26 años sin Antonio Martín Velasco

Antonio Martin Velasco JoanSeguidor

Antonio Martín Velasco se nos fue muy rápido

 

Stefano Della Santa, ciclista italiano de segundo orden pero con un curioso palmarés, dominaba esos días la escena. Eran días de frío. El ciclismo se desperezaba. Recuerdo la etapa de la Vuelta a Andalucía subiéndose por entre paredes de nieve. Días fríos, repito, días espantosos. Antonio Martín Velasco, el mejor ciclista joven español del momento, coetáneo de otro buen corredor Mikel Zarrabeitia, perdía la vida entrenando. El retrovisor de un camión golpeó al excelente ciclista madrileño provocándole la caída y posterior fatal desenlace. No andaba lejos de su casa.

Antonio Martín es un corredor que muchos recuerdan por lo poco pero tan bueno que nos dejó. Algo similar a lo que lograría Mariano Rojas a los dos años. Rojas también falleció, aunque en este en accidente de tráfico. Ambos fueron libros con páginas en blanco del ciclismo español. Ambos dejaron huella por su trabajo, enorme talento y su tamaño humano.

Ese invierno, de 1993 a 1994, el ciclismo español vivió cambios profundos. El Clas por ejemplo entró en connivencia con Mapei. El equipo liderado por Tony Rominger era el germen del gran Mapei, una estructura con alma asturiana para siempre. En la acera de enfrente la ONCE mantenía sus posesiones, el incipiente Alex Zulle –segundo en la anterior Vuelta a España- y Laurent Jalabert, a punto de permutar hacia el ciclista maravilloso que todos recordamos.

 

Luego estaban las otras dos grandes estructuras, el Banesto de Miguel Indurain y el Amaya, gestionado por Javier Mínguez. Ambos equipos se fusionaron bajo la tutela del banco. Todo el Seguros Amaya entraba en casa de Echávarri y Unzue. Antonio Martín fue uno de los argumentos que justificaron esa operación. Venía de ser el mejor joven del Tour de Francia con una actuación sostenida y sólida. En esa época no se vestía de blanco al corredor,  pero si se le distinguía con un emblema blanco en un costado del pecho. Recordamos así al siempre joven ciclista, fino, moreno, quebrando el cielo azul y la marabunta en las cimas alpinas, mirando arriba, buscando la cima.

Todo presto para la Epic Gran Canaria 

Veinte años después hacemos acopio de memoria por este excelente ciclista que un día nos dejó sin previo aviso. La desgracia en las carreteras sigue vigente, pocas cosas han cambiado desde entonces. El país que camina hacia el momento más civilizado de su historia sigue viendo imposible la convivencia entre ciclistas y conductores en las carreteras. Algo falla.

Imagen tomada de Movistar Team

Aquí están las raíces del Movistar

Para saber del Movistar y sus raíces hay que irse cuarenta años atrás

Navarra es tierra de ciclismo.

Es una obviedad.

Una afición que se remonta a la propia historia de la bici y que ha dado grandes clubes y corredores.

-Oye… ¿vosotros venís de Sevilla, no?

– No, no, ¿tú crees que con este acento somos andaluces? ¡Nosotros somos navarros!

Esta anécdota es la más repetida entre los integrantes del Club Ciclista Dos Hermanas cada vez que salen de su tierra en las diferentes marchas o excursiones en las que participan.

Hay que dejar claro que estos txirrindularis son de Navarra, concretamente de Irurtzun, a 20 km al noroeste de Pamplona, cruce de caminos, entre San Sebastián y Vitoria.

El nombre de la sociedad es debido al símbolo indiscutible irurtzundarra: el paso de las Peñas de Dos Hermanas (“Bi Aizpe”), en las estribaciones más orientales de la sierra de Aralar, una espectacular entalladura producida por el río Larraun sobre las calizas.

