El rugido de Lucien Petit-Breton

En realidad el verdadero nombre y apellido del ciclista apelado comúnmente como Petit- Breton  era el de Lucien Georges Mazan, nacido en las tierras de La Bretaña francesa. Se dio la circunstancia que el triunfo que le dio fama lo consiguió en tierras italianas, concretamente en la clásica Milán-San Remo, que celebró su primera edición en el año 1907 y allí se proclamó el primer vencedor de esta famosa clásica rutera. Luego vendrían varios otros triunfos entre los cuales destacamos el adjudicarse por dos veces consecutivas el Tour de Francia en los años 1907 y 1908, actuaciones que le proyectaron definitivamente en el camino de la gloria deportiva.

En un velódromo lindante a su casa…

Personaje muy peculiar, pulcro y atildado, que había nacido en el Departamento del Loira, pero que emigró de muy joven a la capital de Buenos Aires, en donde su padre promocionó en su oficio de joyero,  alcanzando una buena posición económica. En fin, que se hizo de oro. Nunca mejor dicho tal aserto. En un velódromo colindante a su casa,  el jovenzuelo Petit-Breton, tuvo sus primeros éxitos. Al retornar a Francia, amplió su historial en gran tono, aunque fue más bien en Italia su consagración como ciclista.

Se le apodaba como “El argentino” dado que provenía, repetimos, del otro lado del Atlántico, en Buenos Aires, lugar en donde Lucien Petit-Breton, comenzó a conquistar sus primeros méritos como ciclista. Contaba con apenas cumplidos los diecisiete años, cuando empezó a brillar en los anillos de los velódromos argentinos. Se le consideró incluso como ciudadano argentino e incluso se le otorgó el título de hijo adoptivo de la gran capital.

La bicicleta, su fiel compañera de fatigas

Alguien se podrá preguntar qué es lo que le hizo impregnarse de esta acalorada afición por el deporte de las dos ruedas. La consecuencia vino al tener la osadía de concurrir en una tómbola callejera, disfrutando de una suerte que no esperaba ni mucho menos. El premio concedido fue nada menos que una reluciente y flamante bicicleta que le dio más empuje y entusiasmo para más pedalear. Cuentan las viejas crónicas que siempre tuvo un especial delirio a favor de la bicicleta, su vida diríamos. Tanto fue así que cuando llegó a ser famoso en el mundo del pedal era peculiar en él el que se llevara consigo su bicicleta al dormitorio. Siempre la tuvo a su lado como transparentando una invisible fidelidad hacia ella, su fiel compañero a la hora de pedalear.

Muchas veces se le vio en las competiciones hablar sólo con el artilugio de hierro, protagonista fiel de tantas aventuras y de tantos sacrificios, sin olvidar las jornadas de gloria que el dio el ciclismo.

El rugido anunciador 

Era un ciclista de temperamento; más bien nervioso, y a la vez era presumido tal como delataba su manera de vestir. Era de carácter más bien metódico e introvertido en sus actitudes. Llamaba la atención el  agudo sonido gutural que lanzaba a los cuatro vientos antes de atacar en plena carretera dándole a los pedales. Sus compañeros de fatigas, así lo decían, al oírle quedaban un tanto aturdidos ante sus  golpes de efecto bucales. Avisaba con tiempo a sus contrincantes de sus intenciones. Una señal inequívoca de que se sentía seguro de la aventura que iba a emprender en solitario, su mejor arma. Hubo otro corredor, en tiempos bastante más posteriores, el suizo Ferdinand Kubler, que le imitó en esta originalidad que contribuía en romper la tranquilidad y  la monotonía vivida algunas veces en el seno del gran pelotón.

Trágico e inesperado final 

Lucien Petit-Breton, en su fase final, ingresó en el ejército con motivo declararse la Primera Guerra Mundial, encontrando la muerte en el año 1917, al sufrir un accidente de tráfico, cerca de la ciudad de Troyes, siempre en plena actividad militar y casi en el mismo frente. ¡Lo que fueron las cosas!

