#Moment2020 El gran error de Alaphilippe en Lieja

Alaphilippe Lieja

La imagen de Lieja acompañará para siempre a Alaphilippe

Hay llegadas que marcan una generación, de esas que por más vueltas que le das, no encuentras consuelo, finales como el de Purito en Florencia con Rui Costa o de Erik Zabel con Freire en aquella San Remo.

El ciclismo de gran fondo es un arte de resistencia y tenacidad bien mezcladas con la sapiencia de saber que la clave no sólo está en las sensaciones propias y sí en el paisaje, los rivales, sus sensaciones y las miradas que sabes te están escrutando.

El gran fondo tiene eso, que hace posible lo imposible, y en el carrusel de la vida, te pone cada día en un sitio diferente.

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Qué ganas tendría Julian Alaphilippe de ganar la Lieja-Bastogne-Lieja para protagonizar ese final, tras más de 250 kilómetros para protagonizar ese final en la capital valona.

Qué ganas y que ingenuidad pensar que iba a resultar tan fácil.

Por que el último kilómetro de Alaphilippe en esta Lieja de septiembre, una semana después del mundial, dos tras el final del Tour, fue un manual que correrá por las escuelas de lo que no se debe hacer en la cumbre de una de las grandes del calendario.

Ahí llegaron cuatro, de los más fuertes del Tour, también del mundial para dar la medida de lo bonito que es un final de monumento en llano, tras una limada tremenda por las Árdenas y las fuerzas en zona roja.

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Alaphilippe irisado, se creyó la niña de todos los focos, trazaba raro, delante tenía rivales que sobre el papel debía ganar, pero era eso, sobre el papel, por que en el gran fondo, volvemos al inicio, corredores como Hirschi, Roglic o Pogacar te hacen un roto con una facilidad insultante.

Y a ellos les añadió, cómo no, otro esloveno, Mohoric, para complicarlo un poco más.

De esta guisa, el francés hacía alguna ese, ya de lejos, y esos quiebros eléctricos sacarían a Hirschi y Pogacar de la ecuación, inadmisible, corriendo como si la carretera fuera suya, echando por tierra una carrera bien ejecutada hasta ese momento, sabedor que no era el mejor en esos instantes, pero sintiéndose partícipe de la puja.

Ahí ya quedó sentenciado por los jueces, pero a la de éstos, se añadió el veredicto de Roglic quien aprovechó una celebración temerariamente temprana para acabar de ponerle en su sitio.

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Alaphilippe es un ciclista que, gestitos y tonterías a parte, sólo puede gustarte, pero ese día encendió merecidamente la ira de la gente y la pólvora de las redes.

Si el ciclismo quiso estrellitas, ahí amortizó el maillot arcoíris, nada menos, en un malabar que acabó sin red, una historia que Alaphilippe llevará para consigo siempre y de la que echaremos mano como en su día Eric Zabel sembró el precedente ante el más listo de la clase, Oscar Freire.

Y es que para que eso ocurra, hay que ser un superdotado y el francés lo es, el perejil de todas las salsas…

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No se puede criminalizar al motorista que chocó con Alaphilippe

Alaphlippe motorista

Leer al motorista con el choca Alaphlippe te parte el alma

Sobre la historia que hemos presenciado casi en directo, por que lo que nos ofrecieron fue Alaphilippe doliente en el suelo tras chochar con el motorista en Flandes, queríamos apuntar algunas cosas.

Hubo un año, hace cinco, que las motos incidieron de forma manifiesta en las carreras.

Fue en verano del 2015, entre el Tour y San Sebastián, cuando se juntaron varios incidentes.

Entonces escribimos esto:

Es curioso que, en tiempos en los que la bicicleta busca hacerse un hueco en carreteras y ciudades, estemos presenciando casi en directo y tiempo real accidentes o situaciones surrealistas con otros vehículos a motor dentro de las propias carreras ciclistas.

En plazo de diez días, tres incidentes han acontecido, los tres con motocicletas de la organización en lo que es el colmo de la contradicción porque se les supone un papel de auxilio y no de estorbo para quienes compiten.

La primera situación fue en el propio Tour y ocurrió con Jakob Fulsang cuando estaba atento a los movimientos de Romain Bardet en la cima del Glandon. Una moto desbocada serpenteó hasta llevarse al danés en fuga por delante, privándole de al menos disputarle el triunfo a Bardet.

