Indurain vs Bruyneel: El ciclismo no entiende de banderas

Bruyneel Indurain JoanSeguidor

El recuerdo de aquella jornada de Indurain y Bruyneel nos ha venido a la memoria

Recuerdo el día.

Era un sábado al mediodía, tedio de julio, calor húmedo y pegajoso.

Barcelona, verano del 95.

Barcelona, pero con un ojo en las Ardenas, rutas de la Lieja-Bastogne-Lieja integradas en la primera semana del Tour.

Entonces las carreras en Bélgica se distinguían rápido porque a los corredores se les obligaba a competir con la mítica chichonera.

Aquello pasó al baúl.

Johan Bruyneel va escapado, se destaca del primer grupo y por detrás Miguel Indurain se va.

Arranca, toma metros, y se va solo, completamente solo.

Es la exhibición de Lieja, vísperas de la primera gran crono.

Jalabert, Zulle, Rominger, Riis se miran: ¿A dónde va éste?

Indurain pillaría a Bruyneel y éste le aguantó hasta meta.

Le ganaría al sprint.

En el grupo de Facebook de Miguel Indurain, por donde solemos pasar porque el navarro nos dejó tocados, Johan Bryuneel, muy activo en estas redes, comentó lo siguiente de aquella jornada…

Bruyneel sobre Indurain JoanSeguidor

El comentario, de primera mano del susodicho, con quien alguna polémica nos ha costado carísima, es oro y un manual de lo que es el ciclismo.

Y es que el aporte de Bruyneel va perfecto para saber que, por mucho que nos lleven los colores, que nos pueda la bandera, se disputa por marcas y a veces esto produce una amalgama de intereses que no entiende de banderas ni fronteras.

Aquel día Johan Bruyneel corrió para la ONCE, porque Jaja y Zulle iban por detrás, como David de la Cruz le rateó a Alberto Contador para ganarle una etapa en Niza.

Y aunque a muchos les suene fuerte la palabra «ratear», el mundo es así, imperfecto y lleno de servidumbres, por doquier.

Aquella jornada yace como una de las más bellas gestas de Miguel Indurain, y lo fue.

Quizá sólo los muy entendidos sepamos que hubo un corredorazo que fue Johan Bruyneel a su rueda para rebañarle la victoria más allá del puente del Mosa.

Es interesante, por eso, entender de que va esto, cuando algunos se llenan la boca de patria y esas cosas sobre una bicicleta.

Y si algo creo que distingue, por suerte, y así espero que sea por mucho tiempo, al aficionado ciclista es que no entiende de nación y sí de corazón y condición.

Y aquel día ganaron dos: Bruyneel, la batalla, e Indurain, la guerra.

Imagen: A Tumba abierta

Miguel Indurain y las clásicas: ¿Un amor imposible?

Indurain clásicas JoanSeguidor

Las clásicas se le podrían haber dado muy bien a Miguel Indurain

Puestos a realizar castillos de arena, en estos días en los que tenemos más tiempo y nos llenan la sobremesa larga con las gestas de Miguel Indurain, nos preguntamos por lo que habría sido del astro navarro si hubiera abierto el tiro también a las clásicas.

Y lo hacemos por lo que leemos en la última newsletter de Cuadernos del Ventoux

Pasó en Lieja. Una tarde de julio de 1995 Miguel Indurain sorprendió al mundo. No lo hizo en las montañas alpinas ni en las romas planicies francesas, sino en el paisaje ondulante de las Ardenas. Durante la séptima etapa de aquel Tour, hoy programada por Teledeporte (17:10), Indurain esbozó lo que pudo haber sido y jamás fue.

  • Un clasicómano. Indurain aprovechó aquel perfil quebrado para arrebatar 50″ a sus rivales en una escaramuza inédita. Es un hito de la memoria popular española porque se mostró al mundo como nunca antes: agresivo, punzante e imprevisible.
     
  • ¿Podría haber conquistado las carreras de un día? Más pistas: acumuló resultados en San Sebastián (1º), Lieja (4º) y Flecha Valona (4º, 7º) durante los años previos a su primer Tour (1989-1991). Tenía resistencia y cierta punta de velocidad.
     
