Cuando Cañardo dominó la #Itzulia

En una jornada para enmarcar la Itzulia cayó del lado de Cañardo

Viajamos a la España de 1930, cuando Mariano Cañardo, “El primer campeón”, incluyó una Itzulia en su abundante palmarés.

Aquello no fue sencillo, aquella Itzulia Cañardo se la apropió tras una épica jornada que tuvimos ocasión de explorar cuando escribimos su increíble historia.

A saber, dominaba una leyenda como Antonin Magne, y con todo el pescado vendido y un rosario de desgracias en el camino, Cañardo lo puso todo para que aquella Itzulia fuera suya casi bajo la campana. Aquí os dejo el relato de aquel día.

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Porque quedaba un día, el último, el del todo o nada. El cuarto trayecto de aquella Vuelta al País Vasco moría en la margen derecha de la ría bilbaína, al final de todo, en Gexto, y más concretamente en su barrio de Las Arenas. Una jornada quebrada, incesantemente dura, de curva y contracurva al galope por toda la costa vasca, transitando por Zarautz, Deba, Eibar, Gernika y Plentzia. Pero el día, eminentemente costero, tuvo un punto y aparte en un alto, una subida mítica que reclamaba respeto. Antes de llegar al Alto de Sollube, el Styl de Mariano empezó a marear al equipo de Magne con movimientos en Autzagane, a las puertas de Amorebieta. Magne salió todas las veces que se requirió pero cada vez con más dificultad. Marino no cejaba en su empeño, seguía tensando, espoleado por una muchedumbre enronquecida por unos gritos que se le grabaron en el alma. Finalmente Magne cedió. Había sido demasiado. Mariano coronó primero Sollube con un minuto escaso sobre un líder que encontró apoyos por el camino. Magne limitaba los daños y parecía que iba a hacer imposible la hazaña de Mariano. Sin embargo éste redobló esfuerzos.

La caza de Magne parecía estar dando frutos, y el francés llegó a tener a doscientos metros al español. Una fina línea les separaba, una invisible cuerda trenzaba sus destinos. La suerte parecía echada, la hazaña de Mariano parecía más que improbable. Pero entonces, de forma increíble la distancia no solo no disminuyó, sino que se estancó y empezó a crecer de nuevo. La cuerda invisible se rompió. Mariano no rodaba, volaba entre vítores, espoleado por un público que le abría un estrecho corredor hacia la gloria. Tanto grito, tanta carne, tanto hueso, Mariano corría como en un pabellón, un largo pasillo con el cielo por bóveda. Resonaban los jaleos en su oído, casi se podía sentir el eco del momento. Mariano cruzó la meta sita en el velódromo de Ibaiondo con unos cuatro minutos sobre Magne. Cuatro minutos, a los que cabía sumarles tres de bonificación que se llevaba el primero como premio al arrojo y a la apuesta por la victoria. Mariano había ganado la Vuelta al País Vasco con menos de un minuto de ventaja, y lo había hecho en el que siempre recordaría como su mejor día encima de la bicicleta.

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1930 estaba siendo un año indescriptible para Mariano. Con 24 años había alcanzado la cumbre de su evolución física. Su método consistía en cuidarse fuera de competición y en planteamientos tácticos cada vez más acertados dentro de ella. Antes de su victoria más especial, esta de Las Arenas que le reportó la general del País Vasco, había ganado su tercera Volta a Catalunya, en lo que significó su doctorado en la ronda más antigua del calendario español. Hasta la fecha, en casi veinte años nadie había ganado tres veces la carrera; Mariano lo hizo entonces, si bien su proyección iba a ir mucho más allá.

El trágico final de Francisco Cepeda

En la semana de la pérdida de Bjorn Lambrecht, nos acordamos de la primera muerte sonada de la historia del ciclismo… la de Francisco Cepeda

El pasado 12 de julio de hace ochenta y cuatro años, Francisco Cepeda falleció compitiendo en el Tour de Francia, siendo el primer ciclista que perdió la vida en la carrera más importante. Queremos recuperar este extracto de «El primer campeón«, pues Cepeda fue compañero de Mariano Cañardo.

