9.2014 El pelotón de los ausentes

Se llama Dieter Senft. Se le abrevia “Didi”. Le conocemos por ser el diablo que espolea a los ciclistas. Solía ubicarse cerca del triángulo rojo de último kilómetro. Se acompañaba de una bicicleta enorme, uno de sus ingenios, auténticos iconos del ciclismo contemporáneo. Chillaba, enloquecía con la caravana, del primero al último. Le patrocinaba, entre otros, la firma de accesorios automovilísticos de Luk. Precisamente fue la falta de apoyo económico, unido a una salud no tan boyante, el principal motivo para dejar al lado el ciclismo. Muchos le echarán de menos, no son pocos los que se le buscaron en las cunetas para retratarlo o retratarse con él. Sin ir más lejos, el amigo Antonio Alix lo lleva en su perfil de twitter.

Pero el ciclismo pasa página, sigue, con el diablo o sin él, 21 años después de que aterrizara para sembrar de excentricidad cada final de etapa con un dominio del tiro de cámara que ni Jaume Mir, el famoso bigotes que siempre aparecía como el primer utilero de los ciclistas desde los tiempos de Luis Ocaña hasta hace bien poco. El ciclismo sigue sin este personaje y sin un puñado de buenos ciclistas porque si hace un año el recuento de bajas definitivas en el pelotón era de impresión (desde Dennis Menchov a Andreas Kloden) el de este año amasa un palmarés complicado de igualar.

Si echáramos la vista a 2011, sólo tres años atrás, estaríamos pasando revista a un año que estuvo dominado, en lo que al Tour se refiere, por Cadel Evans y Andy Schleck. Entonces ambos eran el faro, hoy reportamos su retirada. En el caso del luxemburgués la retirada está consumada. La hizo efectiva no hace poco dando por finalizada una de las trayectorias deportivas que quedarán para los tiempos como incompletas. En Andy concluyeron muchas circunstancias, pero dos pudieron torcerle del camino: una obvia omisión de los sacrificios que algunos de sus rivales nunca esquivaron, sumada a los problemas físicos que nunca pudo superar desde aquella caída en la Dauphiné.

Andy nos ofreció en el Tour de 2011 la que podemos considerar la última etapa genuinamente legendaria con una cabalgada desde el Izoard al Galibier, que engrandeció esos colosos últimamente tan vilipendiados por la conservadora actitud que embriaga ciertos pelotones. Aquella jornada en el otro lado del cuadrilátero estuvo Cadel Evans, un corredor que colgará la bicicleta en escasas semanas, justo cuando finalice el Tour Down Under que abre la campaña del World Tour. Evans ha sido campeón del mundo, ganador del Tour, podio en las tres grandes, un excelente competidor y sobretodo honrado campeón. No lució como otros, porque quizá nunca quiso jugar con fuego. Eso obviamente se paga, y caro, pues su condición de oportunista le ha valido grandes críticas, sin embargo ha volado alto, muy alto y ha sido un ejemplo de trabajo y constancia.

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Asegúrate que tu móvil se pueda cargar everywhere, por muy lejos que salgas con tu bicicleta

En otro orden se ubicó Thor Hushovd, también un excepcional ciclista con una trayectoria que ofrece dudas, y no pocas, pues su forma de hacer, muchas veces agazapado, le ha podido dejar sin más éxitos de los logrados. No obstante es un grande de su tiempo, como querría haberlo sigo el ciclista por tomos David Millar, al fin retirado y sin terceras partes por escribir. Con una sanción y una historia ciertamente recomendable para leer, el cazador cazado ha sido una figura clave para entender la doble moral e injusto rasero que ha marcado este deporte en sus últimos años. Como su director, Jonathan Vaughters, desprende un tufo de arrepentimiento interesado, si bien celebraríamos que su ejemplo sirviera a alguien como sí ha servido el de Jens Voigt, un ciclista con un palmarés curioso pero con honras de leyenda en su retirada.

