La desgracia de Vincenzo Nibali

Fue detonante en la Milán- San Remo, animador camino de Lieja, esperanza blanca en el Tour de Francia y subversivo en el Mundial. ¿Qué se llevó de lo anteriormente mentado? Nada. A cambio incluso recibe reproches de personajes tan poco edificantes como Francesco Moser. “Nibali cobra demasiado dinero” comentó. A él le hacían carreras a medida y cuando no, cambiaban las normas a su favor, ello sin contar que el público italiano hoy anima, que no empuja ni remolca a sus estrellas.

Casi siempre detrás

El ciclismo transalpino muda de piel. Deja el verde fosforito por el azul turquesa. El calor de las repúblicas emergentes, del dinero al contado, contante y sonante. La temporada 2013 es un aquelarre más para Vincenzo Nibali. Una especie de exorcismo ya ritualizado que cada año, por estas fechas, los cabalistas gustamos de hacer. Hace más de un año ya nos preguntamos sobre él. Pero es que en el caso del siciliano la cosa es diferente. Cobrará mucho como dice Moser, no lo sabemos, aunque lo imaginamos y en su defecto celebramos. Sin embargo se lo gana y purga las penas de un palmarés mucho más pequeño de lo que mereciera. Por que Nibali representa ese ciclista perdido en el tiempo y lugar: el que todo lo disputa, el que a todo opta, el que vemos durante todo el año. Corre ahora de mano en mano el libro manuscrito por Laurent Fignon. El rubio parisino lamentó la ausencia de ciclistas contemporáneos que al menos diversificaran en cierto grado sus objetivos. Fignon por ejemplo incluso tuvo sus momentos en Roubaix. Nibali no llega tan lejos, pero se aproxima. Gana la Tirreno, disputa el Tour y oposita al Mundial. Por medio se parte la cara en las clásicas y otras carreras. “Nibali comete errores pero se mantiene competitivo todo el año. Me gusta este tipo de ciclistas” afirma Giuseppe Martinelli en un amplio reportaje que la revista Cycle Sport dedica en portada, pero en marcadas letras plateadas, al ciclista nato en Messina. Añade además, la citada entrevista, que Nibali percibirá 2,3 millones anuales en sus dos temporadas comprometidas con Astana todo para ser el sucesor de Felice Gimondi pues para la cristalina prensa anglosajona el Tour de Marco Pantani no cuenta, no vale, no sabe, no contesta. “Fue todo muy sucio” adoctrinan.

Foto tomada de http://www.zimbio.com

Serie 12×12: Peter Sagan o confundir talento con precocidad

Hay un ciclista con de jeto niño que celebra los triunfos imitando a quién sé yo, quizá Forrest Gump, que gana por docenas, arrasa por donde pasa y acumula el palmarés que al más común le cuesta dos o tres trayectorias deportivas. Procede de un país de escasa cuando no nula tradición velocipédica. Es arrojado, no se calla. Emprende. Incluso enamora en las salidas. Viste de verde, color esperanza, en la mejor carrera.

Se deja querer

Obviamente Peter Sagan es la gran revolución de los últimos años. Justo cuando Joaquim Rodríguez empezaba a moldear la que fuera su primera gran temporada en Katusha, la de 2010, en la gélida París-Niza surgía un corredor con un instinto de uno entre un millón. Era un Liquigas y aquello no fue espejismo. Desde entonces Peter Sagan no ha hecho más que crecer.

Su fisonomía entronca con dos grandes que estos ojos sí han visto: Sean Kelly y Laurent Jalabert. De ambos toma la certeza de un límite difuso e indefinido. En la carencia de resultados en un objetivo concreto se aposenta siempre la misma pregunta: ¿Qué más puede lograr?. Cada día que se supera, abre un horizonte, la perspectiva varía: un día gana en la París-Niza, al siguiente logra el verde del Tour, al otro se impone entre los mejores de un monumento…

Contaba Laurent FIgnon que una de las cosas que más le horripilaba del ciclismo actual es la especialización y desecho de parte del calendario en pos de un objetivo. El rubio parisino ganó por ejemplo dos ediciones de la Milán-San Remo y no omitió verse en la París-Roubaix, donde nunca optó en firme pero al menos se personaba. No cabe duda de que Sagan aún se ve lejos de optar a una general de tres semanas, pero ésta flotaba lejos de las miras de Jalabert hasta que un día: zas.

Peter Sagan ha culminado un año redondo, perfecto. Cuando aún balbuceaba y se iniciaba en las papillas Johan Museeuw ganaba la etapa del Tour que me descubrió Le Mont Saint Michel. Con seis meses de vida tan solo Miguel Indurain rompía a Greg Lemond en Luz Ardiden y a Marino Lejarreta en Jaizkibel camino de Donostia. Al año y medio de vida de Sagan el navarro ganaba su primer Tour y al poco Gianni Bugno se adjudicaba el mundial. Peter Sagan tiene tan sólo 22 años tiernos y humeantes pero presenta una hoja de servicio prodigiosa: quinto en el CQ Ranking merced a una larga quincena de éxitos entre los que se cuentan tres etapas del Tour más parciales en Tirreno, Suiza y California.

Sin embargo, y al margen de victorias, la cuestión se haya también en una primavera sin paragón, al menos en el tamaño personal, pues firmó segundo en la Gante-Wevelgem, tercero en Amstel Gold Race, cuarto en Milán San Remo y quinto en Tour de Flandes, abriendo el imaginario y las conjeturas al infinito. Se tuvieron que cruzar en su camino Tom Boonen y Simon Gerrans para evitar que el chaval hiciera de su precocidad bandera en el reino de las clásicas. Ahora en Liquigas que ya no se llamará así pero que presentará similares mimbres, su escalafón sube: sin Nibali y con Basso & Moser, es líder casi único del mejor equipo italiano. Eso no es pecata minuta.

 

Foto tomada de www.cyclingnews.com