#Moment2020 Los episodios de La Covatilla

En La Covatilla, el ciclismo se siente cómodo y parte de la historia

Qué sitio La Covatilla, un puerto no muy frecuentado que siempre ha dado que hablar.

Recordamos aquella Vuelta de 2002, el pulso cerrado entre Roberto Heras y Aitor González, recién llegados del desenlace del Angliru, cuando Oscar Sevilla comprendió que nadie iba a esperarle… ese día ganó Santi Blanco, pero la imagen estuvo en el pelotón, cuando los de la «banda de la Covatilla», Martín Perdiguero, Santos González y Rubén Lobato no dudaron en poner sus armas a favor de Aitor González frente a Heras.

Una acción que pasó a la historia y que tiene su propia leyenda hasta en la Wikipedia, con final poco feliz.

En La Covatilla supimos por primera vez de Chris Froome, en vísperas de postularse por la Vuelta 2011, que acabaría ganando tantos años después.

Aquel día se impondría Daniel Martin, un sacrificado irlandés de pequeño pero exquisito palmarés que en esta última Vuelta también estuvo delante en la cima del sur de Salamanca.

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Pero volvamos a esa tarde de noviembre, con la niebla trepando, el ocre mechando las lomas y la sierra luciendo preciosa: un hecho aconteció en La Covatilla que puso colofón al año ciclista más raro jamás disfrutado.

El mal momento de Primoz Roglic en el tramo final de la subida, a 24 horas de Madrid, sin posibilidad de enmienda, hizo saltar las alarmas.

Richard Carapaz, muy desasistido por su equipo durante toda la carrera, atacó donde pudo, aunque se le hiciera corto el trecho hasta meta.

Roglic no salió y se escondió en la panza del grupo, tuvo una rueda amiga en un compañero pero una mano salvadora en los dos Movistar que tiraban para un improbable cuarto puesto.

La imagen fue la que fue, la gente vio cómo en los momentos de descontrol más agudos, los azules siempre eligen la opción más difícil.

Sin posibilidad alguna que Enric Mas abordara la plaza de Daniel Martin, Marc Soler amortiguó el mal momento de Roglic, quien posiblemente hubiera ganado igual, quizá Carapaz debió atacar antes -eso es fácil escribirlo ahora-, aunque nos quedamos con las ganas de ver un duelo a pelo, uno a uno, sin interferencias.

La Covatilla siempre da que hablar y entra en la historia, por la puerta grande, con los mejores nomvres… y en 2020 se erigió como el último recuerdo ciclista del año más extraño de nuestras vidas.

Imagen: FB La Vuelta

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La Covatilla, la cima «blanca» de la Vuelta

La Covatilla - Santi Blanco JoanSeguidor

En La Covatilla se juega la suerte final de la Vuelta y la temporada 2020 

Recordando La Covatilla no podemos evitar que nos venga a la memoria la imagen del salmantino Santi Blanco, porteño de Puerto de Béjar (a 8 kilómetros de Béjar), escalando con dificultad las terribles rampas de esta gran cima bejarana.

Os invitamos este segundo domingo de noviembre, a desplazaros hasta la Sierra de Béjar en Salamanca, para que probéis de primera mano, y en vuestras piernas, la dureza que no se esconde en este alto de La Covatilla camino de su estación de esquí.

Una ascensión terrorífica con varios kilómetros enteros por encima del 10% y rampas máximas de hasta el 17% de desnivel.

Un muro que se dio a conocer al mundo del ciclismo un 26 de septiembre de 2002, con la disputa de la 17ª etapa de la Vuelta.

Otra jornada para el recuerdo.

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En ella se ponía al descubierto otro puerto inédito de categoría especial con una carta de presentación tremenda con sus duros desniveles pero que se mostraba ante la afición como un puerto puro, con una calzada nueva con un firme en un estado perfecto para que se deslizaran cuesta arriba las finas ruedas de los ciclistas.

No en vano, la estación de esquí se había inaugurado un año antes, no sin polémicas medioambientales con los ecologistas que se oponían, abriendo un espectáculo grandioso con unas vistas impresionantes desde la estación de sierras y pueblos como la de Gredos o la propia ciudad de Béjar.

