Bradley Wiggins nunca nos deja indiferentes

Wiggins JoanSeguidor

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Las palabras de Wiggins sobre Armstrong demuestran que todos miran por lo suyo antes que por el ciclismo

El otro día Bradley Wiggins, en intensa promoción de su libro, habló de Lance Armstrong como no lo hubiera hecho esos días que era vigente ganador del Tour.

Ya sabemos que hablar o no de Lance Armstrong da rédito y te pone en titulares.

Entiendo que a Wiggins le mueve eso, porque de otra manera, rara vez tal cambio de opinión en tan poco tiempo.

Bradley Wiggins sufrió el legado de Lance Armstrong

Las palabras amables de Wiggins hacia el americano, que le han valido reprimenda del presidente de la UCI, no se pueden entender si no es en el contexto de una promoción.

El inglés tuvo que sortear, y sigue embrollado en cierto modo, miles de insinuaciones sobre su triunfo en el Tour.

Y muchas de ellas venían en medio de la tormenta de Lance Armsntrong, en los días previos de su confesión con Oprah.

DT-Swiss 2019

A Wiggins se le cuestionó todo, desde su frágil físico, a su condición de pistard…

Y con esa cruz siempre ha cargado.

Él que habló y habló de ciclismo limpio, campeón olímpico en Londres, en los juegos de la renovación…

Entonces dijo que hoy admite tenía que decir: que el americano fue un fraude, una pesadilla para este deporte, un cáncer…

Pero hoy vira y cambia el criterio.

Y al mismo tiempo no escatima púas contra su Team Sky, que tendrá mil defectos, pero que fue el equipo que le puso en la cima del mundo.

Así envía Nacex tu bicicleta 

El ciclismo inglés, tan idílico en apariencia, tiene también lo suyo, como todo hijo de vecino.

Bradley Wiggins ha sido posiblemente el corredor mas singular que hayamos visto nunca, pero esto no es de recibo.

Al final, lo de siempre, cada uno mira por lo suyo y casi nadie por el ciclismo.

Bradley Wiggins justifica a Lance Armstrong

Bradley Wiggins JoanSeguidor

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Para Wiggins, Armstrong es icónico, no un icono

La vida caprichosa, azarosa, cada día en un sitio, en un lado del burladero, si nos permitís un símil taurino.

Bradley Wiggins, por ejemplo. 

Hace unos años despotricaba contra Lance Armstrong.

Sobre todo cuando la confesión con Oprah.

En parte porque a él le tocó lidiar con parte del pesado legado que el americano le dejo a su deporte.

Dice, ahora, que opinaba influenciado por la «máquina de lavar» cerebros que es el Team Sky.

Recién ganado el Tour de Francia no era de recibo hablar bien de Lance Armstrong.

Era mancillar el triunfo nada más logrado.

DT-Swiss 2019

Wiggins sin embargo, en ese laberinto por el que parece vagar eternamente, ahora ve el lado humano de Lance Armstrong.

Si entramos en el imaginario ciclista, si buscáramos un tío en las antípodas de Wiggins, pensaríamos en el americano.

Pero no, para Wiggins, Lance Armstrong «te guste o no, es icónico, lo que no significa que sea un icono«.

A veces hay un poco de lo de siempre, prensa que acosa, prensa que escribe lo que la gente leer u oír, et voilà, derrumbe de la figura de Lance Armstrong.

Es curioso leer a Wiggins defender a Lance Amstrong. 

Recurriendo a la intimidad de sus recuerdos: admitiendo incluso que él cuando el americano se coronó campeón del mundo en Oslo, él quería ser lance Armstrong.

Entonces Wiggins tenia 12 años y muchos después estuvo a punto de sacar a Armstrong del podio del Tour, aquel de 2009.

El gravel es para macharse 

La vida y las vueltas que da, Wiggins, acosado por ese pasado que todos parecen tener en el ciclismo se ve defendiendo lo indefendible.

Al final, es lo de siempre: «Nunca digas nunca…»

Imagen tomada de Wikipedia

Lance Armstrong: ¿Por qué no te callas?

Lance Armstrong ciclismo JoanSeguidor

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Cada vez que Lance Armstrong habla, sube el pan

Cuando Lance Armstrong por fin aceptó su pasado de tramposo dopado hasta los tuétanos, eligió hacerlo escenificando una supuesta confesión en uno de los shows televisivos más vistos de los Estados Unidos.

