Ellos regentaron también Ciclos Cabrol y presidieron la entidad centenaria. Me habló como su padre reunió todo el archivo del Montjuïc los días que las tropas franquistas entraron en Barcelona, para mantenerlo íntegro y saborearlo estos días. Qué historias.

Son las historias del abuelo, que en ciclismo son más añejas su cabe. Porque volviendo sobre Mir y la presentación, pudimos hablar de muchas cosas de este personaje, llamadlo como queráis, porque alguno se ofende absurdamente si le etiquetamos de auxiliar. Entre esas cosas, hicimos un pequeño índice sobre lo que contiene el libro y que está explicado de viva voz, como quizá en unos años no podamos oírle porque la vida pasa para todos.

Cuando hablas con Mir lo haces con una persona que vio ese saco de huesos que era Bahamontes ganando el Tour del 59, que comprobó las eses de Tom Simpson en el Ventoux, minutos antes de morir, que apreció la intimidad de Luis Ocaña, que cena y convive con el arisco Pérez Francés, que fue testigo como Santiago Revuelta convenció a Teka para que invirtiera en ciclismo y que lidió con la excitada gendarmería que escudriñaba las podridas entrañas del Festina en ese infausto Tour del 98.

Cuando hablas con él, lo haces con un testigo primero de la historia, la suya, que es única y real, que se ha cruzado con la de nombres y acontecimientos que trascienden, hasta con el general De Gaulle. Esa suerte que es tan poco apreciada, la tuvimos durante los meses que nos dedicamos a entrevistarle y a hablar con Jaime y oír sus historias con esos giros que gustaron entre la audiencia que nos acompañó la semana pasada en la presentación del libro.

Porque apreciar lo que nos cuentan nuestros mayores, además de entretenernos y deleitarnos, nos sirve de mochila ante la vida y lo que ha de venir, y a veces cuando llegar a puerto te das cuenta de que lo que todo lo que llevabas en las alforjas te fue necesario. Por eso os recomiendo que cuando se os acerque alguien contando esa batallitas del abuelo, no minusvaloréis lo que os dice, porque seguro sacaréis algo en claro. Yo lo he hecho, con Mir, pero también con Casadevall, con Gadea, con Cabrol, con Esmatges y otros muchos que me han dado el gusto y cariño que tengo por este deporte.

INFO

Conoce la marca que ha cautivado a Jan Ullrich

El gran día de Luis Pedro Santamarina fue un día negro

El lunes falleció Pedro Luis Santamaría, un histórico ciclista de los setenta, uno de esos corredores que desde su anonimato se hicieron imprescindibles a los grandes líderes. Santamarina fue uno de esos ciclistas que acompañó a Luis Ocaña aquel día que llegó hecho un nazareno en la meta del Tour. Santamaría no ganó muchas carreras y una de ellas fue ese fatídico mes de julio del 67.

Julio de 1967. Ciclismo de quilates a un lado y a otro de los Pirineos, ciclismo de luto, ciclismo negro. En quince escasos días Jaime Mir contempló cómo dos corredores perdían la vida en la carretera compitiendo y practicando el deporte de sus amores, ejerciendo su profesión. El día soplaba caluroso, extenuantemente seco en las lomas del Mont Ventoux, el monte que describió Petrarca y que desde antiguo los romanos dejaron pelado, como un gran pedrusco, solo, en medio de la Provenza. Mir llevaba el 600, el único de toda la caravana del Tour, que Joan Plans dispuso para seguir la prueba para El Mundo Deportivo.

La carrera iba disparada. Julio Jiménez, ya en el Bic, iba doblegando rivales, hasta que Raymond Poulidor fue el último en ceder. El coche de Mir y Plans iba unos minutos por delante del pelotón y estos seguían los sucesos por la radio no sin disgusto, porque en las ondas parecía que solo corría Poupou, cuando el relojero de Avila volaba cuesta arriba y otros como Janssen, Gimondi y Balmamion estaban también en la brega. Estos franceses…

Jiménez en cabeza iba fuerte, coronaría con más de un minuto, pero a juicio del locutor su estilo era tosco, poco elegante, muy alejado del volar tibio y suave de su Poupou. Cuando Pingeon flaqueó por detrás fue por un contubernio de los italianos, con Gimondi al frente. Plans estaba irritado. Las palabras de aquel locutor francés no retrataban la grandeza de una etapa que con los años pasaría a la leyenda más pesada de la mejor carrera.