Aquella muerte se produjo en un sitio que el último Tour tuvo en la ruta, el descenso del Galibier, por Lauratet, hacia Le Bourg d´ Oisans, en la jornada que ganó Pinot en Alpe d´ Huez. Así fueron aquellos días y la convivencia entre ambos:

Entre Amélie-les-Bains y Barcelona pasaron los meses que dieron la bienvenida a 1931. Mariano arrancó algo más pronto la campaña, un inicio aguado por su amigo y gran velocista José Cebrián Ferrer, quien le ganó el Gran Premio de Calatayud. Aquello fue en marzo. Poco después le reclamaron de Francia para disputar la Mont Faron, donde un choque, literalmente hablando, con Montero durante la salida lo dejó parcialmente fuera de combate, haciéndolo hacer a una posición discreta. A aquella cita, al margen de Montero, viajó con Mariano Francisco Cepeda, a la postre el mejor de los tres.

Cepeda fue un ciclista vizcaíno, buen profesional, con palmarés eminentemente doméstico. Sin embargo su recuerdo se asocia con el descenso del col del Galibier, y más exactamente en la carretera que desciende del Lautaret a Bourg d’Oisans, trecho donde se dejó la vida en el Tour de Francia de 1935. Cepeda fue el primer ciclista que perdió la vida en la Grande Boucle. Con Vietto y compañía bajando temerariamente, Cepeda se dispuso a darles caza, hasta que un coche le atropelló provocándole una caída que le hizo imposible continuar.

Los sanitarios le atendieron sobre el mismo arcén pero no hubo manera, el corredor no presentaba signo alguno de recuperación y se lo llevaron con urgencia al hospital de Grenoble. Allí las horas iban pasando sin síntomas de mejoría. A última hora de la noche, con el corredor aún sin conocimiento, se decidió practicarle una trepanación, pero su suerte estaba echada.

Cepeda falleció aquel 12 de julio. Sus compañeros, los pocos españoles que quedaban en carrera, quisieron estar con él en un momento donde la victoria que se disputaban Romain y Sylvère Maes, Ambrogio Morelli y Félicien Vervaecke, quedaba convertida en una nimiedad. La muerte de Cepeda fue un antecedente doloroso y gravísimo en la historia del ciclismo. El pelotón ya no soltaba un genérico “sois unos asesinos”, como el de Lapize veinte años antes, cuando les hicieron atravesar los Pirineos a merced de los lobos; ahora se hablaba de materiales deficientes, de seguridad precaria y de condiciones míseras. Los artistas del circo eran, paradójicamente, los peores tratados. Eran la purria del negocio, cuando efectivamente eran la clave de bóveda de todo.

Cepeda tuvo una amplia relación con Mariano, de hecho compitieron en pista haciendo pareja en alguna ocasión y ambos estaban juntos en aquel Tour de negro recuerdo. La edición de 1935 del Tour fue la vigesimonovena de la carrera más prestigiosa. España se presentó con un combinado interesante que estaba formado por Trueba, Ezquerra, Cardona, el mentado Cepeda y Mariano, entre otros. Un buen plantel a priori, pero un desastre desde el primer minuto de competición.

Mariano lo dejó en la quinta etapa, sumido en un mar de anonimato en el que nunca llegó a estar por encima de la quincuagésima plaza. Se dijo mucho y se escribió más. “Son tantas las cosas que he leído que ya ni me enfado”, dijo en un primer momento. Luego argumentó: “No es cierto que Trueba nos indujera a abandonar. Trueba no carbura y decidió dejar la carrera. Ezquerra perdió en la etapa del Ballon d’Alsace toda confianza en lograr una buena clasificación y eso le desmoralizó. Yo no podía con mi alma y de un momento a otro esperaba que me pusieran la linterna. Ya veía la llave cerrando el control. Cuando uno no marcha no es necesario que vayamos malgastándonos inútilmente por la ruta”. Mariano supo del terrible desenlace para su compañero Cepeda, el peor de los posibles, cuando aún se albergaban esperanzas de recuperación.

Texto de «El primer campeón, el mundo que vio Mariano Cañardo«

La primera etapa de la primera Vuelta a España

Hoy hace 84 años la Vuelta a España empezaba su historia en Madrid

El día 29 de abril, a primera hora de la mañana, con el sol asomando sobre la coronilla de la arboleda de la Puerta de Hierro madrileña y una multitud congregada para la ocasión, se dio la salida a la primera edición de la carrera nacional.

Los diarios rezumaban titulares que retrataban el ambiente.

