Los escarabajos que doblaron el Giro

Colombianos Giro de Italia JoanSeguidor

Cafeteros, escarabajos, pedalistas e ilustres hijos colombianos por la montaña del Giro de Italia

El gran Lucho Herrera, Fabio Parra, Hernán Buenahora, Oliveiro Rincón o “Chepe” González, entre otros muchos, fueron todos ellos enormes talentos subidos al “caballito de acero” que hicieron vibrar a la afición, colombiana o no, durante aquellos años mágicos comprendidos entre la década de los 80 y los años previos al 2000 en media Europa, pero sobre todo en Italia.

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Dicen de ellos que si hubieran estado preparados y cuidados como hoy Nairo, Rigo, “Supermán” López, Egan Bernal, Chaves, Gaviria, Henao, Pantano o Atapuma, por citar algunas de las grandes estrellas “pedalistas” en la actualidad, la historia del ciclismo colombiano sería una de las más impresionantes de todo el planeta, si no la que más.

Hablar de aquellos corredores es hacerlo de competidores de raza, de guerreros escaladores, de gladiadores del pedal, que dejaron el nombre de Colombia muy alto, tanto como ellos alcanzaban a ascender y hollar las grandes cimas alpinas o pirenaicas.

Mi primer recuerdo de aquellos “escarabajos” que asombraron el mundo del ciclismo y que, en cuanto la carretera miraba hacia el cielo, ponían la carrera patas arriba fue, sin duda alguna, contemplar el espectáculo que brindaba Lucho Herrera en las cuestas.

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Fue en Italia, en el Giro de 1992.

Yo andaba siguiendo, cómo no, a Miguel Induráin, “el hombre de la rosa”, que iba camino de convertirse en el primer español en ganar la gran ronda italiana por etapas.

Para mí no era nuevo oír hablar de “el Jardinerito”.

Había escuchado de él maravillas, como que era el mejor escalador del momento, que no había nacido aún un ciclista con esa calidad en la montaña y que cuando arrancaba en las ascensiones nadie era capaz de seguirle.

Como en las Tres Cimas de Lavaredo, en el Giro del 89.

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Era uno de los grandes.

Los colombianos lo llamaban el “Ilustre Hijo de la Montaña”.

No era para menos.

Pero yo lo descubrí por televisión.

Se disputaba la 9ª etapa con final en el alto del Terminillo.

 

Era un 2 de junio.

Faltaba 1 kilómetro para meta y marchaba un grupo comandado por Induráin, Hampsten, Giupponi, Giovanetti y el propio Lucho. Por delante, Conti, con apenas un puñado de segundos de margen.

Induráin lo ve y ataca.

Caro Ferrer es la pequeña gran colombiana

Todos se retuercen, todos sufren… menos Herrera que, a 500 metros de meta, rebasado Conti, demarra por la derecha y esprinta en solitario hacia la victoria.

Un remate de fuerza. Un ataque seco. Sin mirar atrás.

Hablar de colombianos en el Giro es hacerlo de la épica, la heroica y el mito de unos corredores que en Italia han encontrado siempre el escenario perfecto para sus batallas, con recorridos montañosos ideales para las grandes hazañas de los cafeteros.

 

Los pedalistas, como los colombianos llaman a sus ciclistas, se sentían como en su casa.

Pero para ellos no fue precisamente un camino de rosas desde que un ya lejano junio de 1973, el ciclista antioqueño Martín Emilio “Cochise” Rodríguez consiguiera una victoria histórica para Colombia.

Cochise” alzaba los brazos en Forte dei Marmi y ponía a su país en el mapa ciclista mundial.

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La calidad de los escarabajos ha sido incuestionable durante estos 46 años de “competencia” en el Giro de Italia y a aquel pionero triunfo llegaron otros muchos: nada menos que 29 victorias de etapa en la centenaria historia de la corsa rosa.

Todas ellas de gran prestigio.

Como Oliveiro Rincón en el 95 en Val Senales y “Chepe” González en el Passo del Tonale (1997) y el Monte Sirino (1999).

Como Iván Parra emulando a Lucho Herrera en el Giro de 2005 o Nairo, siendo el primer latinoamericano en ganar el Giro en 2014.

