¿Quién es el mejor ciclista español de la historia?

ciclista español Miguel Indurain

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Para un servidor el mejor ciclista español de la historia nació en Navarra

Estos últimos días de temporada han sido un hervidero de preguntas, cuestiones irresolutas, buscando al mejor ciclista español de la historia.

Alejandro Valverde, protagonista en la Vuelta, campeón del mundo, disparó las apuestas.

Sin duda el murciano está ahí, en más de cien años de corredores, sueños, historias y leyendas.

Valverde volvió a abrir el debate sobre el mejor ciclista español de la historia

Nosotros tenemos un top 5, algo idealizado, cogiendo los mejores en esto y aquello.

Un listado que es persona, que no busca sentar cátedra, ni se asienta en estadísticas fiables.

Son las sensaciones que tenemos respecto al mejor ciclista español de la historia

Empezamos.

DT-Swiss Junio-Agosto

Oscar Freire fue un pionero, el ciclista que torció la suerte de un ciclismo español enquilosado en las grandes vueltas e historias agonísticas.

Es Miquel Poblet en color.

Sus tres mundiales son el argumento, las tres San Remo, la consecuencia de la leyenda.

Tiene un palmarés abultado que pudo ser mejor si no hubiese convivido con mil lesiones y dolencias.

Un ciclista único en este paraíso.

Mundial de ciclismo- Verona Oscar Freire JoanSeguidor

Alberto Contador hubo un tiempo que fue imbatible en las grandes vueltas.

Explotó pronto, creció rápido y ganó mucho joven.

Tiene un antes y un después, pero incluso cuando muchos le situábamos en la prórroga dio qué hablar.

Su estadística de siete grandes le ponen no sólo entre los mejores a este lado de los Pirineos, también en el mundo.

Luis Ocaña fue el primer campeón moderno del ciclismo español.

Fue algo así como Oscar Freire en lo suyo.

Si el ciclismo español tuvo un campeón de los de siempre, tipo Merckx, Gimondi o Anquetil ése fue Luis Ocaña.

Un ciclista cuyo palmarés no hace justicia a su tamaño en la historia y azote en las carreteras, pero que, quienes tuvieron la suerte de verle en directo, afirmaron no haber conocido nada igual.

Ciclismo- Alejandro Valverde JoanSeguidor

Alejandro Valverde es el ciclista más singular del ciclismo español y posiblemente del mundo.

Su palmarés se equipara a leyendas eternas como De Vlaeminck, Kelly y Jalabert.

Es clase noble del ciclismo español.

Cumple años al revés, su pacto con el diablo es tácito y amenaza llegar hasta los cuarenta, cosa que ya la hace único.

Si algo le faltaba, el mundial, ya lo tiene, ahora es un tema de saborear la excelencia.

Miguel Indurain no ofrece discusión.

No vimos y creo que no volveremos a ver algo igual a él.

Compitió con una elegancia que llevó el ciclismo a la perfección en todos los terrenos.

Sobre la carretera siendo el mejor croner que jamás hayamos visto.

Un contrarelojista que machacaba también en montaña cuando era menester.

No conocía un mal recorrido para él.

Su palmarés habla por todo lo demás, le vemos uno, dos o tres pasos por delante del resto.

Gobik ya trabaja en la nueva temporada

La embriaguez de ver a Valverde de arcoiris ha reabierto el debate, pero sinceramente, Miguel Indurain es, a nuestro juicio, el mejor ciclista español de la historia.

Y eso es mucho decir, porque este listado ha incorporado cinco nombres, pero imaginaros cuántos más podrían entrar en la quiniela.

Col de Menté: «Chute d´ Ocaña»

Luis Ocaña en el suelo del Col de Mente

Luis Ocaña había firmado una jornada histórica en Occieres, nueve minutos a Eddy Merckx…

Portada de Marca el día que Ocaña se puso líder en el Tour

A los dos días, en la etapa Revel-Luchon, el universo ciclista se paró:

Desgraciadamente ahora ya es todo agua pasada y Ocaña no ganará el Tour 1971 como estaba más que previsto y merecía con todos los honores. La emisora del Tour a través de la voz entrecortada por la emoción de Félix Lévitan nos lo dijo con la brevedad de un disparo, pero nos dejó a todos paralizados por la emoción. No se podía decir más con menos palabras. Hoy estamos a poco más de 300 kilómetros de Barcelona y el corazón nos invita a regresar, porque si nuestro barco se hunde, resulta casi lógico que nos hundamos con él.