No existe ninguna duda de que este ciclista, aparte de su facilidad innata como ciclista, tuvo una vida un tanto anecdótica y hasta agitada, constituyendo todo él un fiel recuerdo para todos nosotros, los que nos hemos quedado sugestionados por las vicisitudes registradas en todos los tiempos por el deporte ciclista siempre con historias tan variadas y tan atractivas.

Por  Gerardo  Fuster

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En estos días de frío profundo, hemos sacado esta chaqueta Gore-Tex. Sinceramente, no notas que la llevas puesta, es ligera, recia y solvente. Te deja ajeno a la intemperie y no pierdes nada de movilidad. Al llegar a casa, mientras ves como los copos de nieve y el agua resbala por su superficie, te la quitas metes la mano por dentro y “tachán” seca totalmente. Muy recomendable. Mirad más aquí.

Los dos tesoros menos conocidos del Tour de Francia

Michel Girard y Christian Fabre son los guardianes, Bondoufle y Evry, los lugares. Dos sitios, sutilmente disimulados en marañas industriales, que guardan tesoros, suculentos souvenirs, testimonios vivos de la historia antigua y sobretodo reciente del Tour de Francia, de Roubaix, de Lieja, de Niza,… y de todo el ideario universal que maneja la empresa ciclista por excelencia, ASO.

Bondoufle es una localidad al sur de París. No está lejos de la gran urbe, a unos 35 kilómetros solamente. El año pasado, pocos días después de la París- Tours un redactor de Cycle Sport visitó este santuario que se precia de guardar la señalística de los no pocos días de competición ciclista que ampara ASO cada año. En medio del ajetreo del camión recién llegado de la Tours, Girard se desliza por las estanterías organizadas entre carteles: combustible, antidoping, policía,… aunque todo quepa en el mismo techo, no se puede mezclar, pues cada carrera tiene su padre y su sponsors diferentes. La Dauphiné tiene sus colores y mecenas, la París-Niza, los suyos.

En los 237 kilómetros y medio de París a Tours tres personas a razón de unos treinta kilómetros la hora jalonaron de carteles indicativos el recorrido. Uno conduce, el otro controla el GPS y el último se cuelga de donde sea para marcar el recorrido. En total unos 800 elementos dispersados por la ruta y unas nueve horas en medio de la campiña francesa, por entre falsas colinas y castillos del Loira. El Tour moviliza hasta 20.00 señales, dándose jornadas como la de Barcelona en 2009 que necesitó de hasta 1200 para marcar el trazado.

Hay un espacio especial para los triángulos de último kilómetro y otro para los polvorientos carteles que señalan la entrada y salida de los tramos de pavé de Roubaix. En otra estancia, descansa el podio de los Campos Elíseos, desmontado, por piezas. La estructura que corona al ganador del Tour, con a perspectiva del Arco del Triunfo, el más grande del mundo, lleva dos horas para ser cargada en el enorme camión que la lleva a la avenida más parisina.

En Evry está la otra mitad del tinglado, el que no se fija al suelo y rueda por la ruta. Hablamos de la flota de coches Skoda que acompaña todo evento ASO. Los coches rojos, aquellos que marcan cada parte de la carrera y llevan al director, son los más vistosos. Se cuentan por ochenta fijos, aunque en los días previos y durante el Tour de Francia la familia crece hasta los 200. Hay tantos coches como motos de enlace, normalmente marca Kawasaki. Cada chófer es responsable de tener su coche perfectamente limpio y aliñado. La imagen es clave en las mejores carreras del mundo.

