Cuenta atrás para Mathew Hayman

Mathew Hayman JoanSeguidor

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Hayman marca el próximo Tour Down Under como el final de su carrera

A Mathew Hayman es sencillo identificarle en medio de un pelotón.

Emerge sobre la media, su casco es un faro y su rueda, un tesoro.

Porque Mathew Hayman es uno de esos ciclistas que no cumplieron con un master puntual, porque su carrera deportiva es un master en sí sacado día a día en las mejores carreras.

Me dijeron hace muchos años que los australianos que estaban en el profesionalismo eran todos muy buenos por una cuestión de necesidad.

En Bkool ya tenemos el recorrido del Mundial de Innsbruck 

Cruzar desde tan lejos, para jugarse el futuro, exige dar el 110%.

Mathew Hayman es un ejemplo de ellos.

Recibimos la nota del Mitchelton con una nota manuscrita por el propio corredor que acaba diciendo que este Tour Down Under es su última carrera.

Si un día Cadel Evans logró el Tour y el mundial, si otros australianos como Matt Goss en San Remo abrieron frentes valiosos, incluso ahora su equipo, siendo el primer australiano en ganar una grande, Mathew Hayman es un peso pesado en la historia de ese ciclismo que hace muchos años de ser exótico.

Siempre escuché a Juan Antonio Flecha hablar del valor de Hayman en la carretera.

«Un tipo fiable, un compañero de verdad» me decía.

Corrieron juntos en Rabobank.

Pero si hubo algo que enamoró a Mathe Hayman fue ese trayecto que va desde Compiegne a Roubaix.

Porque ha completado diecisiete veces la París-Roubaix y eso es historia viva de nuestro deporte, coincidir con Museeuw, Van Petegem, Cancellara, Boonen…

Y no sólo eso, estar en el mismo palmarés que ellos, porque si el ciclismo nos hizo un regalo inolvidable fue el de la Roubaix de 2016, una de las mejores carreras de tiempos recientes.

Ese día Hayman evitó el récord absoluto de Boonen, ese día Hayman ganó la mejor competición en muchos años.

Imagen_ Mitchelton-Scott press

#Top2016 Los cien mejores kilómetros del año

En el circo del ciclismo moderno el espectáculo es una cuestión de píldoras. Pequeños momentos de emoción, cuñas de pasión y ciclismo desenfrenado que sumadas todas, por trozos y por separado dan el conjunto de una campaña sobre ruedas. Pero hete aquí que a veces las cosas se desbordan, las gotas que rebosan el vaso, un zas, un momento, el pico de adrenalina suficiente para que todo se precipite.

A más de cien kilómetros de Roubaix, Tom Boonen, amante de las escaldas de largo radio, armó el ataque del año que daría por resultado los cien mejores kilómetros del año. Sí la Paris-Roubaix que acabó en manos de un ciclista por el que pocos habrían apostado, Mathew Hayman, fue la mejor de entre todas las grandes careras del año, y buenos momentos hubo, sobre todo cuando hablamos de la primavera.

Roubaix fue un cuento, una desenfrenada melodía de emociones que Boonen inauguró convirtiendo a carrera en un acto de supervivencia en el filo, en el equilibro imposible de dos ruedas, finas como hojas de afeitar sobre húmedos adoquines que ponen trampas a cada paso.

Trampas que te aíslan, que te llevan al suelo y te sacan de carrera, como los Team Sky cuando copaban el grupo de cabeza, qué carrera de Gianni Moscon, y vio sus piezas caer como un serpentín, como Fabian Cancellara, probando el polvo dos veces en su despedida del infierno.

Cancellara se cayó en el velódromo, como antes se hacía caído rodando a mil por hora, en un polvoriento adoquín, obligando a Peter Sagan a la pirueta imposible, al salto propio de un ciclocrossman en el tramo de tablones. Un requiebro que no le dio la victoria, pero que acrecentó esa aureola de incorruptibilidad que deja al eslovaco como el ciclista más apreciado de la actualidad.

Roubaix nos dio cien kilómetros pegados al sofá, sin aliento, sin tregua, con el corazón de parte de Tom Boonen, la admiración por Imanol Erviti y la incredulidad ante Hayman, el corredor que dio en la diana como casi siempre ocurre cuando hay un Orica en liza.

Eso fue Roubaix en 2016, para nosotros la mejor carrera, el día que demostró que el ciclismo puede seguir sorprendiéndonos.

