París-Roubaix 1996 ¿Pasteleo o a cara perro?

Paris-Roubaix 1996 jOANsEGUIDOR

¿Qué habría pasado si Tafi y Bortolami hubieran luchado por la París-Roubaix 1996?

La sobremesa ciclista de confinamiento de Teledeporte nos trajo a la memoria una edición de la París-Roubaix que muchos tenemos a fuego, fue la de 1996, la que celebraba cien años de infierno y acabó en un recital azul, un recital con tenores, tambores de fondo y cante, mucho cante.

El otro día cuando recitábamos el «dream team» de Patrick Lefevere, su nueve de confianza para las grandes clásicas, se habló de dos de los tres nombres que protagonizaron aquella travería de polvo y drama hacia Roubaix.

Metió en ese nueve a Johan Museeuw y Andrea Tafi, dos de los vértices de aquel triángulo que cerró Gianluca Bortolami.

A saber, los tres se fueron a una eternidad de meta, más de 85 kilómetros para desplegar una de las exhibiciones colectivas de siempre, pues dejaron un regalito llamado Franco Ballerini con el dorsal uno a la espalda en el grupo perseguidor, para cerrar el círculo.

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Lo que se presentaba com una carrera histórica acabó en un pateleo de proporciones históricas, con un director, Lefevere, medio suspendido de su ventanilla para discutirle a los dos italianos, en especial Andrea Tafi, que el ganador debía ser Museeuw, seguido de Bortolami y el mentado Tafi.

Momentos calientes en la ruta, tremendos e inolvidables para el espectador, en los flotaba la pregunta: ¿se marca el orden o se disputa a cara perro?

Obviamente, el que paga manda, y el Mapei hizo valer la mensualidad, ficha y primas para establecer la clasificación de la París-Roubaix 1996.

Sin embargo, como espectadores estamos obligados a optar por la segunda opción, un duelo suicida, con el añadido de que por detrás no peligraba la caza, que podría haber deparado imágenes dantescas.

Eso nunca se lo perdonaremos a Lefevere, pero Museeuw era su chico, entonces con el casillero a cero en el infierno.

¿Qué habría pasado en un mano a mano a tres?

Al sprint el belga era muy superior, aunque ojo que un monumento es otro cosa, y la lógica que manejamos para decir que éste es más rápido que el otro a veces no funciona.

Museeuw había perdido un Flandes ante Bugno, sobre el papel inferior, al sprint, de hecho Indurain le ganaría otra llegada en grupo en Oslo, Mundial del 93, por la medalla de plata.

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De lejos los italianos habrían fundido a su compi belga, alternando ataques, miradas y pullas, pero hasta cierto punto, porque aquel juego tendría el límite de la caza por detrás, que no iban quietos, y meterían en la ecuación a un tipo que no repartía ni las migajas como fue el llorado Ballerini.

En ese escenario, Museeuw tendría que haber optado por descolgar uno de sus dos compañeros… lo cierto es que dantesco todo.

En todo caso, la historia sí que premió a Tafi, ganador de Roubaix tres años después junto a Flandes y Lombardía, ojo atención un palmarés pequeño pero que nos recuerda a la variedad que consiguió Roger De Vlaeminck.

Bortolami ganaría Flandes mientras Museeuw se haría de oro aquel mismo año, campeón en Lugano, y pasaría a la historia como uno de los mejores clasicámos de siempre.

Lefevere, un tío que lleva no sé cuántas Roubaix, sabía lo hacía. 

Imagen: www.39x28altimetrias.com

Una Roubaix de leyenda: ¿Quién tiene los huevos de Andrei Tchmil?

Andrei Tchmil JoanSeguidor

La Roubaix que ganó Tchmil entra en los anales de dureza

Hace casi 25 años los cocos de las grandes turbas de primavera y Roubaix respondían a los apellidos de Bugno, Museeuw, Baldato, Ballerini, Furlan, Capiot, Van Hooydonck, Ludwig, Duclos Lasalle, Yates, Willems,… y Tchmil, Andrei Tchmil, el ciclista con más nacionales del que nunca hemos sabido pues nació ruso, vivió en Moldavia, fue ciudadano ucranio e incluso juró los colores de Bélgica.

