Sean Kelly y su clásica sencillez

Pocos corredores guardan la admiración eterna que se ganó Sean Kelly

Sean Kelly fue discreto, adusto, trabajador, solitario,… una hormiguita que reinó durante años en un mundo de cocos, en el ocaso de Hinault, la explosión de Fignon, el auge de Lemond, el descubrimiento de Roche.

Fue Sean Kelly, ese rostro irlandés, un trébol de cuatro hojas que sembró fortuna por donde pasaba y ejerció de discreto pero efectivo patrón.

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Sean Kelly bebió de dos tiempos, del pasado, mostrando las cicatrices de un deporte que maltrataba los cuerpos y exprimía las mentes.

Un ciclismo que venía de lejos, heroico, sin guantes, desprovisto de artificio en el que el más fuerte ganaba porque sí.

Pero también fue un campeón moderno, imbuido por el legendario Gribaldy en técnicas de entrenamiento que no premiaban la cantidad, nada de seis y siete horas para las grandes clásicas que se metía, por ejemplo, Roger De Vlaeminck, nada de eso, mejor series, calidad, intervalos y esas cosas que por aquel entonces sonaban místicas.

Por eso, quizá por eso, “King Kelly” tardó tanto en explotar, en lograr su primer triunfo importante, ese que te centra en el objetivo de ser una leyenda, objetivo que lograría, vaya sí lograría.

En el Giro de Lombardía de 1983, con 27 años ya a las espaldas, Sean Kelly da cuenta del rival que le privaría de ser campeón del mundo, el entonces joven y recién irisado Greg Lemond, un americano risueño que subía como la espuma y que se definía como la antítesis del irlandés: apegado a la fama, amante del primer plano y artífice de uno de los primeros grandes contratos de la historia del ciclismo.

Pero Kelly siguió a los suyo, bajo la batuta de Gribaldy abrió su época en Roubaix. Al año siguiente demostraba un control total de la situación, saltando a 45 kilómetros de meta junto al belfa Rudy Rosiers, quien sería su sombra hasta el final del día y batiría “sin ambages” en el velódromo.

A los dos años Kelly también formaría parte del grupo noble en “La Pascale” imponiéndose fuera del velódromo a Van der Poel y Dhaenens en medio del malestar de la concurrencia que vio como una marca comercial, La Redoute, se llevó el final de la Roubaix fuera del velódromo y sí enfrente de su sede central, en lo que se consideró la venta del Infierno a manos privadas.

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A los pocos días de ganar su primera Roubaix acuñaba su nombre en la decana, en Lieja, cuando ésta acababa abajo, en centro de la ciudad, mucho mejor para él y mucho peor para Claude Criquielion, el ídolo del lugar, el valón que no pudo con Kelly en su casa, porque Kelly era sencillamente mejor en esos recorridos que invitaban a la initimidad y recogimiento que tanto identificaron a un irlandés que repetiría en Lieja a los cuatro años.

Ciclista total, ganador de una gran vuelta, la París-Niza en siete ocasiones, excelso contrarrelojista, sus piernas dieron para otros dos Lombardías, si bien, si hubo una carrera que se le ajustaba a sus hechuras de ciclista total, fue la Milán-San Remo. Ésta cayó de su lado dos veces.

La primera en 1986, desgastando rivales en la Cripressa y rematando en el Poggio, armando el corte con Lemond y Beccia y batiéndolos en la Via Roma.

La segunda en ese descenso suicida hacia San Remo, mejorando las trazadas de Moreno Argentin, primero arriba, donde la cabina, y siendo veloz, mucho más veloz que el mágico italiano.

Ese día fue un día de marzo de 1992, con Kelly barruntando su retirada, apareciendo de la nada, vestido con un horrendo maillot azul y portando un casco incalificable, fue como eso una centella venida del pasado, triunfando en el presente, un ciclista irrepetible que demostró trascender más allá de su periodo natural, los ochenta, como si su imagen quisiera hacerse tan perenne como el cariño que siempre le tuvimos.