El club, bajo esta denominación, nace en el año 1990 cuando Félix Rubio, Pedro Goñi, Manolo Carrera y Ángel García, su primer presidente, con una pasión en común, el ciclismo, sientan las bases de la nueva sociedad y lo hacen para y por la gente del pueblo.

SQR – Cerdanya Cycle

 

Durante aquellos años prácticamente todos sus habitantes usaban la bici de un modo u otro.

Pero lo que parece la pequeña historia de un modesto club ciclista, como tantas otras, esconde tras de sí una gran herencia, un legado histórico, ya que la entidad recogía el relevo del desaparecido C.C. Irurtzun “Nuevo Legarra”.

Este club ciclista se gestó a primeros de la década de los años 70 dirigido por Jesús y José Legarra, y que, en sus orígenes, era un pequeño equipo de juveniles que fue evolucionando hasta lo que hoy en día conocemos todos como Movistar.

Pero antes fue Caisse d’Epargne, Illes Balears, Banesto y antes Reynolds y, mucho antes, Nuevo Legarra.

DT-Swiss Junio-Agosto

 

Así que os podéis imaginar la importancia que tuvo esta primera sociedad, cómo arraigó el ciclismo en esta tierra y en lo que se convirtió después con los éxitos del equipo profesional que surgió con los Perico, Indurain y compañía, al mando de José Miguel Echávarri y Eusebio Unzué.

Pero es que además Eusebio, antes de ponerse al volante en el juvenil del irurtzungo Nuevo Legarra, había corrido en sus filas durante algunos años, del 70 al 73.

Lo dejó de forma prematura y con sólo 18 años pasó directamente a dirigir el equipo.

Él fue quien “cazó” a Indurain para los juveniles, que ya seguía de cerca en el circuito navarro, allá por el año 82 y ya patrocinado por Reynolds.

 

Así que hablar de Irurtzun es hablar de historia viva del ciclismo navarro, aunque la afición por este deporte y en esta tierra se remonte a la propia historia de la bici.

Es a partir de la década de los 80 cuando adquiere una mayor dimensión, mostrando sus resultados con mucha presencia de ciclistas navarros en la carretera.

Es precisamente cuando Reynolds deja de patrocinar el equipo, llevándose entonces Banesto toda la estructura profesional, cuando el Dos Hermanas toma el relevo, pero ya fijando sus objetivos en el cicloturismo puro.

Aún estuvieron un par de años, al principio, formando equipos en infantiles y cadetes, pero que tuvieron que dejar en seguida por falta de patrocinador.

Además los socios de la entidad tuvieron que afrontar una fuerte deuda acumulada en años anteriores.

 

Algo más tarde, y de la mano de Álex Maya, su actual presidente, disfrutaron de la posibilidad de organizar pruebas Máster como la Vuelta a Navarra, satisfaciendo el deseo organizativo que tanto anhelaban.

Actualmente el club es una sociedad familiar, ciclistas que no se ajustan a ningún tipo de calendario de excursionismo como lo puedan conocer otros clubes, ni a estrictos horarios establecidos.

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Simplemente quedan y salen, todos los fines de semana, sábados o domingos, a disfrutar de la bici, haga frío o calor, llueva o nieva, se apañan sus chubasqueros y ¡a pedalear!

Dependiendo de la época del año no bajarán de sus 100-120 km de excursión, en hermosas salidas ya sea dando una vuelta por el bello Valle de Ultzama, “la Suiza navarra”, por sus verdes praderas, o bien por la Sierra de Aralar, sus prados y hayedos.

SQR – GORE

 

También pasando por pueblos encantadores como Iraizotz, Larraintzar, Lizaso, Gorrontz o Arraitz y escalando puertos como Madoz, Orokieta o el coloso Santuario de San Miguel de Aralar-Altxueta, de los más emblemáticos de Navarra.

Como ellos mismos explican, su espíritu es el homenaje permanente a aquellos pioneros de los años 70 “que de manera altruista, y sobre todo anónima, sacrificaron gran parte de sus recursos, a favor de una pasión, en este caso, deportiva y más concretamente en el ciclismo”.