O las cuatro victorias de Gaviria en el Giro del Centenario, en 2017, como gran rematador al sprint y demostrando que el ciclismo colombiano no sólo vive de la montaña y sus escarabajos.

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O la de Esteban Chaves el pasado año en el Etna.

Entre otras, muchas.

Muchos cafeteros en la historia del Giro de Italia.

Lógicamente, los colombianos venían a Europa a por fama y dinero, y disponían de jugosas primas por parte de sus respectivos equipos.

Buenahora, por ejemplo, podía ganar un millón de pesetas si quedaba entre los 10 primeros de la general. Dos millones si lo hacía entre los cinco.

Chepe” González, si ganaba la montaña, se llevaba otros dos millones de las antiguas pesetas.

El dinero que les proporcionaba esos resultados les permitía quedarse a vivir en Italia.

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Como el propio “Chepe”, que situó su residencia junto a su mujer e hijos en Pisa. Sogomoso, donde vivía, una buena tierra, pero allí era demasiado conocido y eso podía resultar muy peligroso.

Igual que Buenahora, que también se marchó a vivir a Pisa junto a su familia, harto de tener que entrenar en invierno con un coche de apoyo en el que iban algunos de sus amigos armados para poder hacer kilómetros “tranquilamente”.

O el caso también de Víctor Hugo Peña, que cuantos más triunfos conseguía, como tantos otros colombianos, y más dinero ganaban, peor lo tenían para vivir en zonas donde eran muy famosos y estuvieran cerca de cualquier delincuente.

Un drama del que ni siquiera se libró el bueno de Lucho Herrera cuando, ya retirado, fue secuestrado en el año 2000 por las FARC.

Eso sí, cuando se enteraron a quien tenían de rehén, lo liberaron enseguida.

Y pidieron disculpas.

 

Nairo Quintana llegó a sus treinta

Nairo Quintana Tour JoanSeguidor

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Lucho y Fabio dejaron de brillar pronto, ¿ocurrirá lo mismo con Nairo?

Estos días estamos con Nairo, dándole vueltas, hablando.

Pero recordemos un poco.

Cuando Herrera y Parra llegaron a Europa a mediados de los ochenta tenían poco más de veinte años y prometían carreras brillantes.

Parra fue el mejor joven del Tour y Herrera se coronó campeón de la montaña apenas en su segunda participación, ya con tres triunfos de etapa en el palmarés.

En Colombia los locutores sumaban minutos y descontaban segundos en meta, imaginaban que si Lucho perdía no sé cuanto con Hinault en la contrarreloj a lo mejor podría descontarle no sé tanto en la montaña, que si Fabio Parra corría no sé como, que si sobrevivían al pavé.

Lo demás se sabe de sobra: Lucho nunca fue un corredor que pudiera aspirar a la general en una grande, más allá de la Vuelta que ganó, Parra alcanzó a ser subcampeón en España y tercero en Francia, los demás se dedicaron a cazar etapas y triunfos en carreras menores.

Los corredores saben bien que la carretera pone a cada quien en su lugar, pero con frecuencia los periodistas olvidan esto y se dedican a vender humo, a sumar minutos y descontar segundos, a fantasear con que si Nairo pierde tanto en la crono podría recuperar no sé cuanto en la montaña, que si Rigoberto Urán se defiende mejor o peor, que si Egan Bernal sube a no sé cuántos vatios en no sé cuanto tiempo.

Las coincidencias entre Nairo, Lucho y Fabio

Tanto Lucho Herrera como Fabio Parra se retiraron de la ruta en 1992, cuando apenas rozaban los treinta y en teoría estaban a punto de alcanzar su mejor nivel.

Pero de la teoría a la cuneta hay un gran trecho y las carreras hace rato que trataban mal a ambos.

Lucho no volvió a brillar en Francia, donde se descolgaba pronto junto a Europeos robustos y grandototes que antes jamás le hubieran aguantado el paso, y si bien es verdad que ganó un par de etapas del Giro ya entrando a los noventa, ya no rompía los grupos con esos ataques lejanos a decenas de kilómetros de meta.

Los colombianos parecían ser precoces, pero se “desvanecían” pronto

Reservado y silencioso, como ha sido toda la vida, Lucho nunca explicó bien por qué dejó de ganar y prefirió retirarse cuando le quedaban por lo menos siete u ocho años de rendimiento por delante.