Lieja-Bastogne-Lieja: Jakob Fuglsang es el mejor ganador posible

Lieja-Bastogne-Lieja Fuglsang JoanSeguidor

Jakob Fuglsang gana en Lieja: por suerte el ciclismo ha sido justo

Permitidnos apuntaros un tanto…

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No ganó Alaphilippe porque literalmente se abrió en la subida clave.

Tampoco Nibali, porque le faltó entrar en el corte.

Valverde estaba en reserva: la avería entrenando, el golpe en el sacro, se sumó un estado de forma que no es necesario ser ingeniero para ver que no anda como antaño.

Y Jalabert, Jalabert, ya no opositaba 🙁

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Entre Lieja, Bastogne y Lieja ganó quien el sentido de justicia nos señalaba como el acreedor de un triunfo largamente acariciado y merecido.

Jakob Fugsalng, danés, treinta y tantos, un ciclista que galopa por su mejor momento de siempre

Le recordamos hace tiempo, una década atrás, cuando trepaba en favor de los hermanos Schleck, Andy ganó en Lieja hace diez años, nada menos, en una primavera fría y desapacible.

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Parecida a la de este último domingo de abril.

Frío. lluvia… peligro en cada curva, en cada peralte que llevaba hasta el centro de Lieja.

Jakob Fuglsang era nuestro favorito de corazón, cualquier sentido de la justicia invitaba a ello.

Un danés en medio de un día apocalíptico, no era tan difícil, viendo lo que veníamos viendo.

 

 

Roche-aux-Faucons en esta Lieja gana los enteros que Ans, y hace dos años aquel empedrado, le quitaba.

Lo de llevar la meta de la Lieja-Bastogne-Lieja al centro de Lieja fue un acierto, de arriba abajo, de derecha a izquierda.

Entre otras cosas, porque Jakob Fuglsang, como tipo más fuerte del pelotón en toda la estación verde, estaba obligado a romper sí o sí.

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De quedar Ans para el final, todo se guardaba para Ans.

Pero si uno está en el momento más dulce de una carrera deportiva fecunda, pero quizá un punto por debajo de lo que muchos preveíamos, cabe atacar, sin nada que temer, ni esperar.

Cualquiera que viera la primavera de Jakob Fuglsang, ese mismo corredor que se ha venido abajo cada vez que se le ha cargado de responsabilidad, sabía que era la rueda a seguir.

Una rueda que nos dio un susto importante cuando, en esa curva a cinco cochinos kilómetros de meta, casi se va, porque ese firme era una tarta de nata bajo los tubulares.

Cambrils Square Agosto

 

Un susto que no quebró esa justicia poética  ala que aludíamos, a la misma que nos quedó en la punta de los labios en Amstel y Flecha.

321, así ha sido la secuencia de Fuglsang en su camino hacia Lieja.

Un premio que demuestra que el ciclismo, cuando le da, puede ser justo.

 

Con Jakob Fuglsang se cierra una campaña de clásicas que, salgo Van der Poel y Betiol, no ha desentonado con lo visto en el resto de carreras.

Una campaña en la que el azul se ha impuesto en sus diferentes tonalidades, donde un danés de Astana quiso hacer bueno el legado del corredor de pocas pero excelentes victorias, otro nórdico, llamado Rolf Sorensen.

Que tu bici la lleve Nacex donde le digas

26 años después de aquel maestro de exquisitez, un danés vuelve a reinar sobre Lieja, sobre el ombligo de las Árdenas, el sitio en el que no haces prisioneros, donde el golpe cae duro, pica y hace daño.

Que Jakob Fuglsang, con todo lo que ha exhibido estos dos meses, entre Tirreno, Strade y Amstel, gane concilia al aficionado con el ciclismo.

Porque en el fondo, somos unos románticos.

Imagen: FB de Liège-Bastogne-Liège

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Hinault sigue notando aquella Lieja-Bastogne-Lieja

Año 1980, Lieja-Bastogne-Lieja: aquello fue ciclismo en el Averno blanco 

Son muchas horas bajo la lluvia o la nieve y si la temperatura es muy baja, el frío se va metiendo en tus huesos, necesitando varias horas después de la etapa para entrar en calor. Lo más importante en este tipo de días es mantener el calor corporal y la moral alta”.

Perico Delgado

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El invierno había dado una pedalada más en su reinado en el tiempo.

