El «back to basics» de Bradley Wiggins

Hace pocos días, hablábamos de Fabian Cancellara y del peso y el paso del tiempo. El suizo, grande, es uno de los mejores rodadores de la historia, a las puertas de leyendas de siempre en los monumentos, pero con una colección de triunfos contra el reloj que desde luego pocos han reunido. Si en las clásicas Boonen ha sido su rival, y aveces verdugo, la inercia del reloj le ha cruzado varias veces en el camino de Brad Wiggins, el ciclista, lo hemos dicho varias veces, más exótico del pelotón actual.

El inglés, nacido por circunstancias de trabajo de su padre en Gante, ha confirmado que firma con el Team Sky hasta que cruce el anillo del velódromo de Roubaix, siendo el infierno del norte la última gran carrera que jalone la increíble trayectoria de este corredor. Wiggins, tras marear mucho la perdiz y decir que quería hacer muchas y variadas cosas, ya tiene una hoja de ruta que le llevará hasta las olimpiadas de Río, integrando la cuarteta del Team GB.

No obstante no piensen que lo tendrá fácil el ganador del Tour de 2012. Wiggins es una celebridad en las islas, su labor en pos del ciclismo y la fiebre que por éste allí se vive ha sido enorme, pero la competencia para entrar en esa alienación de cuatro que defienda los colores de esta potencia en la pista se presume importante, tanto que ni siquiera tan apabullante apellido lo tendría hecho.

Para Wiggo, cuya suerte en Roubaix es uno de los grandes atractivos de este primer ciclo de temporada, serían nada menos que la quinta presencia en unos juegos, pues su debut en los mismos se va hasta Sydney 2000, cuando fue bronce en la cuarteta británica, en lo que supusieron los primeros frutos para la astronómica inversión que la lotería inglesa ha hecho en el ciclismo en pista, uno de los baluartes para que las islas vuelvan a ser una potencia en el tema olímpico.

Wiggins creció y se hizo con más medallas, siendo imbatible en la persecución individual, prueba que hoy en día no está en el programa. En los juegos de su querida Londres fue campeón contra el crono culminando el año de ensueño que nunca más osó repetir, pues pocos días antes había ganado el Tour. Con su trayectoria, llena de altibajos, de momentos felices, y algunos muy complicados, Wiggins es actor de primer orden en el milagro ciclista británico. Ha sido testigo y protagonista, ha roto los roles que se le presumían y desde luego puede contar cómo esta nación ha pasado de la nada al todo en un tiempo de diez años y pico. Decían que en UK las bicicletas no eran populares, miren ahora…

Con todo, y tras sus años en carretera y sumiéndose en el desafío de Roubaix, Wiggins vuelve a los orígenes, a ese chaval que admiraba el Arsenal pero iba a ver partidos del Tottenham porque sus amigos le empujaban. Cuenta en su biografía que se enamoró del ciclismo el día que vio a Chris Boardman volar en el velódromo de Barcelona hacia su presea dorada de 1992.

Esos días decidió ser ciclista y ojo porque en sus primeras actuaciones la versatilidad era su gran baza, hecho que sí podría abrirle las puertas del omniun. El Wiggo de los primeros años corría los 500 metros, el kilómetro, el scratch,… un talento como pocos se vieron, un talento que vuelve a las raíces pasando, primero de todo, por el umbral del récord de la hora, su arco de entrada al velódromo, allí donde siempre ha dominado sin discusión.

Imagen tomada de http://sportsboundguide.com/

INFO

Una cómoda bolsa para llevar tus cosas en la bicicleta 

2

Ksix nos enseñó su bolsa para llevar esas pequeñas cosas en la bicicleta de otra manera pueden resultar un engorro. Mirad cómo es y sus propiedades, realmente os puede resultar útil…

Los encajes de Samuel Sánchez

La normalidad del nuevo ciclismo, en su estatus de crisis y deporte sujeto con pinzas, ha querido que dos nombres ilustres como Samuel Sánchez y Chris Horner, campeón olímpico y vigente ganador de la Vuelta respectivamente, hayan firmado su continuidad en el pelotón a caballo entre enero y febrero.

