Tour de Flandes: La sabia decisión de Julian Alaphilippe

Julian Alaphilippe ya ensaya sobre las alfombras que deciden el Tour de Flandes

Nos pone al día Deceuninck que Julian Alaphilippe ya navega por los adoquines de Flandes.

La cita que llega este año tras el Tour de Francia, en pleno octubre, era una de las asignaturas para la campaña de Alaphilippe, el ciclista que reventó la banca en el pasado Tour, coqueteando con unos niveles de popularidad que nos hizo temer por sus objetivos en las clásicas… pero no, Alaphilippe sigue con Flandes en el punto de mira.

© Deceuninck – Quick-Step

Así hablábamos en enero, hace ya cinco meses sobre la aventura flamenca del francés…

Para Julian Alaphilippe el 2020 será el que suba la cortina en Flandes

La historia del ciclismo, la del hombre en general, está llena de muchos «quiero y no puedo», y parece que, por el momento, Julian Alaphilippe lo tiene claro.

El oro día enumeramos los cuatro motivos que identificamos, habrá alguno más, seguro, para que Richie Porte no entre en la quiniela para el Tour de Francia, el principal fue ese empeño en querer subir el Everest, sin fijarse en otros ocho miles que también dan prestigio y glamour.

Pero como decimos la historia de este deporte está llena de corredores que lo dejaron todo atrás por el Tour de Francia y quedaron a medio camino de muchas cosas.

Podríamos decir que Alejandro Valverde estaría en ese grupo, que un día decidió que el Tour era el faro, apartándose de aquello que mucha gente le demandaba.

Siempre entendimos que el Tour estuvo fuera del alcance de Valverde.

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Sin embargo, el murciano a diferencia de otros, lleva tanto tiempo esto que ha tenido ocasión de brillar en todos los terrenos, inclusive las clásicas de las Ardenas, un efímero estreno en Flandes y pisar el podio del Tour.

Los ciclistas tienen el tiempo que tienen para triunfar, que lo suyo es caduco, por pura ley de vida.

Lo de Alejandro Valverde, en el umbral de los cuarenta, ha excedido toda norma.

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Y quizá Julian Alaphilippe sea consciente de ello. 

Leíamos el otro día, Julian Alaphilippe con los pies en el suelo, no recordamos el sitio, ya nos perdonaréis, pero su decisión de correr el Tour de Flandes lo demuestra.

El mejor ciclista francés en el Tour de los últimos tiempos, líder a 48 horas de llegar a París, centrará su primer pico de forma en aquello que mejor sabe hacer, correr la primavera a full, defender título en San Remo y la Strade, atreverse con Flandes y volar a las Árdenas, para emular ciclistas como Michele Bartoli, Frank Vandenbroucke, Laurent Jalabert, Rolf Sorensen, Claude Criquielion… corredores que se atrevieron con todo, porque todo se les dio bien.

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Y esa historia llega tras un 2019 en la que se le adjudicó, no de forma chirriante, el Vélo d´ Or, el galardón que otorga Vélo Magazine, el brazo mediático y ciclista de L´ Équipe que le dedicó la portada del Tour que ganó Bernal a Alaphilippe y Pinot.

La presión para que el francés corra a tope el próximo Tour no nos la podemos imaginar.

Sin embargo, él mejor que nadie sabe que su Tour fue excelente, pero fruto de las circunstancias, y sobre todo de este ciclismo que se corre guardando y guardando.

En el momento clave, el Iseran, y a pesar de la etapa inacabada, todas sus carencias afloraron cuando los grandes nombres empezaron a disponer.

Julian Alaphilippe sabe que Flandes encaja en su perfil, que no necesita de una especialización tan concreta como Roubaix y que su suerte también se juega en foros alejados del héxagono.

Luego ya llegará el Tour, correrá a lo que salga, ganará alguna etapa, vestirá el maillot a topos, quizá se emocione con el amarillo, guiñará el ojo a la cámara y hará «carotas» cuando le salude Macron.

Por que eso también es parte del juego.