Aquel día de finales de abril en Lieja fue más duro para el ciclista que entrenar un gélido enero a las ocho de la mañana.

La nieve impuso su demarraje en los 260 kilómetros de la decana reina que habita estos lares de las Ardenas. 

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No era invierno pero fue un infierno. 

Una Lieja-Bastogne-Lieja blanca les esperaba

No era enero, repetimos, era 24 de abril. 

¿Primavera? Nuestra querida amiga ni llegó, ni se le esperaba aquella jornada.

¿Seguro que el invierno no había acabado?

La señorita primavera abandonó sus aposentos por un día y dejó que se asentara en su trono el frío general que con mano de hierro azotó al sufrido pelotón ciclista a falta de tan solo cuatro días para entrar en el mes de mayo.

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De nuevo la nieve y el frío iban a ser inmisericordes con los sufridos esforzados de la carretera.

De nuevo bajas temperaturas y de nuevo en una gran clásica belga.

¡Qué extraña relación de amor-odio!

El pelotón iniciaba su cansina marcha. Los ciclistas arrancando en frío, lloviendo y con previsión de cellisca, no parecía un día muy propicio para pedalear.

Lieja-Bastogne-Lieja & Bernard Hinault: No era invierno pero como si lo hubiera sido

El pelotón se resguardaba entre los pequeños valles, remolón.

Hubo 110 abandonos en las dos primeras horas. Una retirada en masa de corredores que se iban quedando por el camino sepultados por la ventisca de nieve.

18 de mayo: hay un desafío por Guadarrama 

Muchos ciclistas seguían cayendo como témpanos de hielo.

Aquel día ni los mejores esquiadores a pedales hubieran podido hoyar unos muros empedrados dignos de un paisaje alpino, de un extremo día hibernal de un mes de diciembre cualquiera.

Bueno, quizás alguien sí.

Bernard Hinault, que andaba por allí, estuvo a punto de abandonar al principio. Pareció por un instante algo humano, y no un tejón  siempre al acecho.

No quería riesgos innecesarios en su inminente participación en el Giro de aquel año.

Pero  el  “champion” bretón se sobrepuso, embistió contra todo (“mientras pueda respirar, atacaré”) y le sacó casi diez minutos al segundo superviviente, el gélido témpano holandés Hennie Kuiper.

El orgulloso y testarudo «blaireau» se puso a tirar en cabeza. Para él, era lo único que valía: seguir, seguir avanzando.

Aquel día cuentan de él que se fue perdiendo entre la multitud que le intentaban dar todo el calor que podían en la cota de Stockeu, donde atacó. 

Hinault parecía un caballo blanco desbocado, galopando entre copos de algodón durante los 80 kilómetros que le quedaban para llegar a meta:

«Los corredores que van tras de mí deben estar en las mismas condiciones que yo, y si ellos pueden soportarlo, yo también» –pensó.

SQR – GORE

Los que lo vimos correr en aquel glacial y nacarado monumento somos la envidia de haber podido disfrutar de la épica y el carácter de un dios de la victoria.

Como Thor,  martilleante.

Entraba en solitario en meta en una memorable jornada.

Bernard Hinault no celebró el triunfo al cruzar la línea de meta de la Lieja-Bastogne-Lieja

Estaba más preocupado de cómo se iba a recuperar de aquella dantesca jornada.

En efecto.

Estuvo más de tres semanas con las manos rígidas como témpanos.

Dicen que hoy en día aún no ha recuperado del todo la sensibilidad en sus dedos.

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Sólo terminaron 21 de los 174 aventureros iniciales. El resto no pudieron llegar.

Los congelados y agarrotados corredores que habían sobrevivido iban llegando a cuentagotas a sus hoteles.

#TBT 'Neige-Bastogne-Neige' – 1980 Bernard Hinault s'impose malgré des averses de neige et un froid glacial 'Snow-Bastogne-Snow' – 1980Bernard Hinault won the race despite snow and freezing cold. #LBL

Publicada por Liège-Bastogne-Liège en Jueves, 23 de abril de 2015

Sus rostros reflejaban el extremo sufrimiento que habían vivido durante la travesía polar.