En 1994 Tchmil protagonizó el ataque más espectacular de cuantos se vieron en Roubaix, incluso hasta hoy.

A más de sesenta kilómetros, sesenta, un enlodado ciclista de rojo y negro, confundido por la vorágine de porquería que surcaba su estela surgió de en medio del pelotón cual alma que lleva el diablo.

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De esa empresa loca pudo dar fe Johan Museeuw, el mejor especialista de ese tiempo, que se fue tras el alocado ciclista, entonces  moldavo, para mantenerlo cien metros durante un tramo, el suficiente para meterse en un nuevo tramo de pavé y reventar al león flamenco.

Tchimil, endiablado, tercero pocos días antes frente al majestuoso sprint de Bugno, subió y rebasó bordillos con la justificada fe de que en ello le iban segundos a la postre decisivos. Sesenta kilómetros después de tamaña apuesta, Tchimil sacudía el rostro, pecho y brazos sabiéndose ganador tras mantener una distancia bulímica de un minuto durante tan penoso tránsito ante el azote de Baldato y Ballerini.

Hace dos años Tom Boonen protagonizó su mejor Roubaix, asaltando el poder de su cuarto éxito a menos de sesenta para meta, pero con una generalizada sensación de incomparecencia por parte de los rivales que poco o nada pudieron hacer para enjuagar el poder del ciclista nato en las pedanías de Amberes.

De los grandes pasos a Roubaix sólo el Carrefour de l´ Arbre es realmente decisivo. En 2005 Juan Antonio Flecha reventó el grupo para irse con Boonen, ganador a la postre, y George Hincapie. Al año Fabian Cancellara cuajó aquí el triunfo y en 2011 lo cimentó Johan Van Summeren.

Ataques de largo radio son muy complicados en estos parajes de sabor napoleónico. A la confianza en uno mismo se le debe sumar un conocimiento casi introspectivo de los rivales y una capacidad para sufrir el dolor de piernas y el colapso de los pulmones fuera de norma.

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Por eso Franco Ballerini (1998), Cancellara (2010) y Museeuw (2002) son los únicos de tiempos cercanos que rompieron el grupo más allá de los cuarenta kilómetros.

Sin embargo, y a pesar de lo apuntado, sacar fuerzas cerca de Roubaix es sumamente complicado como lo demuestra el hecho de que sólo un super Peter Van Petegem en 2003 y Servais Knaven en 2001 hayan burlado el control cerca del velódromo.

Con Knaven se da la circunstancia de que la suya fue la victoria más legendaria de todas las que hemos contado, pues sólo un hilo de la gorra permitió leer el emblema de su equipo para reconocerle en medio de una mascarilla de barro que le impedía ser reconocido.

Veinte años pasaron de Tchmil. Veinte años de aventuras y peores desenlaces en el infierno. Veremos si alguien quieren emular a este ciclista único, garante de tres monumentos y que plasma a la perfección ese temple ruso, hecho de una pasta y resistencia que no acercamos a dimensionar.

Foto tomada de www.capovelo.com

 

El rampante león de la bandera de Flandes

Flandes bandera JoanSeguidor

El león llena la bandera amarilla de Flandes

Flandes, amarillo, por otro lado: Tres colores verticales visten la bandera belga: negro, amarillo y rojo.

Repartidos equitativamente, en tercios, cada color tiene su qué. El negro viene de la armadura, el amarillo por el color del león de las armas y el rojo procede de la lengua y dientes de ese león. No siempre fue así. Hasta hacer su enseña una réplica de la tricolor francesa, ésta era horizontal y con ésta combatieron el rodillo de los Austrias en el siglo XVIII.

Bélgica es un país que alcanzó la independencia en 1830. Sus colores vienen heredados de la heráldica de Bramante, la región central de un país polarizado por dos vertientes muy opuestas en todo: Flandes y Valonia.

En la primera la vida es rural y vecinal, la otra es industrial y afrancesada. Ni mejor, ni peor, diferentes.