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Siempre habló de lo difícil y desgastante que era para ellos competir en Europa y Colombia al mismo tiempo, de sus entrenamientos agotadores de ocho horas diarias, de que más bien se fue a sembrar flores y a cuidar de sus hijos cuando ya tenía una posición económica holgada.

 

Fabio Parra ha dicho más y ha dejado claro, ahora que está viejo y ya no sirve para nada, que a lo mejor él se merecía ese Tour de Francia donde los dos corredores que iban por delante dieron positivo.

Cada vez más la suerte de Nairo Quintana se parece a la de ambos.

Ahora que bordea sus treinta años ha dejado de ser esa promesa precoz que escalaba montañas como los ángeles.

Tal vez la carretera lo puso del todo en su lugar.

 

 

Lagos de Covadonga, el santuario colombiano de la Vuelta

Lagos de Covadonga- ciclismo colombiano JoanSeguidor

Oliverio, Lucho y Nairo ganaron en Covadonga cuando la Vuelta

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Vuelvo a esa imagen de Oliverio Rincón cuando cruzó la meta en Lagos de Covadonga en 1993.

Su pelo oscuro y liso, su piel cobriza de nativo americano, los ojos achinados, ese porte delgadísimo de escalador, el uniforme rojo del equipo Amaya y la sonrisa en los labios mientras pasa la raya.

Antes de soltar las manos de la bicicleta para levantar los brazos Oliverio repite un gesto que también hemos visto hacer a Nairo en esta cima: con la mano derecha traza la figura de una cruz persignándose en el instante mismo de la victoria.

Rincón, el jovencito Rincón consagrándose en la cumbre de la montaña, como un Cristo que sufre por su redención.

Allá, en ese santuario y esas montañas donde la leyenda dice que se libró la batalla épica contra los musulmanes en España, se consagraron los grandes ciclistas de la Vuelta a España: Perico Delgado, Lale Cubinos, Raymond Dietzen…

Allá atacaban con furia los colombianos: vimos a Lucho casi sentenciar la Vuelta del 87 en esas cumbres y lo volvimos a ver coronándose rey de la montaña en el 91.

Vimos al jovencito Oliverio estrenándose en Europa, ese muchachito maravilla que había hecho parir a Fabio Parra en el Alto de la Línea, donde le arrebató una Vuelta a Colombia al veterano que acababa de ser segundo en España.

Como vimos a Nairo consiguiendo una de sus victorias más espectaculares hace un par de años.

Covadonga con su virgen y sus cuevas y sus lagos llenos de niebla y su leyenda épica es algo más que una montaña de desniveles atroces.

Covadonga es el santuario castellano de los grandes escaladores, “el Alpe d’Huez” al otro lado de los Pirineos, como dijo Hinault.

Cuesta creer que hubieran descubierto tan tarde, apenas en 1983, este maravilloso final para el sufrimiento y la gloria.

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Una vez más, esta montaña decidirá quiénes podrían perder la Vuelta a España.

 

Una vez más aquellos pequeños ciclistas de piel morena se dejarán sudor y sangre sobre la ruta, su propio calvario de redención en esas tierras tan lejanas, con el anhelo de ser ellos los que crucen los dedos al persignarse en la línea de llegada.

 

Colombia: de Lucho a Gaviria

Hace treinta años por estas fechas Colombia era un país incendiado de ciclismo. Luis Herrera, un jardinerito que también llamaron Lucho, hacía historia mayúscula ganando aquella Vuelta influida a partes iguales entre los Lagos de Covadonga y la desgracia de Sean Kelly. Era la culminación, el minuto cero de una historia de éxito que daría para largos episodios.

La década de los ochenta dejó huella por aquellos que llamaron escarabajos, ciclistas colombianos que subían irresistiblemente las mejores paredes del viejo continente, corredores que ni acostumbraban a ganar grandes vueltas, sí etapas y reinados de la montaña, pero que con Lucho dieron el paso adelante.

Afinado, moreno, elegante y de rauda arrancada, Herrera rápido se vio que sería el elegido de dar el paso adelante, de cruzar el Rubicón, en esa Vuelta logró lo que nadie había conseguido. Fue como un serpentín, el exclusivo dominio europeo amenazado en cadena: primero Greg Lemond que hace caer el telón del Tour, luego Lucho la Vuelta y al año Hampsten el Giro. La globalización en su todo su esplendor.