Fueron unos sherpas de la bicicleta.

 

Todo el pelotón pareció una expedición inhumana,  extraviada en la Antártida, derrotados y sepultados por un manto blanco.

En aquella Lieja, los héroes del pedal fueron unos mártires del manillar que lloraron de frío.

Cuentan que cuando preguntan al Tejón por esa carrera echa a temblar con escalofríos.

No es para menos, fue una gesta inolvidable.

Dibujo: Juan Manuel Escrihuela

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La Lieja-Bastgone-Lieja para enmarcar: Michele Bartoli

Lieja-Bastogne-Lieja de 1997: Michele Bartoli puede con Zulle y Jalabert a la vez

“Jalabert is losing his wheel” bramaban en Eurosport UK. “Bartoli, a fondo” espetaban  en la RAI.

De los muchos momentos ciclísticos que entraron por mi retina, pocos se grabaron a fuego como aquella Lieja-Bastogne-Lieja de 1997. Aquello fue el coco contra todos, Michele Bartoli frente al mundo.

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Nacido en Pista, Bartoli se dio a conocer joven, pero su primer éxito llegó en el Giro de 1994 cuando logró en la primera de las etapas dolomíticas una victoria que sirvió para “telonear” el terrible fin de semana que se marcaría Marco Pantani con aquella jornada de imborrable recuerdo entre Merano y Aprica.

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A los italianos siempre se les ha dado muy bien ese país que ellos llaman “il Belgio”.

Grandes se hicieron Fiorenzo Magni en Flandes y Moreno Argentin en la Lieja-Bastogne-Lieja.

 

 

Bartoli tiene ambas en su palmarés.

En 1996, cuando medio mundo miraba los Mapei, que a la semana habían temblar Roubaix, una centella saltó camino de la capilla. Bartoli aprovechaba el Muur como rampa de lanzamiento hacia su bautismo en “Fiandre”. Una victoria mayúscula que llegó en solitario fruto de una cabalgada tan larga como el trecho que separaba la capilla de Meerbeke.

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Lieja también fue de Michel Bartoli

Al año sin embargo, y como apuntó en el inicio de la entrada, arribó el mejor momento de Michelino.

 

El pisano corrió en medio de la nada frente al dúo que todos temían tener enfrente.

Atacó Alex Zulle, o Laurent Jalabert, o ambos al unísono, no recuerdo, en la Redoute, ese gran muro que criba la Lieja con una gran autopista al fondo.

Así rinde la eléctrica aero de Berria

Se soldó a su rueda Michele.

El camino de entonces a Lieja fue una tortura a toda velocidad. Uno y otro, otro y uno, Zulle y Jalabert, la pareja amarilla que todo lo dominó minaba a Bartoli hasta que… éste dijo basta: a un kilómetro de meta, en plena pendiente hacia Ans descolgó a Jalabert.

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Enorme, había fraguado un triunfo de los de entre en un millón.

Una de las mejores clásicas jamás vista.

Al año nuevo aldabonazo en Lieja. Esta vez en dominador absoluto.

Cambrils Square Agosto

 

 

Primero en la Redoute, dorsal uno en la espalda, machacando la moral del personal para posteriormente irse solo. “Qué viene el coco” decían.

Bartoli fue un martillo aquel día, pero tan magno y sobrado éxito careció de la prestancia del año anterior.

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“Il Belgio” de Bartoli se zanjó en una jornada gélida, terrible, apocalíptica, como nos gusta llamar a lo que se sale fuera norma.

En la Flecha Valona de 1999, si atisbar Huy, ni sus porcentajes disuasorios, arrancó y firmó un éxito de leyenda, grande y dimensionada a su grandeza: Michele Bartoli, aquel que gustaba de atacar agarrado de la parte baja del manillar, aquel que no gustaba de mirar atrás.

Imagen: Bike Race Info

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Que la Lieja vuelva a Lieja es una buena noticia

Merckx Valverde Lieja JoanSeguidor

El final en Ans había vuelto muy predecible el desenlace de la Lieja

El 21 de abril de 1991 la Lieja-Bastogne-Lieja acabó en Lieja, abajo, en la ciudad del Mosa.