Julian Alaphilippe sabe regalar buen ciclismo

Julian-Alaphilippe JoanSeguidor

La apertura de la París-Niza dio la medida de la calidad del ciclismo que maneja Julian Alaphilippe

Qué ganas había de ciclismo, qué necesidad de ver lo que se vio, basta que la realidad te prive de algo para que lo desees con más fuerza, Julian Alaphilippe lo sabía.

La primera etapa de la cuestionada edición de la París-Niza 2020 ha abierto como se esperaba con una catedral de ciclismo donde el francés puso la cúpula.

Decía ayer Alberto Contador sobre la actuación de Julian Alaphilippe que quedando el cuarto de los cuatro que llegaron escapados, roto, desfondado, tocado por ese frío que le hacía agitar las manos cada poco, se había ganado al público.

Y así fue.

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Por que en ocasiones no es tanto el resultado, como el efecto que se produce.

Decíamos de Peter Sagan, ayer mismo, que extrañábamos aquellas primaveras en las que, vieras la carrera que vieras, estaba siempre en el corte bueno, disputándolo todo.

Lo mismo opinamos de Julian Alaphilippe, ya es casualidad que en la apertura de Niza, la principal fuga fuera con Benoot, eso es los dos últimos ganadores de la Strade suspendida, o aplazada, qué más da.

El francés será a veces semillero de carantoñas, caerá mejor o peor fuera de la carretera, pero en ella se pone un dorsal para honrarlo aunque las circunstancias sean complicadas.

Por que a lo meteorológico se le suma lo que rodea todo lo que acontece o debiera acontecer, si el «new normal», escuchábamos esta mañana, de la Moto GP va a ser ir confirmando los grandes premios casi la semana de antes por el coronavirus y cómo cada país lo afronta, en ciclismo las cosas están pendientes de un hilo.

De ahí que el movimiento de Julian Alaphilippe en la primera etapa de la París-Niza nos haya vencido. 

¿Sabes qué es el circuito de Gran Fondo World Tour?

Se le veía inquieto al frente del pelotón, hasta que salió a treinta de meta con el citado Benoot.

Entraron los dos mejores que podían entrar en ese corte, por que ninguno de ellos sabe especular.

El desenlace lo vimos, no sé si Alaphilippe podrá estar delante en esta carrera hacia el sol, por que el final en alto es muy duro, pero entre la crono y lo que queda podría poner coto al buen estado de forma que Nairo mostró en las primeras vueltas francesas.

Ahora les cabe la responsabilidad de pensar en ciclismo, sólo en ciclismo durante siete días, y si las circunstancias lo permiten, lo dijimos, crucemos los dedos, que el espectáculo prosiga.

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Julian Alaphilippe: ¿Merecía el Vélo d´ Or?

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Antes que Alaphilippe, pensábamos en Roglic y Bernal para el Vélo d´ Or

La tarde del primer domingo de diciembre nos dejó la noticia Alaphilippe y su Vélo d´Or.

Ojo que es el primer francés en 24 años que lo gana.

Alaphilippe se ha equiparado al «temporadón» que firmó Laurent Jalabert en 1995, que le sirvió para ganarle el balón de oro del ciclismo al Miguel Indurain del quinto Tour.

En este tiempo, un cuarto de siglo nada menos, nos hacemos mayores, ningún francés frecuentó el podio del Vélo d´ Or hasta Alaphilippe, el año pasado.

Alberto Contado lo ganó cuatro veces, más otra Alejandro Valverde. 

 

El Vélo d´ Or de Julian Alaphilippe está dentro de los cánones, su temporada con esa victoria soberbia en San Remo, pocas veces vimos ese dominio, junto a la Strade y la Flecha Valona suponen triunfos importantes,

Pero nada comparable a lo que Julian Alaphilippe despertó durante el Tour de Francia, donde seguramente ha cimentado gran parte de esta Vélo d´Or.

Hay que admitir que aquello dio la vuelta del revés su país.

Francia soñó durante dos semanas con recuperar el Tour, tantísimo tiempo después, vamos a treinta años ya desde Hinault y eso debió influir en los votos.

Sin embargo, cualquier valoración objetiva deja el galardón muy en entredicho.

