Hautacam, la cima de las tempestades

Hubo en 2008 como un punto de inflexión en el Tour de Francia. El ciclismo, un deporte abrasado a controles, cercenado por escándalos, llevaba unos años tormentosos. Se encadenó el escándalo de Festina, una década antes, con la destrucción, total además, de mitos como Marco Pantani, el plomo de los años de Lance Armstrong y un sprint final que rompió en la expulsión de Michael Rasmussen, el positivo de Alexander Vinokourov y la explosión de la Operación Puerto.

2008 fue año olímpico. En ese Tour donde muchos luego acabarían yendo a Pekín, las cosas parecieron diferentes. No dejaron de haber escándalos, con ellos el ciclismo nunca se había divorciado. Positivos de Moisés Dueñas, Triqui Beltrán,… luego también los casos del Gerolsteiner con Kohl y Stefan Schumacher. Sin embargo la sensación fue de que los protagonistas absolutos no caminaban con el brío de antaño. Recuerdo una llegada en Italia, esa en la que Gerrans retrató la candidez de Egoi Martínez, en la que los favoritos se miraban y se miraban y nadie golpeaba. Los Schleck, Sastre, Menchov, Evans,… pánico casi total, nadie destacaba, todos subían con exasperante lentitud, todo parecía congelado. Dio la impresión de que en esos momentos la química no estaba haciendo los milagros a los que el ciclismo estaba acostumbrado. Dio la impresión de ver un espectáculo limpio.

Pero aquella edición tuvo días de la infamia. Mucho más allá incluso de los propios positivos en manos de corredores de perfil medio. Los días de la infamia se produjeron en los Pirineos. Riccado Riccò reventando el pelotón en el Aspin como si su máquina fuera enganchada a la moto de carrera, asustando incluso a los mentores de Saunier que desde el coche veían que o el cuentakilómetros iba mal o Riccò se convirtió en Cancellara en el llano que iba a meta.

Y luego estuvo Hautacam, ay Hautacam. Otro día para el póster de la vergüenza. En la única y efímera aparición de Juanjo Cobo en el Tour, acompañado de Leonardo Piepoli se fue como y cuando quiso del resto. Frank Schleck, la última víctima de su ritmo infernal, no dio crédito. Saunier iba de exhibición en exhibición y a los pocos días acabaron todos fuera de carrera, expulsados, invitados a salir, da igual, pero fuera de carrera. Hautacam les descubrió.

Doce años antes, también aquí, vimos lo que los libros franceses titulan “la actuación imposible” de Bjarne Rijs. Fue el día que Miguel Indurain sucumbió del todo en su empeño de ganar el sexto Tour y el día que abiertamente el mánager de Saxo Bank reconocería fruto de un nivel de hematocrito indecente. Hautacam por eso había debutado dos años antes en la historia del Tour, con victoria del magnífico, e intermitente, ciclista llamado Luc Leblanc. Un día entre la niebla en el que Miguel Indurain pasó a cuchillo a sus rivales, entre ellos un italiano de poco pelo llamado Marco Pantani.

Y nos queda el año 2000. En medio de una lluvia incesante, Javier Otxoa culminó su mejor etapa de profesional, poco antes de sufrir el tremendo accidente que le dejó sin su hermano Ricardo y con graves secuelas físicas. Aquella jornada Lance Armstrong hizo la presentación en sociedad del molinillo apabullando a todos y sentenciando el Tour el día que esperábamos a Jan Ullrich como su gran rival.

Como ven nombres de todo pelaje y exhibiciones imposibles. Hautamcam ha querido el destino que sea un lugar maldito en la historia reciente del ciclismo. Para el próximo Tour tendremos nuevamente este topónimo en el mapa de la carrera y como bien cuenta Ciclismo de Verdad más de uno irá con los radares a medir lo que allí se cueza y al ritmo que se suba. A veces nos rebelamos ante la masacre de controles y cercos que se establecen sobre los ciclistas, pero mirar la historia de Hautacam demuestra que muchas veces el ciclismo se lo ganó a pulso.

Foto tomada de www.arueda.com

La presión que atenaza a Thibaut Pinot

El año pasado por estas fechas, cuando el Tour de Francia 2012 vivía su amanecer, las cábalas que siempre surgen respecto a quién podrá o no destacar en la carrera incluyeron casi siempre el nombre de Thibaut Pinot, la perla bruta de un país preso por la ansiedad por recuperar su carrera.