Esos días, la carrera se corría antes de la Vuelta a España.

Con el objetivo en la misma , acudió Miguel Induráin a la clásica que mejor se le adaptaba.

Años antes de su legendaria cabalgada de Lieja, Tour de 1995, Indurain ya escribió su renglón en la ciudad valona.

Ese día, Indurain estaba fino, porque la Vuelta llamaba a la puerta.

Así describimos la carrera hace un tiempo…

El primer movimiento importante lo propició el ídolo del lugar, Claude Criquielion, saltando a 73 kilómetros de meta. Surgió en ese momento el ciclista que habría de marcar historia en la carrera, Moreno Argentin, quien días antes ya había ganado la Flecha.

En los siguientes kilómetros se formaría un primer corte que dio vida al definitivo, el que habrían de formar los dos citados anteriormente, con Indurain y Rolf Sorensen, compañero de Argentin en Ariostea, que se encargó además de dinamitar la carrera.

El segundo grupo de perseguidores se quedaría Marino Lejarreta junto a Raúl Alcalá y Erwin Van Hooydonck, entre otros.

La carrera se erigió entonces en una lucha sin cuartel entre los dos grupos, donde el concurso de Sorensen fue clave para tener quietos a Indurain y Criquielion y dejar limpio el sprint final de Argentin, primero, en el muelle de Ourthe, el lugar que entonces albergaba el final de la carrera.

Indurain, cuarto, no pudo en el embalaje final, pero firmó su mejor actuación de siempre en estas carreras y abrió la puerta a lo que podría haber sido de haberlas contemplado.

Aquel día la Lieja-Bastogne-Lieja acabaría por última vez en Lieja

Al siguiente año se subiría a Ans. Ganaría Dirk De Wolf, y así le seguirían Sorensen, Berzin, Gianetti… hasta las cuatro victorias de Alejandro Valverde.

La Lieja, dicho sea con todos los respetos, ha mantenido su caché en ese arrabal, pero se ha empequeñecido mientras todos esperaban el repecho final de Ans para jugarse el triunfo.

En la decana no cabía la sorpresa y ahora, sin Ans, con el final en llano, las cosas cambian.

No sé si le complica o no la vida a Alejandro Valverde, pero al menos abre el casillero táctico.

Roche-aux-Faucons a quince kilómetros de meta será el último filtro.

Oreka: sensaciones de carretera bajo techo 

Ya no hay San Nicolás, ni otros filtros.

A la Lieja le hacía falta una vuelta, un hervor que se le sacara del ostracismo y el rancio espectáculo que sólo las victorias de Alejando Valverde podía compensar.

E incluso Bob Jungels con su escapada de la última edición con Alaphilippe secando por detrás.

Si llegar al corazón de Lieja mejora el espectáculo, bienvenido sea

Al menos probarlo y ver qué tal se le da a Peter Sagan.

Alejandro Valverde vale por dos

La semana fantástica de Alejandro Valverde

se cierra con una secuencia perfecta 211. Pocas veces se puede resumir tan fácil una trayectoria en tan magro lapso de tiempo. Si hace una semana Valverde se vio superado por Kwiatkowski en la llegada de la Amstel, el murciano no perdonó ni el Huy ni en Ans, sendos finales para los símbolos del ciclismo valón, para la Flecha y la Lieja.

Valverde llegó a la salida de Lieja como más favorito que nunca. Siempre lo es qué duda cabe, pero en esta ocasión los focos le apuntaban con rotundidad. Cualquier otro resultado habría sido una sorpresa, o al menos un pronóstico menos predecible, por mucho que el murciano de azul llevara unos años besando el poste cada vez que su tiro se quedaba cerca de entrar.

Pero esta vez fue diferente. Valverde corrió a lo “champion”. No sé si habrá visto a Kristoff y Degenkolb en Flandes y Roubaix. Lo desconozco, pero su victoria guarda muchas similitudes con ambos, que por cierto son magníficos estrategas. A saber Movistar trabajó a satisfacción hasta un punto de la carrera. José Herrada y Gorzka Izaguirre fueron la punta de lanza del equipo que viste de azul en el apoyo de Valverde. Luego el murciano se vio solo.