 

¿Qué quedó de José Miguel Echávarri?

Qué complicado es abrir un artículo sobre ciclismo en la prensa digital y leer esto:

Entonces la virtud no estaba en una página web, sino en su instinto, en el instinto de José Miguel Echavarri (Abárzuza, Navarra, 1947). Fue el poeta del ciclismo en los ochenta, el hombre que, como en la literatura de Edgar Allan Poe, nos enseñó que la locura es más sublime que la inteligencia. Fue como el profesor que no hubiésemos cambiado por nadie. Al menos, su fachada y su verbo de hombre sabio en el que él sólo jugaba “a equivocarse lo menos posible”. Pero le iluminaban palabras distintas y una vez que lo conocimos, en los ochenta, entendimos que al ciclismo se le podía amar como se ama a una canción.

Podíamos ganar o perder y apasionarnos con aquel Perico Delgado que inventó él. No fue un ciclista. Fue una época. Luego, se reinventó con Indurain y aquellos cinco Tours seguidos, el primero de los cuales, en 1991, cumple 25 años de antigüedad. Hoy, pasados tantos años, Echavarri ya es un hombre jubilado, separado del ciclismo por voluntad propia. Una voz que ya apenas aparece en los periódicos. Quizá por eso cualquier día con él cobra más valor. Vive en Pamplona, donde no ha dejado de montar en bicicleta, sobre todo en Estella, su rincón preferido, que es donde viven sus nietos.

Hoy, ejerce de abuelo feliz y ya no siente ninguna tentación por volver a ese mundo. Su herencia, sin embargo, perdura para siempre como precursor de un ciclismo que ya no existe. Fue ese ciclismo que nos enseñó a crecer como personas y a apasionarnos como ya nunca más nos apasionaremos. Sólo le podemos culpar de que ya no sea como ayer, de que el Tour del 83 ya no exista o de que él dejase el volante en manos de otros. “La tecnología nos hizo mucho más egoístas”, resume.

El autor es Alfredo Varona. Fue una pieza entrevista previa al Tour que se hizo a José Miguel Echávarri en el Diario Público. Cuando la mediocridad domina muchas perspectivas y nos aburre con su predecible tozudez, tenemos a veces algo que llevarnos a la boca que nos sienta bien. Gracias, porque la calidad de lo escrito hace justicia al personaje y la época de la que hablan. La época de un mocetón navarro que hizo fácil lo que nadie había logrado hasta entonces: abrir un periodo de reinado de cinco años consecutivos en el Tour de Francia.

Hoy hace 25 años España se sacudió de la vieja escuela y se hizo un poco más moderna. En un país en capilla para sus Juegos Olímpicos y Expo sevillana, la digestión de aquella tarde julio de 91 fue algo más inquieta. Miguel Indurain accedía al podio del Tour para vestirse el primer maillot amarillo de la historia, de su historia, en aquel conflicto latente que fue el pulso entre bancos, el que patrocinaba, y patrocina, la carrera, y el que patrocinó al deportista por ver quién le ponía la gorra. La primera foto la hizo con la gorra amarilla, atosigado por las azafatas, las que habrían que venir ya pondría Banesto.

Recuerdo el día, Jaca-Val Louron. No fueron etapas sencillas las anteriores. Ya casi de salida los hombres del Banesto se veían sorprendidos por Lemond y su aureola de campeón que vino de la muerte. Esos días me viene a la memoria un artículo firmado por Pedro González, el locutor de TVE, en el Diario Marca hablando de que siempre que había un corte, los ciclistas españoles estaban atrás. “Todo el año para acabar viendo esto” vino a decir.

La jornada de Val Louron era pues un arma de doble filo, la forma de recuperar el control y un golpe de estado en las mentes de españolas: cuando Miguel Indurain despegó con Claudio Chiapucci en aquel descenso del Tourmalet, nacía la leyenda y se apagaba el mito, Perico, descolgado, minutos atrás, con la certeza de que para él el ciclismo había tocado techo.