  • La prueba del algodón, los Mundiales. Indurain siempre los compitió al máximo. Cosechó tres medallas cuando ya estaba centrado en GV. En una línea temporal paralela, quizá, quién sabe, hubiera engalanado un palmarés de por sí alucinante.

Con lo que nos comenta Andrés, lo cierto es que tenemos un certero cuadro del perfil de Miguel Indurain para las clásicas en concreto y las carreras de un día en general.

El navarro tenía en Lieja su carrera más adecuada, de hecho firmó un cuarto puesto en 1991.

Ese día Miguel Indurain se metió en un corte que provocó Claude Criquielion muy lejos de la meta, y en el que, como era costumbre por aquellas fechas, se impuso Moreno Argentin.

Nunca volvió Miguel Indurain a volar igual en un monumento

Descartados los del adoquín, tenían peligro e inadversión para Miguel y los suyos, a partes iguales, carreras como Amstel o Lieja podrían haber sido parte de su objetivo.

A su favor tenía:

  1. un físico tremendo para esos recorridos
  2. técnica y manejo de la bicicleta sublimes, como hemos visto mil veces en los momentos que se ponía serio
  3. estratega total, con visión de carrera y economía de esfuerzos sin igual
  4. buena punta de velocidad, mejor de la que muchas veces exhibió… aquel mundial en el que ganó al sprint a Ludwig y Museeuw

En contra, tuvo esa planificación para el Tour que se rebeló imbatible durante cinco años y que la primavera le sentaba como un tiro.

En comparación con otros grandes, a Indurain se le extrañan clásicas en el palmarés, pero todo, los tiempos, los rivales, las exigencias, nada tuvo que ver con el pasado.

Cada época fue diferente.

Sestriere empequeñece ante Chiapucci e Indurain

Aquel día en Sestriere, Indurain y Chiapucci nos tuvieron cinco horas frente al televisor

Val Louron, Luxemburgo, Sestriere… seguimos con el maratón Indurain y Chiapucci no falla a casi ninguna.
Pongámonos en situación: Tour del 92, año olímpico en Barcelona, año II después del Miguel Indurain.
La jornada reina es un maratón alpino cuya bandera se baja en Saint Gervais Montblanc y rompe en Sestriere, la cima privilegiada por el ciclismo desde que Fausto la coronara hacía cuarenta años.
Un camino sembrado de dureza abre el fin de semana en los Alpes, al día siguiente esperaba Alpe d´ Huez.
Aquel Tour no era especialmente duro, a excepción de etapas como la que narramos, que excedía cualquier racionalidad.
Las naves se queman en bloque. Fuera especulación, no hay espacio para ella.

A una eternidad de meta, a más de 200 kilómetros de la estación italiana, Claudio Chiapucci desafía las leyes de la física vertidas al raciocinio de las pizarras y estrategias.
El control salta por los aires y en el Iseran, ese alto que toca el cielo, el gitano ya circula solo.
Atenazados por la exhibición de Luxemburgo, en la crono más increíblemente vista nunca, los rivales de Indurain actúan a la desesperada.
Chiapucci pertrechado en el maillot a lunares pone la carrera al límite, el no va más.
Chiapucci ve Sestiere lejos, pero sabe que la ventaja de Indurain -quedaba otra crono- no ofrece otra alternativa que el riesgo.
Tras varias horas de retransmisión narradas por un jovencísimo Carlos de Andrés, llega el Mont Cenis, el alto que hace de punto de inflexión entre Francia e Italia.
Con la parroquia temblando en las cunetas, Gianni Bugno, el elegante campeón del mundo, no puede permitir que la gloria transalpina quede en manos de Claudio, al menos en exclusiva.
Arranca don clase a la rueda de Abelardo Rondón, entonces compañero suyo pagado a talonario, y se lleva a Indurain. La caza cuenta también con Franco Vona, el despoblado de testa italiano que venía de firmar un Giro excepcional.
Relevo uno, cabeza el otro, el ritmo de Indurain esconde una trampa mortal, sin aceleración evidente, pero con sostenida cadencia, Miguel suelta a Bugno.
Éste no volvería a circular tan cerca del navarro en la vida.
Bugno mejor tratado por las apuestas, más precoz, más ambicioso sobre el papel presenciaba el giro acaecido en el escenario, ahora él no era el favorito, esta condición la poseía por años Miguel Indurain, quien cegado marcha en pos de Chiapucchi.
La ventaja superior a los cuatro minutos cae por debajo del minuto, cualquier bien nacido sabe que el italiano merece la victoria por encima de cualquiera, pero ver a Miguel cuajando el amarillo y sumando una etapa en montaña hace tilín.
No pudo ser, el tronado de Uboldo mantiene la compostura al tiempo alzando la mano para abrir el paso como Moisés los mares entre la telaraña de aficionados.
Miguel padece los rigores del sobreesfuerzo.
En Sestriere, entre ciclistas postrados a la caza de aire, colgados de vallas, acuciados por auxiliares, todos contentos, se hizo justicia entre Indurain y Chiapucci.
Etapa para uno, liderato para el otro.