Ya este fin de semana en San Sebastián Greg Van Avermaet fue arrollado por otra moto cuando iba escapado, en cabeza y con opciones reales de ganar. Segundo tiro. El tercero fue en el espectacular Prudential de Londres, cuando a unos cinco de meta una moto se acerca al fugado Sep Vanmarcke y su piloto le toca la chepa sin saber el motivo ni la razón. Surrealista.

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Desde entonces, las motos ha sido un tema recurrente en las carreras, cuando no ha sido por abundancia de ellas, fue a causa de influir en el resultado.

Sin embargo el choque del motorista con Julian Alaphilippe el domingo en Flandes no sabríamos calificarlo de error.

Hemos leído las impresiones del motorista con el que chocó Alaphilippe y duele ponerse en su lugar

Ahora mismo este experimentado profesional, con nombre y apellidos, con una larga trayectoria es un hombre al borde de la depresión por el sentimiento de culpa que le recorre el cuerpo.

Habla que se descolgó para ponerse tras los tres ciclistas, junto a la neutra, pues la ventaja se había ido por encima de los veinte segundos, que tomó ese lado de la ruta por que la televisión iba en el opuesto.

Que esas situaciones se dan cien veces en cada carrera.

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Pero que cuando quiso darse cuenta, tenía a Alaphilippe encima, hablando por el auricular y ahí prendió el desastre.

¿Evitable? Sí, pero nadie está exento de un error así, por increíble que parezca, pasa en las mejores casas y Flandes si algo tiene es una tradición en el oficio de organizador fuera de toda duda.

Leyendo al motorista, viendo las reacciones de los propios directores del Deceuninck, sólo Lefevere cargó algo, pero no como acostumbra cuando se ve en poder de la razón.

El propio Alaphilippe admite darle vueltas a lo sucedido continuamente, qué habría pasado de seguir en carrera, pero nada del motorista.

Desearía que en un tiempo, el que sea necesario, él y Alaphilippe quedaran para hablar de algo que sin duda ha pasado a los libros de historia

Evenepoel se equivoca en esa apreciación, nosotros mientras quedaremos imaginando qué hubiera pasado con los tres en liza.

Imagen: Twitter

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A Julian Alaphilippe sólo puedes quererle

Alaphilippe ha estado en buena parte de los grandes momentos de la mini temporada 2020

Cuando Julian Alaphilippe puso el pie en la Strade Bianche, con el dorsal uno, hace más de dos meses y medio, no podíamos imaginarnos la omnipresencia del francés en la mini campaña 2020.

Y es que no ha habido carrera en la que haya tomado parte de forma anónima.

Ahora ya todo se acabado, el astro francés descansa y se recupera de sus fracturas de la mano tras el fostiazo que se dio en Flandes, escapado con Van der Poel y Van Aert, pero si mira para atrás estas diez últimas semanas el tan odiado como admirado ciclista campeón del mundo ha llenado parte de los mejores momentos de nuestra vida ciclista reciente.

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A Julian Alaphilippe se le dijo de todo hace dos semanas, cuando en Lieja sucumbió a los nervios de estrenar el arcoíris, condicionar el final con una maniobra ilegal y de celebrar el triunfo tan rápido, demasiado como vimos.

Entonces era el villano, el corredor de la cara, de los gestos, que parece querer una moto y cámara para él, que tiene averías y vuelve al grupo, que hace extrañas maniobras, como si le fueran dando tics y tembleques en la ruta.

A los pocos días ganaría a Fleccha Brabanzona a Van der Poel en un mano a mano antológico donde el neerlandés cometió todos los errores que no protagonizaría en el epílogo de Flandes.

Aquí, en la gran carrera de adoquines de la campaña, Julian Alaphilippe dejó atrás la aureola de novato, sacó el látigo y propuso una carrera antológica, sin saber si iba a la gloria o a estrellarse, sin miramientos, no cortapisas, sabiéndose escapado con los dos cocos del momento, pero también bien pertrechado por sus compañeros detrás.

El lujo que propuso el francés se quedó en medio de la ruta, en un tramo de asfalto tras estrellarse con la moto

Me ha llamado la atención que nadie ha hecho sangre del motorista más allá que tendría que haber estado al otro lado, por la parte abierta de la curva, cosa que parecería de lógica, pero que no siempre ocurre.

Me alegro, por que ese jurado debió vivir un momento de «tierra trágame» al punto que le pidió diez veces perdón a los del Deceuninck.

