Cadel Evans, en su versión más cómoda

No es la primera vez que declaramos cierta admiración por Cadel Evans. Obviamente no es el ciclista más presto a dar espectáculo del pelotón. Su peculiar y agonístico estilo añadido a su perfil conservador en carrera le despierta muchas antipatías. No obstante su palmarés es pequeño pero rico, acorde con esa parquedad y motivación casi tibetanas que le mueven.

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Sin embargo y pesar de lo dicho Cadel Evans construye su discurso ciclista desde la honradez. Lo que muestra es lo que hay. Ni trampa ni cartón. Con los años, y no es que tenga poco, no ha sido nunca vinculado a ninguna cosa rara e incluso en él podemos apreciar el ciclista que ha demostrado ir limpio pero que ha sido perjudicado por otros que hicieron pitar la maquinita. Miren por ejemplo el Tour de 2007 cuando el duelo Contador-Rasmussen le descolgó y le desposeyó de opciones para disputarle al madrileño la crono final con ciertas opciones.

En el palmarés de Cadel Evans brilla ese Tour de Francia que ganó con total merecimiento hace dos años. Ello no implica que lo lograra ante un par de inútiles al manillar: los Schleck. Cadel ganó ese Tour en la sombra, dispuesto en la retaguardia, sin ruido, con sigilo y discreción. Vino desde atrás, nadie le esperó, sobretodo porque años atrás erró en su gran objetivo, el Tour, e incluso cayó derrotado en la Vuelta por Valverde, fruto de una terrible desgracia en la cima de Monachil, y en el Giro por Basso, aquí el italiano le ganó por la mano, sin más.

Incluso en los años de mayor obsesión por la ronda gala, el australiano no perdió la cara por el resto de citas importantes y nobles de la temporada. De hecho ahí tiene un título mundial. Luego, cuando quizá ni él contaba, y con rivales en teoría mejor preparados, ganó un Tour que supo trabajarse con total justicia. Hete ahí la subida al Galibier y las responsabilidades que asumió ante el asombro general.

A ese Tour Cadel Evans llegó empequeñecido. El duelo servido era el de Alberto Contador y Andy Schleck, un pulso que se dijo sería perenne y que nunca más hemos vuelvo a ver. Evans estuvo ahí, tranquilo, silencioso, hormiguita. Los titulares y flashes eran para Voeckler, para Contador, para Andy. Al final emergió y se hizo con el triunfo. Sin embargo un análisis de la carrera demuestra que a pesar de su invisibilidad nunca perdió la cara a la misma. Estuvo donde le quería.

En este Giro la atención se la llevan Wiggins, Nibali, Uran, Hesjedal,… Evans está ahí, sumando. En las dos jornadas más enrevesadas estuvo ahí, entre los mejores del sprint, incluso bonificando para amortiguar la pésima crono por equipos del BMC. Cadel Evans está en el mejor de los escenarios. Nadie habla de él, nadie se fija, pero está, y no para rodar, su compromiso con este deporte le impide concebir entrenamientos con dorsal. Creo que en BMC lo tienen claro, Van Garderen se va al Tour a mejorar el maillot blanco del año pasado. Entretanto Cadel hace boca y nada menos que en el Giro.

Con Rasmussen, cae un profesional de la mentira

La trampa y la mentira, argucias varias, y variadas, cincelan profesionales de las mismas. Personas que las tejen con cuidado y tesón, poniendo su mejor mimo y aporte personal. Una vez construida la falacia giran sobre ella, la retuercen y exprimen. Se proponen mantenerse a flote hasta que el cerco es insostenible. Cuando la evidencia les abruma sonríen, dijeron estar confundidos y muestran cierto alivio. “Ya no tendré que mentir más”, acaban manejando.

Bueno. Bien. Esta historia nos la conocemos. Asistimos a diario a una hilaridad tal que el torniquete de la realidad lo emerge todo. Empreñarse es cierta utopía. La posibilidad de cambio y enmienda no cabe. Miren por ejemplo el calvo danés con pinta de chorizo llamado Michael Rasmussen. Ciertamente patético. Un servidor creyó en la terrible injusticia que le estaban infringiendo y al final él resultó la cuña de la misma. Tuvo a bien cargar con una injusticia que se ganó por mentiroso compulsivo.

Saben que la obra más gruesa que Cultura Ciclista ubicó en su primer catálogo de publicaciones fue una tesis sobre el caso Rasmussen y todo lo que rodeó su expulsión del Tour de 2007. La obra es densa. Sus conclusiones indignan, en parte. El autor hace suyo el caso Rasmussen y sinceramente no queda muy bien parado por el propio protagonista de la obra. Digamos que el acusado desacredita a su abogado. Cómo de bien le vendería la moto Rasmussen al señor Moller, autor de la obra.