Eso, un disparo, Joan Plans no escribía aquella crónica del 14 de julio de 1971 para El Mundo Deportivo, no, Plans, el amigo del primer Tour de Jaime, sollozaba sobre las hojas del diario amargamente, recordando el momento en que Lévitan decía: “Chute d’Ocaña!” (¡caída de Ocaña!) por la radio de carrera.

Para seguir leyendo…

Imagen tomada de Free365

¿Qué pasa con los Campeonatos de España?

Hubo un tiempo que ser campeon de España era preciado y perseguido. Es más, creo que ha sido casi siempre. Los primeros nombres se dejaban la piel en rutas inmundas. Nuestro primer campeón Mariano Carñardo corría cronos de 150 kilómetros que tendrían que restar años de vida, como nos recordaron el otro día desde El Tío del Mazo. Luego vinieron Loroño, Bahamontes, Poblet,… corredores que capitaneaban sus conjuntos en el también campeonato por regiones, el top. Luis Ocaña vistió el rojigualda con la marca Bic en el pecho. Carlitos Hernández recuerdo que lo ganó en más de una ocasión, hasta Miguel Indurain y Abraham Olano.

Qué tiempos cuando el Tour era la pasarela de maillots de campeón. Me viene a la mente Paco Mancebo hace trece años, con un diseño molón, aunque para entonces ya estuviéramos a puertas del dominio de “chez Unzue”, es decir la línea que iba de Caisse d´ Epargne a Movistar, como recuerda Fernando Llamas en Marca. Sólo Rubén Plaza se cuela en un palmarés que tiene a Valverde, Izagirre, Purito, Herrada, Gutiérrez y Rojas, quien necesita de todo alineado para engordar su palmarés.

Plaza corria en el Liberty luso, todo lo demás es azul, bueno y negro Caisse, no ha habido otra opción, ni colores y entre ellos sólo Purito y el mentado Plaza, que para más inri fichó por Caisse al año siguiente, han vestido maillots decentes, que hablaban de su condición de campeón nacional como pasa en cualquier otro país.

Porque el color de la bandera en el maillot, tengo entendido que es un tema de la federación. Es curioso que el Movistar, instalado en España, relegue la enseña de su país de origen como no ha hecho con el de UK de Alex Dowsett en su buzo de crono, o incluso en el de Jonathan Castroviejo en el maillot continental.

Pero colores a parte, porque este es un tema amortizado y descontado por Unzue, para quien ganar el campeonato es una putada por tener que conciliar en el maillot, lo que es curioso es que la RFEC se haya arrogado ahora la potestad de “obligar” a las estrellas a correr el Campeonato de España. lo va a hacer a partir del año que viene a advertimiento que no habrá mundial. Ojo porque como dice Llamas es una cita dura la que espera a los ciclistas en Innsbruck y muchos querrán ir.

No sé yo por eso si la idea de ir al Mundial seduce a Alberto Contador, ni al próximo, que no le va, ni al siguiente, que podría irle mejor, y no lo creo que porque hace tiempo que el madrileño camina por derroteros muy diferentes a los de la española. Si no fue a Ponferrada hace tres años cuando acababa de ganar la Vuelta y mantenía un tono digno. “No me convenía” dijo, pero tampoco le iba a otros pero hicieron servicio por el equipo, dígase Fabio Aru, que curró para los suyos. Como que el tiempo de defender a España ya caducó para el madrileño.

Es curioso, el Campeonato de España es una carrera que desvela en sub 23, porque si no asegura el paso, te lo acerca mucho, en caso de ganarlo, y en categorías inferiores es un sueño, pero llegados a cierto estatus, es hasta una putada. A mí por eso me da pena el lugar que invierte, cada año cuesta encontrarlo, porque paga una pasta y se ve desprovisto de estrellas, como primer aliciente, porque de la tele, mejor no hablemos.