Un fotomontaje ponía en valor los bustos de las esperanzas españolas frente a la pequeña, pero muy experimentada, delegación extranjera. De izquierda a derecha: Federico Ezquerra, faz como desdentada, rehundida, presa de una extrema delgadez, pelo hacia atrás como recién lavado.

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Un cadáver sobre la máquina. Luciano Montero, de mirada desconfiada, ceño arrugado y rostro ligeramente escondido, como si una sombra aplacara algún sentimiento frustrado.

Vicente Trueba, como ausente, ido.

Se vio que aquella no fue su carrera.

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Mariano Cañardo, esbelto, frente ancha, peinado marcado, gruesa nariz, ojos vigorosos y cara angulosa. Sonriente, fue el único en vestir camisola oscura, como distinguiéndose entre tan mal disimulado blanco.

Porque Mariano Cañardo era el hombre de la afición. Las miradas de la España que entronizaba su primera Vuelta eran para él. Las esperanzas se cernían sobre sus espaldas anchas y delimitadas por aquellos tubulares de recambio que tenían que llevar cual chaleco, en previsión del seguro reventón. El negro asfalto de la ruta lucía a menudo una marca hecha a mano.

Emborronada y tosca, la leyenda no iba más allá del “Viva Cañardo”, así, simple, escrito por miles de carreteras a yeso, con la muñeca en escorzo imposible.

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Niños, mayores, todos se desgañitaban al paso del navarro.

Espachurraban tiza en el suelo como quien empuja sus sueños hacia el cielo.

Casi de forma premonitoria, las portadas avanzaron lo que el sentir de la gente y la suerte de la competición corroborarían.

Mariano, dorsal uno a la espalda, era el hombre a seguir de salida, y lo fue a cada paso hasta Madrid, esa Madrid que rezumaba obras de Federico García Lorca por los carteles de sus teatros.

 

Las razones de aquella pasión de Semana Santa por Mariano derivaban de una excelsa lista de victorias en el panorama nacional desde el mismo momento en que decidió ser ciclista y se colgó un dorsal.

Aquel fornido ciclista de Olite, aunque instalado en Barcelona, desde su mayoría de edad presentaba credenciales sobradas en el panorama doméstico, tales como la Volta a Catalunya, la carrera que entonces marcaba el paso, que había ganado cuatro veces, sumada a campeonatos de España y la Vuelta al País Vasco.

Harina de otro costal era hablar de sus activos más allá de los Pirineos, esa extraña frontera para los ibéricos de la época que Mariano sí que había osado cruzar, pues un año antes había sido noveno nada menos que en el Tour de Francia, en una edición ganada por Antonin Magne, con Vicente Trueba décimo.

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No obstante correr en suelo no español, para aquella generación de ciclistas que, más que aprender el oficio, tuvieron que inventarlo, fue un cénit no solo físico sino también mental que habría que trabajar con calma, tiempo y pasión para superarlo.

La carrera partió muy temprano dirección Valladolid.

En el alto de los Leones el suizo Leo Amberg soltó el primer ataque de la primera etapa en la primera edición.

Pronto Mariano se erigió en protagonista. El navarro-catalán se soldó a la rueda del belga Antoon Dignef.

El infortunio quiso que los pinchazos hicieran acto de presencia bien pronto.

Los tubulares de Mariano parecieron de mantequilla durante toda la carrera, cosa que ya se vio en la primera jornada.

Varios pinchazos, y Dignef voló. El belga ganó en Valladolid una etapa para la historia, lo que le supuso ser el primer líder de la carrera.

Se vistió de naranja, algo que por mucho que lo intentara, Mariano no lograría jamás, aunque portara el dorsal uno en tan singular ocasión.

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No obstante su historia mereció ser plasmada en los anales del ciclismo. Estuvo llena de grandes gestas, heroicidad y grandeza sin igual.

Pocos días antes de empezar, Cañardo manifestaba un disimulado optimismo ante la Vuelta.

No quiso entrar en el detalle de su estado de forma, no quiso concretar rivales, pero sí puso de relieve que los malos momentos del Gran Premio de la República, disputado poco antes, ya eran historia. Su ambición se tapaba a duras penas.

 

Confiado en sus posibilidades, la modestia solapaba lo que sus piernas le daban a entender.

Mariano quería ganar, y la magullada teoría de la superioridad foránea no iba a detenerlo.