En España, dos ciclistas de gran recorrido dicen adiós. Por un lado José Iván Gutiérrez, un contrarrelojista de los que no tiene este bendito país que un día amamantara “Olanos”, “Indurains” y “Mauris”. De ellos bebió el cántabro que pisó un podio mundialista, plata en la crono de Madrid 2005, y ha sido fijo en los esquemas de Unzué con Tours en los que más que andar voló, recuerdo aquel de 2007 y su trabajo para Alejandro Valverde. También lo deja Juanma Garate, un corredor que a su retiro se lleva secretos que pagaríamos por saber. Con él cuelgan la máquina un buen ciclista como Juanjo Oroz y un velocista muy querido por estos lares, por lo raro de ser velocista y español, hablamos de Koldo. Están en el alero Samuel Sánchez y el inclasificable Juanjo Cobo. Están pero no están, las semanas darán su futuro.

Y con esta breve descripción de algunas de las figuras que abandonan el pesebre, os dejamos, la próxima vez que entre un post en este blog será 2015, un año que espero os resulte estupendo.

Imagen tomada de avaxnews.net

Las dos carreras de Euskaltel

La primera jornada del Tour por el norte del hexágono recorrió parajes imborrables. Las costas normandas que rodean Saint Malo, verdes, agrestes y recordadas, paisajes en cenital, que desde el helicóptero nos recuerdan a Euskadi. Camino de esos interminables puertos naturales, una carretera recta conduce el pelotón de la mejor carrera en línea recta. Quedaban unos 27 kilómetros y de los fugados saltaba Juanjo Oroz, otro dardo naranja delante. Probó una fortuna que sabía imposible.

Este Tour es una especie de goteo incesante pero tozudo respecto a la realidad del Euskaltel. La realidad lleva todo el año siendo cruda, y el cerco cada vez es más estrecho. Ello además ha parecido tener reflejo en la carretera. Un mal momento que incluso pareció pesar en las piernas de su mejor ciclista de siempre, Samuel Sánchez, que en el Giro corrió encogido, sin brío, aunque se rehiciera con una victoria en la Dauphiné que a día de hoy luce como la única del equipo en el máximo circuito.

Con los deberes sin hacer, llegar al Tour como en una especie de contrarreloj contra el tiempo y la tremenda economía no parece la mejor manera de abordar el test más exigente. Siempre se dijo que si alguien  va mal, el Tour no parece el mejor sitio para levantar cabeza.

Mientras Igor González de Galdeano escucha de Euskaltel que la inversión en un equipo de este tamaño es insostenible si no hay un compañero de viaje, el equipo busca la redención en la carretera. La presencia de los hombres del Euskaltel estos días está siendo buena, muy por encima que equipos con más posibles. A la mencionada acción de Oroz en esta incursión normanda, le sumamos la excepcional prestación de Mikel Nieve en los Pirineos, las llegadas que ven a Juanjo Lobato buscarse la vida y la segura presencia de los Izaguirre en los momentos donde otros caen.

Pero si alguien ejemplifica los problemas de Euskaltel es Igor Anton. De él se ha dicho todo. Una dosis de mala suerte ha influido en su trayectoria. De eso no cabe duda. Pero ha influido en la misma medida la autocomplacencia, suya y de quienes le rodean, y ello le ha acabado jugando una mala pasada. Antón nunca ha dado la medida en un equipo que mucho me temo ha vivido muy a gusto en las manos de las instituciones que ahora dicen no pueden ayudarle.

Y sin las diputaciones ni el gobierno en el presupuesto, esto se hace inviable. Me queda pensar que el SOS lanzado sobre la crítica situación del equipo es como aquel que Ugarte y la organización de la Vuelta al País Vasco activaron el año pasado. Para entonces se sabía en “petit comité” que tanto la vuelta, como la Clásica de San Sebastián, se celebrarían, sin embargo el órdago surtió efecto.

Con todo, cuesta mucho pensar en un pelotón sin Euskaltel, sin el apéndice de esa tierra que hace del ciclismo la costura de su idiosincrasia. Y sí, lo decimos aquí, donde hemos sido muy severos en la crítica con lo que entendemos no ha sido la mejor gestión, si bien nunca quisimos vernos en el papel de Igor González de Galdeano. Esperemos que si el ciclismo artesanal quiere seguir adelante, Euskaltel salga de ésta y celebre sus veinte años como merece.

Foto tomada de www.vavel.com