La suma de votos está ahí, nadie puede discutirlo, pero…

¿Es Alaphilippe merecedor del Vélo d´ Or?

Sinceramente, no lo creo.

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En ese podio hay dos corredores mayúsculos que esta campaña se han, literalmente, salido.

Egan Bernal, lo dijimos no hace mucho, se merecía este premio más que nadie, sobretodo por esa carrera meteórica que le ha situado en lo más alto tan rápido.

Por que quedarse con el Tour sería lo sencillo, pero es que Bernal extendió el dominio los diez meses de temporada.

A Alaphilippe, el Tour le dejó seco.

Sólo cabe ver Montreal y el Mundial para ver que esa pólvora estaba mojada.

 

Luego el corredor que no pestañea, Primoz Roglic, a quien la cruz del Giro le ha pesado demasiado en una temporada perfecta.

El esloveno es un ciclista que no tiene la edad de Bernal, pero que también se ha hecho un hueco ahí delante con una contundencia que recuerda a los antiguos: dominando la crono, regulando la montaña…

Sinceramente, Alaphilippe ha lubricado no pocos sueños, pero la realidad caminó por otros derroteros, Bernal, especialmente, y Roglic, a posteriori, se lo merecían más, pero el Vélo d´Or vuelve a Francia, donde hacía mucho que no aterrizaba.

©Alexis Réau/L’Équipe

¿Se puede plantear el recorrido del Tour para un francés?

Alaphilippe Tour JoanSeguidor

Cada año que vemos el recorrido del Tour se dice que es para una francés

El Tour para un francés, el Tour para un francés, el recorrido del Tour para un francés…

Esta matraca que suena cada año, cuando se presenta la carrera más importante, que no la mejor, del mundo, suena como una mosca pesada sobre nuestras cabezas.

Incluso ya recuerdo en tiempos de Miguel Indurain, cuando presentaban el Tour, decían «es un Tour anti Indurain».

Recuerdo la edición de 1994, una a la que el navarro llegó con la zozobra de no haber ganado el Giro de Italia, que muchos se la ponían cruda, porque había una cronoescalada al final.

Aquella crono la ganó Piotr Ugrumov, pero Indurain llegaba con los deberes bien hechos a aquel epílogo, tras la exhibición de Bergerac y el ataque de Hautacam, aquel de la niebla, como olvidarlo.

Sea como fuere, como cuando cae la tormenta, el agua volvía a su cauce, Miguel imponía, como otras tantas veces la ley del más fuerte.

Como hicieron los más grandes antes que él, y a posteriori.

En esa época Miguel Indurain se la jugaba con corredores de la raza de Virenque, Leblanc o Jalabert, es decir, la cesta francesa tenía mimbres para soñar alto, para ver su carrera quedarse en casa.

Sobre el recorrido de este Tour, hemos vuelto a leer y escuchar muchas cosas de la misma guisa: es para que lo gane un francés.

Sinceramente nunca hemos creído que un recorrido se haga pensando en alguien en concreto, sobre todo en lo que al Tour se refiere, otras carreras, como la Vuelta, sí que se han admitido algunas «sugerencias»…

Sin embargo ver la portada del último Vélo Magazine nos ha devuelto esa realidad que muchos describen.

 

Que Thibaut Pinot admita en la portada de la revista ciclista del grupo L´Équipe, y por ende del entorno ASO, que este Tour le beneficia nos abre esa duda en la que muchos ven una certeza: el Tour está hecho para que gane un francés.

Aunque seguimos pensado que es improbable que se piense en alguien para un recorrido, ahí está el titular que deja Pinot.

Sin embargo, si miramos bien, resulta complicado pensar en alguien más que Thibaut Pinot para el Tour, hablando de franceses.

Romain Bardet tiene planeado el Giro, como parece que va a por él de verdad, el Tour, una carrera que no se le da desde hace dos años, ya se ha caído del plan.

Julian Alaphilippe sabe que no puede jugarlo todo al Tour, primero porque es un riesgo enorme, segundo porque tiene excelentes aptitudes para el resto del año, tercero, y más importante, porque no es un «hombre Tour» por mucho que consumiera dos tercios de carrera de líder en 2019.