Las cinco grandes gestas de Miguel Induráin

De entre muchas, hemos escogido las cinco gestas de Miguel Induráin

No tenemos remedio y es que nunca nos olvidamos de él, ahora vamos a por las cinco gestas de Induráin que vistas ahora lo marcan todo.

Sus hazañas a lomos de una bici por Italia, Francia y España.

Y es que, como siempre decimos, Induráin nunca pasará de moda.

 

Siempre en el candelero y más ahora que a sus 55 años vuelve a la competición, algo que en broma ya vaticinamos en este mal anillado Cuaderno.

Todos recordaremos mientras vivamos a Miguel V de Francia.

También a Miguel II de Italia, al Extraterrestre, al Exterminador, al Rey Miguel, a Big Mig, a Michelone, Indurainator o Tritourador.

Apodos, todos ellos, que definieron con mayor o menor acierto al mejor ciclista del mundo en aquel momento.

El Gran Miguel, Señor de las Carreteras,  que tuvimos la fortuna de vivir la época más dorada del ciclismo español y una de las más bellas del ciclismo mundial.

No fue un sueño y su vida fue también parte de la nuestra.

Las gestas de Indurain nos marcaron.

Como aficionados, quizás muchos no sabríamos decidirnos a la hora de elegir sus momentos más brillantes.

Sus mejores actuaciones. Las más emocionantes.

Pero vamos a intentarlo.

Al menos quedarnos con cinco de sus grandes gestas, las que para nosotros fueron sin duda las jornadas más memorables.

Hay mucho y bueno donde elegir.

Podríamos empezar diciendo que Induráin puso en el escaparate al ciclismo español en el mundo.

Esto ya de por sí fue una hazaña.

 

Seguiríamos hablando de cómo un ciclista, con una fuerza descomunal, fue capaz de sacrificarse permanentemente por este deporte para llegar a la cúspide y alcanzar la gloria.

Porque Induráin era demasiado grande para la bicicleta y tuvo que forjarse a sí mismo.

Bruyneel Indurain JoanSeguidor

Otra proeza.

Y a partir de aquí, la leyenda.

Podríamos narrar sus gestas contra el reloj o como el gigante podía contra todos en la montaña, marcando entonces aquel ritmo con un estilo que todo el mundo llegó a admirar.

Los escaladores apenas le hacían daño.

Como trovadores y poetas medievales podríamos cantar sus hitos más destacados, sus victorias más sonadas.

Haciéndolo de esta manera, seguro que acertaríamos.

Pero todos los que idolatramos a Induráin conocemos sus proezas y narrarlas sería el recurso fácil, un camino demasiado trillado.

Todos sabemos que Miguel ha sido grande en la victoria pero también en la derrota, y es ahí adonde hemos querido ir a parar.

Por eso hemos elegido de entre todos sus triunfos, pero también hemos rebuscado entre sus capitulaciones que, igualmente, han hecho crecer el mito.

Nuestro Top 5

Número 5. La Vuelta del 85: el líder más joven

Corría el año 1985 y Miguel participaba en la Vuelta, su primera gran ronda por etapas. Tenía tan solo 20 años.