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Los muy grandes ganan el Tour tras hacerlo en el Dauphiné

Aunque sea una ciencia no exacta, la teoría dice que la Dauphiné suele ser una buena pista de cara al Tour de Francia, de hecho se comenta que el Dauphiné es un “mini Tour”. Los años de historia compartida entre las dos carreras, que son más de 60, dictan que son más bien pocos los que han firmado un doblete, por otro lado muy prestigioso. Tanto, que el elenco con las dos carreras en la misma temporada responde a un selecto grupo de campeones, un palmarés de ensueño: Lance Armstrong –si se nos permite incluir-, Miguel Indurain, Bernard Hinault, Bernard Thévénet, Luis Ocaña, Eddy Merckx, Jacques Anquetil y Loison Bobet. La práctica incluye a los dos últimos ganadores británicos: Chris Froome y Brad Wiggins.

Antes por eso fueron esos ocho ciclistas de perfil alto, con dos o más Tours en su bagaje, a excepción de Ocaña, con excelentes prestaciones en la montaña, pero hábiles croners, cuando no inmejorables. Ocho ciclistas y diez coincidencias. Lance Armstrong hizo de la Dauphiné su auténtico banco de pruebas, y no precisamente con gaseosa. A un mes escaso del Tour el tejano comprendió que lo que pasara en la vuelta por etapas posiblemente más cotizada tras las tres grandes resultaría esclarecedor de su suerte en el Tour. Así lo hizo en dos ocasiones, de forma consecutiva además, en 2002 y 2003. En algunas ocasiones forzando hasta lo recomendado, como en 2003 cuando Iban Mayo le propuso un duelo que el americano no rehuyó, al punto que en el Tour se le vio exento de esa chispa tan suya. Entre Suiza y Dauphiné, el americano siempre prefirió la vía francesa, quizá por gozar de un privilegio único: compartir parajes y puertos con el Tour. Sin ir más lejos en la presente edición ambas pruebas compartirán el Ventoux, puerto erigido en clave de la “Grande Boucle”.

Otro que ha repetido triunfo en dos ocasiones fue Bernard Hinault. Lo hizo un par de veces, en los años 1979 y 1981. El francés acumuló en el primer año cuatro etapas y la general de la Dauphiné para luego sumarle el triunfo absoluto y siete parciales en el Tour. Dos años después, Hinault repitió jugada casi idéntica. En 1995 Miguel Indurain conseguía apropiarse de tan singular logro. El año de su quinto Tour, el navarro sacrificó el Giro de Italia, donde un año antes había sido derrotado por Berzin y Pantani, por atar un camino más cómodo hacia el Tour, en el que también se llevó por delante la otrora prestigiosa Midi Libre. Saltando de década, debemos remontarnos hacia Bernard Thévenet, ganador en 1975 de ambas pruebas. Antes lo habían logrado Luis Ocaña en 1973, Eddy Merckx en 1971, Jacques Anquetil en 1963 y Loison Bobet en 1955.

Dos ediciones resultan especialmente significativas de que lo que ocurra en la Dauphiné no debe extrapolarse al Tour. Ambas tienen además a dos protagonistas españoles. En 1996 Miguel Indurain firmaba en la prueba alpina una victoria extraordinaria, de las mejores que se le recuerdan. Ganó con autoridad la crono individual y se mostró insultante en montaña, ganando incluso una etapa, algo poco usual en él. Un estado de forma rotundo, acompañado de su aureola de quíntuple ganador del Tour, le alzaba con exclusivo favorito para la grande gala.

Aquella edición partió de los Países Bajos, una semana de lluvia y frío inéditos en Francia y en julio pasaron factura al mejor ciclista español de la historia que ya en los Alpes cedía para declinar toda opción en los Pirineos. Un caso más reciente fue el que aconteció con Iban Mayo. En 2004 el ciclista nato en Igorre marcó una carrera antológica, con una cronoescalada al Mont Ventoux que entra entre los mayores revolcones que se le recuerdan a Lance Armstrong en plenitud. Luego en la primera semana del Tour se dejaba toda suerte en un adoquinado polvoriento del norte de Francia.

Entre las curiosidades que encontramos hurgando entre estos más de 60 años de historia común entre dos carreras íntimamente vinculadas por su proximidad de fechas y escenarios comunes, destacan dos corredores, ambos con un sino muy similar: frecuentar podios para recoger premios secundarios, rara vez como ganadores. En las últimas ediciones tomamos nota de la segunda plaza firmada por Cadel Evans tanto en la Dauphiné como en Tour. Años antes, tenemos a Raymond Poulidor, el corredor con más podios en ambas carreras coincidiendo el año.

