Ferdi Kubler, el buen suizo

Suiza, bello país. Orillado por montañas en su medula y por los costados, trufado de parajes que a veces asemejan mares, pero que son lagos de deshielo, lagos de todos los tamaños y profundidades. Lagos que saben de leyendas, del carácter del paisano de un lugar que se hizo fuerte desde tiempos remotos, desde los cuentos de Guillermo Tell, y la numantina defensa ante los Austrias.

Porque los suizos son muy de nadar y guardar la ropa, gente de bien, de posibles, que han sobrevivido a dos guerras mundiales, en medio del cogollo europeo, con grandes estados en el filo, con imperios precipitándose y ellos en medio, neutros, tranquilos, en una calma relativa, eso sí. Ajenos al mundanal ruido.

Esta entradilla, tan aleatoria como cualquier otra, sirve para calzar la primera impresión, el rasgo inicial sobre el nada pretencioso retrato que queremos hacer sobre Ferdi Kubler, el ganador del Tour más viejo en vida, que ahora deja ese testigo a Roger Walkoviak, el campeón que no quiso serlo, y Federico Martín Bahamontes, el toledano del que se sirivió un país como espejo de lo que el talento es capaz de ofrecer cuando se tiene a raudales.

Kubler, Ferdi de nombre, lo dicho, suizo, pero suizo suizo, muy querido entre los suyos. De él hay leyendas, cuentos difusos que hablan que bramaba, incluso relinchaba cuando agarraba la parte baja de su manillar como el cowboy que empuñaba sus pistolas. Le dibujan visceral, le tomaban por medio loco, como aquella vez que no quiso esperar a que el Ventoux empezara para atacar. “Que no ha empezado la subida” le decía Geminiani. Y qué, él era Kubler.

Nada más lejos de la realidad. Las crónicas buenas, le definen como la mano que mece la cuna. El corredor que tocaba las personas adecuadas en el instante más afortunado. No era Maquiavelo, no leía de sus principios del príncipe moderno, pero sabía a qué jugar o a quién insistir y a qué puertas tocar. Dominaba las divisas, francos, liras, pesetas, marcos,… como un buen banco suizo. Astuto, movió esos hilos, tramó de esa manera y se le tomaba por loco. Eso yo lo llamo ser una especie de genio, pululento y maloliente, por las circunstancias de la época, pero un genio. Con todas las palabras.

El palmarés de Kubler no es el mejor que encontramos, pero sí que es suculento. Ganó el primer Tour de la icónica década de los cincuenta, ese Tour en el que Bartali fue increpado en el Aspin y los italianos tomaron rumbo a casa, ese Tour en el que, vestido de amarillo, se mostró lo cerebral que nadie hubiera imaginado para ganar en Lyon la crono final y cubrirse de gloria.

Convivió con los gigantes de siempre, con Bobet, con Coppi, con Magni, con Bartali,… con Koblet, el otro gran suizo, el que se peinaba antes de cruzar la meta para sembrar el terror entre las nenas. Convivió con esos, e hizo un palmarés atemporal, con dos dobletes en las Árdenas, seguidos además. “Lieja y Flecha in a row”, con vueltas en casa, Romandía y Suiza y con el corazón de los suyos, el mismo que un día le dieron y nunca le han reclamado de vuelta, hasta el día de su muerte, a escasos segundos de llegar al que habría sido 98º año de vida.

Imagen tomada de Los Tiempos

El campeón más triste de la historia

Ganar el Tour implica muchas cosas, posiblemente años de salud, la alineación de los astros en forma de salud, suerte y rivales y en ocasiones el factor sorpresa. Todos los grandes nombres tuvieron una primera vez, el destello que antecedió sus reinados, pero a veces esa chispa fue una gta en el desierto, una suerte de carambola que el tiempo demostró ser la excepción y no la norma.

#DiaD 28 de julio de 1956

El pelotón del Tour de Francia pisa París con una mezcla de incredulidad entre los corredores, asistentes y los aficionados que se inclinan en las gradas del Parque de los Principes. El portador del maillot amarillo es un ciclista del equipo regional Centre-Nord-Est llamado Roger Walkowiak, un corredor de perfil muy bajo, tanto que nadie en los pronósticos previos puso su nombre en papel alguno.