Imagen tomada del FB de Paris-Roubaix

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Mira qué portabicicletas de techo tienen en Cruz

Una primavera poco clásica

Ya acabó. Cada año cuando se atraviesa el umbral de Ans atamos cuentas, miramos hacia delante y contamos las semanas que quedan para que empiece la próxima primavera. Wouter Poels es el último nombre de un listado que abrió a finales de febrero Greg Van Avermaet con victoria en la Het Nieuwsblad, la primera de la cuenta primaveral, una carrera que es espectacular, pero que rara vez marca tendencia por coronar ciclistas que luego, en el meollo de la temporada de clásicas no acaban de explotar. Como Van Avermaet, podemos hablar de Flecha, Vanmarcke o Stannard, quien ganó dos del tirón y nunca más se supo esas dos temporadas que se aupó con el triunfo.

Sea como fuere la primavera de 2016 nos deja varios nombres y muchos de ellos inesperados porque en ninguna quiniela, por rara que fuera, se pudo prever nombres como los de Arnaud Demare, Mathew Hayman o Enrico Gasparotto como ganadores de clásicas del mejor rango. Incluso el éxito de Poels en Lieja se habrá pagado muy bien en las casas de apuestas.

Sólo dos nombres han estado donde se les esperaba. El primero Peter Sagan, del que hemos glosado lago y tendido, pero de quien no conviene olvidar que logró dos triunfos y dos segundas plazas, algo realmente complicado, sobretodo cuando vemos lo incierto de estas carreras y las muchas sorpresas que encierran.

El otro ha sido Alejandro Valverde quien tiene en la Flecha Valona la horma de su zapato, la carrera que le permite aliviar la hinchada que le reclama clásicas mientras él sigue tirando a las grandes vueltas. Pocas veces un ciclista muestra tanto dominio de la situación como Valverde, y por ende el Movistar, en la clásica unipuerto, pues aunque sea, como dicen por el lugar, “wallonnée”, no deja de ser una carrera que se decide en las pendientes de Huy. Todo lo que pasa, pasa por y para ese muro, todo lo demás, excede lo noticiable.

Y es que, lo siento, pero la parte de los adoquines sigue siendo a la primavera lo que el agua al río. Las Ardenas volvieron a quedar ensombrecidas por el control típico de gente que disputa grandes vueltas, reduciéndose a escasos segundos de emoción. No sabemos si es la propia composición de los equipos, las mentalidades, no sabemos qué, pero es imposible burlar el corsé de los grandes nombres. Sólo Tim Wellens ha sido algo osado, y a la vista de su éxito posiblemente cambie de estrategia en lo sucesivo.

Las Ardenas necesitan Jalabert, Bartoli, Criquielion, Argentin, Vandelbroucke,… grandísimos ciclistas que sólo temían su sombra. Corredores que armaban el zafarrancho desde lejísimos convirtiendo la carrera en una ratonera, en algo impredecible que te levantaba del sofá. Similar lectura le vale a San Remo, la carrera que vio llegar en solitario a Chiapucci y Bugno o ganar en duelos de dos a Kelly y Jalabert. Ahora ni Dios rompe San Remo.

Mal está la cosa cuando el aficionado medio prefiere carreras como la Strade, de nuevo cuño y cargada de tierra, a la San Remo. Yo prefiero seguir decantándome por el monumento, pero es complicado, cada vez más, justificarlo. Por suerte siempre nos quedará Flandes, con valientes como Sagan,Kwiatkowski y Cancellara, y Roubaix, sobretodo Roubaix, para mí una de las mejores carreras de los últimos tiempos, con 120 últimos kilómetros para enmarcar, prendados de singularidad y emoción, llenos de vivencias.

Es ciclismo experiencial, eso que muchos venden ahora en paquetes regalos que te dan una noche en un spa o una cena en un estrella Michelin. Ese domingo, las dos ultimas horas y media de Roubaix no las cambio por nada. Sé que eso no se puede tener todos los días, pero es el sello de un monumento, la marca del ciclismo añejo, del que prendó a una parroquia que lo sigue reivindicando.

Imagen tomada de FB Liege-Bastogne-Liege

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Y hablando de apuestas primaverales, ya hay ganador de la #PrimaveraKronos. El reloj Kronos se va la costa levantina en una complicadísima quiniela que se ha resuelto, asómbrense, por el segundo puesto de Peter Sagan en E3 y es que nadie ha pasado de dos aciertos de ocho carreras posibles.