Luis Herrera acuñó pocas pero grandes victorias, a la general de esa Vuelta, un par de éxitos en los Lagos de Covadonga y con los años el Terminillo en el Giro. La colección de grandes cimas por eso había tenido un antes y un después en Alpe d´ Huez. En la retina queda su mano a mano con Perico en la cima capital de la Volta del 91, el Mont Caro, el pelado coloso de Tortosa, donde Lucho dio la medida de su clase.

Treinta años después, hoy mismo, los titulares siguen hablando del ciclismo colombiano. Más allá de la suerte de Nairo en Oropa, queda lo que pueda dar más de sí Fernando Gaviria, sin duda junto a Tom Dumolin, el corredor de este Giro.

Cuatro victorias, cuatro nada más con escasos veintidós años, un corredor joven que vino a Italia a coger experiencia y ésta la adquiere desde el podio. Nos gusta Gaviria por varios motivos, uno personal, viene de la pista y eso nos pone, y otra pasional, que es un ciclista que subyuga con ese sprint, ese cambio de velocidad, esa forma de imponerse.

Entendedme, las tres victorias que ha logrado hasta la fecha han sido de bella y distinta factura, nos prendó cuando admitió que el mejor velocista del Giro era alemán y se apellidaba Greipel, pero ojo, porque la volatta de Tortona es otra, es otro nivel: una remontada desde atrás, desde muy atrás, desde ese nivel en el que muchos directamente abdican de disputar.

Gaviria demuestra lo importante que es una la confianza en la velocidad, de lo sensibles que son estos hombres, con carcasa de gladiador y corazón de cera. Si no lo habéis visto, por favor miradlo, qué forma de remontar desde cero, de no dar por perdido nada, incluso cuando todo parece perdido. Si Lucho hace treinta años prendió la mecha, ésta dura, y la llama lleva a Gaviria.

Imagen tomada de FB del Giro de Italia & Blog Visión del Ciclismo

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La historia de una marca más que centenaria

Cuatro décadas narrando el esplendor colombiano

La revista Mundo Ciclístico nació hace cuarenta años. Todo surgió ante la presencia de medios escritos especializados en ciclismo en países europeos como Francia, Italia y España y la certeza de que Colombia tenía ya en 1976 el potencial deportivo y de lectores para intentar dotar al país de un medio similar que contribuyera a crear cultura ciclística y a difundir nuestros logros nacionales e internacionales.

Entonces el ciclismo colombiano era pujante, organizado de acuerdo a la época, con un calendario nacional y algunas participaciones internacionales en las que siempre eran protagonistas los ciclistas colombianos tanto en pista como en ruta.

A partir de 1980 cuando Alfonso Flores, que en paz descanse, ganó el Tour del Avenir, las cosas cambiaron. Ello permitió posteriormente al ciclismo colombiano ser invitado ya en 1983 al Tour de Francia, una consecuencia directa además de la creación de equipos profesionales en Colombia que luego llegarían a la Vuelta a España en 1984 y el Giro de Italia. Todo eso sin contar con los ciclistas colombianos que llegaron a equipos Europeos, especialmente españoles.

Aunque parezca lejano, nuestro mejor recuerdo se sitúa en Dauphiné Liberé de 1984, ganado por Martín Ramírez, una victoria imposible e increíble, dadas las condiciones en que se viajó, se compitió y se ganó…. y también en 1984, la etapa del Tour de Francia ganada por Lucho Herrera en el Alpe de Huez, por el significado que tuvo para el futuro de nuestro ciclismo en el Tour y en Europa.

Esa primera explosión del ciclismo colombiano se debió a un talento natural y el apoyo de la empresa privada para equipos que pudieran competir en Europa, hablamos de Café de Colombia, Postobon y Pony Malta. También influyeron la contratación de colombianos por equipos españoles, en Teka, Zor, Kelme y Reynolds y el viaje de grandes equipos y corredores europeos a competir en Colombia en el Clásico RCN y en la Vuelta a Colombia, las dos más grandes carreras de nuestro país.