Ello no quiere decir que su crecimiento vaya a más en los años venideros, ahora mismo parecería el quinto o sexto en una lista de favoritos.

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Sin embargo si una cosa tuvo la travesía de Julian Alaphilippe en este Tour fue demostrar, recordar, que la francesa sigue siendo una carrera eso, francesa.

La pasión que despertó la gesta del fino ciclista del Deceuninck, junto a las esperanzas que levantó Pinot, puso a Francia en su momento más alto en mucho tiempo, recordando que el Tour es patrimonio francés.

Nacex te lleva la bicicleta al fin del mundo 

Y eso cuesta tenerlo claro en esta carrera que se proyecta al mundo como uno de los grandes eventos de carácter anual, poniendo su banderita en todos los extremos del mundo.

El Tour, dijimos hace un tiempo, ya no es sólo de los franceses, sin embargo vuelve a serlo, más que nunca en los tiempos recientes.

Y tener aspirantes al triunfo es un la forma de materializarlo, incluso con recorridos que a veces atufan y levantan suspicacias.

Julian Alpahilippe dijo basta

Julian-Alaphilippe JoanSeguidor

Ya nada será igual para Julian Alaphilippe

¿Cómo definir el año de Julian Alaphilippe?

En términos generales muy bueno, en periodos puntuales, excepcional, insuperable.

El francés de perilla afilada ha dado la vuelta de tuerca a una campaña ya de por sí completita que fue la del año pasado.

Ésta ha tenido más, algo más, porque ha pasado por valles y cimas, bajadas y subidas, ha demostrado que es un corredor que se apea fácilmente, ni deja escapar los galones a las primeras de cambio.

 

He leído mucho sobre su Tour de Francia, que si hubiera tenido el nivel exigible, seguramente no habría llegado donde llegó, que si hubieran estado capos tipo Froome y Dumoulin, que si…

Y mientras conjeturamos, Julian Alaphilippe fue el rey de Francia, mucho tiempo después depuesta la monarquía.

Y eso es así.

Su Tour de Francia -más allá de la mandanga azul que muchos le atribuyen, más allá del nivel o no nivel- fue la viva imagen de que quien quiere a veces supera cimas que creía vedadas.

Julian Alaphilippe, las dos etapas que ganó, los catorce días de amarillo… eso se lo lleva, para siempre.

Y fue tan intenso aquello que seguramente le dejó vacío, hay un antes y un después de julio y el Tour.

El de después fue un corredor de pólvora mojada, sin chispa ni diferencia en los momentos clave.

En Canadá lo vimos y en el Mundial lo corroboramos.

Pero correr al filo, como traza él cada curva que toma no es complicado, es casi milagroso.

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De ahí el valor de su primavera y su ejercicio de tiranía en el pelotón, ganando todo tipo de grandes carreras y con toda suerte de recursos.

Su condición de imbatido tendrá siempre un pero, la Amstel que cede por el excesivo celo en el marcaje con Fuglsang.

El tridente de las Árdenas que todos le atribuimos desde hace tiempo se resiste, pero no es descabellado que un día caiga, porque sí domó San Remo con maestría y Trentin, Sagan, Naesen y Kwiato a rueda, qué no hará con las clásicas valonas.

 

Otra cosa es que aquella caída en País Vasco le dejará mermado.

Se ha descartado Julian Alaphilippe para Lombardía, que ya tiene bastante.

Se ha ganado un invierno de homenajes y premios, porque seguramente estará ya en Colombia o Argentina dando cera en enero.

Así funciona el «recomendador» de Tuvalum

Mientras que saboreé una campaña redonda, y de ella, esa etapa que le levantó a todos los velocistas en Tirreno.

Si hubo un día que se sintió el rey del mundo fue ése.

Imagen: ©Tim De Waele/ Getty Images

¿Hay algo más bonito que el maillot arcoíris?