Roubaix, la contracrónica

No nos cabe la menor duda que la clásica París-Roubaix, que acaba de celebrarse, constituye por esencia una de las carreras más representativas del calendario ciclista internacional. Es siempre un aliciente el adentrarse en esta prueba y poder vibrar en el transcurso de su desarrollo. Esta vez, sin embargo, se produjo la gran sorpresa, sorpresa protagonizada por el australiano Mathew David Hayman, un nombre que no sonaba ni de lejos entre los posibles ganadores. Pero en una carrera de estas características, aunque tenga la fama que tenga y merezca, puede adolecer de golpes inesperados que nadie esperaba o espera. Es la ley del deporte. Los vaticinios muchas veces caen en saco roto.

Sorpresa y dureza en la gran clásica

El actual vencedor, que ha tenido un pasado sin apenas victorias de importancia, ha conseguido triunfar, además, llevando sobre sus espaldas una marcada veteranía, que se traduce en sus 37 años cumplidos, lo cual no deja de ser un mérito digno de aplauso. Cabe afirmar que esta competición no fue de fácil digestión con sus tormentosos 257 kilómetros de recorrido, en donde se incluían 27 tramos de piso adoquinado, que computaban la suma de 52 kilómetros, toda una pesadilla.

El promedio registrado, otro ingrediente a tener en cuenta, fue elevado. El vencedor rodó a 43,910 kilómetros a la hora, un dato a tener en cuenta también. Bien es verdad que no se consiguió batir el récord de la prueba, que sigue ostentando el belga Peter Post, con 45,129 kilómetros, hecho que consiguió en el lejano año 1964, emblema que perdura en el pedestal de los honores.

El pasado y el presente

La carrera que nos ocupa cumplía su 114ª edición, remontándonos a su fecha inicial histórica que se sitúa en el año 1896, con la victoria del polifacético ciclista alemán Josef Fischer, que se dedicaba a practicar otras diversas modalidades deportivas. Siempre llamaba la atención entre las gentes al mostrarse sumamente excéntrico con los que le rodeaban y le admiraban. Así, indirectamente, le servía para crearse un buen cartel publicitario.

Cabe señalar que la presente París-Roubaix tenía un buen aliciente. La presencia en la línea de salida de tres importantes ciclistas del momento. Por un lado, estaba el belga Tom Boonen, y por el otro, la alineación del eslovaco Peter Sagan, el actual campeón del mundo de fondo en carretera, y el suizo Fabián Cancellara, otra estrella siempre atractiva en el mundo de la bicicleta. Una vez más se dio la salida en la ciudad de Compiègne, presidida por la silueta inconfundible del castillo de Luis XV, en homenaje al rey de Francia. Aunque se libraron pronto algunas escaramuzas que no llegaron a cuajar, lo importante fue que se cubrieran las dos primeras horas de carrera a un promedio vertiginoso de 47 kilómetros a la hora, una cifra que en cierta manera magnifica el hervor intrínseco que poseía la citada prueba.

Apenas faltando un centenar de kilómetros para la meta, tras cruzar los densos bosques de Arennberg, el pelotón quedó seriamente fraccionado por la intensidad de la contienda, destacando la prestación del español originario de Pamplona, Imanol Erviti, que se mostró muy activo e incluso pedaleando durante un trecho en solitario. En la meta de Roubaix, justo hay que afirmarlo, el citado corredor norteño obtuvo la novena plaza, a poco más de un minuto del australiano vencedor.

Cabe anotar, cuando quedaban por cubrir una cincuentena de kilómetros para la meta de Roubaix, cuando se produjo una fuga a dúo compuesta por el británico Stannard y el belga Vanmarcke, este último extremadamente belicoso. Paulatinamente surgieron en vanguardia otros varios audaces dispuestos a definir la contienda, que, poco a poco, fue entrando en su fase trascendente. Se puede decir que los kilómetros postreros dilucidaron a los corredores que poseían más posibilidades para hacerse en definitiva con la corona del triunfo. Quedaron al mando unos pocos: un quinteto selectivo compuesto por el noruego Boasson-Hagen, que se erigía como el favorito para ganar por su desenvuelto punto de velocidad, acompañado por los belgas Boonen y Vanmarcke, el británico Stannard y el australiano Hayman; es decir, una composición internacional en órbita.

¿Quién imaginó a Hayman como vencedor?

A tan sólo 2 kilómetros del final entraron más oportunamente en liza Boonen, que perseguía a toda costa conseguir su quinto triunfo en el historial de esta clásica, al que se unió con ímpetu Hayman, que en última instancia, en el último soplo, se llevaría la victoria en el mismo velódromo de Roubaix, que posee un anillo de 250 metros, con unas gradas repletas por un gran público. El ciclismo, todos lo sabemos, posee muchas alegrías, y, a veces también, no pocas tristezas. La cara y la cruz estuvieron allí presentes de forma palpable.