La cuarta semana del año 2014 nos desvela las dos principales dudas del mercado de fichajes. Como dos ecuaciones irresolutas Horner, primero, y Samu, luego, han tenido que acumular kilómetros y kilómetros con maillots anónimos con el suficiente consuelo de saber que mucha gente estaba pendiente de ellos, lo que en estos tiempos parece garantía, como hemos visto, para no quedar apeado del barco.

Samuel Sánchez entra en el BMC. Miren lo que le comenta a Nacho Labarga en su madrugadora pieza de domingo en www.Marca.com:

 

«He firmado por un año. Estas semanas me dicen el calendario. En unos días viajaré a Bélgica, a su sede, a por la ropa y a por la bici. El BMC es hoy por hoy comparado a la Fórmula 1 o al fútbol como un Ferrari o un Real Madrid, un equipo puntero con un presupuesto muy grande con gente detrás muy entendida. Es todo a lo grande, con unas posibilidades a todos los niveles. Allí tienen grandes estrellas y ahora voy yo. Que esté yo ahí también quiere decir que es un equipo grande”

 

El entrecomillado guarda para un servidor muchas dobles lecturas. Al margen de la casi “obligada” mención a Ferrari, por lo que le une y le puede unir a su piloto estrella, menciona el Real Madrid, ese equipo que un día coleccionaba “balones de oro” como BMC campeones del mundo y ahora olímpicos sin mayor criterio que el cartel. Sea como fuere que no se alborote la parroquia, decir que BMC es un equipo grande no es minusvalorar Euskaltel sino retratar la realidad tal cual. Aunque tomando esas mismas palabras, añadir que “lo bueno es que ellos me querían desde el primer momento y eso se agradecer” es también rozar el delirio cuando la operación se ha cerrado con la temporada ya en marcha.

A su vez Jim Ochowicz -mandamás en «chez BMC»- afirma que «Sammycomo tan gusta llamarle en las elites angloparlantes- añadirá un alto grado de habilidad y experiencia para el BMC Racing Team. Él  puede cubrir todas las bases, pero en particular, esperamos tenerlo para sostener a sus nuevos compañeros de equipo en las clásicas de las Ardenas y en las grandes vueltas”. Es decir la temporada de Samuel es una moneda al aire. Lo que en muchos equipos sería sota, caballo y rey, en esta megaestructura puede acabar en cualquier otra cosa, al tiempo.

Que Samuel quedara fuera del pelotón entraba fuera de toda lógica. Presente en la puesta de largo de la Vuelta a España, con estatus de estrella señalando el cartón del recorrido y todo, nunca perdió el foco de unos medios que lo situaron en Saxo Bank, con su íntimo Contador, primero, posteriormente en Dubai, como los futbolistas venidos a menos, luego en Cofidis y también disfrutando de un año sabático a la espera de que el equipo de Fernando Alonso iniciara su marcha.

Ahora Samu ficha por un año y ojo las apariencias, porque es el plazo que le faltaba ligar para llegar al proyecto de su querido Alonso en disposición de ser competitivo. Y digo ojo las apariencias pues a nadie se le escapa que la presencia de Samuel en ese equipo es casi tan sagrada como la de Wiggins cuando arrancó el Sky. Si todo cuadra, y Samuel tiene esas intenciones, deberá ser cauteloso con lo que entregue y exponga estos diez meses en esa escuadra cargada de millones pero carente de criterio llamada BMC.

Imagen tomada de Juanjo Aza

Las consecuencias ciclistas de una Madrid olímpica

El maratón de publirreportajes sobre Madrid 2020, que copa el apartado de deportes de los Telediarios de La 1, nos recuerda que el momento sobre la decisión sobre la sede olímpica de ese año está cerca. Nos cuentan esos movimientos “off the record” que califican de decisorios, el trajín de los pasillos, las recomendaciones y esas cositas que vemos normales en España pero que fuera de nuestras fronteras, como humanos que son, también se estilan. Ahí está nuestra familia real batiéndose el cobre. El Príncipe en primera persona, en medio de mogollón. Treinta años después de ser abanderado en Barcelona y continua en plena forma. En el fondo le molan estos saraos más que a un tonto un lápiz.