En el prólogo de Valladolid da la sorpresa quedando segundo tras un especialista como Oosterbosch, que entonces era el mejor en este tipo de pruebas.

Pero el holandés no podía ni con las tachuelas de tercera y en la segunda jornada se quedó en la primera cuesta.

De este modo Miguel se convertía en el líder más joven de la historia de la Vuelta a España.

Su primer hito.

Número 4. Tour del Porvenir del 86: desmelenado en el Izoard

Su segunda gran empresa, logrando su primera gran victoria como profesional en Turín, en el Tour del Porvenir de 1986, con exhibición incluida en el Izoard, donde dio a conocer al mundo del ciclismo su imponente marcheta tropical cuesta arriba.

Algo que repitió diez años más tarde cuando se impuso en aquel memorable Dauphiné Libéré.

La colección de invierno de Spiuk 

Número 3. Giro del 94: espectáculo en el Mortirolo

Podemos recordar sus épicas actuaciones en el Giro: llegó a Italia en 1992 y arrasó. Casi ni le inquietaron y aunque en 1993 repitió victoria, sufrió como nunca antes lo había hecho.

Él y nosotros, su afición.

Aquel año tuvo que luchar ante la fuerza de los equipos italianos y la dureza de sus montañas.

En la ronda italiana del 1994 fue derrotado, pero todos recordamos la etapa Merano- Aprica: en el Mortirolo Miguel ofreció un espectáculo grandioso.

En nuestra memoria colectiva quedó cómo Pantani atacó nada más comenzar su ascenso. Berzin le siguió. Miguel parecía que no podía.

El ruso se había cebado a rueda de Marco y lo pagaba caro: se quedaba.

Por detrás, un Induráin imperial que había impuesto su ritmo, lo atrapó y lo soltó a dos kilómetros para la cima.

Le metió 1’30’’ en esa corta distancia. Parecía que la maglia rosa estaba a su alcance.

Lo que pasó luego, en el Valico de Santa Cristina, fue otra -triste- historia.

Mundial Colombia JoansEGUIDOR

Número 2. Mundial de Colombia del 95: un oro y una plata, con sabor a oro…

En sus participaciones en los Mundiales, Miguel Induráin consiguió un oro, dos platas y un bronce.

Oro en el de contrarreloj de Colombia (Duitama) en 1995: el segundo campeón del Mundo de la especialidad, después de Boardman (1994).

Plata en Oslo en 1993, detrás de Lance Armstrong, y Colombia’95, que ganó Abraham Olano y Miguel, dando una magistral lección de ciclismo, de señorío, fuerza y de conocer las reglas del juego, hizo de auténtico secante disuasorio a todos aquellos que osaran ir en persecución de su compañero de equipo.

Por último recordar su medalla de bronce en Sttutgart en 1991.

 

Número 1. El Tour del 95: su obra maestra

Lo que hizo Miguel en sus cinco Tours consecutivos victoriosos daría para escribir varios libros.

Fue un lustro de oro y podemos recordar multitud de hazañas como la etapa Jaca-Val Louron, en 1991, cuando bajando el Tourmalet, Miguel ataca bajo un calor sofocante. Entre él y Chiappucci destrozan la carrera en la subida final a Val Louron. El italiano gana la etapa y Miguel se convierte en el nº1 del ciclismo mundial.

¿Y quién no recuerda la crono de Luxemburgo del Tour del 92?

Armand de las Cuevas, el segundo clasificado, a 3 minutos. Bugno, el que tenía que ser su gran rival, tercero a 3’41’’, Lemond a 4 minutos, Delgado a casi 5, Chiappucci aún más distanciado…

Una auténtica escabechina.

En Luxemburgo, Induráin infundió el terror entre sus rivales.

En el Tour del 93, Miguel llega enfermo a los Pirineos. Rominger y Jaskula le atacan en el Tourmalet y le meten casi un minuto.

Descendiendo el coloso, Induráin da una nueva lección y atrapa, llegando por detrás como una exhalación, al suizo y al polaco: les acababa de enjugar, en diez kilómetros de bajada, los 55” de ventaja que le llevaban.