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Fue un bajón, sin duda, el duelo a tres quedó en un pulso cuyo desenlace tenemos bien presente.

Un Alaphilippe con Van Aert y Van der Poel habría sido una orgía de ciclismo a pelo, a golpe limpio, a «maricón» el último, de ahí podrían haber llegado de uno en uno, al sprint o haber sido cazados por los de atrás, por que se hubieran neutralizado.

Ahora son todo conjeturas, ciclismo ficción, pero el premio que nos dio ayer este francés tan odiado como querido no tiene precio.

Se le podrán achacar mil cosas, que es un teatrero, que desquicia rivales, que traza eléctrico en medio del grupo, pero también que corre a pecho descubierto y que entiende que en el riesgo va parte de su sueldo y el espectáculo que se le exige.

Cierra la campaña Alaphilippe con una fractura en la mano que apoya en la caída, una de las fotos del año y una temporada, la siguiente, que amanecerá en arcoíris.

Admitidlo, a este flaco gabacho, sólo puedes quererle.

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Julian Alaphilippe: El truco es que siempre te vean

Alaphilippe Lieja

El final de Lieja es una parte de Julian Alaphilippe, pero no el todo

El desenlace de Lieja parecía el momento esperado por los haters de Julian Alaphilippe para salir en tromba, en España, sin ir más lejos, mientras el Madrid jugaba contra el Levante, mientras la gente elucubra sobre la salud de Donald Trump, Alaphilippe ha sido TT.

Medios generalistas tachando de «ridículo» lo que ha hecho Julian Alaphilippe, gente sacando punta a su soberbia, a sus cambios de trazada… un show.

No creo, como también he leído que esto sea cosa de la maldición de arcoíris, sencillamente, hablaría del peso del arcoíris, y de la dificultad de conciliar el sueño y las miradas cuando te sabes objetivo de todas las opiniones.

Por que hasta entrar en Lieja, Alaphilippe corrió como se le presumía, tuvo antes de La Redoute algún problema, creo que un percance, pero poco más, fue en la entrada en Lieja donde le entraron todos los males.

Una de las explicaciones a lo sucedido la vemos en este serial de tweets…

Sinceramente Alaphilippe estaba obsesionado con Marc Hirschi y si en Niza, hace cinco semanas justas, el francés impuso su velocidad, aquí el suizo ya no es una sorpresa, es un corredor moldeado en tiempo récord en la élite de esto del ciclismo, que ha crecido como el biscocho en el horno, a tal velocidad que no ha pasado desapercibido para nadie, tampoco para Loulou.

Y así el desenlace en Lieja es un despropósito, cambios de trazada, bandazos, uno casi acaba con Roglic en el suelo, un esloveno, Mohoric que llega para alterarlo todo, y un sprint lanzado por las vallas que quiere acabar por el centro en un cambio de trazada que provoca dos cosas: la eliminación de Hirschi por la derecha y la puerta para Roglic por la derecha.

Una tragedia doble aliñada con una celebración prematura, antes de perder la carrera y ser descalificado.

Esto es ciclismo y un monumento, va todo tan al límite que los mejores fallan cuando nada invita a pensar que van a fallar.

Pero de ahí a la red ardiendo contra el francés, no lo entendemos, cometió errores de bulto, casi tira a Roglic primero y el suizo después, pero ha pagado un precio alto, un precio en tres incómodos plazos: celebración precipitada ante la vista de todos, derrota en la línea y descalificación a la quinta plaza.

¿Ridículo de Alaphilippe?

Un poco sí, pero esto es ciclismo, lo que Alaphilippe celebraba hace una semana en Imola, Roglic lo lamentaba en la Planche hace dos, es lo que hay, nadie está exento.

A dos cosas se puede agarrar Alaphilippe, a que si todo va bien disputará otra Lieja en arcoíris y que los saborean el buen ciclismo no podemos menos que apreciarlo.

Todo lo de más ruido…

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-escrito el 28 de septiembre-

La virtud de Alaphilippe es que siempre está cuando se le espera y cuando no

Hace unos días incluimos a Julian Alaphilippe en el ocho del Tour 2020 y lo hicimos diciendo esto:

Julian Alaphilippe ha sabido reinterpretarse en condición de animador de lujoolvidándose de ese sueño que veíamos imposible para él, la general del Tour, y basándose en una presencia casi constante en carrera, presencia que además no es estéril, pues se llevó una etapa y varios días de un amarillo que perdió por desconocer el reglamento.