No es noticia que un servidor, a través del cuaderno y a través de otros medios, nunca ha sido amante del experimento olímpico en España. Con una economía en estado de emergencia, este gasto suntuario con el objetivo de atraer tan magno evento me parece grotesco. Sin embargo la fecha de decisión se acerca, y mirándolo bien, los rivales de Madrid no parecen de la enjundia de Londres y Río de Janeiro, las anteriores ciudades que se llevaron los juegos. Es más, y aunque esto sea cosecha propia, que Madrid se haya presentado tres veces creo que hasta puede influir, no sé en qué dirección, pero quizá en la que persiguen la banda de estómagos agradecidos que se mueve por Buenos Aires. Una cosa, que el inglés de Ana Botella no sea vinculante.

Hace pocos días leí en twitter un comentario de Luis Roman hablando de la conveniencia de Madrid 2020 aunque sólo fuera para acudir al rescate de nuestro deporte. Ese día, admito, miré con otros ojos este esbozo. Y es que si la llegada de Fernando Alonso al ciclismo, por inverosímil que nos pareciera, la dimos por buena ante la desangelada situación del ciclismo en España, ahora creemos que Madrid 2020 podría ser el segundo paso para que esto no se convierta en un desierto.

Sigo pensando que Madrid 2020 es un brindis al sol cuando las cosas no están para bromear. Veo muy mal que se inserte la información de las fugas radioactivas de Fukushima en el bloque deportivo para contar las dificultades de la candidatura de Tokio. Cabe recordar cómo sentó en España la pregunta sobre terrorismo de Alberto Mónaco un año y poco después del 11 M y con ETA aún activa. ¿Ven como al final jugamos igual de fuerte?

Pero en el fondo uno ve el estado del deporte en España y piensa, si se elige Madrid, algo se trataría de enderezar. Miremos por ejemplo este último fin de semana, las delegaciones españolas han logrado importantes éxitos tanto en el Mundial de BTT como en el de trial y ciclismo adaptado. Medallas y títulos de campeones del mundo en selecciones reducidas a la mínima expresión porque no hay dinero para llevar a nadie más. Lo vemos, a poco que se apueste, los deportistas responden y eso que algunas de las disciplinas ni siquiera son olímpicas.

Pensemos ahora en el ciclismo en pista –pues el de carretera vive ajeno a un Madrid olímpico-, un vivero de medallas en Juegos Olímpicos hasta el anunciado desastre londinense. Este fin de semana en Tafalla se celebran los Campeonatos de España de la especialidad. Imaginen la chavalada trabajando con las vistas en Madrid 2020, más cuando para entonces el programa olímpico puede incluir alguna carrera de fondo a las que tan afines somos. Madrid se dotaría de un velódromo que espero no genere las mierdas del de Palma de Mallorca, una pista de BMX, marcaría el circuito olímpico de BTT, de carretera,… la boca se nos hace agua al abrigo de eso que siempre hemos dicho: nuestro carnet ideológico no entiende de colores pero sí de una palabra: CICLISMO.

Imagen tomada de www.enciklica.com

Serie 12×12: Brad Wiggins, un tipo raro metido a ciclista

Hubieron años que el ciclismo vivió una paradoja enorme en las Islas Británicas. La bicicleta, elemento de modernidad y emancipación caló fuerte en esa sociedad. Un buen número de marcas y enseñas se acuñaban en los grandes nudos industriales de las urbes inglesas como espejo de una fecunda industria. Desde James Moore en el siglo XIX, el ciclismo ha sido hilo conductor de la sociedad británica, pero de puertas hacia adentro.

Esa realidad no tenía brillo en la competición internacional. Mientras la Europa continental saboreaba los años de oro del ciclismo, en el atril cantaban los mejores solistas, Coppi, Bartali, Bobet, Kubler,…, el conjunto insular no tuvo un campeón con cara y ojos hasta que Tom Simpson se proclamara campeón del mundo antes de perecer en el Mont Ventoux, en lo que podemos declarar como la inauguración de la era del dopaje moderno.