Rominger, cuando lo vio a su lado, no se lo podía ni creer.

De 1994 nos habríamos de quedar sin duda con la etapa Cahors-Hautacam: Miguel ya era líder de aquel Tour, pero decidió mover el manzano en la última ascensión.

Resultado: Rominger se quedó y nadie fue capaz de seguirlo a excepción del francés Luc Leblanc que, a rueda, se impuso al sprint en meta. Quedaba media carrera por delante, pero el suizo, segundo en la general, estaba ya a casi 5 minutos.

Terrorífico.

Y llegamos al 5º Tour. Para nosotros el mejor, sin duda, la mejor de las gestas de Induráin.

En esa edición tenemos tantos buenos momentos para elegir… Podríamos citar la etapa Charleroi-Lieja, en la que Induráin atacó en el clásico terreno de cotas que jalonan la monumental Lieja-Bastogne-Lieja.

Sólo Bruynnel, sin darle un puñetero relevo, fue capaz de aguantarle la rueda. Ni los Riis, Zulle, Jalabert, Gotti o Rominger fueron capaces de dar caza a un Induráin desatado que realizó una de las mayores demostraciones de toda su carrera, a pesar de que la victoria de etapa fue para su compañero de fuga.

 

Un hecho que siempre fue una constante en toda su carrera deportiva: para su acompañante de escapada, la etapa, y para él, la general.

Pero lo mejor estaba por llegar en la 9ª jornada entre Le Gran Bornand-La Plagne.

Zulle andaba escapado por delante. Induráin empieza a poner su ritmo infernal por detrás.

Aquello fue un destrozo brutal y todos sus grandes rivales se fueron descolgando uno a uno: un espectáculo tremendo.

Los mejores habían quedado reventados por el paso militar de Miguel.

Zulle ganó, pero el 5º Tour estaba ya en su mano.

Para finalizar este repaso de las grandes hazañas de Miguel Induráin, llegamos a lo que para nosotros sería su mejor gesta, la mejor de las mejores.

Por eso, queremos permitirnos esta pequeña licencia y otorgarle a esta hazaña la calificación “fuera de categoría”.

Al fin y al cabo, en esta proeza, Induráin no luchó contra ningún rival que no fuera él mismo, desafiando las leyes de la naturaleza.

Entre las gestas de Induráin está fue la total.

 

Hors Catégorie. Récord de la hora de Burdeos (1994)

Lo que vivimos el 2 de septiembre de aquel año lo gozamos y disfrutamos como nunca.

Fue algo completamente distinto a lo que habíamos visto antes: el mayor espectáculo ciclista del mundo.

Todo, absolutamente todo, fue espectacular: empezando por su bicicleta, la famosa Espada, pasando por su estratosférica indumentaria, el ambiente que se vivió aquel día en el velódromo de Burdeos, la puesta en escena, el impacto mediático…

Una jornada inolvidable que perdura en nuestra memoria.

Otra de las gestas de Induráin.

Ahora os toca vosotros.

Decidnos… ¿cuál sería vuestro Top 5 ideal?

Tour 1991: Indurain, aquella tarde, camino de Val Louron

Indurain Val Louron JoanSeguidor

En Val Louron se abrió el ciclo de Indurain, aquello fue el prólogo de algo mítico

Si ayer nos deleitaban con el mundial del 95, el que ganó Olano, el que celebró como si hubiera ganado Indurain, el de Colombia, ahora nos toca viajar cuatro años antes, a Val Louron, año 91, qué tarde aquella…

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Leemos «La Estela de Miguel» para refrescar la memoria de aquella etapa.

Aquel fue un Tour muy extraño, donde la dureza no estaba precisamente repartida: había una etapa en especial que marcaba la agenda, la que iba de Jaca al enclave de Val Louron, un sitio rara vez frecuentado por el Tour, diluido entre colosos y nombres que eclipsan.

Pero aquel día Miguel Indurain pondría Val Louron en el mapa, en la historia.

