El chubasquero del Superconflex

Leí una vez, no recuerdo a quién, que Joop Zoetemelk alargó su trayectoria deportiva para, con la excusa de viajar, no aguantar a su mujer. Aunque curioso, el dato no deja de tener su sentido, por lo mucho que escuchamos sobre el viejo Joop muchos años después. Sin duda cuando hablamos del holandés, no olvidemos, el último de esa nación en ganar el Tour, lo hacemos de una de las trayectorias más singulares, que se alargó unas dieciocho temporadas, conviviendo con dos monstruos como Merckx e Hinault, al margen de una de las generaciones de clasicómanos que trascendió al tiempo: Raas, Kuiper, Moser, De Vlaeminck,…

Precisamente con Jan Raas de director, Joop Zoetemelk vivió sus últimos días de ciclista en activo. Fue en 1987, en el Superconflex neerlandés, un conjunto que si trazamos su línea veremos que fue luego Buckler, con el tiempo Wordperfect, luego Rabobank y hoy Lotto-Jumbo. Más de treinta años pues de tradicion ciclista en un país que respira con este deporte.

Sea como fuere aquel último año del viejo Joop no fue de paseo, como cupiera pensar en un primer momento. Zoetemelk hizo suya la carrera nacional, la Amstel, la prueba que se corre entre las únicas colinas en el país más bajo del mundo. Aquel no obstante era un equipazo de nombres consagrados y otros que estaban el imparable progresión.

Uno de ellos era el velocista Jean Paul Van Poppel, uno de los ciclistas más apreciados de Jaime Mir, y mira que pasaron nombres por sus manos. Van Poppel fue uno de los sprinters más certeros de su generación, y al contrario que su gran rival, el uzbeco Abdoujaparov, siempre exhibió elegancia en la victoria y derrota, aunque en el primer término se vio muchas veces: aquel año por ejemplo ganaría dos etapas en el Tour más el maillot verde, muesca de su control.

Aquel equipo tuvo un hito muy singular, el éxito del excelente prologuista holandés, Jelle Nidjam en la crono de Berlín, el prólogo del Tour, en tiempos en los que el muro ya empezaba a verse como un objeto de anticuario, obsoleto y triste recuerdo de un pasado no tan lejano. Al día siguiente de ganar Nidjam, repetiría éxito Nico Verhoeven y a unos cuantos dias el alemán Ron Golz, que a inicio de campaña ya habia ganado la Vuelta a Andalucia.

Aquel Superconflex dejon un legado que visto hoy es toda una innovacion que entonces pasó algo inadvertida. Entre la indumentaria que utilizaron tenían un chubasquero naranja hecho del material que hoy Gore Bike Wear divulga entre muchos ciclistas, un material cómodo y auténticamente pionero, que da al ciclista la mejor protección sin que ello le implique agobios ni malos ratos, que la bici ya hace sufrir bastante…

La dura vida de un velocista en la Vuelta

Yo crecí, recuerdo, con Alfonso Gutiérrez, Manuel Jorge Domínguez, Antonio Esparza, Jaume Vilamajó –si no me equivoco el último español que ganó en la meta de Madrid-,… vi grandes de la velocidad ganar en la Vuelta una, dos o tres etapas en la misma de edición, cuando no de una tacada: Eddy Planckaert, Guido Van Calster, Stefano Allocchio, Jean-Pierre  Heynderickx, Uwe Raaab, Silvio Martinello… Vimos el gran duelo de los albores de los noventa en terreno Vuelta, el de Jean Paul Van Poppel, el limpio, el veloz, el elegante, frente a Djamolidine Abdoujaparov, el tosco, el sucio. Incluso dos equipos patrios tuvieron a proa dos velocistas de postín: el holandés Mathieu Hermans en el Caja Rural y Malcom Elliot en el Teka.

Esos nombres son también Vuelta, fueron su historia, construyeron etapas, culminaron emociones. Con ellos se abrió el periodo de los Nicola Minali, Jan Svorada, Robbie Mc Ewen, Adriano Baffi, Mario Cipollini, Erik Zabel,… y así hasta los hombres rápidos más recientes.

Este veloz paseo por algunos de los velocistas que pisaron con fortuna la Vuelta a España responde a la total ausencia de estos en la edición que toca a su fin. En esta carrera sólo el bello paraje de Sanabria ha tenido volatta como tal y la ganó un buen ciclista, como Michael Matthews, tras el único trabajo ordenado y exitoso de un equipo en pos de un sprint, el Orica. El resto de llegadas que se presumían en embalaje masivo ha  sido arruinado por la mera inexistencia de una apuesta por el triunfo parcial y el control que supusiera un sprint al final.

Es obvio que siempre hemos considerado las jornadas con final al sprint como meros hilos conductores entre etapas de perfil montañoso. Se trataba de un tedioso transitar hacia la meta de turno mientras la gente de la general guardaba armas de cara a Cerler, Lagos o Naranco, como cimas de referencia en la época. Eran etapas consideradas “minutos de la basura” pero redondeaban las tres semanas de competición, las completaban y daban un sentido circular y equitativo.

Ahora nada de eso ocurre. La presencia de velocistas en la carretera de la Vuelta ha sido nula, se aportado todo a finales complicados, no todos igual de justificados, y se marginado esa especie de ciclista que siempre ha dado espectáculo y servido buenos duelos. Una pena por que una carrera moderna tiene que apostar por escenarios nuevos –la Vuelta lo hace- y finales que escruten el espectáculo pero también por un grado de equilibrio que al menos dé la sensación de que los casi doscientos tíos que toman la salida han tenido cada uno su momento para brillar.

Foto tomada de Forocoches