La Vuelta Valverde joanSeguidor

Para Alahilippe el amarillo del Tour es grande, pero el maillot arcoíris es otra cosa

Hay una cosa en el ciclismo que marca, que deja impronta, se llama maillot, de éste hay muchos, trascendentes, más, menos, de equipo, líder, selección, pero el maillot arcoíris es otro estadio, es la eternidad, historia del ciclismo.

La gente del Deceuninck ha realizado este vídeo con Julian Alaphilippe…

 

Cualquier quiniela para el maillot arcoíris del Mundial de Yorkshire que pase por Julian Alaphilippe es apostar de inicio a caballo ganador.

UK, paraíso de la apuesta, de tenderetes donde jugarte unas libras en las apuestas, tiene muy arriba a Julian Alaphilippe, el corredor que supera muros cuando le damos por amortizado, que supera obstáculos, cuando peor se le supone, que firma historia de su propia mano.

Este vídeo, ya es curioso que se lo hagan en su equipo -luego dicen que el Mundial se corre por selecciones-, hace un recorrido por el año mágico de Julian Alaphilippe.

Y habla del Tour, donde vivió un sueño en el que se meció Francia entera durante más de diez días cuando pensaron que podría hasta ganar el Tour.

Habla de la emoción de ganar una etapa y vestir el amarillo como añadido, de la gente que lo espoleaba, de cotas de popularidad jamás imaginadas.

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Recuerda los pasajes de San Remo, de las clásicas y al final vira al Mundial.

Dice sin rubor que «el maillot arcoíris es el maillot más bonito de mundo», lo dice él un francés, que llevó el maillot jaune diez días y que acarició la idea de ganar el Tour contra todo pronóstico.

Lo dice Julian Alaphilippe com símbolo de lo que hablamos, de la importancia que hay en juego en el Mundial de Yorkshire.

 

Vestir el maillot arcoíris, dicen en los mentideros que da mala suerte, pero cualquier campeón bebe los vientos por tomarlo entre sus manos y estrecharlo fuerte en la intimidad.

Te hace especial un año, objeto de miradas, más vigilado y pertrechado, pero especial en definitiva.

 

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Julian Alaphilippe parte en la pole del Mundial de Yorkshire, también hace un año era candidato al maillot arcoíris en Innsbruck, pero reventó de mala forma en el muro final.

Con ello queremos decir que esto no es sencillo, es lotería, pura y dura, señal inequívoca de cuantos se quieren sentir especiales y experimentar esa maldición en sus carnes.

A Alejandro Valverde le llevó una eternidad.

La grandeza del objetivo se explica por los nombres que lo vistieron, pero también por aquellos grandes que lo fueron sin el maillot arcoíris, grandes como Laurent Jalabert, Jacques Anquetil, Miguel Indurain o Sean Kelly.

Grandes de los que se cuenta que fueron únicos a falta de esa prenda que mañana se pondrá uno tras 280 kilómetros de tortura por una ruta cuya historia es ahora mismo un libro de hojas en blanco sin puño que lo rubrique.

Las aproximaciones al Mundial de Yorkshire

Vuelta 2020 Van der Poel JoanSeguidor

Ir de superfavorito al Mundial de Yorkshire tiene más peligros que ventajas

En dos semanas, a estas horas, estaremos relamiendo los estertores del Mundial de Yorkshire.

Como cuando el Tour partió de allí, hace cinco años, prever que el Mundial de Yorkshire puede ser la locura es jugar a ganador.

Y no sólo eso, en la cada vez más extendida afición a desplazarse al lugar de los hechos, tenemos la certeza de que, desde España, saldrá bastante gente a disfrutar de unos días que seguro serán memorables.

 

El final de la Vuelta a España marca las ganas que tenemos de mundial, y los ingleses ha vendido bien, muy bien el suyo de Yorkshire.

Una cita que también tiene un alto en Canadá y ese par de magníficas carreras que ya estamos acostumbrados a ver a cola de la Vuelta.

Anoche, si no lo habéis hecho, podéis ver un minimundial en Montreal para destapar el estado de forma de algunos de los candidatos al arcoíris.

Casando de haber sido el principal, y a veces único favorito de Innsbruck, parece que Julian Alaphilippe quiere un perfil más bajo.