Casi treinta años después estamos otra vez en plena explosión. Tenemos ese mismo talento natural, pero con muchas más oportunidades para nuestros ciclistas y el convencimiento de que completamente adaptados y perfeccionadas sus condiciones, pueden ser campeones. Y es que han sabido aprovechar perfectamente la oportunidad que técnicos y manejadores de equipos europeos, australianos y norteamericanos brindan a nuestros ciclistas.

En este entorno Mundo Ciclístico seguirá siendo el difusor más importante del ciclismo colombiano ante el mundo y se propone seguir apoyándose en las tecnologías y los logros de nuestros ciclistas en el país y en el exterior para mantener vigente el prestigio de este deporte.

Mientras el ciclismo colombiano tiene su futuro inmediato asegurado gracias a esta generación de oro que nos ha tocado disfrutar y vamos a seguir disfrutando: Nairo, Chaves, Uran, López, Pantano, Henao, Gaviria, Bernal,… y lo que viene.

Si me pides hablar de los grandes referentes del ciclismo colombiano te diré que Fabio Parra fue un portento que llegó a la consagración, a base de trabajo, determinación y confianza en sí mismo y de Rafael Carrasco en Kelme, con quien subió al podio del Tour en 1988 tras Perico Delgado y Steven Rooks. Lucho Herrera fue un superdotado como Nairo Quintana, hecho en Colombia y en una época donde todo era nuevo para los ciclistas colombianos.

Luego vino Santiago Botero, el cabecilla de la «generación puente» entre Parra-Herrera y Quintana-Uran-Chavez. Nos enseñó que era factible progresar en otros campos diferentes a la escalada y por eso fue campeón mundial CRI, rey de montaña del Tour,… También tuvimos en Alvaro Mejía, otro superdotado que tal vez no ganó tanto como debería haber ganado, pero demostró que los ciclistas colombianos seguían estando a la altura de los mejores del mundo, siendo cuarto del Tour, cuarto del Mundial de Stutgart, ganador de la Volta a Cataluña,…

Nairo Quintana nació para ser campeón. Es un privilegiado por la naturaleza, con los valores de un superdotado físicamente para este deporte. El ciclista ideal por su origen, formación, personalidad y con la fortuna de estar en España y en un equipo donde ha podido hacer el proceso debido. Y nos queda Esteban Chaves, un ciclista que como Parra, ha forjado por su propia determinación. Decidido a ser campeón al precio que haya que pagar y dueño de una personalidad avasallante

Por Héctor Urrego, director revistamundociclistico.com

Imagen tomada de Boyaca Radio

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El rinconcito más colombiano de Catalunya

Querida montaña: no me hagas sufrir, hoy me decido a escribirte esta carta de amor sincero tú lo ves, tu cariñito es un agujero que me atraviesa el querer y sin tus besos en mi maillot nada me cubre la piel; como ves, solo pienso en ti, un sufrimiento a plazo fijo llevo en el pecho, querida montaña. Quiéreme otra vez, lléname de ti, vida tengo yo solo junto a ti. Tan solo vivo por refugiarme desnudo en tu corazón. Quiéreme otra vez, no me hagas sufrir, quiéreme otra vez, mi cielo, mi bici, mi amor verdadero, todo te lo di. No me hagas sufrir con mi pasión, quiéreme otra vez, envuelto en rampas de cariño y un poquitico de amor es lo que te pido, pero no me hagas sufrir que sin ti me rindo y en los bolsillos de mi maillot, mira nada me queda, todo te lo di. Mi sueño dorado, tan solo yo vivo midiendo el camino para besar tu cima. Amor sin cadena, quiéreme otra vez

(Adaptación libre, “Carta de amor” de Juan Luis Guerra)

Para encontrar duros puertos catalanes no hace falta que nos desplacemos hasta el Pirineo, y sino que se lo pregunten a Álvaro Pino, cuando en septiembre de 1985, comentaba “que las carreteras catalanas tienen unas montañas que parecen no ser nada hasta que descubres lo duras que son”. Y la sorpresa fue mayúscula, no solo para él, sino para todo el pelotón internacional que durante aquellos días disputaba la prestigiosa Volta a Catalunya, que también descubrió un puerto de lo más selectivo que se había ascendido hasta entonces: el Mont Caro, a 1447 m de altura, uno de los colls más duros de Catalunya, que encararon con respeto y temor.

