Indurain vs Bruyneel: El ciclismo no entiende de banderas

Bruyneel Indurain JoanSeguidor

El recuerdo de aquella jornada de Indurain y Bruyneel nos ha venido a la memoria

Recuerdo el día.

Era un sábado al mediodía, tedio de julio, calor húmedo y pegajoso.

Barcelona, verano del 95.

Barcelona, pero con un ojo en las Ardenas, rutas de la Lieja-Bastogne-Lieja integradas en la primera semana del Tour.

Entonces las carreras en Bélgica se distinguían rápido porque a los corredores se les obligaba a competir con la mítica chichonera.

Aquello pasó al baúl.

Johan Bruyneel va escapado, se destaca del primer grupo y por detrás Miguel Indurain se va.

Arranca, toma metros, y se va solo, completamente solo.

Es la exhibición de Lieja, vísperas de la primera gran crono.

Jalabert, Zulle, Rominger, Riis se miran: ¿A dónde va éste?

Indurain pillaría a Bruyneel y éste le aguantó hasta meta.

Le ganaría al sprint.

En el grupo de Facebook de Miguel Indurain, por donde solemos pasar porque el navarro nos dejó tocados, Johan Bryuneel, muy activo en estas redes, comentó lo siguiente de aquella jornada…

Bruyneel sobre Indurain JoanSeguidor

El comentario, de primera mano del susodicho, con quien alguna polémica nos ha costado carísima, es oro y un manual de lo que es el ciclismo.

Y es que el aporte de Bruyneel va perfecto para saber que, por mucho que nos lleven los colores, que nos pueda la bandera, se disputa por marcas y a veces esto produce una amalgama de intereses que no entiende de banderas ni fronteras.

Aquel día Johan Bruyneel corrió para la ONCE, porque Jaja y Zulle iban por detrás, como David de la Cruz le rateó a Alberto Contador para ganarle una etapa en Niza.

Y aunque a muchos les suene fuerte la palabra «ratear», el mundo es así, imperfecto y lleno de servidumbres, por doquier.

Aquella jornada yace como una de las más bellas gestas de Miguel Indurain, y lo fue.

Quizá sólo los muy entendidos sepamos que hubo un corredorazo que fue Johan Bruyneel a su rueda para rebañarle la victoria más allá del puente del Mosa.

Es interesante, por eso, entender de que va esto, cuando algunos se llenan la boca de patria y esas cosas sobre una bicicleta.

Y si algo creo que distingue, por suerte, y así espero que sea por mucho tiempo, al aficionado ciclista es que no entiende de nación y sí de corazón y condición.

Y aquel día ganaron dos: Bruyneel, la batalla, e Indurain, la guerra.

Imagen: A Tumba abierta

Las velocidades de Oleg Tinkov

Lo que pasó por una pataleta por la carencia de resultados por parte de Oleg Tinkov y su enorme estructura, se convierte ahora en una política de acción y hechos consumados que impone el presente y anuncia cómo debiera ser el futuro. Para el excéntrico ruso el tiempo de Riis, Manolo Saiz y Johan Bruyneel ha pasado. Son historia, y a la historia, a su entender, no hay que tenerla como única e inequívoca guía de acción en la vida. Hay otras formas de hacer, otras vías, otro camino.

En su muro de Facebook el hilarante jefe de Alberto Contador y Peter Sagan apunta varios aspectos que complementan y justifican la decisión de prescindir de Bjarne Riis, una noticia escalonada en el tiempo que llegó a su conclusión este fin de semana. “Riis is over” es el lema que se inscribe el rubio en la frente, tatuado fuerte y profundo, hace un tiempo, cuando le compró al danés su licencia que él lo que debía hacer era dirigir que para eso era el mejor del mundo. Hoy, no muchos meses después, ya no lo es. Curiosa veleta.

No es Riis santo de nuestra devoción, valga la expresión en estos tiempos de procesiones y flagelos. Nunca lo ha sido. Nos ha parecido la viva imagen de lo peor de este deporte. Dopado confeso, altanero, displicente,… autor de serviles estrategias para Lance Armstrong en tiempos de plomo del americano, errático en aquella jornada que le dio un Tour a Floyd Landis, del que luego fuera desposeído. Cierto es que arrancó la historia del Jack & Jones hasta convertirlo en un equipo, no el mejor del mundo, pero sí de los mejores. Contó con medios y con grandísimos ciclistas (los Schleck, Cancellara, Voigt, O´Grady,…), cabe no olvidarlo.