En Montreal no remató una situación incluso más ventajosa que San Remo en un final eléctrico que debió dejarle tieso.

Sin esa chispa ensayada, el francés ha dado un paso atrás, y bien que hace.

Su equipo volverá a ser un equipazo, para lo bueno y lo malo, como le demostró Romain Bardet el año pasado.

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Con Alaphilippe hubo un par que puso credenciales para el Mundial de Yorkshire.

Greg Van Avermaet que pone fin a una campaña gris con una victoria de coco, auténtico capo en la sombra, que se presta para dar su último relevo.

Van Avermaet va por una Bélgica coral, donde cada uno podrá tener la manija de su destino si la carrera el sonríe.

Es la versión celeste del azul intenso del Deceuninck, el mismo equipo que tiró de manual con Enric Mas en Montreal.

El mallorquín de versión clásica nos gusta, en un recorrido alejado al perfil escalador puro que gasta, estuvo delante y fue Alaphilippe y no él, quien no puso lo necesario para la guinda a un nuevo triunfo azul.

 

 

Si Mas y Alaphilippe no lograron el triunfo fue en parte porque en Canadá hubo un corredor que quiere volver a correr de arcoíris, Peter Sagan, voluntarioso en el esfuerzo, imponente en su estado de forma.

Al eslovaco se le vio muy bien, potente en las persecuciones, omnipresente al final, cuando las piernas piden tregua.

Pasa a menudo que nos olvidamos de Peter Sagan hasta que aparece.

RH Ifach, la casa del ciclista en Calpe 

Su sucesor Alejandro Valverde ha seguido el estricto guión de la Vuelta y su liturgia de etapas durísimas, cuestas imposibles y estrés a la máxima potencia.

Eso que a otro mermaría, le da a Valverde el hervor para aguantar el gran fondo que es el mundial.

Decir que no figura en la terna sería esquivar la realidad, aunque no sea el número uno en las apuestas.

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Porque seguro que es Mathieu Van der Poel el que peor se paga en las casas de cuitas.

Su forma de correr en Gran Bretaña es la mejor y peor carta de presentación que puede ponerse sobre la mesa.

Por un lado no da lugar a duda, es el líder único de un siempre interesante equipo naranja que puede ver como un mismo corredor les da dos mundiales en un año, habiendo ganado el de ciclocross y descartado el de BTT.

Pero al mismo tiempo, ya se sabe lo que ocurre cuando vas de «superfavorito», Alaphilippe se lo puede explicar, y Van der Poel mete miedo para el Mundial de Yorkshire.

Refrendarlo será otra, este chaval es un genio que alguna vez, en días de presión, se viene abajo.

Eso sucede en las mejores familias, al menos tiene el alivio que no estará Wout Van Aert para dar fe.

Imagen: FB de Tour de Britain

¿Dónde empezaron a decidirse las cosas en el Tour?

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El momento que Alaphilippe pierde el Tour, o empieza a ganarlo Bernal, es un momento de la soledad del campeón

El relato tendría que empezar con el belga Thomás de Gendt luciendo su anacrónica facha de guerrero frisio, temerario, medieval, desafiando a todo el pelotón de ciclistas en una fuga que iba a durar doscientos kilómetros completos con cada uno de sus metros y centímetros rasgándole la piel, la misma fuga que le conduciría solitario hasta el final por esa ruta estrecha y accidentada, más que carretera una montaña rusa de subidas y bajadas abruptas, de curvas y contracurvas.

Cien hombres desperdigados le perseguían escurriendo saliva de la boca, apetito de fieras rapaces, tal vez, o era que iban con los últimos restos.

Era el 13 de julio, la etapa 9 del Tour de Francia, y algunos corrían como si la premiación final fuera esa misma noche y no quince días más tarde en aquel París aún lejano.

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Corrían sin cabeza, a empellones, a fuerza de codazos y arrancones absurdos, por eso detrás de Tibaut Pinot saltó Julian Alaphilippe, tan pasional él, huyendo del grupo: quería alcanzar a de Gendt, que marchaba apenas unos cuantos segundos adelante, quería vestirse otra vez de amarillo metiendo tiempo frente a sus ocho o diez rivales de la clasificación general.