Marcel Bidot, ciclista en los años veinte y por aquellas fechas mánager del equipo francés, antes de dedicarse al bohemio negocio del vino, no podía creer que Walko ganara el Tour: “Es increíble como las circunstancias pueden beneficiar a un corredor con el que nadie contaba. Si entre Luchon y Toulouse, Darrigade hubiera estado junto a Bauvin, hoy éste sería el ganador del Tour. Pero Darrigade quiso buscar el triunfo de etapa”. Bauvin sería segundo en París ha poco más de un minuto del ganador.

Y es que como dijimos todo se alineó para Walkowiak, que cogió la fuga buena y supo administrar la renta con penosa resistencia, aprovechando que Louison Bobet estaba recuperándose de una operación, Charly Gaul no volaba como en el Giro, Fede Bahamontes estaba inéditamente discreto y Stan Ockers se centró en la clasificación por equipos.

En un país acostumbrado a la grandeza de Bobet e impaciente por la eclosión inmediata de Riviere y Anquetil, nunca se perdonó la forma de ganar de Walkowiak, quien fue diana de los comentarios más ácidos y descarnados que posiblemente nunca haya recibido un campeón. Aislado del mundo, ya retirado del ciclismo, Walko, el sacrificado Roger, admitiría que ganar el Tour había resultado su peor condena.

Imagen tomada de Vimeo

INFO

Mira las barras de techo de Cruz para llevar las bicicletas

#BonjourTour etapa 10

La carrera se pone en marcha desde Escaldes d´ Engordany para meterse rápido en Francia, aunque ello implique cruzar Envalira, esa subida a más de 2400 metros que un día puso en serios aprietos al empachado Jacques Anquetil cuando sus rivales salieron a cuchillo sabiendo de las costumbres del astro normando en las mesas de las jornadas de descanso.

Casi 200 kilómetros más allá está Revel, meta habitual en el Tour que acoge la caravana tras un perfil quebrado con una dificultad de tercera que aunque puede no evitar el sprint, sí puede eliminar a alguien, eso si al pelotón no le da por permitir una escapada, cosa posible, dado que las fuerzas de los equipos no están como hace unos días. Uno de los pocos días potables para velocistas, y entre los grandes André Greipel y su Lotto aún no han mojado.

El lugar

La carrera siemore circulará dirección norte, entrando en la Ariège, una región de adustas montañas graníticas con impresionantes gargantas.

12 de Julio de 1948

El Tour sale de los Pirineos con Louison Bobet de amarillo y una cómoda renta en la general, etapa sobre el papel sencilla entre Montpellier y Marsella, salida desde el Languedoc y leve surcar el corazón provenzal hasta la tercera ciudad gala. Los belgas andan picados. El francés líder les ha dado demasiado fuerte en el macizo fronterizo y plantean la guerra desde lejos.

En el kilómetro 160, la etapa tenía 248, se arma una fuga con Impanis, Lambrecht, Lapébie, Vietto y Camellini. Rápido cogen dos minutos y la defensa francesa, muy castigada por trabajar durante los primeros días, se viene abajo. En la meta Bobet cede diez minutos, conserva la prenda de líder, pero eso no es lo peor. En San Remo es tratado de un furúnculo que le impide rendir a satisfacción. Acabaría abandonando. El Tour caminaba hacia los Alpes, hacia el segundo triunfo, diez años después de Gino Bartali.

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Pedalea por los alrededores de Gandía desde el Hotel Bayren, un hotel perfectamente preparado para acoger al cicloturista

El ciclismo se aleja de la gente

Hoy, en virtud del progreso que experimenta la sociedad en todos los campos, tenemos la facilidad de seguir los acontecimientos con unos recursos a distancia que antes no disponíamos. Desde casa, a través de la pantalla televisiva o la misma radio, nos es muy cómodo vivir de cerca las evoluciones de cualquier competición deportiva. Casi mejor  y con más comodidad que verlo en directo en la misma carretera. Existe algo así como una cuarta dimensión que nos hace ver muy de cerca algunas gestas o hazañas que en otros tiempos nos pasaban desapercibidas.

Tenemos ahora, diríamos, el ciclismo en casa. Por otra parte es admirable el de que hoy los aficionados, e incluso por parte de quiénes no lo son, hace que conozcan mucho más a fondo una faceta que les era desconocida a lo que se llegaba al retroceder a los viejos tiempos. La difusión  informativa bajo esa perspectiva actual tiene un peso específico que antes no teníamos.