Texto de libro «El primer campeón, el mundo que vio Mariano Cañardo«

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Hasta siempre, Neus Cañardo

Neus Cañardo JoanSeguidor

Con Neus Cañardo conocimos la intrahistoria del primer campeón

Esta mañana de miércoles recibía el mensaje explícito de mi amigo García Planas sobre la muerte de Neus Cañardo.

Un golpe, una piedra en el camino y un recuerdo.

Un recuerdo que se va tres años y medio allá, uno que es de recordar las fechas.

Acababa de salir “El primer campeón”, la vida que vivió y le tocó vivir a Mariano Cañardo. Neus Cañardo al otro lado del teléfono, emocionada: “Gracias, gracias, gracias”.

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El atentado que eclipsó a Mariano Cañardo

El día 19 de junio de 1987 fue viernes. A eso de primera hora de la tarde, muchos barceloneses acudían a su cita semanal con las compras en Hipercor. El centro comercial, sito en la Meridiana, la arteria que colinda con los confines de Sant Andreu, el barrio donde Mariano Cañardo hizo su vida, era objeto del atentado terrorista más cruento perpetrado por ETA hasta el momento. Hipercor es leyenda negra.

Aquella tarde, pasados unos minutos de las cuatro, un coche bomba cargado de explosivos reventaba en el aparcamiento de Hipercor, convirtiendo la imagen de una tarde de principios de verano en un infierno. El atentado de Hipercor dejó 21 personas fallecidas y muchos heridos. Los daños materiales fueron cuantiosos en Hipercor. La ignominia de terrorismo había infligido una terrible herida en el alma de una ciudad como Barcelona, en vísperas de su nominación olímpica. Hipercor pasó a la historia como lo peor que habíamos visto hasta entonces. Treinta años ya y los testimonios de aquella tarde siguen removiéndonos el estómago. Hoy visto desde la perspectiva del tiempo, vemos que Hipercor se quedó para siempre en la memoria.

En el umbral del barrio de Sarrià barcelonés, en la clínica Corachán, cerca de donde vivía otro gran personaje de la historia del ciclismo en este país, Alberto Gadea, director técnico de la Vuelta, entre los muchos cargos y responsabilidades que se atribuyó, Cañardo vivía sus últimas horas Mariano Cañardo, mientras acontecía lo de Hipercor. Con 81 años, una vejez envidiable, una salud de hierro quizá forjada en las tremendas jornadas que le tocó soportar como ciclista, Mariano moría de una hemorragia cerebral, informaban los medios. Un cáncer de colon muy extendido, tanto que se desaconsejó intervenirlo, fue el desencadenante. Mariano se iba el mismo día que en la puerta de su casa se vivía el drama de Hipercor.

Aquellos días, en que el mundillo del ciclismo vivía los momentos previos al Tour de Francia que le ganaría Stephen Roche a Pedro Delgado por escasos segundos, y miraba a la Vuelta a Suiza para completar su pronóstico para la Grande Boucle, el ciclismo español perdía a su primer campeón.

Así abrió, al día siguiente, El Mundo Deportivo su doble página destinada a la leyenda de Mariano, pues en medios generalistas la pérdia de Mariano quedó ensombrecida por el atentado de Hipercor:

El corazón de Mariano Cañardo, que tantas veces le había ayudado a concretar su esfuerzo y a entrar el primero en la meta, decidió pararse ayer, cuando contaba 81 años. Uno de los grandes mitos de la historia del deporte en la bella modalidad olímpica del ciclismo ha dejado un hueco profundo e imposible de rellenar. Todo el mundo conocía a Mariano Cañardo. Era un catalán de Olite (Navarra) que cambió su vida de pastor por la de ciclista. En Sant Andreu, su barrio barcelonés, debía pararse cada dos minutos para saludar a alguno de sus admiradores y amigos. A pesar de sus 8l años, caminaba con soltura y su espalda desconocía la curva de la senectud. Su vivacidad estaba íntimamente ligada con el mundo del ciclismo, en el que cooperaba activamente aportando su carisma y sus amplísimos conocimientos. Era requerido en toda suerte de carreras para presidir el palco, asesorar técnicamente, entregar trofeos o, simplemente, honrar a todos con su presencia. Hasta su último aliento, Mariano ha estado al pie del pedal.