Con los años el programa inglés creció y se arrimó al éxito en la pista. Tal fue la explosión de talento en la misma, que irradió buenos competidores en la carretera. El mejor ejemplo de esa tendencia plasmada con hechos es Bradley Wiggins. En 2012, el año que su ciudad de adopción, pues es nacido en Gante, acogió los Juegos Olímpicos, el estirado ciclista cerró el círculo con una temporada memorable.

Arrancó pronto, en París-Niza, luego le unió Romandia y Dauphiné. Tenía frente al Tour todo lo que había que tener: un recorrido suavizado, buenas cronos y el mejor equipo rodeándole. Todo salió como dibujó el celebro de la operación, Dave Brailsford, pero hubieron aristas, en forma de convivencia. Su segundo de a bordo, el mismo que ya había perdido toda una Vuelta a España por serle fiel en el Angliru, Chris Froome, más que indisciplinado le salió contestón.

¿Por qué habría de sacrificarse él una vez más a la vista del poder de su pedalada? Pregunta concreta con jurisprudencia marcada. Froome tuvo que hacer lo mismo que Lemond en 1985, Indurain en 1990, Ullrich en 1996,… es decir joderse y aguantarse. En los televisivos guiones de Team Sky, correcciones las menos, insubordinaciones ninguna. Ello sin embargo obró, en algún momento, en contra del propio Wiggo quien vio destapadas sus carencias en subida por su propio compañero a la luz de que nadie alrededor estaba en disposición de hacerlo.

De cualquiera de las maneras, si algo corresponde a este ciclista es una enorme capacidad de aislamiento. Desoyó las críticas y le dio el valor a su éxito que todo un Tour merece. A los pocos días incluso redondeó el sueño participando de la gala de apertura de los Juegos y emprendió la ruta amordazado por la baza de Cavendish para resarcirse en la crono.

Garante de un british style en vestimentas y aspecto físico se dedicó a brindar por su tremenda temporada en la última parte del año. Ahora apunta al Giro. Ya estuvo en podio de la Vuelta y el Tour. Quizá no lo sepa, o no sea muy consciente, pero está haciendo historia gruesa en su país. Los que allí le sigan siempre pueden decir que Wiggo les inspiró.

 

“El atleta requiere de que su cuerpo esté al máximo para una actividad deportiva, el masaje deportivo ayuda a que todo esto pase” Jordi Solano Masaje Deportivo 

Serie 12×12: Chris Hoy, el pistard que fue un ídolo nacional

La vida de la bicicleta en el Reino Unido no ha sido fácil. Íntimamente vinculada a los progresos de la Europa continental, el elemento de dos ruedas y múltiples desarrollos en las Islas ha sido más bien medio de transporte y ocio que otra cosa. Así lo atestiguaron los muchos equipos que por las campiñas rodaron durante décadas sustentados por manufacturas británicas. Una industria fluida y próspera que no siempre tuvo reflejo en la competición.

El señor inglés veía en las carreras ciclistas involución, como una especie de reseteo en el tiempo. Se quedó con las viejas glorias francesas, las trifulcas italianas, el pundonor español, las cuestiones de estado belgas. No le gustaba en definitiva. Aquello necesitaba lubricante para crecer y desarrollarse. Cuando David Millar, por ejemplo, se instaló en el norte de Francia su condición original de escocés les convertía en un rara avis. Millar odiaba el cateto ciclismo de provincia que atestaba las rutas inglesas.

Ese lubricante al que aludíamos fue la pista. Todo empezó despacio, pero con paso firme y una ingente cantidad de dinero procedente de las loterías inglesas. Nos remontamos al ciclo que merodeaba la Olimpiada de Sidney. Se trabajó con sentido de estado. Una vez escrutado el medallero, los responsables del deporte británico olieron el metal en los velódromos. El ciclismo en pista sí era chic, vestía de modernidad, ahuyentaba las historias de nuestros bisabuelos.

En ese engranaje los resultados acabaron por dar la razón a tan sólido planteamiento. El Reino Unido es la potencia mundial de la modalidad, Manchester su catedral y desde el verano Londres su santuario, sitio de culto. Y en esa tesitura de éxito y borrachera de los sentidos, surgieron muchos nombres, tantos que los límites físicos del velódromo se rompieron para dar forma a historias de fortuna como a las que asistimos en el último Tour.