El paso fugaz de los ciclistas   

Nos vienen a la memoria estos pensamientos al recordar a aquel ciclismo de antaño que nos tocó vivir muy de cerca y que contaba con escasos medios económicos y publicitarios. Tuvimos la inmensa suerte y la oportunidad de seguir varias competiciones ciclistas a partir de la década de los cincuenta, como consecuencia de nuestra labor periodística. Las gentes apostadas al borde de las carreteras aplaudían frenéticamente el paso de los atletas sufrientes que empujaban con fuerza dándole a los  pedales. Se contemplaba, eso sí, su paso de una manera un tanto fugaz, centelleante, vertiginosa, que contrastaba con una larga y paciente espera por ver a los ciclistas. Era todo aquello un espectáculo rutilante lleno de colorido que transparentaban sendas camisetas enfundadas por los ciclistas.

Los llamados “esforzados de la ruta”

Ahora las tornas han cambiado en bien del deporte ciclista, dado de que hoy lo podemos vislumbrar a través de la pantalla de la  televisión, en donde nos ilustran a lo vivo los esfuerzos, victorias y adversidades  de estos protagonistas a los que se les llama tradicionalmente  los “esforzados de la ruta”. Así fueron bautizados en el año 1924 por el conocido y polifacético escritor francés Albert Londres.

En cierta manera hoy se contempla todo bajo un prisma diferente. Por lo menos si nos centramos exclusivamente en lo que se refiere al deporte de la bicicleta, que pudimos vivir, repetimos, a partir de los años cincuenta. Quizá sienta ahora una escondida nostalgia que me acerca o une a aquel pasado, aquel pasado que juzgamos tan alentador y tan atractivo, tutelado por los grandes héroes del pedal de otros tiempos. Hemos de reconocer y dar paso a la evolución experimentada en esta disciplina de las dos ruedas, gracias al apoyo sustancial recibido por parte de las firmas comerciales y organismos oficiales de toda índole, que han encontrado en estos hombres del pedal un medio propagandístico de gran difusión para la promoción de ciertos productos de la más variada gama y que nos arrastran a su consumo sin contemplaciones. Los ases y su popularidad ejercen un extraño influjo sobre las masas, en este mundo abigarrado y lleno de contrastes, en donde por encima de todo se mueve mucho dinero. Uno tiene la sensación, fieles al afirmarlo, de que se está perdiendo un bastante la cabeza. Se entra en algo así como un laberinto complicado  en  el cuál entran en juego  intereses económicos fabulosos y hasta inauditos.

El ayer de aquellos campeones inolvidables   

Retrocediendo al compás del paso de los tiempos, no dudamos en afirmar que aquel otro ciclismo era indudablemente más espontáneo que el que compartimos hoy. No se hacían valer ni los métodos, ni los cálculos milimétricos, ni otras técnicas más o menos sofisticadas impuestas por los respectivos directores técnicos de los respectivos equipos.

En nuestra aquella época, en nuestros tiempos, pudimos  entablar abierta amistad con campeones inolvidables, tales como Fausto Coppi, Gino Bartali, Louison Bobet, Ferdinand Kubler, Jacques Anquetil, Bernard Hinault, Eddy Merckx y Miguel Induráin, entre varios otros, que se permitían el lujo de dominar la actividad rutera durante casi toda la temporada o parte de ella. Su lema y su voluntad eran de mantenerse en la línea de vanguardia del principio al fin del año en curso. Eran en una palabra más brillantes frente a la consecución de los hechos y con capacidad física más que suficiente para desenvolverse en todos los terrenos sin contar ni mucho menos con los medios de apoyo de los que cuentan hoy en día los ciclistas.

Por  Gerardo  Fuster

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Un caballero llamado Louison Bobet (y 2)

Este post viene de uno anterior

(…)

Louison Bobet trabajaba durante toda la semana, aprovechando los días festivos para concurrir en competiciones regionales. Algunas veces se desplazaba al lugar de la carrera anunciada, montado en su misma bicicleta. Ocasión hubo que debió hacerlo pedaleando en horas nocturnas. De ahí su inusitada voluntad y enorme afición por este deporte. Los resultados pronto le soplaron a su favor. La prensa francesa enseguida no escatimó adjetivos de elogio hacia su persona. Siendo corredor aficionado, me recordaba lo feliz que fue al conquistar el Campeonato nacional francés, con apenas 20  años. Aquello representó para él un trampolín hacia la fama y a su rápida consagración como ciclista.