Qué ciclismo aquel, que se ganaba con un chaval de la casa, criado desde abajo, con celo y mimo y con las ideas claras, planteando situaciones de riesgo, jugando con los elementos y consiguiendo el objetivo porque no se especulaba ni se mentía al aficionado. Se iba a ganar y se ganaba en medio de una horda de rivales de todo tipo, en un país, Francia, que empezaba a impacientarse con la bajísima de calidad de sus ciclistas, en un ciclismo que aún bebía de épica. Se decía que se iba a ganar y se corría para ello, se ponían los mimbres para ello.

Dice Echávarri que esa tarde de hace 25 años le llamó el secretario de Estado, Gómez Navarro, para saber más de la caída de Perico y la irrupción de Miguel. Echávarri le dijo que “tranquilo, mañana será otro día”, pero sabía de ese mocetón que tenía entre manos y sabía que al día siguiente sería más, que Bugno, Mottet, Lemond y Perico estaban sentenciados.

Echávarri fue camarero antes que ciclista, y ciclista antes que director. Vivió rápido y a los 61 años se fue, pronto muy pronto, sin hacer ruido pero, insisto, pronto. Él que nunca daba un paso en falso, que siempre maquinaba mientras hablaba contigo, no realizó esa renuncia porqué sí, los motivos, como tantas cosas que rodean ese grupo que hoy patrocina Movistar siempre serán una puerta a la imaginación.

Imagen tomada de www.pedrodelgado.com

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Erviti y su amor a las piedras

¿Es Imanol Erviti un clasicómano? Esa es la gran pregunta que muchos aficionados al ciclismo se hacen después de sus actuaciones en el Tour de Flandes y la París-Roubaix, donde ha conseguido dos ‘top-ten’ que lo han convertido, de golpe, casi inesperadamente, en un referente para las piedras de la próxima temporada.

¿Puede ser Erviti un referente para unas carreras que casi nunca han entusiasmado a los corredores españoles salvo unas pocas excepciones (Juan Antonio Flecha, Pedro Horrillo y Pello Ruiz Cabestany)? Imanol tiene 32 años y, lógicamente, está en la madurez ciclista. Siempre ha sido un corredor fiel aunque formado en la escuadra de Eusebio Unzué –en sus inicios también con José Miguel Echávarri- en el oficio de gregario. Quizás sea el ciclista que mejor ha protegido a Alejandro Valverde en las etapas llanas, tanto del Tour como de la Vuelta. Tal es la confianza de Valverde hacia Erviti que el murciano no contempla afrontar una gran ronda sin tenerlo a su lado.

Erviti nunca le ha fallado, como tampoco a Nairo Quintana, con quien ahora debe repartir sus funciones como gregario. Pero es a la vez una alternativa para un equipo que, gracias a él, puede comenzar a entusiasmarse con las piedras francesas y belgas.

Imanol es el último navarro en un equipo navarro, porque navarro es Unzué como también lo es Echávarri. Erviti es el último descendiente de una estirpe de corredores que crecieron a la estela de Miguel Induráin y en lo físico el que más se le parece: alto y fuerte, tal cual era el pentacampeón de Villava en sus años de gloria, ahora principalmente dirigido por dos paisanos, José Luis Arrieta y Chente García Acosta, que también fueron compañeros suyos.

Erviti jamás se planteó las clásicas del norte como una asignatura que le obligaba a estar entre los grandes especialistas encabezados por Peter Sagan y Fabian Cancellara. Él fue por libre, casi a divertirse en un terreno prácticamente imposible para disfrutar, como hizo en el 2008 cuando ganó, camuflado en una fuga, en Las Rozas, su primera etapa de la Vuelta. Y como volvió a repetir en el 2010, el día en el que el Rat Penat se presentó ante la sociedad de la ronda española.