Habría podido ir a un tribunal y asumir sus culpas, pero no fue así.

En lugar de eso prefirió las pantallas, los micrófonos, el escándalo.

Aquello suponía algo más que una confesión: era la amenaza velada con el tono típico de los criminales que están dispuestos a hundirse llevándose al resto por delante.

Igual que en las carreras creyó que la mejor defensa, o por lo menos la más contundente, es el ataque.

En toda la confesión de Armstrong podía leerse aquella amenaza: “sí, soy un tramposo, pero puedo contar todo lo que sé y les juro que se arrepentirán de haberme hecho hablar”.

Nunca vimos –y creo que no veremos– al americano arrepentido, más bien se ha mostrado soberbio, orgulloso, igual de patán que en sus días de amarillo indestronable.

Lance Armstrong, el divulgador de sospechas

Después Lance sospechó de las primeras dos victorias de Froome en el Tour de Francia diciendo que iban “demasiado fuertes”.

Luego se burló de Fabián Cancellara cuando obtuvo su medalla de despedida en las olimpiadas de Brasil, recordando que posiblemente aquel era el mismo “Luigi” de la Operación Puerto.

Ahora dijo que David Millar no es el hombre indicado para liderar una asociación de ciclistas profesionales.

Y así cada tanto Armstrong vuelve a soltar la lengua, entonces las opiniones se dividen.

Que se calle el tramposo, el símbolo de la máxima perversión que alcanzó este deporte, que se largue a su triste destino de ostracismo y malo de oficio.

Eso quieren algunos.

Que hable –dicen otros– que explique, que cuente a partir de su experiencia, que opine porque nadie como él para jactarse de conocimiento de causa en estos asuntos.

DT Swiss ha encontrado el buje ganador

Triste destino ese, el de quedar reducido a un pobre alborotador, un vendedor de escándalos de medio pelo, un petimetre que ha hecho de sí mismo el malo de la película, empeñado en sostener a toda costa su personaje.

 

Mundiales de leyenda: El mundial que debió ganar Miguel Indurain

Mundial 1993 Miguel Indurain JoanSeguidor

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En el Mundial de Oslo, Miguel Indurain era el más fuerte con diferencia pero se cruzó Lance Armstrong

Lance Armstrong en 1993 debería pesar sus buenos 80 kg, unos ocho o diez más de los que tenía, en plena forma, cuando dominó de forma tiránica durante siete años consecutivos -de manera fraudulenta- en el Tour de Francia de las ediciones entre 1999 y 2005.

Muchos jóvenes que lo descubrieron por aquel entonces, siendo el rey de la gran ronda gala, quizás hoy, si visionaran el video de aquella épica carrera, puede que no reconocieran a aquel descarado joven norteamericano que, en la penúltima vuelta de aquel mundial, atacara con decisión para convertirse en Campeón del Mundo con tan sólo 21 años.

Porque Lance, como ya le avisó Merckx, tenía que bajar de peso si algún día quería competir ascendiendo montañas en carreras de tres semanas, ya que en aquella época, más que un ciclista, parecía un defensa de fútbol americano de anchas espaldas y mucha masa muscular.

Pero el circuito mundialista de aquel 29 de agosto en Oslo le venía como anillo al dedo.

Él lo sabía.

Era un semidesconocido aquel día en la capital noruega, pero estaba convencido que si corría con cabeza (algo poco habitual en él, más acostumbrado a dar rienda suelta a su fogosidad atacando sin mesura en todas las carreras que participaba y en las que acababa desfondado) tendría opciones de ganar.

Era un impaciente, pero en aquel Campeonato del Mundo se mentalizó que debería esperar su oportunidad.

Allí tenía que enfrentarse a los mejores ciclistas del momento, entre ellos a Miguel Induráin, el gran favorito, aunque el circuito noruego no era lo suficientemente duro para el campeón navarro.

Además las estadísticas tampoco le eran favorables, ya que indicaban que ningún corredor con 21 años había alcanzado nunca el maillot Arco Iris.

Así se vino para Noruega, concentrado sólo en la victoria, y acompañado por su madre, que en todo momento cuidó de él hasta en el más mínimo detalle.

La lluvia en el Mundial de Oslo

Aquella jornada en Oslo amaneció lloviendo.