Pasados diez años, el periodista Màrius Serra, muy conocido como autor de crucigramas, le dedicó un emotivo recuerdo a Mariano Cañardo y a la trágica jornada de Hipercor. Màrius firmo cinco columnas de La Vanguardia, en las que lamentó la coincidencia de ambos sucesos y la injusticia, mediáticamente hablando, de la que fue víctima Mariano ante la avalancha de emociones e información que llegó desde el centro comercial de Hipercor:

Cañardo falleció la misma noche que estallaba una bomba en su barrio: la famosa bomba de Hipercor. El gran campeón moría por causas ajenas al atentado, a pocos metros de la tragedia que habría de llenar las páginas de los periódicos al día siguiente. Un azar macabro expulsó al óbito de Mariano Cañardo de las hemerotecas y esa muerte condenada a la clandestinidad mediática por culpa de una tragedia mayor siempre me pareció una fatalidad”, apuntó el columnista de La Vanguardia, quien concluyó instando a “ofrecerle al gran Mariano Cañardo el modesto lugar que merece en las hemerotecas que el terrible error de Hipercor le arrebató”.

Extracto del libro “Mariano Cañardo, el primer campeón

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Portabicicletas de techo o portabicicletas de remolque???

Récords inmunes al tiempo

Estos días me topé con esta preciosa foto de un joven Sean Kelly que disfrutaba de los laureles en un podio entre París y Niza. Al mismo tiempo recuperé la de Eddy Merckx, de hace muchos más años, también ataviado de blanco porque de ese color iba el líder de la primera gran carrera de cada temporada antes que entrara el rodillo de ASO a homogeneizarlo todo en amarillo simplón.

Y es que Niza es la meta de una carrera que se llama hacia el sol, porque sale de la grisácea París que se despereza de los fríos invernales para ir rumbo al Mediterráneo. Esa grandísima carrera es pieza angular en la trayectoria de Sean Kelly, un ciclista del que aquí hemos comentado su increíble triunfo en San Remo, hace más de veinte años, y del mundial que le arrebató Greg Lemond en un sprint.

Sin embargo Kelly mucho tiempo después sigue al frente de unos registros insólitos que traemos hoy aquí: ganar siete veces una carrera, una cantidad de éxitos que como ahora os muestro no se ha dado mucho en la historia del ciclismo.

Anquetil, los récords del reloj 

El record absoluto en grandes eventos lo ostenta, y parece que va para largo, el maestro del crono Jacques Anquetil, quien hizo del otrora prestigiado Gran Premio de las Naciones un coto privado mediante nueve, sí, nueve triunfos.

El 23 de septiembre de 1953, el luego quíntuple campeón del Tour abrió una leyenda alimentada en la carrera de referencia para los grandes en la lucha en solitario. Tras tres horas y media de esfuerzo y los hoy impensables 140 kilómetros contra el crono, el normando ganaba con más de seis minutos y medio sobre su compatriota Creton.

Con algún que otro paréntesis, siguió fiel a su cita con el cronómetro, hasta los últimos días de su carrera. Trece años después “Monsieur Chrono” daba su última clase ante alumnos adelantados como Gimondi y Merckx, ninguno de los dos se aproximó a su registro.

Aunque de ámbito doméstico, también es reseñable la hazaña de Constante Girardengo con nueve títulos nacionales de Italia, todos consecutivos, y eso que tuvo una Guerra Mundial, la primera, por medio. Dios sabe lo que habría pasado sin tamaño conflicto. Ni Guerra, ni Binda pudieron emularle, y eso que lo intentaron en los años que siguieron a este fenómeno del pleistoceno ciclista.

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Merckx & Kelly, dueños de la primavera 

La  París- Niza tiene su faro en un irlandés que deshojaba tréboles de cuatro hojas. Entre 1982 y 1988, Sean Kelly encadenó una de las rachas más increíbles de la historia con siete victorias en la ciudad  de la Costa Azul. Eran tiempos dorados y de glamour con la primera gran carrera de la temporada cerrando su concurso en la famosa cronoescalada del Col d´ Eze.

En el camino quedaron entre otros un compatriota, el otro irlandés, y ganador del Tour del 87, Stephen Roche, quien pese a intentarlo sólo pudo consolarse con un par de plazas de plata, él que en 1981 había sido coronado en Niza. La racha de “King Kelly” fue cortada por un emergente Miguel Indurain en 1989.

El mejor de los tiempos no podía pasar discretamente por este “paseo de la fama”. Eddy Merckx, quien durante siete años fue el mejor corredor del mundo según el Super Prestige, no sumó siete Milán- San Remo de forma consecutiva, pero a la postre sus siete victorias lucen con luz propia en su enorme palmarés, cosa que no es fácil.