¿Estamos ante un clasicómano? Ni él lo sabe. Ni su equipo se lo plantea. Atrás, sin embargo, ha quedado olvidada la época en la que ser alineado para la Roubaix e incluso para Flandes era un castigo. Solo iban aquellos que no habían rendido. Ahora se busca la sorpresa con Erviti mientras se lleva a jóvenes como Dayer Quintana y Juanjo Lobato y hasta se piensa en Marc Soler para que vayan familiarizándose con un terreno, con unos adoquines, que ya no son una lacra, sino una llamada a la gloria.

Si algún día sale un clasicómano del ‘pavés’ al sur de los Pirineos seguramente será formado con los profesores de la antigua escuela navarra, porque por aquí han pasado todos o casi todos los que han tenido algo que contar en este deporte si exceptuamos a Alberto Contador, en grandes vueltas, a Óscar Freire, en las clásicas y a Samuel Sánchez en diferentes terrenos.

De momento, y esta es la marca, el estilo de Erviti, su grado para triunfar, solo piensa en regresar a su oficio, que no es otro que el de gregario, el de ayudar ahora a su amigo Valverde a repetir victoria en la Flecha Valona y la Lieja-Bastoña-Lieja, las dos clásicas; esas, sí, las dos carreras de un día de las que se enamoraron Echávarri y Unzué. Primero trataron de cautivar a Pedro Delgado, casi lo lograron con Induráin, pero hasta que llegó Valverde el sueño no se hizo realidad. “¿Esto es más grande que ganar la Vuelta a Murcia, verdad?”, fue la primera frase, a modo de pregunta, que le dijo Valverde a Echávarri al bajar del podio tras imponerse en su primera Lieja.

Por Sergi López-Egea 

El doble mérito de Imanol Erviti

Las cosas son como son, y pasadas unas 48 horas desde que Imanol Erviti se clasificara séptimo en una magnífica edición del Tour de Flandes, creo que es importante reconocer de forma explícita y concreta el mérito de lo que ha logrado este navarro, a todas luces histórico para un ciclismo, el nuestro, que nunca ha ganado una clásica de ese calibre y que ha pisado el podio de éstas menos de diez veces en más de cien años de historia con Poblet y Flecha.

El mérito de Erviti es doble y diré porqué. Primero por el rendimiento alcanzando en carrera, estando en fuga casi toda la jornada, desde el kilómetro ochenta, en esos cortes que se llaman de primera mitad de carrera que sirven para rellenar la intrahistoria de cada edición, pero que no pasan más allá de la mención de unos tweets y cita esporádica en las crónicas. Una de esas fugas que muere por la propia ley de la gravedad, y el peso del cansancio y la inercia de los mejores equipos y sus líderes en los tramos decisivos.

No contento con ello, Erviti no sólo formó parte de esos primeros cortes sino que cuando fue cazado por los grandes nombres, acabó yéndose con ellos, incrustándose entre los mejores en instantes en los que sus compañeros de escapada iban ya lejos de vanguardia.

Erviti subió el Paterberg con Terpstra y fue testigo de excepción de los problemas del holandés para seguir a Cancellara. No olvidemos que Terpstra era, anteayer, el vigente segundo clasificado en Flandes. Erviti sprintó tras Vanmarcke y Cancellara para entrar séptimo al final de una jornada absolutamente memorable y entiendo que extenuaste, porque esas seis horas de competición fueron por los pasillos de la historia de una carrera que cumplía 100 ediciones donde precisamente nada se regala.

Su performance no pasó desapercibida entre los compañeros de profesión, quienes mejor que nadie, mejor que cualquiera de nosotros, saben por lo que hay que pasar para llegar a tal nivel.

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Dicho esto, la segunda parte del mérito de Erviti viene por la pertenencia al equipo para el que corre, y para el que ha dedicado 100% de su vida profesional. Hace un par de años Abarca, empresa que gestiona el Team Movistar, lo que viene a ser “chez Unzue & Echavarri”, publicó un libro recopilando sus treinta y cinco años de existencia, desgranando sus números y logros en una balanza en la que premia de forma clara lo logrado en grandes vueltas frente a un palmarés en clásicas que sólo maquilla Alejandro Valverde con sus victorias valonas.