Las circunstancias de carrera obligaron al Etixx a sacrificar a Zdenek Stybar para Julien Alaphilippe a tal punto que salvó el siempre peligroso intento de Kreiziguer -especialista en río revuelto y carreras de gran fondo-. El checo, verdugo de Valverde en Siena, fue un aliado, circunstancial, del número uno de las apuestas. Su aproximación mantuvo el grupo junto en San Nicolás obligando a los Katusha a moverse.

Y los rusos, aunque mediante españoles más Damiano Caruso, agitaron el paisaje. El movimiento de Dani Moreno en Ans fue de manual, pero no menos lo fue la respuesta de Valverde por detrás como Degenkolb en Roubaix saliendo a por los escapados o Kristoff escapándose con Terpstra. No cabía otra, tenía que lanzar y rematar el córner. Valverde lo tuvo claro y lo consiguió. Hizo el trabajo de un gregario y sentenció. Valverde valió por dos. Con él subieron al podio dos historias muy diferentes: Alaphilippe, joven, 22 años, con margen y muy buenos modos, y Purito, que consume ediciones sin besar el trofeo que ansía. Hizo lo que pudo, pero no fue suficiente, como cuando Dan Martin le ganó con aquel friki vestido de panda entre ambos.

Porque la Lieja ya no es como hace unos años. Aquí ya no se gana “por cojones”, hablando en plata. Aquí se gana desde la razón y con la pizarra en la mente. La Lieja de 2015 se volvió a jugar entre no pocos ciclistas. Los años de VDB, Bartoli y cía han pasado a mejor vida. Son muchos los que centran el tiro en la capital valona y eso se nota. Los desenlaces multitudinarios son letales para los ciclistas como Valverde, quien se sabe observado hasta la extenuación. Y estos desenlaces son ya habituales, casi una norma final, salvo sorpresa.

Fotografía tomada de www.ruedalenticular.com

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El respeto que merecen San Remo y Lieja

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Monumentos como Lieja y San Remo casi nunca decepcionan

El domingo en el camino de vuelta de Bastogne a Lieja, Javier Ares empezó, a eso de treinta para meta, a barruntar que la Lieja estaba siendo una decepción.

Decepción porque nadie se movía, porque el tacticismo se imponía en el pelotón, porque había ánimos fríos, escapada de rigor y peregrinaje por los muros.

San Remo es muchas veces algo similar. Hasta se la ha empequeñecido ante la Strade.

El primer gran monumento se critica muy fuerte. A veces con razón, pero en otras muchas no.

Creo que en ocasiones le pedimos demasiado a una carrera, la que sea, por el nombre que lleve.

Cuando hablamos de monumentos hablamos de otro estadio y eso se percibe en la pantalla.

Hay tensión, nervios y responsabilidad, y a falta de elementos que rompan todo, sea el adoquín de Roubaix o los muros flamencos, la igualdad se impone.

Pero es una igualdad vestida de tacticismo que engaña, porque donde vemos que no pasa nada, está pasando.

Según pasan los kilómetros el ciclista se ablanda. El fondo le desgasta, le pasa la lija y las fuerzas empiezan a flaquear.

Hay cosas que sólo pueden pasar en el umbral de los 240 o 250 kilómetros. Hay cosas que sólo pueden pasar en un monumento.

Es un látigo, ni más ni menos, un momento de descuido de unos, mezclado de genialidad de otros y el resultado es el que es.

Nibali en el Poggio

¿Merece la pena toda la San Remo para ver a Nibali levitar en el Poggio?

Pues yo creo que sí. Es la electricidad y trascendencia lo que te tiene pendiente y expectante.

Cuando Nibali ataca en el Poggio y abre hueco fueron necesarios 280 kilómetros para que muchos se abran y otros no salgan.

El látigo ese, el final de la subida, el descenso y el remar por San Remo completan el paisaje. Es un monumento.

Jungels en Roche-aux-Faucons

Dicen que Bob Jungels se fue como quien no quiere la cosa, pero el momento estaba ahí.

A veinte de meta, la Lieja se volvió a decidir, sin necesidad que todo quedara para el final.