Aquel 11 de septiembre del 85 el primer corredor en inscribir su nombre en la cima fue el ciclista colombiano del Kelme Alirio Chizabas, demostrando por aquel entonces la superioridad de los escaladores del país sudamericano en la montaña, al ganar con autoridad aquella etapa final reina de la Volta. Robert Millar acabó adjudicándose aquella edición en dura pugna con Sean Kelly, y en las retinas de los corredores quedaron grabadas una bella y dura ascensión que nacía de las mismas entrañas del mar para subir a más de mil metros de altitud en muy pocos kilómetros.

Ubicado en la provincia de Tarragona, al sur de Catalunya, el Mont Caro destaca en el horizonte, altivo, majestuoso, como punto culminante del Parc Natural dels Ports de Tortosa-Beseit, declarado así en el año 2001 por su riqueza botánica y faunística, siendo la reserva de cabra hispánica más importante del país, un macizo montañoso a caballo entre Aragón, Valencia y Catalunya, y que desde sus 1447 m de altitud se convierte en mirador natural desde donde se pueden observar desde los Pirineos hasta el Delta del Ebro en toda su extensión.

Para mí, uno de los gigantes más ignorados tanto en el ámbito ciclista profesional como en el cicloturista. La Volta no va por allí desde hace más de 20 años y tampoco existe la celebración de una marcha cicloturista que lo glorifique. La última vez que estuvo la ronda catalana por excelencia fue en septiembre de 1991, convirtiéndose en juez absoluto de aquella edición. El año que viene volverá, será el final en Lo Mont.

Mano a mano en el Mont Caro, con las cabras de testigos

Era un 11 de septiembre. Según las crónicas del día siguiente “hasta las cabras se entusiasmaron con el espectáculo ciclista que ofrecieron dos grandes escaladores de los de antes, Herrera y Delgado, en las colosales paredes del Monte Caro”. Así que podríamos decir que este alto bien podría denominarse “la montaña de los colombianos” pues fue el inolvidable Lucho el que consiguiera el triunfo, delante de un Perico extraordinario que ejerció de gregario de lujo a un Indurain intratable, líder de la carrera con su maillot blanquiverde de la U.E.Sants, que superó sin problemas el cariñoso monte y se proclamaría vencedor absoluto de aquella Volta del 91.

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Aquel día atacó con fuerza el “Jardinerito”, desatando una espléndida batalla, y Perico respondió llevándose a su rueda a Miguelón, con tal fuerza que parecía que incluso iba a hacer peligrar su liderato. Superó a Lucho a falta de 4 km para meta. Indurain era un espectador de lujo, limitándose a controlar lo que sucedía por delante. Pero a falta de 1 km Pedro Delgado se desfondó y Herrera lo sobrepasó con mucha fuerza, ganándole la etapa en los últimos metros.

Tuvo que conformarse con la segunda plaza, la misma que ocuparía en el pódium junto a su compañero de equipo Miguel Indurain, que había sido el dominador absoluto de la situación: “el puerto ha sido francamente duro, sobre todo en algún tramo, pero el equipo ha estado bien, y sobre todo Pedro, en una ascensión que se ha subido a un ritmo muy fuerte”, comentaba el navarro a su llegada a meta.

Como anécdota, en aquella Volta del 91 descubrimos a un tímido y novato corredor, un tal Álex Zulle que saltaba al campo profesional de la mano de la ONCE y que se consagró como un excelente escalador en las cuestas del Caro, acabando el suizo en la 3ª posición de la general.

Desde entonces ya no se ha vuelto a saber más del Mont Caro a nivel profesional, y a nivel cicloturista tampoco han sido muchos los que se han acercado hasta Tortosa y abandonar su centro para iniciar en la vecina población de Roquetes la escalada a este coloso olvidado. De acuerdo que hasta ahora su pavimento no ayudaba mucho a venir por aquí: infame, muy deteriorado, todo puro bache que aumentaba la sensación de abandono de este monte y que incluso en su descenso, el ir frenando continuamente por el mal estado de la calzada, se hacía casi más agotador que su escalada. Pero hoy en día ya no es así y hace unos pocos años que arreglaron el firme dejándolo en perfecto estado para nuestras finas ruedas.