Hay con Julian Alaphilippe una cierta coña, una trampa, en la que se cae muy a menudo, como en tantas cosas en la vida.

Verle siempre en la escapada con en los Alpes del Tour, realizar el ataque que le arrastra al fondo del grupo, digamos en el Peyresourde, y disputar una plaza de honor lleva a confusión a la gente, por que piensa que el francés sólo quiere estar o figurar, pero nada más lejos de la realidad, quiere eso y  además complementándolo con un sentido táctico y visión de carrera privilegiados en jornadas que las piernas acompañan.

Julian Alaphilippe       Alaphilippe Mundial Imola JoanSeguidor

El Tour 2020 ha sido muy diferente para Julian Alaphilippe, desposeído del amarillo, sin la presión de tener que exprimir el limón para morir, seguramente, en la orilla, se dedicó a hacer lo que mejor sabe hacer: estar.

Corrió siempre por delante, para chanza del narrador y comentarista de Teledeporte, luego nos preguntan por qué no nos gustan, entrando en casi todas las escapadas, cayendo casi siempre, pero con honor, levantando gritos de la gente que se acercaba ¿cuántas veces hemos oído «allez Julian»?, creando imagen, haciendo marca, dándole a su patrocinador imponderables minutos de televisión y yendo a por la victoria cuando realmente estaba convencido que era su etapa, aquella de Niza.

Por que la exposición constante de Julian Alaphilippe no le distrae del objetivo deportivo, al contrario, cuando éste llega, que siempre esté en el tiro de cámara lo hace más grande.

Eso pensamos al verle pasar primero en la meta de Imola.

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Alaphilippe es un corredor que necesita saber que le están viendo para sacar lo mejor, y eso es bueno, acepta, gestiona y convive de forma admirable con la presión, y no es que su repertorio guarde recetas inesperadas.

Puede ganar tipo San Remo o Mundial, atacando cerca de la cima y a sacar quilates a su habilidad para bajar, o atacar de más lejos, como el año pasado en el Tour y meter presión a los de atrás.

Ha ganado contrarrelojes e incluso alguna llegada al sprint.

En Imola se sacó los fantasmas de encima con una pasmosa efectividad, sabía que si Wout Van Aert o Marc Hirschi le tomaban la rueda el cuento cambiaba mucho, pero lo hizo, les miró y se fue… en sus narices.

En un ciclismo homogéneo, casi sin identidad, encontrar algo así es un tesoro, más Alaphilippes y menos «top ten» podríamos decir si no queremos que cada vez que el ciclismo se cuele en nuestra sobremesa nos invada la tentación de la siesta.

Y sí, veremos caras, cucamonas y recuerdos de Voeckler, pero éste es un ciclista que cuando se pone el mono, se olvida de lo superfluo…

Imagen: Cor Vos – Jumbo Visma

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Lieja: Alaphilippe y la delgada línea entre éxito y fracaso

La derrota de Alaphilippe en Lieja demuestra que nadie está exento de un error de juvenil

Que fue la maldición del arcoíris, que se confió, que no tendría ni que subir al podio por casi tirar a Hirschi y descartar a Pogacar, el sprint de Lieja deja a Julian Alaphilippe, al pie de los caballos.

Resulta por eso clara una cosa, que, esperando cómo se desarrolle lo que queda de temporada, hemos visto el mejor ciclismo de 2020.

La escapada de cuatro como Roglic, Hirschi, Pogacar y Alaphilippe era el escenario ideal, surgieron desde Roche-aux-Faucons y el show de los últimos quince kilómetros nos puso sobre la mesa lo mejor que puede ofrecer este deporte.

La clave no sólo eran los cuatro nombres, es que eran cuatro tipos que no saben especular, que cuando rompen tiran y tiran hasta que salga el sol… esta vez no hubo remontada de Van der Poel en la Amstel.

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Y no era sencillo el pronóstico, por que en los cuatro había la punta de velocidad necesaria para dar la vuelta a los pronósticos, más cuando en las piernas iba una maratón de kilómetros que no hace más que poner zozobra al desenlace.

Mohoric se les añadió al final, para poner acento en el momento más dulce del ciclismo en Eslovenia, pero aquello estaba entre los que ya iban en fuga.

Alaphilippe, que hace muchas cosas bien, lo hizo todo mal en Lieja.   