Sin embargo nuestro hombre, una vez puesto en contexto, es Chris Hoy. Escocés, que no recién retirado, es la bisagra de esta historia. Emergió en 1999 como integrante de la velocidad por equipos y desde engarzó todos los capítulos del más dorado de los cuento de fortuna de una nación en una disciplina en concreto. Sus logros deportivos dieron rumbo a una manera de entrenar revolucionaria pero cruel. Hoy se vació en discretas sesiones como lo hubiera hecho en cualquier gran evento.

Titulado Sir, la descripción de su palmarés es superflua respecto a lo que significa. Valgan sólo once campeonatos del mundo y seis títulos olímpicos. Su bagaje engloba mucho más. Lo vimos en Londres. Días antes de iniciar la competición en el fabuloso velódromo. Hoy fue el abanderado de la selección anfitriona. Un gesto, un detalle de calado. En un mundo donde estados que sienten como tales hablan de separarse, el elemento supranacional que es el deporte burló las diferencias. Situaron a un escocés al frente de la delegación de la Gran Bretaña en el momento cumbre de la Olimpiada de Londres. Dimensionar tal momento es hacerlo sobre el apego de esta gente al velódromo, ese resuello de modernidad que reclamaban para amar la bicicleta. Ahora que lo tienen Hoy cuelga los hábitos. Cerró el círculo, su tremendo golpeo en el keirin se nos hizo eterno.

Serie 12×12: La ancha espalda de Alexandr Vinokourov

De Alexandr Vinokourov se habla mucho. Muchas veces mal. Se le tacha de rudo, frío y muy tramposo. El ciclismo le ha ubicado en el doble filo. Si su carisma no caminara por el lodo de lo “ilegal” quizá hoy no hablaríamos de él aquí y ahora. Una longeva trayectoria arrancada en ese equipo que apestaba a dopaje llamado Casino y trufada por varios escándalos contrarrestados por golpes de efecto. A cada desliz vital, el hombre que puso a Kazajistán en el mapa ciclista respondió con una más sonada. Una vida en el borde.

En San Sebastián Vino dijo basta. Tras volver cuando su cadera crujió en una cuneta del Tour de 2011, el celeste puso punto y final en la carrera donostiarra, la primera y última que compitió ataviado de los parabienes olímpicos. Pascal Richard los lució primero que nadie, Jan Ullrich no hizo gala, Paolo Bettini algo más y Samuel, los grabó a fuego en su marca. Vino ganó y se largó.

Como un buen vino, envejecido, traído por los sabores de la experiencia, el rubio supo decir adiós antes de un mal rayo le partiera en dos, bien fuera caída, bien fuera amaño, bien fuera otro positivo.

Llegó a Londres en la más oscuras de las catacumbas. Representaba todo aquello que esa olimpiada “Inspire a generation” quiso combatir. En medio de adalides del ciclismo pulcro y transparente, casi como ese gótico vertical y vidriado de Westminster. Pero en el tramo que va de Buckingham a Trafalgar Square, en la avenida cuyo asfalto aparece tintado, en The Mall, el kazajo demostró que un ciclista de verdad es aquel que, haciendo siempre lo mismo, sigue sorprendiendo.

Como en los Campos Elíseos, como en otros tantos escenarios, donde no llegó el talento arribó el genio y la naturaleza. Jugó a con la reina entre un grupo de peones, entre ellos la pléyade murciana Luisle &V Valverde. Muñequitos en su mano. Casi como Rigoberto Uran, un magnífico ciclista tremendamente torpe en el manejo de las perspectivas. Cuando quiso comprobar donde venía el grupo, Vinokourov ya le había colgado la plata del cuello.

Esta vez la máquina además no pitó. El oro de Alexandr Vinokourov fue de Ley, mayúsculo, mal que les pese a muchos. Este sistema imperfecto es lo que tiene. A su espalda el positivo de 2007, el amaño de la Lieja de 2010, las luchas intestinas en Astana. Le resbaló. Espalda ancha y rostro largo. Alexander Vinokourov es sin duda otro que daría para novela, pero no sabemos si de rasgos caucásicos, o extravagancia francesa.