Sin embargo, las frivolidades quedaron al margen cuando Mir y Plans pegaron la oreja al aparato. Se informaba del desplome en plena subida de un ciclista, el inglés, largo y espigado Tom Simpson. La noticia llamó la atención desde el primer momento y cobró todo el protagonismo cuando se informó que se había caído nuevamente de la bicicleta, en plena subida, tras un zigzagueo que hacía presagiar lo peor.

Pasada ya la cima, por la que transitó el primero Julito Jiménez, la radio seguía escupiendo malas noticias. El doctor Pierre Dumas, el mítico galeno de la carrera, había tomado las riendas de la situación. Tras sufrir un desvanecimiento a tres kilómetros de la cima, Tom Simpson entró en estado de coma. Sobre la misma carretera, a la altura del monolito que con el tiempo le levantaría en su memoria, el corredor fue atendido, experimentando una leve mejoría, pero fue eso, leve, y también breve. Fue trasladado en helicóptero a Aviñón, en cuyo hospital falleció.

Mir y Plans, desbordados por las informaciones, desconocían los motivos de aquel desvanecimiento y posterior muerte. De hecho el periodista narró al día siguiente, en crónica enviada por servicio telex y no cantada por Mir vía teléfono como años antes en el Tour de Bahamontes, que el corredor había “muerto en acto de servicio” luchando por no perder sus opciones y resbalando de la máquina en uno de los arrebatos que le dieron para acortar distancia con los primeros. Las primeras lecturas de aquello hubieron de ser rectificadas. Los médicos, por si acaso, se negaron a inhumar el cuerpo hasta practicarle la autopsia, cuyos resultados pasaron a la crónica negra del deporte.

El propio doctor Dumas tenía alguna declaración sobre los riesgos que algunos deportistas asumían con la consigna de ganar, ganar y ganar. El dinero que el atleta tocaba, añadido a la juventud de muchos de ellos, era el lastre de muchos competidores que cayeron en la tentación de ser unos “campeones artificiales”. En la conducta de Simpson había mucho de eso, y Pierre Dumas, con un generoso y escurridizo bigote, estaba con la mosca detrás de la oreja. El ciclismo había perdido a uno de sus deportistas más conocidos.

Agolpados en la sala de prensa, Plans y Mir escudriñaron la historia para saber quiénes habían perdido la vida en la carretera y salió el nombre de Francisco Cepeda, quien en los años del buen amigo de Jaime, Mariano Cañardo, se dejó la vida en un terrible accidente bajando el col del Galibier hacia Bourg d’Oisans.

Simpson estaba a dos años de colgar la bicicleta, de dedicarse a vivir la vida en Australia bajo el sol que no tuvo ni en sus islas británicas ni en Gante, donde aprendió el oficio. La muerte truncó sus planes. El Tour prosiguió y acabó en manos de Jan Janssen con la campana sonando.

Tan solo dos semanas después, retornado de Francia, Mir se acercó a Sabadell porque allí se celebraba el Campeonato de España de ruta, que entonces se dirimía en lucha contra el crono por un recorrido aterrador de poco menos de 100 kilómetros. Dos pasos señalaban los registros intermedios; en ambos Carlos Echevarría marcaría el mejor tiempo. En el primer punto, Sant Llorenç Savall, Vélez se dejaba casi un minuto. Valentín Uriona era cuarto y Luis Santamarina, noveno, a más de dos minutos. El siguiente punto volvió a poner a Echevarría primero, pero con Santamarina en franca recuperación, quinto, y Uriona en medio, cuarto.

En línea de meta Luis Santamarina completó la hazaña saltando hasta el triunfo final tras dos horas y cuarto de esfuerzo individual, dejando a Echevarría a menos de medio minuto. Tercero fue el compañero del ganador en el Fagor, Ginés García, que se dejó poco más de un minuto.

Sin embargo, para cuando la totalidad de los participantes había completado el recorrido, las miradas, el corazón de los allí presentes estaba unos kilómetros antes de atravesar el arco de Sabadell, estaban con Valetín Uriona, cuyo maillot de Fagor era un harapo ante las curas que los médicos de la carrera le habían aplicado. Uriona se había estrellado en plena ruta. La jornada festiva, el palco lleno de autoridades, Mir ejerciendo de maestro de ceremonias en la meta, y de repente una ambulancia con la sirena causando estruendo cruzaba el lugar camino de una clínica en la que poco se pudo hacer ante el estropicio de la caída. Uriona fallecía y empañaba un día caluroso de julio, el último del mes.