Todo ese bagaje ahora a Tinkov le resulta prescindible. El rubio ruso, preso de una enajenación que convulsiona su equipo y por ende el ciclismo en bloque, no quiere saber nada del calvo danés, como si hubiera perdido su encanto y conocimientos como por arte de magia. TInkov habla de elementos que compartimos, como el que los equipos sean capaces de generar rédito y no sólo impliquen gastar, gastar y gastar. Habla de carreras más concentradas, de estrellas implicadas, de nuevos horizontes,…

Califica de estupidez eso del ciclismo histórico. Quizá no viera cómo el engendro que llamaron Tour de Pequin pasó sin pena ni gloria. Es obvio que hay que buscar nuevos mercados para el ciclismo, pero no al mejor postor, porque estos días en Flandes se hierve con este deporte, es ciclismo de antaño y no por ello muestra síntoma de fatiga y debilidad. Hay carreras prescindibles en el calendario tradicional, pero también en el nuevo. La morterada en algunas carreras que se pone de inicio es apetecible, pero venderla como buena para este deporte es mentir al personal.

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Tinkov habla de ciencia, “la ciencia es el rey”. La da como clave para pasar página al dopaje, él que dijo que “todo vale” cuando aleccionaba a sus chicos en la roulotte del primer Tinkoff hace ocho años. También presenta los nombres de quienes deben dirigir el futuro de este deporte. Habla de Yates, de De Jongh, de Julich, hoy técnicos, en su día corredores que bebieron de las fuentes de Riis, Bruyneel y Saiz, es decir más de lo mismo, pero con el 2.0 acompañado su labor.  Los tres además no aptos en la acera de enfrente, en el Team Sky. Por cierto, acaban de confirmar a De Jong en la cúspide de la dirección, éste fue el año pasado pieza clave para la «resurrección» de Contador, quien a su vez decía confiar ciegamente en Riis. 

Ojalá hubiera más Olegs Tinkov, sinceramente, pero cabe no confundir “la velocidad con el tocino” y este ruso corre mucho, a veces tanto que desborda su propio discurso dependiendo como el sople el viento.

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Ivan Basso y su colección de medias verdades

Ivan Basso es al ciclismo moderno lo que el Carbono 14 a la historia de la prehistoria. Su camino es un auténtico descenso del Stelvio, revirado y tortuoso, tras pasar por todos los estadios del ciclismo y probar la convivencia con buena parte de los personajillos que pulularon, y aún pululan, por este deporte. Por ejemplo, en su colección de mentores hay un camino de ida y vuelta hacia Bjarne Rijs, con efímero paso por las huestes de Johan Bruyneel, huelgan comentarios. Hamilton describe lo mejor de cada casa…

Ivan Basso es un ciclista paradigmático del ciclismo del siglo XX. Sus colección de medias verdes, o mentiras según se mire, resulta larga, lo mismo que los tweets rosáceos donde describe una vida familiar por la que suspira cualquier suegra agradecida. Cartón piedra. Es tan de fachada que incluso cuando ataca, cuando más se exige, muestra una medio sonrisa, como si la tortura no fuera con él.

El italiano ha sido entrevistado estos días en Biciciclismo y sus respuestas no tienen desperdicio. Valora su rol de telonero con Alberto Contador. Anuncia su próximo calendario y será calcado al del madrileño: Volta, Tirreno y Giro. Deja en suspense su actuación en el Tour. En Andalucía ambos reventaron el pelotón en Haza Llanas. Al día siguiente el poderío del varesino se diluyó por los aguijonazos de los hombres de Chris Froome. Visto y no visto. Un sube y baja infinito.

Para Basso ponerse al servicio de Alberto Contador es “un acto de inteligencia y madurez. Toma. Olvida Basso que el madrileño fue el rey puesto cuando acorralado por la Operación Puerto, Johan Bruyneel le mostró la salida del Discovery. Rey muerto, rey puesto. No recuerdo lamentos de Contador. Como dicen en una afamada serie “para que uno sobreviva, otros han de morir”. Contador ese año vio cómo se cargaron a al líder de su equipo, que venía de ser segundo el Tour, y al líder de la Grande Boucle, Michael Rasmussen, dejándole limpio el camino.