232 kilómetros, 6000 metros de desnivel y un perfil que dibujamos con los ojos cerrados, un diente de sierra en el que no omitía toda la dureza del lugar.

Entrando a Francia por el emblema de la QH, el Portalet, siguiendo por Aubisque, Tourmalet, Aspin y meta en el citado santuario de Val Louron.

Con la mochila cargada de plomo y desgaste, cincuenta ciclistas afrontan el Tourmalet por el lado de Luz Saint Sauveur en el grupo principal.

Habían unos escapados, Conti, Chozas, Pensec entre otros, pero el primer golpe viene de Greg Lemond, a diez de la cima.

Juega a Hinault, cinco años antes, sabiéndose, en su fuero interno, inferior, ataca, quiere intimidar, pero Chiapucci, que era muy de entrar en el trapo, entró, y luego el resto.

Fuerzas gastadas, el frío americano había machacado cartuchos que serían necesarios.

Arriba, donde se erige el Gigante Octave los días largos de verano, coronan ocho, aunque con sensaciones muy dife.

El testigo mudo e invisible se había pasado de mano a mano en Banesto, Perico no está con los mejores, Indurain vuela.

Lemond, tampoco, ni Luc Leblanc, el líder que salió de Jaca.

Ambos van perdiendo comba según llega la cima, la espada de Damocles está sobre la cabeza de a generación del 60: Perico atrás, Lemond en problemas, Fignon, también.

Es el momento de los chicos del 64: Indurain saca brillo a su entereza en la subida, se va en el descenso, Chiapucci le cazaría en el valle.

Bugno espera instrucciones del coche, no les toma la rueda y se arrepentirá de por vida.

Confluyen los intereses, ahí, en el Vall de Campan, donde la fuente de los ciclistas, Indurain y Chiapucci escriben la historia gorda, el día más celebrado de siempre: faltaban 45 kilómetros para meta, llegarían de uno en uno, de dos en dos.

Casi treinta años después, aquello sigue sabiendo a gloria.

Imagen: RTVE

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Es estúpido decir que Indurain le regaló un mundial a Olano

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Aquella carrera fue de dos grandes: Abraham Olano y Miguel Indurain

Esta tarde de domingo, el primero de la primavera, el segundo de confinamiento, Teledeporte nos recuperó la joya del Mundial de Olano e Indurain.

25 años que han pasado ya, nos cae el tiempo como una losa.

La cita se anunció así…

La imagen de Miguel Indurain era el reclamo en Twitter para anunciar una carrera que para quienes la recordamos com ayer mismo fue un antes y un después.

Una carrera que llegó, entonces no lo sabíamos aún, en el epílogo del reinado de Miguel Indurain.

El navarro ya había ganado los cinco Tours, había sembrado su paso de páginas gloriosas, eternas en nuestra memoria: Lieja, La Plagne, Hautacam y la que consideramos mejor de todas, Luxemburgo.

Pero un mundial es otra cosa, es la carrera de carreras y recordar aquella transmisión con la voz de Pedro González, acompañado de un Perico que llevaba meses en el puesto, ha sido un premio.

Sinceramente, no habíamos visto la publicidad del evento hasta que un wasap nos avisó y vimos que el analytics de este mal anillado cuaderno echaba humo sobre aquella cita.

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Hemos visto, por supuesto que sí, la última vuelta y pico y los gritos de «plata, plata» nos siguen erizando el bello.

Miguel Indurain celebró su plata como si fuera el oro, por que en el fondo se había ganado el oro, se lo había colgado Olano segundos antes, y encima, para más inri, cayó la plata.

El gesto de Indurain ganando el sprint a Pantani, a Gianetti es eterno, como él, por que celebró el éxito del equipo, al que se debía.

Aquello fue de manual, un tío que imponía el respeto de Indurain entre Virenque, Rincón, Richard, Pantani y cía, lo normal era usar una bala como Olano, segundo dos semanas antes en la Vuelta que barrió Jalabert.

Una bala plateada, afilada y certera.

Pero no sólo eso, Olano hizo una última vuelta de estruendo, manteniendo a ralla la caza de un ciclista como Francesco Casagrande, los arreones de Pantani, el «bariobajerismo» endémico de los suizos.