Ocurría una batalla preciosa, de esas que ya no son frecuentes en el ciclismo contemporáneo, arruinado con tantas computadoras y algoritmos y cálculos exactos que evitan el error. Y el error, lo aprende uno con los años, es un equivalente de la belleza.

Además ocurría una batalla justa, si cabe hablar de justicia en el deporte.

Thomas de Gendt,  el valiente de Gendt (esa barba anticuada, ese casco negro de guerrero frisio, esa obsesión de fugarse del lote en cuanta carrera participa, siempre adelante con dos o tres aventureros, agachado sobre el manillar, la respiración agitada, siempre cazado a la puerta del último kilómetro cuando el pelotón pasa por encima aplastando la fuga; un ejército que con su marcha pisotea y castiga a los insumisos) retorcía el cuello, doblaba la cerviz con cada pedalazo, se incorporaba sobre el sillín y su rostro arrugaba mil gestos de contorsión.

 

Volteó a mirar atrás cuatro o cinco veces, Alaphilippe y Pinot le respiraban en la nuca.

Y pensó, de eso estoy seguro, que otra vez lo iban a alcanzar a dos pasos de la meta, aún así eligió no rendirse: estuvieron a doscientos metros, a cien, a cincuenta, casi podía escuchar la vibración de los radios y las bielas que ya rebasaban con un acelerón fuerte pero el final estaba ahí, a tres curvas, ahora a dos, ahora al frente.

De Gendt, el eterno escapado, el rebelde que no acepta rodar donde van los demás como borregos y prefiere marcharse sólo, siempre a contracorriente, de Gendt miró atrás de nuevo y vio que no lo cogía el azul tan azul de Alaphilippe que pedaleaba mirando al suelo y el blanco tan blanco de Pinot que se empinaba sobre los pedales, dos guerreros francos fraguando su cacería, tan cerca pero tan lejos, entonces no pudo creerlo.

Dejó de pedalear, alzó la vista al cielo, se agarró la cabeza en un gesto de desconcierto porque doscientos kilómetros le caían a plomo sobre el cuerpo.

Un hombre enfrentado contra cien conseguía por fin la victoria.

 

El relato tendría que continuar con la lucha íntima de Alaphilippe y Pinot persiguiendo al barbudo frisio, cada vez más cercano, cada vez más difícil de cazar.

¿Eran dos hombres contra uno?

O dos hombres contra diez, porque al fin de cuentas lo importante no era ganar la etapa sino distanciar a los grandes patrones, a los pretendidos herederos del trono: Quintana, Geraint, Landa, Urán, Bardet, Yates, Kruijswijk…

Dos franceses anhelando ocupar ese trono que, si hablamos de los suyos, lo tuvo por última vez Bernard Hinault en un año tan antiguo como 1985.

Las buenas carreras son como novelas llenas de capítulos y personajes y pequeñas tramas que, aunque no sean protagónicas por sí, terminan siendo determinantes para el resto de la historia.

Las buenas carreras son polifónicas, ofrecen versiones, lecturas posibles.

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¿Qué hubiera pasado si Alaphilippe no ataca ese día, sino que se guarda de conservar energías para la durísima batalla de la semana siguiente?

¿Cómo habría sido la carrera si el agresivo Pinot no la abandona por enfermedad, cuando iba justo con la voracidad contenida de todos sus años y fracasos anteriores?

Nunca podremos decir con precisión dónde empezó a perder este Tour –su Tour- Julian Alaphillipe: probablemente en la primera escapada: ganó la etapa y se puso la apetecida camisa amarilla de líder.

O en la mitad de la competencia, venciendo en la contrarreloj con autoridad inapelable, una autoridad que parecía proclamarlo como el único patrón posible.

Ambas victorias mostraban tal fortaleza y apetito de arrasarlo todo, pero estaban agotando las fuerzas que acabarían por desampararlo dos semanas después.