El llamado “eterno segundón” logró ganar la Dauphiné en dos ocasiones, en 1966 y 1969. En esos años acabó tercero el Tour. En 1962 fue tercero en ambas carreras y 1965 y en 1974 segundo en las dos. Un par de ciclistas cuyas similitudes salvados los tiempos y sus diferencias parecen más que evidentes. Dos ciclistas a los que se une Chris Froome en tiempos recientes, dos ciclistas que en definitiva acentúan esa sintonía existente entre dos grandes pruebas.

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Ullrich y Rose Bikes, veinte años después de ganar el Tour

Permitidmos ponernos nostálgicos

Nos cuenta Oscar Cudeiro, autor del libro sobre “El Tarangu”, que la Vuelta a Asturias de 1975 tuvo excelente participación con José Manuel Fuente, el mentado “Tarangu”, Luis Ocaña, González Linares y Miguel María Lasa como ciclistas más destacados. Había expectación por apreciar la recuperación del «Tarangu» de cara al Tour de Francia, sobre todo después de su mala actuación en la Vuelta a España.

Había dado muestras de mejoría en la subida ciclista a Enol, donde había ganado el sector en línea de la subida, pero debía ratificarse ante rivales de mayor entidad. La tercera etapa con final en Brañillin, la sexta con final en el Naranco y la séptima con sus dos sectores, el primero con el Fito y el segundo en modalidad contrarreloj debían ser los jueces de la carrera.

En Brañillín se vio una fantástica etapa, con ataques en la subida al Pajares que rompieron el pelotón. El “Tarangu” de sus mejores días reventó la carrera en sucesivos ataques. En el penúltimo kilómetro descolgó a Ocaña y en el último, a 200 metros de la cima de Pajares, se deshizo de su único acompañante, Lasa, quien le daría caza en la bajada que une el final de Pajares con el inicio del Brañillín y acabaría por llevarse la etapa con un segundo sobre el ídolo astur y 1:05 sobre Gandarias , tercero. Ocaña llegó quinto a 1:21 de Lasa. La general quedaba de igual manera.

Lasa dejaba casi sentenciada la vuelta en la etapa del Naranco. Ese día el que falló en la última ascensión fue el “Tarangu” que se dejó 1:28 en la meta, quedando muy lejos de los otros favoritos. Ocaña fue segundo a siete segundos de Lasa y en el mismo tiempo que Jesús Manzaneque. En la general Lasa era primero con Fuente segundo a 1:29 y Ocaña 3º a 1:30 Ocaña pasó al ataque camino de la meta de Cangas de Onís. Primero Balagué puso un ritmo muy duro en el Fito y sorpresa, se queda Fuente.

El «Tarangu» sufrió uno de sus típicos hundimientos y se dejó en meta más de siete minutos, perdía todas sus opciones de victoria y de podio. Ocaña atacó a Lasa, pero este respondió muy bien a todas las embestidas. En Cangas de Onis ganó Lasa con Ocaña en el mismo tiempo y Manzaneque, sensacional, a 21 segundos. El segundo sector de esta etapa fue una crono entre Covadonga y Arriondas en la que se impuso González Linares. Lasa, sexto, aventajó a Ocaña en 25 segundos. Ocaña perdió su segundo puesto en la general debido a su retraso sobre Linares de 1:44, seguramente acusó el esfuerzo de los ataques de la mañana.

En la general final primero Lasa, segundo Linares a 1:06 y tercero Ocaña a 1:55 Una gran vuelta.

Este breve relato de Oscar es de aquella Vuelta de hace 42 años por Asturias, una carrera que en el presente ha dado a conocer su perfil para el puente del primero de mayo y que espera tener una buena participación. Nos llamó mucho el cartel que Oscar colgó en el grupo de “Asturias en el ciclismo” porque daba la medida de lo que el ciclismo podía mover y generar, incluso en el calendario de pequeñas vueltas.