Valentín Uriona fue un ciclista vizcaíno que ganó carreras interesantes como la Milán-Turín o el Dauphiné. Murió con solo 27 años. Mir lo atendió mucho en la época en la que ambos coincidieron en el Kas, a inicios de la década de los 60. Curiosamente Uriona había abandonado el Tour el día en que Simpson perdió la vida en el Ventoux. El siguiente en la fatal lista sería él, cientos de kilómetros al sur. Era un tipo alto, fuerte y tosco. Su simpatía estaba en proporción a sus tremendos gemelos. Una pérdida irreparable, la segunda en escasos 15 días. Quiso el destino que Mir presenciara ambas.

Para mí fue un salto de cadena, salió despedido y se quedó ahí. Nosotros salimos un par de corredores detrás de él, lo adelantamos y cuando llegamos a meta nos enteramos de la tragedia. Cuando pasamos por su lado no estaba muerto aún, pero al poco se informó de su fallecimiento. Cuando corrió la noticia aquello se enfrío. El podio parecía una procesión de curas”.

Extracto de «Secundario de lujo» de Cultura Ciclista

El hombre que nos abrió la puerta del ciclismo

No sé en qué momento, en qué pasaje, se le encendió la luz a Jaime Mir. Debió ser uno de esos momentos de lucidez. Hastiado de ver ciclistas asquerosos, mal vestidos, polvorientos, “con el moco colgando”, pasear por los podios, Mir un día quiso poner solución a ello. Tan sencillo como llevar un peine, una toalla y un suéter limpio. Al día siguiente la prensa retrataba campeones que desprendían glamour, el glamour del esfuerzo y de ser alguien excepcional, que cubría a velocidad de vértigo grandes distancias, una flecha que desafiaba cuestas, frío, lluvia y los elementos. Campeones dignos del dinero que invertían sus patrocinadores.

Dice Mir que bebió de la imperecedera sabiduría de Jacques Anquetil, pero no sólo fue el astro francés quien le guió en la tiniebla del ciclismo de los cincuenta y sesenta. Se hizo autodidacta, tomó de aquí y de allí, se subió al carro de los campeones y sacó la cabeza en el ciclismo de la “belle époque”, en ese ciclismo que nos sabe a gloria porque admiramos y extrañamos.

Y se hizo perenne en nuestra mirada. El tiro de cámara le amaba, los operadores le buscaban. Él por las noches miraba las cintas de la llegada para saber que había cumplido con quien pagaba la fiesta. Si no salía como él quería, no conciliaba el sueño. Entre el público, ahí en la marabunta, era Dios, se crecía y se veía importante, en las distancias cortas descubrimos un tipo introvertido, entrañable y cariñoso. La cara B de una persona cuyas vivencias arrancan desde el mismo que día que aviación italiana machacó Barcelona en la Guerra Civil.

Esto es un pequeño retazo de lo que Mir nos cuenta en el libro que acabamos de sacar con nuestros amigos de Cultura Ciclista. Son más de cincuenta años en vanguardia de todo, innovando, siendo protagonista y sobre todo cara visible del ciclismo con el que crecimos muchos de nosotros. Bien fuera vestido con el naranja de Bic o los azulados de Teka y Festina, “Taxy Key”, pues taxista fue su oficio de raíz, es un libro abierto que alumbra sobre el ciclismo que vivió y explica el que nosotros apreciamos ahora. Él vio a Bahamontes en las laderas del Puy de Dome, huesudo y flaco, sentenciar su Tour. Él vio salir la Vuela de los Países Bajos medio siglo después.

Por sus manos han pasado grandes nombres, quizá seria osado decir que todos, pero sinceramente, nos dejamos pocos de los verdaderamente importantes. Intimó con talentos sin igual como Luis Ocaña o José Pérez Francés, se ganó a confianza de Merckx, Anquetil, Poulidor, … e irrumpió en el ciclismo contemporáneo con una mochila de experiencias y conocimiento que le hizo imprescindible en muchos sitios.

Una mochila en la que hubo otros nombres, ajenos a las dos ruedas, pero de dominio público, tardes de guitarra con Alfredo Landa, compadreo com Xavier Cugat y Maximo Valverde, fotografías con la plana mayor del artisteo patrio… Más de 100 películas le contemplan.

Su relato es ameno, en primera persona, con pasajes en tercera en los que se divaga y se viaja por la entraña de este ciclismo que un día nos abrió las puertas de su mano. Cualquier recuerdo que nos venga de ese tierno ciclismo, siempre tendrá esa cara, de generoso bigote y oscuras gafas. La cara de Jaime Mir

Os invito a conocer más, a saber más…