Al no poder irse solo en Roche-aux-Faucons, Hirschi le tenía tomada la matrícula como aquel día en Niza, para el campeón de mundo los planes empezaron a derrumbarse.

Aunque los dos eslovenos habían mostrado problemas para seguir a los otros dos, Alaphilippe hizo una ecuación sencilla: «si gano a Hirschi, está hecho».

Pero era un manojo de nervios, ya en la aproximación casi hace el afilador con Roglic, un tropiezo que luego repetiría con el mismo Hirschi, en la recta de meta, un cambio de trazada que le habría costado el triunfo, de haber ganado…

Hirschi sacó el pie de la cala y en el bandazo sacó a Pogacar del podio.

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«Lo tengo» pensaría el campeón del mundo, espoleado por el ruido del suizo, y celebró un triunfo que no se había producido, por que el cuarto hombre, el ciclista que perdió el Tour a veinticuatro horas de París, ganó Lieja bajo la misma línea de meta.

Alaphilippe recreó en Lieja la historia de Zaberl y Freire en San Remo.

Menuda historia, vaya final, Lieja recupera emociones justo cuando quita la cota final y vuelve al corazón de la ciudad, abajo, cerca del río, donde Alaphilippe quiso emular a Moreno Argentin hace 33 años, pero a diferencia del zorro italiano, el francés vendió la piel del oso antes de darle caza.

Son esos errores que dicen de juvenil, de los que no estás exento ni cuando eres una figura consagrada, Alaphilippe ya lleva dos platas en los monumentos del año presente, el Mundial es un premio enorme, pero la pena que le va a quedar le va a acompañar por el paso de los siglos.

Y sí, nos alegramos mucho por Roglic, por rehacerse cuando más hundido parecía, un tipo que no va a bajar los brazos.

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No hay comparación entre Alaphilippe y Valverde

Alejandro Valverde- JoanSeguidor

Muchos llaman a Alaphilippe «el nuevo Valverde» pero hay matices que marcan diferencia

Vaya por delante que este artículo se escribió antes del desenlace de la Lieja…

Julian Alaphilippe está como Alejandro Valverde hace un par de años, como un niño con bicicleta nueva, todo a juego con el arcoíris que merecidamente ganó en Imola.

Leemos que Alejandro Valverde no estará en la Lieja de este domingo, no sabemos el motivo, dan malo, acumulación de esfuerzos… sí, ya sabemos que no es popular decis, pero los años pesan a todos, Alejandro Valverde no es excepción.

No hemos querido ahondar mucho en su Tour de Francia, a la vista estuvo, anónimo es la palabra.

Con casi veinte años en el máximo, Valverde ha tenido rivales naturales que se ha cruzado con mayor o menor frecuencia.

Podríamos resumirlos en tres, el primero, el príncipe veronés Damiano Cunego, ambos explotaron casi al mismo tiempo, tenía don, pegada al final, aunque Damiano vio su declive empezar cuando todos le augurábamos lo mejor.

Tras la sanción, todos esperábamos un duelo Valverde vs Gilbert, un mano a mano en Árdenas y mundiales, especialmente, se dio rara vez.

El tercero es Julian Alaphilippe.

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Valverde y Alaphilippe llevan tiempo porfiando, les recuerdo en las Flechas y Liejas que ganó el primero, con el francés dando golpes en el manillar, por que el maestro era inabordable.

Pero hubo una Flecha que cambió el signo de los tiempos, la de hace dos años, y desde entonces el alumno va haciendo camino, aunque no siempre cruzándose con el maestro.

Si una cosa tiene el nuevo campeón del mundo es que tarde o temprano se venga de quienes le derrotaron una vez, Sagan y Kwiatkowski en San Remo, Valverde en la citada Flecha, el mismo Van Aert en el Mundial.

Sin embargo flota en em ambiente, cada vez que Alaphilippe gana algo, que alguien recuerde a Valverde, cuando no le han llamado directamente «el nuevo Valverde».

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Sin embargo, las comparaciones, aunque golosas, no siempre son exactas.

A los 28 años que tiene ahora Alaphilippe, Valverde estaba en capilla de ganar la Vuelta a España, firmó una de sus mejores campañas, la de 2008, y tenía un par de Liejas en el zurrón.

Estadísticamente, Alaphilippe lleva números más modestos en cantidad, pero a la par en calidad y es aquí donde radica la principal diferencia para no entrar a comparar ambos corredores.