Un año después ese nombre suena con mucha más fuerza, incluso más que los gritos que le profirió su visceral director, Marc Madiot, al ganar su etapa en 2012. Sin embargo las cosas no son sencillas para todo aquel que promete hacer algo grande en Francia. Pinot admite sentirse presionado y como él podríamos dar una interminable lista de ciclistas franceses que en su día pusieron de relieve tan incómoda circunstancia y fallaron en el intento: Jeff Bernard, Luc Leblanc, David Moncoutie, Christophe Moreau,…

Francia, como muchas veces hemos dicho, es un país con una estructura vinculada al ciclismo de auténtico lujo, casi de excepción, la guinda que es el Tour no es más que el eslabón de una serie de elementos muy integrados en la sociedad del país vecino que hace de este evento estival su mejor tarjeta de visita. Pero esa credencial es incompleta si uno de los suyos no gana la carrera de las carreras. Casi tres décadas después, se sigue buscando un francés para el Tour y en esa labor Pinot sabe de primera mano lo que implica correr con tal grado de interés. En cómo lo gestione está la clave.

El humeante puzle humano de Laurent Fignon

Laurent Fignon lo repite varias veces en su biografía “Éramos jóvenes e inconscientes”. “Soy una persona complicada, difícil”. A la luz estaba. Pero su repulsivo carácter, en España era especialmente vilipendiado, algo recíproco, le añadía un plus de encanto que en las palabras que se autodedica que en la última obra traducida por Cultura Ciclista hayamos con total nitidez.

Tensas relaciones

Sin embargo y pesar de lo complejo de su estructura mental, el fenomenal ciclista parisino esboza ciertos comportamientos también en función de las personas que le rodearon. Sí, él que fue un ser humano enorgullecido de su emancipación y fácil éxito, perfila su ego merced a otras personas con nombre y apellidos que se cruzaron en su camino. Hemos querido tomar nota de algunas, que resultaron clave y desde luego moldearon ese tremendo ciclista que fue Laurent Fignon.

Por ejemplo Bernard Hinault, su ídolo y gran figura en sus tiernos amaneceres en pros pero rápidamente superado al año y poco de estar en el equipo. Dado que en 1983 Hinault expuso más de lo necesario para ganar la Vuelta, aquella decidida con la gesta de Ávila, el tejón causó baja en el Tour que acabó ganando de forma imprevista Fignon. Aquella ruptura de guiones, trastocó la naturaleza exaltada y primaria de Hinault. Fignon le soliviantó como nadie supo hacerlo.

De Greg Lemond cabe una lectura rápida y muy gráfica: “Fue un oportunista e instaló en el pelotón el vicio de jugarlo todo al Tour”. A pesar de ser compañeros y coincidir muchas veces en competición, el aprecio por el americano fue escaso. Su convivencia fue fría y distante. Obviamente le dedica gruesas palabras al Tour del 89 y al manillar que Lemond utilizó. Al filo de la norma, el californiano jugó con la misma y los matices que permitía. Aquello le valió un Tour.

Y es que el Tour fue quien le condujo al estatus de bicampeón para arrastrarle a las marismas del horror años después y fastidiarle en su faceta de negocios cuando quiso reflotar la París-Niza una vez colgó la bicicleta. Sale malparado ese mediocre personaje que fue Daniel Baal en contraposición con la mano izquierda que Jean Marie Leblanc siempre supo manejar.

Cómo no, la espina dorsal de la obra la protagoniza un personaje de relieve abrupto: Cyrile Guimard, a quien poco menos describe como el emperador Palpatine de Star Wars. Cuando Hinault ya no le valía le faltó tiempo para sustituirlo por Fignon y tres cuartos de lo mismo cuando éste decayó por Luc Leblanc. A pesar del manifiesto egoísmo que describe del mismo, entre los dos dieron forma a estructuras que hoy alumbraron conceptos como Garmin o HTC. Eso sí, se despacha con contundencia con “la llorona”, ése es Luc Leblanc.

Si desagradables son las palabras que sostiene sobre Lemond, no menos simpáticas mantiene sus apreciaciones ante España, “un país recién salido de la dictadura franquista que en 1983 aún nadaba en las mezquindades del tercer mundo”. No obstante fue un español, Miguel Indurain, quien doblándole en Luxemburgo, tras salir seis minutos después, le demostró cuán lejos estaba de los mejores. A Carlos Sastre lo tacha de ciclista normalito y ejemplo de cuán mediocre es el ciclismo actual y su figuras.

Cuando Fignon fue superado por Indurain en aquella célebre crono, vestía los colores del Gatorade, equipo italiano capitaneado por el frágil Gianni Bugno que le descubrió los sabores del dopaje organizado. Sí, un conocimiento total de esa sigla EPO, sus bondades y facultades. Una substancia que a su entender sacaba caballos de auténticos burros. Una línea marcada entre el ciclismo de los ochenta, donde se abusaba de las anfetas y los noventa, el despipote.

 

Sólo deciros que a mi entender ésta es la mejor obra de la fecunda labor que Cultura Ciclista ha desplegado desde mediados de año.