Sin embargo quedarnos en la corteza del hecho es injusto. Michael Rasmussen fue crucificado de forma vil y perversa por un rodillo llamado sistema que destripa a capricho. Al final de la historia, viendo algunas de las documentaciones que aporta el autor se despacha que Rasmussen pagó los platos rotos de no sabemos quién y sin adivinar porqué. Pues que Rasmussen no era trigo limpio estaba claro, pero acaso pensábamos que los que le rodeaban en el equipo y rivales estaban ajenos al sistema. Obviamente no. ¿Por qué entonces se cargó contra él y se omitió otra purrela?

Quizá en esencia ahí debamos encontrar la utilidad de la enconada defensa de Moller y sus elucubraciones a su alrededor. Ahora bien, toda esta coartada urdida bajo los pies del exciclista carece de sentido alguno cuando éste admite haberse metido en el cuerpo poco menos que la “marmita” donde cayó Obélix. No hubo vena de Rasmussen que no sondearan los algodones del dopaje y él lo negó, lo negó y lo negó. Ahora su rostro es la cara de un nuevo escándalo en el ciclismo.

Y es ahí donde volvemos al principio. Michael Rasmussen ha sido un mentiroso profesional, pues ha hecho del hurto el eje de su vida. Ello quiere decir que vivió una mentira tan instalada que la defendió como si de una verdad se tratara. Exactamente igual que Lance Armstrong, que nuestros políticos, que los muchos estafadores que pululan por este bendito mundo.

Cuando el acoso y la evidencia son abrumadores entonces sollozan y dicen querer cambiar. Buah. Pobres chavales los que en años venideros caigan en manos de este pro del mamoneo. Pobres por que sabrán que en el fondo nada cambia, que como Iñaki Pardo vino a decir hace unos días en este cuaderno: rodeamos, movemos y aireamos para que en definitiva nada cambie.

 

Sólo nos faltaba Michael Rasmussen

El colorido puzle de pintorescos personajes que ha tomado la palabra desde que saltara la bomba de Lance Armstrong sigue completándose con inopinado ritmo. Aquí se expresa todo el mundo, con más o menos acierto, y arrojando más o menos dudas sobre el proceso que parece destinado crucificar de por vida el mito Armstrong.

La última apreciación la recoge este artículo en la versión digital de El Mundo y viene firmada por Michael Rasmussen, casi tête à tête con el doctor Ferrari. Ha querido el azar que estas declaraciones lleguen en un momento en que un servidor filtrea con las primeras páginas de “El chivo expiatorio”, un libro denso en pruebas donde el autor Verner Moller desmonta la conspiración que el danés dice haber sufrido en aquella edición de 2007. Es intrigantemente interesante el prólogo, allí hasta donde han llegado mis lecturas.

Moller no esconde antipatía por Alberto Contador, pues celebró un Tour que debió ser para Rasmussen, e incluso esboza una sonrisa cuando el fantasma de ese Tour 07 se cebó en el madrileño en forma de himno danés en los Campos Elíseos, tres años después y poco antes de ser acusado de positivo por clembuterol. Quizá lo más revelador de esas primeras páginas fue cuando el autor, durante el Mundial de Australia, se acercó a un apesadumbrado Mc Quaid en una cafetería y éste le confesó que por tan ridícula cantidad lo mejor habría sido cubrir un tupido veo. Con esta arbitrariedad, está todo dicho.

Pero volviendo a las palabras de Rasmussen, éstas no dejan de ser provocadoras. Y es que cada vez que un danés vestido con el maillot jaune alza los brazos en los Pirineos se lía. Once años antes de tocar la gloria, saborearla y ser desposeído de ella en el Aubisque, Bjarne Rijs apabullaba a la concurrencia en Hautacam. A pesar de ser un dopado confeso, Rijs sigue vigente en el palmarés del Tour, y Rasmussen define aquella actuación de “colosal”. Luego también tiene recuerdo para Lance Armstrong apuntillando lo siguiente: “Para mí, las prestaciones de Armstrong no serán menos fascinantes aunque se demuestre que corría dopado”.

Atención, por que cualquier paseo por cualquiera de las webs de diarios, prensa física e incluso informativos televisivos, ofrece lo que es ahora mismo el ciclismo: un muñeco roto en manos de gestores de información que no escatimarán morbo si en ello les va cuatro chavos publicitarios. ¿Recogieron acaso estos medios  los quejidos del danés cuando poco menos que era la rencarnación de Bin Laden?

Se abrió la caja de Pandora y ahora quien la cierre, debiera se la UCI si no estuviera tan desacreditada, puede salir hasta escamado.

Foto tomada de http://feeddoo.com