Este prodigio de la ambición metido a ciclista abrió su cuenta en 1966, siendo el más rápido de los quince mejores de esa edición. Le acompañaron en el podio Durante y Van Springel. Al año siguiente repetiría. Sin prisa pero sin pausa, con algún año alejado del podio, siguió amasando para conformar el mejor registro de la historia “classicissima”. Su último triunfo fue en 1976 y llegó solo, con menos de medio minuto sobre Panizza.

Un escalón por debajo, con seis triunfos, se sitúa una colección de campeones que no desmerece lo citado hasta el momento con, como no, Eddy Merckx en la Escalada a Montjuich, Heiri Suter en el Campeonato de Zurich, Roger De Vlaeminck en la Tirreno- Adriático y Gianbattista Baronchelli en el Giro de los Apeninos.

Cañardo, el rocoso navarro 

Párrafo a parte merece nuestro héroe nacional en este ambiente de irrepetibles gestas. Duro e inexpugnable como la hermosa fortaleza de su Olite, Mariano Cañardo ganó siete veces la Volta a Catalunya, en esos años donde el tubular se confundía con un chaleco, y no precisamente por gusto a la moda.

El que quizá fuera el primer gran corredor de la historia de España sigue siendo mentado cada año en la prueba catalana como el mejor exponente de su longeva historia. El legado del de Olite en esta carrera es tan grande que comprende, además de ocho generales, veinticuatro victorias de etapa. Cañardo hizo de la Volta su Tour, porque además suma hasta cuatro podios.

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La primera Vuelta acabó con una explosión de ciclismo

Aquella Vuelta en sí estaba siendo decepcionante. Se hablaba de falta de ambición de gloria y dinero, de conformismo, de un apalabrado reparto de roles. Lo cierto es que el tránsito por el sur fue triste y espeso, casi tanto como la ausencia de noticias de relieve para aquella masa que imaginaba la carrera, pues ni la veía ni escuchaba más allá que lo que se sirviera impreso en el quiosco.

El camino de vuelta hacia Madrid pasaba por Cáceres y Zamora. Les esperaban dos jornadas finales antológicas, lo suficientemente interesantes como para compensar el tedio anterior. En el puerto de Béjar, Dignef hizo estremecer a su propio líder con un ataque que desató la locura. Fue como el golpe que despertó a los leones. Los grandes, presa de la velocidad, no escatimaron la pelea ni en las pancartas de bienvenida, como pasó en Plasencia, donde se montó un sprint por confusión.

Ya con Zamora asomada al Duero a la vista, fácilmente reconocible por la curiosa silueta de su catedral originalmente románica, el colmo de la mala suerte se cebó en Mariano, en quién si no. De repente, sin previo aviso ni ruido que anticipara problemas, la cadena crujió y se soltó. Logró enmendar el desaguisado con un imperdible. Al poco otra vez la cadena, pero volvió a solucionarlo. Más adelante, nuevo tintineo y cadena rota. Esta vez no había solución ni remiendo posible.

Su mugrienta e irreconocible máquina era poco más que un harapo inservible. ¿Fuera de carrera? ¿Dos semanas de calamidades para ir a morir a orillas del Duero? Por suerte no. Surgió la esperanza en forma de ángel entre el público. Un chaval de la cuneta le sacó una bicicleta de turista que le valió para cruzar la meta zamorana en tiempo. Entre una cosa y otra Mariano cedió cinco minutos, cayendo de la segunda a la quinta plaza de la general. Una desgracia que despertó a la fiera.

Preso de la furia, a Mariano le resultaba indiferente el desenlace de la Vuelta. Ser quinto, octavo o estamparse en una curva. Le daba todo igual. Quiso poner las cosas en su sitio y ciertamente las puso. Cabalgando sobre una bicicleta molida, cedió a Molinar los puntillos del Alto del León para desafiar la muerte, las cunetas, la gravilla y las infames carreteras del momento en el descenso.

Cuesta abajo hacia Madrid se soldaron a su rueda, no sin temer por su vida, el líder Deloor y Max Bulla. El firme estaba húmedo por la lluvia que había caído. Poco importaba, Mariano quería el podio pero también el primer puesto, y por ello sembró de calamidades el camino de Deloor hacia su coronación madrileña. Un vía crucis con estaciones cinceladas entre paredes humanas de dos, tres y hasta cuatro filas de personas agolpadas en los bordes de la ruta para ver a aquellos potros desbocados.