Lo hizo torrencialmente durante todo el día. Los ciclistas lo pasaron muy mal durante las siete horas de carrera, pero hubo alguien que quizás aún lo pasó peor: Linda Monneyham, la madre de Armstrong, que estuvo sentada en la grada sin moverse, contemplando empapada el paso de los corredores y viendo cómo muchos iban cayendo en aquel circuito de 18,5 km.

La calzada se había convertido en lo más parecido a una pista de hielo de patinaje.

Un circuito muy malo y peligroso.

Recuerdo incluso como el propio Perico, que corrió pero no acabó, criticaba con dureza a la organización.

Los ciclistas seguían desplomándose como moscas y salían despedidos hacia todas partes.

El propio Armstrong cayó dos veces, aunque pudo montarse de nuevo en su bicicleta y seguir compitiendo. Continuaba esperando su momento.

 

Faltando 14 vueltas estaba en el grupo de cabeza que comandaba Induráin junto a Museeuw, Fondriest, Riis o Tchmil.

Aunque para él la presencia del tricampeón del Tour era su mayor amenaza.

Allí, en el fondo de aquel grupo, supo permanecer escondido hasta aquella penúltima vuelta en la que decidió pasar al ataque.

Ahora o nunca, pensó.

Llegó con una ligera ventaja al ascenso del Ekeberg, la mayor dificultad de aquel recorrido.

Pero aún seguía sintiendo el aliento en su cogote de sus perseguidores.

Andaban muy cerca.

En ese momento volvió a pensar en lo de siempre, que quizás otra vez, otra maldita vez, había vuelto a atacar demasiado pronto, cometiendo el mismo error de nuevo.

Sin embargo en ese instante en el que estuvieron a punto de darle caza, se levantó sobre su sillín, apretó los dientes, demarró con fuerza, y aumentó ligeramente su ventaja.

En el descenso del Ekeberg le sobrevino el pánico.

Eran 4 kilómetros de carretera deslizante.

Podría caer de un momento a otro.

Era lo más fácil.

Al final pudo sortear aquellas curvas manteniéndose muy firme y con mucha fuerza.

Al llegar abajo se giró: ¡no venía nadie! No se lo podía creer. Iba a ganar. Nadie había saltado a por él. Puede que la vigilancia extrema a la que se sometieron por detrás hizo que lograra ese pequeño margen de tiempo.

 

Fue suficiente, porque quedaban tan sólo 700 metros para finalizar aquel infierno, y pudo celebrarlo, cerrando los puños, tirando besos y saludando a los aficionados.

Cruzaba la meta y lograba levantar los brazos en solitario.

La primera en ir a su encuentro fue su madre.

Y allí se quedaron los dos, abrazados bajo la lluvia y calados hasta los huesos, echándose ambos a llorar.

No había mucho tiempo para más. El rey Harald de Noruega le esperaba. Quería conocerlo.

El sprint de plata de Miguel Indurain

Por detrás, a tan sólo 19 segundos del texano, Induráin, gran sorpresa para todos, conseguía batir al sprint a auténticos especialistas como Olaf Ludwig y Johan Museuuw: plata, bronce y chocolate, respectivamente.

Por muy poco se había quedado de conseguir ganar la Triple Corona: Giro, Tour y Mundial en un mismo año.

No pudo ser.

Luego supimos que, a pesar de aquella medalla de plata lograda con todo merecimiento, Induráin estuvo a punto de abandonar a mitad de carrera.

Él mismo confesó no encontrarse bien ante aquellos adversos elementos como el frío y la lluvia, pero pudo rehacerse y acabar de la mejor manera posible.

Soy globero, ¿y qué? porque mis salidas eran a cuchillo con las pulsaciones desbocadas, llevando las fuerzas al límite.

El maillot Arco Iris se le volvía a resistir, como el año anterior en Benidorm (6º) o el bronce de Stuttgart del 91.

En ambas ocasiones el mismo ganador, el mismo campeón mundial: un imperial Gianni Bugno.

Estaba claro que aquel maillot arco iris no descansaría hasta que no fuera a parar a la espalda de Miguel.

Texto: Jordi Escrihuela

 

 

 

Dopaje mecánico: la nueva gota malaya del ciclismo

Lance Armstrong ciclismo JoanSeguidor

Motorcillos, ingenios, ayudas eléctricas… el dopaje mecánico está de moda

Seguimos con el goteo de dopaje mecánico. Cuando Lance Armstrong se sinceró hace unos años, por estas fechas además, frente a Oprah nos sentimos profundamente decepcionados porque todo sonaba hueco, comercial e interesado. El corredor hizo trampas, lo admitió abiertamente, pero hasta su confesión pareció parte de un guión minuciosamente escrito, por quién no lo sé, con el único objetivo de mantenerse y alargar su presencia en la primera línea.