Ya siendo corredor profesional, en 1947, venció en la clásica “Boucles de La Seine”, una competición de renombre. Al año siguiente, a los 23 años, osó a concurrir por vez primera en el Tour. Se permitió el lujo de ser líder de la prueba durante ocho etapas, cediendo finalmente la casaca de oro al famoso italiano Gino Bartali, que llevaba tras sí una gran fama internacional.

Se recuerda la etapa alpina de tintes dantescos, Briançon-Aix-les-Bains, con las dos siluetas fantasmagóricas de Bartali y Bobet, enfrascados en un encendido duelo bajo unas condiciones climatológicas a todas luces infernales. La niebla, la lluvia y el barro fueron los tormentos severos de aquella contienda abierta y sin igual. Una jornada inolvidable y muy propicia para que los amantes a escribir historias se pudieran lucir sobre los papeles y con su pluma, ensalzando las grandezas del deporte ciclista.

En las puertas de la fama

Pero no fue hasta el año 1953, en su sexta participación y tentativa, cuando Bobet pudo paladear las mieles del triunfo en el Tour tras un recital majestuoso llevado a cabo en la ascensión al Col del Izoard, llegando destacado a la meta de Briançon, con cinco minutos de ventaja sobre el holandés Jan Nolten y el español Jesús Loroño, que precisamente comenzaba a destacar y brillar en la etapas de alta montaña. Al año siguiente, Bobet, volvió a las andadas en suelo alpino, acompañándole en las hostilidades sin  freno por un tal Federico Martín Bahamontes, otro español que comenzaba a despuntar en las temidas cumbres. En 1955, como la cosa más natural del mundo, Bobet volvió a ser rey por tercera vez consecutiva en el periplo galo, siendo aclamado por las multitudes en toda su bien querida  Francia. A partir de entonces, hay que decirlo, su trayectoria deportiva fue palideciendo paulatinamente, teniendo especial repercusión su abandono en el Tour  del año 1959, en la etapa Grenoble-Aosta, tras cruzar el célebre y coloso collado del Iseran, con sus 2.188 metros de altitud. Fue el baluarte de una claudicación ya anunciada. Lo único que le valía era su popularidad bien alcanzada, merecida y bien labrada en el curso de su glorioso pasado.

Su máxima alegría: ser campeón del mundo

Pero su satisfacción más grande, con todo, así nos lo manifestó abiertamente, no fue el ganar el Tour de Francia por tres veces seguidas: 1953, 1954 y 1955, cosa que le convirtió en el primer corredor que por tres veces consecutivas se adjudicaba el Tour. Nadie lo había conseguido con anterioridad. Era un dato a retener. Su alegría más grande no fue otra que conquistar la corona de  campeón del Mundo de fondo en carretera, en 1954, en Solingen (Alemania).

Los que seguimos sus pasos muy de cerca, recordamos su grave accidente de automóvil en el año 1961, acompañado por su fiel hermano Jean, que también había sido corredor profesional. Quisiéramos decir ya que hablamos de Jean, que al margen de su actividaddeportiva, había destacado como docto profesor de idiomas y asimismo como aventajado traductor. Louison Bobet decidió dedicar su vida hacia otros derroteros, fundando el Instituto de Talasoterapia, dedicado a las enfermedades reumáticas, cuya sede más conocida se localizaba en la ciudad costera y cosmopolita de Biarritz. Abrió, eso sí, varios centros de rehabilitación repartidos en toda Francia, lugares que alcanzaron una cierta difusión.

Tras varias intervenciones quirúrgicas, su físico fue decayendo hacia un final irremediable: la muerte, que se produjo el 13 de marzo de 1983, a los 58 años. Nos dejó como consecuencia de sufrir un tumor  cerebral que le venía atenazando de tiempo. Fue éste un eco que causó estupor y hasta sorpresa en el mundo del ciclismo, cuando su vida le sonreía en el capítulo de los negocios, una faceta que no todos los ciclistas que se retiran saben asimilar y soportar  con maestría y con tino, facilitándoles una acomodada holgura económica. Una cosa es haberle dado a los pedales y conquistar prestigio, y otra muy distinta el meterse en el mundo empresarial y apuntar también en las alturas.

Fue uno de los pioneros dentro del ciclismo al introducir un entrenamiento de base científica, cuidando de la alimentación y nuevos métodos dietéticos que rompían todos los esquemas que el ciclista de entonces no solía contemplar. A Louison Bobet, por algún tiempo, si le consideró más bien un buen visionario y adelantado en sus planteamientos como también lo había sido el inolvidable y portentoso Fausto Coppi, en su época.