Sin embargo son cuatro las grandes regiones belgas.

En medio, Bruselas, color púrpura y flor de lys en medio, flor amarilla por cierto.

Al sur, encajada en montañas, al final de las Árdenas, territorio hostil y bélico, la región alemana, también llamada Limburgo, con león desafiante, casi flamígero rojo y nueve rosas, tantas como ayuntamientos.

Encima de ésta Valonia, la patria de la Lieja y la Flecha.

Su bandera es un gallo, semi protectorado francés.

La bandera de Flandes es otro cantar, harina de otro costal. La verán mucho estos días. Prácticamente sondeará el camino de los pelotones desgajados por estas carreras dibujadas por el demonio. Curva, viraje, giro, contra giro, pasarán mil veces por el mismo lugar, por el mismo cercado, primero bajando, luego en transversal, después subiendo.

Un laberinto en medio de la nada, de pequeñas colinas que fueron atravesadas por la metralla de dos guerras mundiales.

Ciclismo en Flandes Koppenberg JoanSeguidor

El león negro sobre fondo amarillo es la bandera de Flandes y casi diría que la del ciclismo.

Sólo algunas otras se podrían medir a ella, la ikurriña vasca, inspirada en la Union Jack, y la luxemburguesa –la civil, que es de franjas azules horizontales con león rampante coronado y con dos rabos- muy frecuente en los muros que van a Lieja cuando los Schleck guardaban opciones de victoria.

La bandera flamenca echa raíces en 1302 cuando Pieter de Coninck la desplegó en la batalla contra los franceses en la ciudad de Kortrijk. Hay dos versiones de esta bandera, adoptada como la oficial flamenca hace poco más de cuarenta años.

Una, la formalmente establecida en los libros, que es amarilla con un león negro y la lengua roja. La otra no diferencia la lengua del rampante animal, que también es negra, porque de esta manera se omite el vínculo con Bélgica.

Esta es la más usual en la Ronde, en Harelbeke, en la Kuurne, en la Het Nieuwsblad,… es la bandera independentista.

La categoría del león flamenco es tan grande que dos ciclistas fueron apodados con tan viril etiqueta. En los años cincuenta, mientras Italia se relamía las heridas de la guerra entre Coppi y Bartali, el tercer hombre, Fiorenzo Magni, hacía historia en Flandes. En la década pasada Johan Museeuw se ganó también el apodo. Ambos fueron leones, y no unos leones cualquiera, leones de Flandes.

Imagen tomada de deronde1.wordpress.com

El abominable hombre de Arenberg

Wilfried Peeters es «la imagen» de la París-Roubaix

Seguro que muchos de vosotros habréis visto esta foto alguna vez.

Los más veteranos, o los más eruditos en historias sobre el ciclismo, sabréis quién es.

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Los más jóvenes, a no ser que también seáis unos estudiosos o apasionados por este tipo de relatos épicos, probablemente desconozcáis de quién se trata y por qué a este ciclista, que más bien parece salido de una peli de terror, apenas lo podemos distinguir entre tanto barro, en la cara, piernas y brazos, incluso no acertamos a saber a qué equipo pertenece con su maillot y culote completamente teñidos de gris.

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Sin duda, se trata de una de las iconografías más memorables, por no decir que es “la imagen”, así, a secas, sin más explicaciones, que nos ha dejado en nuestra memoria colectiva ciclista el legendario testimonio de una de las ediciones más duras de la mítica París-Roubaix.

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Una odisea en el tiempo.

Estamos en el “infierno del Norte”, primavera del 2001.

Se corre su 99ª edición, en una jornada que recupera uno de sus mayores distintivos con la presencia de la lluvia y el barro.

Los días previos ha estado diluviando en el infierno, dejando los tramos de pavés convertidos en auténticos barrizales, tal y como mandan los cánones, para goce y disfrute del aficionado.

No así para los corredores,  que sufren en este día como perros, en una de las carreras sobre el adoquín más recordadas de esta clásica entre todas las clásicas, con más barro y más épica de los últimos años.

Salvajada en el Bosque de Arenberg.