Eso fue, repito, lo que nos pareció a nosotros.

Desde entonces mentar Lance Armstrong es como mentar el demonio, una suerte de juguete roto, un pozo de las penas donde ahondar cualquier mal que se le atribuya a este deporte.

El americano sigue saliendo en los medios, el otro día estuvimos muy de acuerdo con lo que dijo sobre el tema de Chris Froome e incluso será invitado en el próximo Tour de Flandes.

Pero Armstrong cometió un error el día que confesó, abrió la puerta de carroñeros para ser la diana recurrente en caso que le vengan mal dadas en el ciclismo.

Hace un par de años supimos del primer caso de dopaje mecánico. Una imprudente ciclista belga sub 23 de ciclocross fue cazada. Supongo que ver una bicicleta debe causarle alergia tanto tiempo después.

Muchos adujeron que si la trampa corría en una modalidad preciosa, pero minoritaria, como el ciclocross, qué no habría en la elite, como si las apuestas ilegales en segunda división B significaran que en la Liga se multiplican por mil.

Pero en ciclismo somos más papistas que el papa, nos gusta el flagelo y el hurgue en la herida.

Y el dopaje mecánico es esa nueva herida, una gota malaya que administrada con sapiencia y el apellido Armstrong de por medio, pues resulta apetecible.

Donde hace un tiempo era doctor Ferrari, poned ahora a Istvan Varjas «et voilà», tenemos al especialista húngaro que presuntamente insertó un motorcillo a Lance en sus años de Tour.

Con todas las marcas lanzando sus eBikes, se riza el rizo.

A su confesión de tomar EPO, añadimos los 140 vatios que el tejano tuvo durante cinco minutos en cada etapa de montaña, un punch decisivo, cuando todos van al límite. Dopaje mecánico: Un punch del tamaño de una memoria de USB.

Toma ya. Lanzada la noticia, los medios la recogen. En la guerra mediática gala, Le Monde, antagonista de L´Equipe, nunca escatimará arrojar porquería sobre el Tour, por muy símbolo francés que sea. Y así recoge en destacado la noticia, noticia que reproducen otros medios, que no necesariamente tiene interés en el ciclismo, salvo que sean miserias.

Y tenemos la bola de nieve hecha, la duda lanzada y un libro vendiéndose como churros.

¿El daño? No importa, hablamos de ciclismo, el deporte que todo lo aguanta, que todo lo encaja. Noticias que hablan de sospechas tratadas como hechos consumados, que se demuestre que esas sospechas sean ciertas o no, ya no es relevante, interesa el titular que con otros deportes, que con otros ámbitos no habría cojones a generar.

Y la rueda gira y gira. Si una cosa nos demostró Lance Armstrong con su confesión es que ser sincero es óbice para que te destripen, incluso cuando no viene a cuento, un día le señalarán por echar azúcar al yogurt azucarado, es como esa madeja de hilo que estirando, estirando, se queda seca.

En este caso, la madeja es el ciclismo.

Imágenes tomadas de pantallazo de Le Monde y Pinterest

 

Lance Armstrong la clava sobre Chris Froome

Chris Froome JoanSeguidor

Por una vez estamos de acuerdo con Lance Armstrong

Es curioso, pero pocas, muy pocas han sido las veces que Lance Amstrong ha sido objeto de alguna línea de este mal anillado cuaderno. Es curioso, porque si ha habido un ciclista que ha marcado nuestra generación ha sido este tejano: años de plomo, siete, dominando el Tour, humillando rivales, fichando a placer gregarios que andaban como los líderes, encadenando un ciclo tan bestia que… acabó cómo acabó.

Se ve que Lance Armstrong saca semanalmente un podcast sobre ciclismo. Sinceramente, “no idea”. Y lo hace desde un estudio que tiene en su casa, al parecer. Paradójico, un estudio en casa, ¿no se dijo que se le desposeería de todo lo ganado?

En fin, cosas que pasan, como veis, hasta en las mejores familias.

Sea como fuere, Lance Armstrong ha opinado de Chris Froome y su situación y curiosamente no ha hecho sangre, porque si alguien ha sido vilipendiado, aquí también, ha sido él.