Basso es frío y profesional. No entra a valorar el estatus del Astana, donde corren ciclistas de su confianza, al menos pasada, como por ejemplo Vincenzo Nibali, a quien ha de agradecerle fidelidad extrema en un Giro de Italia, el de 2010, cuando Basso protagonizó uno de los peores descensos que se le recuerdan a una estrella, el del Mortirolo. Si aquello dura un kilómetro más David Arroyo, el líder ese día, les caza y a la mierda el segundo Giro. Sin embargo ahí estuvo Nibali, cien veces mejor bajador, que incluso tentado de hacerle lo que le hizo Aitor González a Oscar Sevilla en una Vuelta se clavó al lado de su torpe jefe de filas. Memoria escurridiza.

El problema que vemos en Basso es que nunca ha admitido, ni admitirá, que tras la sanción siempre fue una versión a la baja de ese ciclista que maravilló en los Tours de 2004 y 2005, un corredor que no sólo subía muchas veces como Lance Armstrong sino que también desplazó a Jan Ullrich de su estela. Miren qué nombres manejamos. En la edición 200 del Procycling describe el Giro 2006 que ganó el italiano como algo «increíble». Y quizá, si se admitieran las cosas como son, podríamos pensar bien y aplaudir su anunciada generosidad. Eso sí que sería un signo de inteligencia y madurez.

Imagen tomada de http://www.vueltaandalucia.es/

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El castigo a Johan Bruyneel se queda pequeño

Le han caído diez años a Johan Bruyneel, me parecen pocos. Escaso castigo para uno de los grandes impostores de este deporte y diría que del deporte en general. A su vez, creo que el belga no fue muy diferente a lo mucho que le rodeó, pero mientras otras piezas caían, en serpentín, no le vi clamar, ahora que le crujen a él, chilla.

Cuando Bruyneel dirigía el mejor y más poderoso equipo del mundo la inmundicia rodeó a muchos de sus compañeros de profesión. La justicia cayó sobre rivales que su pupilo batía con gran superioridad. Acusaciones fundadas muchas de ellas, sin duda, pero con los mismos argumentos que al final han podido desalojarle de su pedestal aunque con un añadido que no es baladí.

Johan Bruyneel y su amigo Lance Armstrong han hecho gala de una prepotencia supina pues fueron tan lejos en su experimento que han dejado un socavón de siete años en el historial de la más importante carrera del mundo, un agujero que considerado en otros deportes los habría tragado como quien desagua su bidet, pero que, sorprendentemente no ha matado al ciclismo, el deporte, por otro lado, que les dio todo, incluso las comodidades presentes seguramente pagadas con los réditos de entonces. El sueldo por ser  un “pusilánime pocimero”.

Creo que las responsabilidades de Bruyneel fueron obvias, sobre todo desde el momento en que el matón que tuvo por ciclista, Lance Armstrong, cantó en prime time de una forma que nunca se imaginó, sin embargo pensar que todo está arreglado una vez extirpado el belga del sistema es una ingenuidad. El ciclismo dice haber pasado página y queremos creerlo pero siempre, cada época, tiene sus nuevos apóstoles y gente que ha bramado muy alto contra el dopaje ha sido posteriormente cazada y sin embargo siguen ejerciendo el oficio, desde dentro, como “apostolando” desde una suficiencia moral que no les corresponde.

Esperemos, deseemos que la máquina no pite, pero cosas raras están pasando, muchos están hablando más de la cuenta, mostrándose nerviosos y serviles, y ciertas actitudes no cuadran con la realidad que hace un año teníamos por normal. Corredores que firman una campaña extraordinaria pero que desaparecen del mapa, equipos que practican tolerancia cero con ciclistas arrepentidos en sus filas una vez el cerco se hizo insostenible, equipos que pontifican pero que se borran de los primeros puestos  de forma “nada” sospechosa,… son esas cosas que, a los que estamos escarmentados, nos hacen temer lo peor y creedme cuando digo que quisiera estar equivocado.

Imagen tomada de www.puntoencuentrocomplutense.es

“Mira, es el jodido Tyler Hamilton”

El libro de Tyler Hamilton nace cuando muere el relato de los hechos que cuenta. Una espiral, una vorágine. Como esa agua que abandona aturullada el desagüe de un lavabo. Tyler Hamilton relata, en riguroso orden cronológico, la tempestad que sacudió su calma mental.