La jornada moría en la Casa de Campo. La persecución se estableció con Mariano por delante, sin pedir relevo, y un pelotón destrozado, en la lejanía, conducido por Dignef, Molinar y Amberg. Deloor ganó la etapa y Mariano fue presa del delirio de la multitud. Desbocada, una avalancha humana se vino sobre el astro navarro. Tuvieron que sacarlo en volandas, agitado como una botella de champán. Mariano no rebosaba espuma y sí alegría y emoción. Escupía gritos, puñetazos al cielo. Había sido el héroe del país durante aquellos quince días de primavera. No pudo ganar, fue segundo. Si la primera Vuelta a España de la historia fue un éxito, el apellido Cañardo tuvo todo que ver en él.

Texto del libro «El primer campeón, el mundo que vio Mariano Cañardo«

Los Tours que crearon Berrendero, Cañardo y Trueba

Mucho se ha escrito en torno a las gestas llevadas a cabo por los ciclistas españoles en el campo internacional. En un día ya lejano se nos abrieron las puertas de la esperanza. Nos remontamos a aquellos años en los cuales unos pocos, a golpes de pedal, nos brindaron un cierto optimismo ante los años flacos de otros tiempos.

Trueba y Berrendero, cuesta arriba, eran los amos

De entre los ciclistas españoles más nombrados y populares en aquellos tiempos del pasado, concretamente en el año 1933, era Vicente Trueba, al que llamaban “La pulga de Torrelavega”, porque según Desgrange, el impulsor y fundador del Tour, parecía “correr a saltos”. Le cupo el alto honor de adjudicarse el Gran Premio de la Montaña, instaurado oficialmente por vez primera. Lástima que los minutos de ventaja que adquiría el pequeño español subiendo, liviano como una pluma, los perdía bajando los grandes puertos. Afrontaba la situación con verdadero pánico. En aquel año, sin embargo, le cupo el honor de ser sexto en la clasificación absoluta del Tour. Fue una verdadera lástima, porque cualidades  tenía. Le faltaba ser más desenvuelto en los llanos y más arrojado en los citados descensos. Pesaba 50 kilos y su altura era mínima, un metro con 54.

En 1936, Julián Berrendero, aquel madrileño de cepa al que llamaban por el color de su piel “el negro de los ojos azules”, conquistó también  el Gran Premio de la Montaña del Tour ante el asombro de los franceses, que veían como en España albergaba a escaladores de postín. Luego, viendo el historial del Tour, que es la prueba que más pesa en el campo de la bicicleta, se reflejó esta tradición, esta fama, que otorgaba a los corredores españoles una supremacía sin igual cuando la carretera se empinaba hacia las cumbres. Nuestra fama en el mundo internacional nos vino con preponderancia gracias a las montañas, en donde nos desenvolvíamos con facilidad.

Cañardo y los años amargos que siguieron

Merece una mención especial también Mariano Cañardo, corredor completo, que concurrió en seis ocasiones en la prueba  francesa.  Lo más destacado fue alcanzar un sexto lugar en la clasificación  general, en el año 1936, y ser noveno, con anterioridad, en 1934.

Tras el paréntesis obligado impuesto por la Segunda Guerra Mundial, el ciclismo español, internacionalmente hablando, no lograba situarse del todo en un plano superior. En el Tour del año 1949 concurrieron seis representantes de nuestro país: Julián Berrendero, Bernardo Capó, Dalmacio Langarica, Emilio Rodríguez, José Serra y Bernardo Ruiz. Todos ellos, aunque pusieron voluntad, abandonaron casi en bloque. En la temporada siguiente la Federación Española decidió de manera tajante no participar con un cuadro representativo de ciclistas.

Sin embargo, en el año 1951, el citado organismo oficial tomó la determinación de presentar un equipo hispano compuesto por siete unidades, con el deseo de resarcirse de las ingratitudes sufridas con anterioridad. Cabe consignar que en aquella edición del Tour los acontecimientos vividos fueron de más un abierto optimismo. Algo así como si se nos abrieran las puertas y creciera nuestro prestigio con un halo inesperado y optimista, algo que bien necesitábamos.

Por  Gerardo  Fuster