Mirando el libro vemos que el equipo ha tenido históricamente ciclistas que han podido ser «Ervitis» y hacer excelentes clásicas pero su orientación fue otra: Iñaki Gastón, Jaume Vilamajó, Eduardo Chozas, Julián Gorospe, Chente García, Aitor Gamendía, Pablo Lastras, Isaac Galvez, Purito, Dani Moreno y Vicente Reynés, quien voló a Bruselas el día del terrible atentando.

Pero hay más, hay un corredor como Andrey Amador, que no estuvo lejos de dar la sorpresa en Wevelgem hace un par de años, o ciclistas históricos como Marc Gomez, Armand De las Cuevas o Tino Zaballa, que ganaron grandes clásicas fuera de la estructura navarra, cuando habían pertenecido a ella.

Y hay más, algunos triunfos, al margen de los de Valverde, triunfos que como la séptima plaza de Erviti, quedan en un segundo plano en un balance. El de Indurain en San Sebastián o el de Rui Costa en Montreal. Con este caldo, con un Juanjo Lobato que quiere explotar pero no llega, sin obviar el apoyo que reciba camino de San Remo, y con un Valverde tonteando con Flandes, pero que no se atreve, lo de Erviti reviste un mérito increíble.

Imagen tomada de FB de Movistar Team

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Armand De las Cuevas, el ciclista que quiso ser boxeador

Armand de las Cuevas JoanSeguidor

En la remembranza constante de Miguel Indurain, sus tiempos, sus gestas, sus rivales, hay espacio para un nombre que no pasa desapercibido: Armand de las Cuevas. Segundo en la famosa crono de Luxemburgo, por delante de todos los rivales del rey Miguel, este francés de mirada profunda y cabellera que siempre le conectó, aunque de lejos, al intelectual Laurent Fignon.

Se dijeron muchas cosas de De las Cuevas, una leyenda que siempre corre es que él fue el único corredor cuya expulsión del equipo fue prescrita por el mismo Miguel Indurain. Preguntado por su relación con el campeón navarro en una edición especial de la magnífica revista francesa Pédale, De las Cuevas afirmó que nunca tuvo problema alguno con Miguel.

Sin embargo, muy posiblemente, los problemas del francés con el ciclismo vinieran de raíz, desde el inicio, porque Armand siempre quiso ser boxeador, de hecho lo fue puntualmente cuando, hastiado por no cobrar un duro en el Amica Chips, dejó el ciclismo. Sin embargo su padre, le quiso en el ciclismo, desde joven y no le dio muchas otras opciones.

De las Cuevas fue parte muy presente en los primeros años del reinado de Miguel Indurain. Campeón de Francia cuando nadie se lo esperaba, estuvo en el doble del Giro y Tour de 1992, donde se encumbró en Luxemburgo. Al año siguiente saltaron las chispas con la dirección del equipo que acabarían por llevarle fuera del mismo.

Fue en la cronoescalada de Sestriere. De las Cuevas, muy confiado, pide disputarla a tope, sin reservar nada para el día siguiente, la famosa llegada a Oropa en la que Ugrumov pondría al borde del colapso a Indurain. Tranquilizado por los directores, Armand tomaba la salida con la certeza de que estaría para disputar la cronoescalada, sin embargo los síntomas de salida no fueron los buenos, el desarrollo no era el acordado, según comenta el ciclista.

Traicionado por Echávarri, así se sintió, se desentendió en la defensa del rosa de Indurain en Oropa. Su salida del Banesto estaba servida, aunque habría una segunda parte, tampoco de final feliz. por medio ganaría San Sebastián y sería líder del Giro con Castorama, un bagaje de calidad pero escaso, muy escaso para quienes se atrevieron a nombrarle el nuevo Laurent Fignon.

Foto: Cor Vos

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