Más vale tarde que nunca

Digamos que el sorprendente Mathew Hayman, repetimos, causó una enorme sorpresa, dado que hasta la fecha no había sobresalido mucho dándole a los pedales. Se sabía que había participado en la París-Roubaix, con esta última, quince veces; es decir, que sabía, eso sí, el terreno que pisaba. Nació en la población de Camperdown. Mide un metro con 90 de altura y pesa 77 kilos. Es profesional desde la temporada del 2000. Actualmente milita en las filas del equipo australiano Orica-Greendge Cycling Team. En su palmarés cabe destacar el haber sido medalla de oro en los Juegos de la Commonwealth (2006) y ganador de la París-Bourges (2011). La gloria le ha venido tarde, con la célebre París-Roubaix. Más vale tarde que nunca.

Conclusión

Recopilando datos históricos concernientes a la París-Roubaix, resulta que existen dos belgas que han conseguido la máxima marca en esta competición; es decir, el vencer esta carrera de campanillas en cuatro ocasiones. Son Roger De Vlaeminck (1972, 1974, 1975 y 1977) y Tom Boonen (2005, 2008, 2009 y 2012). Por naciones, Bélgica se lleva la palma, con 56, triunfos, siguiéndole Francia, con 28, e Italia, con 13. Por otra parte, el australiano vencedor Hayman, constituye el segundo que logra este trofeo a favor de su país, el país de los canguros, un acontecimiento excepcional.

Como conclusión quisiéramos informar que esta clásica para los representantes españoles no ha sido propicia en cuanto a resultados. Tan sólo cabe en el recordar los segundos lugares logrados por el fallecido Miguel Poblet, en el año 1958, y por el hispano argentino Juan Antonio Flecha, en el 2007.

Por Gerardo Fuster

Imagen tomada del FB de la París-Roubaix

Todo lo que oísteis de Roubaix era cierto

Hace 120 años un par de hiladores de Roubaix, dos empresarios de textil, dijeron que querían una carrera que uniera la capital, París, con el deprimente entorno de la última metrópoli francesa antes de pisar terreno belga. Nació la París-Roubaix, la carrera que pudo con todo, con guerras mundiales, con la modernidad, con el automóvil. “Sans pave, par de course”.

Hoy, 120 años después el ciclismo se ha citado en esos más de 250 kilómetros para ofrecernos la mejor carrera en mucho tiempo, una carrera de la que hablaremos por décadas, rememorando las muchas, muchísimas estampas, situaciones y embrollos que nos regaló durante más de 150 kilómetros. Una carrera de grandes, de gigantes, que no tuvo respiro, que no dio tregua. Una CARRERA con mayúsculas.

Los astros se alienaron y dieron buena luz en la senda hacia Roubaix, no cayó el agua que las apps pronosticaron hace unos días, pero sí regaron de sabios charcos el recorrido. Ay, ese recorrido, un nido de trampas donde el peligro acechó en cada momento, de tal manera, que cuando menos lo imaginabas, un castillo de naipes se derrumbaba frete a ti, un desastre.

Cayeron casi todos, algunos más que otros y en algunas de esas caídas estuvo la clave. Aunque si hemos de buscar el momento que torció la historia, cabrá irse a más de cien de meta, cuando los Etixx hastiados de tanta crítica e infortunio, resolvieron que lo mejor para ganar a ciclistas que son superiores a ti, léase Cancellara & Sagan, principalmente, es adelantarse.

Y eso hicieron, mientras rodaba una inofensiva, en apariencia, fuga por delante, Tom Boonen dijo basta, basta a tanta racanería, a tanto papel mojado, a tanto ataque a su persona y equipo. Le dijo a Tony que “para adelante” y precipitaron los acontecimientos. Una bola de nieve rebotando por los pavés.

Y la carrera encloqueció a ciento y pico de meta, sí, a más de dos horas de Roubaix y su velódromo y las situaciones se hicieron inestables, y donde mandaba Sky se fue todo al garete porque en sendas caídas se precipitaron al vacío, y donde parecía mandar el Jumbo tampoco valió porque la mejor carrera posible del mejor Sep Vanmarcke de la historia no fue suficiente, hizo corto, como en el caso de Boasson Hagen, el corredor que vino para comérselo todo, que pareció el más entero en muchos pasajes pero que no tuvo suficiente.