Me admira por eso, y sé que no es muy popular reconocerlo, el discurso de Armstrong, aludiendo al sobreesfuerzo de ir a por el doblete y los costes y riesgos que a veces implica, aunque si os soy sincero, no creo que las cosas en esta tesitura sean cosa de las matemáticas.

Ahora bien, Lance Armstrong abre una lectura que, aunque citada en algunos sitios, puede ser una realidad a no más tardar y es ver a Chris Froome compitiendo en Francia, en julio, en el Tour con un proceso en marcha, porque esto puede ir para meses y para largo.

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El ciclismo que no quiso ver Hein Verbruggen

Dicen que el ciclismo que se estilaba hace un cuarto de siglo era una especie de malabarismo, un caminar en fino alambre que acabó en tragedia. Fue el engorde artificial del pavo, una especie de úlcera de dentro hacia afuera que cuando fue visible ya era demasiado tarde.

Muchos sitúan el origen del mal ese día en el que, en la frontera entre Bélgica y Francia, un masajista del equipo Festina, dirección Dublín, de donde partía el Tour, fue pillado por la gendarmería cargado de productos dopantes. Aquello abrió el festival y todo lo que vino después.

La bola de nieve de acontecimientos la tenemos más o menos clara: caso Festina, expulsión de Marco Pantani del Giro de Italia -con mil especulaciones sobre los motivos-, el raid de San Remo, la grosera racha de Lance Armstrong, la Operación Puerto,…

Todo eso, más que nos duela, es ciclismo, es historia del ciclismo y demostró que la trampa y la adulteración estaban tan instaladas, se trenzó de tal manera con la rutina que cuando todo explotó muchos no dieron crédito. Un ciclo de EPO era tan parte del entrenamiento como el gimnasio, las series o cuidar lo que se comía.

De esa época creo que se aprendieron muchas cosas, otra cuestión es que se haya aplicado lo aprendido. De esa época se han dicho muchas cosas, y casi todas tienen el apellido del entonces presidente de la UCI, Hein Verbruggen, una persona que a mi entender caminó por principios muy diferentes a quienes amaban realmente el deporte limpio.

Verbruggen no escatimó ataques a todos aquellos que no sirvieron a sus intereses, y su papel en la “escalada armamentística” que protagonizó Lance Armstrong estuvo, y sigue estando, muy en cuestión. Yo no sé si el mandatario neerlandés quiso alguna vez el ciclismo más allá del show business que vio en él, de lo que no cabe duda es que todo aquel que cuestionara su papel se iba avergonzado para casa.

Y no sólo periodistas, Christophe Bassos o Filippo Simeoni, aquel italiano humillado por Armstrong en pleno Tour, fueron corredores que se cuestionaron la esencia de los sucesos y se llevaron la reprobación generalizada. Verbruggen instaló la caza de brujas sobre quien cuestionara su “savoir faire”, omitiendo el desastre que este deporte vivió hace unos diez años, punto culimante, yo creo, de la campaña de descrédito que el ciclismo se granjeó y que sin duda ha arrastrado en forma de estigma durante tante tiempo, pues dentro del imaginario popular, el ciclismo sigue siendo el deporte del dopaje y la trampa.

Descanse en paz Hein, el mandatario que no quiso ver ese ciclismo cuyo recuerdo aún nos amarga la existencia.

Imagen tomada de Trending Topics Mexico

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Elige entre los dos recorridos y explota tu físico por los parajes de Somiedo

Los muy grandes ganan el Tour tras hacerlo en el Dauphiné

Aunque sea una ciencia no exacta, la teoría dice que la Dauphiné suele ser una buena pista de cara al Tour de Francia, de hecho se comenta que el Dauphiné es un “mini Tour”. Los años de historia compartida entre las dos carreras, que son más de 60, dictan que son más bien pocos los que han firmado un doblete, por otro lado muy prestigioso. Tanto, que el elenco con las dos carreras en la misma temporada responde a un selecto grupo de campeones, un palmarés de ensueño: Lance Armstrong –si se nos permite incluir-, Miguel Indurain, Bernard Hinault, Bernard Thévénet, Luis Ocaña, Eddy Merckx, Jacques Anquetil y Loison Bobet. La práctica incluye a los dos últimos ganadores británicos: Chris Froome y Brad Wiggins.

