Un retrato azaroso pero fiel del año que acaba

Dejadme que escoja cinco momentos, sólo cinco.

Sábado, por la tarde. Tiempo hermético, lluvia plomiza. La crono final de la Vuelta al País Vasco se hace en la virada carretera que envuelve la universitaria y noble villa de Oñati. Quedó como el gran día de Samuel, como aquel que cerró el círculo en la Itzulia que estuvo a punto de no celebrarse.

El Stelvio es una grandísima pared dolomítica y blanca donde se empieza rápido pero se llega agonizando. Te estrellas. Te estrella. Dani Moreno frunce, resopla, “¿qué coño hago yo aquí?”. Surca un denso manto nevado, De Gendt también, Kreuziguer,… todos.

Esquina Mercaderes- Estafeta. Vienen de Santo Domingo, acaban de pasar por el Ayuntamiento. No es San Fermín. Los chicos del Movistar pasan desperdigados, más homogéneos los del Quick Step y Andalucía, incluso los mozos del Caja Rural, curiosamente ganan los azules. El arranque de la Vuelta fue de encierro.

Un serpentín de bikers por el árido terreno de la catedral. Es la Copa del Mundo MTB en Houffalize, un lugar donde no sólo se vive la carretera. Los mejores de las ruedas gordas ensayaron con vistas en Londres. El multilaureado Jaroslav Kulhavi estuvo allí. Nuestro querido Hermida, también.

Zdenek Stybar aún vestía de arco iris. Naufragaba en el horizonte de Igorre. Hoy, ni siquiera un año después la campa vizcaína es una sicofonía de gritos, crashes, quebrantos. La última edición de la Copa del Mundo que paso por Igorre fue la de un príncipe llamado Kevin Pauwels.

 

Estos pasajes quedan retratados en el nuevo anuario de un buen amigo de este blog, Zikliamatore, y su mentor, Iñaki Azanza, que una vez más nos ha dado lo mejor del año desde el otro lado de su cámara. Os invito a conocer su obra.