Sí. Aquí nos hicimos eco de la obra que sinceramente pone al descubierto muchas cosas. Su valor es doble, a dos aguas. Por un lado, documental, prueba y atestigua varias verdades: Lance Armstrong fue un gánster de la peor calaña surgido sobre las cenizas de una enfermedad, España era, quiero pensar que no sigue siendo, el paraíso del dopaje, y el sistema que rodea al ciclismo no invita a ser coherente con tu ética ni valores de niñez. Sin embargo, y por una regla de tres que se nos escapa, el ciclismo sigue vivo, es motivacional y mucha gente se sigue inspirando en él. Paradójico.

Empecemos. Tyler Hamilton lleva una vida piramidal. Arriba, culmen: Lance Armstrong, hilo conductor de la narración. Presente en presentación, nudo y desenlace. Si el tejano no quisiera salir, sería imposible la concepción de la obra. En medio dos médicos listísimos, uno, Michele Ferrari, el otro Eufemiano Fuentes, el tipo más avispado que ha pisado los aledaños del pelotón. Trabajó con tantos y tanto tiempo a la vez, que es increíble como una persona puede mantener tal omnipresencia. Abajo, en los vértices, dos directores, desalmados, carentes de escrúpulos, hijos directos de los milagros de los noventa. Uno Johan Bruyneel, el otro, el “forzudo en persona” como él llama el ciclista en su redacción, Bjarne Rijs.

Salen otros muchos nombres, otras muchas situaciones, otros muchos lugares. El libro de Hamilton responde a muchas preguntas. Desconozco su grado de sinceridad. Su forma de hacer es conocida, se introduce en un mundillo, admite verse “obligado”, acepta las reglas, las ejecuta y cuando se ve expulsado, canta como un pichoncillo. Su confesión es detallada, exacta, acusadora pero también tardía, al calor de una editorial y múltiples traducciones. Ello le quita valor, qué duda cabe, como el obvio retoque de un autor, Daniel Coyle, sin embargo damos por buenas muchas de las mierdas que cuenta.

Porque Hamilton no hace más que retratar la vida misma. Wall Street en el ciclismo. Hay un párrafo sobre Thom Weisel, impulsor del US Postal, en una reunión californiana en enero de 1997. “Hacerlo de una jodida vez” les dice a los chicos. Hartos de descolgarse de las atribuladas carreras europeas, donde se ven descolocados y lejos de los mejores, el patrón les espolea. No dudó en poner los mejores medios. No hubo cortapisas. Pasados los 1000 días de gracia en el profesionalismo, el ciclista pasa de ser un inocente ser en proceso de aprendizaje a introducirse en las catacumbas éticas y morales. Querían la fama, pero como decía la serie “la fama cuesta”.

La expresión que titula este post es el sumun, la cima. Tyler Hamilton, en el cénit de su fama, recién venido de aquella trepada kilométrica con final en Bayona, abrió una jornada en el American Stock Exchange, un honor enorme, bíblico en el mundo de halcones que se movió este tímido ciclista. “Eh, mira, es el jodido Tyler Hamilton” canturreaban los agentes.

Esa fue la realidad que vivió Hamilton. Una realidad bien retratada, un buen trabajo, tardío, pero bueno y con ello nos debemos quedar.

La Biciteca ofrece esta notable obra. Si queréis más detalle aquí mismo podéis entrar en sus pormenores.

¿Es Andy Schleck un juguete roto?

Hace tres años, cuando el grupo de los grandes favoritos ascendía el Col de la Madeleine, una conclusión emergió: el duelo del presente, y posiblemente de los siguientes años, sería el protagonizado por Andy Schleck y Alberto Contador. Ambos ciclistas, jóvenes, poseedores del aprecio del público y valientes se fueron a una eternidad del resto en el coloso alpino. Se arrearon recíprocamente, a iniciativa del luxemburgués, hasta la cima. Nadie pudo seguirles. Rememoraron las grandes rivalidades de este deporte. Se habló de Coppi y Bartali, de Hinault y Fingon, de Marckx y Ocaña. Se dijo que se recuperaba una fórmula tan resultona como en desuso para este deporte y todas esas cosas.