La sola caricatura de dos rivales enconados como Fuente y Ocaña, el Ocaña del Super Ser, que no era el del Bic, ya anunciaba el espectáculo que al final se vio, demostrando eso que muchas veces nos invade en este mal anillado cuaderno, la nostalgia y eso de los tiempos pasados. El cartel es una pasada. Qué diferente cuando una carrera como Asturias era una guerra sin cuartel de los grandes nombres y ahora parece que se haga por el empeño de unos cuantos que sencillamente dejan años de salud en su empresa.

¿Qué cabría hacer para que el ciclismo vuelva a ser lo que llegó a ser?

#BonJourTour etapa 7

Esta vez la montaña llega pronto, nada menos que el primer viernes de la carrera. Lo hace con un aperitivo en el que el Aspin, plato de reparto otras veces, ahora se sitúa como decisivo. Son sólo 162 kilómetros picando para arriba con la cima clave a unos siete kilómetros de meta.

Con todo por decidir y sin más pistas que la jornada del Macizo Central, es obvio que si la etapa se corre a mil por hora, como el miércoles, la otras veces cuestionada dureza del Aspin se multiplicará. Con otras dos grandes etapas en los Pirineos por disputar, es complicado que se entre a jugar con fuego, pero la primera jornada de montaña de verdad siempre es importante. Nuestra impresión es que este Tour apunta a duelo Froome-Quintana sin obviar otras cartas, con los anfitriones por ejemplo.

El lugar

Aunque no goce del caché de otros gigantes del sitio, el Aspin ya formó parte de la primer gran jornada de montaña, allá por 2010. En su cima se puede apreciar una importante cantera que proveyó los almohadillados de Versalles y la Ópera de París. El Lac de Payllole forma parte del dominio esquiable de Grand Tourmalet, como si la sombra del gigante pirenaico estuviera por doquier.

8 de julio de 1971

El Tour, el primer Tour de Luis Ocaña, estaba marcado, era el de 1971. Todos sabemos como acabó aquello, pero las páginas que firmó el conquense hasta llegar a ser la gran amenaza de Eddy Merckx, quien esos días iba con el gancho durante toda la carrera. En la Côte de Laffrey, el belga empezaba a dar síntomas de fragilidad. “Pensé poner el pie a tierra, pero ese es un lujo que no me puedo permitir” dijo el astro.

Al otro lado del cuadrilátero aparecía resplandeciente Luis Ocaña, sabiamente guiado por Geminiani, que ese día tocó el cielo llevando al borde del KO al rival que más que un rival era su obsesión. Para Merckx, que a pesar de todo ganó esa edición, aquella era una señal de su cuerpo, machacado de muchos y sostenidos esfuerzos durante cuatro años. El palmarés, Vuelta, Giro y Tour más clásicas, crecía exponencialmente, pero el desgaste iba en la factura. Merckx comprobó cuán dolorosa es la ambición si medida cuando el cuerpo te pasa el recado.

Imagen tomada de Lacs de Pyrenees

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Perico de España

Cuando Luis Ocaña, tras unos años siendo la sombra de de lo que fue y cabreando a patrones como Orbaiceta del Super Ser, dejó el ciclismo se abrió un periodo lúgubre y gris para este deporte en España. Sin ganadores potenciales de cosas grandes, con triunfos domésticos como principal acicate, una Vuelta agobiada de los problemas que la hicieron salir por pies de Euskadi y testigos del esplendor de un joven bretón que gastaba muy mala leche en el pelotón: Bernard Hinault.

En ese contexto, hubo un equipo azul, patrocinado por el papel de aluminio Reynolds que entró en el imaginario colectivo con una participación en el Tour de 1983, uno de los más locos de la historia, que sentó las bases de lo que habrían de ser las siguientes décadas del ciclismo en este lado de los Pirineos, una inercia de la que hoy aún se sigue viviendo, porque desde entonces, el ciclismo de competición en España ha dejado pocos hitos por conquistar.

En esta cadena de éxitos sin duda un segoviano que repartía de jovenzuelo diarios por la ciudad del acueducto ha sido la grasa del proceso. Pedro Delgado, Perico, un carisma que ya peina canas y que ha sido embajador del ciclismo en España desde el día que le dio por destacar en aquella mítica etapa pirenaica camino de Luchon, hace más de treinta años. Una jornada de esas para enmarcar en que surgieron muchas rivalidades que habrían de marcar los años venideros, como la suya con el escocés Robert Millar.