Son dos ciclistas de época que beben de culturas ciclistas diferentes, no antagónicas

Alejandro Valverde fue un talento precoz que pareció perfecto para atacar todas las clásicas que se le pusieran por delante, más etapas e incluso vueltas por etapas, un tipo Sean Kelly per de Las Lumbreras pero confió su carrera a una casa donde las grandes vueltas es el motor y el Tour, el rey sol.

Sobre esa tabla, Valverde ha tenido ocasiones de renunciar a puestos en la general para la caza de etapas, pero esa nunca fue su guerra, él ganó la Vuelta, pisó el podio del Giro y el Tour y con eso sacó brillo a su carnet en «chez Unzue».

A ello le añadió muchos triunfos que, teniendo su mérito, no son top, dejando de lado carreras en las que nunca se dedicó a fondo, tipo San Remo o Flandes, carreras que en definitiva en Caisse d´ Epargne, hace una década, y Movistar ahora, nunca han levantado pasión.

Julian Alaphilippe bebe de la tradición clasicómana de Patrick Lefevere, una línea que arranca muy de lejos que el francés prosigue con esmero, renunciando a algo que Valverde no habría renunciado nunca, la disputa del mismo Tour de Francia.

Tiene su primer monumento en una antológica San Remo y crece en carreras de un día, etapas en el Tour y alguna jornada de amarillo, ahora a todo eso le añade el mundial.

Es decir, Alaphilippe quiere cantidad, pero sobre todo calidad, nunca dejaría una San Remo por correr y ganar la carrera de su pueblo: ¿Cuántas vueltas a Andalucía y Murcia tiene Valverde?.

Y no, no nos olvidamos de tres Voltas, dos Dauphiné y un País Vasco.

La carrera de Valverde es la suya, singular, única, tremenda, la de Alaphilippe se está haciendo, pero, incluso teniendo alguna similitud, creo que estamos ante dos ciclistas con carnets tan diferentes que la comparación se complica.

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Los profesores de Alaphilippe

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Alaphiippe bebe de grandes ciclistas franceses que hicieron marca con su forma de actuar y gesticular sobre la bicicleta

Cuando Julian Alaphilippe ganó el domingo el mundial en Imola, recibimos y leímos varios comentarios que ya nos podíamos preparar, que el año que empezaba con él de arcoíris iba a ser de gestitos, caritas, guiños y demás cucamonas.

Nosotros ya dimos nuestra opinión al respecto, y es que el francés puede dar fotos y quererse en la cámara, pero eso no le quita un ápice de atractivo a su profesionalidad y determinación cuando la victoria se huele.

Y es que como en tantas otras cosas, nos quedamos en la superficie para valorar a la persona y el profesional… 

 

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Sea como fuere Alaphilippe tiene dos buenos profesores en la misma Francia, en el ciclismo más reciente además, y los tenemos bien presentes.

Uno incluso conducía el coche francés, era Thomas Voeckler y lo suyo creó escuela.

Leí que Alaphilippe creció idolatrando a Richard Virenque, pero Voeckler llevó las «carotas» a otro nivel, su lengua fuera, su forma de pedalear, su mala hostia aquella jornada camino del Galibier, cuando veía que el amarillo se le iba de las manos…

Sin embargo, Thomas Voeckler firmó jornadas excelsas de ciclismo, un corredor que buscaba a la cámara pero no perdía de vista la victoria, la deseaba con todas sus fuerzas, lo dejaba todo en el empeño, no respetaba a nadie.

Al punto que un día, derrotado en la París-Tours, no se quedó a recoger el segundo premio, un gesto que no habla de la grandeza que siempre exhibió en la ruta, dando un plus y llegando como nadie al corazón del aficionado francés, ese que ahora mismo grita «Allez Julian».

El otro es, ya lo hemos dicho, Richard Virenque, un ciclista teatrero y teatral, sin duda, pero con un palmarés de ida y vuelta que pocos pueden firmar: fue la gran esperanza para ganar el Tour antes del caso Festina y siendo un proscrito firmó gestas tremendas como la del Ventoux, con Armstrong destrozando rivales por detrás, o la Paris-Tours del año anterior, que ganó tras una escapada que empezó en el kilómetro 12 y acabó en el mismo 254, en la preciosa avenida de Grammont con Oscar Freire pisándole los talones.