De entre el barro, vemos destacar  al gigante Wilfried Peeters del equipo Domo y hombre de confianza de Museeuw, al que casi no se le puede reconocer con ese aspecto.

Ha atacado en Arenberg y se ha formado una auténtica escabechina. Sólo ha podido seguir su rueda Hincapie (USP), pero una inoportuna avería lo deja descolgado de momento.

Peeters se va solo y comienza a hacer camino.

Del Bosque de Arenberg apenas salen una decena de ciclistas supervivientes y con opciones de disputar.

Peeters sigue con su escapada agónica.

Su ventaja cede sobre el adoquín y el fango, pero aumenta sobre el asfalto.

Sufre como un perro.

Por detrás, Musseeuw incordia todo lo que puede a sus perseguidores, con el deseo de que su íntimo amigo gane en aquella bendita y gloriosa locura.

Casi más que hacerlo él mismo que, además, ha pinchado nada menos que cinco veces, pero que no le impide seguir luchando por la victoria, si bien sus opciones han menguado por este motivo.

Verlo rodar por el pavés es todo un espectáculo. Un gustazo.

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Sin embargo, Hincapie y Dierckxsens (Lampre) hacen un último sobresfuerzo y dan alcance a Peeters a falta de 15 kilómetros para meta.

Tras ellos, ya casi reagrupados, otros grandes favoritos como Vainsteins, Knaven y el propio Musseeuw, los tres del Domo que, junto a Peeters, son cuatro los integrantes del conjunto dirigido por Patrick Lefevere.

Toda una exhibición la del equipo belga.

Una verdadera lástima para el coloso de Mol que con su escapada había rozado la gloria.

¿Por qué un Suunto 9?

Todos vigilan la rueda del ciclista flamenco.

En ese momento, salta del grupo Servais Knaven, ante la mirada impasible del resto que no llegan a reaccionar.

Tampoco lo hace el “león de Flandes” respetando, lógicamente, a su compañero de equipo, aunque tiene piernas para vencer por tercera vez en el velódromo de Roubaix.

Peeters se sigue lamentando de su mala suerte.

Sólo que hubiera aguantado un par de kilómetros más fugado, habría sido él y no Knaven el que habría llegado en solitario a Roubaix.

La victoria está decidida con Knaven por delante, que ha sido tan astuto como fuerte.

Musseeuw “huele” el triplete y deja tirados a Hincapie y Dierckxsens que van reventados.

Entra a medio minuto de Servais Knaven.

Vainsteins, que se ha quedado con ellos, los bate fácil en el sprint por el tercer puesto, a 7 segundos de Johan.

El podio final, plagado de grises del Domo… y de barro hasta los ojos.

Nuestro protagonista, nuestro gran héroe Wilfried Peeters, se tiene que conformar con el 5º puesto y declara:

Si hubiera logrado alcanzar los dos minutos de ventaja, no se me habría escapado el triunfo. Tenía muchas opciones para ganar. Ahora, necesitaré tres días para recuperarme del esfuerzo y de la desilusión. Estuve tan cerca…”.

Hoy en día, estampas como aquella jornada, casi han caído en el olvido y es que hasta los grandes monumentos del ciclismo no se libran del evidente cambio climático.

Si no hay lluvia, no hay barro. Sin barrizal, no hay dulce sufrimiento.

Ni épica ni heroicidades.

Y estos días no llueve en Roubaix.

Y tampoco parece que lo hará el domingo.

Foto: @wilfriedpeeters

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Recortes de Roubaix (I)

El año 2014 Roubaix estuvo de moda. De hecho lo hace cada año, nunca deja de estar en la cresta de la ola. Pero algo nuevo pasó: el Tour de Francia introdujo ese año una etapa con 9 tramos de pavés, habituales en la clásica. Y ya se sabe que el Tour todo lo puede y es capaz de poner de moda o hundir lo que se proponga.

Para nosotros Roubaix había sido siempre una etapa pendiente, un destino obligatorio que faltaba por tachar. El viaje a Roubaix es al mismo tiempo un viaje al pasado, a los orígenes del ciclismo.

