Serie 12×12: Chris Hoy, el pistard que fue un ídolo nacional

La vida de la bicicleta en el Reino Unido no ha sido fácil. Íntimamente vinculada a los progresos de la Europa continental, el elemento de dos ruedas y múltiples desarrollos en las Islas ha sido más bien medio de transporte y ocio que otra cosa. Así lo atestiguaron los muchos equipos que por las campiñas rodaron durante décadas sustentados por manufacturas británicas. Una industria fluida y próspera que no siempre tuvo reflejo en la competición.

El señor inglés veía en las carreras ciclistas involución, como una especie de reseteo en el tiempo. Se quedó con las viejas glorias francesas, las trifulcas italianas, el pundonor español, las cuestiones de estado belgas. No le gustaba en definitiva. Aquello necesitaba lubricante para crecer y desarrollarse. Cuando David Millar, por ejemplo, se instaló en el norte de Francia su condición original de escocés les convertía en un rara avis. Millar odiaba el cateto ciclismo de provincia que atestaba las rutas inglesas.

Ese lubricante al que aludíamos fue la pista. Todo empezó despacio, pero con paso firme y una ingente cantidad de dinero procedente de las loterías inglesas. Nos remontamos al ciclo que merodeaba la Olimpiada de Sidney. Se trabajó con sentido de estado. Una vez escrutado el medallero, los responsables del deporte británico olieron el metal en los velódromos. El ciclismo en pista sí era chic, vestía de modernidad, ahuyentaba las historias de nuestros bisabuelos.

En ese engranaje los resultados acabaron por dar la razón a tan sólido planteamiento. El Reino Unido es la potencia mundial de la modalidad, Manchester su catedral y desde el verano Londres su santuario, sitio de culto. Y en esa tesitura de éxito y borrachera de los sentidos, surgieron muchos nombres, tantos que los límites físicos del velódromo se rompieron para dar forma a historias de fortuna como a las que asistimos en el último Tour.

Sin embargo nuestro hombre, una vez puesto en contexto, es Chris Hoy. Escocés, que no recién retirado, es la bisagra de esta historia. Emergió en 1999 como integrante de la velocidad por equipos y desde engarzó todos los capítulos del más dorado de los cuento de fortuna de una nación en una disciplina en concreto. Sus logros deportivos dieron rumbo a una manera de entrenar revolucionaria pero cruel. Hoy se vació en discretas sesiones como lo hubiera hecho en cualquier gran evento.

Titulado Sir, la descripción de su palmarés es superflua respecto a lo que significa. Valgan sólo once campeonatos del mundo y seis títulos olímpicos. Su bagaje engloba mucho más. Lo vimos en Londres. Días antes de iniciar la competición en el fabuloso velódromo. Hoy fue el abanderado de la selección anfitriona. Un gesto, un detalle de calado. En un mundo donde estados que sienten como tales hablan de separarse, el elemento supranacional que es el deporte burló las diferencias. Situaron a un escocés al frente de la delegación de la Gran Bretaña en el momento cumbre de la Olimpiada de Londres. Dimensionar tal momento es hacerlo sobre el apego de esta gente al velódromo, ese resuello de modernidad que reclamaban para amar la bicicleta. Ahora que lo tienen Hoy cuelga los hábitos. Cerró el círculo, su tremendo golpeo en el keirin se nos hizo eterno.

Serie 12×12: La ancha espalda de Alexandr Vinokourov

De Alexandr Vinokourov se habla mucho. Muchas veces mal. Se le tacha de rudo, frío y muy tramposo. El ciclismo le ha ubicado en el doble filo. Si su carisma no caminara por el lodo de lo “ilegal” quizá hoy no hablaríamos de él aquí y ahora. Una longeva trayectoria arrancada en ese equipo que apestaba a dopaje llamado Casino y trufada por varios escándalos contrarrestados por golpes de efecto. A cada desliz vital, el hombre que puso a Kazajistán en el mapa ciclista respondió con una más sonada. Una vida en el borde.

En San Sebastián Vino dijo basta. Tras volver cuando su cadera crujió en una cuneta del Tour de 2011, el celeste puso punto y final en la carrera donostiarra, la primera y última que compitió ataviado de los parabienes olímpicos. Pascal Richard los lució primero que nadie, Jan Ullrich no hizo gala, Paolo Bettini algo más y Samuel, los grabó a fuego en su marca. Vino ganó y se largó.

Como un buen vino, envejecido, traído por los sabores de la experiencia, el rubio supo decir adiós antes de un mal rayo le partiera en dos, bien fuera caída, bien fuera amaño, bien fuera otro positivo.

Llegó a Londres en la más oscuras de las catacumbas. Representaba todo aquello que esa olimpiada “Inspire a generation” quiso combatir. En medio de adalides del ciclismo pulcro y transparente, casi como ese gótico vertical y vidriado de Westminster. Pero en el tramo que va de Buckingham a Trafalgar Square, en la avenida cuyo asfalto aparece tintado, en The Mall, el kazajo demostró que un ciclista de verdad es aquel que, haciendo siempre lo mismo, sigue sorprendiendo.

Como en los Campos Elíseos, como en otros tantos escenarios, donde no llegó el talento arribó el genio y la naturaleza. Jugó a con la reina entre un grupo de peones, entre ellos la pléyade murciana Luisle &V Valverde. Muñequitos en su mano. Casi como Rigoberto Uran, un magnífico ciclista tremendamente torpe en el manejo de las perspectivas. Cuando quiso comprobar donde venía el grupo, Vinokourov ya le había colgado la plata del cuello.

Esta vez la máquina además no pitó. El oro de Alexandr Vinokourov fue de Ley, mayúsculo, mal que les pese a muchos. Este sistema imperfecto es lo que tiene. A su espalda el positivo de 2007, el amaño de la Lieja de 2010, las luchas intestinas en Astana. Le resbaló. Espalda ancha y rostro largo. Alexander Vinokourov es sin duda otro que daría para novela, pero no sabemos si de rasgos caucásicos, o extravagancia francesa.