Y Olano llegó, con la rueda pinchada, pero llegó, y su triunfo fue épico, total, redondo.

Nadie se lo regaló, ni los rivales, ni Miguel Indurain, se lo ganó él, sacando partido a la labor de equipo en la que él otras veces participó para otros.

Muchos no perdonaron que Olano ganara ese mundial sobre Indurain, sin reparar que la grandeza de aquella tarde en Colombia fue eterna, que hasta el mismo Miguel celebró al cruzar la meta, sin decir nada de aquello, sin sembrar zizaña alguna.

Si muchos de vosotros decís admirar a Miguel Indurain, quizá el mejor homenaje resida en ser como él fue…

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Perico & Indurain, el dúo que nos enamoró del ciclismo

ciclista español JoanSeguidor

Entre Perico e Indurain surgió la chispa para mucha afición ciclista

Para este fin de semana, un tema desengrasante, con tanta emoción deportiva mediante el “startup” belga y nostalgia extradeportiva en Euskadi.
Tiempo habrá para reposar los últimos actos de este teatrillo. Queremos viajar a la raíz de las cosas, a nuestros inicios, retomar aquello que nos hizo querer el ciclismo como lo queremos, verlo como vemos, y sobretodo sentirlo a flor de piel, como creo que el lector de este rinconcito lo siente.
Ciclismo siempre habrá. Estamos rodeados de él. No necesariamente implica colgarse un dorsal, ahora, en tiempos de conflicto energético, quizás nuestras piernas sean el mejor aliado para llegar a los sitios. Sin embargo necesitamos referentes, modelos que nos canalicen esa pasión, y estos siempre deberán existir. Y ahí quedaron los resultados de nuestra última encuesta. Uno de los veredictos más apretados sobre las cuestiones planteadas.
Y es que Miguel Indurain y Pedro Delgado, por orden inverso según nuestros lectores, nos inocularon el cariño por este deporte, de forma mayoritaria.
Perico puso fin a un largo periodo de sequía española en el Tour y ciertamente se granjeó el cariño de la afición con “performances” imposibles e impredecibles, un corredor con áurea popular, irresistible cuando la carrera miraba al cielo y el día le acompañaba y autor del retraso de Luxemburgo, el capítulo más inverosímil de la historia contemporánea del ciclismo. Por todo, por su indudable carisma y perfil de antihéroe en otros momentos, Perico fue un extraordinario catalizador de este deporte que sólo una década antes en España caminaba moribundo.
La aportación de Perico, más o menos discutible para muchos, trajo como consecuencia el nacimiento e implosión de Miguel Indurain, otorgando al ciclismo español el nivel de consideración mediática que nunca más ha vuelto a disponer. Cara y cruz, el mocetón navarro fue un ciclista mayúsculo e infalible durante mucho tiempo.
Su perfil sufridor fue tan inédito que España se encogió cuando lo vieron tumbado en el Valico de San Cristina o Les Arcs.
Siempre Alberto
Miguel fue nuestro “primo de Zumosol”, la consecuencia  de una generación dorada de ciclistas que engancharon, ni por asomo como en el presente, porque además de la encuesta otros entornos se han citado competidores que entroncan con el dúo segoviano-navarro.
Es el caso del llorado Alberto Fernández, uno de los hombres más cariñosamente recordados por los buenos aficionados que no omiten esa Vuelta que perdió en manos de Caritoux.
Contemporáneo fue Angel Arroyo, protagonista en los últimos tiempos en el “revival” de aquella Vuelta que perdió en los despachos. Muchos sitúan en el abulense el inicio de esa primera edad de oro. Ahí quedan otras opciones como Álvaro Pino, Angel Camarillo y José Luis Laguía, el “rey de la montaña” de nuestros corazones.
Un lugar, los Lagos, y un ciclista, Marino Lejarreta, también marcaron a fuego.
Echando la vista atrás se valora el arrojo, que sigue además intacto, de José Pérez Francés y los motivos de vecindad de Carlos Echevarria.
Incluso Luis Otaño se cifra entre los mentados en medio de nostálgicos recuerdos a pie de cuneta. Otro Luis, Ocaña, y un asturiano, José Manuel Fuente completan el retrato más atrás de los ochenta. Volviendo a tiempos recientes no podía faltar el Chava Jiménez, ni siquiera Fernando Escartín, ni Oscar Freire, ni el trío Valverde-Purito-Contador. 
Del panorama foráneo la encuesta incluyó varios nombre y algunos fueron repetidos, como el de Sean Kelly, un ciclista humilde, humano y extraordinariamente versátil, un lujo hoy día rara vez visto. También Greg Lemond, el mejor especulador de los tiempos cuyo triunfo en 1989 abrió la pasión de muchos buenos aficionados. En aquel batiburrillo de colombianos de los ochenta fue especialmente querido Fabio Parra.
En tiempos más recientes la arrolladora forma de entender el ciclismo de Marco Pantani creó escuela si bien no eclipsó la elegancia innata y fortaleza extrema transmitidas por Jan Ullrich ni el tremendo carisma de VDB. Al otro lado del chaco nos dan la clave de nuevos nombres como, obviamente, Lance Armstrong, Mario Cipollini y sí, Francesco Moser, quien autor del récord de la hora en México goza de buen número de adeptos.
Recordad que sigue abierta nuestra encuentra sobre el mejor clasicómano de los tiempos.

