Los hijos de Uran

Para el autor de este mal anillado cuaderno Rigoberto Uran es el símbolo de muchas cosas. Aunque el hoy ciclista del Cannondale no camina como hace dos años, siempre le pasa algo últimamente, le tenemos como el elemento clave en lo que muchos llaman una revolución colombiana que está revolcando el ciclismo del viejo continente como en su día lo hicieron los escarabajos pero en una versión 2.0, es decir, renovada y mejor si cabe.

Esta ultima semana, a dos del Tour ha sido paradigmática de la situación, pero viene a sumarse a lo que lleva tiempo ocurriendo. A día de hoy, a poco menos de dos semanas de que el Tour arranque en Mont Saint Michel, Colombia tiene a tocar mejor carrera. Más cerca que nunca, más asequible que otras veces. No queremos decir que será un ahora o nunca, pero no cabe duda que la explosión que se vive desde el país sudamericano indica que estos “trepadores” tienen el dorado en el horizonte.

En Biciciclismo hablan de que en 2011 sólo había cuatro colombianos en el máximo nivel, estaban Mauricio Soler, hasta que nos dejó sin aliento en ese descenso de la Vuelta a Suiza, Mauricio Ardila, a quien siempre le recordaremos esa llegada de la Vuelta en la que se confundió de pancarta y perdió la etapa, Fabio Duarte y el mentado Uran.

Rigoberto Uran fue el colombiano que destacó cuando casi nadie en su país lo hacía. Mientras en los hornos de Boyacá y Antioquia se cocían los campeones que justo ahora empiezan a emerger, Uran se situaba entre los mejores del Tour, entre Contador, los Schleck, entre Armstrong y Nibali. Un ciclista de negro, negro Caisse d´ Epargne, en medio de los mejores del mundo, la nota exótica de ese país que un día tuvo grandes escaladores pero que con el nuevo siglo quedó fuera del mapa, podríamos pensar.

Pero Uran plantó la semilla y marcó el camino, llegó incluso a colgarse la plata en Londres, cuando la cosa empezaba repuntar. Uran demostró a toda esa chavalería que era posible, pero es que además era posible con humildad, simpatía y desparpajo, siendo uno mismo, luchando hasta la extenuación, mostrando un espíritu de superación fuera de toda duda, un espíritu endurecido por experiencias vitales que no somos capaces de figurarnos.

Y en ese 2012 asomó Nairo en la Vuelta, confirmando lo que demostró en el Tour del Porvenir. Y al año siguiente Nairo casi gana el Tour, nada menos, descabalgando a Froome al final con el estilo de Uran, fiel a sí mismo, sin aspavientos, transmitiendo humildad, dulce barniz de una ambición férrea y grande, como no podía ser de otra manera en alguien que quiere ganar el Tour.

Con Nairo al frente ha descorchado una generación entera, que tiene un país de tradición ciclista, pero también muy futbolera, muy pendiente de ellos. Y esta última semana hemos vuelvo a ver nuevas muescas. Darwin Atapuma, el corredor con el que lloramos cuando no ganó en Corvara, aunque lo haría Chaves, pero que sí ganó en Suiza a pesar de su compañero Van Garderen. Janison Pantano aupándose con la última etapa helvética el día que se coronó ganador de la “cuarta grande” a Miguel Angel López, con sólo 22 años y firmado y bien atado por Astana. El mismo día que Nairo ganaba su segunda Ruta del Sur en la que entrenó y se dirivirtió con una escapada como aquella que una vez protagonizó Miguel Indurain en una Vuelta a Galicia, a una eternidad de meta. Como si los campeones necesitasen algo diferente que les motive, más allá de ganar, ganar y ganar.

El quinteto colombiano para Río habla por sí sólo: Nairo, Uran, López, Chaves y Henao, el corredor que ha vuelto por segunda vez. Y es que más allá de estos, estrellas de relumbrón, más allá de historias amargas, como el Team Colombia, sigue saliendo talento del que podemos llamar ya el “gigante sudamericano” en material ciclista. Los hijos de Uran están ahí, ahora vienen los nietos y quieren más. Mucho más.

Imagen tomada de www.sbs.com.au

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