A modo de flashes, las fotos evocan recuerdos del largo fin de semana que pasamos allí, en el norte de Francia, tocando con Bélgica. Recuerdos que no serán fáciles de borrar.

Esta es la pequeña historia visual de nuestro viaje a Roubaix a la conquista de los adoquines.

Johan Museeuw, el león de Flandes

Bar Le Pave justo frente a la entrada al velódromo. Cinco de la tarde del viernes anterior a la París Roubaix. Cicloturistas de toda Europa comparten tertulia y cerveza en ese local mítico. Especialmente muchos belgas.

Lo recuerdo como si fuera ahora, tantas veces viéndolo en la televisión, luchando con la cara embarrada. El día del triplete del Mapei, el día de su lesión tras la caída en Arenberg en 1998, el día, dos años después, que con el maillot de Domo, se reconcilia con la París Roubaix y la gana mostrando su recuperada rodilla al mundo.

Me parece reconocerlo. Miro las fotos de los vencedores que adornan las paredes del Bar y confirmo mis sospechas. Es Johan Museeuw. Con unos kilos de más y con la cara enrojecida por alguna que otra cerveza. Un mito viviente. ¿Eres tú? Soy yo. ¿Una foto? Cómo no!

Otra vez la fiesta de la bicicleta que es Roubaix se manifiesta en toda plenitud. Antiguos vencedores vuelven una vez al año, toman unas cervezas, son reconocidos y por unos momentos la gloria parece volver. Sólo pocos minutos más tarde vuelve a la realidad cuando le vemos alejarse sólo en un coche rotulado con la imagen de una marcha cicloturista que organiza en el mes de Junio.
Una foto que es algo más que una foto de un mito viviente con fans.

Las bicicletas de Roubaix

Preparar la bicicleta para ir a Roubaix es una aventura. Cada uno escucha, lee, mira, investiga, y finalmente prepara la bicicleta. En mi caso no fui con la bicicleta “principal”, puesto que no quería hacerla sufrir y pasar por los malos ratos de los tramos adoquinados. Me cogí una bici vieja, le metí doble cinta del manillar, le metí cubiertas de 26 mm e hinché las ruedas a una presión moderada tirando a baja (5,5 kilos o 6 a lo máximo)… y poca cosa más. Otra cosa la descubrí ya sobre el primer tramo de pavés: hay que llevar portabidones en buen estado que sujeten bien los bidones. De lo contrario, al primer tramo de pavés ya los habréis perdido. Cientos de bidones en los tramos adoquinados dan fe que no fui el único que perdí un bidón.

Pero ir a Roubaix no es solo preparar la bicicleta sino preparar todo el material y la ropa de manera adecuada. No hay que olvidarse de los guantes, y ahí estaba yo para correr sin guantes. Cómo se le va a ocurrir a alguien correr sin gafas en una Roubaix polvorienta en la que se preveía un tiempo seco y primaveral. Y las gafas se me olvidaron. La organización también recomendaba llevar 5 cámaras de recambio por lo que pudiera pasar. Esto no es la salida de todos los domingos, aquí el riesgo de pinchazo es casi del 100%. Y si mezclamos pinchazos y caídas seguro que no hay grupeta que se marchara a casa sin ninguna de ellas.

Todo eso es también la experiencia de correr en Roubaix. En la foto vemos una bicicleta al final del recorrido, con una buena dosis de polvo y de suciedad. En el tubo horizontal se puede ver el adhesivo que la organización daba para tener presente en todo momento del recorrido cuáles eran los tramos de pavés. Muy buena iniciativa y una gran “chuleta”.

El Bosque de Arenberg

Arenberg es el primer tramo calificado de cinco estrellas o dificultad máxima. En la prueba cicloturista el tramo es cronometrado para que el que quiera se pueda medir con los demás.