Ese fue Richard Virenque, y algunos dicen que gran inspirador de Alaphilippe

Por cierto, que en esa edición de Tours, Virenque se escapó de muy lejos con Jacky Durand, otro de esos corredores que supo tocar el corazoncito  de una afición que no ve a uno de los suyos ganar el Tour hace 35 años.

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La sobreactuación es también parte del ciclismo y el ciclista

En España, tuvimos una buena dosis de caras con Samuel Sánchez, especialista en abrir la boca, tomar aire a bocados y poner ojos golosos a la cámara.

Dominar el tiro de cámara no fue el objetivo de otros que recordamos por sus poses y caras, pero Paco Mancebo siempre fue expresivo, fuera en la circunstancia que fuera, el abulense era la viva imagen del esfuerzo en una enconada rivalidad con Fabio Aru.

Pero más allá de las apariencias, lo que queda es el corredor, la esencia, la de Alaphilippe ya la hemos explicado, y bebe de una estirpe de ciclistas patrios que sin ser grandes estrellas lo fueron por unos días en su país, que no es poca, cosa, es la casa del Tour, y eso, hay que reconocérselo, los hace referencia.

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Mundial: Alaphilippe aprueba la teoría y la práctica

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El mundial que gana Alaphilippe es un manual de hacer buena la teoría en la práctica

Cuando Julian Alaphiippe atacó en la subida final, cerca de coronar, la cosa empezó a estar nítida para el mundial… 

Claro que dicho ahora puede sonar ventajista, pero si una virtud tiene este francés afilado es que cuando se mueve a esas alturas de carrera no es para figurar, no supone un acto teatral, como otras tantas veces, que le ponen en escena y entra en el corazón de la gente.

En estas carreras, Alaphlippe no corre de cara a la galería, más que nada por que no sirven, es una eliminatoria a partido único, sin partido de vuelta, ni forma de enmendar el error.

Y ahí Julian Alaphilippe era el amo del mundial.

Dejó hacer, que otros quemaran naves y cartuchos, que los belgas tiraran a por Pogacar, que España controlara someramente, que Italia asomara, tan solo eso.

Su Francia había tirado vueltas atrás, Gulllaume Martin busco tensar la cuerda, lo demás corría de su parte.

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Un final mucho más duro que San Remo, pero planteado como San Remo

Alaphilippe vio a Hirschi vacía el bidón y atacar, luego a Kwiakowski hacer lo mismo.

Hubo un momento que tres ganadores de San Remo tomaron el mando, el polaco, Van Aert y Alaphilippe, pero a diferencia de la primavera, ahora había en juego el arcoíris del mundial.

Cuando Julian Alaphilippe atacó no había marcha atrás, se adivinaba la cima, Van Aert agachó la cabeza, Kwatko miró para otro lado, como cuando éste ataco hace seis años en Ponferrada y Dani Moreno se hizo el sueco.

Se hizo brecha, se conformó un grupo de perseguidores lleno de estrellas (Hirschi, Kwiatkowski, Van Aert, Roglic y Fuglsang) y ahí acabó la película, por que donde Alaphilippe iba a ponerlo todo, siempre tendría alguien por detrás que pasaría con un punto de reserva.

El francés se sabía a la perfección la teoría y la práctica.

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Y se ha colgado una medalla de oro como un sol, como el rey sol que desde hoy ya es, para protagonizar «la une de L´Équipe», ese diario que se dice de deportes por que habla de todos los deportes.

Una victoria total, excelente, sin saber si ésta es su mejor versión, pero que le ha bastado para asegurarse el arcoíris en «chez Lefevere» como Bettini, como Kwiatkowski, como Museeuw y como Boonen, ojo de quienes bebe Julian.

Se queda con la plata, otra plata, Wout Van Aert, el corredor que hubiera necesitado unos kilómetros más en la crono para igualarse a Ganna y el golpe de pedal del Poggio para seguir a Alaphilippe como aquella tarde.

Ni una cosa ni otra se han dado, y el gran favorito a todo en Imola se lleva dos platas.

Qué grandes los italianos, qué grande Imola, una mundial improvisado en mes y pico, como si estuviera montado desde hace años, con esencia de mundial, estampas de mundial- esta vez a una semana del Giro- y esas imágenes que algunos necesitan meses para tener estudiadas y que en Imola venían de serie.

Es lo que tiene querer hacer las cosas y saber hacerlas, unos maestros de cuya mano parecieron surgir la pericia y genio de Alaphilippe para domar su primer mundial.

Imagen: FB Imola 2020

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