La carrera fue como una de esas margaritas deshojadas tramo a tramo, perdiendo hojas, perdiendo prestancia, corredores. Y quedaron cinco, cinco de los que surgió un australiano, que venía con Imanol Erviti, top 9, de la primera fuga, para ganar en dos tiempos, primer intimidando en las pedanías de Roubaix y luego ganando Tom Boonen al sprint. No le contemplan más de cinco triunfos en una longevísima trayectoria profesional y tiene una Roubaix, algo que si miramos atrás veremos que no es la primera vez que pasa: Knaven, Backstedt y Van Summeren me vienen a la memoria,

Mathew Hayman arruinó las estadísticas de Tom Boonen y prorrogó su retirada. Si Boonen, excelso, hubiera ganado esta edición podéis tener por seguro que su registro hubiera pervivido mucho tiempo. El belga se despidió de Roubaix desde el podio, no pudo Cancellara, que estuvo a prueba de todo salvo de caídas, la ultima en la despedida del velódromo, aunque no os perdáis el “salto” que le hace Peter Sagan en la que eliminó al suizo, sencillamente sublime, la técnica de Sagan gana carreras, una pincelada más en una jornada que pasa a los anales, sin duda, de la historia del deporte más bonito del mundo.

Imagen tomada del FB de la París-Roubaix

INFO

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El Team Sky no mete miedo sobre los adoquines

Con Juan Antonio Flecha, en su primera temporada en el pelotón, empieza y acaba lo mejor de Team Sky en las grandes clásicas de primavera. El catalán firmaba en 2010 el primer éxito del entonces recién creado equipo inglés, siendo el mejor en la rebautizada Het Nieuwsblad, la Het Volk de toda la vida. Desde entonces el vacío más absoluto puebla el palmarés del mejor equipo del mundo en las grandes citas de un día.

De hecho, si tomamos las estadísticas comprendidas en estos mes de marzo y abril, sólo Flecha implicó al Sky en las grandes carreras con su tercera plaza, por ejemplo, en la París-Roubaix y en el E3 de Harelbeke en 2010. Fuera de estos resultados emergen las victorias en la Kuurne –clásica de segundo orden- de Mark Cavendish y Chris Sutton y podios concretos, tales como el de Geraint Thomas en A Través de Flandes (segundo en 2011) y el de Thomas Lofkvist en la Strade (segundo en 2010). Fuera de estos resultados un solo podio más en un monumento: Rigoberto Uran tercero en el Giro de Lombardía ganado por Purito por delante de Samuel Sánchez.

Curiosamente pues, el ciclista más errático en lo táctico, Juan Antonio Flecha, ha sido el gran, por no decir que el único, valedor del perfeccionista equipo negro en este teatro. Y eso que en el seno del equipo de Dave Brailsford no han corrido unos cualquiera por mucho que no hayan hecho honor a sus respectivos cachés.

En el caso más evidente tenemos a Edvald Boasson Hagen, ese ciclista casi anónimo e inestable en las grandes citas del adoquín. Un corredor que prometía no mucho, muchísimo, pero que quema años sin explotar el mínimo que se le supone. Incluso el noruego cuajó actuaciones para el análisis como la del año pasado cuando ante la arremetida de Tom Boonen ni tiró ni ayudó ni siquiera buscó salir a por el belga. Simplemente fluyó sin pena ni gloria hasta el velódromo.

En la presente campaña dos ciclistas negros vestidos de la tela de la glamurosa Rapha han afinado pero no sabemos si lo suficiente. El leal Mathew Hayman que Flecha se trajo de Rabobank fue tercero en A Través de Flandes, en ese sprint imposible que ganó Oscar Gatto, mientras que Ian Stannard ha merodeado sin suerte la vanguardia aunque transmitiendo un poder terrible, a tal punto, que nos es descabellado pensar que hasta podría ser de la terna de cuatro o tres estrellas en un baremo de favoritos que vaya de uno a cinco.

Y luego está la perla del ciclismo británico, aunque galés en este caso: Geraint Thomas, el elegante “velodromista” de Cardiff que ganó la París-Roubaix juvenil y que debe dar el salto. El año pasado tuvo la bula olímpica para desinhibirse del tétrico papel de su equipo camino de Roubaix pero en esta ocasión debe asumir galones más cuando su gélido partenaire, EBH, no atisba mejora evidente.

Veamos pues a los Sky ante el binomio del pavés por antonomasia. Y es que, a pesar de del enorme dominio en pruebas por capítulos, a los Brailsford aún les quedan terrenos por conquistar en esto que le llaman ciclismo.