Es difícil no amar a Julian Alaphilippe, ese ciclista loco que ataca porque sí y porque no, ese corredor que no escatima pedalazos ni esfuerzos, desmedido, tan irracional como carismático, disipado, hasta que se desmorona por completo y experimenta el límite de todo padecimiento posible lanzando manotazos.

Difícil no enamorarse de su rostro de niño travieso, de su estilo insolente, arriesgado y pasional sobre la bicicleta, de su fragilidad y sus desfallecimientos apoteósicos.

Dos triunfos atronadores de etapa para labrar el camino más certero a la derrota, he ahí una buena estampa del ciclismo, que es un deporte, pero a veces también es un fresco barroco abundante en claroscuros y contrastes dramáticos.

¿Dónde comenzó a ganar el Tour –su Tour- Egan Bernal?

¿En la contrarreloj por equipos que lo situó desde la segunda etapa entre los siete primeros?

¿En aquella jornada de montaña cuando sobrevivió al ritmo enfurecido de los franceses, Pinot y Alaphilippe, que volvieron a atacar?

¿En el Col du Galibier, la misma cumbre de Marco Pantani y de Juan Mauricio Soler y de Nairo Quintana, reventando a sus rivales con una marcha pesada pero imposible de seguir, un pedaleo que parecía el empuje desbocado de un tractor cuesta arriba?

Si la victoria dependiera de un momento decisivo, de un instante que otorga la consagración o la desgracia, yo diría que aquel momento ocurrió en la penúltima jornada de montaña, subiendo al Col del Iserán, cuando Egan Bernal volvió a atacar y se quedó solo en punta cruzando la cresta de los Alpes.

Atrás, muy atrás, Julian Alaphilippe perdía definitivamente la camisa amarilla: también afrontaba la cuesta solo, también sufría con grandeza.

La ruta labra el destino y pone a cada uno en su lugar, aunque nadie se libra de su suplicio.

Egan Bernal Tour JoanSeguidor

Egan Bernal, solo, irremediablemente solo entre las montañas, sin nadie que le ayudase pasándole una botella de agua, pero también sin nadie que le siguiera ni le hiciera sombra, un espécimen que no fue hecho para rodar con los demás pues ha disfrutado de la soledad esquiva de los campeones.

Atrás, muy atrás, igual de solitario, igual de desamparado, Julian Alaphilippe seguía hundiéndose en su agonía mientras otros corredores de segunda y de tercera lo sobrepasaban.

Entonces recordé la misma soledad de Eddy Merckx remontando el Mont Ventoux, recordé a Induráin llegando “demasiado lejos en el dolor” durante la subida desierta de La Plagne, y pensé en Coppi reventándose contra el Alpe d’Huez y en la soledad de Luis Ocaña rompiéndose los huesos en una cuneta y pegándose un tiro tantos años más tarde, y en Gino Bartali arrancando sin nadie que lo siguiera bajo la nevada y la ventisca atroz de los Alpes.

Y también pensé en Ramón Hoyos y la legendaria diarrea que lo obligaba a parar cada diez minutos para cagar en la primera o segunda Vuelta a Colombia que ganó, y en el Zipa Forero con aquella travesía solitaria por el Páramo de Letras para descubrir que había un país intransitable que, no obstante, él atravesó en bicicleta.

Sigue siendo intransitable nuestro país, donde Julian Aliphilippe estuvo entrenándose en la soledad lluviosa de los Andes, que ahora también son un poco suyos.

¿Hace cuánto no veíamos un ciclista ganando así un Tour?

¿Hace cuánto a uno perdiendo igual?

Prefiero creer que el ciclismo puede contarse como una historia cuyo epílogo no es ese aburrido podio de flores y champaña y triunfadores, un trámite predecible, sino que acaba un día antes en la plenitud del furor, del desgaste y la tragedia.

Prefiero creer que las buenas carreras son polifónicas, como las buenas novelas que admiten siempre nuevas lecturas.

Yo he leído un relato con muchos protagonistas y dos héroes enormes.

Y aunque el sufrimiento en la ruta al final los colocó en lugares distintos, ambos conquistaron la soledad que sólo está reservada a los grandes.

Ninguno debería faltar cuando volvamos a contar la historia, porque la escribieron juntos.