El calor que mató la Vuelta

En 1941 la Vuelta a España se volvió a celebrar por primera vez desde la interrupción inevitable de la Guerra Civil. Con el viejo continente atónito al ver que las fichas caían a favor de Hitler y la Alemania de la esvástica, España recuperó su Vuelta con victoria del que llamaban negro de los ojos azules, Julián Berrendero, un ciclista cuya dureza rivalizó con las rocas que partía cada vez que se daba un costalazo.

#DiaD 19 de julio de 1942

La segunda Vuelta tras el conflicto que desangró el país y enfrentó a hermanos transcurre abrasada. Tras dos días de competición los organizadores miran con espanto que sólo les queda treinta ciclistas en liza. Berrendero gana la primera etapa, el velocista Delio, de los Rodríguez de Pontevedra, la segunda.

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En Murcia el calor es tal que los abandonos se anuncian en cascada. La gran vedette del momento, Vicentre Trueba pone pie a tierra y la resentidísima participacion internacional se escurre entre los ofensivos rayos de sol. Los ciclistas franceses, que ven en España un lugar más plácido que su país bajo el yugo nazi, caen uno a uno. Dante Gianello colisiona con un espectador y se va. Le siguen vacíos por el calor René Vietto y Louis Thiétard. Los que quedan en carrera prueban las penurias de la carrera y del país, desprovisto del alimento básico e infraestructura mínima.

La situacion mejora cuando se toma camino de Huesca y posteriormente a Asturias y Galicia. La carrera se decide entre dos nombres: las etapas de Delio Rodríguez y la victoria de Berrendero quien en dos años igualó el primer récord de victorias de Deloor.

Los Tours que crearon Berrendero, Cañardo y Trueba

Mucho se ha escrito en torno a las gestas llevadas a cabo por los ciclistas españoles en el campo internacional. En un día ya lejano se nos abrieron las puertas de la esperanza. Nos remontamos a aquellos años en los cuales unos pocos, a golpes de pedal, nos brindaron un cierto optimismo ante los años flacos de otros tiempos.

Trueba y Berrendero, cuesta arriba, eran los amos

De entre los ciclistas españoles más nombrados y populares en aquellos tiempos del pasado, concretamente en el año 1933, era Vicente Trueba, al que llamaban “La pulga de Torrelavega”, porque según Desgrange, el impulsor y fundador del Tour, parecía “correr a saltos”. Le cupo el alto honor de adjudicarse el Gran Premio de la Montaña, instaurado oficialmente por vez primera. Lástima que los minutos de ventaja que adquiría el pequeño español subiendo, liviano como una pluma, los perdía bajando los grandes puertos. Afrontaba la situación con verdadero pánico. En aquel año, sin embargo, le cupo el honor de ser sexto en la clasificación absoluta del Tour. Fue una verdadera lástima, porque cualidades  tenía. Le faltaba ser más desenvuelto en los llanos y más arrojado en los citados descensos. Pesaba 50 kilos y su altura era mínima, un metro con 54.

En 1936, Julián Berrendero, aquel madrileño de cepa al que llamaban por el color de su piel “el negro de los ojos azules”, conquistó también  el Gran Premio de la Montaña del Tour ante el asombro de los franceses, que veían como en España albergaba a escaladores de postín. Luego, viendo el historial del Tour, que es la prueba que más pesa en el campo de la bicicleta, se reflejó esta tradición, esta fama, que otorgaba a los corredores españoles una supremacía sin igual cuando la carretera se empinaba hacia las cumbres. Nuestra fama en el mundo internacional nos vino con preponderancia gracias a las montañas, en donde nos desenvolvíamos con facilidad.

Cañardo y los años amargos que siguieron

Merece una mención especial también Mariano Cañardo, corredor completo, que concurrió en seis ocasiones en la prueba  francesa.  Lo más destacado fue alcanzar un sexto lugar en la clasificación  general, en el año 1936, y ser noveno, con anterioridad, en 1934.

Tras el paréntesis obligado impuesto por la Segunda Guerra Mundial, el ciclismo español, internacionalmente hablando, no lograba situarse del todo en un plano superior. En el Tour del año 1949 concurrieron seis representantes de nuestro país: Julián Berrendero, Bernardo Capó, Dalmacio Langarica, Emilio Rodríguez, José Serra y Bernardo Ruiz. Todos ellos, aunque pusieron voluntad, abandonaron casi en bloque. En la temporada siguiente la Federación Española decidió de manera tajante no participar con un cuadro representativo de ciclistas.

Sin embargo, en el año 1951, el citado organismo oficial tomó la determinación de presentar un equipo hispano compuesto por siete unidades, con el deseo de resarcirse de las ingratitudes sufridas con anterioridad. Cabe consignar que en aquella edición del Tour los acontecimientos vividos fueron de más un abierto optimismo. Algo así como si se nos abrieran las puertas y creciera nuestro prestigio con un halo inesperado y optimista, algo que bien necesitábamos.