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Se inició también un idilio en el Tour que creció como el bizcocho en el horno, pasando por no pocos estados, siendo testigo de las malandanzas de Hinault con Lemond, ganando aquella mítica etapa de Luz Ardiden, dejando la carrera por la muerte de su madre y amargado en el último momento por Stephen Roche en esa crono de Dijon, donde la mostaza que más pica.

Y todo para romper en el Tour del 88 que fue el tercero de la cuenta hispana. Una carrera redonda, controlada, un proceso de madurez llevado a la cumbre, resolviéndose como un “éxito de estado” entre los nubarrones de un positivo que no le arrebató el triunfo pero que le desveló desde el día que supo de él.

Entre las conjeturas, siempre subyace la pregunta de cuántos Tours podría haber ganado. Por madurez y forma, desde luego el de 1989 tuvo que ser suyo o al menos tendría que haber estado más cerca de los dos tenores que nos deleitaron con uno de esos pulsos que trascienden generaciones.

Luxmeburgo fue el inicio del fin, pues ya nunca más vestiría el amarillo y al año siguiente Miguel Indurain irrumpiría en la escena. ¿Acertaron en 1990 apostado por Perico? eso son castillos de naipes y no conduce a nada especular.

No obstante, y pesar de las no pocas desavenencias que nos causan sus comentarios, decir ciclismo en estas tierras es decir Perico y eso es mucho, un tipo que ilumina por donde pasa y genera complicidad. No es sencillo, aunque nos parezca lo contrario.

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Una buena persona llamada Luis Ocaña

Con Ocaña no había gris, era blanco o negro, sin punto medio, nunca equidistante. “Él tiraba y tiraba, se dejaba el alma y llegado a un punto reventaba. Se había acabado la historia. Punto, no había más” me contó un día “Taxy Key”, también Jaume Mir.

Pasión, orgullo, una infancia terrible, machacada por las consecuencias de la pobreza extrema de la postguerra, en un confín de Cuenca, donde los inviernos son largos y gélidos, y los veranos secos, duros y ásperos. Extremos en su hábitat, extremos en su vida.

Cuando se fue a Francia pasó al limbo. Allí era español, aqui francés. Le insistieron, le rogaron ser galo, nunca aceptó. No obstante halló el camino del éxito a base de riñones, de romperlo todo: él el primero, el resto después.

Luis Ocaña no fue el ciclista con el mejor palmarés de la historia, tuvo un recorrido interesante, de los mejores de su época, pero sin duda corto para la valía que dejaba sobre la máquina, regurgitando cada aliento de su ser. Ganó un Tour, que debieron ser dos, ganó una Vuelta, que debieron ser dos, sin embargo, todos los que le vieron coinciden: nunca apreciaron nada igual  Luis Ocaña, ni el multilaureado Miguel Indurain. 

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Obsesionado con ganar no, aplastar a Eddy Merckx, como Carlos Arribas describe en su río de ingenio y narrativa, se traicionó a sí mismo cuando salió como un resorte, sin necesitarlo, tácticamente hablando, a por el Caníbal que le acosaba en medio de una tormenta en el corazón de los Pirineos. Merckx atacó y en el descenso del Col de Mente, Ocaña dio todo, tanto, que hizo un recto y el Tour que tuvo ganado se fue al bagaje del mejor de la historia.

Luego ganó el Tour efectivamente, machacando, sobrevolando al resto, sin rival, sin Merckx. Ganó sí, pero supo que no estaba su antagonista y eso en hombres de honor hacen incompleta la satisfacción.

Una vida a tirones, diente de sierra lubricado en su armagnac, su congnac de adopción, la obsesión de entre carreras, el motivo de sus desvelos y el destino de la fortuna que amasó corriendo y ganando. Tras ser director e incomprender las debilidades de sus corredores, se metió en la radio, siendo uno de los comentastitas más lúcidos y sinceros que he conocido, tanto que ahora no escucho a ninguno, hasta que un día dejó el mundo demarcando, como un silbido, diana de una bala que dejó al mundo sin una buena persona. como casi todos me han acertado a describirlo.

Imagen de @Zapa9MFS