El ambiente en el Arenberg es especial. Tanto el día de la cicloturista como el día de la carrera profesional. El paso del cicloturista por el tramo adoquinado más famoso se convierte en una tortura para los no avezados. Un inacabable tramo recto de 2,4 km con unos adoquines desiguales que no permiten coger ninguna velocidad

El día de la prueba profesional es uno de los sitios con más ambiente de toda la prueba. Una zona VIP al final del tramo donde las personas importantes pueden ver lo que ocurre en una posición privilegiada. No cabe nadie más, si alguien pretende tener un poco de visibilidad.

Sobre todo un montón de belgas alrededor nuestro. También ingleses (vestidos con el Rapha Style) e incluso una pareja de americanos que han aprovechado las vacaciones para ver todas las clásicas de primaveras. Sorprende la cultura ciclista que tienen, viniendo de donde vienen!

En las fotos podemos ver los adoquines irregulares que caracterizan Arenberg. Otro nombre que ya está escrito en la leyenda de nuestro deporte.

El anacronismo de Roubaix

Una imagen refleja tantas cosas… ¿Anacronismo decíamos? ¿Cómo se puede entender que en una carrera tan super-profesionalizada, donde hay tanto dinero en juego, nos encontremos un personaje así?

Una furgoneta o una moto vieja dejaron un rastro de aceite en el paves de Arenberg la noche anterior a la París-Roubaix. La solución no pasa por una sofisticada maquinaria capaz de limpiar la ruta y arreglar el desaguisado. La solución pasa por que uno de los “Amis de la Paris Roubaix” en una furgoneta, probablemente en peor estado que la que dejó el rastro de aceite, lance serraduras que sequen el aceite pocas horas antes del paso de los corredores. Todo muy antiguo, muy rural, muy…auténtico.

En la foto podemos observar al personaje que se encargaba de tan importante cometido. Importante porque de no ser por ese trabajo muchos ciclistas profesionales podrían haber caído, circulando a gran velocidad por ahí, exactamente por el “lomo de burro” del camino, por la espina dorsal de la carretera, por el centro.

Continuará…

Por Claudio Montefusco

INFO

El Cruz Bike-Rack N es el portabicicletas de techo en acero

El círculo histórico de los Van der Poel

Hay apellidos prestigiados y otros tocados por la varita de la victoria. El apellido Van der Poel, en la Holanda ciclista que respira este deporte desde su cotidianidad hasta en las grandes citas, es uno de esos apellidos. DO controlada, de calidad y certidumbres contrastadas.

A la temporada ciclocross ya ha vuelto Mathieu Van der Poel, hijo de Adrie Van der Poel y nieto del grandísimo Raymond Poulidor, un ciclista que encarnó todo un país incluso cuando su antagonista, Jacques Anquetil ganaba y ganaba. Mientras Mathieu crece, Poupou sigue causando sensación en las salidas del Tour donde LCL le tiene apostado firmado autógrafos y fotografiándose con quien le reclame.

Ayer, hablando de Stybar, lamentamos que su apuesta por la carretera haya cercionado su apuesta en el barro, y en el caso de Mathieu, aunque sub 23 actual campeón del mundo absoluto, nos vemos en una similar. No ha podido correr hasta hace poco porque en el Tour del Porvenir tuvo un accidente que le llevó hasta por el quirófano, se ha perdido la primera parte de la campaña, y su retraso es tal que no tiene opción de disputar ninguno de los rankings en juego, principalmente porque Wout Van Aert, el otro joven prodigio del circuito, que acabara asqueado hace un año el mundial porque no se caló el arco iris, ha arrasado en lo que llevamos de campaña.

En su guiño con la historia Van Der Poel nos ofreció la imagen que traemos a nuestra #PantallaJoanSeguidor: cruzando victorioso la meta de Overijse con el arco iris envolviendo su pecho y señalando la rodilla izquierda, como en aquella Roubaix que culminó con Johan Museeuw señalándose la suya tras casi perder la pierna en una caída en los adoquines.

Al final, cosas de la vida, el pequeño Matthieu ha homenajeado a uno de los rivales de su padre, no sé si consciente o no, pero es como si el ciclismo, dentro de esos círculos íntimos que acaban cruzándose, casi rompiéndose entre ellos, nunca acabara de contar su leyenda.

Imagen tomada de www.marca.com

INFO

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