Como complemento a todo el material de la actualidad, en ambas naves descansan sendos santuarios. En Bondoufle, se guardan casi todos los libros de ruta de la historia de la Grande Boucle y con especial mimo todo el material desplegado en 2003, año del centenario. En Evry, varios campeones donaron sus máquinas a ASO. Están la Pinarello Espada de Miguel Indurain y también una maravilla de cien años montada por Lucien Petit-Breton. También se puede ver el Peugeot 203 que la selección francesa utilizó en el Tour de 1954 entre otras piezas que celosamente se cuidan en estos espacios, poco conocidos, pero que seguro atraerían legión si se abrieran al gran público.

Imagen tomada de www.enciclika.com

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En la gorra de invierno de Lucky Bastërds, con una pieza en polar para las orejas, tomamos conciencia de la importancia de los materiales del producto. El tejido exterior de la gorra es algodón encerado como los abrigos de cazar, tipo Barbour. Se trata de un tejido impermeable que resiste muy bien a la intemperie y que incluso acepta una capa de cera impermeabilizante cuando se necesite. Estos materiales son de procedencia inglesa.

Los ciclistas que se dejaron la vida en la Primera Guerra Mundial

El día 28 de junio de 1914 se marca como la primera jornada de la Primera Guerra Mundial. Mucho menos divulgada que la segunda, aquella conflagración fue una barbarie tan grande y tan mal resuelta que dio origen al segundo capítulo, veinte años después en unos de los ciclos más horrendos y espeluznantes de la historia de la humanidad. El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa a manos de un estudiante nacionalista serbio abrió la veda. Luego los imperios centrales entrarían en conflicto con las naciones aliadas dándose diversos escenarios al mismo tiempo donde perecieron millones de personas en batallas interminables e irresolutas.

Años antes del estallido el Tour de Francia había nacido con salud envidiable y fervor popular. Los nuevos tiempos cabalgaban en bicicleta, ese elemento ya menos exótico que pasó de pulular por las ciudades a estructurar competiciones y apuestas integrales donde grandes diarios se lo jugaban todo a eventos deportivos. Así nació el Tour y así crecieron sus primeros héroes, dándose la circunstancia de que tres de los legendarios pioneros de la carrera acabarían sus días en el fragor de la Primera Guerra Mundial. Hablamos de la terna formada por Lucien Petit-Breton, François Faber y Octave Lapize. Entre los tres amasaron el palmarés del Tour desde 1907 a 1910 y los tres encierran historias de excepción.

El nombre real de Lucien Petit-Breton fue el de Lucien Georges Mazard, si bien pasó a la historia, incluso al palmarés del Tour con el apodo de pequeño bretón. Hablamos de un excelente pistard de la época, que vivió tiempo en Buenos Aires y que pudo batir el récord de la hora en el mítico velódromo parisino de Buffalo, el mismo lugar donde Henry Desgrange lo fijó por primera vez a finales del anterior siglo. Petit-Breton superó los 41 kilómetros en sesenta minutos antes de ganar el Tour por doble ocasión, siendo el primero en lograrlo en la historia. Durante la I GM, en 1917, sería herido en las contiendas de Vouziers, el lugar donde falleció un piloto llamado Rolland Garros. Al poco tiempo, fruto de las heridas fallecería en el hospital de Troyes.

François Faber fue luxemburgués, el primero en ganar el Tour esta carrera antes del legendario Nicolas Frantz. Faber ganó la edición de 1909. En su condición de no francés estuvo adscrito  a la Legión Extranjera de Francia tomando parte en la Batalla de Artois, en el norte del hexágono, no muy lejos de Roubaix. Allí, en 1915, fue informado de que iba a ser padre, pereciendo en el momento de la celebración de la nueva en la trinchera. Una bala alemana le dio muerte poco en la efervescencia. Un fatal descuido que le impidió conocer a su niña.

Autor de la famosa frase de “sois unos asesinos” fruto de la primera travesía pirenaica del Tour entre lobos acechantes en las cunetas, Octave Lapize había ganado la edición de 1910. Sargento del ejército francés, pereció en Pont-à-Mouson en 1917 durante un combate aéreo. En su epitafio se puede leer: “Muerto por Francia”.