Cierre final

Como colofón final no podemos sustraernos a lo que fue su larga trayectoria deportiva, registrando un fabuloso historial, con 122 importantes victorias. Se retiró oficialmente en el mes de agosto del año 1962, es decir, a la edad de 37 años. Fue el cierre definitivo de un libro lleno de nostalgias, de éxitos y hasta de fracasos, que dieron plenitud a su agitada vida como ciclista, un ciclista diferente a todos, que nos dejó una profunda y admirable huella. Podríamos haber escrito muchas cosas más acerca de Louison Bobet y de su historia como ciclista, pero hemos preferidos ser sucintos en el contenido que hemos vertido hoy en estas páginas.

Por Gerardo  Fuster

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Un caballero llamado Louison Bobet

Francia es un país que ha dado ciclistas destacados, y más si nos remontamos a principios de siglo XX y nos adentramos en los acontecimientos que se vivieron una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial; es decir, en los albores del año 1946. La bicicleta fue un medio de divulgación popular y la industria del pedal acaparó el interés por parte de diversos fabricantes de ciclos que intuyeron un buen filón económico cara a las ventas de aquel producto rodado. Existía una alta competencia entre unas y otras marcas que se venían anunciando  en los diversos rotativos de tendencia deportiva.

Fue precisamente el Tour de Francia la competición que contribuyó al resurgimiento de varias figuras que comenzaron a sugestionar a los miles y miles de aficionados atraídos por las evoluciones del deporte de las dos ruedas.

La solera de los franceses 

Aún se recuerda y, por cierto, con evidente nostalgia, los apellidos notables y populares de los Maurice Garin, Gustave Garrigou, Georges Speicher, André Leducq, Antonin Magne, Lucien Petit-Breton, Henri Pelissier y Roger Lapebie, que protagonizaron formidables gestas de alta repercusión internacional, sin olvidar a otras figuras de época algo más reciente como fueron Jean Robic, René Vietto, Jacques Anquetil, Bernard Hinault, Raymond Poulidor, Laurent Fignon, Bernard Thevenet y Raphael Geminiani, entre varios otros que harían casi interminable esta relación.

Sin embargo, dejando atrás el pasado al que hacemos alusión, nos viene a la memoria la figura de un ciclista que surgió inesperadamente tras las campañas bélicas que asolaron a Europa. Su nombre y su apellido no son otros que el de Louison Bobet, un atleta destacado que además de darle a los pedales, fue extremadamente gentil con las personas que tuvieron la  ocasión de tratarle de una manera un tanto personal. Como ciclista se le podía considerar un hombre completo, es decir, se defendía en todos los terrenos; destacando lo mismo en una carrera clásica o bien de largo kilometraje por etapas. Sin ser un escalador nato se defendía lo suficiente en el terreno ascendente. Descendía los puertos con cierto arrojo y aplicando una evidente maestría y hasta estilo. Damos fe de ello en las competiciones que seguimos muy de cerca como periodista deportivo.

Tuve la feliz oportunidad de conocerle y singularizo manifestándolo aquí, adentrándome en su entorno y en su propia identidad. No sabe uno el por qué, pero hubo una comunicación espontánea que me abrió las puertas. Era sumamente explícito en sus respuestas que denotaban sencillez y lógica. Era docto en el hablar, y, en ocasiones, hasta chistoso e irónico en sus opiniones. Se le podía hablar abiertamente de cualquier materia. Nunca evadió mis preguntas. Era un personaje cómodo, llano y sin recovecos.

El panadero de Saint-Méen

Si nos centramos en el tema concerniente al deporte ciclista, sí diremos que las armas más poderosas de Louison Bobet fueron el enorme tesón y la férrea voluntad que puso siempre a la hora de darle a los pedales, aplicables en los momentos trascedentes que supo afrontar con valentía y sufrimiento. No tenía precisamente una capacidad física desenvuelta e innata en otros campeones de su época. Pero aun así consiguió muy buenos objetivos y resultados. Era a primera vista de constitución frágil, aunque su estatura no desmerecía. Era más bien delgado y de buena planta.