Pero el tiempo demostró que las armaduras de los abuelos quedaban grandes a estos dos ciclistas. Alberto Contador por las causas que todos sabemos, el positivo precisamente en ese Tour y sus consecuencias. Andy Schleck por motivos muy diversos aunque confluyentes. Aunque goza de un Tour de Francia en el palmarés, triunfo que no hace suyo y que sí reivindica Contador, curiosamente, la gran carrera francesa está un año más fuera de su órbita.

El año pasado por su lesión, en esta ocasión no sabemos qué pensar. Andy no se encuentra. No ve aquel ciclista que fue tres veces seguidas mejor joven de la Grande Boucle, que protagonizó una tremenda escalada al Galibier, tanto sólo hace dos años, sólo dos. Andy es un corredor que desde entonces sólo genera dos perfiles de titulares, los que hablan de su carencia total de forma o los que retratan un proceder que no es el más profesional.

En la Vuelta a Suiza, Andy Schleck quiere apurar sus últimas opciones de darle a Radio Shack el mejor Tour posible en sus últimos días de patrocinio, pero en Crans Montana vio que los progresos de California no fueron lo que pensó.  «Hoy ha sido una decepción para Andy, tenía la esperanza de hacer una buena subida pero no resultó de esa manera. Vamos a intentarlo de nuevo y tal vez con otro plan», dijo su director Kim Andersen.

Andersen fue parte activa del nacimiento de Leopard en 2011. Creo que fue escogido para dirigir por los hermanos Schleck dada su docilidad. Con él al volante la paraje hizo lo que le dio la gana. Dos años y pico después el propietario del equipo Flavio Becca anda loco por deshacerse del mismo por una secuencia de hechos que invita a pensar que aquí no sólo hay mala suerte.

Se cumple un año de la Dauphiné Libéré que vio el inicio de los problemas del pequeño de los Schleck. Si esto fuera tenis, Andy no ha podido defender los pocos puntos que tenía que la cartera y se ha descolgado irremisiblemente de la elite del ciclismo. Cuando anunció que no podría estar en la salida del Tour 2012, lo primero que pensamos que se debía a su obvia dejadez y por tanto retraso en la preparación. Incluso pusimos en duda que estuviera en la Vuelta a España, esa carrera que los grandes que no pueden ir al Tour por lesión o contratiempo, sitúan automáticamente en su calendario, casi sin pensarlo. Un poco como Wiggins esta temporada y eso que no puede haber carrera más inapropiada para el inglés que la grande hispana.

Con los días se vio que su lesión era seria. Ésta se añadió a esa corriente de desgracias más o menos cercanas: desde el positivo de su hermano a la desaparición forzosa de Johan Bruyneel quien debió flipar con el “savoire faire” de los hermanos. La lesión se resistió y ahora la forma, por el motivo que sea, no llega.

Es pronto, Andy tiene 27 años, pero el círculo se estrecha, el tiempo pasa, y los años se cumplen. El pequeño de los Schleck envejece y casi sin percatarse va camino de ser lo que nos peguntábamos al principio: un juguete roto.

Foto tomada de www.vanlooy.es

Demasiado duró Radio Shack en el pelotón

Si en esta religión que es el ciclismo existiera un templo, el sr. Radio Shack debería tener un busto en la rotonda de entrada, pues pocas veces vimos mejor fidelidad ante peor maltrato de un deporte a uno de sus mecenas, como ha ocurrido con esta franquicia estadounidense embarcada en un mundillo que a la postre ha acabado por echarle a patadas.

Radio Schack fue el rimbombante nombre que el grupo de proscritos de Astana tomó como sponsor una vez la relación de Lance Armstrong y Alberto Contador hizo aguas, allá por el Tour de 2009. Desde entonces su logo rojo ha sido una constante de las conjeturas e intrigas con grandes gastos y pingües beneficios tanto en imagen como en resultados. No podía ser de otra manera. Sus patrocinados no fueron trigo limpio.

Entiendo que la entrada de dicha cadena de bazares respondió a una gestión personal y directa de Lance Armstrong. El tejano, años antes de confesarse como el mismísimo diablo, tuvo en su tiempo poder e influencia suficientes para atraer la inversión que por ejemplo en la vieja Europa nadie estaba dispuesto a desembolsar.