Antes por eso fueron esos ocho ciclistas de perfil alto, con dos o más Tours en su bagaje, a excepción de Ocaña, con excelentes prestaciones en la montaña, pero hábiles croners, cuando no inmejorables. Ocho ciclistas y diez coincidencias. Lance Armstrong hizo de la Dauphiné su auténtico banco de pruebas, y no precisamente con gaseosa. A un mes escaso del Tour el tejano comprendió que lo que pasara en la vuelta por etapas posiblemente más cotizada tras las tres grandes resultaría esclarecedor de su suerte en el Tour. Así lo hizo en dos ocasiones, de forma consecutiva además, en 2002 y 2003. En algunas ocasiones forzando hasta lo recomendado, como en 2003 cuando Iban Mayo le propuso un duelo que el americano no rehuyó, al punto que en el Tour se le vio exento de esa chispa tan suya. Entre Suiza y Dauphiné, el americano siempre prefirió la vía francesa, quizá por gozar de un privilegio único: compartir parajes y puertos con el Tour. Sin ir más lejos en la presente edición ambas pruebas compartirán el Ventoux, puerto erigido en clave de la “Grande Boucle”.

Otro que ha repetido triunfo en dos ocasiones fue Bernard Hinault. Lo hizo un par de veces, en los años 1979 y 1981. El francés acumuló en el primer año cuatro etapas y la general de la Dauphiné para luego sumarle el triunfo absoluto y siete parciales en el Tour. Dos años después, Hinault repitió jugada casi idéntica. En 1995 Miguel Indurain conseguía apropiarse de tan singular logro. El año de su quinto Tour, el navarro sacrificó el Giro de Italia, donde un año antes había sido derrotado por Berzin y Pantani, por atar un camino más cómodo hacia el Tour, en el que también se llevó por delante la otrora prestigiosa Midi Libre. Saltando de década, debemos remontarnos hacia Bernard Thévenet, ganador en 1975 de ambas pruebas. Antes lo habían logrado Luis Ocaña en 1973, Eddy Merckx en 1971, Jacques Anquetil en 1963 y Loison Bobet en 1955.

Dos ediciones resultan especialmente significativas de que lo que ocurra en la Dauphiné no debe extrapolarse al Tour. Ambas tienen además a dos protagonistas españoles. En 1996 Miguel Indurain firmaba en la prueba alpina una victoria extraordinaria, de las mejores que se le recuerdan. Ganó con autoridad la crono individual y se mostró insultante en montaña, ganando incluso una etapa, algo poco usual en él. Un estado de forma rotundo, acompañado de su aureola de quíntuple ganador del Tour, le alzaba con exclusivo favorito para la grande gala.

Aquella edición partió de los Países Bajos, una semana de lluvia y frío inéditos en Francia y en julio pasaron factura al mejor ciclista español de la historia que ya en los Alpes cedía para declinar toda opción en los Pirineos. Un caso más reciente fue el que aconteció con Iban Mayo. En 2004 el ciclista nato en Igorre marcó una carrera antológica, con una cronoescalada al Mont Ventoux que entra entre los mayores revolcones que se le recuerdan a Lance Armstrong en plenitud. Luego en la primera semana del Tour se dejaba toda suerte en un adoquinado polvoriento del norte de Francia.

Entre las curiosidades que encontramos hurgando entre estos más de 60 años de historia común entre dos carreras íntimamente vinculadas por su proximidad de fechas y escenarios comunes, destacan dos corredores, ambos con un sino muy similar: frecuentar podios para recoger premios secundarios, rara vez como ganadores. En las últimas ediciones tomamos nota de la segunda plaza firmada por Cadel Evans tanto en la Dauphiné como en Tour. Años antes, tenemos a Raymond Poulidor, el corredor con más podios en ambas carreras coincidiendo el año.

El llamado “eterno segundón” logró ganar la Dauphiné en dos ocasiones, en 1966 y 1969. En esos años acabó tercero el Tour. En 1962 fue tercero en ambas carreras y 1965 y en 1974 segundo en las dos. Un par de ciclistas cuyas similitudes salvados los tiempos y sus diferencias parecen más que evidentes. Dos ciclistas a los que se une Chris Froome en tiempos recientes, dos ciclistas que en definitiva acentúan esa sintonía existente entre dos grandes pruebas.

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Ullrich y Rose Bikes, veinte años después de ganar el Tour