Había nacido el 12 de marzo de 1925, en una localidad de la Bretaña francesa denominada Saint-Méen-le-Grand, perteneciente al distrito de la ciudad de Rennes. De ahí que se le llamara en lenguaje más común como “El panadero de Saint-Méen”, dado que trabajó desde su infancia  en este sector, un negocio familiar que venía heredado de otra generación. Su función principal consistía en ser repartidor de la bollería que elaboraban, actividad que acostumbraba a realizar en bicicleta, abarcando una extensa área que le obligaba a cubrir varios kilómetros a régimen diario, afrontando las vicisitudes del mal tiempo algo muy común en aquellos contornos.

Admirador de Vietto

Inició su actividad dentro del campo de la bicicleta a la temprana edad de diecisiete  años, ganando un buen número de carreras regionales en  la región de la Bretaña, su tierra de origen. Sus padres le compraron una bicicleta y contribuyeron en gran manera a apoyar su denodada afición por pedalear. Admiró en aquel entonces y de manera particular a su compatriota  René Vietto, un ciclista de calidad que, por lo general, aún poseyendo una gran capacidad física se sacrificó en aras a favorecer a otros.

Queremos recordar la colaboración abierta que tuvo René Vietto, al ceder su bicicleta al compañero de equipo y compatriota Antonin Magne, accidentado y futuro vencedor absoluto en el Tour de 1934, gracias a él. Vietto con el pasar de los años conquistó una merecida popularidad en torno al Tour y entre sus paisanos, en especial en el año 1939 al alcanzar el segundo lugar tras el belga Sylvère Maes, un antagonista sumamente astuto y extremadamente calculador. Aprovechamos estas líneas para exponer que debieron pasar treinta años de sequía hasta que surgiera su compatriota Eddy Merckx, que volvió a empujar hacia arriba el pabellón de Bélgica, un país de denodada solera ciclista.

Continuará…

Por Gerardo Fuster

INFO

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Serie mitos: El día que Louison Bobet se eternizó en el Izoard

Jean Bobet habla en su libro de “Mañana salimos” del G4. Los grandes de la década de los cincuenta. Una generación irrepetible en todo: palmarés, carisma, rivalidad, glamour, interés. Bartali, el tosco fraile, Coppi, irremediable genio, Koblet, con el peine en el bolsillo del maillot, y Bobet, el primero en casi todo, incluso en armar estadísticas imposibles hasta la fecha.

Hubo un día de julio. Exactamente el 22. Corría el Tour de Francia de 1953. Jean Robic había sido inmisericorde en los Pirineos. En el vientre del pelotón circulaba Bobet. Se hablaban maravillas de él. El gran éxito se le resistía. Tenía ya 28 años, edad de merecer. Era un todo o nada. La jornada partía desde Gap para romper en Briançon. Allí, en su ciudadela de viraje arabesco. La general presentaba aspecto ambiguo. Lo que no pasara en este trecho ya no habría opción de enmendarlo.

Louison Bobet tiró de pizarra. Lanzó por delante, ya en el kilómetro veinte, a casi 140 de meta, a su compañero Deledda con otros dos elementos. Francia se relamía. Bobet no encajaba la situación. Tercero en la general supo que su suerte corría en esa jornada. Armó el ataque a 80 kilómetros de meta. En plena ascensión al Col de Vars, el huesudo potro galo arrancó con Loroño y Sena emparentados a su estela. El líder Mallejac flaqueaba pero mantenía el tipo, por la cumbre sólo cedía 45 segundos.

El descenso fue especialidad de la casa. Bobet se deshizo de sus compañeros en Vars y mandó parar a Deledda. De él sacó el mejor jugo para coger a los de adelante y empezar a hacer decente su hazaña. Sin embargo ésta solicitaba culminar. Bobet cazó y superó a los fugados. Estaba ya en el Izoard. Riscos pelados de paisaje fantasmagórico, caliza piedra que aborda la carretera, una suerte de mal camino de cabras donde serpentean ciclistas al ahínco de los espectadores.

Como diría a continuación, Bobet condujo su máquina en solitario por la Casse Déserte. “Sólo los campeones lo hacen” concluyó. En medio de la muchedumbre, que suponemos no era mucha a esas alturas, emergió un rostro conocido. Fausto Coppi cámara en mano y acompañado de la Dama Blanca, Guilia Occhini, retrató el torcido gesto del francés. Se saludaron en la jerga de los gigantes. En la cima su renta caminaba hacia los cuatro minutos, en meta sorteaba los cinco y medio. El líder llegó a más de diez. Bobet se hizo grande. El Izoard le hizo eterno.