La carretera del Caracol

Antes de iniciar la escalada, vigilad la fuerza del viento. Según la gente de Tortosa, según como sople, “es mejor no ir”. Si continuamos, saldremos de Roquetes: un cartel nos indicará “20 km Mont Caro” y con la visión impresionante de la pared de los Ports delante de nosotros que hace que te lo pienses dos veces el intentarlo o no. Pero ya que hemos venido hasta aquí… ¡vamos a por él!

Menos mal que los 9 primeros kilómetros son suaves, justo antes de que, después de una bajada, nos encontremos la primera rampa a izquierdas que no bajará del 10%, y así, prácticamente sin descanso, durante todo el resto del puerto, duro, muy duro. Estamos ascendiendo por la carretera del Cargol, toda en forma de eses, aunque puede que la llamen así por el ritmo que llevamos algunos afrontándola. Pasaremos por la famosa y curiosa fuente con un caracol de piedra, pero… ¡atención!, está más seca que la mojama. Contemplaremos, un poco más adelante, la cabra de piedra instalada en lo alto de un gran monolito, que nos recordará lo ya comentado, que estamos en una de las reservas más importantes de cabra hispánica del país.

Una vez llegados a un descanso de aproximadamente un kilómetro (donde se situó la meta en las dos etapas de la Volta, en la Colonia de los Puertos), parecerá que ya hemos coronado, pero nada más lejos de la realidad. Otro cartel a la izquierda nos dirige al “Mont Caro en 4 km”. Y es que para decir “yo he subido el Mont Caro” hay que llegar hasta las antenas ¿verdad? Ese repetidor que en septiembre de 1962 produjo el aumento del parque televisivo de la zona de 1436 a 4368 televisiones.

Metidos en este último tramo: ¡vaya rampas!, ¡vaya 4 km! Los más duros y penosos a un 9% de media con puntas del 15. Las antenas están ahí pero no llegan nunca. Cuando lleguemos arriba, si tenemos suerte, podremos contemplar algún ejemplar de cabra hispánica y si el tiempo acompaña, de un paisaje espectacular, con el mar enfrente y, por supuesto, homenajearnos fotografiándonos junto a la placa de piedra grabada con la inscripción: “Parc Natutal dels Ports. Cim del Caro. 1447 metres. Terme municipal de Roquetes (Baix Ebre).”

Por Jordi Escrihuela, desde Ziklo

Imagen tomada de www.enbici.eu

El asalto colombiano empezó por el Dauphiné

En 1984 el universo ciclista mira al “Dios Sol”, Bernard Hinault, quien había pasado en blanco una buena parte de la temporada pasada, por forzar la rodilla en la Vuelta, y culminado su divorcio con Cyrile Guimard para irse a la manos del multimillonario Tapie, a los mandos del controvertido proyecto de La Vie Claire.

Hinault se tomó la entonces llamada Dauphiné-Libéré, cuando estaba en manos del diario de la zona, como una cuestión de fe para creer que en el Tour podría hacer algo frente a su insolente excompañero, ahora rival en el Renault, Laurent Fignon, un ciclista dotado de un talento mágico pero que debía demostrar que su victoria en la mejor carrera no había sido un cruce con la fortuna.

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#DiaD 4 de junio de 1984

Hinault quiere hacer suyo el Dauphiné, la carrera que figuraba cuatro veces en su abultado historial. Para ello el francés pone toda la carne en el asador, primero con sus compañeros, en una agotadora jornada de casi 180 kilómetros remojada por la lluvia. El líder Francisco Rodríguez, que caminaba maltrecho e infiltrado por una caída, no tardó en ceder, mientras el australiano Phil Anderon se iba hacia delante a por la etapa.

Cuando parecía que Hinault domaría el grupo surgió un segundo colombiano, Martín Ramírez, que no contento con aguantar hasta los cuatro ataques del tejón, se fue hacia delante para que el hueco de su compatriota Rodríguez no quedara en manos de Hinault, quien se quedó tieso de tanto ataque en medio de la subida final al Col du Rousset.