Donde veíamos que no pasaba nada, estaba pasando, Valverde, por ejemplo, no estaba bien, se estaba vaciando ante nuestros ojos pero no nos percatamos hasta que llegó la prueba del algodón.

Y así con otros muchos.

El ciclismo no es sólo el ataque, la brecha, el cierre… es otra cosa, es el vacío por el que caminan los corredores, un vacío que en un monumento te traga y te deja seco.

Conviene repasar estos momentos para convencernos que el ciclismo de gran fondo es una partida sin las cartas marcadas, que merece la pena seguir, si se quiere, y respetar, y ello no excluye las nuevas carreras o las que sorprenden por estridencias a las que estamos menos acostumbrados, tierra por ejemplo.

Todo vale, todo sirve, todo suma y la cabalgada de Jungels y Nibali nos demuestra que no estamos tan equivocados.

Imagen: © Quick-Step Floors Cycling Team – © Tim De Waele / Getty Images

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Lieja-Bastogne-Lieja: A Bob Jungels le tocó ganar

Bob Jungels

En Lieja le tocaba ganar a Jungels

No sé cómo lo hacen, cómo lo planean, cómo lo distribuyen, pero el carrusel de victorias del Quick Step es un prodigio. Bob Jungels ganó el «perrito piloto».

Una victoria labrada con calma, cocida a fuego lento, ritmo cansino, Lieja, otra vez decepcionante, hasta que todo se disparó en Roche-aux-Faucons.

Ahí, en la recta empinadísima a 20 de meta, que es un Alpe d´ Huez cuando llevas 240 en las piernas, la cosa se disipó.

Tomó sentido, todo el sentido, que el  Quick Step marcara La Redoute al ritmo de Enric Mas.

Las Redoute, el alto que lo rompía todo, ahora queda como el monumento paisajístico de la grandeza que un día tuvo en la carrera más vieja de entre las más viejas.

Bob Jungels Lieja JoanSeguidor

Un ataque para la victoria de Bob Jungels

Roche-aux-Faucons en una subida que debutó en Lieja hace diez años.

Entonces la exhibición de Purito en favor de Alejandro Valverde, aquel Purito que vestía su icónico maillot de campeón de España, puso en rojo el lugar.

En rojo sobre el mapa, azul en la práctica.

Quick Step maneja pasta, pasta larga, tiene talento e incluso estrellas, pero manejar eso no es sencillo.

Y en esa gestión, los azules son un reloj.

Abrió la fiesta Philippe Gilbert, anunciaba el valón el ataque de Bob Jungels, una leve pero sutil aceleración que abrió un hueco ya imposible de reducir.

Bob Jungels, con su maillot de campeón luxemburgués, ha sido paisaje fijo en la victoria de otros compañeros.

Hoy le ha tocado a él.

Qué prodigio de rodar, de darlo todo en condiciones de cansancio que excede lo normal.

Bob Jungels es un dignísimo ganador de la Lieja-Bastogne-Lieja. Es que sólo decirlo apabulla.

Nueve años después de Andy Schleclk, el mismo que universalizó el tricoloro luxemburgués, Jungels le toma la pista.

Las Árdenas de Alejandro Valverde

Bob Jungels echó el resto, lo que tenía y lo que le quedaba.

Cruzó la meta exhausto, nos recordó a Terpstra en Harelbeke. Llegó con lo justo para celebrarlo.

Jelle Vanendert le exigió e San Nicolás, pero se fundió. Otra vez Wellens de vacío.

Y no era sencillo para el del Lotto, porque el Quick Step cerró el círculo con un Julian Alaphilippe, cuya fama le precede. Verle a rueda le quita las ganas de tirar a cualquiera.

¿Y Valverde? pues como otras muchas veces no ha podido, y no, no hablamos de una derrota, hablamos de una tormenta perfecta sobre él. Todos corren a lo suyo y por medio le llevan a él por delante.

Es más, Movistar esta vez no ha podido estar ahí como otras veces y eso es decisivo.

No creo que se pueda hablar de edad ni nada similar en este resultado, las cosas no han salido, y punto. Como otras tantas veces.

Esta primavera, lo dijimos tras Flandes, ha sido azul, «azul Quick Step».

Imagen tomada de FB del Quick Step

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