A los pies de La Covatilla, Lale Cubino

Desde esta localidad que vio nacer otro gran ciclista como nuestro protagonista –Lale Cubino– y que hace que nos preguntemos qué tendrá esta tierra para dar tan enormes escaladores como el propio Cubino, Santi Blanco y, cómo no, Roberto Heras, porque aquella jornada de septiembre en la Vuelta a España ganó el porteño, agónicamente pero ganó, pero sobre todo venció Béjar, situada a 950 metros de altitud (quizás de este dato podamos extraer una buena explicación de por qué es cuna de grandes corredores), porque en aquella etapa además quedó en segunda posición Roberto Heras, en la edición que perdió el maillot oro en la última contrarreloj a manos de Aitor González, que ganó en el inédito final del Estadio Santiago Bernabeu.

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Aquel día los salmantinos hicieron bueno el dicho y fueron profetas en su tierra con la descomunal cabalgada de un motivado Santi Blanco, dejando el pelotón a más de 6 minutos a 10 kilómetros para meta, tiempo que tuvo que administrar con mucho sacrificio, pasándolo bastante mal ante el empuje de Roberto Heras que aceleró brutalmente dejando de rueda a Aitor González que aguantó todo lo que pudo, bastante más de lo imaginado, y que fue su gran rival para ganar aquel año.

Y es que sólo 40 segundos, de la renta que llevaba, le separaron de su vecino bejarano, en una ascensión que todos sufrimos viendo como Santi iba perdiendo los minutos de ventaja como un collar de perlas roto, retorciéndose en una primera rampa superior al 10%, pedaleando con mucha dificultad el resto de la ascensión mientras Roberto daba un recital por detrás.

 

Hasta que no entró en el último kilómetro, con un minuto de adelanto, no supo que iba a ganar aquella etapa a casi dos mil metros de altitud, superando la rampa final al 14% y tocando el cielo alzando sus brazos al viento, igual que lo haréis vosotros cuando superéis el tremendo muro bejarano.

Béjar al poder.

Por Jordi Escrihuela

Imagen tomada de El Norte de Castilla 

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¿Qué día supimos de Chris Froome?

Chris Froome

Aún recordamos la jornada de La Covatilla que puso a Chris Froome en el mapa

Permtidnos irnos siete años atrás, entonces estábamos en la antesala del primer monumento, Milán-San Remo.

Mientras Brad Wiggins corría en el anonimato alimentando su esperanzada de ganar el Giro y hacer una digna defensa del Tour, el otro gran puntal del Team Sky había despertado rápido esa temporada.

Con la general, más etapa del Tour de Omán, y una segunda plaza, y otra etapa de la Tirreno-Adriático, Christopher Froome sí que era un producto cien por cien Team Sky.

Los compañeros suyos que ganar y dotan de prestigio al equipo venían de otros lares donde ya dieron la nota por su rendimiento, en el caso de Froome empezó, creció y llegó a lo que es dentro del mismo equipo.

Lo que son las cosas, aquella Vuelta de 2011 le supuso una especie de ultimátum para el ciclista de origen keniano.

Llegó a esa carrera en un mar de dudas y la certeza de que podría ser su última carrera con los ingleses y salió de la misma como rutilante estrella y potencial ganador de cosas grandes.

Gran Fondo World Tour: un circuito de ciclismo que nos espera x medio mundo

Supimos de Froome, al menos el gran público, ese día de La Covatilla, donde su líder de equipo, siempre Wiggo, realizó el primer test de fuerza que evidenció madera de vueltómano en ese pistard. Froome apareció raudo al día siguiente en la crono de Salamanca y entonces se solapó a la vanguardia de la carrera.

Las estrecheces tácticas de su equipo le condenaron a la segunda plaza.

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Si en el equipo rival, Matxin tuvo la certeza de que Cobo era su hombre frente a nombres más consagrados, el Sky dudó y para cuando quiso apoyar a Froome, una vez superado el Angliru, era demasiado tarde.

Ocho años después le darían aquella Vuelta. 

La campaña 2012 fue para Froome muy diferente a la 2013.

Ausente durante el primer tercio, sólo asomó el morro en el Dauphiné, antesala del Tour.

Luego en éste corrió frenado por Wiggns.

En esta ocasión los galones pesaron y los momentos de incertidumbre que no les propinaron los Sky, llegaron desde dentro.

Aquel Chris Froome nos recordaba mucho a aquel talento desbocado y furibundo llamado Alex Zulle.

Sus requiebros y torcido gesto en el umbral del esfuerzo marcaban el carisma de un corredor que en los descensos ofrecía dudas.

De aquel Froome al actual han pasado muchas cosas, siete grandes, siete años, visto ahora es un regalo de corredor.

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