26 años sin Antonio Martín Velasco

Antonio Martin Velasco JoanSeguidor

Antonio Martín Velasco se nos fue muy rápido

 

Stefano Della Santa, ciclista italiano de segundo orden pero con un curioso palmarés, dominaba esos días la escena. Eran días de frío. El ciclismo se desperezaba. Recuerdo la etapa de la Vuelta a Andalucía subiéndose por entre paredes de nieve. Días fríos, repito, días espantosos. Antonio Martín Velasco, el mejor ciclista joven español del momento, coetáneo de otro buen corredor Mikel Zarrabeitia, perdía la vida entrenando. El retrovisor de un camión golpeó al excelente ciclista madrileño provocándole la caída y posterior fatal desenlace. No andaba lejos de su casa.

Antonio Martín es un corredor que muchos recuerdan por lo poco pero tan bueno que nos dejó. Algo similar a lo que lograría Mariano Rojas a los dos años. Rojas también falleció, aunque en este en accidente de tráfico. Ambos fueron libros con páginas en blanco del ciclismo español. Ambos dejaron huella por su trabajo, enorme talento y su tamaño humano.

Ese invierno, de 1993 a 1994, el ciclismo español vivió cambios profundos. El Clas por ejemplo entró en connivencia con Mapei. El equipo liderado por Tony Rominger era el germen del gran Mapei, una estructura con alma asturiana para siempre. En la acera de enfrente la ONCE mantenía sus posesiones, el incipiente Alex Zulle –segundo en la anterior Vuelta a España- y Laurent Jalabert, a punto de permutar hacia el ciclista maravilloso que todos recordamos.

 

Luego estaban las otras dos grandes estructuras, el Banesto de Miguel Indurain y el Amaya, gestionado por Javier Mínguez. Ambos equipos se fusionaron bajo la tutela del banco. Todo el Seguros Amaya entraba en casa de Echávarri y Unzue. Antonio Martín fue uno de los argumentos que justificaron esa operación. Venía de ser el mejor joven del Tour de Francia con una actuación sostenida y sólida. En esa época no se vestía de blanco al corredor,  pero si se le distinguía con un emblema blanco en un costado del pecho. Recordamos así al siempre joven ciclista, fino, moreno, quebrando el cielo azul y la marabunta en las cimas alpinas, mirando arriba, buscando la cima.

Todo presto para la Epic Gran Canaria 

Veinte años después hacemos acopio de memoria por este excelente ciclista que un día nos dejó sin previo aviso. La desgracia en las carreteras sigue vigente, pocas cosas han cambiado desde entonces. El país que camina hacia el momento más civilizado de su historia sigue viendo imposible la convivencia entre ciclistas y conductores en las carreteras. Algo falla.

Imagen tomada de Movistar Team