Por  Gerardo  Fuster

Filias y fobias históricas del ciclismo español (I)

Finalizadas las clásicas, a puertas de la primera grande del año, el Giro de Italia, y con Romandía rodando, quería recuperar en dos entregas este artículo de los logros del ciclismo español y aquellos foros que se le resisten, como es el caso de las dos grandes clásicas adoquinadas. En este primer capítulo repasamos vueltas por etapas y campeonatos del mundo.

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Década de los 50. Años en los que la España de la época dura de la dictadura generaba su debate favorito entorno a dos de los grandes ciclistas de nuestra historia. Unos apostaban por Bahamontes, los otros querían a Loroño. Entre el toledano y vizcaíno, ese país recuperándose de las heridas de una tremenda guerra encontraba distracción ante males mayores e imponderables. En esa España, como en la de ahora, aunque no en la misma medida, interesaban principalmente las grandes vueltas. En el ocaso del citado decenio, el águila toledana ganó el primer Tour de Francia. Hablamos de la edición de 1959. Ese año el ciclismo español se graduaba entre las grandes potencias. Y lo hacía en el único foro donde las podía igualar, en el terreno de las tres semanas y 21 etapas.

Antes de la victoria de Bahamontes en Francia, ya se contaban algunos podios en la más grande de las carreras, e incluso se había probado el sabor de los laureles en la Vuelta a España, como buenos anfitriones. Sin embargo, en esos tiempos, un aislado halo de modernidad recorrió nuestro pelotón cuando en un par de ocasiones, Miquel Poblet hacía historia ganando la Milán- San Remo de los años 57 y 59. La causa del catalán respondía a cánones excepcionales para el ciclista español de la época. Enrolado en un equipo italiano, el sprinter de Montcada surcó de cierta originalidad la evolución del ciclismo español. A sus éxitos en San Remo, unía otros hitos, como ganar numerosas etapas en el Giro o pisar el podio de Roubaix. Antes de él nadie lo había hecho y pasarían muchos años para ver algo igual.

Pequeñas y grandes vueltas, territorio amigo

El ciclismo nacional no tardó en probar los laureles en la grande de casa. En la Vuelta, con tres de sus ediciones consumidas, llegó el primer éxito de los anfitriones por medio de Julián Berrendero en 1941. Luego vendrían los éxitos de los hermanos Rodríguez, Delio y Emilio, Langarica, Ruiz,…. En el Tour de Francia, Bahamontes ganó al medio siglo de historia. No ha ocurrido lo mismo en el Giro de Italia. A pesar de los memorables momentos ofrecidos por personajes casados con el espectáculo, como el caso de José Manuel Fuente, se tardó la friolera de 83 años en ganarlo. En la olímpica edición de 1992 Miguel Indurain puso cerco a tal maleficio. Un año después repetiría.

Realizando un repaso a las principales carreras por etapas, salvado el capítulo de grandes vueltas, una vez más Miguel Indurain marca puntos de inflexión. En la París- Niza de 1989, mismo año en el que ganó el Criterium Internacional, el navarro sería el primer español en hacerse con el triunfo toda vez se habían quemado unas 60 ediciones. No ocurrió lo mismo en la Tirreno que hasta 1991 no se la llevó para España Hermino Díaz Zabala, aunque con sólo 25 ediciones desde su inicio. En la tradicional previa del Giro, el Tour de Romandía, a pesar de un podio de Bahamontes, allá por el 63, la primera victoria española la lograría Francisco Galdós en 1975. Un par de años antes, José Manuel Fuente zanjó la sequía en la Vuelta a Suiza, mientras que en su gemela alpina, la Dauphiné, Valetín Uriona halló fortuna en 1964, a los 17 años de su creación.

Esta revista repaso incluye carreras modernas por mucho que ofrezcan no ofrecen la perspectiva histórica de otras. A las tres ediciones el Eneco Tour ya estuvo en manos de un cántabro, Iván Gutiérrez. El Tour Dowm Under vio el éxito de Mikel Astarloza en 2003 con cinco ediciones a sus espaldas. En la Vuelta a Alemania, una de las carreras más antiguas del calendario internacional, a pesar de ser pocos quienes lo saben, tuvo a David Plaza como ganador en 2000, es decir casi 90 años después de su inicio. No se contemplan ni éxitos ni podios españoles en la Vuelta a Polonia, ni en carreras de la representatividad de los Cuatro Días de Dunkerque y Tres Días de La Panne, pruebas que vistas sus afinidades con las clásicas adoquinadas, han sido tradicionalmente ajenas a los calendarios de los nuestros.

 

Extracto de un artículo publicado en Ciclismo en Ruta