Lazando el patrocinio, su gran valedor decide retirarse harto de un Tour, el de 2010, donde nada le salió. No sabemos cómo debió sentarle aquello al señor norteamericano que firmó los compromisos de mecenazgo, pero creemos que la idea le debió sentar poco bien, más cuando al año escaso Johan Bruyneel culminó el engendro que les unió con los Leopard, ese grupo de indisciplinados ciclistas a la sombra de los Schleck y un multimillonario llamado Becca.

Desde entonces todo ha ido de mal en peor. Ni siquiera lo que tuvo visos de salir bien, surtió resultados satisfactorios. El costalazo de Fabian Cancellara fue todo un presagio y casi una broma frente a los problemas mayores de Johan Bruyneel, el positivo de Frank Schleck, el declive deportivo y personal de su hermano Andy y la paupérrima imagen colectiva en competición cuya principal víctima se llamó Haimar Zubeldia.

Sin embargo el tiro de gracia llegó en el otoño ciclista con las cada vez más certeras pesquisas sobre Lance Armstrong, a cuya persona se vincula de forma indisoluble la imagen de Radio Shack. Para Radio Shack todo esto ha resultado un pozo negro. Ahora, tres años después de entrar en liza, la firma anuncia que se va. Lo hace a nueve meses del final de temporada. Han sido respetuosos con lo pactado. El ciclismo, si fuera mínimamente agradecido, debería no sólo darle las gracias, sino que postrarse. Se va una empresa, otra, que ha dado mucho más de lo que ha recibido en  este deporte.

Recomponiendo las cenizas de Andy Schleck

Cuando esa tarde de junio de 2012, Andy Schleck se sentó frente a un paredón de prensa ávida de su estado de salud, las conjeturas sobre el motivo se dispararon. Acompañado del aún operativo Johan Bruyneel. El pequeño de la saga luxemburguesa admitía una lesión que le apartaba del Tour de Francia. Aquella noticia culminaba una temporada tan horriblemente mala, que incluso un servidor, siempre crítico con el vástago menor de Johnny, pensó en una treta para omitir el Tour de Francia, no sé, porque quizá no se veía en condiciones o ante un recorrido que no le era favorable.

Pero pasaron los meses y esa lesión de Andy no remitía, incluso empeoraba. Volvió con motivo de esa carrera fantasma llamada Tour de Pequín. Cada etapa era un reguero de minutos perdidos. Lo más sintomático llegó cuando en la cuarta etapa llegó último, doce minutos después de Liu Bio, chino para más señas. Aquella no podía ser la estampa de un corredor que sólo diez meses antes recibió el premio del Tour de 2010 por descalificación del primero, un premio que a tenor de lo que dice sigue sin reconocer suyo.

Ante tan tétrica situación tuvo incluso el arrebato de entrenar contra prescripción. Complicó la recuperación en seis semanas más. En Cycle Sport admite que el médico le confesó que otros en su situación acabaron sus días en una silla de ruedas. Le salvaba su juventud. En ese momento volver a ser ciclista top pasó a un segundo plano y trabajó en volver a ser corredor con el objeto de matizar cuestiones tan sencillas como el no descolgarse de sus compañeros en  los entrenamientos.

Y lo logró. Esas sensaciones tan primarias, tan sutilmente admitidas por cualquier ciclista profesional medio, volvieron a las piernas de Andy que sin embargo culmina un serial de abandonos que causan estragos en la hinchada. Todas las vueltas que ha corrido desde el Dauphiné de junio las ha saldado con abandono. Dejó la citada carrera alpina en la sexta etapa, el Tour de Pequín en la quinta, el Down Under en la sexta y el Mediterráneo en la primera. Sólo ha finalizado la semiclásica italiana de Camaiore y rueda en el más absoluto anonimato estos días entre el Tirreno y el Adriático, totalmente fuera de la propaganda que la siempre orgullosa organización realiza con las estrellas que concurren.

En este 2013 el círculo se cierra para Andy. Aunque con las irresolutas incógnitas de saber qué deparará la campaña, el pequeño duque sabe que está en el punto de no retorno. Que esas recién recuperadas sensaciones de ciclista deben plasmarse en algo más, quizá no en mirar de tú a tú a los grandes tan pronto, pero sí aproximárseles. Curioso, ahora que ha probado los sinsabores de la salud, habla incluso de hacer dos grandes el año que viene. Decididamente, llega el punto en que uno no sabe si estas catarsis son o no beneficiosas al final.