Martín Ramírez sentenciaría al día siguiente el Dauphiné a su favor, en un triunfo que muchos consideran clave en el desembarco de eso que ahora vemos tan habitual, un colombiano ganando en Europa. Ramírez tenía como compañeros de podio a Hinault y Lemond, nada menos, y daba continuidad al éxito de Lucho Herrera, el más brillante de toda la generación de escarabajos, en el Clásico RCN frente a los mentados Lemond y Fignon.

Colombia ya había puesto una cabeza de puente en las playas europeas. La euforia creció exponencialmente, pero el maestro Urrego recordaba que “esto no es el Tour”. El mítico periodista venido de ultramar elogiaba la gesta de Ramírez, pero no ocultaba su debilidad, Herrera, el jardinerito moreno, muy moreno, de cara afilada y mirada ambiciosa que a las pocas semanas habría de reinar en el Alpe d´ Huez.

Imagen tomada de foro.larutadelescarabajo.com

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Suunto Spartan, nace la nueva generación de relojes GPS

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La tan esperada nueva generación de relojes multideportivos Suunto estará disponible muy pronto. Suunto presenta hoy Suunto Spartan Ultra, un reloj GPS multideporte de alta gama para deportistas y aventureros. Además, Suunto está renovando Movescount, su servicio deportivo online, con nuevas funciones y mejoras.

“Hace tiempo que nos preguntaban qué vendría después del Ambit3 -explica Sami Arhomaa, director de la unidad Performance de Suunto-. Así que es un gran placer poder presentar la nueva generación de soluciones de aventuras y multideporte Suunto Spartan”. La solución incluye los relojes Suunto Spartan Ultra, un servicio renovado de Suunto Movescount y aplicaciones móviles para iPhone y Android. “En un mundo donde todo va muy rápido y existe una cantidad de información abrumadora, los deportistas necesitan mejores herramientas para evaluar su eficiencia y cumplir sus objetivos. Todas las personas que desean mejorar desean estar al tanto de sus progresos. Cada vez hay más personas que buscan guía e inspiración en comunidades de gente que comparten su misma visión. La solución Spartan se basa en las opiniones obtenidas del diálogo constante con deportistas y entrenadores de todo el mundo. La nueva solución multideporte Suunto Spartan ofrece nuevas herramientas para progresar basadas en el concepto de comunidad. Estamos convencidos de que estas herramientas les ayudarán a cumplir y superar sus objetivos y expectativas”.

Suunto Spartan Ultra – el reloj GPS para aventuras multideportivas

A prueba de aventuras
Los relojes Suunto Spartan Ultra se fabrican a mano en Finlandia y han sido diseñados para durar en cualquier situación. Resistentes al agua hasta 100 m, presentan una pantalla táctil a color muy duradera con un amplio ángulo de visión y una gran visibilidad bajo la luz solar. La carcasa es de poliamida reforzada con fibra de vidrio, la esfera de cristal de zafiro y el bisel de titanio grado 5 (grado aeroespacial) o acero inoxidable. Para todo tipo de aventuras deportivas, Suunto Spartan Ultra ofrece navegación guiada en ruta, altitud barométrica con FusedAlti™, una brújula digital y una batería duradera.

Experiencia deportiva
El Suunto Spartan Ultra es un verdadero reloj multideporte. Con GPS, FusedSpeedTM, pulsómetro y un acelerómetro integrado, monitoriza los entrenamientos con precisión y ofrece información versátil sobre los progresos realizados en multitud de deportes. Incluye numerosos programas deportivos preconfigurados (p. ej. para triatlón, natación, ciclismo, carreras de aventuras o deportes de nieve), así como para actividades y entrenamientos específicos. Por ejemplo, en running puede elegirse el programa básico con la información imprescindible para correr, un programa de trail running, etc. Además, el Suunto Spartan Ultra proporciona un resumen visual de la actividad realizada, el estado de recuperación y el progreso conseguido para planificar mejor los entrenamientos. El reloj también permite registrar lo que siente al usuario después de cada entrenamiento.

Asimismo, el Suunto Spartan Ultra monitoriza la actividad general durante todo el día, cada día, con etapas diarias y semanales, calorías, y tiempo en activo. En combinación con la App Suunto Movescount, permite obtener notificaciones en el móvil. Finalmente, el reloj ofrece información actualizada sobre los mejores tiempos conseguidos en cada deporte.